El Reino De Arabia Saudí Y La Hegemonía De Oriente Medio — David Hernández Martínez / The Kingdom of Saudi Arabia and the Hegemony of the Middle East by David Hernández Martínez (spanish book edition)

Un correcto ensayo necesario para entender la lógica wahabista que, ataca al mundo libre y democrático, y, para entender las tensiones de oriente y el mediterraneo.
Recomendable para politólogos, historiadores y militares, además, se lee muy fácil…

La sociedad internacional se encuentra en un periodo de grandes transformaciones, que repercuten en las dinámicas de cada región y en las circunstancias internas de los países. Arabia Saudí no es ajena a las fuerzas de cambio que presionan los contornos políticos, económicos y sociales del régimen, construidos bajo la única autoridad de la Casa de Saúd. El reino debe hacer frente a numerosos dilemas domésticos y externos que están determinando tanto el presente como el futuro de la potencia árabe en las próximas décadas. Los saudíes tienen ante sí la urgencia de redefinir su papel en Oriente Medio, en la esfera mu­­sulmana y en el orden mundial en un contexto de total incertidumbre.
La Primavera Árabe de 2011 constituyó un acontecimiento trascendental para la estabilidad y statu quo regional, dando lugar a una fase de transición determinada por las elevadas inestabilidad, convulsión e inseguridad.
La disputa por la hegemonía entre Irán y Arabia Saudí representa uno de los espacios de antagonismo ideológico que vuelven a resurgir en Oriente Medio. El régimen de los ayatolás apela a un discurso expansionista y hegemónico, al igual que lo hace la monarquía saudí. Los dos Estados se caracterizan por valerse de la religión y el sectarismo para dotar de mayor legitimidad a sus acciones y erosionar los intereses de los competidores. Iraníes y saudíes están centrados en ampliar sus márgenes de influencia y consolidarse como líderes regionales. La incompatibilidad de los objetivos de ambos países hace que perdure una tensión constante, que dificulta el desescalamiento de la fricción y la violencia en el entorno y las opciones de entablar vías de entendimiento.
La rivalidad entre Irán y Arabia Saudí es un factor esencial en la evolución de las dinámicas regionales, pero también existen otros componentes que están condicionando el devenir de los acontecimientos.

El Estado moderno de Arabia Saudí se construye bajo la confluencia de tres elementos originales: Corona, wahabismo y petróleo. El virtuoso triángulo permite la configuración de un país y un orden interno que responde exclusivamente a los intereses del rey. La perdurabilidad del clan familiar en la cúspide del poder es el resultado de la legitimidad y fortaleza de adoctrinamiento de los principios wahabís, así como de la riqueza derivada de la producción y exportación de crudo. La patrimonialización de dichos componentes por parte de los miembros de la dinastía también se extrapola a un sistema en el que el centro político, social, económico y religioso es el apellido Saúd.
La figura del príncipe heredero Mohamed bin Salmán (cono­­cido popularmente como MBS) emerge desde la misma elite saudí como elemento disruptivo que remueve los cánones tradicionales de la Corona, las problemáticas dinámicas de la región e incluso cuestiones internacionales que son claves. La máxima autoridad del país sigue siendo el monarca Salmán, pero su hijo es quien está asumiendo las principales tareas gubernamentales. Las grandes estrategias y planes implementados por el Estado se corresponden a la particular visión que tiene el joven líder, tanto del papel que debería desempeñar Arabia Saudí en el mundo como de la propia responsabilidad que él mismo tiene que asumir. No obstante, su ambicioso proyecto en­­cuentra multitud de detractores.
Arabia Saudí sigue siendo uno de los epicentros políticos, económicos y religiosos de Oriente Medio y de la esfera árabe y musulmana. El reino es además un actor relevante y en continuo ascenso dentro de las relaciones internacionales.

La constitución del Estado moderno en Arabia Saudí es reciente, teniendo en cuenta que la unificación de todo el territorio se produce oficialmente el 23 de septiembre de 1932, bajo real decreto del monarca Abdulaziz bin Saúd. Tales circunstancias sitúan al reino en una singularidad histórica en comparación con la mayoría de regímenes de Oriente Medio y, especialmente, en el área del Golfo. Exis­­ten países en el entorno conformados mucho antes de principios del siglo XX; sin embargo, hay otros que no lograron su independencia hasta principios de la década de los setenta. En medio de este intenso proceso social y político, la Corona Saúd logrará mantenerse en el poder frente a las revoluciones y conflictos de la zona.
La constitución del Estado moderno en Arabia Saudí es reciente, teniendo en cuenta que la unificación de todo el territorio se produce oficialmente el 23 de septiembre de 1932, bajo real decreto del monarca Abdulaziz bin Saúd. Tales circunstancias sitúan al reino en una singularidad histórica en comparación con la mayoría de regímenes de Oriente Medio y, especialmente, en el área del Golfo. Exis­­ten países en el entorno conformados mucho antes de principios del siglo XX; sin embargo, hay otros que no lograron su independencia hasta principios de la década de los setenta. En medio de este intenso proceso social y político, la Corona Saúd logrará mantenerse en el poder frente a las revoluciones y conflictos de la zona.
La concentración del poder en los Saúd queda plasmada en la or­­ganización y el reparto de responsabilidades y espacios de in­­fluen­­cia en el entramado institucional. La mayor parte de los miembros del Gobierno son figuras destacadas del clan. Los cargos más relevantes de la administración pública, como gobernadores provinciales, ministros y secretarios de Estado, embajadores o altos oficiales de las Fuerzas Armadas forman parte de la dinastía e, incluso, las principales empresas públicas son dirigidas por príncipes. El ámbito estatal queda en la práctica como un entorno puramente familiar.
La Casa de Saúd no es un bloque monolítico y homogéneo.

El reino de Arabia Saudí se constituye como una monarquía auto­­ri­­taria en tanto en cuanto el rey es la máxima autoridad política y religiosa del país y no existe, en principio, ningún contrapeso oficial que pueda condicionar su poder. El jefe de Estado es el responsable úl­­timo de todas las grandes decisiones del régimen en materia gu­­ber­­namental, legislativa y judicial. Todos los ámbitos y órganos de funcionamiento del Estado convergen en su figura. El monarca está facultado para formular nuevas leyes a través de decretos reales y hacer nombramientos en cualquier nivel de la Administración pú­­blica, las instituciones sociales, las empresas estatales o la esfera religiosa.
Abdulaziz bin Saúd planteó un sistema en el que el liderazgo estatal y familiar estuvieran inexorablemente vinculados. El monarca es también el referente dentro del clan Saúd, encargado de mediar y solventar las diversas tensiones y problemáticas internas.
El rey tiene cuatro órganos que le asesoran directamente a él: el Consejo de la Lealtad para cuestiones familiares; el Comité Per­­ma­­nente de Estudios Islámicos y Fatwas para asuntos religiosos y judiciales; el Gobierno, encargado de la dirección política del país; y el Majlis Al-Shura (“Asamblea Consultiva”) para asesorar en procesos legislativos. En este sentido, el ejecutivo no funciona como un órgano colegiado, sino que cada ministro responde exclusivamente ante el monarca y las decisiones no se toman conjuntamente, ya que solo es el jefe del Estado el capacitado para tal acción. El estamento gu­­ber­­namental mantiene el cariz consultivo con el que fue establecido en 1953 por Abdulaziz bin Saúd, que pretendía convertirlo en un es­­pacio de consulta y debate interno.
El Gobierno de Arabia Saudí suele estar constituido aproximadamente por 30 ministerios, la vicepresidencia y la jefatura. La am­­plitud del número de miembros responde en gran medida al empeño de utilizarlo como espacio para equilibrar influencias, teniendo en cuenta las distintas sensibilidades dentro de la elite nacional. En 2003, el rey Fahd promulgó un decreto real por el cual quedaba regu­­lado el funcionamiento ordinario del ejecutivo, conformado por dos tipos de ministros: aquellos a cargo de determinadas carteras ministeriales y los ministros de Estado, cuya función es ayudar en las tareas de la presidencia al príncipe heredero y al monarca.
En la configuración del Gobierno se distinguen varias categorías. Los ministros de Estado son personas de máxima confianza del rey, ya que son quienes deben ayudarle en las tareas diarias.
En el reino saudí no existen oficialmente partidos políticos ni formaciones electorales, las candidaturas para los comicios a los consejos municipales y provinciales se realizan de manera individual, tras haber conseguido el permiso del régimen.
El sistema legal tiene como fundamento central la sharía, derivada del Corán y la Sunna, que son las enseñanzas, dichos y hábitos del profeta Mahoma. La interpretación legislativa se hace acorde con la doctrina wahabí, que impone un criterio estricto y literal de la ley islámica, que es reconocida como la única constitución del reino. La influencia jurídica del wahabismo penetra en todos los niveles del Estado (Yamani, 2008: 145-147), empezando por los tribunales de la sharía, divididos en tribunales de primera instancia, de apelación y Tribunal Supremo, que tienen que ser acordes con los preceptos re­­ligiosos. Incluso las propias decisiones del monarca están delimitadas bajo estos principios.
El desarrollo del régimen ha obligado a ir complejizando el marco jurídico. Tomando la sharía como fuente primaria del derecho, existen tres vertientes que lo complementan. Por un lado, los reales decretos. Por otro, las leyes básicas, promulgadas por el rey Fahd en 1992 (Lippman, 2012: 17-19), compuestas por tres normas: Ley de Gobierno, Ley de Asamblea Consultiva y Ley de Provincias, que esta­­ble­­cían los marcos de funcionamiento del ejecutivo, del Majlis Al-Shu­­ra y de las administraciones locales. Finalmente, el derecho saudí también tiene la influencia de la costumbre, reflejo de las diferentes prácticas tribales de cada comarca y región del país.

La década de los ochenta tiene una particular importancia económica y política para el régimen. En primer lugar, la Revolución iraní de 1979 provocó que EE UU reforzara sus vínculos con Arabia Saudí y el resto de monarquías árabes del Golfo. En segundo término, la guerra de los muyahidines en Afganistán contra las tropas soviéticas, entre 1978 y 1989, adquirió una trascendencia fundamental para la acción exterior del reino. El Estado saudí comenzó a utilizar los recursos derivados del petróleo para apoyar a facciones y grupos en el extranjero, valiéndose también del wahabismo para promocionar su discurso entre comunidades musulmanes del mundo.
La monarquía ya no solo utilizaba las rentas del petróleo para sus intereses políticos en el ámbito doméstico, sino también como una herramienta más para sus estrategias internacionales.
La década de los noventa comienza con la invasión iraquí de Ku­­wait en 1990, a pesar de la inmediata asistencia de las tropas de EE UU y otros aliados, la Corona saudí es consciente de la urgencia de fortalecer sus sistemas de defensa, utilizando para estos propósitos las rentas del petróleo. Este tipo de ingresos cubrirán prácticamente todas las necesidades del régimen: las inversiones en grandes infraestructuras, las principales misiones en política internacional y las medidas sociales para preservar la cohesión interna, así como para modernizar las capacidades militares. En noviembre de 1995, los problemas de salud llevan al rey Fahd a nombrar regente a su hermano Abdalá.
Este periodo tiene importantes implicaciones para la industria petrolífera saudí, ya que supone la internacionalización de sus operaciones. Entre 1991 y 1995 comienzan las primeras adquisiciones en refinerías y compañías de petróleo y gas en el sudeste asiático, además de sus primeras inversiones en empresas europeas del sector. Estas operaciones llevan a los saudíes a invertir en los yacimientos de EE UU. El 2 de julio de 1993, el rey Fahd decide disolver la com­­pañía estatal de refinería Saudi Arabian Marketing and Refining Com­­pany (Saramec) dentro de Saudi Aramco, que pasa a monopolizar todo el proceso desde su extracción hasta la exportación, confirmándose como una de las grandes empresas del mundo de hidrocarburos.
La Primavera Árabe de 2011 y las crisis regionales posteriores al­­te­­raron los planes políticos y económicos estatales. El 23 de enero de 2015 fallece Abdalá y le sucede Salmán, quien concede las principales responsabilidades gubernamentales a su hijo Mohamed bin Sal­­­­mán. Las nuevas prioridades son recogidas en Saudi Vision 2030, entre las que destaca la progresiva privatización de Saudi Aramco como nueva fuente de ingresos. El 4 de septiembre de 2019, las dos principales instalaciones de la empresa en Abqaiq y Khurais fueron atacadas por drones supuestamente dirigidos por rebeldes hutíes. El 11 de diciembre de 2019 la compañía salió a bolsa por primera vez en su historia.
El reino de los Saúd es, tras Venezuela, el segundo país con las mayores reservas de petróleo del mundo y, después de EE UU, el principal productor. Por lo tanto, inevitablemente cualquier plan de reforma y modernización dependerá también de los recursos derivados de los hidrocarburos. Por otro lado, el equilibrio de las cuentas públicas también se traduce en el interés de delimitar los gastos del Estado y empoderar económicamente a la población saudí, que está llamada a tener un mayor protagonismo. No obstante, todos estos cambios en el modelo económico no están siendo por profundas reformas políticas y los cauces de participación todavía son muy limitados.

La Casa de Saúd promociona los principios wahabís, que atacan a la heterogeneidad religiosa interna y, específicamente, consideran a los chiís saudíes como una especie de quinta columna de Irán dentro del país. La década de los ochenta estuvo marcada por una creciente represión institucional y por las constantes revueltas. A finales del siglo XX se produjo la acomodación entre ambas posturas, las comunidades chiís renunciaron a la violencia y el régimen apostó por ampliar espacios de reconocimiento y autonomía. La coyuntura de distensión culminó en la Conferencia de Diálogo Nacional de junio de 2003, donde por primera vez intelectuales suníes y chiís se reunieron con el propósito de consensuar posibles reformas en el seno del régimen.
La religión tiene un papel central en Arabia Saudí y el wahabismo una importancia vital para la pervivencia política de la Casa de Saúd. En este sentido, la interpretación dominante en el reino conduce a una aplicación estricta y rigorista del islam, lo que le conecta más con las vertientes salafistas que apelan a la ortodoxia del Corán y la Sunna que a las ramas innovadoras y adaptativas dentro de la esfera musulmana. Los preceptos wahabís han tenido una dimensión territorial muy limitada, pero gracias a que la monarquía saudí los incorpora como parte de su política exterior, estos principios ideológicos han continuado creciendo en las últimas décadas en distintas partes del mundo.
El carácter excepcionalista del wahabismo, al considerarse la única enseñanza correcta del islam, provoca que Arabia Saudí haya sido históricamente un reducto de intelectuales, religiosos y grupos de distinta naturaleza que, más allá de sus diferencias de discurso y método, comparten la idea central de que la redención de la comunidad musulmana pasa por una interpretación literal de la palabra del profeta.
El auge del radicalismo religioso en el reino se debe en gran medida a la ruptura entre los gobernantes con amplios segmentos de la sociedad saudí, que dejan de considerarlos como referentes y legítimos dirigentes. En un principio, las críticas salafistas a la Casa de Saúd versaron sobre asuntos puramente domésticos, como el aparente alejamiento de los príncipes saudíes de la auténtica fe. No obstante, en las décadas de los ochenta y noventa la desafección con los estertores de la ortodoxia y el rigorismo se produce también por la alianza de Arabia Saudí con EE UU, sus vínculos con potencias occidentales y el posicionamiento hacia la cuestión palestina, que es tomada por estos grupos como símbolo de la lucha anticolonial e islamista.
La guerra del Golfo de 1991 representa otro episodio disruptivo en la coexistencia entre la monarquía y determinados sectores radicalizados. Pese a los esfuerzos del oficialismo wahabí por legitimar la decisión del régimen de apoyar la intervención internacional, las facciones más ortodoxas criticaron la operación liderada por EE UU. La indignación religiosa se produjo por la presencia de tropas ex­­tranjeras en territorio saudí, el reino en que se encontraban los san­­tos lugares del profeta. Las presiones del wahabismo y el temor a que sucediera una crisis parecida a la de la Gran Mezquita de 1979, motivaron al rey Fahd a asegurar que nunca más Arabia Saudí acogería ejércitos no musulmanes.
El Dáesh inició sus operaciones en el reino saudí contra la población chií, pero a lo largo del 2016 y 2017 repitió ataques sobre otros objetivos gubernamentales y religiosos, que dejaron cerca de 70 muertos y otros tantos heridos. La Casa de Saúd está cambiando radicalmente su posición frente a grupos salafistas y las facciones radicales en el ámbito doméstico, pero continúa perseverando en sus conexiones a nivel regional e internacional. Los conflictos en Siria y Libia y la inestabilidad de Irak han motivado que desde Riad se promocione a ciertos agentes políticos y religiosos que poseen un carácter semejante a los grupos que fueron amparados por el wahabismo oficial décadas antes.

La hegemonía en Oriente Medio y en el conjunto del mundo árabe y musulmán constituye un principio irrenunciable de la política exterior de Arabia Saudí. El liderazgo político y religioso forma parte de la particular visión internacional de la Casa de Saúd, pero también es considerado un elemento central para garantizar la seguridad y estabilidad del régimen. La monarquía pronto asimiló que cualquier incidencia en el entorno puede tener consecuencias negativas para su posición predominante en el interior. Por ello, interferir en las principales cuestiones de la agenda local se convierte en una prioridad, puesto que es la mejor forma de hacer prevalecer sus objetivos.
La pervivencia del reino pasa por cinco principios o intereses nacionales básicos: preservar la soberanía y unidad territorial, la protección de los valores del wahabismo, la consolidación del régimen monárquico, la estabilidad y el orden interno, y el reconocimiento in­­ternacional a la autoridad del régimen. Desde la constitución del nuevo Estado en 1932 por Abdulaziz bin Saúd, cada monarca ha procurado que todas las políticas implementadas tengan presente cada uno de los axiomas, que suponen fundamentos irrenunciables para la Corona. El debilitamiento o fragilidad en alguno de ellos es considerado por la Casa de Saúd como una amenaza directa a su estatus de poder.
Los cinco intereses responden a circunstancias domésticas y externas que han ido dando forma a la singular hegemonía saudí.
El conflicto afgano sirve a los intereses saudíes para un triple propósito. En primer término, la estrecha colaboración con EE UU ayudó a fortalecer la alianza y a mejorar los márgenes de confianza, que habían quedado debilitados tras la crisis de 1973. En segundo lugar, permitió al régimen ampliar su marco de actuación, tejiendo redes de influencia en la franja de Asia Central. Por último, tras la toma de la Gran Mezquita de La Meca en noviembre de 1979, y las críticas de los estertores del wahabismo y salafismo interior, comenzaba la política de financiación a comunidades de creyentes en distintas partes del mundo. La Corona volvía a reafirmarse como líder en el ámbito religioso, facilitando la expansión de su visión política.
El derrocamiento del régimen del sah en febrero de 1979 constituye un episodio trascendental para las dinámicas regionales. La crisis de los rehenes en la embajada estadounidense entre noviembre de 1979 y enero de 1981 supone la ruptura total entre Irán y EE UU. La doctrina Carter marca el objetivo de la Casa Blanca de que su país defienda sus intereses en la zona a través de cualquier recurso posible, generando una aproximación mayor con Arabia Saudí y el resto de monarquías árabes del Golfo.
El príncipe Saúd bin Fáisal, hijo del rey Fáisal, fue figura clave. Desempeñó la tarea de ministro de Asuntos Exteriores desde 1975 hasta 2015. Fue el gran artífice de las principales estrategias internacionales del reino, que lo consolidaron como una potencia mundial. A partir del 2012, sufrió varios percances de salud y el planteamiento proyectado para responder a las revueltas árabes pronto se mostraría insuficiente. En abril de 2015 es destituido del cargo por el nuevo monarca Salmán y, precisamente, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán decide iniciar un cambio drástico en la política regional del reino, dando comienzo a una nue­­va fase.

La Primavera Árabe y las crisis y conflictos sucesivos provocaron la fractura del statu quo en Oriente Medio y el debilitamiento de la po­­sición hegemónica de Arabia Saudí. Se inicia un proceso de elevada tensión e inestabilidad que condiciona las estrategias y medidas planteadas por todos los actores involucrados en la región. Los esfuerzos de la Corona saudí se encaminarán a preservar sus intereses y objetivos más elementales, intentando garantizar su cuota de liderazgo y márgenes de influencia. Sin embargo, el régimen de los Saúd tiene que hacer frente a numerosos obstáculos y corrientes de oposición en el escenario local, que dificultan el mantenimiento de un rol predominante.
La Casa de Saúd considera el periodo iniciado tras las revueltas árabes, en términos generales, como un fenómeno negativo para los propósitos de su política exterior.
Los medios de actuación en la política saudí frente a las consecuencias de la Primavera Árabe son parecidos tanto en el ámbito doméstico como en el regional. En el interior del reino, el régimen combina promesas de cambio político y reformas graduales con la represión y coerción sistemática de los focos de oposición. La Corona sigue intentando equilibrar la presión de los sectores más conservadores y rigoristas del sector religioso, con la legitimidad añadida que le conceden las medidas de transformación entre los grupos de nacionales más aperturistas y de tendencia liberal.
La respuesta regional de Arabia Saudí se vehiculiza a través de recursos diplomáticos, financieros, culturales y militares. La monarquía intensifica las vinculaciones políticas con quienes han sido sus principales aliados en la zona, lo que se extrapola también en concesiones y ayudas económicas tanto a los Gobiernos más próximos a la Casa de Saúd como a distintos actores no estatales presentes en puntos clave de Oriente Medio. Las ligazones con ciertos grupos o facciones también se vertebran gracias a la congruencia ideológica y religiosa, amparando el Estado saudí a distintas comunidades, es­­cuelas y mezquitas en la esfera árabe y musulmana.
El objetivo a corto plazo de la doctrina Salmán es frenar el de­­bi­­litamiento de la hegemonía saudí y contener las corrientes de cambio y oposición, principalmente los movimientos de expansión de Irán. En el largo plazo, Arabia Saudí pretende ir construyendo los márgenes del nuevo statu quo, en el que la monarquía seguiría desempeñando un rol referencial. Con tal fin, el régimen de los Saúd alienta la elevada polarización política y religiosa en Oriente Medio, promoviendo la división entre dos grandes bloques antagónicos en torno al polo saudí-suní y la esfera irano-chií. El resultado es la escalada continuada de la tensión y de los niveles de conflictividad.

El plan Saudi Vision 2030 recoge el interés del reino en potenciar su industria nacional y reducir la dependencia de las importaciones de armamento. Las crisis surgidas en el entorno desde 2011 y la política de EE UU hacia Oriente Medio, que consideran en Riad como errática y ambivalente, han reafirmado a los príncipes saudíes de la necesidad de fortalecer sus sistemas de seguridad in­­ter­­nos y las estructuras de defensa. La finalidad no es solo garantizar la pervivencia del régimen y la estabilidad interna del reino, sino reafirmarlo como una potencia en los ámbitos político, religioso, económico y militar.

El reino saudí no reconoce oficialmente tener relaciones ni diplomáticas ni económicas con el Estado de Israel. Sin embargo, a partir del 2015 se aprecian ciertos movimientos por parte de ambos países para finalizar con la histórica tensión. La aproximación de la Casa de Saúd hacia el Gobierno israelí coincide con el ascenso iraní en la región y la persistente amenaza del programa nuclear. El ejecutivo de Netanyahu compartió con Riad la necesidad de bloquear las negociaciones emprendidas por Barack Obama y esa misma línea fue secundada por Donald Trump desde 2017. El resultado es que Arabia Saudí está relegando la cuestión palestina de sus prioridades para Oriente Medio.
Los países circunscritos a la UE han sido los grandes apoyos de la monarquía saudí tras la potencia estadounidense, pero su papel en la península arábiga y en el contexto general de la zona está siendo decadente, en contraposición a la presencia ascendente de otras áreas del mundo. Las grandes economías de la zona Asia-Pacífico se convierten en los más relevantes socios comerciales de Arabia Saudí, liderados por el hegemón chino, que aumenta exponencialmente su rol en toda la franja del Golfo. En la misma línea, Rusia está adquiriendo un protagonismo destacado en las grandes cuestiones de la región.
España forma parte de los grandes socios comerciales de Arabia Saudí al ser uno de los principales importadores de armamento al rei­­no. La alta sintonía entre los dos países se debe en gran medida al grado de confianza alcanzado entre la familia real española y la Casa de Saúd, que permite asegurar el papel preferencial que tiene Madrid en la agenda internacional de Riad. En este sentido, las crisis surgidas en la región tras las revueltas árabes recientes o las controversias sobre las decisiones tomadas por Mohamed bin Salmán no representan problemas en el progreso de las bilateralidades, ya que el Gobierno español estima a la Corona saudí como un punto estratégico para sus intereses.

Su trascendencia histórica, cultural y religiosa unida a elementos estratégicos, como la posición geográfica en Oriente Medio, la relevancia en los mercados de hidrocarburos y la gran influencia diplomática adquirida a nivel regional y mundial han convertido a Arabia Saudí en uno de los actores clave de las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad.
Las protestas y movilizaciones ciudadanas están siendo menores que en otros países de su entorno, pero existen tendencias crecientes que reivindican distintos proyectos de país, puesto que ya no se sienten identificados con el modelo basado en la monarquía autoritaria, religiosa y patrimonial de la Casa de Saúd. La reverberación de los focos de contestación y crítica dentro de la población saudí coincide con el debilitamiento de la hegemonía en Oriente Medio, así como con un deterioro de la imagen internacional del Estado y de sus principales figuras políticas. Desde la instauración del reino mo­­derno en 1932, la Corona no se había encontrado ante un panorama tan complejo y desfavorable, que le ha llevado a replantearse algunos de sus principios y objetivos más elementales.
La pérdida de la legitimidad y el reconocimiento de la identidad hegemónica de la monarquía es la amenaza más seria a la que tiene que hacer frente el clan familiar, porque todo su poder y autoridad se cimentan en la estrecha conexión entre los cuatro escenarios: na­­ción, región, esfera arabo-musulmana y sociedad internacional. Las posiciones disidentes dentro del país se manifiestan de diferentes formas, pero destacan las reivindicaciones de la población saudí chií, que se siente excluida y marginada por el modelo religioso y étnico monolítico presentando por el régimen. La ortodoxia wahabí sigue siendo un elemento cofundacional del Estado que pervive como pilar del poder.
Las alternativas al sistema imperante están teniendo diversas expresiones dentro del país, pero están cobrando un destacado protagonismo aquellas que apelan al aperturismo, la democratización y a una mayor equidad social y política. Lo protagonizan los segmentos de la población que no se sienten reconocidos en un modelo que les niega tantos derechos y libertades. En otros términos, las vertientes de radicalismo religioso representan asimismo otro bloque discordante con la hegemonía de los Saúd, que intenta invalidar la interpretación del discurso oficial e imponer una versión más rigorista y extrema de lo que consideran, debería ser una auténtica comunidad del islam.
El liderazgo de Mohamed bin Salmán representa un elemento disruptivo en el sistema patrimonial saudí, tanto por el rápido ascenso al poder, la vertiginosa y proactiva manera de proceder, como por la centralización de todas las grandes decisiones bajo su mandato. Los espacios concedidos por el rey Salmán para el gobierno efectivo de su hijo provocan que en Arabia Saudí acontezca un particular autoritarismo dentro de un régimen de por sí autoritario. El joven príncipe está rompiendo los tradicionales márgenes en los que se había ido desarrollando la política saudí desde hacía más de ochenta años, erosionando los frágiles equilibrios en el seno mismo de la Casa de Saúd.
El reino de Arabia Saudí y la hegemonía de Oriente Medio son dos entidades que se encuentran inexorablemente vinculadas y que se retroalimentan en un proceso constante que marca la evolución política y social de las grandes transformaciones recientes. El mapa geopolítico de la zona es más heterogéneo y diverso que la alusión a un solo país, sin embargo, el análisis de esta compleja realidad no puede acometerse sin referirse particularmente a la potencia saudí, que ocupa un espacio central en las principales dinámicas del entorno. El estudio del régimen de la Casa de Saúd permite comprender mejor el pasado y el presente de la región, y dilucidar su incierto futuro.

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A correct essay necessary to understand the Wahhabist logic that attacks the free and democratic world, and, to understand the tensions of the East and the Mediterranean.
Recommended for political scientists, historians and the military, in addition, it is very easy to read …

International society is in a period of great transformations, which affect the dynamics of each region and the internal circumstances of the countries. Saudi Arabia is no stranger to the forces of change that press the political, economic and social contours of the regime, built under the sole authority of the House of Saud. The kingdom must face numerous domestic and external dilemmas that are determining both the present and the future of the Arab power in the coming decades. The Saudis are faced with the urgency to redefine their role in the Middle East, in the Muslim sphere and in the world order in a context of total uncertainty.
The Arab Spring of 2011 was a momentous event for regional stability and status quo, giving rise to a transition phase determined by high instability, upheaval and insecurity.
The dispute for hegemony between Iran and Saudi Arabia represents one of the spaces of ideological antagonism that are re-emerging in the Middle East. The Ayatollah regime appeals to an expansionist and hegemonic discourse, as does the Saudi monarchy. The two states are characterized by using religion and sectarianism to give more legitimacy to their actions and erode the interests of competitors. Iranians and Saudis are focused on expanding their margins of influence and consolidating themselves as regional leaders. The incompatibility of the objectives of both countries means that a constant tension persists, which makes it difficult to de-escalate friction and violence in the environment and the options to establish ways of understanding.
The rivalry between Iran and Saudi Arabia is an essential factor in the evolution of regional dynamics, but there are also other components that are conditioning the course of events.

The modern state of Saudi Arabia is built under the confluence of three original elements: Crown, Wahhabism and oil. The virtuous triangle allows the configuration of a country and an internal order that responds exclusively to the interests of the king. The durability of the family clan at the peak of power is the result of the legitimacy and strength of indoctrination of Wahhabi principles, as well as the wealth derived from the production and export of crude oil. The patrimonialization of these components by the members of the dynasty is also extrapolated to a system in which the political, social, economic and religious center is the surname Saúd.
The figure of Crown Prince Mohamed bin Salmán (popularly known as MBS) emerges from the Saudi elite itself as a disruptive element that removes the traditional canons of the Crown, the dynamic problems of the region and even international issues that are key. The highest authority in the country continues to be the monarch Salmán, but his son is the one who is assuming the main government tasks. The great strategies and plans implemented by the State correspond to the particular vision that the young leader has, both of the role that Saudi Arabia should play in the world and of the responsibility that he himself has to assume. However, his ambitious project finds many detractors.
Saudi Arabia remains one of the political, economic and religious epicenters of the Middle East and the Arab and Muslim sphere. The kingdom is also a relevant and continuously rising actor in international relations.

The constitution of the modern state in Saudi Arabia is recent, taking into account that the unification of the entire territory officially takes place on September 23, 1932, under a royal decree of the monarch Abdulaziz bin Saúd. Such circumstances place the kingdom in a historical singularity compared to most regimes in the Middle East and, especially, in the Gulf area. There are countries in the environment formed long before the beginning of the 20th century; however, there are others who did not achieve independence until the early 1970s. In the midst of this intense social and political process, the Crown Saúd will be able to stay in power in the face of the revolutions and conflicts in the area.
The constitution of the modern state in Saudi Arabia is recent, taking into account that the unification of the entire territory officially takes place on September 23, 1932, under a royal decree of the monarch Abdulaziz bin Saúd. Such circumstances place the kingdom in a historical singularity compared to most regimes in the Middle East and, especially, in the Gulf area. There are countries in the environment formed long before the beginning of the 20th century; however, there are others who did not achieve independence until the early 1970s. In the midst of this intense social and political process, the Crown Saúd will be able to stay in power in the face of the revolutions and conflicts in the area.
The concentration of power in the Saúd is reflected in the organization and distribution of responsibilities and spaces of influence in the institutional framework. Most of the members of the Government are prominent figures of the clan. The most important positions in the public administration, such as provincial governors, ministers and secretaries of state, ambassadors or high officials of the Armed Forces are part of the dynasty and, even, the main public companies are directed by princes. The state level remains in practice as a purely family environment.
The House of Saúd is not a monolithic and homogeneous block.

The kingdom of Saudi Arabia is constituted as an authoritarian monarchy insofar as the king is the highest political and religious authority in the country and there is, in principle, no official counterweight that could condition his power. The head of state is ultimately responsible for all major decisions of the regime in governmental, legislative and judicial matters. All the areas and organs of State operation converge in the figure of it. The monarch is empowered to formulate new laws through royal decrees and make appointments at any level of public administration, social institutions, state companies or the religious sphere.
Abdulaziz bin Saúd proposed a system in which state and family leadership were inexorably linked. The monarch is also the reference within the Saúd clan, responsible for mediating and solving the various internal tensions and problems.
The king has four bodies that advise him directly: the Loyalty Council for family matters; the Standing Committee on Islamic Studies and Fatwas for religious and judicial affairs; the Government, in charge of the political direction of the country; and the Majlis Al-Shura (“Consultative Assembly”) to advise on legislative processes. In this sense, the executive does not function as a collegiate body, but each minister responds exclusively to the monarch and decisions are not made jointly, since only the head of state is qualified for such action. The governmental establishment maintains the consultative aspect with which it was established in 1953 by Abdulaziz bin Saúd, who intended to turn it into a space for consultation and internal debate.
The Government of Saudi Arabia is usually made up of approximately 30 ministries, the vice-presidency and the headquarters. The breadth of the number of members responds to a large extent to the effort to use it as a space to balance influences, taking into account the different sensitivities within the national elite. In 2003, King Fahd promulgated a royal decree that regulated the ordinary functioning of the executive, made up of two types of ministers: those in charge of certain ministerial portfolios and the ministers of State, whose function is to assist in the tasks of the presidency to the crown prince and the monarch.
Several categories are distinguished in the configuration of the Government. The ministers of state are the king’s most trusted persons, since they are the ones who must help him in his daily tasks.
In the Saudi kingdom there are no official political parties or electoral formations, the candidacies for the elections to the municipal and provincial councils are carried out individually, after having obtained the permission of the regime.
The legal system has as its central foundation the Sharia, derived from the Koran and the Sunna, which are the teachings, sayings and habits of the Prophet Muhammad. The legislative interpretation is in accordance with the Wahhabi doctrine, which imposes a strict and literal criterion of Islamic law, which is recognized as the only constitution of the kingdom. The legal influence of Wahhabism penetrates all levels of the State (Yamani, 2008: 145-147), starting with the Sharia courts, divided into courts of first instance, appellate and Supreme Court, which have to be in accordance with the religious precepts. Even the monarch’s own decisions are delimited under these principles.
The development of the regime has forced the legal framework to become more complex. Taking the sharia as the primary source of law, there are three aspects that complement it. On the one hand, the royal decrees. On the other, the basic laws, promulgated by King Fahd in 1992 (Lippman, 2012: 17-19), composed of three norms: Government Law, Consultative Assembly Law and Provinces Law, which established the operating frameworks of the executive , the Majlis Al-Shura and the local administrations. Finally, Saudi law also has the influence of custom, a reflection of the different tribal practices of each region and region of the country.

The 1980s are of particular economic and political importance for the regime. First, the Iranian Revolution of 1979 caused the United States to strengthen its ties with Saudi Arabia and the other Arab monarchies in the Gulf. Second, the war of the Mujahideen in Afghanistan against Soviet troops, between 1978 and 1989, acquired a fundamental importance for the foreign action of the kingdom. The Saudi state began to use petroleum-derived resources to support factions and groups abroad, also using Wahhabism to promote its discourse among Muslim communities around the world.
The monarchy no longer only used oil revenues for its political interests in the domestic sphere, but also as another tool for its international strategies.
The nineties began with the Iraqi invasion of Kuwait in 1990, despite the immediate assistance of US troops and other allies, the Saudi Crown is aware of the urgency of strengthening its defense systems, using for these purposes oil rents. This type of income will cover practically all the needs of the regime: investments in large infrastructures, the main missions in international politics and social measures to preserve internal cohesion, as well as to modernize military capabilities. In November 1995, health problems led King Fahd to appoint his brother Abdullah as regent.
This period has important implications for the Saudi oil industry, as it involves the internationalization of its operations. Between 1991 and 1995, the first acquisitions began in refineries and oil and gas companies in Southeast Asia, in addition to its first investments in European companies in the sector. These operations lead the Saudis to invest in the US deposits.On July 2, 1993, King Fahd decides to dissolve the state-owned refinery company Saudi Arabian Marketing and Refining Company (Saramec) within Saudi Aramco, which he now monopolizes. the entire process from extraction to export, confirming itself as one of the largest hydrocarbon companies in the world.
The Arab Spring of 2011 and subsequent regional crises altered state political and economic plans. On January 23, 2015, Abdalá died and was succeeded by Salmán, who granted the main governmental responsibilities to his son, Mohamed bin Salman. The new priorities are included in Saudi Vision 2030, among which the progressive privatization of Saudi Aramco as a new source of income stands out. On September 4, 2019, the company’s two main facilities in Abqaiq and Khurais were attacked by drones allegedly run by Houthi rebels. On December 11, 2019, the company went public for the first time in its history.
The kingdom of the Saúd is, after Venezuela, the second country with the largest oil reserves in the world and, after the United States, the main producer. Therefore, inevitably any reform and modernization plan will also depend on the resources derived from hydrocarbons. On the other hand, the balance of public accounts also translates into the interest of delimiting State expenditures and economically empowering the Saudi population, which is called to have a greater role. However, all these changes in the economic model are not due to profound political reforms and the channels for participation are still very limited.

The House of Saud promotes Wahhabi principles, which attack internal religious heterogeneity and, specifically, consider Saudi Shiites as a kind of fifth column of Iran within the country. The 1980s were marked by growing institutional repression and by constant revolts. At the end of the 20th century there was an accommodation between both positions, the Shiite communities renounced violence and the regime decided to expand spaces of recognition and autonomy. The situation of detente culminated in the National Dialogue Conference of June 2003, where for the first time Sunni and Shiite intellectuals met with the purpose of reaching a consensus on possible reforms within the regime.
Religion plays a central role in Saudi Arabia and Wahhabism plays a vital role in the political survival of the House of Saud. In this sense, the dominant interpretation in the kingdom leads to a strict and rigorous application of Islam, which connects it more with the Salafi strands that appeal to the orthodoxy of the Qur’an and the Sunnah than to the innovative and adaptive branches within the sphere. Muslim. The Wahhabi precepts have had a very limited territorial dimension, but thanks to the fact that the Saudi monarchy incorporates them as part of its foreign policy, these ideological principles have continued to grow in recent decades in different parts of the world.
The exceptionalist character of Wahhabism, being considered the only correct teaching of Islam, means that Saudi Arabia has historically been a stronghold of intellectuals, religious and groups of different natures that, beyond their differences of discourse and method, share the central idea of that the redemption of the Muslim community passes through a literal interpretation of the prophet’s word.
The rise of religious radicalism in the kingdom is largely due to the rupture between the rulers with large segments of Saudi society, who no longer regard them as referents and legitimate leaders. Initially, Salafi criticisms of the House of Saud were on purely domestic matters, such as the apparent estrangement of the Saudi princes from the true faith. However, in the eighties and nineties disaffection with the death throes of orthodoxy and rigorism is also produced by the alliance of Saudi Arabia with the United States, its links with Western powers and the position towards the Palestinian question, which is taken by these groups as a symbol of the anti-colonial and Islamist struggle.
The 1991 Gulf War represents another disruptive episode in the coexistence between the monarchy and certain radicalized sectors. Despite the efforts of the Wahhabi ruling party to legitimize the regime’s decision to support international intervention, the most orthodox factions criticized the US-led operation. The religious outrage was produced by the presence of foreign troops in Saudi territory, the kingdom in which were the holy places of the prophet. The pressures of Wahhabism and the fear of a crisis similar to that of the Great Mosque of 1979, motivated King Fahd to ensure that Saudi Arabia would never again host non-Muslim armies.
Daesh began its operations in the Saudi kingdom against the Shiite population, but throughout 2016 and 2017 it repeated attacks on other government and religious targets, which left about 70 dead and as many injured. The House of Saúd is radically changing its position vis-à-vis Salafi groups and radical factions at the domestic level, but continues to persevere in its connections at the regional and international levels. The conflicts in Syria and Libya and the instability in Iraq have led to the promotion of certain political and religious agents from Riyadh that have a character similar to the groups that were protected by official Wahhabism decades before.

Hegemony in the Middle East and in the Arab and Muslim world as a whole constitutes an inalienable principle of Saudi Arabia’s foreign policy. Political and religious leadership is part of the particular international vision of the House of Saúd, but it is also considered a central element to guarantee the security and stability of the regime. The monarchy soon assimilated that any incidence in the environment can have negative consequences for its predominant position in the interior. For this reason, interfering in the main issues on the local agenda becomes a priority, since it is the best way to make its objectives prevail.
The survival of the kingdom goes through five basic principles or national interests: preserving sovereignty and territorial unity, protection of the values of Wahhabism, consolidation of the monarchical regime, stability and internal order, and international recognition of the authority of the regime. . Since the constitution of the new State in 1932 by Abdulaziz bin Saúd, each monarch has tried to ensure that all the implemented policies bear in mind each of the axioms, which are indispensable foundations for the Crown. The weakening or fragility in any of them is considered by the House of Saúd as a direct threat to their power status.
The five interests respond to domestic and external circumstances that have shaped the unique Saudi hegemony.
The Afghan conflict serves Saudi interests for a triple purpose. First, close collaboration with the United States helped to strengthen the alliance and improve the margins of confidence, which had been weakened after the 1973 crisis. Second, it allowed the regime to expand its framework of action, weaving networks of influence in the strip of Central Asia. Finally, after the taking of the Great Mosque of Mecca in November 1979, and criticism of the death throes of Wahhabism and internal Salafism, the policy of financing communities of believers in different parts of the world began. The Crown was once again reaffirming itself as a leader in the religious sphere, facilitating the expansion of its political vision.
The overthrow of the shah regime in February 1979 constitutes a momentous episode for regional dynamics. The hostage crisis in the US embassy between November 1979 and January 1981 represents the total rupture between Iran and the US The Carter doctrine marks the objective of the White House for the country to defend its interests in the area through any possible resource, generating a closer relationship with Saudi Arabia and the rest of the Arab monarchies of the Gulf.
Prince Saúd bin Faisal, son of King Faisal, was a key figure. He served as Minister of Foreign Affairs from 1975 to 2015. He was the great architect of the main international strategies of the kingdom, which consolidated it as a world power. Starting in 2012, he suffered several health mishaps and the projected approach to respond to the Arab uprisings would soon prove insufficient. In April 2015 he is removed from office by the new monarch Salmán and, precisely, the crown prince Mohamed bin Salmán decides to initiate a drastic change in the regional policy of the kingdom, beginning a new phase.

The Arab Spring and the successive crises and conflicts caused the fracture of the status quo in the Middle East and the weakening of the hegemonic position of Saudi Arabia. A process of high tension and instability begins that conditions the strategies and measures proposed by all the actors involved in the region. The efforts of the Saudi Crown will be aimed at preserving its most basic interests and objectives, trying to guarantee its share of leadership and margins of influence. However, the Saúd regime has to face numerous obstacles and opposition currents on the local scene, which make it difficult to maintain a predominant role.
The House of Saúd considers the period that began after the Arab uprisings, in general terms, as a negative phenomenon for the purposes of its foreign policy.
The means of action in Saudi politics in the face of the consequences of the Arab Spring are similar both domestically and regionally. Inside the kingdom, the regime combines promises of political change and gradual reforms with the systematic repression and coercion of opposition centers. The Crown continues to try to balance the pressure of the most conservative and rigorous sectors of the religious sector, with the added legitimacy granted by the transformation measures among the most open-minded and liberal-leaning groups of nationals.
Saudi Arabia’s regional response is channeled through diplomatic, financial, cultural and military resources. The monarchy intensifies political ties with those who have been its main allies in the area, which is also extrapolated in concessions and economic aid both to the governments closest to the House of Saúd and to different non-state actors present in key points of the East Means, medium. The ties with certain groups or factions are also structured thanks to ideological and religious congruence, the Saudi State protecting different communities, schools and mosques in the Arab and Muslim sphere.
The short-term objective of the Salmán doctrine is to stop the weakening of the Saudi hegemony and contain the currents of change and opposition, mainly the expansion movements of Iran. In the long term, Saudi Arabia intends to build the margins of the new status quo, in which the monarchy would continue to play a referential role. To this end, the Saud regime encourages the high political and religious polarization in the Middle East, promoting the division between two great antagonistic blocs around the Saudi-Sunni pole and the Iranian-Shiite sphere. The result is the continued escalation of tension and levels of conflict.

The Saudi Vision 2030 plan reflects the kingdom’s interest in boosting its national industry and reducing dependency on arms imports. The crises that have arisen in the environment since 2011 and the US policy towards the Middle East, which they consider in Riyadh as erratic and ambivalent, have reaffirmed the Saudi princes of the need to strengthen their internal security systems and defense structures. The purpose is not only to guarantee the survival of the regime and the internal stability of the kingdom, but to reaffirm it as a power in the political, religious, economic and military spheres.

The Saudi kingdom does not officially acknowledge having diplomatic or economic relations with the State of Israel. However, as of 2015 there are certain movements on the part of both countries to end the historical tension. The House of Saud’s approach to the Israeli government coincides with the Iranian rise in the region and the persistent threat of the nuclear program. The Netanyahu executive shared with Riyadh the need to block the negotiations undertaken by Barack Obama and that same line was seconded by Donald Trump since 2017. The result is that Saudi Arabia is relegating the Palestinian question from its priorities for the Middle East.
The countries circumscribed to the EU have been the great supporters of the Saudi monarchy after the US power, but their role in the Arabian peninsula and in the general context of the area is declining, in contrast to the rising presence of other areas of the world . The large economies of the Asia-Pacific region become the most important trading partners of Saudi Arabia, led by the Chinese hegemon, which exponentially increases its role throughout the Gulf. Along the same lines, Russia is acquiring a prominent role in the great issues of the region.
Spain is one of the major trading partners of Saudi Arabia as it is one of the main importers of arms to the kingdom. The high harmony between the two countries is largely due to the degree of trust achieved between the Spanish royal family and the House of Saúd, which ensures the preferential role that Madrid has in Riyadh’s international agenda. In this sense, the crises that emerged in the region after the recent Arab uprisings or the controversies over the decisions taken by Mohamed bin Salmán do not represent problems in the progress of bilateralities, since the Spanish Government considers the Saudi Crown as a strategic point for your interests.

Its historical, cultural and religious significance together with strategic elements, such as the geographical position in the Middle East, the relevance in the hydrocarbon markets and the great diplomatic influence acquired at the regional and global level have made Saudi Arabia one of the key players in international relations from the Second World War to the present.
Citizen protests and mobilizations are being less than in other neighboring countries, but there are growing trends that demand different country projects, since they no longer feel identified with the model based on the authoritarian, religious and patrimonial monarchy of the House of Saúd. The reverberation of the centers of opposition and criticism within the Saudi population coincides with the weakening of the hegemony in the Middle East, as well as with a deterioration of the international image of the State and its main political figures. Since the establishment of the modern kingdom in 1932, the Crown had not faced such a complex and unfavorable panorama, which has led it to rethink some of its most elementary principles and objectives.
The loss of legitimacy and the recognition of the hegemonic identity of the monarchy is the most serious threat that the family clan has to face, because all its power and authority are based on the close connection between the four scenarios: nation, region, Arab-Muslim sphere and international society. The dissident positions within the country are manifested in different ways, but they highlight the demands of the Saudi Shiite population, who feel excluded and marginalized by the monolithic religious and ethnic model presented by the regime. Wahhabi orthodoxy continues to be a co-founding element of the state that survives as a pillar of power.
Alternatives to the prevailing system are having different expressions within the country, but those that appeal to openness, democratization and greater social and political equity are gaining a prominent role. It is carried out by the segments of the population that do not feel recognized in a model that denies them so many rights and freedoms. In other words, the slopes of religious radicalism also represent another block discordant with the hegemony of the Saúd, which tries to invalidate the interpretation of the official discourse and impose a more rigorous and extreme version of what they consider, should be an authentic community of Islam.
The leadership of Mohamed bin Salmán represents a disruptive element in the Saudi heritage system, both because of the rapid rise to power, the dizzying and proactive way of proceeding, and because of the centralization of all the major decisions under his mandate. The spaces granted by King Salmán for the effective government of his son cause a particular authoritarianism to occur in Saudi Arabia within an authoritarian regime. The young prince is breaking the traditional margins in which Saudi politics had developed for more than eighty years, eroding the fragile balances within the House of Saúd itself.
The kingdom of Saudi Arabia and the hegemony of the Middle East are two entities that are inexorably linked and that feed off each other in a constant process that marks the political and social evolution of the great recent transformations. The geopolitical map of the area is more heterogeneous and diverse than the allusion to a single country, however, the analysis of this complex reality cannot be undertaken without referring particularly to the Saudi power, which occupies a central space in the main dynamics of the environment . The study of the regime of the House of Saúd allows us to better understand the past and present of the region, and to elucidate its uncertain future.

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