La Tierra Invisible — Hubert Mingarelli / La Terre Invisible (The Invisible Land) by Hubert Mingarelli

Aquí hay otra novela corta de Hubert Mingarelli. Situada inmediatamente al final de la Segunda Guerra Mundial, el protagonista es un fotógrafo de guerra inglés que últimamente ha sido testigo de los campos de exterminio judíos en la derrotada Alemania. Quizás como una forma de reconciliarse con el horror, se embarca en un viaje en automóvil por el campo al azar, deteniéndose solo para fotografiar a las familias alemanas fuera de sus hogares. ¿Pueden estas personas aparentemente normales y no afectadas ser las mismas que perpetraron tanta crueldad y matanza? Si es así, ¿qué dice eso sobre la condición humana?.
Vinculado al viaje está el joven conductor del fotógrafo, un soldado que llegó demasiado tarde para la acción en la guerra y que no puede comprender el objetivo de la búsqueda. La relación entre los dos hombres es tensa y equívoca. Por supuesto, todo termina con un acto violento, tan inevitable como la amenazante tormenta evidente en todo momento.
El fotógrafo decide tomar fotos de personas alemanas comunes fuera de sus hogares, aunque las razones de esto no están claras. Después de ver la liberación de un campo de concentración, es imposible no preguntarse si es un intento del fotógrafo de comprender cómo la gente puede permitir que ocurran tan espantosas atrocidades de guerra. Su ira se filtra durante sus pedidos de que la gente pose para sus fotos, lo que no siempre se hace con cortesía.
El conductor O’Leary tiene sus propios problemas. Recién llegado a Alemania, el resto de su regimiento no lo toma con agrado, ya que no ha visto acción en el frente. También insinúa problemas en el hogar que lo han afectado profundamente y lo han llevado a dormir a la intemperie en las dunas de arena.
Da voz a la complejidad de las experiencias de las personas durante la guerra y los efectos que tiene sobre ellas. Lo que disfruto particularmente de la escritura de Mingarelli son las oraciones escasas y sobrias, es como si cada palabra estuviera ponderada por su valor. También es excelente para transmitir un fuerte sentido del paisaje y el entorno. Es una novela corta que invita a la reflexión y al lector le queda mucho para reflexionar sobre lo que se dice y lo que no se dice.

Le hablé de la mujer con la carreta, le conté que me habían dado ganas de fotografiar lo que se decía, pero sin precisarle que yo había bebido dos cervezas. Se giró, tendió una mano hacia mí y, con el negro del cielo tras él, intentó decirme algo. No lo consiguió.
Aquella noche no hablamos de fotografía, sino de los hombres que comenzaban a volver a casa, recordando nombres y caras.

Al verme vacilar y no tocar para nada la cámara, me preguntó con la mirada por qué; mientras, sus hombres avanzaban entre los cadáveres grises y a veces se santiguaban mirándose entre sí y buscaban a Collins con la mirada, sin pensar siquiera en ponerse un pañuelo por el olor, sino que se inclinaban silenciosos sobre los moribundos grises y desnudos y se quedaban allí agachados, inmóviles a la luz del atardecer; tampoco movían los labios y seguían buscando con la mirada a Collins, su coronel, que no encontraba palabras que decirles porque tampoco encontraba para sí mismo, y de repente alguien lanzó por encima del campo una bengala de luz que cayó e iluminó con una misma luz roja a los vivos y a los muertos, y en ese momento nadie pensó que quien la había tirado había perdido la cabeza, sino que había lanzado voluntariamente un clamor rojo hacia el cielo, o una oración, y cuando se apagó se hizo un silencio aún más profundo.

En las casas no debía de haber más iluminación que la de las velas o los quinqués. Nuestros faros daban más luz que todas las ventanas juntas. Nos detuvimos en una fuente, bebimos con la mano y O’Leary rellenó su cantimplora. Tras el pueblo no llegamos muy lejos, había una granja a cien metros de la carretera. Nos dirigimos a ella y cuanto más nos acercábamos más habitable la volvían nuestros faros.
Saqué la foto. La luz del ocaso refulgía sobre los ladrillos que había por encima de ellos. Iba a marcharme, pero la mujer me hizo señas de que esperase, dijo algo al oído del niño y entró de nuevo en la casa. Volvió con una fotografía enmarcada. Ocupó de nuevo el sitio junto al niño y se llevó la foto al pecho. Yo no distinguía más que una silueta ante una mesa. El niño se atusó el pelo con las manos. La mujer me sonreía y yo hice como que apretaba el disparador. La mujer inclinó dos veces la cabeza y yo regresé al coche.

Saqué la foto; el niño se encontraba entre su padre y su madre, que colocó la mano sobre la cabeza del bebé justo después de que yo pulsase el disparador. Con una amplia sonrisa desprovista de alegría, el hombre le pidió por señas a O’Leary que se colocase junto a él para una foto más. Como O’Leary no se movía, el hombre hizo gestos como de tener un fusil en las manos, apuntó por encima de nuestras cabezas y luego nos hizo señas para que lo siguiésemos hacia la cisterna.
Recordaré: al niño y a su madre unidos durante unos segundos por su silencio, ella en el quicio de la puerta apenas iluminada por el quinqué, tapándose la boca con una mano, y él inmóvil, con el rostro iluminado por las brasas, ambos callados, sus miradas que se cruzan, evitando al hombre, que yacía de espaldas entre las verduras, las hierbas aromáticas y el pan, con un brazo extendido hacia el lado y la palma de la mano mirando al cielo, casi tocando la carpa. El otro brazo, el que la bala había rozado, intentaba levantarse. El hombre abrió los ojos y movió los labios. El eco del disparo parecía planear en el aire, yendo y viniendo, sin parar, como una tormenta que hubiese dado la vuelta al mundo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/01/26/una-comida-en-invierno-hubert-mingarelli-a-meal-in-winter-by-hubert-mingarelli/

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Here is another short novel by Hubert Mingarelli. Set immediately at the end of WW2 the protagonist is an English war photographer who has lately witnessed the Jewish death camps in defeated Germany. Perhaps as a means of reconciling himself to the horror he embarks on a car journey randomly through the countryside pausing only to photograph German families outside their homes. Can these seemingly normal, unaffected people be the same as those who perpetrated such cruelty and slaughter? If so, what does that say about the human condition?
Linked to the journey is the photographer’s young driver, a soldier who has arrived too late for action in the war and who cannot understand the point of the quest. The relationship between the two men is tense and equivocal. Of course it all ends with a violent act, as inevitable as the threatening storm evident throughout.
The photographer decides to take photos of ordinary German people outside their homes, though the reasons for this are unclear. After seeing the liberation of a concentration camp, it’s impossible not to wonder if it’s an attempt by the photographer to understand how people could allow such appalling war atrocities to take place. His anger seeps through during his requests for people to pose for his photos which are not always politely done.
The driver O’Leary has problems of his own. Only recently arrived in Germany, he isn’t well regarded by the rest of his regiment as he hasn’t seen action at the front. He also hints at issues at home that have deeply affected him and resulted in him sleeping rough in sand dunes.
It gives voice to the complexity of people’s experiences during the war and the effects it has on them. What I particularly enjoy about Mingarelli’s writing is the sparse and spare sentences, it’s like every word is weighed for it’s worth. He is also excellent at conveying a strong sense of landscape and setting. It’s a thought-provoking short novel and the reader is left with much to ponder about from what is said and what is left unsaid.

I told him about the woman with the cart, I told him that I had wanted to photograph what was said, but without specifying that I had drunk two beers. He turned, held out a hand to me, and, with the black of the sky behind him, tried to say something to me. He did not succeed.
That night we did not talk about photography, but about the men who began to return home, remembering names and faces.

Seeing me hesitate and not touch the camera at all, he asked me why; meanwhile, his men advanced among the gray corpses and sometimes crossed themselves looking at each other and looked for Collins with their eyes, without even thinking of putting on a handkerchief because of the smell, but they silently bent over the dying gray and naked and stood there crouched, motionless in the evening light; They didn’t move their lips either and they kept looking for Collins, their colonel, who couldn’t find words to say to them because he couldn’t find it for himself, and suddenly someone threw a flare of light over the field that fell and illuminated with the same light red to the living and the dead, and at that moment no one thought that the one who had thrown it had lost his head, but had voluntarily launched a red cry to the sky, or a prayer, and when it was extinguished there was an even more silence deep.

In the houses there should be no other lighting than the candles or the lamps. Our headlights gave off more light than all the windows put together. We stopped at a fountain, drank by hand, and O’Leary refilled his canteen. After the village we did not get very far, there was a farm a hundred meters from the road. We headed for it and the closer we got the more habitable our headlights made it.
I took the photo. Sunset light gleamed on the bricks above them. She was going to leave, but the woman beckoned me to wait, she said something in the boy’s ear and went back into the house. She returned with a framed photograph. She took her place next to the boy again and held the photo to her chest. I could not make out more than a silhouette at a table. The boy ran his hands through his hair. The woman smiled at me and I pretended that she was pressing the trigger. The woman bowed her head twice and I returned to the car.

I took the photo; the child was between his father and his mother, who placed her hand on the baby’s head just after I pressed the trigger. With a broad, joyless smile, the man beckoned O’Leary to join him for one more photo. Since O’Leary was not moving, the man made gestures like holding a rifle, pointed it over our heads, and then motioned for us to follow him into the cistern.
I will remember: the child and his mother united for a few seconds by their silence, she in the doorway barely lit by the lamp, covering her mouth with one hand, and he motionless, with his face lit by the embers, both silent, their gazes that meet, avoiding the man, who was lying on his back among the vegetables, aromatic herbs and bread, with one arm extended to the side and the palm of the hand facing the sky, almost touching the carp. The other arm, the one the bullet had grazed, was trying to get up. The man opened his eyes and moved his lips. The echo of the shot seemed to hover in the air, coming and going, without stopping, like a storm that had gone around the world.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/01/26/una-comida-en-invierno-hubert-mingarelli-a-meal-in-winter-by-hubert-mingarelli/

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