La Sociedad Decadente: Cómo Nos Hemos Convertido En Víctimas De Nuestro Propio Éxito — Ross Douthat / The Decadent Society: How We Became the Victims of Our Own Success by Ross Douthat

La obra está escrita mayomente desde el punto de vista estadounidense, tratando a su vez problemas de Europa por considerarse parte del mundo occidental sin olvidar Asia , y en especial China. El autor trata el declive en los campos políticos, humanos, culturales, económicos y demográficos con datos reales realizando política comparada frente a las posibles alternativas del orden liberal. Por ejemplo mantiene la escasez de invenciones a excepción de Internet en contraposición a todos los acaecidos desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad, sirviendo como ejemplo la carrera espacial. En el campo cultural manifesta el auge del cine sin originalidad y sin sustancia en el cual se repiten los éxitos de cómics, remakes, pudiendo aplicar el mismo ejemplo en campos como la música o la pintura. En el campo político no aporta nada nuevo que no se haya tratado en otras obras, de hecho llega a aburrir esta parte; donde si es polémico es hacía el nuevo orden social y de control rosa el cual a la par que arriesgado, me pareció de lo mejor de la obra junto con el final por las soluciones que aporta y, por hacer algo que tanto cuesta a los autores. Esto no es otra cosa que reconocer las limitaciones de su planteamiento e invitar al lector a pensar.
En definitiva estamos ante una obra de ritmo lento, a la cual le sobran páginas…
El libro es un relato de la esclerosis que invade nuestros países, una advertencia profética del destino de todos los países desarrollados en contradicción con la teoría del progreso perpetuo. Una estructura social que una vez se dio por sentado que se acelera en un ascenso infinito, en cambio, está agobiada por rigideces. La decadencia aquí es “estancamiento económico, decadencia institucional y agotamiento cultural e intelectual en un alto nivel de prosperidad material y desarrollo tecnológico”. La balcanización del país presagia un futuro nihilista, que está asediado por tensiones y crisis aparentemente irresolubles.
Haciéndose eco de Barzun, el comisario no oficial de la decadencia, Douthat denuncia la falta de un cambio real en las últimas décadas, la omnipresencia de la futilidad y el absurdo engendrados por los cuatro jinetes del apocalipsis: estancamiento, esterilidad, esclerosis y repetición. Es una historia de los héroes corporativos de la economía del concierto cuyo éxito financiero como modelos de negocio rentables es un castillo de naipes en gran parte ilusorio bajo la égida de los accionistas. Una historia de innovación en declive en todos los campos, artísticos y de otro tipo, con productos culturales que en gran parte son imitaciones de lo antiguo. Es la historia de una guerra silenciosa que se libra contra la austeridad de la modernidad, contra los osos de insectos sin nombre que han alimentado las muertes deliberadas de la desesperación, una historia en la que la adquisición de chucherías por una esfera consumista sibarita disfraza una necesidad que no puede ser saciada por materiales. bienes. La juventud de la civilización ha terminado hace mucho tiempo. En su partida, se ha abierto un vacío enorme y enorme: un verdadero Leviatán de una sociedad estancada en la que el ‘atesoramiento de sueños’ de los ricos convierte a los hijos auto-segregados de los ricos en productos que se venderán en el mercado como bienes de consumo. Mientras tanto, el doble avance de la deuda y el credencialismo chupa sangre de una economía que ya está sobrecargada por un envejecimiento demográfico. Crepúsculo y los tecnócratas.
Tengo un relato confiable de que el distanciamiento social es, en efecto, la práctica de introvertidos, personas tímidas y misántropos por igual, por lo que si alguien tiene algún deseo o necesidad de consejo en estos días oscuros, nosotros seríamos los que deberíamos preguntar.

En nuestra cultura la palabra decadencia se usa de forma promiscua, pero raramente con precisión (cosa que, por supuesto, forma parte de su prestigio y encanto). El diccionario la asocia con «la baja moralidad y un gran gusto por el placer, el dinero, la fama, etc.», cosa que resulta demasiado inconcreto (Ebenezer Scrooge era inmoral y le encantaba el dinero, pero nadie lo habría llamado «decadente»), y con culturas «marcadas por el deterioro y el retroceso», cosa que nos aproxima un poco más, pero que aún deja un buen trecho sin definir. En los debates políticos con frecuencia se asocia a una falta de determinación a la hora de hacer frente a amenazas externas (a Múnich y a Neville Chamberlain, al verso de W. B. Yeats sobre que los mejores carecen de toda convicción). En el imaginario popular, se suele relacionar con el sexo y la gula; si quiere comprar en Amazon algo «decadente», el algoritmo de búsqueda le ofrecerá sobre todo historias de amor pornográfico y fresas con chocolate.
La definición alta, en cambio, procura combinar lo estético, lo moral y lo político en una acusación a la civilización en su conjunto, en la que el deterioro moral va estrechamente ligado a un esteticismo rancio y un hedonismo rampante, que a su vez están vinculados a un fracaso cobarde a la hora de asumir los sacrificios que requiere la protección de la civilización frente a sus enemigos. Esta clase de decadencia es un preludio de la catástrofe en la que se cuelan los bárbaros, se cancelan las orgías y los palacios de decoración recargada arden en llamas.

La verdad sobre Estados Unidos y Occidente en las primeras décadas del siglo XXI , una verdad que contribuyó a la presidencia de Trump pero que seguirá siendo una verdad cuando él se haya ido, es que no hemos estado lanzándonos en picado a ninguna parte (tal vez solo hayamos estado avanzando en círculos). Más bien nos estamos haciendo mayores, estamos cómodos y encallados, hemos desconectado del pasado y perdido el optimismo por el futuro, hemos desdeñado la memoria y la ambición mientras esperamos a que alguna innovación o revelación venga a salvarnos, encerrándonos en capullos de los que no es probable que emerja ninguna crisálida, envejeciendo juntos e infelices ante la luz resplandeciente de una pantalla diminuta.
– La primera es el peso demográfico; el envejecimiento de las sociedades ricas y la caída de la tasa de natalidad en Occidente y Asia Oriental que, combinadas, encarecen los programas sociales existentes, limitan el futuro crecimiento del PIB y hacen que la cultura de los países desarrollados se torne más precavida y complaciente y reacia al riesgo.
– La segunda es el exceso de endeudamiento, que irá a peor a medida que los baby boomers envejezcan y haya que ir pagando sus facturas sanitarias previstas. La deuda y los déficits no son necesariamente los obstáculos a corto plazo que se imaginan los republicanos del Tea Party y los enemigos del fisco; las evidencias de la última década indican que para la mayor parte de las economías occidentales una crisis de deuda o una espiral inflacionaria al estilo de la griega son improbables. Pero el déficit sigue siendo un obstáculo a largo plazo, tanto para la inversión pública en los buenos tiempos como para el gasto anticíclico en los malos, que no existía en el mundo de 1955.
– La tercera son las restricciones a la educación, que tampoco existían hace cien años, cuando (como destaca Cowen) «solo el 6,4 % de los estadounidenses del segmento de edad adecuado se graduaba en el instituto». El paso de ese 6 % al 70 % en la tasa de graduados tres generaciones más tarde tuvo un contundente efecto en la productividad, al igual que el aumento de la asistencia a la universidad.
– La cuarta son las restricciones impuestas por el medio ambiente. El crecimiento que Estados Unidos alcanzó en los siglos XVIII y XIX gracias a la domesticación de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos no se va a repetir nunca. Todo el crecimiento que se ha producido desde entonces está condicionado por la necesidad de adaptación al cambio climático, una adaptación, como destaca Gordon, cuyos costes suponen una «compensación» en el siglo XXI por todos los índices de crecimiento que alcanzó Occidente durante la Revolución industrial, cuando el «medio ambiente no era una prioridad y el símbolo de una ciudad próspera era la imagen de una fábrica despidiendo una nube de puro humo negro por sus chimeneas».
En teoría, estos costes se podrían mitigar gracias a la innovación en energías renovables, que hacen innecesarias y obsoletas las regulaciones sobre los combustibles fósiles y los impuestos sobre el carbono.

No se ha desarrollado ningún nuevo tipo de antibiótico desde los años ochenta y la era de los grandes fármacos parece haber tocado a su fin: las compañías farmacéuticas gastaron más dinero en investigación a lo largo de las décadas de 1990 y 2000, pero dieron el visto bueno a cada vez menos medicamentos, con el predecible resultado de que el gasto en investigación y desarrollo ha ido contrayéndose durante la década de 2010. En los países más desarrollados, la esperanza de vida está aumentando más despacio que hace cincuenta años; en Alemania y Francia se ha paralizado; en Estados Unidos y el Reino Unido últimamente ha empezado a recular.
El patrón de la industria farmacéutica —más investigadores que obtienen menos avances— se reproduce en otros ámbitos a una escala aún mayor.

El declive de la fecundidad a gran escala parece ser un corolario inevitable de la modernidad liberal capitalista. Pero al mismo tiempo hay muchas cosas que no comprendemos acerca de este fenómeno y diversas explicaciones y variables que, al parecer, entran en conflicto entre sí. Por ejemplo, el hecho de que las tasas de natalidad se hundan en periodos de recesión —como sucedió de forma extrema durante la Gran Recesión— indica que la situación financiera personal juega un papel muy importante en las decisiones relativas a la fecundidad; de ahí la posibilidad de que el estancamiento económico del que se ha hablado en el capítulo anterior, y especialmente el estancamiento de los ingresos de las clases trabajadoras, explique en parte la reciente caída de la tasa de natalidad. Pero la hipótesis del estancamiento no parece estar en sintonía con la experiencia histórica más amplia del Occidente moderno, ya que antes se tenían familias extensas mientras se vivía en lo que hoy se consideran unas condiciones miserables e inadmisibles, y el crecimiento económico experimentado durante décadas y siglos —incluyendo la reciente recuperación en Estados Unidos— ha venido acompañado de descensos generales de natalidad.
Más allá de la infelicidad que llega con las esperanzas y las ilusiones truncadas, esta esterilidad acarrea graves consecuencias económicas. Los bajos índices de natalidad transforman rápidamente a las sociedades ricas en sociedades envejecidas, con menos trabajadores y más jubilados, cosa que ralentiza de forma muy directa el crecimiento del PIB y más tarde (como sucede ya en Japón y, tal vez, acabe ocurriendo en algunas zonas de Europa) empieza a provocar su contracción. Pero el efecto indirecto es igual de grave: las sociedades envejecidas, las sociedades que tengan menos jóvenes provenientes de cada uno de los ciudadanos que se van haciendo mayores para caer en la senectud, simplemente tienen menos posibilidades de dinamismo, están menos interesadas en asumir riesgos, que las sociedades con perfiles demográficos más jóvenes.
Además un potencial semillero de pesimismo y desesperanza. Las decepciones personales que acompañan a las aspiraciones insatisfechas de ser padres probablemente sean hoy en día un aspecto subestimado de la infelicidad en la edad madura. Pero las bajas tasas de natalidad tienen asimismo una consecuencia sociológica y psicológica más amplia, un impacto general de las familias de tamaño más reducido en el modo en que la gente experimenta su vida cotidiana, sus familias, amistades y comunidades, y —tal vez lo más importante— en su forma de pensar en el futuro de su sociedad.

Si desea tener la sensación de que la sociedad occidental está convulsionada, existe una aplicación para ello, una simulación convincente a la espera. Pero en el mundo real es posible que esa sociedad occidental en realidad esté reclinada en un sillón, conectada a un gotero de algo sosegador, escuchando una y otra vez una cinta de grandes éxitos ideológicos de su juventud salvaje y alocada, con la imaginación toda exaltada y que, sin embargo, esté cómodamente impasible.
Los problemas de finales del siglo XX se convertirían en elementos permanentes del XXI en esta visión del futuro. La orfandad de las clases bajas, el desarraigo de la clase obrera, el abuso de las drogas, los embarazos extramatrimoniales, la soledad, la infecundidad, el suicidio, la anomia religiosa generalizada, el terrorismo y toda clase de radicalización; todo ello persistiría sin resolución. Esta persistencia no pasaría desapercibida, de hecho inspiraría rebeliones políticas a intervalos regulares. Pero las rebeliones serían reabsorbidas rápidamente hacia la sección del entretenimiento del panóptico, sus líderes serían incorporados rápidamente a las negociaciones sobre su cuota de audiencia y su derecho a rentabilizar su mensaje contrario a la clase dirigente; y mientras tanto, los problemas subyacentes seguirían gestionándose y gestionándose y gestionándose por medio de pantallas y drogas y drones durante un periodo de tiempo indefinido.
En general, la época tenebrosa —la guerra o la catástrofe o el apocalipsis— llega tanto si los críticos de la decadencia la acogen con los brazos abiertos como si no. Nada es eterno: ni la cruel decadencia del último imperio mundial ni nuestra propia versión de la paz romana. Y es a las posibles muertes de nuestra decadencia, a los modos en los que nuestra Roma podría caer o cambiar o renacer.

Empecemos por la solución tecnológica a la decadencia, porque es aquella que nuestra cultura, y sobre todo nuestra alta cultura, está condicionada a esperar. Esta solución implicaría el fin del adormecimiento o la ralentización o el estancamiento tecnológico y la irrupción de algún conjunto de adelantos punteros, ya sean inminentes o que, posiblemente, estén ahora mismo desarrollándose y que den el pistoletazo de salida al crecimiento económico, deriven en un cambio cultural arrollador y generen una serie completamente nueva de debates políticos e ideológicos.
Pero si la aceleración tecnológica crease inevitablemente nuevos conflictos políticos e ideológicos, ¿qué sucedería si el proceso de salida de la decadencia transcurriera del modo contrario y llegase primero un radical cambio político e ideológico? Como ya hemos visto, es más fácil declarar una crisis en el orden democrático liberal que discernir realmente alternativas viables al liberalismo o a la democracia o al capitalismo. Pero así como con el progreso tecnológico y científico, quizá nos encontramos en un periodo de preparación, de necesaria preparación del terreno, donde las alternativas posliberales están en proceso gradual de teorización, y en una generación más o menos empezarán a reformar el mundo fuera de los blogs, los tuits y los libros.

Una posibilidad, la de que la decadencia sea un destino inevitable para una especie planetaria, está implícita en uno de los más famosos intentos de explicar por qué, con todas esas estrellas y mundos sin fin que hay más allá del nuestro, no hemos hallado evidencias de civilizaciones extraterrestres más convincentes que los vídeos de ovnis y los extraños acaso asteroides.
Si realmente queremos librarnos de la decadencia por nuestros propios medios, si queremos trascenderla no solo durante una temporada, entonces, a falta de esa divinidad que extienda la mano hacia abajo o de la oportuna llegada de los alienígenas, tendremos que encontrar el camino del ascenso, tender una escalera hacia las estrellas y ofrecer a las futuras generaciones de la humanidad una nueva realidad que explorar que sea más expansiva que nuestro asediado planeta, más extraordinaria que cualquier cosa que podamos conjurar dentro de nuestras máquinas de simulación. Tenemos que demostrar que nuestro pesimismo post-Apolo era un error, tenemos que dar con la forma de lograr que las estrellas sean, al fin y al cabo, nuestro destino. A pesar de los mayores esfuerzos de Elon Musk, en este momento no parece muy probable. Pero, dentro de los confines del mundo material tal y como lo entendemos, es la única posibilidad que ofrece esperanza, en un horizonte temporal más amplio, sobre lo que le depara al futuro de la humanidad.

El tropiezo con los confines de nuestras propias capacidades que estamos experimentando, la aparente inexorabilidad de la decadencia como castigo por nuestro éxito únicamente podría terminar con mejores cohetes o con el viaje a una velocidad mayor que la de la luz, siempre y cuando haya Algo Más que intervenga antes para cambiar las cosas.

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The book is written mostly from the American point of view, dealing in turn with problems in Europe because it is considered part of the Western world without forgetting Asia, and especially China. The author deals with the decline in the political, human, cultural, economic and demographic fields with real data conducting comparative politics against the possible alternatives of the liberal order. For example, he maintains the scarcity of inventions with the exception of the Internet as opposed to all those that have occurred since the beginning of the 20th century to the present, serving as an example the space race. In the cultural field he manifests the rise of cinema without originality and without substance in which the successes of comics and remakes are repeated, being able to apply the same example in fields such as music or painting. In the political field he does not contribute anything new that has not been dealt with in other works, in fact he gets to bore this part; where if it is controversial it is towards the new pink social and control order which, at the same time as risky, seemed to me to be the best of the work along with the ending for the solutions it provides and, for doing something that costs the authors so much . This is nothing more than recognizing the limitations of your approach and inviting the reader to think.
In short, we are facing a slow-paced work, which has more than enough pages …
The book is an account of the sclerosis pervading our countries, a prophetic warning of the fate of all developed countries in contradiction of the theory of perpetual progress. A societal structure once taken for granted as accelerating in an infinite upward climb is one instead encumbered by rigidities. Decadence here is “economic stagnation, institutional decay, and cultural and intellectual exhaustion at a high level of material prosperity and technological development.” The balkanisation of the country betokens a nihilistic future, one that is beleaguered with seemingly irresolvable tensions and crises.
Echoing Barzun—the unofficial commissar of decadence—Douthat decries the lack of real change in the past few decades, the omnipresence of futility and absurdity engendered by the four horsemen of the apocalypse: stagnation, sterility, sclerosis, and repetition. It is a story of the corporate heroes of the gig economy whose financial success as profitable business models is a largely illusory House of Cards under the aegis of shareholders. A story of declining innovation in every field, artistic and otherwise, with cultural products that are largely rehashed imitations of the old. It is a story of a silent war being fought against the effeteness of modernity, against the unnamed bugbears that have fuelled wilful deaths of despair, a story in which the acquisition of baubles by a sybaritic consumerist sphere disguises a need that cannot be slaked by material goods. The juvenescence of civilization has long since ended. In its departure, a yawning, gaping void has opened: a veritable Leviathan of stagnating society in which the ‘dream-hoarding’ of the wealthy turns the self-segregated children of the wealthy into products to be sold on the marketplace as consumer goods. Meawhile, the dual advance of debt and credentialism sucks blood from an economy already overburdened by an aging demographic. Twilight and the technocrats.
I have a reliable account that social distancing is in effect the practice of introverts, shy people, and misanthropes alike so if anyone has any want or need of advice in these dark days we would be the ones to ask.

In our culture the word decadence is used promiscuously, but rarely accurately (which, of course, is part of its prestige and charm). The dictionary associates it with ‘low morality and a great taste for pleasure, money, fame, etc.’, which is too vague (Ebenezer Scrooge was immoral and loved money, but no one would have called him ‘decadent “), And with cultures” marked by deterioration and regression “, which brings us a little closer, but still leaves a long way undefined. In political debates, it is often associated with a lack of determination in dealing with external threats (to Munich and Neville Chamberlain, to W. B. Yeats’s verse that the best lack all conviction). In the popular imagination, it is usually related to sex and gluttony; If you want to buy something “decadent” on Amazon, the search algorithm will mostly give you pornographic love stories and chocolate strawberries.
High definition, on the other hand, attempts to combine the aesthetic, the moral and the political in an indictment of civilization as a whole, in which moral deterioration is closely linked to stale aestheticism and rampant hedonism, which in turn are linked to a cowardly failure to make the sacrifices required to protect civilization from its enemies. This kind of decay is a prelude to catastrophe in which barbarians slip, orgies are canceled, and ornately decorated palaces go up in flames.

The truth about America and the West in the first decades of the 21st century, a truth that contributed to the Trump presidency but will remain true after he is gone, is that we have not been plummeting anywhere (maybe we’ve just been going in circles). Rather, we are getting older, we are comfortable and stranded, we have disconnected from the past and lost optimism for the future, we have scorned memory and ambition while we wait for some innovation or revelation to come and save us, locking ourselves in cocoons of those who do not. no chrysalis is likely to emerge, growing old together and unhappy in the blazing light of a tiny screen.
– The first is the demographic weight; the aging of wealthy societies and falling birth rates in the West and East Asia which, combined, make existing social programs more expensive, limit future GDP growth and make the culture of developed countries more cautious and accommodating and risk averse.
– The second is over-indebtedness, which will worsen as baby boomers age and their expected health bills have to be paid. Debt and deficits are not necessarily the short-term obstacles imagined by Tea Party Republicans and enemies of the Treasury; Evidence from the last decade indicates that for most Western economies a debt crisis or Greek-style inflationary spiral is unlikely. But the deficit remains a long-term obstacle, both to public investment in good times and to countercyclical spending in bad times, which did not exist in the world of 1955.
– The third is restrictions on education, which did not exist a hundred years ago, when (as Cowen points out) “only 6.4% of Americans in the appropriate age segment graduated from high school.” The drop from 6% to 70% in the graduation rate three generations later had a dramatic effect on productivity, as did the increase in college attendance.
– The fourth is the restrictions imposed by the environment. The growth that the United States achieved in the 18th and 19th centuries thanks to the domestication of nature and the exploitation of unproductive land will never be repeated. All the growth that has occurred since then is conditioned by the need to adapt to climate change, an adaptation, as Gordon points out, the costs of which represent a “compensation” in the 21st century for all the growth rates that the West achieved during the Revolution. industrial, when “the environment was not a priority and the symbol of a prosperous city was the image of a factory emitting a cloud of pure black smoke from its chimneys”.
In theory, these costs could be mitigated thanks to innovation in renewable energy, which makes regulations on fossil fuels and carbon taxes unnecessary and obsolete.

No new type of antibiotic has been developed since the 1980s, and the era of big drugs seems to be over: Pharmaceutical companies spent more money on research throughout the 1990s and 2000s, but they agreed. good to fewer and fewer drugs, with the predictable result that spending on research and development has been contracting during the 2010s. In more developed countries, life expectancy is increasing more slowly than it was fifty years ago; in Germany and France it has been paralyzed; in the United States and the United Kingdom lately it has started to back down.
The pattern in the pharmaceutical industry – more researchers making less progress – is replicated elsewhere on an even larger scale.

Large-scale fertility decline seems to be an inevitable corollary of liberal capitalist modernity. But at the same time there are many things that we do not understand about this phenomenon and various explanations and variables that seem to conflict with each other. For example, the fact that birth rates plummet in recessionary periods — as they did in the extreme during the Great Recession — indicates that personal financial status plays a very important role in fertility decisions; hence the possibility that the economic stagnation discussed in the previous chapter, and especially the stagnation of the incomes of the working classes, partly explains the recent fall in the birth rate. But the stagnation hypothesis does not seem to be in tune with the broader historical experience of the modern West, since in the past you had extended families while living in what are now considered miserable and unacceptable conditions, and the economic growth experienced over decades and years. centuries — including the recent recovery in the United States — has been accompanied by general declines in birth rates.
Beyond the unhappiness that comes with truncated hopes and illusions, this sterility has serious economic consequences. Low birth rates rapidly transform wealthy societies into aging societies, with fewer workers and more retirees, which very directly slows down GDP growth and later (as is already the case in Japan and, perhaps, in the future). some areas of Europe) begins to cause its contraction. But the indirect effect is just as serious: aging societies, societies that have fewer young people from each of the citizens who are getting older to fall into senescence, simply have less chance of dynamism, are less interested in taking risks , than societies with younger demographic profiles.
Also a potential hotbed of pessimism and hopelessness. The personal disappointments that accompany unfulfilled aspirations to parenthood are probably an underrated aspect of unhappiness in middle age today. But low birth rates also have a broader sociological and psychological consequence, a general impact of smaller families on the way people experience their daily lives, their families, friends and communities, and – perhaps most importantly – in how you think about the future of your society.

If you want to get the feeling that Western society is in turmoil, there is an app for it, a compelling simulation waiting. But in the real world it is possible that Western society is actually reclining in an armchair, hooked up to a dropper of something soothing, listening over and over to a tape of great ideological hits from its wild and crazy youth, with all its imaginations running wild. and yet be comfortably impassive.
The problems of the late 20th century would become permanent elements of the 21st in this vision of the future. The orphanhood of the lower classes, the uprooting of the working class, drug abuse, extramarital pregnancies, loneliness, infertility, suicide, generalized religious anomie, terrorism and all kinds of radicalization; all of this would persist without resolution. This persistence would not go unnoticed, in fact it would inspire political rebellions at regular intervals. But the rebellions would be quickly reabsorbed into the entertainment section of the panopticon, their leaders would be quickly incorporated into the negotiations over their audience share and their right to monetize their message against the ruling class; And in the meantime, the underlying problems would continue to be managed and managed and managed by screens and drugs and drones for an indefinite period of time.
In general, the dark age — war or catastrophe or apocalypse — comes whether critics of decadence embrace it with open arms or not. Nothing is eternal: not the cruel decline of the last world empire, not our own version of Roman peace. And it is to the possible deaths of our decadence, to the ways in which our Rome could fall or change or be reborn.

Let’s start with the technological solution to decadence, because it is the one that our culture, and especially our high culture, is conditioned to expect. This solution would imply the end of the numbness or the slowdown or technological stagnation and the irruption of some set of cutting-edge advances, either imminent or that, possibly, are currently being developed and that give the starting signal to economic growth, resulting in a sweeping cultural change and generate a whole new series of political and ideological debates.
But if technological acceleration inevitably created new political and ideological conflicts, what would happen if the process of coming out of decadence proceeded in the opposite way and a radical political and ideological change came first? As we have already seen, it is easier to declare a crisis in the liberal democratic order than it is to actually discern viable alternatives to liberalism or democracy or capitalism. But just as with technological and scientific progress, perhaps we are in a period of preparation, of necessary groundwork, where post-liberal alternatives are gradually theorizing, and in a generation or so will begin to reshape the world outside of blogs, tweets and books.

One possibility, that decay is an inevitable fate for a planetary species, is implicit in one of the most famous attempts to explain why, with all those endless stars and worlds beyond our own, we have found no evidence of extraterrestrial civilizations more compelling than UFO videos and strange perhaps asteroids.
If we really want to free ourselves from decay on our own, if we want to transcend it not just for a season, then in the absence of that downward-reaching divinity or the timely arrival of the aliens, we will have to find the path of ascent. , climb a ladder to the stars and offer future generations of humanity a new reality to explore that is more expansive than our beleaguered planet, more extraordinary than anything we can conjure up within our simulation machines. We have to show that our post-Apollo pessimism was wrong, we have to figure out how to make the stars, after all, our destiny. Despite Elon Musk’s best efforts, at this point it doesn’t seem very likely. But, within the confines of the material world as we understand it, it is the only possibility that offers hope, on a broader time horizon, about what the future of humanity holds.

The stumbling into the confines of our own capabilities that we are experiencing, the seeming inexorability of decay as punishment for our success could only end with better rockets or travel at a speed greater than the speed of light, as long as there is Something More. to intervene before to change things.

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