Mala Sangre: Secretos Y Mentiras En Una Startup De Silicon Valley — John Carreyou / Bad Blood: Secrets and Lies in a Silicon Valley Startup by John Carreyrou

El libro detalla el fascinante viaje de una joven emprendedora brillante y sin alma en busca de la riqueza y la fama. La historia tiene héroes y villanos, tramas secundarias que se retuercen y giran, intrigas políticas y, aunque sepamos el resultado final, muchas sorpresas. Tiene todos los elementos de un buen thriller de ficción, pero lo que hace que esta historia sea más impactante e intrigante es el hecho de que realmente sucedió. Los detalles de este libro lo dejarán temblando cuando se dé cuenta de la magnitud del engaño de Elizabeth Holmes y el impacto que podría haber tenido en la salud pública.
Aunque estaba al tanto de la historia de Theranos que se desarrollaba en ese momento, «Mala Sangre» proporciona una descripción más detallada de los eventos. Este libro no endulza la píldora amarga y es un triunfo del periodismo de investigación. ¡La investigación y los informes de John Carreyrou para este libro fueron excepcionales! Al exponer el fraude que eran Holmes y Theranos, ahora sabemos que se engañó a personas inteligentes, se desperdiciaron dinero y recursos y se salvaron vidas. La no ficción no es realmente mi tema favorito, pero encuentro esto cautivador, bien documentado y está narrado como una novela. No dejes que los detalles científicos de los análisis de sangre en la primera mitad te alejen; la segunda mitad lo compensa con creces en drama, y aumenta al final.
Tengo algunas dudas de que cada palabra escrita en el libro sea cierta. La mayoría de nosotros nunca sabrá la historia completa, e incluso cada historia tiene dos lados. Pero ciertamente Holmes no facilitó ver su versión de los hechos cuando se expusieron todos los hechos. Sentí que Carreyrou trató de dar una mano equilibrada tanto como fue posible, pero la evidencia es demasiado condenatoria para simpatizar con el engaño a muy largo plazo.
La transparencia y la responsabilidad deben ser primordiales en el gobierno corporativo, el gobierno y las relaciones personales, y esto sin duda se refuerza en este libro. Si bien me parece repugnante lo que hicieron Holmes y Balwani, estoy aún más decepcionado de que nuestra sociedad permita que se perpetúe tal farsa. Nadie lo suficientemente valiente como para decir «¡el emperador no tiene ropa!» Todos querían creer en la historia con tanta fuerza que nadie hizo la debida diligencia básica en muchas de las afirmaciones de Theranos. Todos deberíamos estar agradecidos de que haya gente como Tyler Shultz y John Carreyrou.

Consejos sobre cómo hacer un unicornio:
– Sea un sociópata
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Me encanta cualquier historia que muestre cómo las ventas y el marketing pueden cambiar el mundo. Este es asombroso. Aterrador, pero asombroso.

Elizabeth Anne Holmes sabía desde muy temprana edad que quería ser una empresaria de éxito.
Con siete años, se propuso diseñar una máquina del tiempo y llenó un cuaderno con detallados dibujos de ingeniería.
Con nueve o diez, en una reunión familiar, uno de sus parientes le hizo la pregunta que, tarde o temprano, se les hace a todos los niños y niñas: «¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?».
Elizabeth respondió sin titubear:
—Quiero ser multimillonaria.
—¿No preferirías ser presidenta? —preguntó el familiar.
—No, el presidente se casará conmigo porque tendré mil millones de dólares.

El antiguo ejecutivo de IBM estaba a cargo del departamento de bioinformática en Theranos, una empresa emergente o startup con un sistema de análisis de sangre de vanguardia. La empresa acababa de completar su primera gran demostración en directo para una compañía farmacéutica. Elizabeth Holmes, la fundadora de Theranos, de veintidós años, había volado a Suiza y había mostrado las potencialidades del sistema a los ejecutivos de Novartis, el gigante farmacéutico europeo.
Aquel fue un momento decisivo para Theranos. La startup , creada tres años antes, había pasado de ser una idea ambiciosa que Holmes había soñado en su residencia estudiantil de Stanford a convertirse en un producto real que interesaba a una gran corporación multinacional.
Una razón importante para la buena valoración eran los acuerdos que Theranos les dijo a los inversores que había alcanzado con diferentes socios farmacéuticos. Un conjunto de diapositivas enumeraba seis acuerdos con cinco compañías que generarían unos ingresos de entre 120 y 300 millones de dólares en los dieciocho meses siguientes. Se comentaba también que había otros quince acuerdos en vías de negociación. Si daban sus frutos, los ingresos podrían llegar a los 1.500 millones de dólares, según mostraba la presentación en PowerPoint.
Las compañías farmacéuticas iban a utilizar el sistema de análisis de sangre de Theranos para controlar la respuesta de los pacientes a los nuevos medicamentos. Los cartuchos y los lectores se colocarían en los hogares de dichos pacientes durante los ensayos clínicos. Esas personas se pincharían la yema de un dedo varias veces al día, y los lectores transmitirían los resultados de sus análisis de sangre al patrocinador de la prueba. Si esos resultados indicaban una mala reacción al medicamento, el fabricante del mismo podría reducir la dosis inmediatamente, en lugar de esperar hasta el final del ensayo. Ese proceso reduciría los costes de investigación de las compañías farmacéuticas hasta en un 30 por ciento.

Elizabeth constituyó la empresa como Real-Time Cures (Tratamiento en Tiempo Real), que un desafortunado error tipográfico convirtió en «Real-time Curses» (Maldiciones en Tiempo Real) en los cheques de pago de los primeros empleados. Posteriormente, cambió el nombre a Theranos, una combinación de las palabras terapia y diagnóstico .
Para recaudar el dinero que necesitaba, Elizabeth aprovechó sus conexiones familiares. Convenció a Tim Draper, padre de su amiga de la infancia y antigua vecina, Jesse Draper, para que invirtiera un millón de dólares. El nombre de Draper tenía mucho peso y ayudó a darle cierta credibilidad a Elizabeth: el abuelo de Tim había fundado la primera firma de capital riesgo de Silicon Valley a finales de los años cincuenta y la propia empresa de Tim, DFJ, era conocida por sus lucrativas inversiones en compañías como Hotmail, servicio de correo electrónico por Internet.
MedVenture Associates no fue la única firma de capital riesgo que rechazó a la universitaria de diecinueve años que había abandonado los estudios. Sin embargo, aquello no impidió que Elizabeth recaudara un total de casi seis millones de dólares a finales de 2004 procedentes de un cajón de sastre de inversores.
A finales de 2005, dieciocho meses después de haberse unido a Theranos, Shaunak comenzaba a pensar que estaban progresando. La empresa tenía un prototipo, apodado Theranos 1.0, y había crecido hasta contar con más de veinte empleados. También tenía un modelo de negocio que esperaba que generase ingresos rápidamente: pensaba licenciar su tecnología de análisis de sangre a compañías farmacéuticas para ayudarlas a detectar reacciones adversas a los medicamentos durante los ensayos clínicos.

Con el sistema de Theranos, los efectos secundarios de Celebrex podrían eliminarse, lo que permitiría que millones de personas que sufren de artritis siguieran tomando el medicamento para aliviar sus dolores y molestias, explicó. Elizabeth hizo referencia al hecho de que aproximadamente cien mil estadounidenses morían cada año a causa de reacciones adversas a los medicamentos. Theranos acabaría con todas esas muertes, dijo. Literalmente, salvaría vidas.
Era posible que el producto de Theranos ya no fuera la tecnología innovadora y futurista que Elizabeth había imaginado, pero ella seguía estando tan comprometida como siempre con su empresa. De hecho, estaba tan emocionada con el Edison que comenzó a sacarlo de la oficina casi de inmediato para enseñarlo. Tony le comentó a Dave que debían haber construido un par antes de habérselo contado.
Bromas aparte, Tony estaba un poco incómodo con las prisas de Elizabeth. Se había realizado una revisión de seguridad básica para cerciorarse de que no electrocutara a nadie, pero eso era todo. Ni siquiera tenía claro qué tipo de etiqueta ponerle. El equipo legal no fue de mucha ayuda cuando le preguntó al respecto, por lo que buscó por su cuenta las regulaciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés), y decidió que la más apropiada era una etiqueta que rezara: «Para uso exclusivo de investigación».
Aquel no era un producto terminado y nadie debía tener la impresión de que lo era, pensó Tony.

Para una joven empresaria que estaba construyendo un negocio en el corazón de Silicon Valley, era difícil escapar de la sombra de Steve Jobs. En el año 2007, el fundador de Apple había consolidado su leyenda en el mundo de la tecnología y en la sociedad estadounidense en general, al rescatar de las cenizas al fabricante de ordenadores con el iMac, el iPod y la tienda de música iTunes. En enero de aquel año, reveló su última y más genial idea, el iPhone, ante una entusiasta audiencia en la conferencia Macworld en San Francisco.
Para cualquiera que pasara tiempo con Elizabeth, estaba claro que ella adoraba a Jobs y a su empresa, Apple. Le gustaba llamar al sistema de análisis de sangre de Theranos «el iPod del cuidado de la salud» y predijo que, al igual que los productos omnipresentes de Apple, su dispositivo estaría algún día en todos los hogares del país.
En el verano de 2007, llevó su admiración por Apple un paso más allá al reclutar para Theranos a varios de sus empleados.
A principios de 2008, Theranos se trasladó a un nuevo edificio en Hillview Avenue, en Palo Alto. En Silicon Valley era el equivalente de mudarse del sur del Bronx al centro de Manhattan.
En el Valle, las apariencias son primordiales y durante tres años Theranos había estado funcionando en los barrios bajos. El barrio bajo, en ese caso, estaba en la carretera 101, también conocida como la autopista Bayshore. Separa Palo Alto, una de las ciudades más prósperas de los Estados Unidos, de su hermana más pobre, Palo Alto Este, que antaño tuvo la dudosa distinción de ser la capital nacional del crimen.
Con Walgreens y Safeway a bordo como socios minoristas, Elizabeth se enfrentaba repentinamente a un problema que ella misma había creado: les había dicho a ambas compañías que su tecnología podía realizar cientos de pruebas en pequeñas muestras de sangre. La verdad era que el sistema del Edison solo podía realizar inmunoensayos, un tipo de análisis que usaba anticuerpos para medir las sustancias en sangre. Los inmunoensayos incluían algunas pruebas de laboratorio comúnmente solicitadas por los médicos, como son las analíticas para determinar la cantidad de vitamina D o detectar el cáncer de próstata. Pero muchos otros análisis rutinarios, que miden desde el colesterol hasta el azúcar en sangre, requerían técnicas de laboratorio completamente diferentes.
Elizabeth necesitaba un nuevo dispositivo, uno que pudiera realizar más de un tipo de análisis. En noviembre de 2010, contrató a un joven ingeniero llamado Kent Frankovich y le puso a cargo de su diseño.

A pesar de que el nombre de Elizabeth estaba en todas las patentes de Theranos, Richard Fuisz no podía creer que alguien que había abandonado la universidad sin capacitación médica o científica hubiera inventado mucho. Pensó que lo más probable era que otros empleados con titulaciones superiores hubieran hecho el trabajo que ella había patentado.
Mientras las dos partes se preparaban para el juicio, Fuisz reparó en un nombre que aparecía como coinventor en muchas de las patentes de Elizabeth: Ian Gibbons. Investigando un poco, se enteró de algunos hechos básicos sobre el tipo. Gibbons era un británico que tenía un doctorado en Bioquímica por la Universidad de Cambridge y se le acreditaba como inventor en unas cincuenta patentes de los Estados Unidos, incluidas diecinueve derivadas de su trabajo en una compañía llamada Biotrack Laboratories en los años ochenta y noventa.
Fuisz supuso que Gibbons era un científico legítimo y que, como la mayoría de los científicos, era una persona honesta. Si él pudiera lograr que admitiera bajo juramento que no había nada en su patente que hubiera tomado prestado o que fuera igual a las primeras solicitudes de patente de Elizabeth, eso supondría un gran golpe para el caso de Theranos. Joe y él también se habían dado cuenta de que algunas de las patentes de Biotrack de Gibbons eran similares a las de Theranos, lo que exponía a la empresa a cargos de que había reciclado incorrectamente parte de su trabajo anterior. Añadieron el nombre de Gibbons a la lista de testigos que querían presentar. Pero entonces sucedió algo extraño: durante las siguientes cinco semanas, los abogados de Boies Schiller ignoraron su solicitud para programar la declaración de Gibbons. Recelosos, los Fuisz pidieron a sus abogados que insistieran en el asunto.
Dentro de Theranos, la muerte de Ian se trató con el mismo enfoque frío y formal. La mayoría de los empleados ni siquiera fueron informados de ella. Elizabeth se lo notificó solo a un pequeño grupo de veteranos de la empresa en un breve correo electrónico que hacía una vaga mención a celebrar un acto conmemorativo. Ella nunca le dio seguimiento y no se celebró ningún acto.

En el verano de 2013, mientras Chiat\Day se esforzaba por tener lista la página web de Theranos para el lanzamiento comercial de la empresa, el 4S, también conocido como el miniLab, llevaba en proceso de desarrollo más de dos años y medio. Pero el dispositivo seguía siendo una obra inacabada. La lista de sus dificultades era larga.
El mayor problema de todos era la disfuncional cultura corporativa en la que se estaba desarrollando. Elizabeth y Sunny consideraban como un cínico u opositor a cualquier persona que planteara una preocupación o una objeción. Los empleados que persistían en hacerlo solían ser marginados o eran despedidos, mientras que los aduladores eran ascendidos. Sunny había elevado a puestos clave a un grupo de indios zalameros. Uno de ellos era Sam Anekal, el responsable encargado de integrar los diversos componentes del miniLab que se había enfrentado a Ian Gibbons. Otro era Chinmay Pangarkar, un bioingeniero con un doctorado en Ingeniería Química por la Universidad de California en Santa Bárbara.
El 4 de febrero de 2014, Partner Fund compró 5.655.294 acciones de Theranos a un precio de 17 dólares por acción, 2 dólares por acción más de lo que el Lucas Venture Group había pagado solo cuatro meses antes. La inversión aportó otros 96 millones de dólares a las arcas de Theranos y la valoró en unos impresionantes 9.000 millones de dólares. Esto significaba que Elizabeth, que era propietaria de algo más de la mitad de la compañía, poseía ya un patrimonio neto de casi 5.000 millones de dólares.
Parte de lo que hizo tan convincente el personaje de Elizabeth fue su reconfortante mensaje sobre el uso de los prácticos análisis de sangre de Theranos para detectar enfermedades en una fase temprana, de modo que, como explicaba entrevista tras entrevista, nadie tendría que despedirse de sus seres queridos demasiado pronto. En septiembre de 2014, tres meses después de la portada de Fortune , hizo que ese mensaje sonara más conmovedor durante un discurso en la conferencia TEDMED en San Francisco, añadiéndole una dimensión personal: por primera vez, contó en público la historia de su tío, que había muerto de cáncer. Se trataba de la misma historia que Tyler Shultz había encontrado tan inspiradora cuando comenzó a trabajar en Theranos.

Fuisz también tenía sus sospechas de que Theranos realmente pudiera hacer lo que aseguraba. Durante una visita a Palo Alto para las mociones preliminares en el otoño de 2013, llamó al local de Walgreens y les preguntó si podía hacerse allí una prueba de creatinina. Sus médicos le habían diagnosticado recientemente aldosteronismo, un trastorno hormonal que provoca hipertensión, y querían que controlara sus niveles de creatinina para detectar cualquier signo de daño renal. La creatinina es una analítica común, pero la mujer que contestó el teléfono le dijo que el centro del bienestar no la ofrecía sin un permiso especial de la directora ejecutiva de Theranos. Cuando sumó aquello al intenso secretismo de la empresa y al hecho de que esta había desanimado a Ian Gibbons de testificar antes de morir, sospechó.
Fuisz había presentado a Phyllis a la viuda de Ian, Rochelle, y las dos mujeres conectaron por su común desconfianza hacia Elizabeth. Juntos, los tres formaron una pequeña banda de escépticos en lo que a Theranos se refería. El problema era que nadie más parecía compartir sus dudas.
Eso cambiaría cuando, en su número del 15 de diciembre de 2014, The New Yorker publicó un perfil de Elizabeth. En muchos sentidos, era solo una versión más larga de la historia de Fortune que le había hecho saltar a la fama seis meses atrás. La diferencia fue que esta vez lo leyó alguien con conocimientos acerca de las analíticas e inmediatamente dudó.
Ese alguien era Adam Clapper, un patólogo en ejercicio en Columbia (Misuri), quien en su tiempo libre escribía un blog sobre la industria llamado Pathology Blawg . A Clapper todo le parecía demasiado bueno para ser verdad, especialmente la supuesta capacidad de Theranos para realizar montones de pruebas con tan solo una gota de sangre extraída por un pinchazo en la yema de un dedo.

Los primeros días de julio de 2015 trajeron dos buenas noticias para Theranos. La primera fue que la FDA había aprobado la prueba patentada por la compañía para el VHS-1, una de las dos cepas del virus del herpes. La segunda fue que una nueva ley aprobada en Arizona, que permitía a sus ciudadanos hacerse un análisis de sangre sin una autorización del médico —un proyecto de ley que Theranos prácticamente había redactado y por el que había presionado duramente—, estaba a punto de entrar en vigor.
Parte del problema era que, tres años después del encontronazo de Holmes con el teniente coronel David Shoemaker, ahora retirado, Theranos continuaba funcionando en tierra de nadie en cuanto a reglamentos oficiales. Al utilizar sus dispositivos patentados solo dentro de su propio laboratorio y no tratar de comercializarlos, podía evitar el minucioso escrutinio de la FDA. Al mismo tiempo, daba la impresión de cooperar con la agencia al respaldar públicamente su campaña para regular las pruebas desarrolladas en laboratorio, y enviar voluntariamente algunos de sus propios test, como la prueba del herpes, para su aprobación.

En diciembre de 2014, el laboratorio había funcionado sin un director real. Para mantener oculto este dato, Balwani había contratado a un dermatólogo llamado Sunil Dhawan para reemplazar a Beam en la licencia CLIA del laboratorio. Aunque Dhawan no tenía un título o certificación del consejo en patología, técnicamente cumplía con los requisitos estatales y federales porque era médico y había supervisado un pequeño laboratorio afiliado a su consulta de dermatología donde se analizaban muestras de piel. La realidad, sin embargo, era que no estaba cualificado para dirigir un laboratorio clínico de pleno derecho. No es que importara. Balwani solo pretendía que fuera una figura decorativa. Algunos empleados del laboratorio en Newark nunca vieron a Dhawan en el edificio.
Aparte de no tener un responsable, la moral del laboratorio estaba bajo mínimos. Dos meses antes, Balwani había aterrorizado a sus miembros cuando apareció una crítica mordaz sobre Theranos en Glassdoor, página web donde antiguos empleados y quienes todavía trabajaban en ellas evaluaban a las empresas de forma anónima. Titulado «Un montón de mentiras de los relaciones públicas»,rezaba en parte:
La superalta tasa de recambio de personal significa que nunca te aburres en el trabajo. También es bueno si eres introvertido porque todos los turnos están faltos de personal, especialmente si trabajas en el segundo o tercero. Básicamente no existes para la empresa.
¿Por qué molestarse en utilizar batas de laboratorio y gafas de seguridad? No es necesario usar equipo de protección en absoluto. ¿A quién le importa si te contagias de algo como el VIH o la sífilis? ¡A esta empresa desde luego que no!
Lamer culos o ser un lameculos te llevará lejos.
Cómo ganar dinero en Theranos:
1. Mentir a los capitalistas de riesgo.
2. Mentir a los médicos, a los pacientes, a la FDA, a los Centros de Control y Prevención de Enfermedades, al Gobierno. Además de cometer actos muy poco éticos e inmorales (y posiblemente ilegales).

En marzo, un mes después de que yo hubiera empezado a hincarle el diente a Theranos, la compañía cerró otra ronda de financiación. Sin que yo lo supiera, el principal inversor era Rupert Murdoch, el magnate de los medios de comunicación nacido en Australia que controlaba la empresa matriz del Wall Street Journal , News Corporation. De los más de 430 millones de dólares que Theranos recaudó en esa última ronda, 125 millones provenían de Murdoch. Eso lo convertía en el mayor inversor de la empresa.
Murdoch había conocido a Holmes en el otoño de 2014, en una de las grandes galas de Silicon Valley, la cena anual del Premio Breakthrough, que se celebró en el Hangar 1 del Centro de Investigación Ames de la NASA en Mountain View. El premio honra a destacados colaboradores en los campos de las ciencias biológicas, la física fundamental y las matemáticas. Fue creado por el inversor en tecnología ruso Yuri Milner, junto con el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, el cofundador de Google, Sergey Brin, y el magnate chino de la tecnología, Jack Ma. Durante la cena, Holmes se acercó a la mesa de Murdoch, se presentó y se lo cameló.
Se sabía que Murdoch a veces invertía en empresas primerizas de Silicon Valley. Fue uno de los primeros que invirtieron en Uber, donde convirtió una apuesta de 150.000 dólares en unos 50 millones. Pero a diferencia de las grandes empresas de capital riesgo, no hablaba sobre ello. El magnate, de ochenta y cuatro años, tendía a seguir sus instintos, un enfoque que le había servido para construir uno de los imperios de entretenimiento y medios de comunicación más grandes del mundo. La única llamada que realizó antes de invertir en Theranos fue a Toby Cosgrove, director ejecutivo de la Clínica Cleveland. Holmes había mencionado que estaba a punto de anunciar una alianza con el centro cardiológico de renombre mundial. Al igual que Yuri Milner, Cosgrove solo tenía cosas buenas que decir sobre Elizabeth cuando Murdoch lo contactó.
Theranos era, con mucho, la inversión más grande que había hecho Murdoch fuera de los activos de medios de comunicación que él controlaba, que incluían el estudio de cine 20th Century Fox, la cadena de difusión Fox y Fox News. Le conquistaron el carisma y la visión de Holmes, pero también las proyecciones financieras que ella le entregó. Las estimaciones que envió pronosticaban 330 millones de dólares ganancias sobre unos ingresos de 1.000 millones en 2015 y 505 millones en ganancias sobre unos ingresos de 2.000 millones de dólares en 2016. Esas cifras hacían que la valoración de 10.000 millones de dólares pareciera barata en aquel momento.
Otro elemento que hizo que Murdoch se inclinara a invertir en Theranos fue la lista de otros inversores ilustres que ya habían apostado por la empresa. Incluían a Cox Enterprises, corporación familiar con sede en Atlanta, cuyo presidente, Jim Kennedy, era amigo suyo, y el prestigio de los Walton de Walmart. Otros inversores célebres que él no conocía iban desde Bob Kraft, dueño de los New England Patriots, hasta el multimillonario mexicano Carlos Slim y John Elkann, industrial italiano que controlaba Fiat Chrysler Automobiles.

Rápidamente publicamos online mi artículo de seguimiento. Para dejar las cosas claras, revelaba que la FDA había obligado a la compañía a dejar de analizar la sangre extraída de los dedos de los pacientes y declarado su nanotainer un «dispositivo médico no aprobado». La historia llegó a la portada del periódico en papel de la mañana siguiente, lo que proporcionó más combustible para lo que ya era un escándalo en toda regla.
Theranos había emitido un segundo comunicado de prensa aquella mañana que equivalía a lo que llamamos en el mundo del periodismo una «negación sin negación». Continuó admitiendo que la compañía había retirado «temporalmente» sus tubitos de sangre en lo que describía como un movimiento proactivo para buscar que la FDA autorizara su uso.
La mayor mentira fue su negación categórica de que Theranos diluía muestras extraídas por punción digital antes de ejecutarlas en máquinas comerciales. «Lo que describió el Wall Street Journal —que cogíamos una muestra, la diluíamos y la colocábamos en un analizador comercial— es inexacto, pues no es eso lo que hacemos —le dijo a Krim—. De hecho, apuesto a que si lo intentara, no funcionaría, porque sencillamente no es posible diluir una muestra y colocarla en un analizador comercial. Quiero decir, hay muchas cosas que van mal en ese planteamiento».
Pero si Theranos pensaba que ese ruido de sables nos haría abandonar, se equivocaba. Durante las siguientes tres semanas, publicamos cuatro artículos más. Revelaron que Walgreens había detenido una expansión nacional de los centros del bienestar de Theranos que tenía planificada; que Theranos había intentado vender más acciones a una valoración mayor días antes de que se publicara mi primer artículo; que su laboratorio funcionaba sin tener un director real, y que Safeway se había marchado de su asociación previamente no revelada por la preocupación sobre sus pruebas.
Solo había una forma de que terminara la farsa y era si los CMS, el principal regulador de los laboratorios clínicos, tomaban medidas firmes contra la compañía. Yo tenía que averiguar cuál había sido el resultado de esa segunda inspección de los reguladores.

A finales de enero 2016, finalmente pudimos publicar un artículo que informaba de que los inspectores de los CMS habían encontrado deficiencias «serias» en el laboratorio de Newark, citando fuentes familiarizadas con el asunto. La gravedad se puso de manifiesto unos días después, cuando la agencia emitió una carta que envió a la compañía manifestando que esta representaba «un peligro inminente para la salud y la seguridad de los pacientes». La carta daba a la empresa diez días para elaborar un plan de corrección creíble y advertía que fallar en el cumplimiento del plan podría hacer que el laboratorio perdiera su certificación federal rápidamente.
Aquello era importante. La agencia supervisora de los laboratorios clínicos en los Estados Unidos no solo había confirmado que existían problemas significativos con los análisis de sangre de Theranos, sino que había considerado que los problemas eran lo suficientemente graves como para poner a los pacientes en un peligro inminente.
Sin embargo, Theranos continuó minimizando la gravedad de la situación. En una declaración pública, aseguraron que ya habían abordado muchas de las deficiencias y que los hallazgos de la inspección no reflejaban el estado actual del laboratorio de Newark. También afirmaron que los problemas se limitaban a la forma en la que se gestionaba el laboratorio y que no tenían relación con la solidez de la tecnología patentada por la empresa.
Prescribir demasiado anticoagulante puede hacer que los pacientes se desangren, mientras que prescribir muy poco podría exponerlos a coágulos mortales. Theranos no pudo refutar nuestro artículo, pero argumentó una vez más que su tecnología patentada no era un problema. La prueba de tiempo de protrombina se realizaba en muestras venosas regulares con equipo comercial, dijo. Cuando se encontraba entre la espada y la pared, la compañía estaba dispuesta a admitir que usaba analizadores convencionales, si hacerlo podía ayudar a mantener la ilusión de que sus dispositivos propios funcionaban.
En otro golpe abrumador, a principios de julio los CMS continuaron con su amenaza de inhabilitar a Holmes y a su empresa para el negocio de los laboratorios. De modo más inquietante, Theranos era ya objeto de una investigación criminal por parte de la Oficina del Fiscal de los Estados Unidos en San Francisco y de una investigación civil paralela de la Comisión de Bolsa y Valores. A pesar de todos estos contratiempos, Holmes sintió que todavía tenía un as en la manga para dar un giro a la opinión pública: sorprender al mundo con una muestra de su tecnología.
Estaba volviendo a su visión original de las máquinas portátiles de análisis de sangre operadas de forma remota a través de wifi o redes móviles. Por supuesto, después de todo lo que había sucedido, la comercialización de un sistema como aquel, sin la aprobación de la FDA, estaba fuera de toda discusión. Y reunir los estudios completos que la agencia querría ver llevaría años. Por eso era por lo que había tratado de saltarse a la FDA desde un principio.
Sin embargo, el hechizo se rompió durante el turno de preguntas y respuestas, cuando Stephen Master, profesor asociado de Patología en el Centro Médico Weill Cornell, en Nueva York, y uno de los tres panelistas invitados al escenario para hacer preguntas a Holmes, señaló que las capacidades del miniLab estaban muy por debajo de las afirmaciones originales que ella había formulado.

El número de resultados de las pruebas que Theranos anuló o corrigió en California y Arizona finalmente alcanzó casi el millón. Resulta difícil de determinar el daño hecho a los pacientes por todas esas pruebas defectuosas. Diez pacientes han presentado demandas por fraude al consumidor y agresión médica. Uno de ellos alega que los análisis de sangre de Theranos no pudieron detectar su enfermedad cardíaca, lo que le llevó a sufrir un ataque al corazón que se podría haber prevenido. Las demandas se han unificado en una demanda colectiva ante un tribunal federal de Arizona. Queda por ver si los demandantes pueden demostrar ante el tribunal los daños sufridos.
Una cosa es segura: las posibilidades de que hubiera muerto gente por diagnósticos que no se detectaron o tratamientos médicos incorrectos se habrían incrementado de manera exponencial si la compañía hubiera ampliado sus servicios de análisis de sangre a las otras 8.134 tiendas de Walgreens en los Estados Unidos, tal y como estaba a punto de hacer.

El 14 de marzo de 2018, la Comisión de Bolsa y Valores acusó a Theranos, Holmes y Balwani de llevar a cabo «un complejo fraude durante años». Para hacer frente a los cargos civiles presentados por la agencia, Holmes se vio obligada a renunciar a su control de voto sobre la compañía, a devolver una buena parte de sus acciones y a pagar una multa de quinientos mil dólares. También aceptó que se le prohibiera ser funcionaria o directiva en una empresa pública durante diez años. Incapaz de llegar a un acuerdo con Balwani, la Comisión de Bolsa y Valores presentó una demanda contra él en un tribunal federal de California. Mientras tanto, la investigación criminal siguió cobrando fuerza.
El término vaporware se acuñó a principios de los años ochenta para describir el nuevo software o hardware de ordenador que se anunciaba a bombo y platillo y que tardaría años en materializarse, si es que alguna vez se materializaba. Reflejaba la tendencia de la industria a tomarse las cosas a la ligera cuando se trataba de marketing . Microsoft, Apple y Oracle fueron acusados de practicarlo en un momento u otro. Esas promesas excesivas se convirtieron en una de las características que definían a Silicon Valley. El daño hecho a los consumidores era menor, pues se medía en frustración y expectativas desinfladas.
Al posicionar a Theranos como una empresa tecnológica en el corazón del Valle, Holmes canalizó esa cultura del «fingirlo hasta lograrlo», e hizo todo lo posible por ocultar la farsa. Muchas empresas en Silicon Valley hacen que sus empleados firmen acuerdos de confidencialidad, pero en Theranos la obsesión por el secretismo alcanzó un nivel completamente diferente. Se prohibió a los empleados poner «Theranos» en sus perfiles de LinkedIn. Por el contrario, se les dijo que escribieran que trabajaban para una «empresa privada de biotecnología».
Publicitar tu producto para obtener financiación mientras ocultas su verdadero progreso, con la esperanza de que la realidad eventualmente se ponga al día con la exageración, continúa siendo tolerado en la industria tecnológica. Pero es esencial tener en cuenta que Theranos no era una empresa tecnológica en el sentido tradicional del término. Era ante todo una empresa de atención sanitaria. Su producto no era un tipo de software, sino un dispositivo médico que analizaba la sangre de las personas. Como a la propia Holmes le gustaba señalar en sus entrevistas con los medios y en las apariciones públicas que hacía en el apogeo de su fama, los médicos basan el 70 por ciento de sus decisiones sobre tratamientos en los resultados obtenidos en el laboratorio. Ellos confían en que el equipo de ese laboratorio funcione tal y como se anuncia. De lo contrario, se pone en peligro la salud del paciente.
En todo caso, fue Holmes la manipuladora. Se iba metiendo a la gente en el bolsillo, persuadiéndoles para que hicieran lo que les pedía.

A menudo se describe a un sociópata como alguien con poca o ninguna conciencia. Dejaré a los psicólogos decidir si Holmes encaja con el perfil clínico, pero no hay duda de que su brújula moral estaba bastante torcida.
El 14 de junio de 2018, tres semanas después de la publicación de la edición de este libro en tapa dura, Holmes y Balwani fueron acusados de dos cargos de conspiración para cometer fraude electrónico y nueve cargos de fraude electrónico.

Al presentar cargos penales contra los dos exejecutivos de Theranos, los fiscales federales enviaron un mensaje a todos los empresarios de Silicon Valley: ya no se tolerarían faltas de conducta graves so pretexto de innovar. Detrás del espíritu empresarial, «hay normas legales que requieren honestidad, juego limpio y transparencia», dijo Alex G. Tse, abogado en funciones de los Estados Unidos en San Francisco.
En cuanto a Theranos, la compañía se quedó sin dinero en septiembre de 2018 y se disolvió. Fortress Investment Group, la empresa de capital privado que le concedió un préstamo a finales de 2017, tomó posesión de sus patentes. Mientras tanto, los documentos judiciales de una de las demandas de los inversores revelaron que la secretaria de Educación, Betsy DeVos, se encontraba entre los mayores inversores de la compañía. La familia de la señora DeVos perdió 100 millones de dólares, la misma suma que la familia Cox. Sus pérdidas fueron superadas solo por las de Rupert Murdoch, que perdió 121 millones de dólares (recuperó 4 millones por medio de un acuerdo legal) y dos herederos de Walton, que habían invertido un total de 150 millones de dólares. Otras víctimas del presunto fraude son el mexicano Carlos Slim (30 millones), el heredero de una naviera griega (25 millones), la familia sudafricana que antes controlaba la empresa de diamantes De Beers (20 millones) y muchos inversores más pequeños que aportaron un total de aproximadamente 70 millones de dólares a la empresa de análisis de sangre a través de fondos de riesgo.
En total, aquellos que invirtieron en Theranos han perdido casi 1.000 millones de dólares.

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“Bad Blood” details the fascinating journey of a brilliant, soulless, young entrepreneur in pursuit of riches and fame. The story has heroes and villains, twisting and turning subplots, political intrigue and -even while we know the eventual outcome- plenty of surprises. It has all the elements of a good fictional thriller, but what makes this story most shocking and intriguing — is the fact that it really happened. The details in this book will leave you shaking in your boots when you realize the scale of Elizabeth Holmes’ deception and the impact it might have had on public health.
While aware of the Theranos story playing out at the time, “Bad Blood” provides a more detailed accounting of events. This book doesn’t sugar coat the bitter pill and is a triumph of investigative journalism. John Carreyrou’s research and reporting for this book were outstanding! By exposing the fraud that Holmes and Theranos were, we now know that intelligent people were duped, money and resources were wasted, and lives were saved. Non-fiction is not really my cup of tea, but I find this captivating , well documented, and it’s narrated like a novel. Don’t let the blood testing science specifics in the first half drive you away –the second half more than makes up for it in drama, and it ramps up at the end.
I do carry some doubt that every word written in the book is true. Most of us will never know the whole story, and even every story has two sides. But Holmes certainly didn’t make it easy to see her side of the story when all the facts were laid out. I felt Carreyrou tried to give an even hand as much as possible, but the evidence is too damning to be sympathetic on the very long term deception.
Transparency and accountability should be paramount in corporate governance, government, and personal relationships –and this is certainly reinforced in this book. While I find it disgusting what Holmes and Balwani did, I’m even more disappointed our society would allow such a sham to be perpetuated. No one brave enough to say “the emperor has no clothes!”Everyone wanted to believe in the story so badly, that no one did the basic due diligence on many of Theranos’ claims. We should all be grateful that there are people like Tyler Shultz and John Carreyrou out there.

Tips on how to make an unicorn:
– Be a sociopath
– Excel at sales&marketing
– Get some cool people on your Board

Tips to how to fake it till you make it?
– Hire a lot of lawyers
– Intimidate all your employees
– Pretend that you are a vocal proponent of a cause that you are actually against

How to make it as a woman in the tech world?
– Baritone
– Intese staring

What can fuck up your amazing future as a tech billionaire?
– Facts and data
I love any story that shows how sales&marketing can change the world. This one is awesome. Scary, but awesome.

Elizabeth Anne Holmes knew from an early age that she wanted to be a successful businesswoman.
At the age of seven, she set out to design a time machine and filled a notebook with detailed engineering drawings.
At the age of nine or ten, at a family reunion, one of her relatives asked her the question that, sooner or later, all children are asked: «What do you want to do when you grow up?»
Elizabeth answered without hesitation:
«I want to be a billionaire.»
«Wouldn’t you rather be president?» Asked the familiar.
«No, the president will marry me because I’ll have a billion dollars.»

The former IBM executive was in charge of the bioinformatics department at Theranos, a startup or startup with a state-of-the-art blood analysis system. The company had just completed its first major live demonstration for a pharmaceutical company. Elizabeth Holmes, the 22-year-old founder of Theranos, had flown to Switzerland and shown the potentialities of the system to executives at Novartis, the European pharmaceutical giant.
That was a defining moment for Theranos. The startup, created three years earlier, had gone from being an ambitious idea that Holmes had dreamed up at his Stanford residence hall to becoming a real product that interested a large multinational corporation.
A major reason for the good valuation was the deals Theranos told investors it had struck with different pharmaceutical partners. A set of slides listed six deals with five companies that would generate revenues of between $ 120 million and $ 300 million in the next eighteen months. It was also commented that there were another fifteen agreements under negotiation. If they pay off, revenue could reach $ 1.5 billion, the PowerPoint presentation showed.
Pharmaceutical companies were to use Theranos blood test system to monitor patients’ response to new drugs. Cartridges and readers would be placed in the homes of such patients during clinical trials. Those people would prick their fingertip several times a day, and readers would transmit the results of their blood tests to the test sponsor. If those results indicated a bad reaction to the drug, the drug manufacturer could reduce the dose immediately, rather than waiting until the end of the trial. That process would reduce drug companies’ research costs by as much as 30 percent.

Elizabeth formed the company as Real-Time Cures, which an unfortunate typographical error turned into «Real-time Curses» on early employee paychecks. Later, she changed the name to Theranos, a combination of the words therapy and diagnosis.
To raise the money she needed, Elizabeth took advantage of her family connections. She convinced Tim Draper, father of her childhood friend and former neighbor, Jesse Draper, to invest a million dollars. Draper’s name carried a lot of weight and helped give Elizabeth some credibility: Tim’s grandfather had founded Silicon Valley’s first venture capital firm in the late 1950s, and Tim’s own company, DFJ, was known for her lucrative investments in companies like Hotmail, an Internet email service.
MedVenture Associates wasn’t the only venture capital firm to turn down the nineteen-year-old college dropout. However, that didn’t stop Elizabeth from raising a total of nearly $ 6 million at the end of 2004 from a mixed bag of investors.
In late 2005, eighteen months after joining Theranos, Shaunak was beginning to think they were making progress. The company had a prototype, dubbed Theranos 1.0, and had grown to more than twenty employees. She also had a business model that she hoped would generate revenue quickly: She planned to license her blood testing technology to pharmaceutical companies to help them detect adverse drug reactions during clinical trials.

With the Theranos system, the side effects of Celebrex could be eliminated, allowing millions of arthritis sufferers to continue taking the drug to relieve their aches and pains, he explained. Elizabeth referenced the fact that approximately 100,000 Americans died each year from adverse drug reactions. Theranos would end all those deaths, she said. It would literally save lives.
Theranos’s product might no longer be the innovative and futuristic technology Elizabeth had envisioned, but she was still as committed as ever to her company. In fact, she was so excited about the Edison that she started taking it out of the office almost immediately to show it off. Tony commented to Dave that they must have built a pair before they told him.
Joking aside, Tony was a bit uncomfortable with Elizabeth’s rush. She’d had a basic safety check done to make sure she wasn’t electrocuting anyone, but that was it. She wasn’t even sure what kind of label to put on her. The legal team was not very helpful when asked about it, so he looked up the Food and Drug Administration (FDA) regulations on his own, and decided that the most appropriate was a label that It will read: «For research use only.»
This was not a finished product and no one should have the impression that it was, Tony thought.

For a young businesswoman building a business in the heart of Silicon Valley, it was hard to escape the shadow of Steve Jobs. In 2007, the founder of Apple had established his legend in the world of technology and in American society in general, by rescuing the computer manufacturer from the ashes with the iMac, iPod and the iTunes music store . In January of that year, he revealed his latest and greatest idea, the iPhone, to an enthusiastic audience at the Macworld conference in San Francisco.
To anyone who spent time with Elizabeth, it was clear that she adored Jobs and his company, Apple. She liked to call Theranos blood test system «the iPod of health care» and she predicted that, like Apple’s ubiquitous products, her device would one day be in every household in the country.
In the summer of 2007, she took her admiration for Apple a step further by recruiting several of her employees to Theranos.
In early 2008, Theranos moved into a new building on Hillview Avenue in Palo Alto. In Silicon Valley it was the equivalent of moving from the South Bronx to downtown Manhattan.
In the Valley, appearances are paramount and for three years Theranos had been operating in the slums. The slum, in that case, was on Highway 101, also known as the Bayshore Highway. It separates Palo Alto, one of the most prosperous cities in the United States, from its poorer sister, Palo Alto Este, which once had the dubious distinction of being the national capital of crime.
With Walgreens and Safeway on board as retail partners, Elizabeth was suddenly faced with a problem that she had created herself: She had told both companies that her technology could perform hundreds of tests on small blood samples. The truth was, the Edison’s system could only perform immunoassays, a type of test that used antibodies to measure substances in the blood. The immunoassays included some laboratory tests commonly requested by doctors, such as analytics to determine the amount of vitamin D or detect prostate cancer. But many other routine tests, measuring everything from cholesterol to blood sugar, required completely different laboratory techniques.
Elizabeth needed a new device, one that could perform more than one type of analysis. In November 2010, she hired a young engineer named Kent Frankovich and put him in charge of her design.

Despite the fact that Elizabeth’s name was on all Theranos patents, Richard Fuisz couldn’t believe that someone who had dropped out of college without medical or scientific training would have invented much. He thought it was most likely that other employees with higher degrees had done the work she had patented.
As the two sides prepared for trial, Fuisz noticed a name that appeared as a co-inventor on many of Elizabeth’s patents: Ian Gibbons. Doing some research, she learned some basic facts about the guy. Gibbons was a Briton who had a Ph.D. in Biochemistry from Cambridge University and was credited as an inventor on some fifty United States patents, including nineteen stemming from his work at a company called Biotrack Laboratories in the 1980s and 1990s. .
Fuisz assumed that Gibbons was a legitimate scientist and that, like most scientists, he was an honest person. If he could get her to admit under oath that there was nothing in his patent that he had borrowed or that was the same as Elizabeth’s early patent applications, that would be a huge blow to Theranos’s case. He and Joe had also realized that some of Gibbons’s Biotrack patents were similar to Theranos’s, exposing the company to charges that he had improperly recycled some of his previous work. They added Gibbons’s name to the list of witnesses they wanted to present. But then a strange thing happened: For the next five weeks, Boies Schiller’s attorneys ignored his request to schedule Gibbons’s testimony. Suspicious, the Fuiszes asked their lawyers to press the matter.
Within Theranos, Ian’s death was treated with the same cold and formal approach. Most of the employees were not even informed of it. Elizabeth only notified a small group of company veterans in a short email that made vague mention of holding a memorial event. She never followed up on him and no act was held.

In the summer of 2013, as Chiat \ Day struggled to get the Theranos website ready for the company’s commercial launch, the 4S, also known as the miniLab, had been in development for over two and a half years. But the device was still an unfinished work. The list of his difficulties was long.
The biggest problem of all was the dysfunctional corporate culture in which it was developing. Elizabeth and Sunny viewed anyone who raised a concern or objection as a cynic or opponent. Employees who persisted in doing so were often marginalized or fired, while sycophants were promoted. Sunny had elevated a group of smooth-talking Indians to key positions. One of them was Sam Anekal, the person in charge of integrating the various components of the miniLab who had faced off with Ian Gibbons. Another was Chinmay Pangarkar, a bioengineer with a Ph.D. in Chemical Engineering from the University of California, Santa Barbara.
On February 4, 2014, the Partner Fund purchased 5,655,294 shares of Theranos at a price of $ 17 per share, $ 2 per share more than what the Lucas Venture Group had paid just four months earlier. The investment brought another $ 96 million to Theranos coffers and was valued at an impressive $ 9 billion. This meant that Elizabeth, who owned just over half of the company, already had a net worth of almost $ 5 billion.
Part of what made Elizabeth’s character so compelling was her comforting message about using Theranos’ handy blood tests to detect disease at an early stage, so that, as she explained in interview after interview, no one would have to say goodbye to her loved ones too soon. In September 2014, three months after the cover of Fortune, he made that message sound even more poignant during a speech at the TEDMED conference in San Francisco, adding a personal dimension to it: for the first time, he publicly told the story of his uncle, who had died of cancer. It was the same story that Tyler Shultz had found so inspiring when he started working on Theranos.

Fuisz also had his suspicions that Theranos could actually do what he claimed. During a visit to Palo Alto for preliminary motions in the fall of 2013, he called the local Walgreens and asked if he could get a creatinine test there. Her doctors had recently diagnosed her with aldosteronism, a hormonal disorder that causes hypertension, and they wanted her to monitor her creatinine levels for any signs of kidney damage. Creatinine is a common test, but the woman who answered the phone told her that the wellness center would not offer it without special permission from Theranos CEO. When she added to the intense secrecy of the company and the fact that it had discouraged Ian Gibbons from testifying before he died, she became suspicious.
Fuisz had introduced Phyllis to Ian’s widow, Rochelle, and the two women connected over their common mistrust of Elizabeth. Together, the three of them formed a small band of skeptics where Theranos was concerned. The problem was, no one else seemed to share his doubts.
That would change when, in its December 15, 2014 issue, The New Yorker published a profile of Elizabeth. In many ways, it was just a longer version of the Fortune story that had brought him to fame six months ago. The difference was, this time it was read by someone with knowledge of analytics and immediately hesitated.
That someone was Adam Clapper, a practicing pathologist in Columbia, Missouri, who in his spare time wrote an industry blog called Pathology Blawg. Clapper found it all too good to be true, especially Theranos’s supposed ability to perform tons of tests with just a single drop of blood drawn from a finger prick.

The first days of July 2015 brought two good news for Theranos. The first was that the FDA had approved the company’s proprietary test for HSV-1, one of two strains of the herpes virus. The second was that a new law passed in Arizona, allowing its citizens to have their blood tested without a doctor’s authorization – a bill Theranos had practically drafted and pushed hard for – was about to go in. in force.
Part of the problem was that, three years after Holmes’s run-in with Lieutenant Colonel David Shoemaker, now retired, Theranos continued to operate in no-man’s-land by official regulations. By using his proprietary devices only within his own laboratory and not trying to commercialize them, he was able to avoid scrutiny from the FDA. At the same time, it appeared to be cooperating with the agency by publicly endorsing its campaign to regulate laboratory-developed tests, and voluntarily submitting some of its own tests, such as the herpes test, for approval.

As of December 2014, the laboratory had operated without a real director. To keep this information hidden, Balwani had hired a dermatologist named Sunil Dhawan to replace Beam on the lab’s CLIA license. Although Dhawan did not have a degree or board certification in pathology, he technically met state and federal requirements because he was a physician and had supervised a small laboratory affiliated with his dermatology practice where skin samples were analyzed. The reality, however, was that he was not qualified to run a full-fledged clinical laboratory. Not that it mattered. Balwani only intended him to be a decorative figure. Some lab employees in Newark never saw Dhawan in the building.
Apart from not having a person in charge, the morale of the laboratory was low. Two months earlier, Balwani had terrified its members when a scathing review of Theranos appeared on Glassdoor, a website where former employees and those still working at them evaluated companies anonymously. Entitled «Lots of Public Relations Lies,» it read in part:
The super high turnover rate means you never get bored at work. It’s also good if you’re an introvert because all shifts are understaffed, especially if you work second or third. You basically don’t exist for the company.
Why bother wearing lab coats and safety glasses? No need to wear protective gear at all. Who cares if you get something like HIV or syphilis? Certainly not this company!
Ass licking or being an ass licker will get you far.
How to make money on Theranos:
1. Lying to venture capitalists.
2. Lying to doctors, patients, the FDA, the Centers for Disease Control and Prevention, the Government. In addition to committing very unethical and immoral (and possibly illegal) acts.

In March, a month after I had started to sink my teeth into Theranos, the company closed another round of funding. Unbeknownst to me, the main investor was Rupert Murdoch, the Australian-born media mogul who controlled the Wall Street Journal’s parent company, News Corporation. Of the more than $ 430 million Theranos raised in that latest round, 125 million came from Murdoch. That made him the largest investor in the company.
Murdoch had met Holmes in the fall of 2014, at one of Silicon Valley’s great galas, the annual Breakthrough Award dinner, held in Hangar 1 of NASA’s Ames Research Center in Mountain View. The award honors outstanding contributors in the fields of life sciences, fundamental physics, and mathematics. It was created by Russian tech investor Yuri Milner, along with Facebook founder Mark Zuckerberg, Google co-founder Sergey Brin, and Chinese tech mogul Jack Ma. Over dinner, Holmes approached the table. Murdoch, introduced himself and talked about it.
Murdoch was known to sometimes invest in startups in Silicon Valley. He was one of the first to invest in Uber, where he turned a $ 150,000 bet into about 50 million. But unlike the big venture capital firms, he didn’t talk about it. The eighty-four-year-old tycoon tended to follow his instincts, an approach that had helped him build one of the world’s largest media and entertainment empires. The only call he made before investing in Theranos was to Toby Cosgrove, executive director of the Cleveland Clinic. Holmes had mentioned that he was about to announce a partnership with the world-renowned heart center. Like Yuri Milner, Cosgrove only had good things to say about Elizabeth when Murdoch contacted him.
Theranos was by far the largest investment Murdoch had made outside of the media assets he controlled, which included the 20th Century Fox film studio, the Fox broadcast network, and Fox News. He was won over by the charisma and vision of Holmes, but also by the financial projections she gave him. Estimates he submitted predicted $ 330 million profit on revenue of $ 1 billion in 2015 and $ 505 million in profit on revenue of $ 2 billion in 2016. Those figures made the $ 10 billion valuation look cheap at the time.
Another element that made Murdoch inclined to invest in Theranos was the list of other illustrious investors who had already bet on the company. They included Cox Enterprises, an Atlanta-based family corporation whose president, Jim Kennedy, was a friend of his, and the prestige of the Waltons at Walmart. Other famous investors he did not know ranged from Bob Kraft, owner of the New England Patriots, to Mexican billionaire Carlos Slim and John Elkann, an Italian industrialist who controlled Fiat Chrysler Automobiles.

In late January 2016, we were finally able to publish an article reporting that CMS inspectors had found «serious» deficiencies in the Newark lab, citing sources familiar with the matter. The severity was revealed a few days later, when the agency issued a letter to the company stating that it represented «an imminent danger to the health and safety of patients.» The letter gave the company ten days to come up with a credible remediation plan and warned that failure to comply with the plan could cause the laboratory to lose its federal certification quickly.
This was important. The supervisory agency for clinical laboratories in the United States had not only confirmed that there were significant problems with Theranos blood tests, but had deemed the problems serious enough to put patients in imminent danger.
However, Theranos continued to downplay the seriousness of the situation. In a public statement, they said they had already addressed many of the deficiencies and that the inspection findings did not reflect the current state of the Newark laboratory. They also claimed that the problems were limited to the way the laboratory was run and had no bearing on the robustness of the company’s proprietary technology.
Prescribing too much anticoagulant can cause patients to bleed out, while prescribing too little could expose them to deadly clots. Theranos was unable to refute our article, but argued once again that its proprietary technology was not a problem. The prothrombin time test was performed on regular venous samples with commercial equipment, he said. When it was between a rock and a hard place, the company was willing to admit that it used conventional analyzers, if doing so could help maintain the illusion that its own devices worked.
In another overwhelming blow, in early July CMS continued its threat to disqualify Holmes and his company from the laboratory business. More disturbingly, Theranos was already the subject of a criminal investigation by the United States Attorney’s Office in San Francisco and a parallel civil investigation by the Securities and Exchange Commission. Despite all these setbacks, Holmes felt that he still had an ace up his sleeve to turn public opinion around: surprising the world with a taste of his technology.
He was returning to his original vision of portable blood test machines operated remotely over Wi-Fi or mobile networks. Of course, after everything that had happened, marketing such a system without FDA approval was out of the question. And putting together the full studies the agency would want to see would take years. That was why he had tried to bypass the FDA all along.
However, the spell was broken during question-and-answer time, when Stephen Master, associate professor of pathology at Weill Cornell Medical Center in New York, and one of three panelists invited to the stage to ask Holmes questions, noted that the miniLab’s capabilities were well below the original claims she had made.

The number of test results that Theranos overruled or corrected in California and Arizona eventually reached nearly one million. It is difficult to determine the harm done to patients by all these flawed tests. Ten patients have filed consumer fraud and medical assault lawsuits. One of them alleges that Theranos’s blood tests failed to detect her heart disease, leading to a heart attack that could have been prevented. The lawsuits have been consolidated into a class action lawsuit in federal court in Arizona. It remains to be seen whether the plaintiffs can prove the damages suffered in court.
One thing’s for sure: The chances that people had died from undetected diagnoses or improper medical treatments would have increased exponentially if the company had expanded its blood testing services to the other 8,134 Walgreens stores in the United States, just as I was about to do.

On March 14, 2018, the Securities and Exchange Commission charged Theranos, Holmes and Balwani with carrying out «a complex fraud for years.» To address the civil charges brought by the agency, Holmes was forced to relinquish her voting control over the company, return a good portion of her stock, and pay a $ 500,000 fine. She also agreed to be banned from being an official or manager in a public company for ten years. Unable to settle with Balwani, the Securities and Exchange Commission filed a lawsuit against him in federal court in California. Meanwhile, the criminal investigation continued to gather steam.
The term vaporware was coined in the early 1980s to describe new computer software or hardware that was advertised with great fanfare and would take years to materialize, if it ever did. It reflected the industry’s tendency to take things lightly when it came to marketing. Microsoft, Apple and Oracle were accused of practicing it at one time or another. Those overpromises became one of Silicon Valley’s defining characteristics. The harm done to consumers was less, measured in frustration and deflated expectations.
By positioning Theranos as a tech company in the heart of the Valley, Holmes channeled that «fake it until you make it» culture and did everything he could to hide the charade. Many companies in Silicon Valley have their employees sign confidentiality agreements, but in Theranos the obsession with secrecy reached a whole different level. Employees were prohibited from posting «Theranos» on their LinkedIn profiles. Rather, they were told to write that they worked for a «private biotech company.»
Advertising your product for funding while concealing its true progress, in the hope that reality will eventually catch up with the hype, continues to be tolerated in the tech industry. But it is essential to note that Theranos was not a technology company in the traditional sense of the term. It was first and foremost a healthcare company. His product was not a type of software, but a medical device that analyzed people’s blood. As Holmes herself was fond of pointing out in her media interviews and public appearances at the height of her fame, doctors base 70 percent of their treatment decisions on results obtained in the laboratory. . They trust the equipment in that lab to work as advertised. Otherwise, the patient’s health is endangered.
In any case, Holmes was the manipulator. She kept putting people in her pocket, persuading them to do what she asked them to do.

A sociopath is often described as having little or no conscience. I’ll let the psychologists decide if Holmes fits the clinical profile, but there is no question that his moral compass was quite crooked.
On June 14, 2018, three weeks after the publication of this hardcover edition of this book, Holmes and Balwani were charged with two counts of conspiracy to commit wire fraud and nine counts of wire fraud.

By bringing criminal charges against the two former Theranos executives, federal prosecutors sent a message to all Silicon Valley entrepreneurs: Serious misconduct would no longer be tolerated under the guise of innovation. Behind entrepreneurship, «there are legal rules that require honesty, fair play and transparency,» said Alex G. Tse, acting attorney for the United States in San Francisco.
As for Theranos, the company ran out of money in September 2018 and was dissolved. Fortress Investment Group, the private equity firm that granted him a loan in late 2017, took possession of his patents. Meanwhile, court documents in one of the investors’ lawsuits revealed that Education Secretary Betsy DeVos was among the company’s largest investors. Mrs. DeVos’s family lost $ 100 million, the same amount as the Cox family. His losses were exceeded only by those of Rupert Murdoch, who lost $ 121 million (recovered $ 4 million through a legal settlement) and two Walton heirs, who had invested a total of $ 150 million. Other victims of the alleged fraud are the Mexican Carlos Slim (30 million), the heir of a Greek shipping company (25 million), the South African family that previously controlled the diamond company De Beers (20 million) and many smaller investors who contributed a total of approximately $ 70 million to the blood testing company through venture funds.
In total, those who invested in Theranos have lost nearly $ 1 billion.

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