Unamuno — Arturo Barea / Unamuno by Arturo Barea

Interesante pero es una breve visión bastante superficial de este intelectual vasco.
Sorprendente, de que la obra de un escritor español haya tenido que ser traducida del inglés al castellano. No existe un texto original completo del Unamuno de Arturo Barea, y poco ha sobrevivido de los borradores suyos en los que basaba mi libre versión inglesa.

Clasificar a Unamuno en términos convencionales no tendría gran sentido. Fue pensador, ensayista, novelista, poeta, dramaturgo y prolífico periodista; fue profesor universitario, diputado a Cortes y profeta por elección propia. ¿Era gran escritor o filósofo? Ninguna de sus obras de imaginación llega a la perfección como obra de arte; ninguno de sus ensayos expresa una consistente filosofía original. ¿Era un jefe ideológico? Unamuno murió en 1936, una celebridad internacional, muy citado y aprovechado por escritores extranjeros que escribían sobre España, pero para el gran público era un desconocido, a pesar del hecho de que sus obras habían sido traducidas a una docena de idiomas. Dentro de España, había estado aislado durante toda su larga vida, había sido atacado y adulado, temido y mal interpretado. Aunque tuvo muchos discípulos y amigos, no era fundador de ninguna escuela ni cabecilla de ningún movimiento. En política siempre fue un excéntrico. Y, sin embargo, la huella de su obra y de su personalidad está viva en los escritos y en el pensamiento de todos los españoles que, a su zaga, han tratado de comprender los problemas nacionales. Es imposible hablar de la España moderna sin invocar a Unamuno como testigo mayor.
Unamuno no era un soñador abstracto. Todo lo veía envuelto en carne y hueso. El grupo de ensayos donde expresó por primera vez esta visión, y que acabo de citar, En torno al casticismo, contiene también agudas observaciones y análisis de la realidad contemporánea, de modo que se convirtió en la más notable, aunque no la más notada, de las publicaciones españolas de los últimos años del siglo.
Durante una breve estancia en Madrid en 1891, cuando aún estaba pendiente su nombramiento en Salamanca, Unamuno había pasado revista al panorama político y cultural de España con una mente ya madura. Tomó contacto con otros que, como él, concebían el problema de la existencia de España como nación y como Estado moderno en términos de ética social y no de técnica política, según la moda de los dirigentes más destacados del momento. El más fértil de estos encuentros fue con el brillante joven diplomático Ángel Ganivet.
Unamuno aportó un punto de vista completamente nuevo a la discusión. En los cinco artículos que, reunidos, constituyen En torno al casticismo, atacó a tradicionalistas y casticistas no como un europeizante, sino como el defensor de una nueva España, aún no parida, en contra de las gastadas fórmulas históricas, las instituciones y las actitudes que amenazaban ahogarla antes de que viera la luz. Esa nueva España, en la que tendrían su patria todos los españoles, existía ya en las capas más profundas del alma española; su tradición «eterna» era transmitida y transformada por el pueblo que jamás se manifestaba en la superficie de los actos históricos. En el pasado había sido alimentada con influencias que llegaban de todas partes del mundo y había a su vez dado nuevos valores al mundo. Por lo tanto, no podía haber contradicción entre lo «genuinamente hispánico» y lo «europeo»: en sus raíces, eran una y la misma cosa.

Cada vez que la «vieja casta histórica» o la «Inquisición doméstica» se volvían especialmente activas y peligrosas en su continua lucha contra la España naciente, Unamuno levantaba su voz, que ya no podía ser ignorada. La posición básica que había tomado en los ensayos de En torno al casticismo siguió siendo la clave de su actuación pública como español.
Todos aquellos españoles que habían sido educados en la atmósfera tradicional de la «España imperial» y nunca dudaron que pertenecían a una gloriosa nación, para la mayor gloria de ellos mismos, se sentían disminuidos y humillados al descubrir que su patria no podía rivalizar con las nuevas grandes potencias del mundo. El choque produjo la natural reacción en ellos. Sin embargo, Unamuno se dio cuenta de que este tipo de ofendida vanagloria solo pertenecía a las clases alta y media, mientras que el pueblo era el mismo de siempre, seguro en lo que él calificó de «tradición eterna». Su imagen de España no necesitaba ser revisada después de la derrota. Descubrió que predominaban dos formas de hipocresía: una se manifestaba en lucubraciones patrióticas sobre el honor perdido, etc., etc.; la otra, en clamar por la «regeneración» a través de rápidos y superficiales cambios según el estilo de otros países, sin considerar la específica estructura social de España. Unamuno castigó a ambos bandos, pero en contraste con su posición anterior, los golpes más fuertes esta vez cayeron sobre los modernistas.
Unamuno despreciaba cualquier periodismo hueco o demagógico, pero pronto se dio cuenta del valor de las controversias públicas en la prensa y de la ventaja de ser «tópico» o «local» cuando quería que sus ideas se escucharan. Deliberadamente se expuso a los ataques, exagerando sus argumentos contra toda forma de abulia espiritual o de conformismo, de fanatismo estéril o de hipocresía farisaica. Esto significaba, por supuesto, que Unamuno lanzaba ataques en todas direcciones, repitiéndose a menudo, contradiciéndose, pero volviendo siempre a su posición central y estimulando siempre a los demás a seguir y desarrollar los temas que él había dado por terminados.

Unamuno escribió su obra más inquietante: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Libro que no fue concebido como tratado filosófico ordenado sobre la condición humana, sino como registro de los pensamientos sobre la vida y la muerte de un hombre, confesión ante otros mortales compañeros que tiene toda la apasionada sinceridad de la que es capaz este hombre, y por esto mismo no se presta fácilmente a ser sintetizado. Triunfa o fracasa según la simpatía que despierta: simpatía en el sentido de compartir la emoción que está detrás de su dialéctica. Del sentimiento trágico de la vida es el más grande de los muchos monólogos que Unamuno escribió. Cada fragmento de su argumentación nace de sus más íntimas necesidades espirituales; allí nada es «objetivo».
Hay un cierto flagelantismo espiritual, así como un seco sarcasmo, en estas palabras:

El verdadero pecado, acaso el pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene remisión, es el pecado de herejía, el de pensar por cuenta propia. Ya se ha oído aquí, en nuestra España, que ser liberal, esto es, hereje, es peor que ser asesino, ladrón o adúltero. El pecado más grave es no obedecer a la Iglesia, cuya infalibilidad nos defiende de la razón.

¿Y por qué ha de escandalizar la infalibilidad de un hombre, del Papa? ¿Qué más da que sea infalible un libro: la Biblia, una sociedad de hombres: la Iglesia, o un hombre solo?
Pero, ay, el enemigo está dentro de las murallas. Cuando la fe no se siente segura en sí misma, ni segura en la tradición, y la autoridad busca el apoyo de su enemiga, la razón. Este es el origen de la teología escolástica, y más tarde de «eso que llaman teología natural, y no es sino cristianismo despotencializado».
Unamuno llega a concluir que la solución católica del problema vital —el problema de la inmortalidad y de la salvación eterna del alma individual— satisface a la voluntad y al sentimiento de la vida, pero «al querer racionalizarla con la teología dogmática, no satisface a la razón. Y esta tiene sus exigencias, tan imperiosas como las de la vida». Unamuno era antirracionalista y vitalista (y también existencialista, personalista y pragmatista, si uno quiere aplicar rótulos), pero creía en el justo uso de la razón, y era incapaz de forzarse a aceptar argumentos racionales que a él le parecían ir en contra de la razón.

Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. […] En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo no puedo comunicarla lógicamente, porque solo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo, sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. […]

Al final, Unamuno dice, y tiene derecho a decirlo, que este sentimiento trágico que ha atribuido a «los hombres y los pueblos» al menos está vivo en los españoles como individuos y en el pueblo español, «tal y como se refleja en mi conciencia, que es una conciencia española, hecha en España».

Era el ferviente deseo de Unamuno ser reconocido como gran poeta en verso y en prosa. Insistía en una valoración de sus obras que ni sus mayores admiradores podían suscribir. Por ejemplo, siempre daba precedencia a su primera novela, Paz en la guerra, y sostenía que sería recordado sobre todo por sus poesías. No cabe duda de que sus ásperos poemas, mezcla de ardor y de contemplación, aportaron una nueva nota a la poesía lírica española de comienzos del siglo; pero su forma poética nunca tenía bastante fuerza para fundirse completamente con los sentimientos e ideas que habían inspirado el poema. No fue Unamuno el que encontró la forma lírica que fuera una exacta expresión de sus visiones, sino un amigo mucho más joven: Antonio Machado. Y, sin embargo, Unamuno no se equivocaba al calificarse de poeta. Era un poeta que tenía la necesidad de crear un mundo a su propia imagen y semejanza para asegurarse a sí mismode su «yo». Desde este punto de vista, la verdadera creación poética de Unamuno es la personalidad que proyecta en todas sus obras.
Su obra seguirá viviendo.
Dos de los mayores libros de Unamuno son Vida de Don Quijote y Sancho, que epitomiza sus pensamientos sobre la tradición espiritual española, y La agonía del cristianismo, que es su más completa investigación sobre los problemas del cristianismo y el catolicismo.
A través de sus fracasos y sus éxitos, sus errores y actos de creación, a través de su insistencia en la duda que da vida, logró lo que quería lograr: no hay español pensante que no haya sentido, voluntaria e involuntariamente, la influencia del pensamiento aguijoneante, estimulante, irritante y humillante de Miguel de Unamuno. Si en esta generación actual su agonía e incurable cisma interior nos tocan a todos, también nos ha dejado un legado de valentía moral y de integridad. Un pensador que enseña cómo convertir el conflicto, la contradicción y la desesperación en fuente de energía tiene algo grande que ofrecer a los hombres de nuestra época.

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Interesting book but it is a rather superficial brief vision of this Basque intellectual.
Surprising, that the work of a Spanish writer had to be translated from English to Spanish. There is no complete original text of Arturo Barea’s Unamuno, and little has survived of his drafts on which I based my free English version.

Classifying Unamuno in conventional terms would not make much sense. He was a thinker, essayist, novelist, poet, playwright, and prolific journalist; he was a university professor, a deputy to the Cortes and a prophet of his own choosing. Was he a great writer or philosopher? None of his works of imagination are perfect as a work of art; none of his essays expresses a consistent original philosophy. Was he an ideological boss? Unamuno died in 1936, an international celebrity, much cited and used by foreign writers who wrote about Spain, but to the general public he was a stranger, despite the fact that his works had been translated into a dozen languages. Within Spain, he had been isolated throughout his long life, he had been attacked and flattered, feared and misinterpreted. Although he had many disciples and friends, he was not the founder of any school or leader of any movement. In politics he was always an eccentric. And yet, the trace of his work and of his personality is alive in the writings and in the thoughts of all Spaniards who, behind them, have tried to understand national problems. It is impossible to speak of modern Spain without invoking Unamuno as a major witness.
Unamuno was not an abstract dreamer. I saw everything wrapped in flesh and blood. The group of essays in which he first expressed this vision, and which I have just cited, On casticism, also contains sharp observations and analyzes of contemporary reality, so that it became the most notable, although not the most noted, of the Spanish publications of the last years of the century.
During a brief stay in Madrid in 1891, when he was still pending his appointment in Salamanca, Unamuno had reviewed the political and cultural panorama of Spain with a mature mind. He made contact with others who, like him, conceived the problem of the existence of Spain as a nation and as a modern State in terms of social ethics and not of political technique, according to the fashion of the most prominent leaders of the time. The most fertile of these encounters was with the brilliant young diplomat Ángel Ganivet.
Unamuno brought a completely new point of view to the discussion. In the five articles that, brought together, make up Around Casticism, he attacked traditionalists and casticists not as a Europeanizer, but as the defender of a new Spain, not yet born, against the worn-out historical formulas, institutions and attitudes that threatened to drown her before she saw the light. That new Spain, in which all Spaniards would have their homeland, already existed in the deepest layers of the Spanish soul; its “eternal” tradition was transmitted and transformed by the people who never manifested itself on the surface of historical events. In the past it had been nurtured with influences coming from all over the world and had in turn given new values to the world. Therefore, there could be no contradiction between the “genuinely Hispanic” and the “European”: at their roots they were one and the same.

Whenever the “historical old caste” or the “domestic Inquisition” became especially active and dangerous in their continuous struggle against nascent Spain, Unamuno raised his voice, which could no longer be ignored. The basic position that he had taken in the essays for On casticism continued to be the key to his public performance as a Spaniard.
All those Spaniards who had been brought up in the traditional atmosphere of “Imperial Spain” and never doubted that they belonged to a glorious nation, for the greater glory of themselves, felt diminished and humiliated upon discovering that their homeland could not rival those of the world. new great powers of the world. The shock produced the natural reaction in them. However, Unamuno realized that this kind of offended boasting only belonged to the upper and middle classes, while the people were the same as ever, secure in what he called “eternal tradition.” His image of Spain did not need to be revised after the defeat. He discovered that two forms of hypocrisy prevailed: one manifested itself in patriotic lucubrations about lost honor, etc., etc.; the other, in calling for “regeneration” through rapid and superficial changes according to the style of other countries, without considering the specific social structure of Spain. Unamuno punished both sides, but in contrast to his previous position, the strongest blows this time fell on the modernists.
Unamuno despised any hollow or demagogic journalism, but soon realized the value of public controversy in the press and the advantage of being “topical” or “local” when he wanted his ideas to be heard. He deliberately exposed himself to attack, exaggerating his arguments against all forms of spiritual apathy or conformity, sterile fanaticism, or self-righteous hypocrisy. This meant, of course, that Unamuno launched attacks in all directions, repeating himself often, contradicting himself, but always returning to his central position and always encouraging others to follow and develop the themes he had terminated.

Unamuno wrote his most disturbing work: On the tragic feeling of life in men and in peoples. This book was not conceived as an ordered philosophical treatise on the human condition, but rather as a record of the thoughts on the life and death of a man, a confession to fellow mortals that has all the passionate sincerity of which this man is capable, and for this very reason it does not lend itself easily to being synthesized. It succeeds or fails according to the sympathy it arouses: sympathy in the sense of sharing the emotion behind its dialectic. Of the tragic feeling of life is the greatest of the many monologues that Unamuno wrote. Every fragment of his argument stems from his most intimate spiritual needs; nothing is “objective” there.
There is a certain spiritual flagellantism, as well as dry sarcasm, in these words:

The true sin, perhaps the sin against the Holy Spirit, which has no remission, is the sin of heresy, that of thinking on one’s own. It has already been heard here, in our Spain, that being a liberal, that is, a heretic, is worse than being a murderer, thief or adulterer. The gravest sin is not obeying the Church, whose infallibility defends us from reason.

And why should the infallibility of a man, of the Pope, scandalize? What difference does it make if a book is infallible: the Bible, a society of men: the Church, or a single man?
But alas, the enemy is within the walls. When faith does not feel secure in itself, nor secure in tradition, and authority seeks the support of its enemy, reason. This is the origin of scholastic theology, and later of “that which they call natural theology, and it is nothing but de-potentized Christianity.”
Unamuno concludes that the Catholic solution to the vital problem – the problem of immortality and the eternal salvation of the individual soul – satisfies the will and the feeling of life, but “in wanting to rationalize it with dogmatic theology, it does not satisfy the reason. And this has its demands, as compelling as those of life. Unamuno was an anti-rationalist and a vitalist (and also an existentialist, a personalist, and a pragmatist, if one wants to apply labels), but he believed in the fair use of reason, and was unable to force himself to accept rational arguments that seemed to him to go against the law of the reason.

My religion is to seek the truth in life and life in the truth, even knowing that I will not find them while I live; my religion is to fight incessantly and tirelessly with the mystery; My religion is to fight with God from dawn to dusk, as they say Jacob fought with Him. […] In the religious order there is hardly anything that I have rationally resolved, and since I do not have it, I cannot communicate it logically, because only the rational is logical and transmissible. Yes, with affection, with heart, with feeling, I have a strong tendency towards Christianity, without abiding by special dogmas of this or that Christian confession. […]

In the end, Unamuno says, and has the right to say so, that this tragic feeling that he has attributed to “men and peoples” is at least alive in the Spanish as individuals and in the Spanish people, “as reflected in my conscience, which is a Spanish conscience, made in Spain.

It was Unamuno’s fervent desire to be recognized as a great poet in verse and prose. He insisted on an appreciation of his works that not even his greatest admirers could subscribe to. For example, he always gave precedence to his first novel, Peace in the war, and maintained that he would be remembered above all for his poetry. There is no doubt that his harsh poems, a mixture of ardor and contemplation, contributed a new note to Spanish lyric poetry at the beginning of the century; but his poetic form was never strong enough to merge completely with the feelings and ideas that had inspired the poem. It was not Unamuno who found the lyrical form that was an exact expression of his visions, but rather a much younger friend: Antonio Machado. And yet Unamuno was not wrong in calling himself a poet. He was a poet who had the need to create a world in his own image and likeness of him in order to assure himself of his “I”. From this point of view, the true poetic creation of Unamuno is the personality that he projects in all of his works.
His work will live on.
Two of Unamuno’s greatest books are Vida de Don Quixote y Sancho, which epitomizes his thoughts on the Spanish spiritual tradition, and La agonía del Cristiano, which is his most comprehensive investigation of the problems of Christianity and Catholicism.
Through his failures and his successes, his mistakes and acts of creation, through his insistence on the doubt that gives life, he achieved what he wanted to achieve: there is no thinking Spaniard who has not felt, voluntarily and involuntarily, the influence of the stinging, stimulating, irritating and humiliating thought of Miguel de Unamuno. If in this current generation his agony and his incurable inner schism touch us all, he too has left us a legacy of moral courage and integrity. A thinker who teaches how to turn conflict, contradiction and despair into a source of energy has something great to offer the men of our time.

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