Detectives: La Realidad Y La Leyenda — John Walton / The Legendary Detective: The Private Eye in Fact and Fiction by John Walton

Excelente relato de cómo funcionaban las agencias de detectives privados en los siglos XIX y XX. El autor ha realizado una gran cantidad de investigaciones originales y es capaz de vincular a los detectives reales con sus contrapartes imaginarias. Me gustaron especialmente las secciones sobre investigadores independientes, como Nick Harris. Es bueno ver enfoques académicos reales sobre temas como este, ya que se ha escrito demasiada basura a lo largo de los años.

La obra de Dashiell Hammett ilustra la relación entre los negocios y la cultura popular: cómo las representaciones culturales surgen de la economía de servicios y cómo, a su vez, se convierten en mercancías a la venta. Este estudio se centra en la interdependencia de dos empresas comerciales: las agencias de detectives y la producción de cultura popular.
El detective privado, una de nuestras figuras culturales más conocidas, nos ofrece un caso clínico de cómo se construyen socialmente las leyendas. Aunque a veces ambos términos se puedan usar de manera indistinta, el término leyenda captura de un modo más eficaz que el vocablo mito las fuerzas explicativas en juego. Pero mito tiene una connotación de error, engaño o escepticismo, de algo en lo que se ha obligado al pueblo a creer. «Leyenda» tiene más peso y más matices, y hace referencia a una comprensión colectiva en la que hechos y ficción se funden en sólidas narrativas. Los mitos invitan a ser refutados, mientras que las leyendas provocan investigación, así como una apreciación de sus contenidos y orígenes. Nada de todo esto queda capturado en la provocativa, si bien resbaladiza, noción de «tradiciones inventadas», que hace referencia a prácticas, rituales y representaciones específicas.
El detective de leyenda es una figura internacional que debe mucho a su desarrollo en Estados Unidos, pero con pedigríes muy distintos en Inglaterra y Francia y amalgamas culturales de sorprendente portabilidad geográfica. La relevancia de la leyenda del detective varía internacionalmente, desde su ubicuidad en Estados Unidos a su marginalidad en sociedades en que la detección del crimen es una función exclusivamente estatal. A escala nacional, el detective de leyenda existe junto a otros iconos culturales como los cowboys (vaqueros), los forajidos y los okies.

El trabajo policial consistía sobre todo en capturar ladrones y restituir propiedades privadas. Los bienes hurtados solían aparecer una vez que el detective-negociador llegaba a un acuerdo a cambio de cierta cantidad de dinero. El ladrón prudente podía también comprar protección policial. Vidocq se encontraba en el centro de este mundo, y se retiró, rico, tras fundar en 1827 su propia agencia de detectives, el Bureau des Renseignements. La agencia prosperó, con oficinas en una de las exclusivas galerías acristaladas de París, un personal de 40 agentes y un modelo de negocio que engendró un buen número de agencias rivales.
La palabra «detective» procede del latín detegere , que significa ‘exponer’ o ‘revelar’, una práctica con connotaciones odiosas en Gran Bretaña. Habría que esperar hasta 1842 para que se añadiera a la fuerza una rama de investigación, orientada a la prevención, y a que los primeros detectives comenzaran a trabajar y buscar aceptación. En Inglaterra los detectives privados eran casi desconocidos. Charles Frederick Field se retiró de la Policía Metropolitana a mediados de la década de 1850 para pasar a la práctica privada, aunque se metió en problemas por seguir presentándose como funcionario público. Ignatius Paul Pollaky fundó Pollaky’s Private Inquiry Office en 1862, ciertamente entre las primeras de su clase, y prometía investigaciones discretas en casos de elección, divorcios y libelos. Más conocidos como «agentes interrogadores», estos investigadores trabajaban sobre todo en temas matrimoniales.
Pinkerton tuvo la idea de ofrecer un nuevo servicio a los ferrocarriles: una policía privada que emplearía métodos de investigación no solo para atrapar a los ladrones y recuperar el botín, sino también para evitar el robo. Contrató a antiguos y experimentados investigadores de la policía para que vigilasen los trenes y las estaciones y alertasen de los delitos, y para que observaran los refugios de los depredadores del ferrocarril: cantinas y pensiones en los que los ladrones reunían información acerca de potenciales objetivos. Cuando ofreció este nuevo servicio, Pinkerton adoptó los métodos del espía a la tarea de policía de incógnito.
De Vidocq a Pinkerton, el detective privado fue siempre una figura de turbia legitimidad. El mero acto de «detectar» se combinaba con facilidad con el espionaje ilícito, y los primeros agentes del oficio procedían del submundo criminal. Ya en 1871, un periodista de Nueva York había descubierto pruebas de «flagrantes operaciones que han hecho del término “detective privado” sinónimo de delincuente.

William J. Burns disfrutaba de su título de «mejor detective de América». Aunque es probable que el halago procediera de sí mismo, lo cierto es que no era inmerecido. Durante las dos primeras décadas del siglo XX , gracias a su prodigiosa promoción y a un decidido talento para la investigación y ciertas afortunadas decisiones, Burns fue ciertamente el más publicitado de los detectives estadounidenses. Aunque por edad estaba más cerca de la primera generación de detectives, representa mejor a una segunda generación en el desarrollo de la industria, una del siglo XX . Burns comienza su agencia con una orientación nacional y una organización corporativa. Sus clientes y sujetos de investigación son casi siempre actores institucionales, empresas y sindicatos, en lugar de forajidos y asesinos. Conforme la industria cambia, lo mismo sucede con los hombres y mujeres que trabajan en las agencias. Aventureros y advenedizos ceden lugar a gestores y trabajadores.
Los fundadores de agencias eran un grupo pequeño pero característico. Allan Pinkerton era un inmigrante escocés, había trabajado como botero (fabricante de barricas) antes de acceder a un breve trabajo en la policía de Chicago y luego comenzar su propia «agencia de policía» como respuesta a las oportunidades que planteaban los ferrocarriles. Burns era hijo de un sastre irlandés inmigrante; William Baldwin había sido encargado de una pequeña tienda; Gus Thiel, soldado durante la guerra de Secesión; el empleado de la Pinkerton James Wood había sido policía en Chicago. La mayoría pasaron de cuerpos policiales locales a pequeñas firmas privadas, y de ellas, a sus recién creadas agencias, inicialmente como propietario y trabajador único. Tanto Pinkerton como Burns poseían una importante experiencia en el gobierno. Ya surge un patrón. Se trataba de hombres (y algunas, muy pocas, mujeres) de orígenes sociales modestos, emprendedores hechos a sí mismos en el oficio, en rápido cambio, del detective privado: en realidad, creadores de ese oficio.
La notable Cora Strayer dirigía una agencia de Chicago especializada en asuntos de mujeres. La agencia aseguraba que su fecha de fundación era 1890, aunque bien podía ser una exageración, dado que por esa fecha Strayer tenía solo veintiún años y estaba casada (y próxima a quedarse viuda). Los primeros anuncios de sus servicios aparecieron en los diarios en 1902. La agencia estaba situada encima de una taberna en el 5443 de West Lake antes de mudarse al sur en 1905, al 3104 de Cottage Grove. La firma estaba dirigida a clientas con problemas domésticos pero empleaba a hombres y mujeres, incluido George S. Holben, superintendente del «departamento criminal». La intriga se apropió del lugar cuando Holben, que en 1910 vivía con Cora, murió a manos de Stephen Ayers, un exempleado de la agencia. Ayers aseguró que Cora lo había invitado a Chicago con la promesa de un matrimonio y trabajo.
El gran mito de las agencias de detectives de la época es que luchaban contra el crimen. Las conocidas memorias de Pinkerton, Furlong, McWatters y Burns (y, evidentemente, Vidocq) presentan a sus protagonistas como luchadores contra la delincuencia, sin duda porque un revientahuelgas o un espía sindical no habrían atraído tanto al gran público. La verdad es que muy poco del trabajo de detective tenía que ver con crímenes, excepto quizá en casos en los que se trataba al sindicalismo como un crimen. En su descripción de «detectives que detectan», Arthur Train, ex fiscal de distrito, explica: «La mayor parte del trabajo para el que se emplea detectives no tiene que ver con detectar criminales o delitos, sino con mirar gente».
Desde sus inicios, el trabajo de detective ha tenido características únicas. Por encima de todo, se trata en su mayoría de trabajo de incógnito, de vigilancia sobre personas que no tienen ni idea del escrutinio a que son sometidas. La presencia, la identidad y el propósito del observador suelen quedar ocultos. Esta condición central implica también varias otras características. Observar a otros de incógnito suele implicar trabajar en lugares públicos o emplear herramientas de vigilancia ocultas (dispositivos de escucha, cámaras…) en lugares privados. Saber seguir a alguien es una habilidad básica. El detective debe mantener su identidad oculta, y muchas veces asumir una identidad falsa pero plausible, una «cobertura». Mantener una identidad falsa implica vigilancia y riesgo de ser descubierto. El agente debe ser algo así como un actor capaz de mezclarse y pasar desapercibido entre los sujetos y el escenario.

No era raro que los detectives privados y sus agencias empleadoras más agresivas operaran en los márgenes de la legalidad, siempre dispuestos a cruzarlos e incurrir en manifiesto delito en su búsqueda de resultados. En un oficio altamente competitivo, los resultados, reales o creados, eran algo muy preciado. El clima legal era tolerante y las leyes, ambiguas en cuanto a su aplicación. Era habitual justificar las temeridades en nombre de la búsqueda de supuestos enemigos del modo de vida americano. Hasta que finalmente se les prohibió y condenó, los detectives gozaban de manga ancha en cuanto a su conducta.
La inculpación era una táctica estándar.
La Gran Depresión y la administración del New Deal de la década de 1930 proporcionaron la avalancha de reformas en las relaciones laborales que llevó a una transformación fundamental del oficio del detective. En su núcleo, el cambio cristalizó en el establecimiento del derecho de los trabajadores a organizarse en sindicatos en el lugar de trabajo y a negociar colectivamente salarios y condiciones laborales. En gran medida, eso acabó con la carrera de espía laboral. El cambio procedió de múltiples factores: el mismo movimiento sindical, el nacimiento del liberalismo corporativo, la legislación del New Deal y una opinión pública que ahora apoyaba la reforma. Entrelazadas con estas fuerzas estaban las pruebas acumuladas de las comisiones que investigaron las prácticas de las corporaciones y de las agencias de detectives contratadas por ellas. Esas pruebas influyeron en los legisladores, la opinión pública y el registro histórico. Había una conexión directa, si bien muy ramificada, entre los investigadores, las investigaciones y el cambio de forma del oficio de detective.

Edgar Allan Poe inventó la historia de detectives en tres cuentos que escribió a principios de la década de 1840, ambientados en París y publicados en la prensa popular: «Los asesinatos de la calle Morgue» (Graham’s Magazine , 1841); «El misterio de Marie Rogêt» (Ladies’ Companion , 1842); «La carta robada» (The Gift for 1845 , 1844). Los personajes principales de Poe, C. Auguste Dupin y su anónimo compañero de habitación y narrador, constituyen los prototipos para Sherlock Holmes y el doctor Watson, así como para muchas otras parejas de detectives que seguirían. El detective ficticio de Poe estaba basado en el muy real delincuente convertido en policía francés Eugène Vidocq, quien fundaría la primera agencia moderna de detectives.
El detective de la cultura popular estadounidense adquirió firma en los pulps , las novelas baratas, en la prensa popular de historias semanales, revistas y novelas de diez centavos publicadas en papel de baja calidad. Por supuesto, hubo fuentes previas de ficción detectivesca en novelas y en las respetables revistas londinenses y semanarios generalistas de Estados Unidos que publicaron las primeras historias de Poe y Green. Pero fue en las revistas populares baratas en las que se desarrolló la historia de detectives y alcanzó su forma más familiar, comenzando por las historias de aventuras con un héroe deductivo que resultaban atractivas para las clases trabajadoras, para los adolescentes y para los lectores ligeros.
«The Old Sleuth» (el viejo detective), iniciada en 1872, fue la primera serie de detectives con éxito y continuidad en la era de los semanarios. La serie comenzaba con la figura del Viejo Sabueso, un maestro de la investigación privada con extraordinarios poderes de fuerza, inteligencia y capacidad de disfraz.

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Excellent account of how private detective agencies worked in the 19th and 20th centuries. The author has done a great deal of original research and is able to link actual detectives with their imaginary counterparts. I especially liked the sections on independent PIs, such as Nick Harris. It’s good to see real scholarly approaches to subjects like this, as there has been too much junk written over the years.

Dashiell Hammett’s work illustrates the relationship between business and popular culture: how cultural representations emerge from the service economy, and how they in turn become merchandise for sale. This study focuses on the interdependence of two commercial enterprises: detective agencies and popular culture production.
The private detective, one of our best-known cultural figures, offers us a clinical case of how legends are socially constructed. Although the two terms can sometimes be used interchangeably, the term legend more effectively captures the explanatory forces at play than does the word myth. But myth has a connotation of error, deception or skepticism, of something that people have been forced to believe. «Legend» has more weight and more nuances, and refers to a collective understanding in which fact and fiction merge into solid narratives. Myths invite to be refuted, while legends provoke investigation, as well as an appreciation of their contents and origins. None of this is captured in the provocative, if slippery, notion of «made up traditions,» which refers to specific practices, rituals, and performances.
The legendary detective is an international figure who owes much to his development in the United States, but with very different pedigrees in England and France and cultural amalgams of surprising geographic portability. The relevance of the detective legend varies internationally, from its ubiquity in the United States to its marginality in societies where crime detection is an exclusively state function. On a national scale, the legendary detective exists alongside other cultural icons such as cowboys, outlaws and okies.

Police work consisted mainly of catching thieves and restoring private property. Stolen goods used to show up once the detective-negotiator reached an agreement in exchange for a certain amount of money. The prudent thief could also buy police protection. Vidocq was in the center of this world, and he retired, rich, after founding in 1827 his own detective agency, the Bureau des Renseignements. The agency thrived, with offices in one of Paris’ exclusive glass-enclosed galleries, a staff of 40 agents, and a business model that spawned a number of rival agencies.
The word ‘detective’ comes from the Latin detegere, which means ‘to expose’ or ‘reveal’, a practice with hateful connotations in Britain. It would take until 1842 for a prevention-oriented branch of investigation to be forcibly added and for the first detectives to begin work and seek acceptance. In England private detectives were almost unknown. Charles Frederick Field retired from the Metropolitan Police in the mid-1850s to enter private practice, although he got into trouble for continuing to present himself as a civil servant. Ignatius Paul Pollaky founded Pollaky’s Private Inquiry Office in 1862, certainly among the first of his kind, and he promised discreet investigations into election cases, divorces, and libels. Better known as «interrogation agents,» these investigators worked primarily on matrimonial matters.
Pinkerton had the idea to offer a new service to the railways: a private police force that would employ investigative methods not only to catch thieves and recover loot, but also to prevent theft. He hired longtime and experienced police investigators to watch trains and stations and alert for crime, and to observe havens for railroad predators: canteens and boarding houses where thieves gathered information about potential targets. . When he offered this new service, Pinkerton adopted spy methods for undercover policing.
From Vidocq to Pinkerton, the private detective was always a figure of murky legitimacy. The very act of «detecting» was easily combined with illicit espionage, and the first agents of the trade came from the criminal underworld. As early as 1871, a New York journalist had discovered evidence of «flagrant operations that have made the term» private detective «synonymous with criminal.

William J. Burns enjoyed his title as «America’s greatest detective.» Although the compliment likely came from himself, the truth is that he was not undeserved. During the first two decades of the twentieth century, thanks to his prodigious promotion and a determined talent for investigation and certain fortunate decisions, Burns was certainly the most publicized of American detectives. Although by age he was closer to the first generation of detectives, he better represents a second generation in the development of the industry, one of the 20th century. Burns begins his agency with a national orientation and a corporate organization. His clients and research subjects are almost always institutional actors, companies and unions, rather than outlaws and murderers. As the industry changes, so do the men and women who work in agencies. Adventurers and upstarts give way to managers and workers.
Agency founders were a small but distinctive group. Allan Pinkerton was a Scottish immigrant, having worked as a boatman (barrel maker) before taking a brief job with the Chicago police and then starting his own ‘police agency’ in response to the opportunities presented by the railways. Burns was the son of an immigrant Irish tailor; William Baldwin had been the manager of a small shop; Gus Thiel, a soldier during the Civil War; Pinkerton employee James Wood had been a Chicago cop. Most went from local police forces to small private firms, and from these to their newly created agencies, initially as sole owner and worker. Both Pinkerton and Burns had significant government experience. A pattern already emerges. They were men (and some, very few, women) of modest social origins, self-made entrepreneurs in the rapidly changing craft of the private detective: indeed, creators of that craft.
The notable Cora Strayer ran a Chicago agency specializing in women’s affairs. The agency claimed that its founding date was 1890, although it could well be an exaggeration, given that at that time Strayer was only twenty-one years old and she was married (and close to becoming a widow). The first advertisements for her services appeared in the newspapers in 1902. The agency was located above a tavern at 5443 West Lake before moving south in 1905 to 3104 Cottage Grove. The firm was aimed at clients with domestic problems but employed men and women, including George S. Holben, superintendent of the «criminal department.» Intrigue took over the place when Holben, who was living with Cora in 1910, was killed by Stephen Ayers, a former employee of the agency. Ayers claimed that Cora had invited him to Chicago with the promise of marriage and work.
The great myth of the detective agencies of the time is that they fought crime. The well-known memoirs of Pinkerton, Furlong, McWatters and Burns (and, evidently, Vidocq) present their protagonists as crime fighters, no doubt because a strike buster or a union spy would not have attracted so much the general public. The truth is that very little of the detective work had to do with crimes, except perhaps in cases where unionism was treated as a crime. In his description of «detectives who detect». Arthur Train, a former district attorney, explains: «Most of the work that detectives are employed for is not about detecting criminals or crimes, but about looking at people».
Since its inception, detective work has had unique characteristics. Above all, it is mostly undercover work, policing people who have no idea of the scrutiny to which they are subjected. The presence, identity and purpose of the observer are often hidden. This central condition also implies several other characteristics. Observing others incognito usually involves working in public places or using hidden surveillance tools (listening devices, cameras …) in private places. Knowing how to follow someone is a basic skill. The detective must keep his identity hidden, and often assume a false but plausible identity, a «cover.» Maintaining a false identity implies surveillance and risk of being discovered. The agent must be something like an actor able to blend in and go unnoticed between the subjects and the stage.

It was not uncommon for private detectives and their most aggressive employing agencies to operate on the margins of legality, always ready to cross them and commit overt crime in their search for results. In a highly competitive trade, results, real or created, were precious. The legal climate was tolerant and the laws ambiguous in their application. It was common to justify recklessness in the name of seeking out alleged enemies of the American way of life. Until they were finally banned and convicted, the detectives had a wide berth in their conduct.
Indictment was a standard tactic.
The Great Depression and the New Deal administration of the 1930s provided the avalanche of labor relations reforms that led to a fundamental transformation of the detective’s craft. At its core, the change crystallized in the establishment of the right of workers to organize in unions in the workplace and to collectively bargain for wages and working conditions. To a large extent, that ended a career as a job spy. The change came from multiple factors: the labor movement itself, the rise of corporate liberalism, New Deal legislation, and a public opinion that now supported the reform. Intertwined with these forces was the accumulated evidence of the commissions that investigated the practices of the corporations and the detective agencies hired by them. That evidence influenced legislators, public opinion, and the historical record. There was a direct, if highly branched, connection between investigators, investigations, and the changing shape of the detective profession.

Edgar Allan Poe made up the detective story in three short stories he wrote in the early 1840s, set in Paris and published in the popular press: «The Murders in Morgue Street» (Graham’s Magazine, 1841); (Ladies ’Companion, 1842); (The Gift for 1845, 1844). Poe’s main characters, C. Auguste Dupin and his anonymous roommate and narrator, constitute the prototypes for Sherlock Holmes and Dr. Watson, as well as many other detective couples that would follow. Poe’s fictional detective was based on the very real criminal-turned-French cop Eugène Vidocq, who would found the first modern detective agency.
The American popular culture detective was signed on pulps, cheap novels, popular weekly stories, magazines, and dime novels published on poor-quality paper. Of course, there were previous sources of detective fiction in novels and in the respectable London magazines and American generalist weeklies that published the first Poe and Green stories. But it was in the cheap popular magazines that the detective story was developed and reached its most familiar form, beginning with the adventure stories with a deductive hero that appealed to the working classes, teenagers, and light readers.
«The Old Sleuth», begun in 1872, was the first successful and continuous detective series in the age of weeklies. The series began with the figure of the Old Hound, a master of private investigation with extraordinary powers of strength, intelligence and disguise.

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