La Guerra De Mahler — Raúl Sohr / Mahler’s War by Raúl Sohr (spanish book edition)

Ha sido una lectura irregular, mezcla ficción y realidad de lo acontecido en Chile, y específicamente Valdivia en la segunda guerra mundial. Mucho diálogo, una trama con poco peso y, considerando que se trata de ficción histórica, poca coherencia histórica. Eso último es lo más importante a mi juicio: no sólo no hace mucho sentido lo que ocurre a nivel histórico, sino que hay varios errores cronológicos e históricos presentes. La mayoría de ellos no son tan relevantes, pero para alguien fijado en eso es muy distractor, y algunos son tan notorios que son casi imperdonables.
Además, el que el protagonista fuera sobrino de Gustav Mahler no tiene casi ninguna importancia en la trama…

Las burschenschaften destacaban por su odio a los judíos, con quienes compartían las aulas universitarias, pero tenían vedado el ingreso a la gran mayoría de las fraternidades. Y así como un campesino no podía retar a duelo a un noble —pues solo podían batirse personas de la misma categoría social—, los miembros de las fraternidades establecieron que tampoco podían cruzar sables con los judíos, pues estos carecían de honor, lo que no les impedía propinarles salvajes golpizas cuando se presentaba la oportunidad.

La siempre popular Ach du lieber Augustin, convertida en el himno de los bebedores de cerveza. Aunque siempre creyó que esta pieza fue creada para ahuyentar el terror de la Gran Peste de Viena en 1679, en realidad era una historia macabra contada con humor. Se trataba de Agustín, un gaitero borracho que se quedó dormido en una vereda y que, al ser encontrado por los sepultureros que recorrían la ciudad, fue dado por muerto y arrojado a una fosa común. Al despertar rodeado de cuerpos extintos, Agustín comenzó a tocar su gaita hasta ser rescatado y, como pudo sobrevivir sin contagio, fue convertido en un icono de esperanza.

Santiago de Chile, desde donde, ahora sí, pudieron apreciar de cerca las imponentes cumbres nevadas. Los músicos evocaron el Tirol natal, con la salvedad que las laderas aquí eran yermas y carecían de bosques. La pobreza de Santiago era chocante. Gente descalza y vestimentas raídas. En Austria sí había necesitados, pero aquí observaron otra dimensión de la miseria. Niños de muy corta edad que mendigaban sin parecer tener un hogar donde cobijarse, ni adultos responsables por ellos.
Robert no podía precisar qué había cambiado en él. Quizá la vida ya lo había empujado más de la cuenta: primero abandonar Viena; luego, el creciente cerco invisible valdiviano, donde los saludos nazis los percibía como una agresión personal y las esvásticas proliferaban en la ciudad. Pero la gota que rebalsó el vaso fue la amenaza de Walter. No podía huir más, ¿dónde ir? Sus fantasmas, muy de carne y huesos, se daban maña para seguirlo. Era hora de enfrentarlos. Ya no estaba solo contra el mundo y quería arrollar a sus acosadores. Haría lo que estuviera a su alcance para que no se salieran con la suya.

La última frase que recordó Robert antes de caer dormido fue aquella de Winston Churchill quien, haciendo gala de su ironía, dijo: «En tiempos de guerra la verdad es algo tan preciado que debe ser cuidada por un guardaespaldas de mentiras».

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It has been an irregular reading, mix fiction and reality of what happened in Chile, and specifically Valdivia in the Second World War. Much dialogue, a plot with little weight and, considering that it is historical fiction, little historical coherence. The latter is the most important thing in my opinion: not only does what happens at a historical level not make much sense, but there are several chronological and historical errors present. Most of them are not that relevant, but for someone fixated on that it is very distracting, and some are so noticeable that they are almost inexcusable.
Also, the fact that the protagonist was Gustav Mahler’s nephew has almost no importance in the plot …

The burschenschaften stood out for their hatred of Jews, with whom they shared university classrooms, but were barred from entering the vast majority of fraternities. And just as a peasant could not challenge a nobleman to a duel – since only people of the same social category could fight – the members of the fraternities established that they could not cross sabers with the Jews either, since they lacked honor, which was not it prevented them from giving them savage beatings when the opportunity presented itself.

The ever popular Ach du lieber Augustin, become the anthem of beer drinkers. Although he always believed that this piece was created to ward off the terror of the Great Vienna Plague in 1679, it was actually a macabre tale told with humor. It was about Agustín, a drunken piper who fell asleep on a sidewalk and who, when found by the gravediggers who roamed the city, was left for dead and thrown into a common grave. Upon awakening surrounded by extinct bodies, Agustín began to play his bagpipes until he was rescued and, as he was able to survive without contagion, he was turned into an icon of hope.

Santiago de Chile, from where, now, they could appreciate the imposing snow-capped peaks up close. The musicians evoked the native Tyrol, with the exception that the slopes here were barren and devoid of forests. Santiago’s poverty was shocking. Barefoot people and threadbare clothes. In Austria there were indeed those in need, but here they observed another dimension of misery. Very young children who begged without seeming to have a home to shelter in, or adults responsible for them.
Robert couldn’t pinpoint what had changed in him. Perhaps life had already pushed him too far: first to leave Vienna; then, the growing invisible fence of Valdivia, where Nazi greetings were perceived as personal aggression and swastikas proliferated in the city. But the straw that broke the camel’s back was Walter’s threat. He couldn’t run anymore, where did he go? His ghosts, very flesh and bone, were knack for following him. It was time to face them. He was no longer alone against the world and he wanted to overwhelm his stalkers. He would do what was in his power so they didn’t get away with it.

The last sentence Robert remembered before falling asleep was that of Winston Churchill who, showing off his irony, said: «In times of war the truth is something so precious that it must be guarded by a bodyguard of lies».

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