Beber O No Beber. Una Odisea Etílica — Lawrence Osborne / The Wet and the Dry: Ventures into Worlds Where Alcohol Is Embraced…or Forbidden by Lawrence Osborne

Este libro trata sobre beber en lugares donde es más difícil encontrar alcohol o donde la relación con el alcohol es cambiante o compleja. La mayoría de los capítulos se dedican a Oriente Medio, aunque también revisa los pozos de agua especialmente significativos y la cultura de beber en su país de origen, Inglaterra.
Aquí hay mucha información interesante (el whisky Islay era legal durante la prohibición debido al alto contenido de yodo), aunque encontrarás secciones que son las típicas “Hombre, estoy tan borracho, aquí tienes todas las cosas filosóficas ‘profundas’ que me he dado cuenta de repente “. Osborne también visita periódicamente su infancia y la relación que cada uno de sus padres tenía con la bebida. Sin embargo, diría que no escribió lo suficiente sobre esas cosas como para justificar su inclusión en este libro. De alguna manera van en contra de la esencia del resto del tema declarado del libro (aunque tal vez me he puesto de mal humor al querer que una memoria sea una memoria y nada más).
La conclusión del libro es algo que la mayoría de nosotros ya sabemos: si estás en la posición correcta / eres la persona adecuada, es posible beber en cualquier país, sin importar cuán restrictivas sean las leyes. No es un librito malo, pero no se adhiere muy bien al tema establecido. Es un libro de memorias sobre viajes en el que se trata de beber mientras se intenta impartir mucha información objetiva, y no creo que se haya encontrado el equilibrio adecuado. El autor también se desliza hacia la misoginia muy rápida y fácilmente.

Beirut es para mí como Nápoles, un lugar que destruye la personalidad estable del visitante. El crimen y la lasitud, la belleza, el intenso melodrama de la calle, el mar melancólico; los bares donde la vida parece detenerse y luego volver a empezar, para detenerse de nuevo. En una ciudad medio musulmana, los bares son como los burdeles en una ciudad católica, y los bares de Beirut tienen una mezcla de inocencia e intensidad muy propia. Aunque, ahora que lo pienso, las ciudades católicas son un sitio excelente para encontrar burdeles.
Beirut es la única ciudad donde el bar y el muecín conviven sin dominarse. Desde Abdel Wahab, Furn El Hayek desciende colina abajo hacia Saint Coeurs, entre casas otomanas de balcones, arcos intactos y jardines umbríos por sus árboles de treinta metros de altura. Ya abajo, en la calle de la Université Saint Joseph, se encuentra el Time Out, quizá el bar más antiguo de la ciudad que ha seguido ininterrumpidamente en activo. Se ubica en tres plantas de una casa que a finales del siglo xix fue un table d’hôte y que ahora parece una casa de campo inglesa con una planta baja de bóvedas blancas. Y aquí está el bar perfecto: una sala acogedora con un gran muro de botellas en su centro, rodeado de butacas, óleos, lámparas tenues y, acodado en la barra, el canoso y barbudo Jacques Tabet, que durante la guerra civil respondió al críptico nombre de Beirut Número Tres. Tabet es el propietario de bar más generoso y cascarrabias de todo Beirut.

El bar del Fairmont se llamaba Chamaleon. Dos tipos agitaban las cocteleras cual serpientes de cascabel mexicanas, y a media noche le tout Abu Dabi se acercaba a la barra para pedir copas a gritos, por lo general vodka con diferentes zumos de fruta. Bebían con ardor y eran árabes, si bien no necesariamente emiratíes. El bar centelleaba con Absolut, Grey Goose, Bong, Cape North y Stoli Elit.
Lo más humillante de beber es la erosión instantánea de la memoria reciente. Mientras se reestructura después de la ebriedad, la mente se llena de preguntas a las que no encuentra respuesta.

(Abu Dabi) Primera calle asfaltada: 1961. Traje nacional: la dishdasha. El jeque Zayed bin Sultán Al Nahayan, abrió el Estado a la prospección petrolífera en 1966. A partir de entonces, el país se convirtió en una de las naciones más ricas y sanas del planeta. A los no musulmanes les está permitido beber, pero no en la calle. Solo se puede adquirir alcohol en establecimientos especiales regidos por el Gobierno, cuyo uso requiere un permiso expedido por el Ministerio de Interior. Se respira una calma ascética, pero no la tranquilidad de una antigua ciudad islámica. El trazado de las calles se ha destruido para dar cabida a los rascacielos occidentales; el cristal y el acero no sosiegan a nadie.
El hotel Ain Palace se encuentra justo detrás del club de críquet Corniche y el complejo Sheikh Khalifa Energy. Es un hotel viejo, que antes fue lujoso y ahora está francamente dejado, claustrofóbico y lleno de viajantes indios atraídos por su turbia reputación; es decir, turbia para aquellos que no tienen necesidad de ir. El bar del hotel se encuentra a un lado del vestíbulo, invisible y seguro tras unas pesadas puertas; a partir de las siete de la tarde, el vestíbulo se llena de estos viajantes y las ocasionales autónomas chinas que entran y salen de lo que los exiliados llaman el Ally Pally.

Fueron los griegos quienes definieron las aspiraciones dionisíacas inconscientes del bebedor actual, que podría imaginarse como un vestigio pagano que ha sobrevivido a las purgas de cristianismo. Irónicamente, el islam nos dio la destilación como los griegos nos dieron la fermentación. Destilación y fermentación: no podrían ser más distintas. Una, racional y científica en su origen; la otra, mística y orgánica.
Dioniso es el dios de la vegetación, el teatro, los toros, las mujeres y el vino. Es el destructor y el liberador, «el dios que aplasta a los hombres». Pero también es el dios que pide que no se dañen los embriones. Su culto estaba dominado por mujeres.
La religión griega evoca «un universalismo dominado por Dioniso». En otras palabras, Dioniso se expandió por todo el ámbito romano y se convirtió en una religión universal. Las imágenes del dios eran especialmente habituales en las tumbas, como escribe Kerényi, «porque era cuando se enterraba a los difuntos cuando la necesidad de celebrar lo indestructible de la vida se volvía más absoluta y universal. Eso es tan cierto en la religión dionisíaca como lo es en el cristianismo. Que el culto a Dioniso en la antigüedad tardía se ampliara a una religión cósmica y cosmopolita fue posible solo en la medida en que zoe pudiera ejercer una influencia religiosa espontánea. Tal influencia, en las formas mitológicas y de culto aquí descritas, tuvo un límite histórico».
Pero sobrevive. El bebedor que todas las noches se dirige a su belén con forma de bar busca su propia versión de la asombrosa frase de Píndaro. Queremos, aunque sea fugazmente, «la pura luz del pleno verano» en nuestro interior.

La peor época del año para el bebedor, o el alcohólico, es Navidad y Año Nuevo. Quizá sea la peor época para todo el mundo, pero para el bebedor decidido y solitario tiene un matiz coercitivo y deprimente porque, de pronto, su vicio privado se convierte en una virtud pública en la que se le obliga a participar. El acto de beber no solo se incrementa y se vuelve más social, sino que forma parte del rito de esta festividad cristiana ahora desvirtuada, que más bien debería llamarse «solsticio de invierno con compras y antidepresivos». Millones de poscristianos huyen a Bangkok, Dubái y las Seychelles para escapar de la tristeza de sus ritos ancestrales. La idea de salas familiares con abetos centelleantes y maratones televisivas solo soportables con la ayuda de jerez les resulta insufrible. Quieren sol, cielos azules, vida nocturna y ni rastro de Santa Claus.
Lamentablemente, en Bangkok y Dubái intentan que las multitudes de turistas se sientan como en casa plantando un Papá Noel y árboles de Navidad en cada esquina.
(Dubai) La concesión al alcohol es la faceta más sorprendente de este reino minúsculo. Se debe a motivos económicos, pero es igualmente una concesión. Los emiratos son conservadores religiosamente hablando. (Eso es «identidad»; simplemente se trata de una identidad que no nos gusta.) La decisión de los Maktoum, la dinastía gobernante, de permitir el alcohol en todo su emirato fue muy atrevida. Hizo que la ciudad se volviese más occidental, más tolerante y más indistinguible de las ciudades occidentales, que es lo que pretendían. Precisamente por eso la acusaban de impersonal y carente de identidad. Los directores de Emaar decían: «Hagas lo que hagas, siempre habrá alguien que te critique».
En ningún lugar de Pakistán se hace más evidente que en el único sitio donde es legal tomar un trago de destilado satánico: la cervecera Murree de Rawalpindi. Esta cervecera, durante años la única de Pakistán, fue fundada en 1860 por los británicos para producir cerveza para las tropas estacionadas en Rawalpindi. Murree se encuentra en las montañas y, en la época anterior a la refrigeración, era el entorno ideal. Alrededor de 1910, con la llegada de las técnicas de refrigeración, los británicos la trasladaron a los llanos más calurosos. Entretanto, Rawalpindi se convirtió también en el cuartel general del ejército pakistaní y en una peligrosa ciudad en expansión llena de radicales. En diciembre de 2009, cinco terroristas suicidas entraron en una mezquita utilizada por el ejército pakistaní y mataron a treinta y siete oficiales, retirados y en activo. Los talibanes reivindicaron el atentado. O sea, que no es lo que se dice un buen barrio para elaborar cerveza y vodka aromatizado.

El término «bar» se usó por primera vez en inglés en 1592, en el drama de Robert Greene A Notable Discovery of Coosnage. Greene fue el primer autor profesional de Inglaterra y durante su breve vida se le conoció por un polémico ataque a William Shakespeare. ¿Inventó él «el bar»? Los victorianos objetaron que el verdadero bar era suyo. Afirmaban que Isambard Kingdom Brunel lo inventó para servir a los pasajeros de su nuevo tren de la estación de Swindon, o que el hotel Great Western de la estación de Paddington, en Londres, fue donde se inauguró el primero. En cualquier caso, el bar es inglés.
Recuerdo el bar del Dukes Hotel de Londres, donde preparan el dry martini en un carrito junto a tu butaca (por lo general, después salgo de St. James Place, cruzo a Green Park y me desplomo en la hierba). Recuerdo sesiones épicas con el sobrino de Mountbatten, Michael Cunningham-Reid, en el casino Mayfair de Nairobi mientras yo cubría el juicio por asesinato de su amigo Tom Cholmondeley durante un verano largo y exasperante: gin-tonic sin hielo, postrados en el bar contemplando los murales de camellos y hombres tocados con salacots. El toque colonial. Un imperio ahogado en alcohol, la charla cayendo en la incoherencia. Lamentos de que «ya nadie bebe, maldita sea». Y quién podía exceder el esplendor del bar del Muthaiga Country Club en esa misma ciudad, o la fría elegancia encalada del Hope and Anchor de Nom Pen, con sus inmensos ventiladores y sus botellas de DeKuyper.

El whisky ocupa un lugar muy especial en el corazón asiático; en realidad, en el corazón de cualquier país no occidental. Sin embargo, resulta una bebida extraña para que el mundo la haya adoptado con tanto vigor. Su atractivo es un misterio. La obsesión por Johnnie Walker, por ejemplo, ese brebaje fetiche que después de cenar aparece invariablemente en las mesas acomodadas y afables desde El Cairo hasta Seúl y Bombay. Estatus social, hombría refinada, estilo de oficial colonial, todo participa del fluido ambarino. Johnnie Walker es el whisky preferido de los ejecutivos sin paladar de Oriente, pero los whiskys más refinados de malta única de Islay también han empezado a abrirse camino en bares de más categoría. El romance con el whisky no ha hecho más que empezar.
Islay. Es un lugar que solía visitar para elegir unas botellas y explorar, perderme durante unos días. Lo cierto es que siempre me ha atraído. Iba a principios de verano, cuando los vientos se calmaban un poco, para andar como un penitente con mi paraguas y mi Biblia del whisky, solo y sutilmente triste, abstemio en muchos frentes pero sediento por probar ese nuevo whisky que aún no conocía.
Igual que con el vino, un whisky no puede entenderse sin ver de dónde proviene: una mota de tierra en el Atlántico, un trayecto en avión de cuarenta minutos desde Glasgow. Un lugar tan remoto como Bangkok o Tokio. Sin embargo, los hilos de mil y un bebedores unen estos lugares. En Japón, Islay es más conocida que Budapest, Kiev o Glasgow.
Islay es una pista de aterrizaje en el Atlántico. La isla solo mide cincuenta kilómetros cuadrados, tiene una población de tres mil habitantes y un aeropuerto que parece el cobertizo de un jardín. ¿Se cuela también la lluvia en el whisky de Islay? ¿Cuándo no llueve en esta isla extraña y desolada? Al salir de Morag’s Caf, el aeropuerto que resplandece por su exhibición de botellas de whisky, es como si entráramos en Cumbres borrascosas.
El ahumado de Laphroaig es intenso. Los entendidos dicen que la mayoría de los whiskys escoceses cuentan con media docena de matices ahumados, mientras que Laph-roaig tiene como mínimo catorce. La reminiscencia marina proviene de la turba, pero tiene su lógica: la turba de Islay está formada por alga rica en yodo, mientras que la turba de las Tierras Altas procede de la madera.
No obstante, el color ambarino del whisky se debe a la madera del barril, y nada más: por lo general, barricas recicladas de bourbon o botas de jerez español. La primera produce una poción más clara, y la segunda un whisky más suntuoso y oscuro. Ian Hunter, el legendario propietario de Laphroaig hasta 1952, recorría las Indias Occidentales en busca de barricas de ron por su suave aroma a banana y coco, y a menudo he notado que los Laphroaig antiguos —de dieciséis años, por ejemplo— tienen un sutil gusto a corteza de naranja y limón, un matiz de sol subtropical. Misterios del «agua de vida», cuyos aromas secundarios no son enteramente nórdicos. El malta de Islay, apenas diluido por un único cubito de hielo (ya demasiado), es también mediterráneo y meridional. Tiene un calor seco. Es un whisky da meditazione que sitúa a quien lo bebe en una peligrosa relación con su propia morbosidad.

En Oriente, el whisky también posee un carisma mágico. El centro comercial Emporium, en el barrio de Asoke en Bangkok, tenía en su primera planta, por lo que recuerdo, un templo de cristal dedicado al libro de recetas encuadernado en piel de Alexander Walker, así como una botella original del siglo xix exhibida como si fuera la reliquia de un templo budista. Se mostraba como talismán, como objeto sagrado. El mito de Johnnie Walker ha crecido inexorablemente en años recientes: ciento treinta millones de botellas al año, vendidas virtualmente en todos los países del mundo; esa botella rectangular con la etiqueta en un ángulo de veinticuatro grados se reconoce al instante como un bolso de Gucci o un bocadillo de Subway. Las etiquetas, codificadas por colores, son un fetiche de Beirut a Singapur. Están en todas partes.

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This book is about drinking in places where it’s harder to find alcohol or the relationship to alcohol is changing/complex. Most of the chapters are spent in the Middle East, though he also revisits particularly meaningful watering holes and the drinking culture in his home country, England.
There’s a lot of interesting information here (Islay whiskey was legal during prohibition due to the high iodine content), though you will run into sections which are the typical “Man, I’m so drunk, here’s all the ‘deep’ philosophical stuff I’ve suddenly realized.” Osborne also visits his childhood periodically, and the relationship each of his parents had with drinking. However, I would say that he didn’t write enough about those things to warrant including them in this book. They somewhat go against the grain of the rest of the book’s stated theme (though perhaps I’ve just become cranky in wanting a memoir to be a memoir and nothing else).
The book’s conclusion is something most of us already know: If you’re in the right position/are the right person it’s possible to drink in any country, no matter how restrictive the laws. It’s not a bad little book, but it does not hold to it’s stated theme very well. It’s a drinking-travel memoir while trying to impart a lot of factual information, and I don’t think quite the right balance was found. The author also slides into misogyny very quickly and easily.

Beirut is to me like Naples, a place that destroys the stable personality of the visitor. Crime and lassitude, beauty, the intense melodrama of the street, the melancholic sea; the bars where life seems to stop and then start again, to stop again. In a half-Muslim city, bars are like brothels in a Catholic city, and Beirut’s bars have their own blend of innocence and intensity. Although, now that I think about it, Catholic cities are a great place to find brothels.
Beirut is the only city where the bar and the muezzin coexist without dominating each other. From Abdel Wahab, Furn El Hayek descends down the hill towards Saint Coeurs, among Ottoman houses with balconies, intact arches and gardens shaded by their thirty meter high trees. Down the street from the Université Saint Joseph is Time Out, perhaps the oldest bar in the city that has continued to operate continuously. It is located on three floors of a house that at the end of the 19th century was a table d’hôte and now looks like an English country house with a ground floor of white vaults. And here is the perfect bar: a cozy room with a large wall of bottles in its center, surrounded by armchairs, oil paintings, dim lamps and, leaning against the bar, the gray-haired and bearded Jacques Tabet, who during the civil war responded to the cryptic Beirut name Number Three. Tabet is the most generous and curmudgeonly bar owner in all of Beirut.

The bar at the Fairmont was called Chamaleon. Two guys were shaking their shakers like Mexican rattlesnakes, and at midnight le tout Abu Dhabi would come to the bar to shout for drinks, usually vodka with different fruit juices. They drank hard and were Arabs, though not necessarily Emirati. The bar sparkled with Absolut, Gray Goose, Bong, Cape North, and Stoli Elit.
The most humiliating thing about drinking is the instant erosion of recent memory. While restructuring after drunkenness, the mind fills with questions to which it cannot find answers.

(Abu Dhabi) First asphalt street: 1961. National costume: the dishdasha. Sheikh Zayed bin Sultan Al Nahayan, opened the State for oil exploration in 1966. From then on, the country became one of the richest and healthiest nations on the planet. Non-Muslims are allowed to drink, but not on the street. Alcohol can only be purchased in special establishments run by the Government, the use of which requires a permit issued by the Ministry of the Interior. There is an ascetic calm, but not the tranquility of an ancient Islamic city. The street layout has been destroyed to accommodate western skyscrapers; glass and steel do not calm anyone.
The Ain Palace Hotel is located just behind the Corniche Cricket Club and the Sheikh Khalifa Energy Complex. It is an old hotel, once luxurious and is now frankly neglected, claustrophobic and full of Indian travelers drawn by its murky reputation; that is, cloudy for those who have no need to go. The hotel bar is to one side of the lobby, invisible and secure behind heavy doors; Starting at 7 p.m., the lobby fills with these travelers and the occasional Chinese self-employed entering and leaving what exiles call the Ally Pally.

It was the Greeks who defined the unconscious Dionysian aspirations of the current drinker, who could be imagined as a pagan holdover that has survived the purges of Christianity. Ironically, Islam gave us distillation like the Greeks gave us fermentation. Distillation and fermentation: they couldn’t be more different. One, rational and scientific in origin; the other, mystical and organic.
Dionysus is the god of vegetation, theater, bulls, women, and wine. He is the destroyer and the liberator, “the god who crushes men.” But he is also the god who asks that the embryos not be damaged. His cult was dominated by women.
The Greek religion evokes “a universalism dominated by Dionysus.” In other words, Dionysus spread throughout the Roman realm and became a universal religion. Images of the god were especially common in tombs, as Kerényi writes, “because it was when the dead were buried that the need to celebrate the indestructibility of life became more absolute and universal. That is as true in the Dionysian religion as it is in Christianity. That the cult of Dionysus in late antiquity was extended to a cosmic and cosmopolitan religion was possible only to the extent that zoe could exert a spontaneous religious influence. Such influence, in the mythological and cult forms described here, had a historical limit ».
But it survives. The drinker who goes to his bar-shaped crib every night looks for his own version of Pindar’s amazing phrase. We want, albeit fleetingly, “the pure light of midsummer” within us.

The worst time of year for the drinker, or the alcoholic, is Christmas and New Years. It may be the worst time for everyone, but for the determined and lonely drinker it has a coercive and depressing undertone because suddenly his private vice becomes a public virtue in which he is forced to participate. The act of drinking not only increases and becomes more social, but is part of the rite of this now distorted Christian holiday, which should rather be called “winter solstice with shopping and antidepressants.” Millions of post-Christians flee to Bangkok, Dubai and the Seychelles to escape the sadness of their ancestral rites. The idea of family rooms with sparkling fir trees and television marathons only bearable with the help of sherry is unbearable. They want sun, blue skies, nightlife, and no sign of Santa Claus.
Sadly, in Bangkok and Dubai they try to make crowds of tourists feel at home by planting a Santa Claus and Christmas trees around every corner.
(Dubai) The concession to alcohol is the most surprising facet of this tiny kingdom. It is due to economic reasons, but it is also a concession. The emirates are religiously conservative. (That is “identity”; it is simply an identity that we do not like.) The decision of the Maktoum, the ruling dynasty, to allow alcohol throughout their emirate was a very bold one. He made the city more western, more tolerant, and more indistinguishable from western cities, which is what they intended. This is precisely why they accused her of being impersonal and lacking identity. The directors of Emaar said, “Whatever you do, there will always be someone who criticizes you.”
Nowhere in Pakistan is it more apparent than in the one place where it is legal to have a shot of Satanic distillate: Rawalpindi’s Murree Brewery. This brewery, for years the only brewery in Pakistan, was founded in 1860 by the British to produce beer for the troops stationed in Rawalpindi. Murree is in the mountains, and in the pre-chill days it was the ideal setting. Around 1910, with the advent of refrigeration techniques, the British moved it to the warmer plains. Meanwhile, Rawalpindi also became the headquarters of the Pakistani army and a dangerous sprawling city full of radicals. In December 2009, five suicide bombers entered a mosque used by the Pakistani army and killed thirty-seven retired and active officers. The Taliban claimed responsibility for the attack. In other words, it is not a good neighborhood to make beer and flavored vodka.

The term “bar” was first used in English in 1592, in Robert Greene’s drama A Notable Discovery of Coosnage. Greene was England’s first professional author and during his brief life he was known for a controversial attack on William Shakespeare. Did he invent “the bar”? The Victorians objected that the real bar was theirs. They claimed that Isambard Kingdom Brunel invented it to serve the passengers of his new train at Swindon Station, or that the Great Western Hotel at Paddington Station in London was where the first was opened. In any case, the bar is English.
I remember the bar at the Dukes Hotel in London, where they prepare the dry martini in a cart next to your chair (usually after I leave St. James Place, cross to Green Park and collapse on the grass). I remember epic sessions with Mountbatten’s nephew, Michael Cunningham-Reid, at Nairobi’s Mayfair casino while I covered the murder trial of his friend Tom Cholmondeley during a long and infuriating summer: gin and tonic without ice, prostrate at the bar contemplating the murals of camels and men wearing salacots. The colonial touch. An empire drowned in alcohol, the talk falling into incoherence. Laments that “no one drinks anymore, damn it.” And who could exceed the splendor of the bar at the Muthaiga Country Club in that same city, or the cold whitewashed elegance of the Hope and Anchor in Phnom Penh, with its huge fans and bottles of DeKuyper.

Whiskey occupies a very special place in the Asian heartland; actually, in the heart of any non-Western country. Yet it is a strange drink for the world to have embraced it with such vigor. Its appeal is a mystery. The obsession with Johnnie Walker, for example, that fetish concoction that after dinner invariably appears on the affluent and affable tables from Cairo to Seoul to Bombay. Social status, refined manhood, colonial officer style, all partake of the amber fluid. Johnnie Walker is the whiskey of choice for no-taste executives from the East, but Islay’s finer single malt whiskeys have also started to make their way into higher-end bars. The romance with whiskey has only just begun.
Islay. It’s a place I used to visit to pick up some bottles and explore, get lost for a few days. The truth is that it has always attracted me. I was going at the beginning of summer, when the winds calmed down a bit, to walk like a penitent with my umbrella and my whiskey Bible, alone and subtly sad, abstemious on many fronts but thirsty to taste that new whiskey that I did not know yet.
As with wine, a whiskey cannot be understood without seeing where it comes from: a speck of land in the Atlantic, a forty-minute plane ride from Glasgow. A place as remote as Bangkok or Tokyo. However, the threads of a thousand and one drinkers tie these places together. In Japan, Islay is better known than Budapest, Kiev or Glasgow.
Islay is an airstrip on the Atlantic. The island measures only fifty square kilometers, has a population of 3,000 and an airport that looks like a garden shed. Does the rain also seep into Islay whiskey? When does it not rain on this strange and desolate island? As you leave Morag’s Caf, the airport that shines with its display of whiskey bottles, it is as if we entered Wuthering Heights.
Laphroaig’s smoke is intense. Connoisseurs say that most Scotch whiskeys have half a dozen smoky undertones, while Laph-roaig has at least fourteen. The marine reminiscence comes from peat, but it makes sense: Islay peat is made from iodine-rich algae, while Highland peat comes from wood.
However, the whiskey’s amber color is due to the wood of the barrel, and nothing else: typically recycled bourbon casks or Spanish sherry casks. The first produces a lighter potion, and the second a richer, darker whiskey. Ian Hunter, the legendary owner of Laphroaig until 1952, scoured the West Indies in search of barrels of rum for their mild aroma of banana and coconut, and I have often noticed that the old Laphroaig – sixteen year old, for example – have a subtle taste to orange and lemon rind, a hint of subtropical sun. Mysteries of the “water of life”, whose secondary aromas are not entirely Nordic. Islay malt, barely diluted by a single ice cube (already too much), is also Mediterranean and southern. It has a dry heat. It is a whiskey gives meditation that places the drinker in a dangerous relationship with their own morbidity.

In the East, whiskey also has a magical charisma. The Emporium shopping center, in Bangkok’s Asoke neighborhood, had on its first floor, as far as I remember, a glass temple dedicated to Alexander Walker’s leather-bound recipe book, as well as an original bottle from the 19th century displayed as if it were the relic of a Buddhist temple. It was shown as a talisman, as a sacred object. The Johnnie Walker myth has grown inexorably in recent years: 130 million bottles a year, sold in virtually every country in the world; That rectangular bottle with the label at a twenty-four degree angle is instantly recognizable as a Gucci bag or a Subway sandwich. The color-coded labels are a Beirut-to-Singapore fetish. They are everywhere.

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