Invitación A Pensar — Jaime Nubiola / Invitation to Think by Jaime Nubiola (spanish book edition)

Tras leer el libro pienso que es recomendable para alumnos de primeros años de universidad… aunque también a alguien más mayor le puede venir bien. De fácil y amena lectura, ofrece consejos interesantes para enfocar la vida intelectual.
Las reflexiones del autor, invitan a pensar. Está escrito con un lenguaje clarificador.

Nuestro mundo necesita gente que piense por su cuenta y riesgo, y este libro es una invitación para hacerlo: nadie puede pensar por nosotros.
Pensar es difícil. No proporciona una gratificación instantánea como la mayor parte de las cosas que consumen los jóvenes. Quien piensa es considerado a menudo como un ser extraño, como un extraterrestre.
La conflictividad es un rasgo inevitable de la convivencia humana en todos sus niveles: desde la familia hasta la comunidad internacional, pasando por la comunidad de vecinos, la organización profesional o, por supuesto, el Parlamento de una sociedad democrática. Cuando los seres humanos nos ponemos de verdad a pensar descubrimos de inmediato que tenemos opiniones distintas sobre cómo hay que hacer las cosas y eso nos incomoda, pues muchas veces ni siquiera sabemos cómo llegar a un acuerdo. Muchos renuncian a pensar precisamente para evitarse conflictos: basta con hacer lo que hace la mayoría. «Lo hacen todos» es el argumento moral definitivo en favor de una posición cualquiera porque nos exime de pensar.

La biblioterapia, la curación a través de la lectura, tiene una eficacia comprobada. El escribir conjura nuestra soledad y permite también que vayamos atesorando nuestra experiencia. Quien escribe en su cuaderno progresa en la comprensión de sus problemas y angustias, y de ordinario cosecha incluso una cierta paz y serenidad de su trabajo como escritor. El escribir aquieta la angustia porque transforma la incertidumbre imaginativa sobre las posibilidades futuras en atención paciente a la tarea escritora.
En la medida en que una persona es capaz de reflejar sus experiencias por escrito, las páginas de sus cuadernos, releídas con atención, pueden convertirse en luces que enciendan su creatividad. Por eso me gusta pensar que el cuaderno puede llegar a ser también como un encendedor que potencie la capacidad creativa de nuestra razón.

Defender la cordialidad en nuestra apertura a los demás no significa desconocer los problemas que efectivamente afligen a la convivencia humana. Al contrario, quienes defienden el respeto, la amabilidad e incluso la ternura como pautas de nuestras relaciones sociales lo hacen porque saben que sólo mediante esa conducta es posible transformar aquellos ámbitos en los que predominan la violencia, la explotación o el mutuo desprecio. Los demás tienen también problemas y por eso actúan como lo hacen, a veces agresivamente incluso; pero con inteligencia.
Comprender a los demás es muy difícil. Requiere el empeño por resistir a la superficialidad y a la vanidad, pero sobre todo requiere hacerse cargo de lo que a los demás les pasa, aunque muchas veces ni siquiera sean capaces de decirlo y lo expresen sólo con su presencia, con su ilusión o con su desánimo. Para poder comprender a otra persona es preciso reconocer que aprendemos de ella.

Es frecuente leer y escuchar quejas sobre la juventud actual, sobre su pobre formación intelectual, sus frágiles hábitos de trabajo, su dificultad para comprometerse en empeños de envergadura y de altos vuelos. Sin embargo, resulta difícil encontrar valoraciones positivas de todos aquellos ámbitos en que los jóvenes de hoy aventajan con mucho a las generaciones precedentes, y en particular, a la de sus padres.
No me refiero sólo a la soltura que muchos de ellos tienen con la lengua inglesa o al dominio de las herramientas tecnológicas, sino sobre todo al desarrollo de las virtudes que favorecen la armonía y la convivencia social. Me parece que puede decirse de forma rotunda que los jóvenes de hoy son más amables, cordiales y acogedores que sus padres, que pertenecieron quizá a una generación más rebelde y airada. Para comprobar esta realidad basta con mirar los habituales conflictos entre los miembros de la clase política y el desinterés general de los jóvenes por esas batallas de «sus mayores».
Un rasgo distintivo de la juventud actual es su carácter gregario y su gusto por lo masivo.
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso.

Habría que dividir el mundo en dos grandes bloques de personas; por una parte, aquellos para los que comprar es un placer y, por otra, aquellos —como es mi caso— para los que ir de compras es más bien una tortura o al menos un engorroso fastidio.
La defensa del amor, pues es el auténtico cambio climático que los jóvenes de hoy —y algunos mayores— defendemos. Un nuevo clima en el que el compartir esté por encima del consumir, el querer sobre el poseer, la preocupación por los demás por delante de nuestra personal satisfacción, la cooperación entre las personas y los pueblos por delante de la competitividad. Este es el cambio de clima que necesitamos para proteger realmente nuestro planeta y la calidad de nuestras vidas.

Hay que ayudar más y mejor a las personas deprimidas. Una manera es, por supuesto, cuidar bien el tratamiento médico, pero otra manera de apoyarles es la de decir bien alto que no hay derecho a suicidarse, que el suicidio es siempre una penosa renuncia a la propia humanidad; así como no nos hemos dado la vida a nosotros mismos tampoco podemos quitárnosla. Vivir no es un derecho, sino un deber cuyo sentido puede resultar a veces costoso descubrir, pero del que jamás podemos excusarnos. No se puede dimitir de la vida porque los demás nos necesitan. Vivir vale literalmente la pena: por eso el suicidio es una tragedia y no una solución.

Quienes aspiran a encontrar la felicidad en el placer sexual padecen un grave error antropológico, pues están pidiendo a la sexualidad algo que ésta no puede dar. El sexo es algo bueno y noble, parte esencial de la vida matrimonial, pero ni es la felicidad ni da realmente la felicidad. Más aún, como enseña tantas veces la experiencia universal, cuando el sexo se desgaja de la intimidad conyugal se transforma a menudo en una estructura de explotación, e incluso en los casos patológicos en una verdadera locura. Es bien comprensible que esto sea así, pues el sexo tiene una importancia grande en el equilibrio vital humano. Los seres humanos se desquician al abusar del sexo fuera del horizonte conyugal que es el que le confiere su genuino sentido procreador y familiar.
El origen clásico del término «pornografía» sea el de escritura (grafia) relativa a la prostitución (porneia). Para sus consumidores las imágenes pornográficas son un sustituto audiovisual de la prostitución, más higiénico, más económico, e incluso puede que más práctico. A su vez, la prostitución es un sucedáneo, un sustituto degradado, irresponsable y pasajero, de la genuina comunicación amorosa humana. Mientras en el amor humano hace falta la libre voluntad de entrega mutua de un varón y de una mujer, en la prostitución bastan de ordinario el dinero y el deseo del varón y la necesidad económica de la mujer. Así como la prostitución es una degradación comercializada de la íntima comunicación sexual en beneficio sobre todo de los varones, la pornografía audiovisual es una fórmula tecnológica de sustitución de ese comercio carnal.
La literatura y el cine tienen un papel decisivo en el cultivo de la imaginación. Su misión no es simplemente el entretenimiento, sino la educación más plena del ser humano, la educación del corazón: son el mejor invento para ensanchar nuestra experiencia humana, para cultivar nuestro corazón, para educar nuestra imaginación. A través de algunas películas o novelas, nuestra experiencia personal —tantas veces inexplicable— se ilumina hasta llegar a formar parte de la experiencia universal humana. En particular estoy persuadido de que el cine y la literatura pueden ser el medio más eficaz para que los varones aprendamos de la experiencia de las mujeres y las mujeres aprendan de la de los varones, y sobre todo para que unas y otros aprendamos a tratarnos mutuamente como personas.
Por eso, para batallar contra la pornografía hemos de empeñarnos en llegar a ser «mejores personas» y eso tiene que ver con el desarrollo de la imaginación, su enriquecimiento y purificación, de forma que nuestros proyectos vitales y nuestro estilo de vida se definan por la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, por la solidaridad con los demás para un crecimiento común, y no por el consumo egoísta.

Me gusta pensar que, en vez de un derecho, la felicidad es un deber. Los seres humanos hemos de poner todos los medios a nuestro alcance para hacer felices a los demás; al empeñar nuestra vida en esa tarea seremos nosotros también felices, aunque quizá sólo nos demos cuenta de ello muy de tarde en tarde.
Creer que los seres humanos alcanzamos la felicidad acumulando dinero o coleccionando mujeres (u hombres) como si fueran trofeos de caza es un grave error antropológico. El secreto más oculto de la cultura contemporánea es que los seres humanos sólo somos verdaderamente felices dándonos a los demás. Sabemos mucho de tecnología, de economía, del calentamiento global, pero la imagen que sistemáticamente se refleja en los medios de comunicación muestra que sabemos bien poco de lo que realmente hace feliz al ser humano.
La felicidad no está en la huida con la persona amada a una paradisíaca playa de una maravillosa isla del Caribe…

La fórmula «más SOPA».
La primera es la S de serenidad.
La segunda es la O de orden.
La tercera es la P de puntualidad
La cuarta es la A que corresponde a la alegría y que muchas veces es también el mejor fruto del cuidado de las otras tres.

No hay soluciones violentas al terrorismo. La violencia represora no disuade a los terroristas, sino que multiplica su número exponencialmente: la violencia nunca es solución. En mis días en Jerusalén venía a mi memoria el recuerdo de la convivencia pacífica en Toledo en el siglo XIII que convirtió a esta ciudad en el centro cultural de su tiempo. Aquella era la verdadera alianza de las civilizaciones: personas de diferentes culturas y religiones fueron capaces de trabajar juntos, de colaborar al servicio de una finalidad más alta, de convivir en paz. Algo así hay que lograr ahora en el Oriente Medio. La construcción de la paz pasa siempre por el conocimiento mutuo, por la comprensión cordial, no por la destrucción y el sufrimiento.

La fraternidad civil no puede ser impuesta por la ideología, ni por la ley, ni por la genética: brota del corazón y vive en la voluntad de quienes quieren a los demás como a hermanos.
Lo decisivo para la construcción de una comunidad son los «hábitos del corazón», capaces de superar el aislamiento individualista mediante el compromiso personal de unos con otros. Es necesario desarrollar unos hábitos comunitarios anclados en el respeto mutuo, en la escucha inteligente y en la colaboración académica. La universidad del siglo XXI tiene que ser mucho más que la yuxtaposición enfrentada de sus diversos estamentos: profesores, estudiantes y personal de administración y de servicios. Se ha de lograr entre todos la construcción de una efectiva comunidad en la que cada uno ponga lo suyo individual al servicio del proyecto común, en la que cada uno se esfuerce por colaborar en la medida de sus posibilidades en la misión universitaria compartida.
Para hacer esto realidad quizá sea imprescindible cambiar algunas de las estructuras que generan conflictos, pero sobre todo es preciso cambiar algo dentro de los corazones. Hay que descubrir la clave de la cordialidad como señal distintiva de quienes buscan la verdad. La relación afectuosa con los colegas, las personas que trabajan en la administración y los estudiantes puede germinar y desarrollarse. Para ello es preciso aprender a pasar por alto, con magnanimidad, las diferencias que separan y poder centrar así la atención en la tarea que une. Hace falta aprender a vivir en una comunidad plural, en la que no sólo el mutuo respeto sea la conducta básica habitual, sino en la que además se favorezca la realización personal de cada uno. Una comunidad universitaria requiere comunión y comunicación.

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After reading the book, I think it is recommended for first-year university students … although it can also be useful for someone older. Easy and pleasant to read, it offers interesting tips to focus your intellectual life.
The author’s reflections invite you to think. It is written in clarifying language.

Our world needs people who think at their own risk, and this book is an invitation to do so: no one can think for us.
Thinking is difficult. It doesn’t provide instant gratification like most of the things young people consume. Whoever thinks is often considered as a strange being, as an extraterrestrial.
Conflict is an inevitable feature of human coexistence at all levels: from the family to the international community, through the neighborhood community, the professional organization or, of course, the Parliament of a democratic society. When human beings really start thinking, we immediately discover that we have different opinions about how things should be done and that makes us uncomfortable, because many times we do not even know how to reach an agreement. Many give up thinking precisely to avoid conflict: just do what the majority do. “Everyone does it” is the ultimate moral argument for any position because it exempts us from thinking.

Bibliotherapy, healing through reading, has proven efficacy. Writing conjures up our loneliness and also allows us to treasure our experience. Whoever writes in his notebook progresses in understanding his problems and anxieties, and usually even reaps a certain peace and serenity from his work as a writer. Writing quiets anxiety because it transforms imaginative uncertainty about future possibilities into patient attention to the writing task.
To the extent that a person is able to reflect his experiences in writing, the pages of his notebooks, read carefully, can become lights that ignite his creativity. That is why I like to think that the notebook can also become like a lighter that enhances the creative capacity of our reason.

Defending cordiality in our openness to others does not mean ignoring the problems that effectively afflict human coexistence. On the contrary, those who defend respect, kindness and even tenderness as guidelines of our social relationships do so because they know that only through this behavior is it possible to transform those areas in which violence, exploitation or mutual contempt predominate. Others also have problems and that is why they act as they do, sometimes even aggressively; but with intelligence.
Understanding others is very difficult. It requires the determination to resist superficiality and vanity, but above all it requires taking charge of what happens to others, although many times they are not even able to say it and express it only with their presence, with their illusion or with their discouragement. In order to understand another person, it is necessary to recognize that we learn from them.

It is frequent to read and hear complaints about today’s youth, about their poor intellectual training, their fragile work habits, their difficulty in committing themselves to large-scale and high-flying endeavors. However, it is difficult to find positive evaluations of all those areas in which today’s youth are far ahead of previous generations, and in particular their parents.
I am not referring only to the fluency that many of them have with the English language or the mastery of technological tools, but above all to the development of the virtues that favor harmony and social coexistence. It seems to me that it can be said in a categorical way that the young people of today are more kind, cordial and welcoming than their parents, who perhaps belonged to a more rebellious and angry generation. To verify this reality, it is enough to look at the usual conflicts between members of the political class and the general disinterest of young people in these battles of “their elders.”
A distinctive feature of today’s youth is their gregarious character and their taste for the mass.
The fear of commitment of a whole generation that takes refuge in superficiality, seems to me something tremendously dangerous.

The world would have to be divided into two great blocks of people; on the one hand, those for whom shopping is a pleasure and, on the other, those – as is my case – for whom shopping is more of a torture or at least a cumbersome nuisance.
The defense of love, since it is the true climate change that today’s young people – and some older people – defend. A new climate in which sharing is above consuming, wanting over possessing, concern for others ahead of our personal satisfaction, cooperation between people and peoples ahead of competitiveness. This is the climate change we need to truly protect our planet and the quality of our lives.

Depressed people must be helped more and better. One way is, of course, to take good care of medical treatment, but another way to support them is to say loudly that there is no right to commit suicide, that suicide is always a painful renunciation of humanity itself; just as we have not given life to ourselves, neither can we take it away. Living is not a right, but a duty whose meaning can sometimes be costly to discover, but from which we can never excuse ourselves. You cannot resign from life because others need you. Living is literally worth living: that is why suicide is a tragedy and not a solution.

Those who aspire to find happiness in sexual pleasure suffer from a serious anthropological error, since they are asking sexuality for something that it cannot give. Sex is a good and noble thing, an essential part of married life, but it is neither happiness nor does it really bring happiness. Furthermore, as universal experience so often teaches, when sex breaks away from conjugal intimacy, it often becomes a structure of exploitation, and even in pathological cases into true madness. It is quite understandable that this is so, since sex has a great importance in the human vital balance. Human beings become unhinged by abusing sex outside the conjugal horizon, which is what gives it its genuine procreative and family sense.
The classical origin of the term “pornography” is that of writing (spelling) relating to prostitution (porneia). For its consumers, pornographic images are an audiovisual substitute for prostitution, more hygienic, cheaper, and perhaps even more practical. In turn, prostitution is a substitute, a degraded, irresponsible and temporary substitute for genuine human loving communication. While human love requires the free will for mutual self-giving of a man and a woman, in prostitution the money and desire of the man and the economic need of the woman are usually enough. Just as prostitution is a commercialized degradation of intimate sexual communication for the benefit above all of men, audiovisual pornography is a technological substitute for this carnal commerce.
Literature and cinema have a decisive role in the cultivation of the imagination. Their mission is not simply entertainment, but the fullest education of the human being, the education of the heart: they are the best invention to broaden our human experience, to cultivate our hearts, to educate our imagination. Through some films or novels, our personal experience – so often inexplicable – is illuminated until it becomes part of the universal human experience. In particular, I am convinced that cinema and literature can be the most effective means for men to learn from the experience of women and for women to learn from that of men, and above all for us to learn to treat each other like people.
Therefore, to fight against pornography we have to strive to become “better people” and that has to do with the development of the imagination, its enrichment and purification, so that our vital projects and our lifestyle are defined by the search for truth, beauty and good, for solidarity with others for common growth, and not for selfish consumption.

I like to think that, instead of a right, happiness is a duty. Human beings have to use all the means at our disposal to make others happy; By committing our lives to this task, we too will be happy, although we may only realize it very occasionally.
To believe that human beings achieve happiness by accumulating money or collecting women (or men) as if they were hunting trophies is a serious anthropological error. The most hidden secret of contemporary culture is that human beings are only truly happy giving to others. We know a lot about technology, about economics, about global warming, but the image that is systematically reflected in the media shows that we know very little about what really makes human beings happy.
Happiness is not in the flight with the loved one to a paradisiac beach on a wonderful Caribbean island …

The “more SOUP” formula.
The first is the S for serenity.
The second is the OR of order.
The third is the P for punctuality
The fourth is the A that corresponds to joy and that is often also the best fruit of caring for the other three.

There are no violent solutions to terrorism. Repressive violence does not deter terrorists, but multiplies their number exponentially: violence is never a solution. In my days in Jerusalem, the memory of the peaceful coexistence in Toledo in the 13th century came to my mind, which made this city the cultural center of its time. That was the true alliance of civilizations: people of different cultures and religions were able to work together, to collaborate in the service of a higher purpose, to live together in peace. Something like this must now be achieved in the Middle East. The construction of peace always passes through mutual knowledge, through cordial understanding, not through destruction and suffering.

Civil fraternity cannot be imposed by ideology, nor by law, nor by genetics: it springs from the heart and lives in the will of those who love others as brothers.
What is decisive for the construction of a community are the “habits of the heart”, capable of overcoming individualistic isolation through personal commitment to one another. It is necessary to develop community habits anchored in mutual respect, intelligent listening and academic collaboration. The university of the 21st century has to be much more than the opposing juxtaposition of its various levels: professors, students and administration and service personnel. The construction of an effective community must be achieved among all in which each one puts his or her individual at the service of the common project, in which each one strives to collaborate as far as possible in the shared university mission.
To make this a reality it may be essential to change some of the structures that generate conflicts, but above all it is necessary to change something within hearts. The key to cordiality must be discovered as a distinguishing mark of those who seek the truth. Warm relationships with colleagues, people working in administration, and students can germinate and develop. This requires learning to magnanimously overlook the differences that separate and thus be able to focus attention on the task that unites. It is necessary to learn to live in a plural community, in which not only mutual respect is the basic habitual behavior, but in which the personal fulfillment of each one is also favored. A university community requires communion and communication.

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