Muertes Por Desesperación Y El Futuro Del Capitalismo — Anne Case, Angus Deaton / Deaths of Despair and the Future of Capitalism by Anne Case, Angus Deaton

Los autores llegan al final al caso de una Renta Básica Universal, pero creo que no lograron que el caso fuera convincente. Señalan problemas obvios del sistema de atención médica de EE.UU. y creen que las motivaciones perversas de los empleadores y los proveedores de atención médica a menudo están en desacuerdo con la atención médica real, pero no justifican las mejoras del mercado debido a un obstáculo percibido para hacerlo que es contingente sobre la inmediatez de la toma de decisiones ante la atención de urgencias. Tienen una larga narrativa sobre la crisis de los opioides, incluso viendo sus raíces en paralelos que se remontan a Inglaterra, el opio y los chinos; pero no abren nuevos caminos al señalar una alternativa al atolladero actual de las pruebas de drogas. Todo muy interesante, pero no a la altura de las expectativas que marca el título de la obra.
La principal conclusión de esta mirada intrigante sobre la pérdida de esperanza de vida y el estancamiento salarial en Estados Unidos es que Estados Unidos está en mal estado, particularmente en lo que respecta a la atención médica. Gastan más y obtienen peores resultados en su sistema médico que en cualquier otro lugar del mundo. Como empleador, sé que después de la nómina, mi mayor costo no es el alquiler, los suministros, la tecnología o cualquier otra cosa, es el seguro médico.
Las protestas actuales por Black Lives Matter y el brote de Covid-19 muestran varios de los defectos fundamentales del sistema actual. La atención médica no puede ser relegada a un sistema de mercado y funcionar con eficacia, pero es importante señalar que el sistema estadounidense no es un mercado libre, sino un mercado altamente regulado que ha eliminado efectivamente todo control de costos y poder de negociación para la gente.
El libro me dejó con ganas de más análisis sobre los problemas de la atención médica, además de una mirada superficial a la crisis de los opiáceos.

Al final del siglo XX, gran parte del optimismo que lo caracterizó se había desvanecido. Los pueblos y las ciudades del centro de Estados Unidos que solían producir acero, vidrio, muebles o zapatos, y que los septuagenarios recordaban con cariño como lugares estupendos donde crecer, eran sitios desgarrados, con fábricas clausuradas y tiendas cerradas con tablones. Entre las ruinas, la tentación del alcohol y las drogas llevó a muchos a la muerte. La mayoría de esas historias nunca se cuentan. Con frecuencia, el estigma elimina la causa de la muerte de los obituarios cuando tiene que ver con el suicidio, las sobredosis o el alcoholismo. La adicción se considera una debilidad moral, no una enfermedad, y se cree que lo mejor es ocultar sus efectos.
Independientemente de cuál sea la causa última, el singular patrón de la mortalidad por enfermedad cardiaca para los blancos estadounidenses se combinó con el singular patrón de las muertes por desesperación, lo que provocó un aumento de la mortalidad entre los blancos de mediana edad a partir de 1998. Podemos pensar en lo que pasó con la mortalidad general como el resultado del juego de tirar de la cuerda. Por un lado, tenemos los avances contra las enfermedades cardiacas, que bajaban las tasas de mortalidad. Por el otro, las muertes por desesperación que tiran, débilmente al principio, para subir las tasas de mortalidad. En 1990, el progreso contra las enfermedades cardiacas iba «ganando» y la mortalidad general disminuyó. Pero, con el tiempo, el progreso contra las enfermedades cardiacas perdió fuerza, mientras las muertes por desesperación se volvieron más fuertes, y la mortalidad general dejó de disminuir y en algunos grupos de mediana edad empezó a subir.

Una sociedad con mayor nivel educativo es distinta en aspectos que van más allá de las diferencias entre individuos. Al menos en cierta medida, todo el mundo se beneficia de las innovaciones y la mayor productividad de la gente más formada. La mayor igualdad de oportunidades es un objetivo valioso, y todo el mundo está de acuerdo en que se abran las oportunidades educativas a niños inteligentes que antes habían sido excluidos por razón de su procedencia familiar, sus ingresos o el nacimiento. La meritocracia es la virtud fundamental de nuestra época y nadie duda de los beneficios de permitir que todo el mundo tenga la oportunidad de lograr el éxito y mejorar el nivel de sus habilidades. De hecho, está claro que en algunas áreas necesitamos más meritocracia.
En el caso de los negros, con o sin título universitario, la tasa de mortalidad debida a muertes por desesperación en la mediana edad se mantuvo estable o descendió durante un cuarto de siglo, mientras que para los blancos la mortalidad aumentó, sobre todo entre quienes no tenían un título universitario. Tanto para los blancos como para los negros, el contraste entre quienes tienen un título universitario y quienes no lo tienen es particularmente notable.
En los últimos años, el aumento de la mortalidad entre los negros proviene de la interacción entre la actual epidemia de opioides y la anterior epidemia de droga que afectó a la comunidad negra.
La muerte y la enfermedad van de la mano. Hay algo que está empeorando la vida, sobre todo en el caso de los blancos con menos estudios. Capacidades cruciales que hacen que valga la pena vivir están en riesgo, entre ellas la capacidad de trabajar y la capacidad de disfrutar de la vida con los demás. El malestar mental severo está aumentando. Por supuesto, las personas que experimentan este deterioro de la calidad de vida son muchas más que las que están muriendo, pero el deterioro es sin duda el trasfondo de las muertes.

La historia de los opioides muestra el poder que tiene el dinero para impedir que la política proteja a los ciudadanos corrientes, incluso frente a la muerte. Al menos hasta el año 2019, cuando una indignación pública cada vez mayor acabó cambiando las percepciones, pues quienes se hicieron ricos no fueron marginados ni condenados, sino más bien reconocidos y alabados como empresarios y filántropos de éxito. Purdue Pharmaceutical es el ejemplo principal. El nombre de la familia Sackler aparece en museos, universidades e instituciones, no sólo en Estados Unidos, sino en el Reino Unido y Francia. Arthur M. Sackler, que murió antes de que se desarrollara el OxyContin, fue donante de muchas instituciones, entre ellas el Metropolitan Museum de Nueva York (el templo de Dendur), la Universidad de Princeton, la Smithsonian y la Academia Nacional de Ciencias. El origen de la fortuna de Sackler era el desarrollo del sistema de publicidad y venta farmacéuticas que existe actualmente en Estados Unidos.
Las empresas farmacéuticas, que han ganado tanto dinero gracias a la creación de la crisis, ahora están dispuestas a beneficiarse de su tratamiento. No hay una cura para la adicción que sea sencilla o infalible, pero la mejor disponible —aunque con base en pruebas relativamente débiles— se conoce como tratamiento asistido con medicación (TAM), en el que los adictos utilizan distintos opioides (metadona o buprenorfina) para controlar el deseo mientras lo dejan. Aunque sospechamos que se están exagerando las virtudes del TAM, porque las demostraciones de su efectividad sólo proceden de pacientes que reconocen su adicción y quieren recibir tratamiento —cosa que muchos no hacen— y porque una fracción sustancial no termina el tratamiento, tiene una ventaja sobre el que se basa sólo en la abstinencia, porque es en la recaída tras esta última cuando a menudo se producen las muertes por sobredosis. Quienes han estado limpios durante un tiempo pierden la tolerancia a la droga y pueden morir si cuando recaen consumen la misma dosis que utilizaban cuando lo dejaron. Aun así, hace falta tener buen estómago para ver cómo las farmacéuticas y sus aliados promocionan el TAM, porque así obtienen beneficios primero causando la epidemia y luego proporcionando la cura.

Estados Unidos tiene una red de seguridad mucho menos extensa que otros países ricos, en Europa y en el resto del mundo. La ausencia de prestaciones proporciona a la gente un fuerte incentivo para trabajar y ganar dinero, lo cual es bueno para quienes pueden hacerlo, pero puede resultar desastroso para los que, por una u otra razón, no pueden. Estados Unidos también se diferencia de otros países ricos en que tiene varios millones de personas extremadamente pobres, cuyas condiciones de vida puede decirse que son tan malas como las de la gente pobre en África y Asia. La pobreza es un elemento obvio a tener en cuenta cuando se trata de explicar una epidemia de muertes que sólo existe en Estados Unidos.
La Gran Recesión no causó las muertes por desesperación de la misma manera en que la Gran Depresión generó una epidemia de suicidios en Estados Unidos y el Reino Unido, pero eso no significa que no fuera importante. Sospechamos que el auge del populismo en la derecha y de la rabia contra la desigualdad en la izquierda tienen mucho que ver con la crisis financiera. Hasta que ésta se produjo, se podía pensar que las élites sabían lo que hacían, que los sueldos que ganaban los consejeros delegados y los banqueros tenían que ver con el interés público y que el crecimiento económico y la prosperidad compensarían las partes más feas del sistema. Después de la crisis, cuando muchas personas normales perdieron tanto, incluidos su casa y su empleo, los banqueros continuaron siendo recompensados y salieron impunes, y los políticos siguieron protegiéndolos. El capitalismo empezó a parecerse más a un chanchullo que redistribuye hacia arriba que a un motor de la prosperidad general.

La sanidad estadounidense es la más cara del mundo, y sin embargo la salud de los estadounidenses está entre las peores de los países ricos. Esto ha sido así desde hace tiempo, desde mucho antes de la reciente epidemia de muertes y del descenso de la esperanza de vida. El coste de proporcionar atención médica es un pesado lastre para la economía, contribuye al estancamiento a largo plazo de los salarios y es un buen ejemplo de la redistribución de Robin Hood a la inversa, lo que hemos llamado redistribución del sheriff de Nottingham. La industria no es muy buena a la hora de promover la salud, pero destaca a la hora de promover la riqueza de los proveedores sanitarios, entre ellos algunos médicos privados de éxito cuya práctica es extremadamente rentable. También aporta inmensas sumas a los propietarios y ejecutivos de las empresas farmacéuticas, de las fábricas de equipos médicos y de las aseguradoras —incluidas las aseguradoras «sin ánimo de lucro»—, y de los grandes hospitales, cada vez más monopolísticos.
¿Cómo es posible que los estadounidenses paguen tanto y reciban tan poco? El dinero, sin duda, va a alguna parte. Lo que es un derroche para un paciente es un ingreso para un proveedor.

Los estadounidenses son menos propensos que los europeos a aceptar los controles, a veces rigurosos, que los gobiernos imponen a la salud. Les gusta creer que el sistema es de libre mercado, a pesar de que el Gobierno paga la mitad de los costes, paga los precios exigidos por las empresas farmacéuticas sin negociarlos (algo que a menudo se describe, absurdamente, como «precios basados en el mercado»), concede patentes para dispositivos y medicamentos, permite que asociaciones profesionales restrinjan la oferta y subsidia la sanidad proporcionada por el empleador mediante el sistema fiscal. Además de esto, está el hecho político clave de que la gente no sabe cuánto está pagando. Si en el momento de pagar los impuestos, los estadounidenses recibieran una factura anual de 10.739 dólares o si los empleadores mostraran su contribución al coste del seguro sanitario de los empleados como deducciones en las nóminas de los trabajadores, sin duda la presión política para que se produjera una reforma sería mucho más fuerte. Que los costes estén ocultos alienta los cobros excesivos. Como los costes están ocultos, no se da la suficiente importancia a los problemas que acarrean.
Los proveedores tienen otra importante línea de defensa, que juega también al ataque: el lobby de la sanidad en Washington. El lobby no está ni mucho menos limitado a la sanidad y es importante para nuestra historia en términos generales. En la sanidad, como en general, el lobby corporativo ha crecido muchísimo en los últimos cuarenta años. Es una de las fuerzas que están redistribuyendo el poder, que pasa de la mano de obra al capital, y de los trabajadores y los consumidores a las corporaciones y los profesionales ricos. El lobby y la captura de rentas no se limitan a las corporaciones. Las asociaciones comerciales de pequeñas empresas —la Asociación Médica Estadounidense (un cuarto de millón de miembros) y la Sociedad Optométrica Estadounidense (cuarenta mil miembros) son dos ejemplos— están muy presentes geográficamente, lo cual les da acceso a todos los miembros del Congreso y un poder local efectivo respaldado por su influencia económica. La fuerza política y la económica se refuerzan mutuamente y aumentan los beneficios de los miembros de la asociación a expensas de sus pacientes.
En 2018, la industria de la sanidad empleó a 2.829 lobistas, más de cinco por cada miembro del Congreso. Más de la mitad de los lobistas habían pasado por las «puertas giratorias», eran antiguos miembros del Congreso o de su personal. Hay quien llega a describir el Congreso como la «cantera» para el lobby.

Una diferencia enorme entre Estados Unidos y otros países ricos es el modo en que los gobiernos de éstos, en mucho mayor grado que en Estados Unidos, ofrecen un seguro a sus trabajadores a través de una red de seguridad social. Cuando se pierden puestos de trabajo debido a una recesión, el comercio o el cambio tecnológico, se proporcionan un subsidio de desempleo y otras prestaciones para prevenir las penurias y facilitar el cambio a un nuevo trabajo, a menudo durante periodos largos. De nuevo, la comparación entre el Reino Unido y Estados Unidos es instructiva.
De 1994/1995 a 2015/2016, en ambos países el crecimiento de los salarios fue mucho más lento para quienes tenían salarios bajos que para quienes tenían salarios altos; en ambos países, el mercado ha favorecido cada vez más a quienes están muy cualificados en detrimento de quienes lo están poco.
La globalización y la competencia extranjera dificultaron que las empresas estadounidenses proporcionaran el seguro sanitario, las pensiones y otras prestaciones a sus trabajadores, y los robots no necesitan prestaciones. Estas fuerzas globales generalizadas subyacen en nuestra historia de salarios estancados, prestaciones decrecientes y menores derechos laborales. Pero estas fuerzas no actúan solas, y sus efectos habrían sido distintos si la red de seguridad estadounidense no hubiera sido mucho más débil que la de cualquier otro país rico. En Estados Unidos, el diseño de la protección social, como sucede con muchas otras cosas, se debía en buena medida a la renuencia del país a adoptar protecciones universales que incluyeran a los afroamericanos. Estas explicaciones son antiguas. Pero hay otra historia cuyo origen es más reciente: la disminución del poder de los trabajadores frente a las corporaciones, no sólo en los lugares de trabajo y los mercados, sino también en el Congreso.
Una consecuencia de tener empresas muy grandes y rentables, y un gran número de individuos muy ricos, es la influencia que ejercen en la política. En particular, corremos el riesgo de que quienes tienen los bolsillos llenos participen de manera más efectiva en la política estadounidense, y de que la gente corriente, aquella con menos estudios cuya muerte es el tema de este libro, deje de participar y se quede al margen; si sus intereses quedan silenciados, se convierten en víctimas de los intereses de los ricos. Hoy en día, la democracia estadounidense no funciona bien y sus fallos tienen mucho que ver con la forma en que el dinero trabaja en Washington.
En 2018 había en Washington 11.654 lobistas, o cabilderos, registrados, que gastaron 3.460 millones de dólares en sus actividades.

Si queremos detener las muertes por desesperación, tenemos que detener o revertir la disminución de los salarios entre los estadounidenses con menos estudios. Los pesimistas pueden sostener que estamos contemplando las consecuencias inevitables de las disrupciones en el comercio y la tecnología, sobre las que nada puede hacerse. Si es así, tendremos que esperar hasta que la marea cambie y aceptar que mientras tanto perderemos a muchos.
La democracia es plenamente capaz de servir a la gente mejor de lo que lo hace ahora. La democracia estadounidense no está funcionando bien, pero no está ni mucho menos muerta, y puede funcionar de nuevo si la gente presiona lo suficiente, como sucedió en la Era Progresista hace un siglo o con el New Deal en la década de 1930.

Libros de los autores comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/15/el-gran-escape-salud-riqueza-y-los-origenes-de-la-desigualdad-angus-deaton-the-great-escape-health-wealth-and-the-origins-of-inequality-by-angus-deaton/

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The authors arrive in the end at the case for a Universal Basic Income, but failed, I think, to make the case for it persuasive. They point out obvious problems of the US healthcare system and believe that the perverse motivations of employers and healthcare providers are often at odds with actual health care, but fail to make a case for market improvements because of a perceived roadblock to doing so that is contingent on the immediacy of decision-making in the face of emergency care. And they have a long narrative on the opioid crisis, even seeing roots of it in parallels going back to England, opium, and the Chinese; but they break no new ground in pointing out an alternative to the current quagmire of drug testing. All very interesting, but not quite up to the expectations set up by the work’s title.
The main conclusion of this intriguing look at the United States loss of life expectancy and wage stagnation is the US is messed up, particularly on healthcare. They spend more and get worse outcome on medical system than anywhere else in the world. As an employer, I know that after payroll, the biggest cost isn’t rent, supplies, technology, or anything else, it is health insurance.
The current protests for Black Lives Matter and the Covid-19 outbreak show several of the fundamental flaws in the current system. Medical care cannot be relegated to a market system and work effectively, but it is important to note that the US system is not a free market, but a highly regulated market that has effectively removed all cost control and bargaining power for the people.
The book left me wanting more analysis looking at the problems in healthcare other than a cursory look at the opiate crisis.

By the end of the 20th century, much of the optimism that characterized it had faded. The towns and cities of the central United States that used to produce steel, glass, furniture, or shoes, and fondly remembered by septuagenarians as great places to grow up, were tattered places, with factories shuttered and shops boarded up with planks. Among the ruins, the temptation of alcohol and drugs led many to their deaths. Most of those stories are never told. Stigma often removes the cause of death from obituaries when it comes to suicide, overdoses, or alcoholism. Addiction is considered a moral weakness, not a disease, and it is believed that it is best to hide its effects.
Regardless of the ultimate cause, the unique pattern of heart disease mortality for American whites combined with the unique pattern of deaths from despair, leading to an increase in mortality among middle-aged whites starting from 1998. We can think of what happened to general mortality as a result of the tug of war. On the one hand, we have the advances against heart disease, which lowered mortality rates. On the other hand, deaths from despair that pull, weakly at first, to raise mortality rates. By 1990, progress against heart disease was “gaining” and overall mortality declined. But over time, progress against heart disease slowed, as deaths from despair grew stronger, and overall mortality stopped declining and in some middle-aged groups began to rise.

A society with a higher education level is different in aspects that go beyond the differences between individuals. At least to some extent, everyone benefits from the innovations and higher productivity of more educated people. Greater equality of opportunity is a worthy goal, and everyone agrees that educational opportunities be opened up to intelligent children who have previously been excluded because of their family background, income or birth. Meritocracy is the fundamental virtue of our age and no one doubts the benefits of allowing everyone the opportunity to achieve success and improve the level of their skills. In fact, it is clear that in some areas we need more meritocracy.
For blacks, with or without a college degree, the death rate due to deaths from despair in midlife remained stable or declined for a quarter of a century, while for whites mortality increased, especially among those they did not have a college degree. For both whites and blacks, the contrast between those with a college degree and those without is particularly striking.
In recent years, the increase in mortality among blacks has come from the interaction between the current opioid epidemic and the previous drug epidemic that affected the black community.
Death and disease go hand in hand. There is something that is making life worse, especially in the case of whites with less education. Crucial skills that make life worth living are at risk, including the ability to work and the ability to enjoy life with others. Severe mental distress is increasing. Of course, many more people are experiencing this deterioration in quality of life than are dying, but the deterioration is certainly the background to the deaths.

The history of opioids shows the power that money has to prevent politics from protecting ordinary citizens, even in the face of death. At least until 2019, when increasing public outrage ended up changing perceptions, as those who got rich were not marginalized or condemned, but rather recognized and praised as successful entrepreneurs and philanthropists. Purdue Pharmaceutical is the leading example. The Sackler family name appears in museums, universities and institutions, not only in the United States, but in the United Kingdom and France. Arthur M. Sackler, who died before OxyContin was developed, was a donor to many institutions, including the Metropolitan Museum in New York (Dendur’s temple), Princeton University, the Smithsonian, and the National Academy of Sciences. The origin of Sackler’s fortune was the development of the pharmaceutical advertising and sales system that currently exists in the United States.
Pharmaceutical companies, which have made so much money thanks to the creation of the crisis, are now ready to profit from its treatment. There is no simple or foolproof cure for addiction, but the best available – albeit based on relatively weak evidence – is known as medication-assisted treatment (TAM), in which addicts use different opioids (methadone or buprenorphine) to control the desire while they leave it. Although we suspect that the virtues of TAM are being exaggerated, because the demonstrations of its effectiveness only come from patients who recognize their addiction and want to receive treatment – which many do not – and because a substantial fraction do not finish the treatment, it has an advantage over the one that is based only on abstinence, because it is in the relapse after the latter that deaths from overdose often occur. Those who have been clean for a while lose their tolerance to the drug and can die if when they relapse they consume the same dose that they used when they stopped. Still, it takes a good stomach to see how drug companies and their allies promote TAM, because that way they profit by first causing the epidemic and then providing the cure.

The United States has a much less extensive safety net than other rich countries, in Europe and the rest of the world. The absence of benefits provides people with a strong incentive to work and earn money, which is good for those who can, but can be disastrous for those who, for one reason or another, cannot. The United States also differs from other rich countries in that it has several million extremely poor people, whose living conditions are arguably as bad as those of poor people in Africa and Asia. Poverty is an obvious element to consider when trying to explain an epidemic of deaths that only exists in the United States.
The Great Recession didn’t cause deaths from despair in the same way that the Great Depression spawned a suicide epidemic in the United States and the United Kingdom, but that doesn’t mean it wasn’t important. We suspect that the rise of populism on the right and rage against inequality on the left have a lot to do with the financial crisis. Until this happened, you could think that elites knew what they were doing, that the salaries that CEOs and bankers earned were in the public interest, and that economic growth and prosperity would outweigh the ugliest parts of the system. . After the crisis, when many ordinary people lost so much, including their home and jobs, bankers continued to be rewarded and gotten away with it, and politicians continued to protect them. Capitalism began to look more like an upward redistributing scam than an engine of general prosperity.

American healthcare is the most expensive in the world, yet the health of Americans is among the worst in rich countries. This has been the case for a long time, long before the recent epidemic of deaths and the decline in life expectancy. The cost of providing health care is a heavy drag on the economy, contributes to long-term stagnation in wages, and is a good example of Robin Hood redistribution in reverse, what we have called the Sheriff of Nottingham redistribution. The industry is not very good at promoting health, but it excels at promoting the wealth of healthcare providers, including some successful private practitioners whose practice is extremely profitable. It also contributes huge sums to the owners and executives of pharmaceutical companies, medical equipment factories and insurers – including “not-for-profit” insurers – and large, increasingly monopolistic hospitals.
How is it possible that Americans pay so much and receive so little? Money is definitely going somewhere. What is waste for a patient is income for a provider.

Americans are less likely than Europeans to accept the sometimes stringent controls that governments impose on health. They like to believe that the system is free market, even though the government pays half the costs, it pays the prices demanded by the pharmaceutical companies without negotiating them (something that is often described, absurdly, as’ prices based on the market ”), grants patents for devices and medicines, allows professional associations to restrict supply, and subsidizes employer-provided healthcare through the tax system. On top of this, there is the key political fact that people don’t know how much they are paying. If at the time of paying taxes, Americans received an annual bill of $ 10,739 or if employers showed their contribution to the cost of employee health insurance as deductions on workers’ payrolls, no doubt the political pressure to be produced a reform would be much stronger. Hidden costs encourages overcharging. Because the costs are hidden, the problems they cause are not given enough thought.
Providers have another important line of defense, which is also on the attack: the healthcare lobby in Washington. The lobby is by no means limited to healthcare and is important to our history in general terms. In healthcare, as in general, the corporate lobby has grown a lot in the last forty years. It is one of the forces that are redistributing power, shifting from labor to capital, and from workers and consumers to corporations and wealthy professionals. Lobbying and rent capture is not limited to corporations. Small business trade associations — the American Medical Association (a quarter of a million members) and the American Optometric Society (40,000 members) are two examples — are geographically highly present, giving them access to all members of Congress and an effective local power backed by its economic influence. Political and economic strength are mutually reinforcing and increase the benefits of association members at the expense of their patients.
In 2018, the healthcare industry employed 2,829 lobbyists, more than five for every member of Congress. More than half of the lobbyists had passed through the “revolving doors,” were former members of Congress or its staff. Some describe Congress as the “quarry” for the lobby.

A huge difference between the United States and other rich countries is the way in which their governments, to a much greater extent than in the United States, offer insurance to their workers through a social safety net. When jobs are lost due to a recession, trade or technological change, unemployment benefit and other benefits are provided to prevent hardship and facilitate the change to a new job, often for long periods. Again, the comparison between the United Kingdom and the United States is instructive.
From 1994/1995 to 2015/2016, in both countries wage growth was much slower for those with low wages than for those with high wages; In both countries, the market has increasingly favored the highly skilled to the detriment of the low skilled.
Globalization and foreign competition made it difficult for American companies to provide health insurance, pensions and other benefits to their workers, and robots do not need benefits. These pervasive global forces underlie our history of stagnant wages, declining benefits, and reduced labor rights. But these forces do not act alone, and their effects would have been different if the US safety net had not been much weaker than that of any other rich country. In the United States, the design of social protection, as with many other things, was largely due to the country’s reluctance to adopt universal protections that included African Americans. These explanations are ancient. But there is another story that is more recent in origin: the decline of workers’ power vis-à-vis corporations, not only in the workplace and markets, but also in Congress.
One consequence of having very large, profitable companies, and large numbers of very wealthy individuals, is their influence on politics. In particular, we run the risk that those with deep pockets will participate more effectively in American politics, and that ordinary people, those with less education whose death is the subject of this book, will stop participating and stay behind. margin; if their interests are silenced, they become victims of the interests of the rich. Today, American democracy does not work well, and its failings have a lot to do with the way money works in Washington.
There were 11,654 registered lobbyists in Washington in 2018, who spent $ 3.46 billion on their activities.

If we want to stop deaths of desperation, we have to stop or reverse the decline in wages among less educated Americans. Pessimists may argue that we are looking at the inevitable consequences of disruptions in business and technology, about which nothing can be done. If so, we will have to wait until the tide turns and accept that in the meantime we will lose many.
Democracy is fully capable of serving the people better than it is now. American democracy is not working well, but it is far from dead, and it can work again if people push hard enough, as it did in the Progressive Era a century ago or with the New Deal in the 1930s.

Books from the authors commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/15/el-gran-escape-salud-riqueza-y-los-origenes-de-la-desigualdad-angus-deaton-the-great-escape-health-wealth-and-the-origins-of-inequality-by-angus-deaton/

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