Dioses Con Pies De Barro: El Desafío Humano A Las Leyes De La Naturaleza… Y Sus Consecuencias — Jordi Serrallonga Atset / Gods With Feet Of Clay: The Human Challenge To The Laws Of Nature … And Their Consequences by Jordi Serrallonga Atset (spanish book edition)

Excelente libro del profesor de antropología y evolución resumen de sus múltiples viajes, lecturas y vivencias, que nos lleva a la humildad de los hadzabe que nos enseñan que somos un animal más en la naturaleza. Que la cultura también existe en otras especies animales. Que debemos reivindicar la educación y la ciencia para encontrar reconciliarnos con la naturaleza con formas sostenibles para el medio ambiente. La vida no necesita al homo sapiens para seguir, el peligro más inminente para el hombre son sus propias decisiones. Es un libro necesario para relacionar el presente y el pasado en su más estricto significado natural. Con su excelente explicación, vemos que no somos los dueños del mundo. Pero puede haber solución…

A mediados de marzo de 2020, con el inicio del confinamiento al que nos abocó la pandemia del coronavirus, las redes sociales pronto se hicieron eco de una especie de rebelión con tintes orwellianos. Una invasión animal que parecía apoderarse de las calles de nuestros pueblos o ciudades, pero también de jardines, parques y playas. Al igual que los animales de Orwell inician su revolución expulsando a los humanos de la granja, sin mediar previo aviso, multitud de especies salvajes —muchas de ellas maltratadas por el Homo sapiens— ocuparon el espacio que, en esa carrera que llamamos progreso, les habíamos arrebatado. El responsable, otra entidad biológica, microscópica, invisible al ojo humano, que no anunció su presencia: un virus.

El puma de los incas, sinónimo de paciencia y sabiduría, unos días antes de la llegada del coronavirus a Sudamérica era tan solo un fantasma. En los valles encontré sus heces, y carcasas de las presas abatidas. Pero imposible sorprenderle. Ni tan siquiera los moradores de las fincas agrícolas, o los pastores, podían darme datos, pues tan solo daban con las huellas dibujadas en el fino sedimento arrastrado por los vientos de altura.
Lo cierto es que, en una sociedad globalizada como la actual, nadie prescinde de su teléfono móvil, tableta electrónica, medio de transporte o confort. En un caso u otro, ya sea el pastor que quema la vegetación o la mina que modifica y contamina para siempre el paisaje, el puma es víctima del humano y su relación con el medio.
Un mundo terrenal agitado en todos los sentidos y que, al menos aparentemente, tuvo que aparcar sus conflictos políticos, económicos y sociales para afrontar un inesperado encuentro con la pandemia de la COVID-19… y el reencuentro con el puma.
A la vez que el confinamiento humano se traducía en un atisbo de libertad para el puma, se reenviaban mensajes masivos a millones de personas de todo el planeta. Los memes distribuidos a través de las redes sociales dibujaban animales que, libres, en grupo o mirando a través de nuestras ventanas, se mofaban de las personas que permanecían encerradas en jaulas de cemento.
Por lo tanto, la sorpresa y estupefacción con la que acogimos el desembarco del SARS-CoV-2 es, en buena parte, resultado de la vanidad propia del ser humano. Una vanidad que nos alejó de la evidencia científica para, en una esfera más filosófica y tecnocrática, seguir situándonos en el centro del universo. Sin duda alguna, la pandemia de la COVID-19 habría de servir —aunque el precio pagado haya sido muy alto e irrecuperable en vidas humanas— para rescatar y revalorar el estudio de la naturaleza desde la objetividad de la ciencia. El Homo sapiens no es una criatura direccionada hacia la constante idea de progreso.
En definitiva, el confinamiento humano vivido durante el azote más intenso del coronavirus, no debe quedarse circunscrito a la visión de las hierbas brotando con rebeldía entre el asfalto, ni a la de los pájaros, reptiles y mamíferos vagando libremente por ciudades y pueblos vacíos, sino en otra metáfora muy distinta: la de la rebelión y libertad de la vida en su globalidad… incluida la microscópica y la nuestra. Somos vida y estamos sometidos a las leyes de la naturaleza. Solo bajo esta premisa podremos afrontar y prevenir las dificultades que puedan afectar a una especie, para nada, elegida… y muchos menos divina.

Desde tiempos inmemorables el humano ha creído ser la «especie elegida». Solo hace falta recurrir al Génesis, en nuestro ámbito occidental de tradición judeocristiana, para comprobar que la divinidad nos reservó su último esfuerzo. Y es que la creación del universo, Tierra, vida, solo pudo estar coronada por un ser perfecto… el diseño ideal. Hablamos de Adán y Eva, blancos y bellos; hombre y mujer, los primeros humanos que poblaron el paraíso.
Los cambios geológicos y biológicos son rápidos en comparación con la escala astronómica, pero muy lentos según la percepción humana; y eso, a muchos, les había impulsado a creer que siempre saldríamos victoriosos ante cualquier contratiempo futuro, pues habría tiempo suficiente de reacción. El «más adelante encontraremos la solución» se convirtió así en una especie de mantra. Pero la realidad era otra. La lucha contra el SARS-CoV-2 no ha sido cuestión de milenios o siglos, ni tan siquiera de años; en cuestión de meses, semanas e incluso días tuvimos que buscar «soluciones» y, por supuesto, no estaban preparadas. La crisis humanitaria (con cientos de miles de muertos), sanitaria (millones de contagiados) y económica (incontables damnificados) era impensable para los confiados humanos del siglo XXI. La pandemia de la COVID-19 ha de hacernos reflexionar, aunque solo sea por mero egoísmo, sobre el hecho de que el juego con la naturaleza sí va con nosotros.
Seguíamos creyendo que éramos diosas y dioses capaces de someter a la naturaleza. Desafiamos, una vez más, sus leyes, y descubrimos las consecuencias. No somos más que dioses con pies de barro.
Nos habíamos confiado; los científicos y científicas de todo el mundo pensábamos que, tras 150 años, y pasado el huracán de lo soportado por los primeros evolucionistas, la idea de la selección natural era algo admitido y asimilado; pero no siempre es así. Sigue siendo ignorada por ciertos sectores conservadores e inmovilistas.

El problema es que preferimos la seguridad y certeza que nos ofrece un mundo previsible; siempre capaces de hallar soluciones en nuestro intelecto y tecnología. Por el contrario, la aproximación a las ciencias naturales dibuja un mundo sometido a mutaciones azarosas y cambios imprevisibles en el medio sobre los cuales solo imperan las leyes de la naturaleza. Esto inquietó a muchos en tiempos de Darwin; y sigue provocando un efecto parecido en el presente. De ahí la negación social del darwinismo. Lo enseñamos en las escuelas, hablamos de ello en artículos y documentales de divulgación científica, pero como si fuera una efeméride histórica. Hemos pasado del mito de la creación al mito de la evolución. La vida está aquí, y punto. No hace falta explicar más.
La realidad es que la naturaleza, desde la visión evolutiva, no es algo acabado: sigue y cambia. Siempre añade aspectos nuevos que explicar.
Venimos del mono, pero no de los monos actuales, sino de otros ya extintos. Al contrario de las caricaturas que le habían dedicado, Darwin propuso que el humano no descendía de un chimpancé, sino que compartíamos con ellos un mismo ancestro común; de ahí nuestra proximidad morfológica y conductual (hoy habría añadido la proximidad genética). Y es cierto. A partir de este ancestro común, una línea evolutiva dio lugar al chimpancé actual y otra línea evolutiva divergió hacia el Homo sapiens.
Hubo que esperar seis mil años después de la creación, según la cronología cristiana, para que la ciencia dejase bien claro lo mismo que habían constatado los hadzabe mucho tiempo antes: éramos un animal más en el seno de la naturaleza.

La pandemia del SARS-CoV-2 es, en buena parte, resultado de la vanidad y, en ocasiones, la estupidez propias del ser humano actual. Vanidad porque creímos ser el centro del universo además de la especie elegida. Estupidez porque primero asesinamos a Hipatia, por ser mujer y sabia; después procesamos a Galileo, cuando nos sacó a bailar en torno al Sol; quemamos a brujas y hechiceras, que eran las que estaban en posesión de conocimientos médicos reales, y acabamos mofándonos de Darwin, por osar plantear que descendíamos de un pequeño y peludo simio africano. A regañadientes, tarde y mal, acabamos pidiendo disculpas, pero de qué sirve si hemos continuado ignorando y cuestionando a los científicos.
En vez de aceptar, con humildad, que nos había seguido moldeando más allá de la aparición del Homo sapiens productor, nos consideramos amos y señores gracias al pensamiento racional y a una carrera tecnológica imparable.
Y mientras creíamos jugar en otra liga diferente a la del resto de los seres vivos, la ciencia empezó a medir y registrar las primeras consecuencias de haber alterado el medio natural.
Con la globalización ha ocurrido que todavía nos hemos alejado mucho más del contacto directo con otros seres vivos que no sean el Homo sapiens. De la misma manera que muchos niños y niñas occidentales no saben de dónde vienen las patatas, los huevos o la leche —también estamos acostumbrados a meternos en el supermercado donde todo está envasado—, imaginemos la gran brecha que desde el Neolítico se ha ido abriendo entre nuestro mundo humano y el de la naturaleza en su conjunto.

Los pangolines están en peligro de extinción por haberse convertido en un capricho de consumo, y los primates siguen siendo perseguidos vayan donde vayan. Y, aunque portadores de virus del tipo SARS, podría ser que las entidades microscópicas que llevaban fueran del todo inofensivas hasta que no mutaron una vez ya dentro de nuestro organismo. A falta de evidencias lo suficientemente sólidas que permitan afirmarlo —todavía está en estudio—, podría haber ocurrido que un virus no patógeno, por zoonosis, pasase de animal a humano; una vez ahí, por selección natural, habrían tenido lugar una serie de adaptaciones genómicas que lo convirtieron en patógeno. Tanto si hubiese sido fruto de una evolución gradual o de un equilibrio puntuado (salto brusco), no habría sido detectado hasta que el patógeno empezó a actuar de forma agresiva, y entonces pudo ser identificado con técnicas de análisis clínico.
Retomo la mirada de Darwin, el chimpancé de Mahale, y solo veo el descubrimiento de nuevos mundos invisibles en proceso de evolución de los que debemos ser conscientes. Ante nuestro propio avance, el progreso mal entendido, y cuando nos creíamos vacunados y preparados para afrontar cualquier imprevisto, la naturaleza nos lee la cartilla. Sería un buen momento para regresar a la ciencia y recuperar las enseñanzas de otro Darwin, el humano, y sus secuaces.

Somos un producto más de la evolución… una entidad macroscópica desposeída de toda aureola divina y sometida a las leyes de la selección natural. Por lo tanto, llegado el momento de nuestra nueva relación con la naturaleza, ha de hacerse desde un sólido posicionamiento científico y no desde la elucubración o el misticismo.
La búsqueda de remedios y soluciones a los problemas que vive la especie humana pasa por reivindicar el papel de la ciencia y la educación en la sociedad. Un rol que ha de trascender a nuestras más apremiantes necesidades. Fue fácil acordarse de la ciencia cuando comprobamos que eran los sanitarios, hospitales y medicinas quienes salvaban vidas durante la pandemia de la COVID-19. La gran paradoja es que eran aplaudidos por las mismas autoridades que habían paralizado importantes proyectos de investigación, o permitido que científicas y científicos migrasen en busca de un trabajo remunerado.
El Homo sapiens, enfrentado a la crisis climática global del Holoceno, prefirió dar el salto de la predación a la producción. El cambio voluntario fue clave para la supervivencia de algunas culturas humanas, pero con el transcurso del tiempo, rodeados de grandes ciudades, imperios y «civilizaciones» acabamos creyéndonos diferentes al resto: la única especie capaz de desafiar a la naturaleza. No queríamos ser animales y preferimos erigirnos en diosas y dioses. Aun así, el contrato siguió vigente y la naturaleza se ha personificado no solo con otro cambio climático global —este provocado por nosotros—, sino con pandemias como la de la COVID-19. La naturaleza susurra; le lanzamos el guante y responde con certeras estocadas. Son las consecuencias iniciadas con la revolución neolítica y la Revolución Industrial, y solo si tomamos conciencia, quizá consigamos mejorar la estancia en el planeta, así como la de nuestros vecinos y primos de evolución. La solución, una vez más, está en el conocimiento.
El Homo sapiens actual ha conseguido grandes logros e hitos con su tecnología, pero esto no nos convierte en dioses ni máquinas; incluso los frutos de la agricultura y la ganadería siguen siendo dádivas naturales. Los recursos energéticos también lo son y, desde una vacuna a un microprocesador de silicio, todo procede de una cultura que no sería posible sin nuestro complejo cerebro. La cultura es una adaptación biológica más, producto de la evolución. Por lo tanto, aunque el desafío a la naturaleza haya sido y seguirá siendo inevitable —somos muchos y continuamos consumiendo, polucionando el medioambiente y expandiéndonos por el territorio—, también formamos parte de una especie que tiene la capacidad de reflexionar y razonar. En resumidas cuentas, la única manera de afrontar las consecuencias a nuestras acciones es asumir que la evolución y la selección natural siguen ahí, con ello aprenderemos a comportarnos de forma más sostenible con el medio.

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An excellent book by the professor of anthropology and evolution, a summary of his multiple trips, readings and experiences, which leads us to the humility of the Hadzabe who teach us that we are just another animal in nature. That culture also exists in other animal species. That we must vindicate education and science to find reconciliation with nature with sustainable ways for the environment. Life does not need homo sapiens to continue, the most imminent danger for man is his own decisions. It is a necessary book to relate the present and the past in their strictest natural meaning. With his excellent explanation, we see that we are not the owners of the world. But there may be a solution …

In mid-March 2020, with the start of confinement caused by the coronavirus pandemic, social networks soon echoed a kind of rebellion with Orwellian overtones. An animal invasion that seemed to take over the streets of our towns or cities, but also gardens, parks and beaches. Just as Orwell’s animals start their revolution by expelling humans from the farm, without prior warning, a multitude of wild species – many of them abused by Homo sapiens – occupied the space that, in that race we call progress, they we had snatched. The person responsible, another biological entity, microscopic, invisible to the human eye, that did not announce its presence: a virus.

The puma of the Incas, synonymous with patience and wisdom, a few days before the arrival of the coronavirus in South America was just a ghost. In the valleys I found their feces, and carcasses of the fallen prey. But impossible to surprise him. Not even the inhabitants of the agricultural estates, or the shepherds, could give me information, since they only found the footprints drawn in the fine sediment carried by the high winds.
The truth is that, in a globalized society like the current one, nobody dispenses with their mobile phone, electronic tablet, means of transport or comfort. In one case or another, whether it is the shepherd who burns the vegetation or the mine that modifies and contaminates the landscape forever, the puma is a victim of the human and his relationship with the environment.
An earthly world agitated in every way and that, at least apparently, had to put aside its political, economic and social conflicts to face an unexpected encounter with the COVID-19 pandemic … and the reunion with the cougar.
As human confinement translated into a glimmer of freedom for the cougar, massive messages were forwarded to millions of people across the globe. The memes distributed through social networks drew animals that, free, in groups or looking through our windows, made fun of people who remained locked in cement cages.
Therefore, the surprise and amazement with which we welcomed the landing of SARS-CoV-2 is, to a large extent, the result of human vanity. A vanity that took us away from scientific evidence to, in a more philosophical and technocratic sphere, continue to place ourselves at the center of the universe. Undoubtedly, the COVID-19 pandemic would serve – although the price paid has been very high and irrecoverable in human lives – to rescue and reassess the study of nature from the objectivity of science. Homo sapiens is not a creature directed towards the constant idea of progress.
In short, the human confinement experienced during the most intense scourge of the coronavirus, should not be limited to the vision of the herbs sprouting rebelliously between the asphalt, nor to that of the birds, reptiles and mammals roaming freely through empty cities and towns, but in another very different metaphor: that of the rebellion and freedom of life in its entirety … including the microscopic and ours. We are life and we are subject to the laws of nature. Only under this premise can we face and prevent difficulties that may affect a species, not at all, chosen … and much less divine.

Since time immemorial, humans have believed themselves to be the «chosen species.» It is only necessary to resort to Genesis, in our western area of Judeo-Christian tradition, to verify that the divinity reserved its last effort for us. And it is that the creation of the universe, Earth, life, could only be crowned by a perfect being … the ideal design. We talk about Adam and Eve, white and beautiful; man and woman, the first humans to populate paradise.
Geological and biological changes are fast compared to the astronomical scale, but very slow according to human perception; And that, to many, had led them to believe that we would always be victorious in any future setback, since there would be enough time to react. The «later we will find the solution» thus became a kind of mantra. But the reality was different. The fight against SARS-CoV-2 has not been a matter of millennia or centuries, not even years; in a matter of months, weeks and even days we had to look for «solutions» and, of course, they weren’t ready. The humanitarian crisis (with hundreds of thousands of deaths), health (millions of infected) and economic (countless victims) was unthinkable for the unsuspecting humans of the 21st century. The COVID-19 pandemic has to make us reflect, if only for mere selfishness, on the fact that playing with nature does go with us.
We continued to believe that we were goddesses and gods capable of subduing nature. We defy their laws once again, and discover the consequences. We are but gods with feet of clay.
We had trusted ourselves; Scientists around the world thought that, after 150 years, and after the hurricane of what was endured by the first evolutionists, the idea of natural selection was something accepted and assimilated; But it’s not always like this. It continues to be ignored by certain conservative and immobile sectors.

The problem is that we prefer the security and certainty that a predictable world offers us; always capable of finding solutions in our intellect and technology. On the contrary, the approach to natural sciences draws a world subjected to random mutations and unpredictable changes in the environment, over which only the laws of nature prevail. This disturbed many in Darwin’s time; and it continues to have a similar effect today. Hence the social denial of Darwinism. We teach it in schools, we talk about it in popular science articles and documentaries, but as if it were a historical event. We have passed from the myth of creation to the myth of evolution. Life is here, period. No need to explain more.
The reality is that nature, from the evolutionary perspective, is not something finished: it goes on and changes. Always add new aspects to explain.
We come from the monkey, but not from the current monkeys, but from others already extinct. Contrary to the cartoons that had been dedicated to him, Darwin proposed that the human did not descend from a chimpanzee, but that we shared the same common ancestor with them; hence our morphological and behavioral proximity (today I would have added genetic proximity). And it is true. From this common ancestor, one evolutionary line gave rise to the current chimpanzee and another evolutionary line diverged into Homo sapiens.
It took six thousand years after creation, according to Christian chronology, for science to make clear what the Hadzabe had found long before: we were one more animal in the bosom of nature.

The SARS-CoV-2 pandemic is, in large part, the result of the vanity and, at times, the stupidity of today’s human being. Vanity because we believed we were the center of the universe as well as the chosen species. Stupidity because first we murdered Hypatia, for being a woman and wise; later we tried Galileo, when he asked us to dance around the Sun; we burned witches and sorceresses, who were the ones who were in possession of real medical knowledge, and ended up making fun of Darwin, for daring to suggest that we were descended from a small, hairy African ape. Grudgingly, late and badly, we end up apologizing, but what good is it if we have continued to ignore and question scientists.
Instead of accepting, with humility, that it had continued to shape us beyond the appearance of the producer Homo sapiens, we consider ourselves lords and masters thanks to rational thinking and an unstoppable technological career.
And while we believed we were playing in a different league than the rest of living beings, science began to measure and record the first consequences of having altered the natural environment.
With globalization it has happened that we have still moved much further away from direct contact with other living beings that are not Homo sapiens. In the same way that many Western children do not know where potatoes, eggs or milk come from – we are also used to going into the supermarket where everything is packed – let’s imagine the great gap that has been opening since the Neolithic between our human world and that of nature as a whole.

Pangolins are in danger of extinction as they have become a consumer fad, and primates continue to be hunted wherever they go. And, although they carry viruses of the SARS type, it could be that the microscopic entities they carried were completely harmless until they once mutated within our body. In the absence of sufficiently solid evidence to affirm it – it is still under study – it could have happened that a non-pathogenic virus, due to zoonosis, passed from animal to human; once there, by natural selection, a series of genomic adaptations would have taken place that turned it into a pathogen. Whether it had been the result of a gradual evolution or of a punctuated equilibrium (sudden jump), it would not have been detected until the pathogen began to act aggressively, and then it could be identified with clinical analysis techniques.
I return to the gaze of Darwin, Mahale’s chimpanzee, and I only see the discovery of new invisible worlds in the process of evolution of which we must be aware. Faced with our own progress, misunderstood progress, and when we believed we were vaccinated and prepared to face any unforeseen event, nature reads us the primer. It would be a good time to return to science and retrieve the teachings of another Darwin, the human, and his henchmen.

We are just another product of evolution … a macroscopic entity stripped of all divine halo and subjected to the laws of natural selection. Therefore, when the time comes for our new relationship with nature, it must be done from a solid scientific position and not from elucubration or mysticism.
The search for remedies and solutions to the problems that the human species lives goes through claiming the role of science and education in society. A role that must transcend our most pressing needs. It was easy to remember science when we found that it was toilets, hospitals and medicines that saved lives during the COVID-19 pandemic. The great paradox is that they were applauded by the same authorities that had paralyzed important research projects, or allowed scientists to migrate in search of paid work.
Homo sapiens, faced with the global climate crisis of the Holocene, preferred to make the leap from predation to production. Voluntary change was key to the survival of some human cultures, but over time, surrounded by great cities, empires and «civilizations» we end up believing ourselves different from the rest: the only species capable of challenging nature. We did not want to be animals and we preferred to set ourselves up as goddesses and gods. Even so, the contract remained in force and nature has been personified not only with another global climate change – this one caused by us – but with pandemics such as COVID-19. Nature whispers; We throw the gauntlet at him and he responds with accurate thrusts. These are the consequences that began with the Neolithic Revolution and the Industrial Revolution, and only if we become aware, perhaps we will be able to improve our stay on the planet, as well as that of our neighbors and cousins of evolution. The solution, once again, is in knowledge.
Today’s Homo sapiens has achieved great achievements and milestones with his technology, but this does not make us gods or machines; even the fruits of agriculture and livestock remain natural gifts. So are energy resources, and from a vaccine to a silicon microprocessor, everything comes from a culture that would not be possible without our complex brains. Culture is one more biological adaptation, a product of evolution. Therefore, although the challenge to nature has been and will continue to be inevitable – we are many and we continue to consume, polluting the environment and expanding throughout the territory – we are also part of a species that has the capacity to reflect and reason. In short, the only way to deal with the consequences of our actions is to assume that evolution and natural selection are still there, with this we will learn to behave in a more sustainable way with the environment.

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