Joe Biden: Una Nueva Era — Evan Osnos / Joe Biden: The Life, the Run, and What Matters Now by Evan Osnos

En esta descripción concisa pero informativa, Evan Osnos ofrece un retrato tridimensional, matizado y profundamente informado de Biden e ilumina su larga y accidentada carrera política de cincuenta años y su larga presencia en el Senado, sus ocho años como vicepresidente de Obama, su permaneció en el desierto político después de haber sido ignorado por Hillary Clinton en 2016, su decisión de desafiar a Donald Trump a la presidencia y su elección de la senadora Kamala Harris como su compañera de fórmula.
Osnos reflexiona sobre las dificultades que enfrentará Biden si es elegido y sopesa cómo las circunstancias políticas y los cambios en el pensamiento del candidato han alterado sus posiciones. En este retrato matizado, Biden emerge como imperfecto, pero resuelto y templado por la llama de la tragedia, un hombre que puede ser increíblemente adecuado para su momento en la historia. Dividida en ocho capítulos, esta es una biografía breve y equilibrada que se centra en las aventuras políticas, las pruebas y las tribulaciones de Biden a lo largo de los años, en lugar de su vida personal o sus años de formación. Aprendí mucho sobre su tenacidad y triunfos sobre la adversidad, así como su postura sobre muchas cosas. Esta es una memoria completa y bien investigada y tiende a ser objetiva en todo momento, lo cual era imprescindible para mí.
En este retrato penetrante y cautivador, Evan Osnos, que siguió a Joe Biden durante años para The New Yorker, pinta una imagen nítida del hombre en el que se centran todas las esperanzas de los Estados Unidos progresistas y liberales. Habló extensamente con el propio Biden y con más de cien personas, desde activistas progresistas, opositores y familiares hasta el ex presidente Obama. Adaptado de los profundos perfiles neoyorquinos de Osnos sobre el candidato presidencial demócrata, el libro presenta conversaciones reveladoras con el presidente Barack Obama, Pete Buttigieg, Amy Klobuchar, John Kerry, Cory Booker, exasesores, miembros de la familia Biden y nuevos informes. Una lectura rápida e interesante.

La ambición de Biden por ascender a los peldaños más elevados del poder en Estados Unidos ha impulsado su carrera durante más de cinco décadas. Poco después de cumplir veinte años, la madre de su entonces novia (la que después sería su primera mujer, Neilia Hunter) le preguntó cuáles eran sus aspiraciones profesionales. «Ser presidente —contestó Biden, y luego añadió— de Estados Unidos.»
Su carrera política le permitió presenciar momentos cruciales en la historia moderna del país, incluyendo algunos de los conflictos determinantes en torno a la raza, el género, el crimen, la salud pública, el capitalismo y la guerra. Cometió errores, ofreció explicaciones y pagó un precio por todo ello.
La ambición de Biden por ascender a los peldaños más elevados del poder en Estados Unidos ha impulsado su carrera durante más de cinco décadas. Poco después de cumplir veinte años, la madre de su entonces novia (la que después sería su primera mujer, Neilia Hunter) le preguntó cuáles eran sus aspiraciones profesionales. «Ser presidente —contestó Biden, y luego añadió— de Estados Unidos.»

Los sucesos de 2020 han puesto un interrogante sobre algunos de los elementos fundamentales del relato estadounidense. En relación a lo más necesario para detener la pandemia —suministrar mascarillas y facilitar pruebas diagnósticas—, el país más rico y poderoso del mundo hizo un trabajo chapucero, y algunas agencias estatales demostraron ser tan anticuadas y estar tan desprovistas de recursos que aún utilizaban faxes para transmitir información. Entretanto, la Casa Blanca ponía en marcha medidas que parecían una sátira de Kafka, como un incentivo fiscal para las comidas de negocios cuando se estaba recomendando a todo el mundo que no comiera fuera de casa.
Además, en plena pandemia, el asesinato de George Floyd, al que un oficial de policía asfixió con su rodilla, dio paso a un nuevo giro histórico en la historia de Estados Unidos y desató un enfrentamiento con la enraizada jerarquía del poder.
Además, en plena pandemia, el asesinato de George Floyd, al que un oficial de policía asfixió con su rodilla, dio paso a un nuevo giro histórico en la historia de Estados Unidos y desató un enfrentamiento con la enraizada jerarquía del poder, a la que Isabel Wilkerson, en su libro Caste , describió como «el acomodador silencioso en un teatro oscuro, que alumbra los pasillos con su linterna y nos lleva a nuestros asientos asignados».
Biden creía que el liderazgo fallido de Trump, en particular durante la pandemia, tenía que ser ya evidente hasta para los defensores más férreos del republicanismo. «Todos lo saben, hasta los que lo apoyan: todo gira en torno a sus intereses. Todo tiene que ver con él —me dijo—. Ha tenido un gran impacto en el modo en que la gente puede vivir su vida.» Aun así, admitió que quizá no sería suficiente como para hacer cambiar de opinión a los votantes. Biden no describió a los simpatizantes de Trump como personas ingenuas o despreciables, ni las consideró culpables de nada.

Hoy en día, los millennials son la generación más numerosa en Estados Unidos, además de ser la más diversa de la historia del país. Entraron al mercado laboral durante la peor recesión desde la década de 1930. En la actualidad, los menores de veinticinco años se enfrentan a tasas de desempleo que duplican las de los otros grupos de edad. En 2012, una cantidad récord de adultos de entre dieciocho y treinta y un años vivía con sus padres. Durante la década de 2010, mientras el trumpismo germinaba en la derecha, un movimiento rival crecía en la izquierda, encabezado por los más jóvenes. A sus ojos, los estadounidenses de más edad estaban utilizando el sistema político para hacerse con los recursos destinados a las generaciones siguientes. En 2014, el Gobierno federal invirtió cerca de seis dólares per cápita en programas para adultos por cada dólar que invirtió en programas para niños, según Paul Taylor, autor de The Next America , un estudio sobre el futuro demográfico.
Muchos jóvenes estadounidenses tenían sus esperanzas puestas en Obama, quien en 2008 obtuvo la asombrosa cifra de 66 % del voto millennial . Al terminar su mandato, esta generación había llegado a la conclusión de que, si él no era capaz de impulsar a los partidos políticos a ponerse manos a la obra, nadie podría hacerlo.

Biden a veces no sabe si asumir la imagen de abuelo bonachón que proyecta o luchar contra ella.
En realidad, la efusividad de Biden siempre ha tenido un reverso un tanto más espinoso. Entre sus colaboradores, es conocido por apoyar a cualquiera con talento, aunque no tenga contactos, y por llamar a las madres de sus empleados para sorprenderlas, pero también puede ser hosco y exigente, y y suele dejar a otros la labor poco gratificante de recaudar fondos. En ocasiones, se muestra más atento con los espontáneos que le piden hacerse una foto que con el equipo que lleva años apoyándolo y que lo mantiene en la función pública. Jeff Connaughton, un exasistente al que Biden desilusionó, lo describió como «un autócrata egocéntrico».
Los infortunios de Biden, que solían llegar cuando se aventuraba a «salirse del guion», que es como nerviosamente se refería a ello su equipo, eran en parte la razón por la que los analistas políticos subestimaban con frecuencia su potencial. Muchos estadounidenses, fuera de Washington, se limitaban a encogerse de hombros ante las meteduras de pata de Biden.

Biden y Obama eran una pareja particularmente dispar. Para los estándares políticos, Obama proyectaba una indiferencia gatuna ante la adoración que provocaba a su paso, mientras que Biden estrechaba todas las manos, hombros y cabezas que veía. Los separaban diecinueve años y un océano de diferencias de estilo. Obama era un tecnócrata; Biden, un político visceral. Obama era el peripatético hijo mestizo de Hawái, Indonesia, Kenia y Chicago, un niño de los setenta que en alguna ocasión había experimentado con «un poco de coca». Biden creció con dos padres, tres hermanos y una rutina dominical: «Papá me daba un dólar. Yo pedaleaba hasta la farmacia Cutler para comprar medio galón de helado Breyers. Pedaleaba de regreso a casa y los seis nos sentábamos en la sala a ver Lassie , Jack Benny y Ed Sullivan ».
Cuando Obama reclutó a Biden como vicepresidente, algunos demócratas se mostraron desconcertados. Se suponía que la presidencia de Obama marcaría un nuevo capítulo en la historia generacional de la política estadounidense, el triunfo de lo que Stacey Abrams —activista de los derechos electorales y excandidata a gobernadora de Georgia— llamaría posteriormente «la nueva mayoría estadounidense».

La forma en que Biden concibe las relaciones exteriores en ocasiones irrita a los diplomáticos de carrera. «Me explican lo que tengo que decir y yo les contesto: “¡No voy a decir eso! ¡No es creíble!” —me contó—. Tienes que partir de la suposición de que el otro tipo no es un idiota. La mayoría de la gente no se engaña respecto a lo que quiere.» Biden se enorgullecía de su capacidad para leer a los demás: «Es muy importante, si puedes, hacerle saber a la otra persona que entiendes su problema. Algunas de esas estupideces diplomáticas lo que están diciendo es “No tenemos ni idea de cuál es tu problema”».
Desde que se sumó a la administración de Obama, Biden no ha ocultado su escepticismo respecto al uso de la fuerza militar estadounidense. En ocasiones, eso lo enfrentó a otros de los miembros de la administración, entre ellos Hillary Clinton y Panetta, el primer director de la CIA de Obama. Biden se opuso a la intervención en Libia, argumentando que la caída de Muamar el Gadafi haría caer al país en el caos; y advirtió al presidente en contra de la operación en la que murió Osama bin Laden. Si hubiera fracasado, dijo Biden después, Obama «habría sido presidente solo cuatro años». A pesar de que este no siempre hacía caso de los consejos de Biden, ambos se adherían a una comedida política exterior de «evitar errores», en palabras de Obama.

La campaña de 2020 empezaba a configurarse como un referéndum no solo sobre la estatura moral de Trump, sino sobre la arquitectura misma del poder estadounidense, un sistema que el propio Biden ayudó a desarrollar y refinar durante medio siglo de vida pública. Conforme transcurrían los últimos meses de la carrera presidencial, la meta mínima de reemplazar a Trump dejó de ser suficiente. Biden empezaba a dimensionar la verdadera magnitud de aquella emergencia que era mucho más grande de lo que cualquiera habría imaginado.
A pesar de los rompecabezas políticos y tácticos que potencialmente le esperaban a Biden si llegaba a la presidencia —China, el cambio climático, la inteligencia artificial, por no hablar de las crisis de fondo—, el carácter esencial de su gobierno probablemente se revelaría a partir de una serie de decisiones más profundas. Dos vertientes divergentes de su biografía darían forma a sus planes para solucionar los problemas del país: los mitos que apuntalan las políticas de la responsabilidad y sus propios infortunios.
Biden, la eterna veleta, creía que la población estadounidense ansiaba un Gobierno diferente. Entendía lo que pasaba por la mente de los congresistas —el equilibrio, las evasivas, la triangulación— y creía que al menos algunos de ellos estarían dispuestos a cooperar con él. Pero su imagen de unidad ejercía un peso aún mayor en una fuerza que trascendía la mecánica de Washington: la posibilidad de lograr que la gente sintiera que alguien en el Gobierno le prestaba atención.

La vida de Joe Biden ha estado repleta de errores, arrepentimientos y pérdidas personales devastadoras. Y, en caso de llegar a la presidencia, sería improbable que de sus labios saliera aquella retórica exaltada que le llega a la nación al alma. Sin embargo, lo que sí podría ofrecerle a un pueblo que está de luto es algo parecido al consuelo, un lenguaje para sanar.

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In this concise yet informative portrayal Evan Osnos offers a nuanced, deeply-reported and three-dimensional portrait of Biden and illuminates his long and eventful fifty-year political career and his long presence in the Senate, his eight years as Obama’s vice president, his sojourn in the political wilderness after being passed over for Hillary Clinton in 2016, his decision to challenge Donald Trump for the presidency, and his choice of Senator Kamala Harris as his running mate.
Osnos ponders the difficulties Biden will face if elected and weighs how political circumstances, and changes in the candidate’s thinking, have altered his positions. In this nuanced portrait, Biden emerges as flawed, yet resolute, and tempered by the flame of tragedy—a man who just may be uncannily suited for his moment in history. Split into eight chapters, this is a short, balanced biography focused on Biden’s political escapades and trials and tribulations over the years rather than his personal life or his formative years. I learned a lot about his tenacity and triumphs over adversity as well as his stance on many things. This is a comprehensive and well-researched memoir and tends to remain objective throughout, which was a must for me.
In this penetrating and captivating portrait, Evan Osnos, who followed Joe Biden for years for The New Yorker, paints a razor-sharp picture of the man on whom all the hopes of progressive and liberal America are focused. He spoke at length with Biden himself and over a hundred others, from progressive activists, opponents, and family members to former President Obama. Adapted from Osnos’s in-depth New Yorker profiles of the Democratic presidential nominee, the book features revelatory conversations with President Barack Obama, Pete Buttigieg, Amy Klobuchar, John Kerry, Cory Booker, former advisors, Biden family members, and new reporting. A quick and interesting read.

Biden’s ambition to rise to the highest rungs of power in America has fueled his career for more than five decades. Shortly after his twentieth birthday, the mother of his then-girlfriend (who would later become his first wife, Neilia Hunter) asked him what his career aspirations were. «Being president,» Biden replied, then added, «of the United States.»
His political career allowed him to witness pivotal moments in the country’s modern history, including some of the defining conflicts around race, gender, crime, public health, capitalism, and war. He made mistakes, offered explanations, and paid a price for it all.
Biden’s ambition to rise to the highest rungs of power in America has fueled his career for more than five decades. Shortly after his twentieth birthday, the mother of his then-girlfriend (who would later become his first wife, Neilia Hunter) asked him what his career aspirations were. «Being president,» Biden replied, then added, «of the United States.»

The events of 2020 have raised questions about some of the fundamental elements of the American story. When it comes to what is most needed to stop the pandemic – supplying masks and facilitating diagnostic tests – the richest and most powerful country in the world did a sloppy job, and some state agencies proved so outdated and under-resourced that they still used faxes to convey information. Meanwhile, the White House was putting in place measures that looked like a satire of Kafka, like a tax incentive for business lunches when it was advising everyone not to eat out.
In addition, in the midst of a pandemic, the murder of George Floyd, who was choked by a police officer with his knee, ushered in a new historical turn in American history and sparked a confrontation with the entrenched hierarchy of power.
In addition, in the middle of the pandemic, the murder of George Floyd, who was choked with his knee by a police officer, ushered in a new historical turn in US history and sparked a confrontation with the entrenched hierarchy of power, which Isabel Wilkerson, in her book Caste, described him as «the silent usher in a dark theater, who lights the corridors with his flashlight and leads us to our assigned seats.»
Biden believed that Trump’s failed leadership, particularly during the pandemic, had to be evident by now even to the most staunch defenders of Republicanism. “Everyone knows it, even those who support him: everything revolves around his interests. It all has to do with him, ”he told me. He has had a huge impact on the way people can live his life. » Still, he admitted that it might not be enough to change voters’ minds. Biden did not describe Trump supporters as naive or despicable people, nor did he hold them guilty of anything.

Today, millennials are the largest generation in the United States, as well as being the most diverse in the country’s history. They entered the job market during the worst recession since the 1930s. Today, those under the age of 25 face unemployment rates that are twice those of other age groups. In 2012, a record number of adults between the ages of eighteen and thirty-one lived with their parents. During the 2010s, as Trumpism germinated on the right, a rival movement grew on the left, led by the younger generation. In their eyes, older Americans were using the political system to gain resources for later generations. In 2014, the federal government invested about $ 6 per capita in adult programs for every dollar it invested in children’s programs, according to Paul Taylor, author of The Next America, a study on the demographic future.
Many young Americans had their hopes pinned on Obama, who in 2008 garnered a staggering 66% of the millennial vote. At the end of his term, this generation had come to the conclusion that, if he was not able to push the political parties to get to work, no one could.

Biden sometimes doesn’t know whether to take on the good-natured grandfather image he projects or to fight it.
In reality, Biden’s effusiveness has always had a somewhat thornier reverse. Among his collaborators, he is known for supporting anyone with talent, even if he has no connections, and for calling his employees’ mothers to surprise them, but he can also be surly and demanding, and he often leaves the unrewarding work of raising funds to others. . At times, he is more attentive to spontaneous people who ask him to take a photo than to the team that has been supporting him for years and that keeps him in public service. Jeff Connaughton, a former assistant who Biden disappointed, described him as «a self-centered autocrat.»
Biden’s misfortunes, which often came when he ventured «off the script,» which is how his team nervously referred to it, were part of the reason that political analysts frequently underestimated his potential. . Many Americans outside of Washington just shrugged off Biden’s blunders.

Biden and Obama were a particularly disparate couple. By political standards, Obama projected a catlike indifference to the adoration he elicited as she passed, while Biden shook every hands, shoulders, and heads he saw. They were separated by nineteen years and an ocean of differences in style. Obama was a technocrat; Biden, a visceral politician. Obama was the peripatetic mongrel son of Hawaii, Indonesia, Kenya and Chicago, a child of the seventies who had once experimented with «a little bit of coca.» Biden grew up with two parents, three brothers, and a Sunday routine: “Dad would give me a dollar. I was pedaling to Cutler’s Pharmacy to buy a half gallon of Breyers ice cream. I would cycle home and the six of us would sit in the living room watching Lassie, Jack Benny and Ed Sullivan.
When Obama recruited Biden as vice president, some Democrats were puzzled. The Obama presidency was supposed to mark a new chapter in the generational history of American politics, the triumph of what Stacey Abrams – an electoral rights activist and former Georgia candidate for governor – would later call «the new American majority».

Biden’s way of thinking about foreign affairs sometimes irritates career diplomats. «They explain to me what I have to say and I answer them: ‘I’m not going to say that! It is not believable!» -He told me-. You have to start with the assumption that the other guy is not an idiot. Most people are not delusional about what he wants. » Biden prided himself on his ability to read to others: “It is very important, if you can, to let the other person know that you understand his problem. Some of these diplomatic stupidities what they’re saying is ‘We have no idea what your problem is.’
Since he joined the Obama administration, Biden has made no secret of his skepticism about the use of US military force. At times, that pitted him against other members of the administration, including Hillary Clinton and Panetta, Obama’s first CIA director. Biden opposed intervention in Libya, arguing that the fall of Muammar Gaddafi would plunge the country into chaos; and he warned the president against the operation in which Osama bin Laden was killed. Had he failed, Biden later said, Obama «would have been president for only four years.» Although he did not always heed Biden’s advice, both adhered to a restrained foreign policy of «avoiding mistakes,» in Obama’s words.

The 2020 campaign was beginning to take shape as a referendum not just on Trump’s moral stature, but on the very architecture of American power, a system that Biden himself helped develop and refine over half a century of public life. As the final months of the presidential race wore on, the minimum goal of replacing Trump was no longer sufficient. Biden was beginning to gauge the true magnitude of this emergency, which was much greater than anyone would have imagined.
Despite the political and tactical puzzles that potentially awaited Biden should he become president – China, climate change, artificial intelligence, not to mention underlying crises – the essential character of his government would likely be revealed to starting from a series of deeper decisions. Two divergent strands of his biography would shape his plans to solve the country’s problems: the myths that underpin the politics of responsibility and his own misfortunes.
Biden, the eternal weathervane, believed that the American population yearned for a different government. He understood what was on the minds of the congressmen – balance, evasion, triangulation – and believed that at least some of them would be willing to cooperate with him. But his image of unity weighed even more heavily on a force that transcended Washington mechanics: the ability to make people feel like someone in government was paying attention to him.

Joe Biden’s life has been filled with mistakes, regrets, and devastating personal losses. And, should he become president, it would be unlikely that the exalted rhetoric that touches the nation’s soul would come from his lips. However, what he could offer to a people who are in mourning is something akin to consolation, a language to heal.

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