La Guerra De Los Metales Raros: La Cara Oculta De La Transición Energética Y Digital — Guillaume Pitron / La Guerre Des Métaux Rares: La Face Cachée De La Transition Énergétique Et Numérique by Guillaume Pitron

Sin duda, es un gran libro, ya que plantea preguntas sobre muchos temas.
¿Cómo entender que este conocimiento esté tan alejado de los debates que son de actualidad? ¿Qué impacto debería tener este conocimiento en las elecciones que necesariamente debemos tomar en un plazo relativamente corto? Cómo explicar la aparente ausencia de una visión estructurada a medio y largo plazo.
Este libro está notablemente bien documentado, muy bien estructurado, bien organizado: la prueba es que no puede ser ignorado.
Solo hay una crítica que debo hacer: en determinados momentos, el autor va allí con sus recomendaciones, su visión … Es una mezcla de géneros. Todo el interés del libro está en su enfoque fáctico y documentado.
Un análisis esclarecedor sobre los próximos problemas geopolíticos. Como en todos los períodos pasados de la historia, los países o imperios que gobiernan el mundo chocan inevitablemente para apoderarse de los recursos en los que se basan sus industrias y tecnologías avanzadas. A menudo es a costa de la sangre que establecen su dominio durante un tiempo.
Según el autor, la publicitada revolución verde liderada por Green Techs, Verdes y sus aficionados solo enmascara la deslocalización de la contaminación y nos llevará directamente a las guerras para tomar posesión de todos los lugares de la tierra. como debajo de los océanos donde podríamos encontrar estos metales raros.
Por ejemplo, China invadió y tomó posesión de las islas Paracel y Spradley de Vietnam, incluso la amplió con islotes artificiales para poder ampliar su superficie marítima y al mismo tiempo reclamar toda la riqueza de su subsuelo. ..
Francia también hace concesiones a Wallis y Futuna para preservar la riqueza de estos archipiélagos.
¿Pero entonces por qué? Porque estas tierras raras tienen propiedades fantásticas que entran en los componentes de teléfonos móviles, ascensores, cohetes, paneles solares, aviones de combate, coches eléctricos, turbinas eólicas, baterías … en una palabra en todos los productos prometidos por el revolución digital y verde.

El grito de alarma es geopolítico: el mundo tiene cada vez más necesidad de tierras raras, de «metales raros», para su desarrollo digital y, por tanto, para todas las tecnologías de la información y la comunicación, entre ellas la fabricación de móviles. A título de ejemplo, los coches eléctricos e híbridos requieren el doble de estos elementos químicos que los de gasolina.
Estos metales raros (una treintena), que llevan nombres no bárbaros, sino latinos, como el prometio, son elementos asociados en proporción ínfima con los metales abundantes. Cuesta mucho extraerlos y purificarlos. Primer problema: China posee la mayor parte de estos recursos, de lo que naturalmente se siente tentada de abusar. Los demás países que los poseen en su subsuelo han abandonado o desatendido la explotación por diversos motivos, lo cual ha dejado a China, en diversos casos, en situación de monopolio, y ha convertido a Pekín en «el nuevo amo de los metales raros».
Donde se complica el asunto y surge el dilema: ¡la explotación de estos raros minerales metalíferos es todo menos limpia! «Las energías y recursos verdes encierran una parte oscura». La extracción y refinado de estos metales raros exige, en efecto, procedimientos muy contaminantes. Su reciclado ha resultado decepcionante. Y, paradójicamente, el mundo de las tecnologías más avanzadas, que pretenden ser las más verdes, «ecologizadas» (algo de vital importancia para detener la cuenta atrás ecológica), sería en gran parte tributario de metales… «sucios».

Cambiar la forma de producir energía (y, por consiguiente, los hábitos de consumo) constituye la nueva gran aventura de la humanidad. Los responsables políticos, los empresarios de Silicon Valley, los teóricos de la sobriedad feliz, el papa Francisco y las asociaciones ecologistas se muestran unánimes a la hora de llamar al cumplimiento de este objetivo y al control del calentamiento global, a fin de que logremos salvarnos de un nuevo diluvio. Se trata de un proyecto que une al mundo como jamás los imperios, las religiones o las monedas lo habían conseguido hasta el momento. La prueba es que el «primer acuerdo universal de nuestra historia».
Es necesario purificar ocho toneladas y media de roca para producir un kilo de vanadio, dieciséis toneladas para un kilo de cerio, cincuenta toneladas para el equivalente en galio, y la asombrosa cifra de doscientas toneladas para un mísero kilo de un metal todavía más raro, el lutecio. El resultado viene a ser, en cierto modo, el «principio activo» de la corteza terrestre: un concentrado de átomos de propiedades inauditas, lo mejor que nos pueden ofrecer miles de millones de años de actividad geológica. Una vez industrializada, una ínfima dosis de estos metales emite un campo magnético que permitirá producir más energía que la misma cantidad de carbón o petróleo. He ahí la clave del «capitalismo verde»: sustituir los recursos que emiten miles de millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) por otros que no arden y, por tanto, no generan ni un gramo de ese gas.
Menos contaminación y, al mismo tiempo, mucha más energía.

– Antimonio Retardante de fuego (aditivo para plásticos), catálisis del polietileno
– Baritina Lodos bentónicos petrolíferos y gasíferos, industria del vidrio, radioprotección, salud, metalurgia, pirotecnia – Berilio Telecomunicaciones y electrónica, industria aeroespacial, nuclear civil y militar – Bismuto Generadores termoeléctricos (automóvil), superconductores de alta temperatura, soldadura sin plomo – Borato Vidrios y cerámicas
– Carbón de coque Siderurgia
– Cobalto Móviles, ordenadores, vehículos híbridos, imanes – Fluorita Ácido fluorhídrico, metalurgia del acero y el aluminio, cerámicas, ópticas
– Galio Semiconductores, iluminaciones por diodos fotoluminiscentes
– Germanio Fotovoltaico, fibras ópticas, catálisis, óptica infrarroja
– Grafito natural Vehículos eléctricos, aeroespacial, industria nuclear
– Indio Chips electrónicos, pantallas LCD – Magnesio Aleaciones de aluminio – Niobio Satélites, vehículos eléctricos, industria nuclear, joyería
– Silicio metal Circuitos integrados, paneles fotovoltaicos, aislantes eléctricos
– Tántalo Condensadores miniaturizados, superaleaciones – Vanadio Aceros especiales, industria espacial, catálisis – Wolframio Herramientas de corte, blindaje, electricidad, electrónica…

La guerra ya coloniza nuevos territorios, esta vez virtuales: al focalizarse en las infraestructuras digitales del enemigo, y al alterar sus redes de telecomunicaciones, los ciberejércitos podrían resolver por sí solos los conflictos del futuro.
Esta nueva fiebre acentúa ya las tensiones por la apropiación de los yacimientos más fértiles y lleva los conflictos territoriales al corazón de los santuarios que se suponía a salvo de la codicia. En efecto, el ansia de metales raros se ve estimulada por una población mundial que llegará a 8.500 millones de individuos en 2030, debido al auge de nuevos hábitos de consumo de alta tecnología y a una convergencia económica más intensa entre países occidentales y países emergentes.
Al querer emanciparnos de las energías fósiles, al pasar radicalmente de un orden antiguo a un mundo nuevo, en realidad nos sumimos en una nueva dependencia, todavía más fuerte. Robótica, inteligencia artificial, hospitales digitales, ciberseguridad, biotecnologías médicas, objetos conectados, nanoelectrónica, vehículos sin conductor… Todos los sectores más estratégicos de las economías del futuro, todas las tecnologías que duplicarán nuestra capacidad de cálculo y modernizarán nuestra manera de consumir energía, el más ínfimo de nuestros gestos cotidianos.

Estos metales poseen numerosos puntos en común:
* Están asociados con los metales abundantes, mezclados con estos en la corteza terrestre, pero presentes en proporciones a menudo ínfimas. Por ejemplo, el suelo contiene, por término medio, 1.200 veces menos neodimio y hasta 2.650 veces menos galio que hierro.
* Por fuerza los mercados se resienten de ello. Los metales raros alcanzan muy reducidas producciones anuales, ignoradas por los grandes medios de comunicación: 130.000 toneladas de tierras raras por año frente a 2 millardos de toneladas de hierro, es decir, quince mil veces menos. Lo mismo ocurre en el caso del galio, del que se producen anualmente 600 toneladas, frente a 15 millones de toneladas de cobre, veinticinco mil veces menos.
* Por tanto, se trata de metales caros: un kilo de galio cuesta alrededor de 150 dólares, es decir, casi nueve mil veces más que el hierro, y el germanio cuesta diez veces más que el galio.
Finalmente, estos metales poseen propiedades excepcionales por las que se vuelven locas las empresas de nuevas tecnologías, sobre todo las llamadas «verdes», las green tech, cuyo propósito es limitar la huella de carbono humana en el medio ambiente.

Es justo de las entrañas de Jiangxi, una provincia en el corazón de la China tropical, de donde se extrae la mayor cantidad de tierras raras.
Las cerca de diez mil minas diseminadas por el territorio chino han contribuido en gran medida a destruir el medio ambiente del país. En efecto, no solo la extracción del carbón genera contaminación, de lo que se hacen ampliamente eco los medios de comunicación, sino que lo mismo sucede con la extracción de metales raros. Hasta el punto de que en el Imperio del Medio se ha perdido la cuenta de los casos de contaminación. En 2006, unas sesenta empresas de producción de indio, un metal raro utilizado en la fabricación de ciertas tecnologías de paneles solares, arrojaban toneladas de productos químicos al río Xiang, en la provincia meridional de Hunan, con lo que ponían en peligro el abastecimiento de agua potable a las poblaciones ribereñas.

Lo digital exige la explotación de cantidades considerables de metales: anualmente la industria de la electrónica requiere 320 toneladas de oro y 7.500 toneladas de plata, acapara el 22 % del consumo mundial de mercurio (es decir, 514 toneladas) y hasta un 2,5 % del de plomo. Solo la fabricación de ordenadores y teléfonos móviles engulle el 19 % de la producción mundial de metales raros como el paladio y el 23 % del cobalto. Sin contar la cuarentena de otros metales contenidos por término medio en los teléfonos móviles.
En consecuencia, el presunto camino de rosas hacia la era de la desmaterialización no constituye sino un inmenso engaño, puesto que en realidad genera un impacto físico cada vez más considerable.[27] Y para este leviatán digital necesitaremos centrales de carbón, de petróleo, de gas y nucleares, campos eólicos, huertas solares y redes inteligentes, es decir, un montón de infraestructuras para las cuales nos harán falta metales raros.
De todo esto, Jeremy Rifkin no dice nada.

– Las energías llamadas «limpias» necesitan recurrir a minerales raros, cuya explotación es todo salvo limpia. Incluso cabe decir que se trata de una pesadilla medioambiental en la que se mezclan —por citar solo algunos elementos— residuos de metales pesados, lluvias ácidas y aguas contaminadas. Dicho de otro modo, para limpiar, previamente hay que ensuciar. Sin embargo, fingimos no darnos cuenta, porque nos negamos a evaluar el conjunto del ciclo de fabricación de aerogeneradores y paneles solares.
– Estas mismas energías —llamadas asimismo «renovables», puesto que captan fuentes de las que podemos disponer hasta el infinito, como los rayos solares o la fuerza del viento y de las mareas— se basan en la explotación de materias primas que no son renovables. Las riquezas del subsuelo son finitas, y el tiempo necesario para su formación, que se cuenta en miles de millones de años, podría no permitirnos hacer frente al crecimiento exponencial de nuestras necesidades. Volveremos sobre ello.
– Dichas energías —todavía calificadas de «verdes» o de «libres de carbono», porque nos permiten deshabituarnos de las energías fósiles— en realidad se basan en actividades generadoras de gases de efecto invernadero. Se requieren cantidades considerables de energía generada por centrales eléctricas para explotar una mina, refinar los minerales y finalmente enviarlos a un centro de producción donde serán incorporados a un aerogenerador o un panel solar.
– Las tecnologías que numerosos medios ecologistas elogian por su capacidad para sacarnos de la energía nuclear se basan en materiales (las tierras raras y el tántalo) cuya explotación genera radiactividad. Los metales raros no son radiactivos en sí mismos, pero la actividad que consiste en separarlos de otros minerales radiactivos con los que están combinados de manera natural en la corteza terrestre, como el torio o el uranio, produce radiaciones en proporciones nada desdeñables. La radiactividad en los alrededores del depósito tóxico de Baotou y en el fondo de las minas de Bayan Obo es, según afirman los expertos, dos veces superior a la registrada hoy en Chernóbil.
– En conclusión, el reciclaje de los metales raros, del que depende nuestro mundo más verde, no es tan ecológico como dicen. Su balance medioambiental corre incluso el riesgo de aumentar a medida que nuestras sociedades produzcan aleaciones más variadas, compuestas de un número más elevado de materias, en proporciones cada vez más importantes. En consecuencia, las industrias de la transición energética y digital tendrán que enfrentarse a una contradicción fundamental: su búsqueda de un mundo más sostenible podría, en la práctica, limitar en gran medida la emergencia de nuevos modelos de consumo más sobrios, basados en los principios de la economía circular.

En lugar de asumir el liderazgo de los metales raros, Occidente prefirió trasladar su producción —y la contaminación que lleva asociada— a países pobres dispuestos a sacrificar su medio ambiente para enriquecerse.
Contrariamente a lo que se cree, las reservas de metales raros no están concentradas en los países mineros más activos (China, Kazajistán, Indonesia, Sudáfrica…). Las hay por todas partes en el planeta, si bien existen zonas en donde su concentración es más elevada. Por tanto, son raros y al mismo tiempo no lo son… Los yacimientos más estratégicos de estos metales, las famosas tierras raras, se encuentran en decenas de Estados.
En el siglo XXI y en el otro extremo del mundo, nuestras sociedades, aunque racionales y materialistas, se entregan a un culto similar. El genio de la logística ha logrado librarnos de un miedo que obsesionó a nuestros antepasados durante 70.000 años: el miedo a carecer de algo. Pero todo tiene un precio. Porque esta globalización de las cadenas de abastecimiento nos da con una mano (los productos de consumo) lo que nos quita con la otra (la cultura de su procedencia). Hemos ganado en poder adquisitivo lo que hemos perdido en saber comprar.
Sin embargo, el profundo adormecimiento de Occidente no solo ha producido desdichados. Al organizar la transferencia de la producción de metales raros, hemos hecho mucho más que legar el fardo del petróleo del siglo XXI a los esclavos de la globalización: hemos confiado a rivales en potencia un monopolio muy valioso.

– Estos mercados son de entrada extremadamente restringidos: las cifras de producción resultan irrisorias comparadas con las de los grandes metales (hierro, cobre, aluminio, plomo…). ¡Basta pensar que la producción mundial de tierras raras apenas representa el 0,01 % de la del acero!
– Son también mercados muy confidenciales, donde maniobra un número muy reducido de compradores y de vendedores. Ahora bien, cuanto menos numerosos son los protagonistas, en mayor medida sus actos resultan susceptibles de perturbar el juego de la oferta y la demanda. Así, la falta de un solo proveedor puede provocar rápidamente un fuerte pánico entre los consumidores, del mismo modo que la menor nueva tecnología consumidora de metales raros puede generar una repentina interrupción de los suministros.
– Se trata asimismo de mercados opacos. La discreción en los negocios y la ausencia de formalidades son la regla. De ahí que no exista cotización oficial, salvo para un puñado de metales que cotizan en la London Metal Exchange (LME), la Bolsa de metales londinense.
– Se trata de mercados estratégicos para los países mineros. China se muestra muy renuente a proporcionar determinados datos de producción, considerados secretos de Estado. Existen reservas ocultas, factores geoestratégicos y consideraciones diplomáticas que hacen la lectura de los mercados especialmente ardua, incluso para los mejores especialistas.
– Para concluir, el libre juego de la oferta y la demanda se ve también obstaculizado por la aparición de inversores privados, que obedecen a sus propios intereses. Estos terceros actores gestionan hoy, sin distinción de recursos, «sesenta veces más valores “materias primas” que hace diez años», recuerda un especialista, lo que contribuye a aumentar la inestabilidad de los precios.

Si hay una ciudad en el mundo que debería simbolizar la metrópolis infernal del siglo XXI, esa es la capital de este inmenso archipiélago del Sudeste Asiático. Conocida como «el Gran Durián» —en referencia a esa fruta apestosa que consumen los indonesios—, no es una ciudad que uno descubra o visite, sino que la afronta. Y, entre todos los sentidos que esta megalópolis inhabitable de treinta millones de habitantes pone a prueba, el principal es sin duda el tacto, por culpa del calor húmedo que satura el aire, del acoso ininterrumpido de los chaparrones que se abaten sobre esta ciudad de cemento y vidrio, de la fricción de nuestro mototaxi con los enjambres de coches que se precipitan por las grandes vías…
La estrategia china de avanzar por la cadena de producción de los metales raros se ha hecho a expensas del dinamismo industrial de Europa y Estados Unidos. Implícitamente, revela la vulnerabilidad del modelo económico occidental, erigido no obstante como referencia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Un profesor universitario alemán ha intentado plasmar en cifras esta realidad:centrándose tan solo en las tierras raras, estimó que la captación del mercado de los óxidos (los polvos refinados por Rhône-Poulenc) había provocado, desde 1965 hasta nuestros días, la transferencia de 4 millardos de dólares de riquezas hacia el Imperio del Medio. Remontando todavía más la cadena de valor hasta los mercados de imanes y baterías, el importe resulta multiplicado por diez, lo cual rebasa el umbral de los 40 millardos de dólares. Es lógico, porque cuanto más se apropia China de las fases avanzadas de la cadena, más importante es el valor añadido…
China no cesa de aplicar su serena «diplomacia del panda», que consiste en obsequiar especímenes de estos plantígrados gigantes a los países con los que desea entablar relaciones diplomáticas. De hecho, hay que ser de piedra para no enamoriscarse de este mamífero emblemático de China.
Sin embargo, hay un detalle que desentona: al adquirir, en las propias barbas de Estados Unidos, una estratégica sociedad de tierras raras situada en Indiana, China ha descorrido el velo sobre su impresionante programa militar.
El bloqueo impuesto por la ley de 1973 no se aplicaría a ciertos imanes de tierras raras fabricados por el grupo chino ChengDu Magnetic Material Science & Technology Co., que a partir de entonces se convirtió en proveedor oficial del F-35.
Como Estados Unidos no puede prescindir de los imanes chinos, Anthony Marchese señala que el Pentágono persiste, todavía hoy, en reiterar la dispensa. Y añade: «Las industrias del F-35 siguen comprando tierras raras a China. Punto final».
Mediante esta estrategia de expansión minera, el Imperio del Medio persigue un objetivo ambicioso: abandonar los monopolios mineros edificados únicamente sobre sus recursos nacionales de minerales en beneficio de una nueva posición dominante, esta vez basada en el control planetario de la producción de un montón de metales raros. Es un poco como si Arabia Saudí, que ya posee las mayores reservas confirmadas de petróleo del mundo, se hiciera con el control de todas las reservas de oro negro existentes en los catorce países miembros de la OPEP…
La hegemonía china sobre los metales raros podría seguir aumentando, a medida que la proporción de las energías renovables aumente en nuestros mix energéticos.
A menos que el resto del mundo se ponga de una vez las pilas en la batalla de las minas.

La celebración de un mejor reparto de los recursos ha dado lugar, al contrario, a la mayor empresa de apropiación de los elementos terrestres jamás conocida. El proyecto —entonado a coro por todos los defensores de la transición energética y digital—, de reducir el impacto humano sobre los ecosistemas ha conducido en realidad a incrementar nuestro dominio sobre la biodiversidad. En cuanto a la nueva codicia por el espacio, está rompiendo los últimos tabúes. En lo sucesivo, ¿dirigiremos la mirada al cielo para invocar a los dioses… o para someterlos?.
Todos los recursos del futuro nos llevarán a enfrentarnos a nuevos retos proteicos. En consecuencia, ha llegado el momento de que nos preguntemos desde ahora mismo: ¿cuál es el sentido de este salto tecnológico que abrazamos como un solo individuo? ¿No resulta absurdo conducir una mutación ecológica que podría envenenarnos a todos con metales pesados antes incluso de haberla coronado con éxito? ¿Podemos preconizar en serio la armonía confuciana a través del bienestar material, si es para engendrar nuevos males sanitarios y un caos ecológico, es decir, justo lo contrario?
Finalmente, ¿de qué sirve el progreso si no hace progresar a la humanidad?
Albert Einstein nos lanzó una exhortación magnífica, poderosa: «Un problema no se resuelve con los modos de pensamiento que lo han engendrado». Una revolución industrial, técnica, social, solo tiene sentido si viene acompañada de una revolución de las conciencias.

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It’s certainly a great book as it raises questions on many topics.
How to understand that this knowledge is so far removed from current debates? What impact should this knowledge have on the choices that we must necessarily make in a relatively short time? How to explain the apparent absence of a structured vision in the medium and long term.
This book is remarkably well documented, very well structured, well organized: the proof is that it cannot be ignored.
There is only one criticism I have to make: at certain times, the author goes there with his recommendations, his vision … It is a mixture of genres. The whole interest of the book is in its factual and documented approach.
An enlightening analysis of upcoming geopolitical issues. As in all past periods of history, the countries or empires that rule the world inevitably collide to seize the resources on which their advanced industries and technologies are based. It is often at the cost of blood that they establish dominance for a time.
According to the author, the publicized green revolution led by Green Techs, Greens and their fans only masks the delocalization of pollution and will lead us directly to wars to take possession of all places on earth. like under the oceans where we could find these rare metals.
For example, China invaded and took possession of the Paracel and Spradley islands of Vietnam, even enlarging it with artificial islets in order to expand its maritime surface and at the same time claim all the wealth of its subsoil. ..
France also makes concessions to Wallis and Futuna to preserve the wealth of these archipelagos.
But then why? Because these rare earths have fantastic properties that go into the components of mobile phones, elevators, rockets, solar panels, fighter planes, electric cars, wind turbines, batteries … in a word in all the products promised by the digital revolution and green.

The cry of alarm is geopolitical: the world has an increasing need for rare earths, for «rare metals», for its digital development and, therefore, for all information and communication technologies, including the manufacture of mobile phones . As an example, electric and hybrid cars require twice as many chemicals as gasoline.
These rare metals (around thirty), which bear non-barbarian, but Latin names, such as Promethium, are elements associated in tiny proportion with the abundant metals. It costs a lot to extract and purify them. Problem one: China owns most of these resources, which it is naturally tempted to abuse. The other countries that have them in their subsoil have abandoned or neglected exploitation for various reasons, which has left China, in various cases, in a monopoly situation, and has made Beijing the «new master of rare metals» .
Where the matter becomes complicated and the dilemma arises: the exploitation of these rare metal minerals is anything but clean! «Green energies and resources contain a dark part.» The extraction and refining of these rare metals indeed requires highly polluting procedures. Its recycling has been disappointing. And, paradoxically, the world of the most advanced technologies, which claim to be the greenest, «ecologized» (something of vital importance to stop the ecological countdown), would be largely a tributary of … «dirty» metals.

Changing the way of producing energy (and, consequently, consumption habits) constitutes the new great adventure of humanity. Policy makers, Silicon Valley businessmen, happy sobriety theorists, Pope Francis and environmental associations are unanimous in calling for the fulfillment of this goal and the control of global warming, so that we can save ourselves of a new flood. It is a project that unites the world in a way that empires, religions or currencies have never achieved before. The proof is that the «first universal agreement in our history.»
It is necessary to purify eight and a half tons of rock to produce one kilogram of vanadium, sixteen tons for one kilogram of cerium, fifty tons for the gallium equivalent, and a staggering two hundred tons for a measly kilogram of an even rarer metal. lutetium. The result is, in a way, the «active principle» of the earth’s crust: a concentrate of atoms with unprecedented properties, the best that billions of years of geological activity can offer us. Once industrialized, a tiny dose of these metals emits a magnetic field that will produce more energy than the same amount of coal or oil. This is the key to «green capitalism»: to replace the resources that emit billions of tons of carbon dioxide (CO2) with others that do not burn and, therefore, do not generate even a gram of that gas.
Less pollution and, at the same time, much more energy.

– Fire retardant antimony (additive for plastics), polyethylene catalysis
– Barite Oil and gas benthic sludge, glass industry, radio protection, health, metallurgy, pyrotechnics – Beryllium Telecommunications and electronics, aerospace, civil and military nuclear industry – Bismuth Thermoelectric generators (automobile), high temperature superconductors, lead-free soldering – Borate Glass and ceramics
– Siderurgia coke coal
– Cobalt Mobiles, computers, hybrid vehicles, magnets – Fluorite Hydrofluoric acid, metallurgy of steel and aluminum, ceramics, optics
– Gallium Semiconductors, photoluminescent diode lighting
– Photovoltaic Germanium, optical fibers, catalysis, infrared optics
– Natural graphite Electric vehicles, aerospace, nuclear industry
– Indian Electronic Chips, LCD displays – Magnesium Aluminum Alloys – Niobium Satellites, Electric Vehicles, Nuclear Industry, Jewelry
– Silicon metal Integrated circuits, photovoltaic panels, electrical insulators
– Tantalum Miniaturized capacitors, superalloys – Vanadium Special steels, space industry, catalysis – Tungsten Cutting tools, shielding, electricity, electronics …

The war is already colonizing new territories, this time virtual: by focusing on the enemy’s digital infrastructures, and by altering their telecommunications networks, cyber armies could solve the conflicts of the future by themselves.
This new fever is already accentuating the tensions for the appropriation of the most fertile deposits and takes territorial conflicts to the heart of the sanctuaries that were supposed to be safe from greed. Indeed, the hunger for rare metals is fueled by a world population that will reach 8.5 billion individuals in 2030, due to the rise of new high-tech consumption habits and a more intense economic convergence between Western countries and emerging countries.
By wanting to emancipate ourselves from fossil fuels, by radically passing from an old order to a new world, we actually plunge into a new, even stronger dependency. Robotics, artificial intelligence, digital hospitals, cybersecurity, medical biotechnologies, connected objects, nanoelectronics, driverless vehicles … All the most strategic sectors of the economies of the future, all the technologies that will double our computing capacity and modernize our way of consuming energy, the tiniest of our daily gestures.

These metals have many points in common:
* They are associated with abundant metals, mixed with them in the earth’s crust, but present in often minute proportions. For example, soil contains, on average, 1,200 times less neodymium and up to 2,650 times less gallium than iron.
* By force the markets suffer from it. Rare metals reach very low annual productions, ignored by the mainstream media: 130,000 tons of rare earths per year compared to 2 billion tons of iron, that is, fifteen thousand times less. The same occurs in the case of gallium, of which 600 tons are produced annually, compared to 15 million tons of copper, 25,000 times less.
* Therefore, these are expensive metals: a kilo of gallium costs about 150 dollars, that is, almost nine thousand times more than iron, and germanium costs ten times more than gallium.
Finally, these metals possess exceptional properties for which new technology companies go crazy, especially the so-called «green» ones, the green tech, whose purpose is to limit the human carbon footprint in the environment.

It is right in the bowels of Jiangxi, a province in the heart of tropical China, where the largest amount of rare earth is extracted.
The nearly ten thousand mines scattered throughout the Chinese territory have contributed greatly to destroying the environment of the country. Indeed, not only does the extraction of coal generate pollution, which is widely reported in the media, but the same happens with the extraction of rare metals. To the point that the Middle Kingdom has lost count of cases of contamination. In 2006, some 60 companies producing indium, a rare metal used in the manufacture of certain solar panel technologies, dumped tons of chemicals into the Xiang River in southern Hunan Province, threatening the supply of drinking water to riverside populations.

Digital requires the exploitation of considerable amounts of metals: annually the electronics industry requires 320 tons of gold and 7,500 tons of silver, accounts for 22% of world mercury consumption (that is, 514 tons) and up to 2.5 % of lead. The manufacture of computers and mobile phones alone engulfs 19% of the world production of rare metals such as palladium and 23% of cobalt. Not counting the quarantine of other metals contained on average in mobile phones.
As a result, the so-called easy path to the era of dematerialization is nothing more than an immense hoax, as it actually generates an increasingly considerable physical impact. [27] And for this digital leviathan we will need coal, oil, gas and nuclear plants, wind farms, solar farms and smart grids, that is, a lot of infrastructure for which we will need rare metals.
Jeremy Rifkin says nothing about all this.

– The so-called «clean» energies need to resort to rare minerals, the exploitation of which is anything but clean. It can even be said that it is an environmental nightmare in which – to name just a few elements – heavy metal residues, acid rain and polluted waters are mixed together. In other words, to clean, you must first get dirty. However, we pretend not to realize it, because we refuse to evaluate the entire manufacturing cycle of wind turbines and solar panels.
– These same energies – also called «renewable», since they capture sources that we can use to infinity, such as sunlight or the force of the wind and tides – are based on the exploitation of raw materials that are not renewable . The riches of the subsoil are finite, and the time required for their formation, which is counted in billions of years, could not allow us to cope with the exponential growth of our needs. We will come back to it.
– These energies – still classified as «green» or «carbon-free», because they allow us to get rid of fossil fuels – are actually based on activities that generate greenhouse gases. Considerable amounts of energy generated by power plants are required to exploit a mine, refine the minerals and finally send them to a production center where they will be incorporated into a wind turbine or a solar panel.
– The technologies that many environmental media praise for their ability to get us out of nuclear energy are based on materials (rare earths and tantalum) whose exploitation generates radioactivity. Rare metals are not radioactive in themselves, but the activity that consists in separating them from other radioactive minerals with which they are naturally combined in the earth’s crust, such as thorium or uranium, produces radiation in not inconsiderable proportions. The radioactivity around the Baotou toxic deposit and at the bottom of the Bayan Obo mines is, according to experts, twice as high as that registered today in Chernobyl.
– In conclusion, the recycling of rare metals, on which our greener world depends, is not as ecological as they say. Their environmental balance is even at risk of increasing as our societies produce more varied alloys, made up of a higher number of materials, in increasingly important proportions. Consequently, the energy and digital transition industries will have to face a fundamental contradiction: their quest for a more sustainable world could, in practice, greatly limit the emergence of new, more sober consumption models, based on the principles of the circular economy.

Rather than take the lead in rare metals, the West preferred to shift its production – and the associated pollution – to poor countries willing to sacrifice their environment to enrich themselves.
Contrary to what is believed, rare metal reserves are not concentrated in the most active mining countries (China, Kazakhstan, Indonesia, South Africa…). There are them everywhere on the planet, although there are areas where their concentration is higher. Therefore, they are rare and at the same time they are not… The most strategic deposits of these metals, the famous rare earths, are found in dozens of states.
In the 21st century and on the other side of the world, our societies, although rational and materialistic, indulge in a similar cult. The genius of logistics has managed to rid us of a fear that haunted our ancestors for 70,000 years: the fear of lacking something. But everything has a price. Because this globalization of supply chains gives us with one hand (consumer products) what it takes away with the other (the culture of their origin). We have gained in purchasing power what we have lost in knowing how to buy.
However, the deep slumber in the West has not only produced unhappiness. By organizing the transfer of rare metal production, we have done much more than bequeath the 21st century oil bundle to the slaves of globalization: we have entrusted potential rivals with a very valuable monopoly.

– These markets are extremely restricted entry markets: the production figures are derisory compared to those of large metals (iron, copper, aluminum, lead …). Just think that the world production of rare earths is barely 0.01% of that of steel!
– They are also very confidential markets, where a very small number of buyers and sellers operate. However, the fewer the protagonists, the greater their actions are likely to disturb the game of supply and demand. Thus, the lack of a single supplier can quickly cause a strong panic among consumers, in the same way that the lesser new technology consuming rare metals can generate a sudden interruption of supplies.
– These are also opaque markets. Discretion in business and the absence of formalities are the rule. Hence, there is no official listing, except for a handful of metals listed on the London Metal Exchange (LME), the London Metal Exchange.
– These are strategic markets for mining countries. China is very reluctant to provide certain production data, considered state secrets. There are hidden reservations, geostrategic factors and diplomatic considerations that make reading markets especially difficult, even for the best specialists.
– To conclude, the free play of supply and demand is also hampered by the emergence of private investors, who obey their own interests. These third parties now manage, without distinction of resources, «sixty times more ‘raw material’ values than ten years ago», recalls a specialist, which contributes to increasing price instability.

If there is a city in the world that should symbolize the infernal metropolis of the 21st century, that is the capital of this immense archipelago of Southeast Asia. Known as «the Great Durian» – in reference to that stinky fruit that Indonesians consume – it is not a city that you discover or visit, but rather face it. And, among all the senses that this uninhabitable megalopolis of thirty million inhabitants puts to the test, the main one is undoubtedly touch, because of the humid heat that saturates the air, the uninterrupted harassment of the showers that fall on this city of concrete and glass, from the friction of our mototaxi with the swarms of cars that rush down the main roads …
China’s strategy of moving up the rare metal production chain has come at the expense of industrial dynamism in Europe and the United States. Implicitly, it reveals the vulnerability of the Western economic model, nevertheless erected as a reference since the end of the Second World War. A German university professor has tried to capture this reality in figures: focusing only on rare earths, he estimated that the market capture of oxides (powders refined by Rhône-Poulenc) had caused, from 1965 to the present day, the transfer of 4 billion dollars of wealth to the Middle Kingdom. Going even further up the value chain to the magnet and battery markets, the amount is multiplied by ten, which exceeds the threshold of 40 billion dollars. It is logical, because the more China appropriates the advanced phases of the chain, the more important the added value …
China does not cease to apply its calm «panda diplomacy», which consists of giving away specimens of these giant plantigrades to the countries with which it wishes to establish diplomatic relations. In fact, you have to be made of stone not to fall in love with this emblematic mammal of China.
However, there is one detail that is out of tune: By acquiring, in America’s own beards, a strategic rare earth company located in Indiana, China has lifted the veil on its impressive military program.
The blockade imposed by the 1973 law would not apply to certain rare earth magnets manufactured by the Chinese group ChengDu Magnetic Material Science & Technology Co., which thereafter became the official supplier of the F-35.
As the United States cannot do without the Chinese imams, Anthony Marchese points out that the Pentagon persists, even today, in reiterating the dispensation. And he adds: “The F-35 industries continue to buy rare earths from China. Final point».
Through this strategy of mining expansion, the Middle Kingdom pursues an ambitious goal: to abandon the mining monopolies built solely on its national mineral resources in favor of a new dominant position, this time based on planetary control of the production of a lot of rare metals. It is a bit as if Saudi Arabia, which already has the largest confirmed oil reserves in the world, took control of all the existing black gold reserves in the fourteen OPEC member countries …
China’s hegemony over rare metals could continue to increase, as the share of renewables increases in our energy mix.
Unless the rest of the world gets back together in the battle of the mines.

The celebration of a better distribution of resources has, on the contrary, given rise to the largest enterprise of appropriation of terrestrial elements ever known. The project — sung in chorus by all advocates of the energy and digital transition — of reducing human impact on ecosystems has actually led to increasing our dominance over biodiversity. As for the new lust for space, you are breaking the last of the taboos. From now on, will we look to heaven to invoke the gods … or to subdue them?.
All the resources of the future will lead us to face new protein challenges. Consequently, the time has come for us to ask ourselves from now on: what is the meaning of this technological leap that we embrace as a single individual? Isn’t it absurd to drive an ecological mutation that could poison us all with heavy metals before it has even been crowned with success? Can we seriously advocate Confucian harmony through material well-being, if it is to engender new health ills and ecological chaos, that is, just the opposite?
Finally, what good is progress if it does not advance humanity?
Albert Einstein gave us a magnificent, powerful exhortation: «A problem is not solved by the modes of thought that have generated it.» An industrial, technical, social revolution only makes sense if it is accompanied by a revolution of consciences.

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