Historia De La Estrategia Militar — Jeremy Black / Military Strategy: A Global History by Jeremy Black

Me confieso decepcionado. Tenía expectativas bastante más altas de Black dada su reputación y habilidad. Hay algunas observaciones útiles en su conjunto, pero el libro ciertamente carece de profundidad.
El primer hecho histórico «duro» aparece después de 30 o 40 páginas. El texto no está claro de lo que persigue el autor. No tengo ninguna duda de que es un trabajo académico, pero es una monografía especializada más en filosofía que en historia con un título engañoso.

Dejando los Estados a un lado, la noción de cultura estratégica también es muy valiosa para los líderes que no se sienten muy tentados a escribir. Esto aplica no solo a las figuras del pasado distante, sino también para muchos de sus recientes homólogos, como el presidente Franklin Delano Roosevelt, que no era muy proclive a poner las cosas por escrito, tanto por cuestiones ligadas a su personalidad como por la responsabilidad que entrañaba, como se vio cuando aprobó verbalmente una guerra submarina sin cuartel contra Japón tras su ataque a Pearl Harbor.
La idea de explicar y debatir un sistema, en su totalidad o por partes, en términos de una cultura, no solo atendía a la construcción social y cultural y la contextualización de la política del poder, sino también al papel de los patrones de pensamiento establecidos.
En la actualidad, la estrategia tiene una relevancia obvia. El modelo clásico de la confección racional de la estrategia, esbozado en el siglo XIX, ha dejado de existir bajo esa forma, aunque la idea de una solución óptima trata de proporcionar una ruta distinta. Adicionalmente, como otro de los obstáculos para la racionalidad, al tiempo que métodos cada vez más sofisticados nos proveen de datos más fiables para la toma de decisiones —datos que provienen de diversas perspectivas y fuentes—, faltan habilidades para cribar, procesar y codificar datos de manera apropiada.
Hacer hincapié en la relevancia de las perspectivas de la élite en el pasado es dar su lugar a los contextos históricos, y así pues rechazar cualquier marco ahistórico, no cultural y no realista del análisis de las opciones en cuanto a la estrategia.

Es instructivo señalar que, en el caso de China, con mucho el Estado que previamente al siglo XIX tiene un tratamiento literario sobre la guerra más desarrollado, hay escasas evidencias del uso de textos como guía. De hecho, el emperador Kangxi (que reinó entre 1662 y 1722), un gobernante mucho más exitoso como líder militar que su contemporáneo, Luis XIV, no digamos Napoleón, declaró abiertamente que los clásicos militares, como la obra de Sun Tzu, carecían de valor; y son raras las referencias a estos clásicos en los documentos militares chinos. El emperador se enfrentó a una serie de desafíos militares, foráneos y domésticos, y fue capaz de superarlos todos. La práctica estratégica venía de antiguo en el caso chino. La marginalidad de los pensadores explícitamente militares fue también el caso en otros Estados, incluida la Prusia de Clausewitz.
Al otro lado, un manual del ISIS, aparentemente escrito en 2014, que establecía planes para un Estado centralizado y autosuficiente, mencionaba el establecimiento de un ejército, pero también de escuelas militares que creasen tanto futuras generaciones de combatientes como la planificación de sistemas de salud, educación, industria, propaganda y gestión de recursos. Esta aproximación amplia era otra iteración de las estrategias revolucionarias esbozadas en el siglo XX, señaladamente en la «luchas por la liberación nacional».
Uno de los aspectos clave de la historia de la estrategia es que es la actividad, ni la palabra ni el texto, la que constituye la base para el examen y el análisis; y recalcar la importancia de la actividad hace que sea más fácil establecer comparaciones a lo largo del tiempo, el espacio y las culturas.
Una forma duradera de estrategia, una de las que aún se entienden y ya se vieron en la Edad Media, por ejemplo, en la Reconquista cristiana en la península ibérica, fue asegurar las conquistas mediante nuevos asentamientos. Este fue también un aspecto persistente de la estrategia china en la estepa. También se vio en los avances rusos en Siberia, Ucrania y Asia central, y con las operaciones norteamericanas en el interior del país.
Fuera de Europa, ha habido un especial interés entre los estudiosos por la estrategia mongola del siglo XIII. La conservación de sus fuerzas fue uno de los principales objetivos de los mongoles. El método de conquista mongol estilo tsunami incluía invadir y devastar una amplia región, pero después retirarse y conservar una estrecha parcela de territorio. Como resultado, las tropas no quedaban inmovilizadas para la ocupación durante la creación, por devastación, de una zona de seguridad que hiciera imposible que fueran atacados y que también debilitara los recursos del enemigo.

El término «estrategia», no obstante, no tenía por entonces un significado o uso que llevase a considerarla una solución para las acuciantes necesidades de la guerra. Además, hay escasos signos de que la palabra recién llegada alterase la práctica o el pensamiento en este periodo, o que ni siquiera fuese tenida en cuenta a este respecto. Con todo, como se ha dicho, eso no significaba que no existiese una dimensión estratégica de la actividad militar.

Como ocurre en la era moderna con China y Rusia, las fuerzas y las intenciones de los imperios continentales supusieron una gran preocupación no solo entre ellos sino para las potencias marítimas. De hecho, a pesar del triunfalismo en determinados momentos, fue breve el periodo del siglo XIX en el que se consideró que el destino geopolítico estaba en las manos de estas últimas. Esta percepción no era solo el fruto de los análisis de la situación de su tiempo, sino un reflejo de la pasada experiencia colectiva en Eurasia, como vemos en las reflexiones geopolíticas de Halford Mackinder en 1904.
Esta experiencia fue en parte el producto de algunas confederaciones tribales, señaladamente la de los hunos y los mongoles, que se desplazaron avanzando desde el interior de Asia atacando imperios más establecidos y prósperos, regiones de Eurasia más periféricas en términos geográficos. En Eurasia y el norte de América el valor operativo y táctico de la caballería desató algunas ambiciones estratégicas.
Tanto Rusia como China trataban de apuntalar su propia estabilidad, antes que usar a los zúngaros para alcanzar conquistas a expensas del de enfrente, una estrategia mucho más incierta. La situación era fruto, por parte de ambos imperios, de una política de prudencia, y, en cuanto a China, de un fuerte deseo de un orden mundial estable y protegido. Quedando ambos centros de poder, Pekín y San Petersburgo, muy lejos, y sin que hubiera desafío ideológico entre ambos, como en el caso de los imperios rivales musulmanes y cristianos, era posible, y además deseable, para China y Rusia coexistir persiguiendo cada una sus objetivos, incluidos los relativos a otras fronteras.
Para China, bajo el dominio manchú y en términos generales, como para otros Estados, la consistencia estratégica resulta problemática hasta tal punto que desafía cualquier intento de sugerir la existencia de una única cultura estratégica o, desde otro punto de vista muy distinto, apuntar a un determinismo geopolítico. Si tenemos en cuenta el siglo XIX, las amenazas costeras de los europeos y los japoneses se yuxtaponen con la inestabilidad de las fronteras terrestres, quedando ambos fenómenos ensombrecidos por la rebelión interna en China. En la práctica, la situación nos remite repetidamente al ámbito de la historia, para considerar el papel de las opciones en los desarrollos, el impacto del pasado, su refactura gracias a la presión de las circunstancias, las ideas y las personalidades, y su repetida e inconstante interacción. Tanto los factores contextuales como contingentes tienen un papel destacado.
Para Rusia la estrategia, o la que luego sería denominada strategiia, era sobre todo política, un modo de mantener a los potenciales oponentes separados y de explotar la habilidad de afrontarlos uno a uno, una política que pudo verse en la Segunda Guerra Mundial, en la que no emprendieron acción alguna contra Japón hasta haber acabado con Alemania en 1945. Bajo Pedro el Grande, la invasión del Imperio turco en 1711 siguió a la cruenta derrota de Carlos XII en Poltava en 1709, mientras que el exitoso fin de la gran guerra del Norte con Suecia en 1721 dio pie a los éxitos rusos en 1722-1723…

Cuando se consideran los conflictos entre los Estados occidentales y no occidentales, queda claro que la estrategia abarcaba toda una serie de factores, y para ambos bandos. Por ejemplo, en la India, la habilidad británica en cuanto a beneficiarse de las divisiones entre los poderes regionales incluía factores militares, políticos y financieros. Las ventajas estructurales cruciales de la estrategia británica incluían la continuidad institucional de la Compañía de las Indias Orientales, la corporación más importante del mundo, y la capacidad del sistema de comercio global más rentable del mundo, el de la marítima Gran Bretaña, para generar réditos y proporcionar créditos que permitían tanto a la compañía como al Estado soportar conflictos duraderos y a gran escala. Los fondos contribuyeron a asegurar el éxito en el crucial mercado laboral militar. Los factores operativos, sobre todo una logística muy mejorada (en parte gracias a esos fondos disponibles) que permitía la movilidad, fueron importantes, como lo fueron las habilidades de mando y los factores políticos. Espigar uno de estos factores y etiquetarlo como decisivo es, en el mejor de los casos, inane. Y lo mismo puede decirse al considerar lo ocurrido en las potencias no occidentales, como es obvio sobre todo en el caso de la más exitosa entre ellas, China.
En Gran Bretaña, la presencia de una esfera pública desarrollada resultó en un debate estratégico abierto a políticas de signo contrario, a «una compleja fusión de sentimiento y realismo» impregnando las perspectivas estratégicas. De modo que la estrategia no estaba completamente dominada por el ejército o la corte, sino que emergía de las competencias reales de la economía marítima.

A causa de Clausewitz, el prusiano, posteriormente general alemán, y de las guerras alemanas de unificación de 1864-1871, Alemania domina la atención sobre la estrategia en el periodo 1815-1914, de un modo que en general resulta desproporcionado. Rusia y Gran Bretaña eran las potencias principales en 1813-1860, como demuestra que Rusia aplastase a los húngaros que se rebelaban contra el dominio austríaco en 1849. La planificación militar y estratégica en este periodo ha sido objeto de críticas, lo que en parte resulta sorprendente dada la repetidamente demostrada habilidad de las potencias para dictar sentencia, como en el caso de la victoria francesa en España en 1823.
Además, como el anterior énfasis en la figura de Napoleón, cuya carrera militar acabó por dos veces en un estrepitoso fracaso en 1814 y 1815, lo mismo cabe decir de Alemania, esto es, sorprende que se le dedique tanta atención a una potencia que sufrió sendos fracasos en 1918 y 1945.
La política dio un paso al frente a la conclusión de la Guerra de Secesión. Pese al poderoso ejército construido, no hubo intervenciones en Canadá o México, ni comenzó un nuevo periodo de expansión ultramarina. En vez de eso, se produjo una desmovilización, aunque compatible con la continua expansión contra los nativos norteamericanos. A diferencia de 1945, no se construyó barrera de protección alguna similar a la bomba atómica, y la desmovilización de 1865 fue mucho más intensa.
No obstante, ganaba adeptos la idea de que los Estados Unidos se había convertido en la gran potencia de América y el Pacífico. Esta premisa despertó ansiedades en una época en la que otras potencias expandían sus fuerzas, como Chile hizo en la década de 1880 y mucho más Japón en la de 1890. Dichas ansiedades ganaron en intensidad a causa del sentido de superioridad racial de la estrategia norteamericana. En correspondencia, la incertidumbre racial espoleó el desarrollo y el despliegue de la fuerza. Así, el dominio estratégico en Norteamérica fue seguido de una incertidumbre sobre la posición estadounidense en el Pacífico. Esta inquietud deparó el desarrollo de un nuevo navalismo que se convirtió tanto en un medio como en un compromiso de poder nacional. La estrategia fue redefinida en consecuencia.

La Primera Guerra Mundial demostró el papel estratégico de las alianzas, y en términos diplomáticos, económicos y militares, lo cual contribuye de manera importante a corregir la visión de la estrategia en un contexto puramente militar. La capacidad estratégica se puso de manifiesto en la habilidad de los aliados para atraer a más países a su bando desde 1915 y en la habilidad para integrarlos y desplegar mayores recursos que sus oponentes. Unido a esto, el fracaso al nivel estratégico de las «lecciones» del mando operativo quedó plasmado en la falta de una victoria alemana en 1914 y en su derrota de 1918.
El fracaso de las potencias que iniciaron las guerras mundiales a la hora de traducir sus victorias iniciales en éxitos políticos y militares duraderos contribuyó a que estas guerras fuesen más cruentas, tanto a nivel estratégico como en cuanto a la naturaleza del combate. En la Segunda Guerra Mundial, los ataques aliados simultáneos sobre Alemania desde distintas direcciones demostraron ser más exitosos de lo que lo habían sido en la Primera Guerra Mundial. La presión acumulada era intensa. Irónicamente, esto se debió casi por completo al fracaso de la estrategia de Hitler, por volcarse en el ataque a la nación que en su momento fue su aliada, la Unión Soviética. Pese a intentar imponer una guerra secuencial y priorizar sobre otras potencias, Hitler obtuvo simultáneamente una guerra total y que toda la atención se fijara en Alemania.
El paralelismo con lo vivido con Napoleón en 1812 era instructivo, por más que el contexto ideológico de ambas contiendas fuera muy distinto. Que Napoleón fuese el comandante clave sobre el campo de batalla, un papel que Hitler no desempeñó nunca, no niega esta comparación ni altera el veredicto de fracaso estratégico rotundo en ambos casos. Mientras Alemania había finalmente conseguido en la Primera Guerra Mundial su objetivo de que una guerra que había comenzado en 1914 en dos frentes quedase en uno solo en 1918, Hitler, en 1941, pasó de un frente a dos. Como Napoleón en 1812 (aunque no en 1805 o 1808), esto demostró ser desastroso; por más que Napoleón en 1812 contase al menos con la ventaja del estallido de una guerra entre Gran Bretaña y Estados Unidos que él había contribuido a que se desencadenase.
Tanto para Napoleón como para Hitler, la ampliación de la guerra no fue tanto una muestra de aventurismo militar, aunque eso entrase sin duda en la ecuación, como de lectura completamente errada de la situación internacional y, en concreto, de la situación política en Rusia/la Unión Soviética, de su capacidad y, antes que nada, de su disposición a continuar luchando. Dependiendo de cómo definamos la estrategia, Napoleón y Hitler perdieron la guerra porque debían de haber escogido la estrategia de continuar en paz con Rusia/la Unión Soviética, una conclusión remarcada por la declaración de guerra que Hitler hizo a los Estados Unidos a finales de 1941.

Los conflictos entre Estados, por ejemplo, entre la India y Pakistán y entre Israel y sus vecinos árabes, conllevaron movimientos muy rápidos, sobre todo ataques aéreos y con tanques, en los que se ganaba la suficiente ventaja como para advertir tanto al oponente como a otras potencias que había que llegar a un acuerdo en términos aceptables (Egipto y Siria tuvieron que plegarse a ello en 1967 y 1973 respectivamente). En 1980. Saddam Hussein siguió esta estrategia al atacar Irán por aire y tierra, aunque lo que descubrió fue que Irán no estaba dispuesto a aceptar esta ecuación estratégica y que iba a presentar batalla, recuperando en los sucesivos enfrentamientos las pérdidas iniciales en una guerra que duraría hasta 1988. Estas asimetrías estratégicas, tanto en cuanto a los objetivos como a las respuestas a las pérdidas, eran más comunes que las que dependían de las diferentes estructuras de las fuerzas y el armamento. De hecho, la relevancia de las diferencias en el carácter de los objetivos en competencia era uno de los factores comunes a todo el panorama estratégico.

La religión puede ser un parte importante de las ecuaciones de la inestabilidad, sobre todo desde que terminó la Guerra Fría. Esto es cierto no solo en lo que respecta al cinturón del Sahel en África, sino también respecto a la formulación estratégica de los pueblos asiáticos y las formas de gobierno, desde Israel y Arabia Saudita a Myanmar y Tailandia. La disputa entre chiíes y sunníes es fundamental para entender lo que sucede en Oriente Medio y en el sudoeste asiático; mientras que el conflicto indo-pakistaní está modulado en gran medida por la rivalidad existente entre el hinduismo y el islam. Lo mismo cabe decir en Sri Lanka y el enfrentamiento entre hinduismo y budismo. Samuel Huntington exageró la cuestión religiosa, sobre todo en lo que concierne al cristianismo y al islamismo, pero el asunto no puede en modo alguno desdeñarse.
Comparado con Occidente, aunque pueda tener su importancia allí, el aspecto étnico también es un importante factor que conforma las prácticas estratégicas en Asia. Ya sea en la rebelión de los Naga (un pueblo cristiano de las montañas) en Myanmar y la India contra las gentes budistas e hinduistas de la meseta, o la rebelión musulmana en el Turquestán chino contra los budistas —aunque seculares— chinos Han, la etnicidad y la religión interactúan para generar continuas crisis. Lo mismo cabe decir de los kurdos en Turquía, Siria, Irak e Irán. La insurgencia es más importante en África y Asia, y más consustancial a la naturaleza de la guerra, de lo que indican muchos de los debates estratégicos occidentales.
La situación en Occidente, incluidos los Estados Unidos, plantea la cuestión de si las democracias occidentales pueden tener una estrategia entendida en términos convencionales, y ciertamente si no estarán bajo la presión y la conmoción de una guerra que es más que un conflicto a una distancia que parece ilimitada. En esta perspectiva, dejando a un lado las importantes cuestiones de la determinación popular y de una alienación cultural de la belicosidad, la propia naturaleza multifacética de la estrategia y la variedad de las influencias actuantes hacen que el establecimiento público de los objetivos sea difícil, y por lo tanto puede hacer que la estrategia sea vacua en términos públicos y secreta en la realidad. Esta es una combinación difícil de manejar, sobre todo en un contexto adverso para la política doméstica.

Las marcadas diferencias que se dan en cuanto a la comprensión de la estrategia y la ambición estratégica, y también en cuanto a la cultura estratégica a lo largo del tiempo, pueden verse en China. La estrategia de Deng Xiaoping, el ministro principal de China entre 1978 y 1989, y todavía una figura pujante en los noventa, «observar cuidadosamente, asegurar nuestra posición, esperar nuestro momento, mantener un perfil bajo, nunca reclamar el liderazgo», una máxima que hizo pública en 1995, apenas describe la estrategia de China a partir de 2010. Y ello aunque la estrategia en general siguiese siendo desarrollar una fuerza internacional, capacidad militar y estabilidad doméstica, y hacerse con la avanzada tecnología de Occidente. Ahora, a pesar del cauteloso, incluso crítico, discurso de algunos académicos chinos sobre el «temerario avance estratégico», aquello en lo que China hace hincapié bajo Xi Jinping, que apuesta por la fortaleza, está muy inclinado al despliegue público del poder y la ambición militar de China, por ejemplo, en el modo en que intimidan a Taiwán y en cómo proyectan su poder sobre el mar de China. Estos alardes sirven claramente para mantener la legitimidad del Partido Comunista en el gobierno ante la perspectiva de una opinión pública doméstica potencialmente contestataria. Al mismo tiempo, la proyección del poder de China es crucial para una estrategia enfocada en asegurar los recursos, desarrollar rutas de comunicación seguras y facilitar el acceso a los mercados, sobre todo en Asia, aunque también en otros lugares.
La estrategia consiste en parte en desafiar las premisas occidentales sobre la apertura de los «elementos comunes globales» como el mar, o al menos en amenazar a quienes quieran atravesarlo, sobre todo el mar del Sur de China. Desde la perspectiva china, lo mismo es cierto en el caso de Norteamérica. Son dos estrategias que no tienen por qué colisionar, aunque requieran de habilidad para ser gestionadas.
Lo mismo puede decirse de Rusia y su «dar un paso atrás» entendido respecto a las pérdidas de territorios e influencias que sobrevinieron con el colapso de la Unión Soviética en 1991, un asunto que importa mucho y sobre el que mucho ha dicho Vladimir Putin.
Las exportaciones rusas de armas son en parte una continuación de las políticas de la era comunista, aunque son todavía más el producto de la poderosa red que sostiene el sistema de Putin. Denominado «capitalismo de amiguetes», es un régimen que exporta inestabilidad en parte como forma de tratar sus propios asuntos. La respuesta a sus «vulnerabilidades estratégicas» es su determinación de acallar las voces que piden reformas, liberalización y democratización en Rusia. La capacidad mejorada de Rusia parece incluir armamento del que carece Occidente, incluido el misil hipersónico Avangard, el dron submarino Poseidón y un misil nuclear de crucero. Ofrecen la posibilidad de aplicar una influencia decisiva a considerable distancia, quebrando al oponente sin necesidad de una invasión terrestre. El Avangard, probado por primera vez en 2012 y capaz de viajar a dos mil quinientos kilómetros por hora, pasó a estar operativo en noviembre de 2019. Fue un logro conseguido con un presupuesto militar que es aproximadamente un décimo del norteamericano, lo cual es comprensible, por el menor poderío económico y acceso al crédito de los rusos. En cualquier caso, Rusia no ha cometido errores estratégicos con el mundo musulmán comparables a los de Estados Unidos en Afganistán e Irak; la implicación de Rusia en Siria ha sido mucho menos costosa. Por lo demás, Rusia no ha tratado de igualarse a Estados Unidos en buques de superficie y tampoco en los salarios y condiciones del ejército.
No está claro el significado de esta capacidad rusa en términos estratégicos. Los sistemas para golpear militarmente a gran velocidad también fueron parte de la Guerra Fría. La analogía sugiere que las ecuaciones sobre quién ataque primero y quién disuada han de ser repensadas y recalibradas. Es lo de siempre, aunque sean diferentes las herramientas y la situación internacional sea más dinámica. Al mismo tiempo, hay múltiples limitaciones en las competencias de los rusos, sobre todo económicas y demográficas, limitaciones que contribuyen a las ansiedades rusas sobre lo que entienden es un expansionismo de la OTAN.

La conclusión apropiada sea que la estrategia cambia, mientras que la estrategia como actividad no lo hace, o al menos no en la misma medida. El pensamiento estratégico, como proceso mediante el que se definen y logran los objetivos, es un universal que abarca a todas las sociedades, épocas y culturas. Por el contrario, la estrategia, como esfera intelectual autoconsciente, vocabulario y proceso (y también como pretensión), se ha desarrollado desde mediados del siglo XVIII, o, siendo más concretos, desde mediados del XIX, ganando en diversidad en el proceso. De hecho, la fuerza y la estrategia, militar o de otro tipo, tienen elementos simbólicos, ideológicos y culturales, tanto más por estar basadas en criterios «realistas» sobre los factores militares, políticos y económicos. El estatus, en particular, merece atención como contenido clave y contexto de la estrategia. El estatus es muy importante en la política mundial moderna.

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I confess myself dissapointed. I had quite higher expectations from Black given his reputation and skill. There are some useful remarks as a whole, but the book certainly lacks depth.
The first «hard» historical fact appears after 30 or 40 pages. Text is unclear of what the author is pursuing. I have no doubt its an academical job, but it is a specialized monograph more in philosophy than in history with a deceiving title.

States aside, the notion of strategic culture is also very valuable to leaders who are not very tempted to write. This applies not only to figures from the distant past, but also to many of his recent counterparts, such as President Franklin Delano Roosevelt, who was not very inclined to put things in writing, both for personalities and for responsibility. it entailed, as seen when he verbally approved an all-out submarine warfare against Japan after its attack on Pearl Harbor.
The idea of explaining and debating a system, in whole or in parts, in terms of a culture, not only attended to the social and cultural construction and the contextualization of power politics, but also to the role of established patterns of thought. .
At present, strategy is of obvious relevance. The classic model of rational strategy making, outlined in the nineteenth century, has ceased to exist in that form, although the idea of an optimal solution tries to provide a different route. Additionally, as another obstacle to rationality, while increasingly sophisticated methods provide us with more reliable data for decision-making – data that comes from different perspectives and sources – there is a lack of skills to screen, process and encode data. appropriately.
To emphasize the relevance of elite perspectives in the past is to give place to historical contexts, and thus to reject any ahistorical, noncultural, and unrealistic framework for the analysis of strategy options.

It is instructive to note that, in the case of China, by far the state that prior to the nineteenth century had a more developed literary treatment of warfare, there is little evidence of the use of texts as a guide. In fact, Emperor Kangxi (who reigned 1662-1722), a much more successful ruler as a military leader than his contemporary, Louis XIV, let alone Napoleon, openly declared that military classics, such as the work of Sun Tzu, lacked value; and references to these classics in Chinese military documents are rare. The emperor faced a number of military, foreign and domestic challenges, and was able to overcome them all. The strategic practice was old in the Chinese case. The marginality of explicitly military thinkers was also the case in other states, including Clausewitz’s Prussia.
On the other side, an ISIS manual, apparently written in 2014, laying out plans for a centralized and self-sufficient state, mentioned the establishment of an army, but also military schools that would create both future generations of fighters and the planning of health systems. , education, industry, advertising and resource management. This broad approach was another iteration of the revolutionary strategies outlined in the twentieth century, notably in the «struggles for national liberation.»
One of the key aspects of the history of strategy is that it is the activity, neither the word nor the text, that forms the basis for examination and analysis; and emphasizing the importance of activity makes it easier to make comparisons across time, space, and cultures.
An enduring form of strategy, one of those that is still understood and already seen in the Middle Ages, for example, in the Christian Reconquest in the Iberian Peninsula, was to secure conquests through new settlements. This was also a persistent aspect of the Chinese strategy in the steppe. It was also seen in Russian advances in Siberia, Ukraine and Central Asia, and with North American operations in the interior of the country.
Outside of Europe, there has been a special interest among scholars in the Mongolian strategy of the thirteenth century. The conservation of their forces was one of the main objectives of the Mongols. The tsunami-style Mongolian method of conquest included invading and devastating a large region, but then retreating and conserving a narrow patch of territory. As a result, troops were not immobilized for occupation during the creation, by devastation, of a security zone that made it impossible for them to be attacked and also weakened enemy resources.

The term «strategy», however, did not at that time have a meaning or use that led to consider it a solution to the pressing needs of war. Furthermore, there are few signs that the newcomer word altered practice or thinking in this period, or that it was not even taken into account in this regard. However, as has been said, this did not mean that there was no strategic dimension to military activity.

As in the modern era with China and Russia, the forces and intentions of the continental empires were of great concern not only to each other but to maritime powers. In fact, despite triumphalism at certain times, the period of the 19th century was brief when geopolitical fate was considered to be in the hands of the latter. This perception was not only the fruit of analyzes of the situation of his time, but a reflection of the past collective experience in Eurasia, as we see in the geopolitical reflections of Halford Mackinder in 1904.
This experience was in part the product of some tribal confederations, notably that of the Huns and Mongols, who moved forward from within Asia attacking more established and prosperous empires, more geographically peripheral regions of Eurasia. In Eurasia and North America the operational and tactical prowess of the cavalry unleashed some strategic ambitions.
Both Russia and China were trying to shore up their own stability, rather than use the Zúngars to achieve conquests at the expense of the other, a much more uncertain strategy. The situation was the result, on the part of both empires, of a policy of prudence, and, as for China, of a strong desire for a stable and protected world order. With both centers of power, Beijing and St. Petersburg, being very far away, and without there being ideological challenge between the two, as in the case of rival Muslim and Christian empires, it was possible, and also desirable, for China and Russia to coexist in pursuit of each. its objectives, including those related to other borders.
For China, under Manchu rule and in general terms, as for other states, strategic consistency is problematic to such an extent that it defies any attempt to suggest the existence of a single strategic culture or, from a very different point of view, to aim a geopolitical determinism. If we take into account the 19th century, the coastal threats from the Europeans and the Japanese are juxtaposed with the instability of the land borders, both of which are overshadowed by the internal rebellion in China. In practice, the situation repeatedly refers us to the field of history, to consider the role of options in developments, the impact of the past, their re-invoicing thanks to the pressure of circumstances, ideas and personalities, and their repeated and fickle interaction. Both contextual and contingent factors play a prominent role.
For Russia, strategy, or what would later be called strategy, was above all politics, a way of keeping potential opponents separate and exploiting the ability to face them one by one, a policy that could be seen in World War II, in which took no action against Japan until they had finished off Germany in 1945. Under Peter the Great, the invasion of the Turkish Empire in 1711 followed the bloody defeat of Charles XII at Poltava in 1709, while the successful end of the great war of the North with Sweden in 1721 gave rise to Russian successes in 1722-1723 …

When the conflicts between Western and non-Western states are considered, it is clear that the strategy encompassed a whole range of factors, and for both sides. For example, in India, the British ability to benefit from divisions between regional powers included military, political and financial factors. Crucial structural advantages of the British strategy included the institutional continuity of the East India Company, the world’s largest corporation, and the ability of the world’s most profitable global trading system, maritime Great Britain, to generate revenue. and providing credits that enabled both the company and the state to endure long-term and large-scale conflicts. The funds helped ensure success in the crucial military job market. Operational factors, notably greatly improved logistics (partly thanks to those available funds) that allowed mobility, were important, as were command skills and political factors. Gleaning one of these factors and labeling it decisive is, at best, inane. And the same can be said when considering what happened in the non-Western powers, as is obvious especially in the case of the most successful among them, China.
In Britain, the presence of a developed public sphere resulted in a strategic debate open to opposite policies, a «complex fusion of sentiment and realism» permeating strategic perspectives. So the strategy was not completely dominated by the army or the court, but emerged from the real powers of the maritime economy.

Because of Clausewitz, the Prussian, later German general, and the German wars of unification of 1864-1871, Germany dominates the focus on strategy in the period 1815-1914, in a way that is generally disproportionate. Russia and Great Britain were the major powers in 1813-1860, as evidenced by Russia smashing the Hungarians who were rebelling against Austrian rule in 1849. Military and strategic planning in this period has been the subject of criticism, partly resulting surprising given the repeatedly demonstrated ability of powers to pass judgment, as in the case of the French victory in Spain in 1823.
Furthermore, like the previous emphasis on the figure of Napoleon, whose military career ended twice in resounding failure in 1814 and 1815, the same is true of Germany, that is, it is surprising that so much attention is paid to a power that suffered two failures in 1918 and 1945.
Politics stepped forward at the conclusion of the Civil War. Despite the powerful army built, there were no interventions in Canada or Mexico, nor did a new period of overseas expansion begin. Instead, there was a demobilization, albeit consistent with continued expansion against Native Americans. Unlike in 1945, no protective barrier similar to the atomic bomb was built, and the demobilization of 1865 was much more intense.
However, the idea that the United States had become the great power of America and the Pacific was gaining adherents. This premise aroused anxieties at a time when other powers were expanding their forces, as Chile did in the 1880s and much more Japan in the 1890s. These anxieties gained in intensity because of the sense of racial superiority of the North American strategy. Correspondingly, racial uncertainty spurred the development and deployment of the force. Thus, strategic dominance in North America was followed by uncertainty about the US position in the Pacific. This concern led to the development of a new navalism that became both a means and a commitment to national power. The strategy was redefined accordingly.

The First World War demonstrated the strategic role of alliances, and in diplomatic, economic and military terms, which contributes significantly to correcting the vision of strategy in a purely military context. Strategic ability was evidenced in the Allies’ ability to draw more countries to their side since 1915 and in the ability to integrate them and deploy greater resources than their opponents. Coupled with this, the failure at the strategic level of the operational command ‘lessons’ was embodied in the lack of a German victory in 1914 and its defeat in 1918.
The failure of the powers that started the world wars to translate their initial victories into lasting political and military success contributed to making these wars more bloody, both strategically and in terms of the nature of combat. In World War II, simultaneous Allied attacks on Germany from different directions proved more successful than they had been in World War I. The accumulated pressure was intense. Ironically, this was almost entirely due to the failure of Hitler’s strategy, for turning in the attack on the nation that was once his ally, the Soviet Union. Despite trying to impose a sequential war and prioritize over other powers, Hitler simultaneously obtained an all-out war and all attention was focused on Germany.
The parallelism with what was experienced with Napoleon in 1812 was instructive, even though the ideological context of both contests was very different. That Napoleon was the key commander on the battlefield, a role Hitler never played, does not negate this comparison or alter the verdict of outright strategic failure in both cases. While Germany had finally achieved its goal in World War I that a war that had begun in 1914 on two fronts would become one in 1918, Hitler, in 1941, went from one front to two. Like Napoleon in 1812 (though not 1805 or 1808), this proved disastrous; however much Napoleon in 1812 had at least the advantage of the outbreak of a war between Great Britain and the United States that he had helped to unleash.
For both Napoleon and Hitler, the expansion of the war was not so much a display of military adventurism, although that undoubtedly entered the equation, as a completely wrong reading of the international situation and, specifically, of the political situation in Russia. / The Soviet Union, of its ability and, above all, of its willingness to continue fighting. Depending on how we define the strategy, Napoleon and Hitler lost the war because they should have chosen the strategy of continuing in peace with Russia / the Soviet Union, a conclusion highlighted by Hitler’s declaration of war on the United States in late 1941. .

Conflicts between states, for example between India and Pakistan and between Israel and its Arab neighbors, involved very rapid movements, especially tank and air strikes, in which enough advantage was gained to warn both opponent and opponents. other powers that had to reach an agreement on acceptable terms (Egypt and Syria had to bow to it in 1967 and 1973 respectively). In 1980, Saddam Hussein followed this strategy by attacking Iran by air and land, although what he discovered was that Iran was not willing to accept this strategic equation and that it was going to fight, recovering in successive confrontations the initial losses in a war that it would last until 1988. These strategic asymmetries, both in terms of objectives and responses to losses, were more common than those that depended on the different structures of forces and weapons. In fact, the relevance of differences in the character of competing objectives was one of the factors common to the entire strategic landscape.

Religion can be an important part of the equations of instability, especially since the Cold War ended. This is true not only with regard to the Sahel belt in Africa, but also with regard to the strategic formulation of Asian peoples and forms of government, from Israel and Saudi Arabia to Myanmar and Thailand. The dispute between Shiites and Sunnis is fundamental to understanding what is happening in the Middle East and Southwest Asia; while the Indo-Pakistani conflict is largely modulated by the rivalry between Hinduism and Islam. The same can be said in Sri Lanka and the confrontation between Hinduism and Buddhism. Samuel Huntington exaggerated the religious question, especially where Christianity and Islam are concerned, but the issue cannot in any way be dismissed.
Compared to the West, although it may be important there, ethnicity is also an important factor shaping strategic practices in Asia. Whether in the rebellion of the Naga (a Christian mountain people) in Myanmar and India against the Buddhist and Hindu peoples of the plateau, or the Muslim rebellion in Chinese Turkestan against the Buddhist – albeit secular – Han Chinese, the ethnicity and religion interact to generate continuous crises. The same is true of the Kurds in Turkey, Syria, Iraq and Iran. Insurgency is more important in Africa and Asia, and more inherent to the nature of war, than many of the Western strategic debates indicate.
The situation in the West, including the United States, raises the question of whether Western democracies can have a strategy understood in conventional terms, and certainly whether they will not be under the pressure and shock of a war that is more than a conflict at a distance. that seems limitless. In this perspective, leaving aside the important issues of popular determination and a cultural alienation from bellicosity, the very multifaceted nature of the strategy and the variety of influences at work make public setting of goals difficult, and therefore it can make the strategy empty in public terms and secret in reality. This is a difficult combination to handle, especially in an adverse context for domestic politics.

The marked differences in understanding of strategy and strategic ambition, and also in strategic culture over time, can be seen in China. The strategy of Deng Xiaoping, China’s chief minister from 1978 to 1989, and still a burgeoning figure in the 1990s, «watch carefully, secure our position, bide our time, keep a low profile, never claim leadership,» a maxim published in 1995, barely describes China’s strategy from 2010. And this even though the overall strategy remained to develop an international force, military capability and domestic stability, and to seize advanced Western technology. Now, despite the cautious, even critical, discourse of some Chinese scholars on «reckless strategic advance», what China emphasizes under Xi Jinping, who is committed to strength, is very inclined to public display of power and China’s military ambition, for example, in the way they intimidate Taiwan and project their power over the China Sea. These boasts clearly serve to maintain the legitimacy of the Communist Party in government in the face of a potentially rebellious domestic public opinion. At the same time, the projection of China’s power is crucial for a strategy focused on securing resources, developing secure communication routes and facilitating access to markets, especially in Asia, but also elsewhere.
The strategy is partly to challenge Western assumptions about opening up «global commons» like the sea, or at least to threaten those who want to cross it, especially the South China Sea. From the Chinese perspective, the same is true in the case of North America. They are two strategies that do not have to collide, although they require skill to be managed.
The same can be said of Russia and its understood «taking a step back» regarding the losses of territories and influence that came with the collapse of the Soviet Union in 1991, a matter that matters a lot and about which Vladimir Putin has said much.
Russia’s arms exports are in part a continuation of communist-era policies, though they are even more the product of the powerful network that underpins Putin’s system. Called «crony capitalism,» it is a regime that exports instability in part as a way of dealing with its own affairs. The answer to his «strategic vulnerabilities» is his determination to silence the voices calling for reform, liberalization and democratization in Russia. Russia’s enhanced capability appears to include weaponry the West lacks, including the Avangard hypersonic missile, the Poseidon underwater drone, and a nuclear cruise missile. They offer the possibility to apply decisive influence at considerable distance, breaking the opponent without the need for a ground invasion. The Avangard, first tested in 2012 and capable of traveling at two thousand five hundred kilometers per hour, became operational in November 2019. It was an achievement achieved with a military budget that is approximately one-tenth of that of the United States, which is understandable. , by the lower economic power and access to credit of the Russians. In any case, Russia has made no strategic mistakes with the Muslim world comparable to the United States in Afghanistan and Iraq; Russia’s involvement in Syria has been much less costly. For the rest, Russia has not tried to match the United States in surface ships and also in army wages and conditions.
The significance of this Russian capability in strategic terms is unclear. Systems for high speed military strike were also part of the Cold War. The analogy suggests that the equations of who attacks first and who deterred need to be rethought and recalibrated. It is the same as always, although the tools are different and the international situation is more dynamic. At the same time, there are multiple limitations on Russians’ competencies, especially economic and demographic, limitations that contribute to Russian anxieties about what they understand to be NATO expansionism.

The appropriate conclusion is that strategy changes, while strategy as an activity does not, or at least not to the same extent. Strategic thinking, as a process by which objectives are defined and achieved, is a universal that encompasses all societies, times and cultures. On the contrary, strategy, as a self-conscious intellectual sphere, vocabulary and process (and also as a claim), has developed since the mid-18th century, or, more specifically, since the mid-19th century, gaining diversity in the process. In fact, force and strategy, military or otherwise, have symbolic, ideological, and cultural elements, all the more so because they are based on «realistic» criteria about military, political, and economic factors. Status, in particular, deserves attention as the key content and context of the strategy. Status is very important in modern world politics.

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