No Desaprovechemos Esta Crisis. Lecciones De La Covid-19 – Mariana Mazzucato / Don’t Let a Crisis Go to Waste: Lessons from Covid-19 by Mariana Mazzucato

La magnitud de la crisis requiere que los gobiernos intervengan. Los estados están inyectando estímulos en la economía al tiempo que intentan desesperadamente ralentizar la propagación de la enfermedad, proteger a la población vulnerable y contribuir a crear nuevas terapias y vacunas. La escala y la intensidad de estas intervenciones recuerdan a las de un conflicto militar: es una guerra contra la propagación del virus y el colapso económico.
Y, sin embargo, hay un problema. La intervención exige un marco muy distinto del que han escogido los gobiernos.
En primer lugar, los gobiernos deben invertir en instituciones –⁠y en algunos casos crearlas⁠– que ayuden a impedir crisis, y que nos den capacidad para gestionarlas mejor cuando estas se produzcan. El presupuesto de emergencia de 12.000 millones de libras del Gobierno de Reino Unido para el NHS es un paso positivo. Pero es igual de importante centrarse en la inversión a largo plazo para fortalecer los sistemas sanitarios y revertir la tendencia de los últimos años.
En segundo lugar, los gobiernos tienen que coordinar mejor las actividades de investigación y desarrollo y dirigirlas hacia objetivos de sanidad pública. El descubrimiento de vacunas requerirá coordinación internacional.
En tercer lugar, los gobiernos tienen que estructurar las asociaciones público-privadas para que beneficien tanto a los ciudadanos como a la economía. La sanidad es un sector que recibe miles de millones de dinero público a escala global.
En cuarto lugar, es el momento de que aprendamos al fin las duras lecciones de la crisis financiera global de 2008. A medida que las empresas, sean líneas aéreas o tiendas, vayan pidiendo rescates y otro tipo de ayudas, es importante no limitarse a darles dinero. Pueden imponerse condiciones para que los rescates estén estructurados de tal modo que transformen los sectores que están salvando y estos se vuelvan parte de una nueva economía. Una centrada en la estrategia del nuevo pacto verde para reducir las emisiones de carbono al mismo tiempo que se invierte en los trabajadores y se garantiza que pueden adaptarse a las nuevas tecnologías. Debe hacerse ahora, mientras el Gobierno lleva ventaja.
La COVID-19 es un gran acontecimiento que pone de manifiesto la falta de preparación y resiliencia de una economía cada vez más globalizada e interconectada. Sin duda, no será el último. Pero podemos utilizar este momento para poner en el centro del capitalismo un enfoque basado en las partes interesadas. No desaprovechemos esta crisis.

Es un libro interesante que deben leer nuestros gobernantes y pseudo políticos. La siguiente reflexión-exhortación del magnífico Mazzuccato se aplica a todo: “una de las lecciones más importantes es que la capacidad del estado para manejar una crisis de esta magnitud depende de cuánto, en general, haya invertido en la capacidad de gobernar, hacer y administrar. Si bien la crisis es grave para todos, es sobre todo un desafío para los países que han ignorado las inversiones necesarias en lo que podemos definir como las “capacidades dinámicas del sector público”. ¡Palabras mayores!.
Breve vademécum de la economía verde en tiempos del Covid 19. Propuestas interesantes y bien articuladas. Sugerencias válidas pero poco factibles en un mundo tan dividido y dedicado al más puro egoísmo.

El capitalismo se enfrenta, por lo menos, a tres grandes crisis. Una crisis sanitaria inducida por una pandemia ha generado rápidamente una crisis económica con consecuencias aún desconocidas para la estabilidad financiera. Y esto ocurre con el trasfondo de una crisis climática que no puede solventarse «haciendo lo de siempre». Hasta hace poco, los medios de comunicación estaban llenos de imágenes aterradoras de bomberos desbordados, no de sanitarios desbordados.
Esta triple crisis ha revelado numerosos problemas en la manera en que hacemos el capitalismo. Y todas ellas deben resolverse al mismo tiempo que abordamos la emergencia sanitaria inmediata. Si no, nos limitaremos a solventar problemas en un sitio mientras creamos otros nuevos en lugares diferentes. Eso es lo que sucedió en la crisis financiera de 2008.
Lo que es peor: los gobiernos están concediendo créditos a empresas en un momento en el que la deuda privada ya es históricamente elevada. En Estados Unidos, justo antes de la crisis actual la deuda total de los hogares era de 14,15 billones de dólares, es decir, 1,5 billones más que en 2008 (en términos nominales). Y no olvidemos que la elevada deuda privada fue la que causó la crisis financiera global.
Por desgracia, en el transcurso de la última década, muchos países han optado por la austeridad, como si el problema fuera la deuda pública. El resultado ha sido un debilitamiento de las instituciones del sector público necesarias para superar crisis como la de la pandemia del coronavirus.
Necesitamos con urgencia estados emprendedores que inviertan más en innovación: de la inteligencia artificial a la sanidad pública pasando por las energías renovables. Pero como nos recuerda esta crisis, también necesitamos estados que sepan cómo negociar para que los beneficios de la inversión pública regresen a la sociedad.
Un virus asesino ha mostrado las grandes debilidades de las economías capitalistas occidentales. Ahora que los gobiernos están en pie de guerra, tenemos una oportunidad para arreglar el sistema. Si no lo hacemos, no tendremos ninguna opción contra la tercera gran crisis –⁠un planeta cada vez más inhabitable⁠– y todas las crisis menores que llegarán con ella en los próximos años y décadas.

Lejos de suponer un paso hacia el control estatal de la economía, los rescates condicionados han demostrado ser una herramienta efectiva para encarrilar las fuerzas productivas hacia objetivos estratégicos y ampliamente compartidos. Cuando se diseñan o implementan de manera incorrecta, o se eluden por completo, pueden limitar la capacidad productiva y permitir que los especuladores y quienes tienen posiciones privilegiadas extraigan riqueza para sí mismos. Pero cuando se hacen bien, pueden alinear el comportamiento empresarial con las necesidades de la sociedad y asegurar un crecimiento sostenible y una mejor relación entre los trabajadores y las empresas. Si no queremos desaprovechar esta crisis, esto debe formar parte del legado pos-COVID.

Durante la pandemia de la COVID-19, Dinamarca ofreció a las empresas generosas compensaciones de sueldos con la condición de que no despidieran por razones económicas; también se negó a rescatar a empresas en paraísos fiscales y prohibió el uso de los fondos para pagar dividendos y la recompra de acciones. En Francia, los rescates a las líneas aéreas estuvieron condicionados a que estas lograran unos objetivos de emisiones ambiciosos.

Las políticas de competencia no deberían centrarse solo en la cuestión del tamaño. Dividir las grandes empresas no solucionará los problemas de extracción de valor o del mal uso de los derechos individuales. No hay ninguna razón para creer que muchos Googles o Facebooks más pequeños operarían de manera distinta o desarrollarían nuevos algoritmos que cometieran menos abusos.
Crear un ambiente que recompense la genuina creación de valor y castigue la extracción de valor es el reto económico fundamental de nuestro tiempo. Por suerte, en este momento también los gobiernos están creando plataformas para identificar a los ciudadanos, recaudar impuestos y ofrecer servicios públicos. Como en los primeros tiempos de internet había preocupación por el mal uso que pudiera hacerse de los datos oficiales, fueron empresas privadas las que construyeron gran parte de la arquitectura de datos actual. Pero ahora las plataformas gubernamentales tienen un enorme potencial para mejorar la eficiencia del sector público y democratizar la economía de plataformas.
Para desarrollar ese potencial, tendremos que repensar la gobernanza de los datos, desarrollar nuevas instituciones y, dadas las dinámicas de la economía de plataformas, experimentar con formas de propiedad alternativas.
La innovación no solo tiene un ritmo de progreso, también tiene una dirección. La amenaza planteada por la inteligencia artificial y otras tecnologías no reside en la rapidez de su desarrollo, sino en la manera en que se diseñan e implementan. Nuestro reto es establecer una nueva senda.

Desarrollar una vacuna efectiva contra la COVID-19 cuyo acceso sea universal es una de las misiones más cruciales de nuestro tiempo. Sobre todo, es la prueba de fuego para saber si la cooperación global público-privada, presentada por las autoridades políticas como la clave del éxito, maximizará la oferta de los bienes públicos o los beneficios privados.

La predisposición y la voluntad de Europa para hacer la transición no deben desperdiciarse debido a una equivocada percepción de que la COVID-19 y el cambio climático son un juego de inversión de suma cero, en el que se invierte en los sistemas existentes (marrones) porque parecen la forma más directa de reiniciar la economía. Esto conllevaría el riesgo de condenar, durante décadas, a la innovación y la inversión a una senda de altas emisiones de carbono, si ante la crisis de la COVID-19 se opta por un enfoque de reactivo a corto plazo en vez de estratégico a largo plazo. Sí, hay que actuar con rapidez para evitar lo peor de esta «grandísima depresión». Pero actuar deprisa no significa tomar decisiones a corto plazo. Significa poner en movimiento los planes estructurales del cambio industrial y social que han sido cuidadosamente diseñados en el Pacto Verde.
La pandemia de la COVID-19 ha mostrado hasta qué punto ha disminuido tanto la capacidad física como la humana. Ahora, en muchos de los países más ricos del mundo, los años de escasez crónica en la inversión pública se manifiestan con mayor claridad en la falta de existencias de material médico. La pandemia ha revelado la infraoferta de trabajadores esenciales en ámbitos clave de la economía como la sanidad, provocada por una persistente infravaloración del potencial del sector público para mejorar el bienestar agregado. Esto es sintomático de la erosión que ha sufrido la confianza en el papel de la política y el Estado como transformadores de la economía.
La revolución de las tecnologías de la información y los grandes avances que ya se han alcanzado en las energías renovables nos han mostrado que una trayectoria así engendra toda clase de nuevos productos, servicios y materiales –⁠de hecho, formas de vivir completamente nuevas⁠–⁠, que a su vez generan nuevos puestos de trabajo. La ortodoxia neoliberal ignoró la necesidad de transformación del viejo capital en uno nuevo, y eso ha acabado empobreciéndonos económica y socialmente.

La COVID-19 es un gran banco de pruebas para la capacidad que tienen los gobiernos de liderar las sociedades durante una crisis.

Las trayectorias divergentes de las respuestas a la COVID-19 en Estados Unidos y Reino Unido, y en países como Alemania, Nueva Zelanda, Vietnam o Corea del Sur, imparten importantes lecciones para el futuro. Lejos de limitarse al papel de ser, en el mejor de los casos, quien corrige los fallos de mercado y, en el peor, quien externaliza, los gobiernos deberían invertir en el fortalecimiento de ámbitos cruciales como los que acabamos de comentar. En momentos de «experimentación forzada» inducida por una crisis, se puede activar con rapidez una amplia gama de competencias y convertirlas en un experimento deliberado cuyo objetivo sea una recuperación a largo plazo a través de un enfoque motivado por retos; es decir, asociaciones público-privadas destinadas a resolver problemas sociales clave, desde los relacionados con la sanidad a aquellos vinculados al clima o la brecha digital. Un enfoque motivado por retos, con todo, requiere nuevos marcos para las políticas, competencias y capacidades que se centren en el liderazgo de la conformación de los mercados, las habilidades, las herramientas y los métodos.
La COVID-19 nos convenció de que no podíamos volver a hacer las cosas como si no hubiera pasado nada.
El mundo ha abrazado una «nueva normalidad» que garantiza que las colaboraciones público-privadas están motivadas por el interés público, no por el beneficio privado. En lugar de priorizar a los accionistas, las empresas valoran a todas las partes interesadas y la financiarización ha dado paso a la inversión en trabajadores, tecnología y sostenibilidad.

La pandemia de la COVID-19 nos quitó mucho, en vidas perdidas y medios de vida destruidos. Pero también nos brindó la oportunidad de conformar de nuevo la economía global, y superamos nuestro dolor y el trauma para unirnos y aprovechar el momento. Para asegurar un futuro mejor para todos: era lo único que podíamos hacer.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/29/el-valor-de-las-cosas-quien-produce-y-quien-gana-en-la-economia-global-mariana-mazzucato-the-value-of-everything-making-and-taking-in-the-global-economy-by-mariana-mazzucato/

https://weedjee.wordpress.com/2021/07/24/no-desaprovechemos-esta-crisis-lecciones-de-la-covid-19-mariana-mazzucato-dont-let-a-crisis-go-to-waste-lessons-from-covid-19-by-mariana-mazzucato/

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The magnitude of the crisis requires governments to intervene. States are injecting stimulus into the economy while desperately trying to slow the spread of the disease, protect vulnerable populations and help create new therapies and vaccines. The scale and intensity of these interventions are reminiscent of a military conflict: it is a war against the spread of the virus and economic collapse.
And yet there is a problem. The intervention requires a very different framework from the one governments have chosen.
First, governments must invest in institutions – and in some cases create them – that help prevent crises, and that give us the ability to better manage them when they occur. The UK Government’s £ 12 billion emergency budget for the NHS is a welcome step. But it is just as important to focus on long-term investment to strengthen health systems and reverse the trend of recent years.
Second, governments need to better coordinate research and development activities and direct them towards public health goals. Vaccine discovery will require international coordination.
Third, governments need to structure public-private partnerships to benefit both citizens and the economy. Healthcare is a sector that receives billions of public money on a global scale.
Fourth, it is time for us to finally learn the harsh lessons of the 2008 global financial crisis. As companies, be they airlines or stores, ask for bailouts and other assistance, it is important not to just give them money. Conditions can be imposed so that bailouts are structured in such a way that they transform the sectors they are saving and they become part of a new economy. One focused on the New Green Deal strategy to reduce carbon emissions while investing in workers and ensuring that they can adapt to new technologies. It must be done now, while the government has the upper hand.
COVID-19 is a major event that highlights the lack of preparedness and resilience of an increasingly globalized and interconnected economy. It will certainly not be the last. But we can use this moment to put a stakeholder approach at the center of capitalism. Let’s not waste this crisis.

It’s an interesting book that our rulers and pseudo politicians must read. The following reflection-exhortation of the magnificent Mazzuccato applies to everything: “One of the most important lessons is that the capacity of the state to handle a crisis of this magnitude depends on how much, in general, it has invested in the capacity to govern, do and Although the crisis is serious for everyone, it is above all a challenge for countries that have ignored the necessary investments in what we can define as the “dynamic capacities of the public sector.” Big words!
Brief vademecum of the green economy in times of Covid 19. Interesting and well-articulated proposals. Valid suggestions but not very feasible in a world so divided and dedicated to the purest selfishness.

Capitalism faces at least three major crises. A pandemic-induced health crisis has rapidly generated an economic crisis with as yet unknown consequences for financial stability. And this occurs against the background of a climate crisis that cannot be solved “by doing business as usual.” Until recently, the media was filled with terrifying images of overflowing firefighters, not overflowing toilets.
This triple crisis has revealed numerous problems in the way we do capitalism. And all of them must be resolved at the same time as we address the immediate health emergency. If not, we will limit ourselves to solving problems in one site while creating new ones in different places. That is what happened in the financial crisis of 2008.
What’s worse: governments are lending to companies at a time when private debt is already historically high. In the United States, just before the current crisis, total household debt was $ 14.15 trillion, that is, $ 1.5 trillion more than in 2008 (in nominal terms). And let’s not forget that it was high private debt that caused the global financial crisis.
Unfortunately, over the past decade, many countries have opted for austerity, as if the problem were public debt. The result has been a weakening of the public sector institutions necessary to overcome crises such as the coronavirus pandemic.
We urgently need entrepreneurial states that invest more in innovation: from artificial intelligence to public health through renewable energy. But as this crisis reminds us, we also need states that know how to negotiate so that the benefits of public investment return to society.
A killer virus has shown the great weaknesses of Western capitalist economies. Now that governments are up in arms, we have a chance to fix the system. If we don’t, we will have no choice against the third great crisis – an increasingly uninhabitable planet – and all the minor crises that will come with it in the coming years and decades.

Far from being a step towards state control of the economy, conditional bailouts have proven to be an effective tool to guide the productive forces towards strategic and widely shared objectives. When improperly designed or implemented, or bypassed altogether, they can limit productive capacity and allow speculators and those in privileged positions to extract wealth for themselves. But when done right, they can align business behavior with the needs of society and ensure sustainable growth and a better relationship between workers and businesses. If we do not want to waste this crisis, this must be part of the post-COVID legacy.

During the COVID-19 pandemic, Denmark offered companies generous salary compensation on the condition that they did not lay off for financial reasons; it also refused to bail out companies in tax havens and prohibited the use of the funds to pay dividends and buy back shares. In France, airline bailouts were conditional on them achieving ambitious emissions targets.

Competition policies should not focus only on the question of size. Dividing up large companies will not solve the problems of value extraction or the misuse of individual rights. There is no reason to believe that many smaller Googles or Facebooks would operate differently or develop new algorithms that commit less abuse.
Creating an environment that rewards genuine value creation and punishes value extraction is the fundamental economic challenge of our time. Fortunately, at this time, governments are also creating platforms to identify citizens, collect taxes and offer public services. As in the early days of the internet there was concern about the misuse that could be made of official data, it was private companies that built much of the current data architecture. But now government platforms have enormous potential to improve the efficiency of the public sector and democratize the platform economy.
To realize that potential, we will have to rethink data governance, develop new institutions and, given the dynamics of the platform economy, experiment with alternative forms of ownership.
Innovation not only has a rate of progress, it also has a direction. The threat posed by artificial intelligence and other technologies does not lie in the speed of their development, but in the way they are designed and implemented. Our challenge is to establish a new path.

Developing an effective vaccine against COVID-19 that is universally accessible is one of the most crucial missions of our time. Above all, it is the litmus test to know whether global public-private cooperation, presented by political authorities as the key to success, will maximize the supply of public goods or private benefits.

Europe’s readiness and willingness to transition should not be wasted due to a misperception that COVID-19 and climate change are a zero-sum investment game, investing in existing systems (brown) because they seem like the most direct way to restart the economy. This would carry the risk of condemning innovation and investment to a path of high carbon emissions for decades, if in the face of the COVID-19 crisis, a short-term approach is chosen instead of a long-term strategic one. term. Yes, you have to act quickly to avoid the worst of this “very big depression.” But acting fast doesn’t mean making short-term decisions. It means putting into motion the structural plans for industrial and social change that have been carefully designed in the Green Deal.
The COVID-19 pandemic has shown the extent to which both physical and human capacity have declined. Now, in many of the richest countries in the world, the years of chronic shortages in public investment are manifested more clearly in the lack of stocks of medical supplies. The pandemic has revealed the under-supply of essential workers in key areas of the economy such as healthcare, caused by a persistent underestimation of the potential of the public sector to improve aggregate well-being. This is symptomatic of the erosion that confidence in the role of politics and the state as transformers of the economy has suffered.
The information technology revolution and the great strides that have already been made in renewable energy have shown us that such a trajectory spawns all kinds of new products, services and materials – in fact, completely new ways of living. ⁠, which in turn create new jobs. Neoliberal orthodoxy ignored the need to transform the old capital into a new one, and that has ended up impoverishing us economically and socially.

COVID-19 is a great test bed for the ability of governments to lead societies during a crisis.

The divergent trajectories of responses to COVID-19 in the United States and the United Kingdom, and in countries such as Germany, New Zealand, Vietnam or South Korea, teach important lessons for the future. Far from being limited to the role of being, at best, the one who corrects market failures and, at worst, the outsourcer, governments should invest in strengthening crucial areas such as the ones we have just discussed. In moments of crisis-induced “forced experimentation,” a wide range of competencies can be quickly activated and turned into a deliberate experiment aimed at long-term recovery through a challenge-motivated approach; that is, public-private partnerships aimed at solving key social problems, from those related to health to those related to the climate or the digital divide. A challenge-driven approach, however, requires new frameworks for policies, competencies and capabilities that focus on leadership in shaping markets, skills, tools and methods.
COVID-19 convinced us that we couldn’t go back to doing things as if nothing had happened.
The world has embraced a “new normal” that ensures that public-private partnerships are motivated by public interest, not private gain. Instead of prioritizing shareholders, companies value all stakeholders and financialization has given way to investment in workers, technology and sustainability.

The COVID-19 pandemic took a lot from us, in lives lost and livelihoods destroyed. But it also provided us with an opportunity to reshape the global economy, and we moved through our pain and trauma to come together and seize the moment. To ensure a better future for all: it was the only thing we could do.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/29/el-valor-de-las-cosas-quien-produce-y-quien-gana-en-la-economia-global-mariana-mazzucato-the-value-of-everything-making-and-taking-in-the-global-economy-by-mariana-mazzucato/

https://weedjee.wordpress.com/2021/07/24/no-desaprovechemos-esta-crisis-lecciones-de-la-covid-19-mariana-mazzucato-dont-let-a-crisis-go-to-waste-lessons-from-covid-19-by-mariana-mazzucato/

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