Por qué No Hablo Con Blancos Sobre Racismo — Reni Eddo-Lodge / Why I’m No Longer Talking to White People About Race by Reni Eddo-Lodge

El 22 de febrero de 2014, Reni Eddo-Lodge publicó una publicación en su blog titulada Por qué no hablo con los blancos sobre racismo. Ella escribió sobre el hecho de que ya no puede involucrarse con el abismo de una desconexión emocional que muestran los blancos cuando una persona de color articula su experiencia, y que no puede tener una conversación con ellos sobre los detalles de un problema si ni siquiera reconozco que el problema existe.
Estos son sentimientos con los que la mayoría de las personas negras probablemente pueden identificarse. Las discusiones sobre raza, ya sea en línea o fuera de línea, pueden ser muy frustrantes y emocionalmente agotadoras. A menudo, uno tiene la sensación de que los blancos ni siquiera quieren escuchar, solo quieren demostrar que estás equivocado.
Es realmente reconfortante que Reni no sienta que le debe nada a los blancos. Ella se pone a sí misma en primer lugar: el cuidado personal y la autopreservación son su máxima prioridad, y si hablar con los blancos sobre la raza no fue un toma y daca para ella, sino solo un dar, me alegra que haya puesto fin a eso.
Ella comienza su examen mirando la historia de Gran Bretaña con el racismo. La esclavitud como institución británica existió durante mucho más tiempo del que ha sido abolido actualmente. El daño aún está por deshacerse.
Distingue entre discriminación simple y discriminación + poder. Solo esto último debería llamarse racismo. Afirma que el racismo estructural es una cultura laboral impenetrablemente blanca establecida por esas personas, donde cualquiera que se salga de la cultura debe conformarse o enfrentarse al fracaso. Es el tipo de racismo que tiene el poder de impactar drásticamente las oportunidades de vida de las personas. No se manifiesta escupiendo a extraños en la calle. En cambio, se basa en una sonrisa de disculpa mientras le explica a un alma desafortunada que no consiguieron un trabajo.
Creo que esa distinción es muy importante y, lamentablemente, algo que la mayoría de la gente blanca todavía no entiende. Nunca entenderé por qué ven el hecho de que uno no puede ser racista con ellos como un insulto. ¿Como si ser un objetivo racial fuera de alguna manera deseable?.
También aprecié mucho que Reni probara sus declaraciones con estudios recientes. Las investigaciones indican que un escolar negro tiene tres veces más probabilidades de ser excluido permanentemente en comparación con toda la población escolar. También será puntuado sistemáticamente por sus propios profesores. Los investigadores encontraron que los solicitantes con nombres que sonaban blancos eran llamados a entrevistas con mucha más frecuencia que aquellos con nombres que sonaban africanos o asiáticos.
Un informe británico de 2013 reveló que las personas de raza negra tienen el doble de probabilidades de ser acusadas de posesión de drogas, a pesar de las tasas más bajas de consumo de drogas. Un informe de 2003 del NHS Inglés (Servicio de salud inglés) confirmó que las personas de origen africano o caribeño africano corren más riesgo que cualquier otro grupo étnico en Inglaterra de ser admitidas en hospitales psiquiátricos bajo los poderes obligatorios de la Ley de Salud Mental. En 2015, solo el 7 por ciento de los jueces de los juzgados y tribunales eran negros o pertenecían a minorías étnicas.
No vivimos en una meritocracia y pretender que el simple trabajo duro llevará a todos al éxito es un ejercicio de ignorancia deliberada.
Una de las mejores secciones del libro es donde analiza el privilegio blanco. Ella lo define como ‘una ausencia de las consecuencias del racismo. El privilegio de los blancos es el hecho de que si eres blanco, es casi seguro que tu raza impactará positivamente en la trayectoria de tu vida de alguna manera’.
También aprecié mucho que ella, como dicen los niños, haya verificado su propio privilegio al admitir que tiene educación universitaria y que está capacitada, factores que refuerzan su propia voz por encima de los demás. Creo que es muy importante ser consciente del hecho de que se puede tener un privilegio en algunas áreas y no en otras.
Otra sección excelente es su disección de la cuestión del feminismo y, en particular, el problema del “feminismo blanco”.
Por más sombrías que puedan ser algunas de las estadísticas y los hechos, Reni termina con una nota esperanzadora: el desastre en el que vivimos es deliberado. Si fue creado por personas, puede ser desmantelado por personas. Debemos trabajar juntos para desmantelar el sistema jodido en el que vivimos, debemos trabajar juntos para denunciar las injusticias que presenciamos.

He dejado de hablar con blancos sobre racismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que rechaza aceptar la legitimidad del racismo estructural y sus síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional que las personas blancas exhiben cuando una persona de color articula su experiencia. Su mirada se apaga y se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos.
Esa desconexión emocional es la consecuencia de vivir ajenos al hecho de que el color de su piel es la norma, y que todos los demás colores se desvían de ella. En el mejor de los casos, a las personas blancas se les ha enseñado a no mencionar que las personas de color son «diferentes», por si acaso nos ofende. Creen de verdad que las experiencias que han vivido como consecuencia del color de su piel pueden y deben ser universales.

En la universidad, las cosas empezaron a cobrar sentido para mí. Recuerdo claramente un debate, en un seminario, sobre si el racismo era solo discriminación o discriminación más poder. Reflexionar sobre aquello hizo que me diera cuenta de que el racismo no era solo un prejuicio personal: era también estar en posición de que tu prejuicio tuviera un impacto negativo en la vida de los demás. Mi perspectiva cambió por completo.
La esclavitud era un comercio global. Los europeos blancos, incluidos los británicos, pactaron con las élites africanas el intercambio de productos y bienes por personas, lo que algunos comerciantes esclavistas llamaban «reses negras». Durante el tiempo que duró el comercio de esclavos, se estima que unos once millones de africanos atravesaron el océano Atlántico para trabajar a cambio de nada en las plantaciones de azúcar y algodón de Estados Unidos y las islas del Caribe.
Los registros que se guardan no son muy distintos de los de los negocios modernos, pues se especifican ganancias y pérdidas, y se detalla el número de personas negras compradas y vendidas. El ganado humano —esas «reses negras»— era la mercancía ideal. Los esclavos eran un género lucrativo. Los sistemas reproductivos de las mujeres negras también formaban parte de la industria. Los niños nacidos en esclavitud eran propiedad, por defecto, de los dueños de esclavos, lo que se traducía en mano de obra ilimitada y sin ningún coste extra. A que se reprodujeran, además, ayudaba la costumbre de los propietarios de esclavos blancos de violar a las esclavas africanas.
No creo que mi ignorancia sea solo mía. Tener que averiguar por mi cuenta cuáles son los momentos significativos de la historia negra británica me hace pensar que alguien quería que los ignorara. Mientras que la historia negra británica languidece por falta de oxígeno, la lucha de Estados Unidos contra el racismo se ha globalizado y se ha convertido en la historia de la lucha contra el racismo a la que debemos aspirar, y ha eclipsado la historia negra británica hasta tal punto que nos hemos convencido a nosotros mismos de que el Reino Unido nunca ha tenido un problema con la raza.
Tenemos que dejar de mentirnos a nosotros mismos y de mentirnos los unos a los otros. Concluir que no hubo un movimiento por los derechos civiles en el Reino Unido no solo es falso sino que le hace un flaco favor a nuestra historia negra, y deja un vacío enorme donde debería haber un relato de progreso. La Inglaterra negra merece un contexto.

La noche del 22 de abril de 1993, Stephen Lawrence, de dieciocho años, salió de la casa de su tío en Plumstead, en el sureste de Londres, con su amigo Duwayne Brooks. Mientras esperaban al autobús en la parada, Stephen se dispuso a cruzar la calle para ver, desde el otro lado, si llegaba. Nunca llegó a saberlo. La investigación posterior dictaminó que en aquel momento varios jóvenes blancos más o menos de su misma edad le increparon, y se aproximaron a él, rodeándole. Acto seguido se abalanzaron sobre Stephen y le apuñalaron repetidamente. Duwayne salió corriendo, y Stephen lo hizo tras él. Recorrió unos cien metros antes de desplomarse por la pérdida de sangre. Murió desangrado sobre el asfalto.
Al día siguiente de la muerte de Stephen Lawrence, una carta con los nombres de los que resultaron ser los principales sospechosos del caso apareció en una cabina telefónica cercana a la parada de autobús. En los meses siguientes, aquella carta condujo a vigilancias y arrestos. Se presentaron cargos contra dos jóvenes. Pero, a finales de julio de 1993, los cargos se habían retirado, y la Policía Metropolitana dijo que el testimonio de Duwayne, el único testigo del crimen, no era del todo fiable. Meses más tarde se puso en marcha una investigación. Quedó en suspenso cuando el abogado que representaba a la familia Lawrence aportó nuevas pruebas. Un año después, la Fiscalía General del Reino Unido decidió no presentar cargos contra ninguno de los sospechosos, alegando, de nuevo, que no había suficientes pruebas para ello.
Los padres de Stephen se personaron como acusación particular contra tres de los sospechosos. Entretanto la vigilancia policial puso en evidencia que todos ellos empleaban un lenguaje violento y racista. En abril de 1996, la acusación particular vio frustradas sus expectativas. Esta vez fue el juez el que determinó que el testimonio del amigo de Stephen, Duwayne Brooks, no era válido.
El informe sobre la investigación de sir William Macpherson se hizo público en febrero de 1999. Concluía que las pesquisas sobre la muerte de Stephen Lawrence «estaban viciadas por una combinación de incompetencia profesional, racismo institucional y falta de liderazgo de los agentes a cargo del proceso». El racismo institucional, explicaba el informe, es «el fracaso colectivo de una organización a la hora de proporcionar un servicio apropiado y profesional a una persona por razón de su color, cultura u origen étnico. Puede verse o detectarse en procedimientos, actitudes y comportamientos que acaban siendo discriminatorios a causa de prejuicios inconscientes, ignorancia, descuido o estereotipos raciales que ponen en posición de desventaja a las personas que forman parte de una minoría étnica». El informe describía el racismo institucional sobre todo como una forma de comportamiento colectivo, un ambiente en el lugar de trabajo apoyado por un statu quo estructural y un consenso a menudo excusado e ignorado por las autoridades. Entre sus muchas recomendaciones, el informe sugería que la fuerza policial aumentara el número de sus miembros de raza negra y que todos los agentes asistieran a cursos de formación sobre racismo y diversidad cultural.
El 4 de enero de 2012, diecinueve años después de la muerte de Stephen, dos de los cinco sospechosos fueron considerados al fin culpables de su asesinato y sentenciados. Gary Dobson y David Norris eran adolescentes cuando mataron a Stephen. Cuando los encarcelaron eran hombres adultos, entrados en la treintena. Mientras que la vida de Stephen Lawrence se había detenido a los dieciocho, la suya había continuado sin trabas, en parte gracias a la colaboración de la policía.
Los dos fueron condenados a cadena perpetua. En su sentencia, el juez Colman Treacy describió el crimen como un «asesinato que había dejado cicatrices en la conciencia de la nación». Fue una jornada prodigiosa para el Reino Unido, pese a que llegaba con retraso. Muchos se preguntaban cómo había podido fallar la policía tan estrepitosamente, y por qué había tardado tanto en hacerse justicia.

El umbral de lo que era o no permisible en materia de racismo lo marcaban las acciones de los extremistas y de los nacionalistas blancos, que son fáciles de censurar. Los radicales blancos siempre reciben una condena categórica por parte de los tres principales partidos políticos. El reaccionario orgullo blanco, tan a menudo situado en el lado opuesto del progreso social, sigue estando ahí. Se manifiesta en las idas y venidas de grupos como el Frente Nacional, el Partido Nacional Británico y la Liga de Defensa Inglesa. Su actividad política —a veces son marchas por las calles de la ciudad con sudadera y pasamontañas, otras las reuniones políticas en las que llevan traje y fingen respetabilidad— tiene consecuencias reales para aquellos que no son blancos y británicos.
Si todo el racismo fuera tan fácil de detectar, de identificar y de denunciar como lo es el extremismo blanco, la labor de los antirracistas sería muy fácil. La gente cree que si no ha habido un ataque racista o alguien ha dicho «negro de mierda», no hay racismo. Que si no han escupido a un negro por la calle o un político extremista no ha lamentado que no haya trabajos británicos para trabajadores británicos, no hay racismo (y si el político trajeado ha dicho de verdad algo así, el racismo de su afirmación sería objeto de debate, ¡porque no es racista querer proteger tu país!). Luego está lo más evidente de todo: si el extremismo blanco es la vara con la que medimos si algo es racista o no, entonces ¿cómo y por qué florece el racismo en sectores en los que quienes los lideran no comulgan con la ideología de los extremistas blancos? El problema a la fuerza debe tener raíces más profundas.
Nos decimos a nosotros mismos que las buenas personas no pueden ser racistas. Queremos creer que el verdadero racismo solo anida en los corazones de los que son malvados. Nos repetimos que el racismo tiene que ver con los valores morales, cuando en realidad el racismo es una estrategia de supervivencia del poder sistémico.
El panorama que se dibuja en el Reino Unido es desolador. Numerosos estudios demuestran que el racismo está imbricado en el tejido de nuestro mundo. Hace falta una redefinición colectiva de lo que significa ser racista, de cómo se manifiesta el racismo y de lo que debemos hacer para acabar con él.
Es como si las personas negras estuvieran en desventaja en cada paso importante de sus vidas. Digamos que un niño negro empieza el colegio, la primera institución británica por la que pasará a la que no lo acompañarán sus padres.
A los niños blancos se les enseña a no «ver» la raza, mientras que a los niños de color se nos enseña —a menudo sin más explicaciones— que debemos esforzarnos el doble que nuestros compañeros blancos si queremos tener éxito. Hay una disparidad ahí. La ceguera ante la raza no va a la raíz del racismo. Entretanto, es casi imposible para los niños de color crecer al margen de los estereotipos racistas, aunque si uno de nosotros consigue hacerse muy rico puede fingir que ya no le afectan.
La ceguera ante la raza no ayuda a deconstruir las estructuras racistas ni a mejorar sustancialmente las condiciones de vida de las personas de color. Para desmantelar estructuras injustas y racistas es necesario que veamos la raza. Es necesario que veamos quién se beneficia de su raza, quién se ve perjudicado de un modo desproporcionado por los estereotipos negativos asociados a su raza y a quién se concede todo el poder y el privilegio —ganados a pulso o no— gracias a su raza, su clase o su género. Ver la raza es esencial para cambiar el sistema.

A los cuatro años, le pregunté a mi madre cuándo me volvería blanca, porque todos los buenos en televisión eran blancos, y todos los malos eran negros o mestizos. Me consideraba una buena persona, de modo que pensé que en algún momento me volvería blanca. Mi madre aún recuerda mi mirada de decepción cuando me dio las malas noticias.
Lo neutro es blanco. El color por defecto es el blanco. Cuando nacemos hay un guion ya escrito que nos dice lo que debemos esperar de los desconocidos según el color de su piel, su acento y su estatus social, y en ese guion la humanidad entera es de color blanco. La negritud, en cambio, es «lo otro» y por tanto hay que sospechar de ella.
El racismo se confunde a menudo con el prejuicio, y a veces ambos términos se usan indistintamente. Es otro argumento que se blande en contra de los antirracistas, que se ven obligados a contemplar cómo aquellos que desean socavar el movimiento se encienden al hablar de discriminación contra los blancos por ser blancos. Hay negros que sienten un odio acerado por los blancos, dirán, y es inaceptable. Es «racismo a la inversa», insistirán. Las personas de color tienen prejuicios, eso es cierto. Hace años, en un establecimiento de cocina caribeña al que había ido a comprar algo de comer, el propietario me saludó con una sonrisa y esperó tras el mostrador a que se marcharan unos clientes blancos antes de confesarme que guardaba los mejores trozos de carne para «personas como nosotros». Sí, ese hombre tenía prejuicios.

El movimiento británico Rhodes Must Fall (Rhodes debe caer) vio la luz en 2015. Inspirándose en protestas similares que habían tenido lugar en la Universidad de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, estudiantes de la Universidad de Oxford se marcaron como objetivo conseguir que retiraran la estatua del empresario colonial Cecil Rhodes de su campus universitario. Además de fundar la compañía minera De Beers Consolidated Mines (que acabaría siendo la compañía proveedora de diamantes De Beers), Cecil Rhodes tuvo un papel clave en la expansión del Imperio británico en el sur de África, porque creía que la británica era «la mejor raza del mundo». El proyecto colonial de Rhodes expulsó a muchos africanos de sus tierras. El país que ahora conocemos como Zimbabue se llamó durante un tiempo Rodesia, por Rhodes. Los ciudadanos del país trataron de hacer frente al dominio británico, y lo pagaron con sus vidas. Para muchos, Rhodes fue el padre del apartheid sudafricano. Durante sus años en el Reino Unido, fue alumno del Oriel College de Oxford, que erigió una estatua en su memoria. Fue en 2015 cuando los estudiantes de la universidad hicieron saber alto y claro que querían que la estatua de Rhodes desapareciera.
Rhodes Must Fall fue un ejemplo a pequeña escala de cómo funciona la injusticia racial en el Reino Unido. Y funciona gracias a que es normal. Es prosaica. Nadie la cuestiona. Es parte del paisaje; puede que pases por su lado cada día. Para quienes se oponen al antirracismo escudándose en la libertad de expresión, estar en contra de las flagrantes disparidades raciales tiene más que ver con la «ofensa» que con las muy desiguales condiciones materiales que soportan las personas que cargan con ese lastre. Esos falsos defensores de la libertad de expresión llevan unas vidas tan cómodas que no hay nada material de lo que puedan quejarse, de modo que pasan gran parte de su tiempo libre maldiciendo la «cultura de la ofensa». Al poner en el centro del debate la ofensa y no su propia complicidad con un sistema tremendamente injusto, consiguen que la responsabilidad de arreglar el sistema deje de ser de aquellos que se benefician de él y pase a serlo de los que tienen más posibilidades de perder por su culpa. Convierten, así, un debate sobre justicia en un debate sobre hipersensibilidad. Y aquellos a los que racismo tiende a complicarles la vida…
El miedo a un planeta negro se manifiesta en la apropiación del lenguaje de la liberación para describir el resentimiento, la ira y la disconformidad de los blancos. Se habla de justicia, sin reconocer lo que ya es injusto. Se manifiesta en una concepción rígida y vacía de la libertad de expresión (entendida generalmente como la última frontera en la lucha por ser abiertamente intolerante sin que haya repercusiones). El miedo a un planeta negro es la consecuencia del cambio social y demográfico, y el Estado debe rendir cuentas por ello. Hay un viejo proverbio que dice que la homofobia de los heterosexuales tiene que ver con el miedo a que los hombres homosexuales los traten a ellos como ellos tratan a las mujeres. No es muy distinto lo que ocurre en este caso.
Y es un miedo completamente infundado. El poder y la riqueza en este país sigue estando en pocas manos, todas muy blancas, y el poder nunca se rinde sin plantar batalla. Las oportunidades que tendrás en la vida siguen estando del todo influidas por tu raza y tu clase.

Cuando las feministas negras empezaron a reclamar un análisis interseccional en el feminismo británico, la respuesta de las feministas blancas no fue, por lo general, alentadora. Más bien al contrario: empezaron a defender que la palabra «interseccional» era pura jerga —un término demasiado difícil de entender para quien no tuviera un título universitario— y por lo tanto inútil.
«Si no tienes formación académica en o una cierta afinidad con ese ámbito, el caso es que interseccionalidad es una palabra que dice “esto no es para ti”», sentenció la periodista Sarah Ditum en su blog personal en 2012.
En el Reino Unido, el hecho de que una mujer pudiera tener ideas feministas y a la vez hacer cosas tradicionalmente femeninas intrigaba a las revistas femeninas en la década de 1990 y en los primeros 2000. ¿Es posible ser feminista y usar tacones?, se preguntaban. ¿Es posible ser feminista e ir maquillada? ¿Es posible ser feminista y llevar las uñas perfectas? Esas eran las preguntas más superficiales, que daban pie a todo tipo de artículos también superficiales. Las preguntas del tipo «es posible ser feminista y» tenían su origen en gastados estereotipos sobre el activismo feminista de la prensa patriarcal de la década de 1970, donde las feministas aparecían retratadas como mujeres muy enfadadas, vestidas con petos, que buscaban aplastar a los hombres bajo sus botas Dr. Martens. Su apariencia, en ese cliché de la temible feminista que ninguna mujer querría ser, estaba en las antípodas de todos los estándares de belleza.
Era un disparate, por supuesto. Si los últimos años nos han enseñado algo es que el feminismo es un movimiento muy amplio, en el que lo importante no es tu aspecto personal sino el aspecto de tus ideas.
Muchas veces no habrá nadie que luche por ti si tú no lo haces. Fue la poeta feminista negra Audre Lorde la que dijo: «Tu silencio no te protegerá». ¿Quién gana cuando no hablamos? Nosotras seguro que no.

No creo que ningún grado de privilegio de clase, dinero o educación pueda protegerte del racismo. Y aunque no creo que tenga nada de malo que niños de ambientes pobres obtengan la educación y la formación que desean y persigan sus sueños (al contrario: es algo que aliento activamente), me gustaría que supieran que solo con eso no van a acabar con el racismo, porque no recae sobre ellos cambiar la mentalidad de quienes llevan trajes caros y el pelo engominado y dirigen compañías del FTSE100.
La movilidad de clase exige un éxito moderado y, si no eres blanco, el éxito es una espada de doble filo. Incluso si te esfuerzas al máximo y consigues llegar a lo más alto, se desatará un debate sobre si lo has logrado por tu raza o a pesar de ella.

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On 22 February 2014, Reni Eddo-Lodge published a post on her blog entitled Why I’m No Longer Talking To White People About Race. She wrote about the fact that she can no longer engage with the gulf of an emotional disconnect that white people display when a person of colour articulates their experience, and that she can’t have a conversation with them about the details of a problem if they don’t even recognise that the problem exists.
These are sentiments that most black people can probably relate to. Discussions about race, whether on- or offline, can be damn frustrating and emotionally draining. Oftentimes, one has the feeling that white people don’t even want to listen, they just want to prove you wrong.
It’s really refreshing that Reni doesn’t feel like she owes white people anything. She puts herself first – self-care and self-preservation are her top priority, and if talking to white people about race wasn’t a give and take for her, but just a give, I’m glad she put a halt to that.
She starts her examination by looking at Britain’s history with racism. Slavery as a British institution existed for much longer than it has currently been abolished. The damage is still to be undone.
She distinguishes between simple discrimination and discrimination + power. Only the latter should be called racism. She states that structural racism is an impenetrably white workplace culture set by those people, where anyone who falls outside the culture must conform or face failure. It is the kind of racism that has the power to drastically impact people’s life chances. It doesn’t manifest itself in spitting at strangers in the street. Instead, it lies in an apologetic smile while explaining to an unlucky soul that they didn’t get a job.
I think that distinction is very important, and, sadly, something that most white people still don’t get. I will never understand why they see the fact that one can’t be racist towards them as an insult? As if being racially targeted was somehow desireable?
I also highly appreciated that Reni proved her statements with recent studies. Research indicates that a black schoolboy is three times more likely to be permanently excluded compared to the whole school population. He will also be systematically marked down by his own teachers. Researchers found that applicants with white-sounding names were called to interview far more often than those with African- or Asian-sounding names.
A 2013 British report revealed that black people are twice as likely to be charged with drugs possession, despite lower rates of drug use. A 2003 NHS England report confirmed that people of African or African Carribean backgrounds are more at risk than any other ethnic group in England to be admitted to psychiatric hospitals under the compulsory powers of the Mental Health Act. In 2015, just 7 percent of judges across courts and tribunals were black or from an ethnic minority background.
We don’t live in a meritocracy and to pretend that simple hard work will elevate all to success is an exercise of willful ignorance.
One of the best sections in the book is where she dissects white privilege. She defines it as ‘an absence of the consequences of racism. White privilege is the fact that if you’re white, your race will almost certainly positively impact your life’s trajectory in some way.’
I also highly appreciated that she, as the kids say, checked her own privilege, by admitting that she is university-educated and able-bodied – factors which bolster her own voice above others. I think it’s very important to be aware of the fact that you can be privileged in some areas and not in others.
Another excellent section is her dissection of the feminism question, and in particular the problem of ‘white feminism’.
As bleak as some of the statistics and facts may be, Reni ends on a hopeful note: The mess we live in is a deliberate one. If it was created by people, it can be dismantled by people. We must work together to dismantle the fucked up system we live in, we must work together on calling out the injustices that we witness.

I’ve stopped talking to whites about racism. Not with all of them, but with the vast majority who refuse to accept the legitimacy of structural racism and its symptoms. I cannot continue to face the abyss of emotional disconnect that white people exhibit when a person of color articulates their experience. Her gaze fades and hardens. It is as if someone is pouring molasses into your ears and blocking your ear canals. It’s like they can’t hear us anymore.
That emotional disconnect is the consequence of living oblivious to the fact that your skin color is the norm, and that all other colors deviate from it. At best, white people have been taught not to mention that people of color are “different,” just in case it offends us. They truly believe that the experiences they have had as a result of their skin color can and should be universal.

In college, things started to make sense for me. I clearly remember a debate, in a seminar, about whether racism was just discrimination or discrimination plus power. Reflecting on that made me realize that racism was not just a personal prejudice: it was also being in a position that your prejudice had a negative impact on the lives of others. My perspective changed completely.
Slavery was a global trade. White Europeans, including the British, negotiated with African elites to exchange goods and goods for people, what some slave traders called “black cattle.” During the time that the slave trade lasted, an estimated eleven million Africans crossed the Atlantic Ocean to work for nothing on the sugar and cotton plantations of the United States and the islands of the Caribbean.
The records that are kept are not very different from those of modern businesses, as profits and losses are specified, and the number of black people bought and sold is detailed. Human cattle – those “black cattle” – were the ideal commodity. Slaves were a lucrative genre. Black women’s reproductive systems were also part of the industry. Children born into slavery were owned, by default, by slave owners, which translated into unlimited labor and at no extra cost. In addition, they were reproduced by the custom of white slave owners of raping African slaves.
I don’t think my ignorance is just mine. Having to figure out on my own what are the significant moments in British black history makes me think that someone wanted me to ignore them. While British black history languishes from lack of oxygen, America’s fight against racism has gone global and has become the history of the fight against racism to which we must aspire, and has overshadowed British black history to the point. So much so that we have convinced ourselves that the UK has never had a race problem.
We have to stop lying to ourselves and lying to each other. To conclude that there was no civil rights movement in the UK is not only false but does our black history a disservice, and leaves a huge void where there should be a story of progress. Black England deserves a context.

On the night of April 22, 1993, eighteen-year-old Stephen Lawrence left his uncle’s house in Plumstead, southeast London, with his friend Duwayne Brooks. While they waited for the bus at the stop, Stephen started to cross the street to see, from the other side, if he would arrive. He never found out. The subsequent investigation ruled that at that time several young white men of about the same age rebuked him, and approached him, surrounding him. They rushed at Stephen and stabbed him repeatedly. Duwayne ran off, and Stephen ran after him. He traveled a hundred yards before collapsing from loss of blood. He bled to death on the asphalt.
The day after Stephen Lawrence’s death, a letter with the names of those who turned out to be the main suspects in the case appeared in a phone booth near the bus stop. In the months that followed, that letter led to surveillance and arrests. Charges were brought against two young men. But, by the end of July 1993, the charges had been dropped, and the Metropolitan Police said that the testimony of Duwayne, the only witness to the crime, was not entirely reliable. Months later an investigation was launched. It was put on hold when the attorney representing the Lawrence family provided new evidence. A year later, the UK Attorney General decided not to press charges against any of the suspects, claiming, again, that there was insufficient evidence to do so.
Stephen’s parents appeared as a private prosecution against three of the suspects. Meanwhile, police surveillance revealed that all of them used violent and racist language. In April 1996, the private prosecution saw its expectations frustrated. This time it was the judge who determined that the testimony of Stephen’s friend, Duwayne Brooks, was invalid.
The report on Sir William Macpherson’s investigation was released in February 1999. It concluded that the inquiries into Stephen Lawrence’s death “were tainted by a combination of professional incompetence, institutional racism, and lack of leadership from the officers in charge of the process. ». Institutional racism, the report explained, is “the collective failure of an organization to provide an appropriate and professional service to a person because of his color, culture or ethnic origin. It can be seen or detected in procedures, attitudes and behaviors that end up being discriminatory due to unconscious prejudices, ignorance, carelessness or racial stereotypes that put people who are part of an ethnic minority at a disadvantage. The report described institutional racism primarily as a form of collective behavior, a workplace environment supported by a structural status quo, and a consensus often excused and ignored by authorities. Among its many recommendations, the report suggested that the police force increase the number of its black members and that all officers attend training courses on racism and cultural diversity.
On January 4, 2012, nineteen years after Stephen’s death, two of the five suspects were finally found guilty of his murder and sentenced. Gary Dobson and David Norris were teenagers when Stephen was killed. When they were incarcerated they were grown men, in their thirties. While Stephen Lawrence’s life had come to a halt at eighteen, his had continued unimpeded, in part thanks to the cooperation of the police.
The two were sentenced to life imprisonment. In sentencing him, Judge Colman Treacy described the crime as a “murder that had left scars on the conscience of the nation.” It was a prodigious day for the UK, even though it was late. Many wondered how the police could have failed so grossly, and why it had taken so long to get justice.

The threshold of what was permissible or not in terms of racism was set by the actions of extremists and white nationalists, who are easy to censor. White radicals always receive outright condemnation from the three main political parties. The reactionary white pride, so often situated on the opposite side of social progress, is still there. It manifests itself in the comings and goings of groups such as the National Front, the British National Party, and the English Defense League. Their political activity – sometimes it is marches through the streets of the city in sweatshirts and ski masks, other political meetings where they wear suits and feign respectability – has real consequences for those who are not white and British.
If all racism were as easy to detect, identify and denounce as white extremism, the job of anti-racists would be very easy. People believe that if there hasn’t been a racist attack or someone has said “shitty nigger,” there is no racism. That if a black man has not been spat on the street or an extremist politician has not lamented that there are no British jobs for British workers, there is no racism (and if the politician in a suit has actually said such a thing, the racism of his claim would be the debate, because it is not racist to want to protect your country!). Then there is the most obvious of all: if white extremism is the yardstick with which we measure whether something is racist or not, then how and why does racism flourish in sectors in which those who lead them do not agree with the ideology of white extremists? The problem must have deeper roots.
We tell ourselves that good people cannot be racist. We want to believe that true racism only nests in the hearts of those who are evil. We repeat to ourselves that racism has to do with moral values, when in reality racism is a survival strategy for systemic power.
The picture in the UK is bleak. Numerous studies show that racism is embedded in the fabric of our world. We need a collective redefinition of what it means to be racist, how racism manifests itself, and what we must do to end it.
It is as if black people are at a disadvantage at every important step in their lives. Let’s say a black child starts school, the first British institution that he will go through to which his parents will not accompany him.
White children are taught not to “see” race, while children of color are taught — often without further explanation — that we must try twice as hard as our white peers if we are to be successful. There is a disparity there. Blindness to race does not go to the root of racism. Meanwhile, it is almost impossible for children of color to grow up outside of racist stereotypes, although if one of us manages to get very rich he can pretend they no longer affect him.
Blindness to race does not help deconstruct racist structures or substantially improve the living conditions of people of color. To dismantle unjust and racist structures it is necessary that we see race. We need to see who benefits from their race, who is disproportionately harmed by negative stereotypes associated with their race, and who is granted all power and privilege – freehand or not – because of their race, their class or your gender. Seeing race is essential to changing the system.

At four years old, I asked my mother when I would turn white, because all the good guys on television were white, and all the bad guys were black or mixed race. She considered me a good person, so I thought that at some point I would turn white. My mother still remembers my disappointed look when she gave me the bad news.
Neutral is white. The default color is white. When we are born there is a script already written that tells us what to expect from strangers according to the color of their skin, their accent and their social status, and in that script the whole of humanity is white. Blackness, on the other hand, is “the other” and therefore must be suspected.
Racism is often confused with prejudice, and the two terms are sometimes used interchangeably. It is another argument that is brandished against anti-racists, who are forced to watch as those who wish to undermine the movement turn on by talking about discrimination against whites for being white. There are blacks who have a steely hatred for whites, they will say, and it is unacceptable. It is “racism in reverse,” they will insist. People of color are prejudiced, that’s true. Years ago, in a Caribbean cuisine establishment where I had gone to buy something to eat, the owner greeted me with a smile and waited behind the counter for some white customers to leave before confessing that he kept the best pieces of meat for « people like us. Yes, that man was prejudiced.

The British Rhodes Must Fall movement was born in 2015. Inspired by similar protests that had taken place at the University of Cape Town in South Africa, students from the University of Oxford set themselves the goal of getting the statue of colonial businessman Cecil Rhodes from his college campus. In addition to founding the De Beers Consolidated Mines (which would eventually become the De Beers diamond supplier), Cecil Rhodes played a key role in the expansion of the British Empire in South Africa, because he believed that the British was’ the best race of the world. The Rhodes colonial project drove many Africans from their lands. The country we now know as Zimbabwe was for a time called Rhodesia, after Rhodes. The country’s citizens tried to stand up to British rule, and they paid for it with their lives. For many, Rhodes was the father of South African apartheid. During his years in the UK, he was an alumnus of Oriel College, Oxford, which erected a statue in his memory. It was in 2015 when university students made it known loud and clear that they wanted the Rhodes statue to disappear.
Rhodes Must Fall was a small-scale example of how racial injustice works in the UK. And it works because it is normal. It is prosaic. Nobody questions it. It is part of the landscape; you may pass by her every day. For those who oppose anti-racism hiding behind freedom of expression, being against flagrant racial disparities has more to do with the “offense” than with the very unequal material conditions endured by the people who carry that burden. These bogus defenders of free speech lead such comfortable lives that there is nothing material to complain about, so they spend much of their free time cursing the ‘culture of offense’. By putting the offense at the center of the debate and not their own complicity with a tremendously unjust system, they ensure that the responsibility for fixing the system ceases to belong to those who benefit from it and to those who are more likely to lose. his fault. Thus, they turn a debate on justice into a debate on hypersensitivity. And those for whom racism tends to complicate their lives …
The fear of a black planet manifests itself in the appropriation of the language of liberation to describe the resentment, anger and discomfort of the whites. They talk about justice, without recognizing what is already unjust. It manifests itself in a rigid and empty conception of freedom of expression (generally understood as the last frontier in the struggle to be openly intolerant without repercussions). The fear of a black planet is the consequence of social and demographic change, and the state must be held accountable for it. There is an old proverb that says that heterosexual homophobia has to do with the fear that homosexual men will treat them as they treat women. What happens in this case is not very different.
And it is a completely unfounded fear. Power and wealth in this country remain in few hands, all very white, and power never surrenders without fighting. The opportunities you will have in life are still entirely influenced by your race and class.

When black feminists began to claim an intersectional analysis in British feminism, the response from white feminists was not generally encouraging. Rather the opposite: they began to argue that the word “intersectional” was mere jargon — a term too difficult for anyone without a college degree to understand — and therefore useless.
“If you do not have an academic training in or a certain affinity with that field, the fact is that intersectionality is a word that says’ this is not for you,” said journalist Sarah Ditum on her personal blog in 2012.
In the UK, the fact that a woman could have feminist ideas while doing traditionally feminine things intrigued women’s magazines in the 1990s and early 2000s. Is it possible to be a feminist and wear heels? They wondered. . Is it possible to be a feminist and wear makeup? Is it possible to be a feminist and have the perfect nails? Those were the most superficial questions, which led to all kinds of superficial articles. Questions of the type ‘is it possible to be a feminist and’ stemmed from worn-out stereotypes about feminist activism in the patriarchal press of the 1970s, where feminists were portrayed as very angry women in overalls seeking to crush others. men under their Dr. Martens boots. Her appearance, in that cliché of the fearsome feminist that no woman would want to be, was at the antipodes of all beauty standards.
She was nonsense, of course. If the last few years have taught us anything, it is that feminism is a very broad movement, in which the important thing is not your personal appearance but the aspect of your ideas.
Many times there will be no one to fight for you if you don’t. It was the black feminist poet Audre Lorde who said, “Your silence will not protect you.” Who wins when we don’t talk? We sure not.

I do not believe that any degree of privilege of class, money or education can protect you from racism. And although I do not think there is anything wrong with children from poor backgrounds getting the education and training they want and pursue their dreams (on the contrary: it is something that I actively encourage), I would like them to know that only with that they will not end racism, because it is not up to them to change the mentality of those who wear expensive suits and slick hair and run FTSE100 companies.
Class mobility demands moderate success, and if you’re not white, success is a double-edged sword. Even if you try your best and manage to get to the top, a debate will ensue about whether you have succeeded because of your race or in spite of it.

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