La Doble Muerte De Unamuno — Luis García Jambrina, Manuel Menchón / The Double Death of Unamuno by Luis García Jambrina, Manuel Menchón (spanish book edition)

Ensayo breve, pero indispensable para descubrir todas las maniobras de desprestigio que sufrió Miguel de Unamuno a manos del régimen franquista. Arroja mucha luz y datos sobre la figura de Unamuno. Aparte de conocer mejor a la persona y personaje.

Vivimos tiempos de posverdad en los que parece que la búsqueda de la verdad se ha vuelto una quimera y, por lo tanto, ya no interesa a nadie o más bien carece de sentido; lo único que importa, por lo visto, es fraguar una narrativa poderosa y convincente, o al menos plausible, e imponerla de forma seductora a los demás.
Unamuno no era un hombre de dogmas ni de ideas, sino de pensamiento, un pensamiento vivo que nunca se detenía; ni se concretaba en una conclusión definitiva. Era dialéctico: una continua sucesión de tesis y antítesis, pero sin llegar nunca a la síntesis conciliadora —«huyo de la síntesis de contrarios al modo hegeliano»—, ya que lo que en realidad le interesaba era «sentir el juego dialéctico y fecundo de las contradicciones, raíz y sostén de la conciencia viva».
En realidad, su forma de pensar era una forma de vivir y de actuar, una actitud ante la vida; una manera, en definitiva, de encararse con el mundo y con la existencia que consistía en estar en constante lucha o agonía.
Después de haber escrito tantas páginas sobre el cristianismo y el anhelo de inmortalidad ni siquiera podemos determinar si era creyente o no lo era; si tan solo quería creer o en verdad creía que creía; si estaba convencido o no de la existencia de una vida perdurable, de algo que garantizara la propia trascendencia. Políticamente, se consideraba un liberal, que en aquel tiempo era la opción menos ideologizada y menos dogmática posible. Pero fue, eso sí, «un liberal sin disciplina de partido», en palabras de Valentín del Arco; esto es, un auténtico liberal.
Las personas inclasificables suelen resultar molestas, pues no podemos simplificarlas ni reducirlas a un solo concepto o categoría, especialmente en España, donde somos muy dados a proclamar esa falsa y terrible disyuntiva de «o estás conmigo o estás contra mí», como si las cosas fueran tan sencillas y no cupieran otras opciones, incluso varias a la vez.
Para Unamuno como para muchos ciudadanos de las poblaciones que fueron inmediatamente ocupadas por los golpistas, como fue el caso de Salamanca, el alzamiento militar venía a ser algo así como una simple rectificación de algunos de los males o errores de la República.
Las guerras no se hacen solo con las armas, se llevan a cabo también con las palabras y las imágenes, con la propaganda no en vano la pluma puede ser tan poderosa como la espada, y la máquina de escribir, tan letal como la artillería. En todo caso, el objetivo es el mismo. De hecho, la propaganda es la guerra por otros medios, los de comunicación, una de cuyas funciones es manipular la verdad y generar información falsa. Al fin y al cabo, las fake news no son una invención de nuestro tiempo, lo único nuevo son los canales y soportes tecnológicos utilizados para transmitirlas. Y no hay propaganda sin contrapropaganda. De modo que don Miguel no tardó en verse envuelto en una «guerra de ideas», algo que nada tiene que ver con el pensamiento dialéctico tal y como él lo practicaba. En la «guerra de ideas» no se trata de persuadir al otro con la razón, sino de arrebatársela y acabar con él. Lo que importa es destruir y aniquilar al adversario. Y ya sabemos que, en cualquier conflicto bélico, la primera víctima es siempre la verdad. Unamuno, sin embargo, cuando combatía una idea o arremetía contra una mentira no lo hacía para sustituirla por otra; él quería convencer, no vencer; buscar la verdad, no derrotar;al contrario.
Detractor de las dos Españas, al final de su vida quedó solo y atrapado entre las redes y las alambradas de una de ellas, repudiado por los hunos y por los hotros, y ya no logró salir indemne. No podía ni quería huir de Salamanca, para no poner a su familia en peligro, y era incapaz de permanecer en silencio ante lo que estaba viendo y padeciendo. «El día que me quiten la palabra me han matado», le dijo en una ocasión a Alejandro Lerroux. Durante dos meses y medio Unamuno vivió más agónicamente que nunca,lleno de angustia y zozobra, ya que era consciente de lo que le esperaba.
El escritor falangista Eugenio Montes contó en una entrevista que, diez días antes de la muerte de don Miguel, había acompañado a este al taller de marmolería del cementerio de Salamanca, donde, según comenta, encargó una lápida similar a la de su esposa y con el epitafio que ahora figura en ella. Pero lo más probable es que se trate de una mera leyenda, una de las muchas que se hicieron circular sobre el escritor vasco tras su fallecimiento; con ellas se trataba de dar un aire de fatalidad a la muerte de Unamuno.

Conocemos la muerte de Unamuno a través, sobre todo, del relato de su último interlocutor, una versión llena de lagunas, incoherencias, vaguedades y contradicciones, pero que, poco a poco, se fue extendiendo, reforzando e imponiendo, hasta el punto de que luego nadie ha sido capaz de refutarla, desmontarla o ponerla en cuestión.
La fuente principal fue el único testigo, Bartolomé Aragón Gómez, del que luego hablaremos por extenso. Las primeras declaraciones de este aparecen recogidas al día siguiente, 1 de enero de 1937, en la prensa local de Salamanca. Parece evidente que la información procede de él, pero cabe preguntarse cómo llegaron a ella los periodistas, ya que, por lo visto, Aragón se había encerrado en su cuarto del hotel Novelty, presa de la ansiedad y de los nervios y tal vez del pánico. Sea como fuere, el titular a doble columna de La Gaceta Regional de Salamanca, en la última página, decía lo siguiente en letra destacada: «Ayer fallecido Don Miguel de Unamuno. Su muerte fue repentina».
Las últimas palabras de Unamuno y el momento del óbito. «Cuando un momentáneo desfallecimiento de su interlocutor le hizo decir: “La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos”, D. Miguel descargó un recio puñetazo sobre la camilla y exclamó: “¡Eso no puede ser, Aragón!. Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse”». Dicho esto, Unamuno dio su último suspiro «de cara a Dios, a España y a Falange, que lo veía, doloridamente, morir entre sus brazos y que alzó sobre ellos, con un movimiento espontáneo y juvenil, sus restos, para llevarlos a lacasa de Dios…».
El caso es que, según Loscertales, Unamuno murió como un buen falangista, suspirando por Dios y por España; de ahí que, como más adelante veremos, fuera enterrado con honores propios de un camarada fiel y leal. Sin embargo, lo primero que cabe preguntarse es si de verdad fueron las arriba citadas las últimas palabras de don Miguel.

La versión oficial de la muerte de Unamuno parece un cuento de Navidad, un cuento dickensiano con nieve y frío en el que un joven falangista va a visitar a un viejo y solitario cascarrabias para hacerle compañía la tarde de Nochevieja y, durante su encuentro, este último discute, protesta y se lamenta por la situación de su patria, pero al final tiene una revelación, recupera su fe en Dios y en las bondades de la Falange y muere plácidamente antes de acabar el año, mientras en un primer plano vemos arder una humilde zapatilla de andar por casa sobre las cenizas de un brasero, símbolo del hogar y de la nueva España que ya se vislumbra en el horizonte.
La versión oficial de la muerte de Unamuno no es, pues, más que un relato claramente propagandístico que pretende apropiarse de su figura y secuestrar su memoria, convirtiéndolo en un falangista, como siempre habían deseado. No en vano los autores de tal usurpación eran colaboradores de los sublevados y miembros de la organización fundada por José Antonio. Y es que la historia, como ya sabemos, la escriben siempre los vencedores. Ellos deciden qué es lo que hay que recordar y qué es lo que hay que olvidar, pues son los dueños del relato. El de la muerte de Unamuno se impuso desde el primer momento, y con el paso del tiempo, a fuerza de repetirlo, se fue consolidando y consagrando, sin que casi nadie haya querido o sabido refutarlo. Es más: todavía son muchos los que hoy.
La reseña del acto sabemos con certeza que el detonante del enfrentamiento con Millán Astray no fue el discurso de Unamuno en su conjunto, sino la mención de José Rizal, del que ya hemos hablado aquí. En efecto, el fantasma de Rizal sobrevoló el ambiente ya de por sí muy caldeado del paraninfo, pues estaba lleno de falangistas y militares armados. Sin embargo, se da la circunstancia de que en buena parte de los testimonios o de las reconstrucciones que se han hecho de la intervención de Unamuno no aparece ninguna referencia al héroe filipino, como si su nombre hubiera sido olvidado o silenciado.
Las primeras consecuencias para Unamuno no tardaron en llegar. Desde ese día tuvo que encerrarse en su casa, de donde podía salir, pero siempre bajo vigilancia. No se le permitía escribir para la prensa y, en principio, tenía vedadas las visitas de corresponsales extranjeros, si bien varios de ellos se las arreglaron para entrevistarlo cuando estaba solo en casa. Otras se llevaron a cabo bajo la supervisión del capitán Gonzalo de Aguilera, que actuaba de censor militar, como era habitual desde que los sublevados tomaron Salamanca.

De conformidad con el Acta de Defunción de fecha i de enero de 1937 donde se trascribe lo que debió [de] ser la «certificación facultativa» del Dr. Núñez, Miguel de Unamuno fallece a consecuencia de: Causa inmediata de defunción, hemorragia bul-bar. Producida por arterioesclerosis e hipertensión arterial. Si una persona [muere a consecuencia de] una hemorragia intracraneal, que es diagnosticada mediante la exploración del médico [mientras aún estaba] viva, y si este aprecia que [se ha producido] por causas naturales, se certifica la defunción como muerte natural y se inscribe en el registro civil de forma ordinaria y sin más trámite. Con ello se puede proceder a la retirada del cuerpo por la funeraria y a su inhumación en plazos que van entre las 24 y las 48 horas. Pero si la persona ha fallecido ya, en la práctica es muy difícil que el médico pueda saber cuál es la causa médica de la muerte. Por otra parte, también hay que considerar que si se produce una muerte súbita o inesperada, como lo fue en el caso de Miguel de Unamuno, lo lógico es no certificar la defunción y avisar al Juzgado de Guardia, lo que hubiera supuesto la intervención del médico forense con la consiguiente práctica de una autopsia reglada. En este caso existirán unas diligencias en el Juzgado de Instrucción correspondiente de la ciudad de Salamanca.
El dictamen médico no es lo único desconcertante en este asunto. También cabe hablar de algunos errores o inexactitudes en los documentos públicos relacionados con la muerte de don Miguel, no por usuales menos llamativos. La misma tarde del fallecimiento se expide un mandato de sepultura eclesiástica redactado por el párroco de la iglesia de la Purísima. En el documento se indica que, según el certificado de defunción firmado por el médico, que no se conserva, Unamuno murió a las 17:00 horas, antes, por tanto, de lo que dieron a entender la mayor parte de los testigos. En principio, el único que sitúa el fallecimiento en esa hora es Miguel Quiroga de Unamuno, o sea, Miguelín, que entonces tenía tan solo siete años, y lo hace, además, mucho tiempo después, en unas declaraciones recogidas en un programa de Radio Nacional de España emitido el 25 de octubre de 2014.
¿Cuál es la causa de la discrepancia en cuanto a la hora de la muerte de don Miguel? Tal vez pueda deberse a que la familia mostrara su deseo de que se le enterrara lo antes posible, y ya sabemos que, según la legalidad de la época, tenían que transcurrir un mínimo de veinticuatro horas desde el fallecimiento a la sepultura, y estaban en invierno, con lo que a las dieciocho horas ya era de noche. Pero, entonces, cabe preguntarse: ¿a qué tantas prisas? ¿Por qué tanta celeridad para enterrar a don Miguel, dado que se trataba del primer día del año? ¿No hubiera sido mejor esperar al día siguiente y dar así tiempo para que llegara con tranquilidad alguno de los familiares que vivían fuera de Salamanca y para que la ciudadanía pudiera honrar como era debido el cadáver de su vecino más prestigioso? Según algunos, pudo ser su hija Felisa la que tomó la decisión de que el entierro se llevara a cabo cuanto antes, con el fin de evitar —sin ningún éxito— que las exequias de su padre pudieran ser utilizadas de alguna forma por los sublevados.

Dejando al margen su muerte física, ya fuera natural o no, Unamuno fue víctima de una muerte simbólica, que, de alguna manera, puede considerarse mucho peor que la primera. Al parecer no bastaba con que hubiera fallecido y su voz se hubiera apagado. Tenían que requisar su cadáver y tergiversar su palabra.
Que,hipotéticamente, acabaran con él podría calificarse de algo injusto y cruel. Que, además, secuestraran su memoria y su personalidad resulta especialmente trágico y doloroso para alguien como Unamuno, ya que de esta forma le estaban arrebatando algo más preciado que la vida, aquello por lo que había luchado durante toda su existencia y a lo que había consagrado sus obras; nos referimos a la manera en que sería recordado después de su desaparición, que para él era la única forma factible de supervivencia o inmortalidad. La primera muerte podría considerarse oscura y sospechosa; la segunda, sin duda, fue una auténtica infamia.
Dicho esto, la pregunta que cabe hacerse es si esta última obedeció a algún plan y, en ese supuesto, ¿quién estaba detrás? No hay que ser muy suspicaz ni demasiado perspicaz para suponer o conjeturar que podría responder a una estrategia urdida por el entorno de Prensa y Propaganda y por la propia Falange. Lo cierto es que algunos falangistas, varios de ellos adscritos a esa oficina, actuaron de forma inmediata y no tardaron en presentarse en el velatorio, mientras algunos de sus compañeros escribían panegíricos y obituarios sobre Unamuno en el palacio de Anaya. Lo normal habría sido que esa noche se encontraran todos ellos con sus familias en sus casas o en alguna fiesta para despedir el año, incluso fuera de Salamanca. Pero allí estaban: rindiendo honores y homenajeando a Unamuno.
La razón de tal sobreactuación estaría, según Jon Juaristi, en el deseo de acallar el runrún que circulaba por la ciudad: «Por Salamanca corrió el rumor de que lo habían asesinado, envenenándolo, y el pobre Bartolomé Aragón Gómez pasó las horas más amargas de su vida. Pero Víctor de la Serna convocó a los intelectuales falangistas y les ordenó hacer del entierro de Unamuno un acto de duelo y homenaje que disipase todas las sospechas». Pero también cabe pensar, por el contrario, que ese duelo «fingido» estaba ya previsto de alguna manera y que, más que disipar, lo que hace es acrecentar las sospechas de que detrás de la muerte de don Miguel pudo haber algo turbio.
A Unamuno se lo apropió la Falange —del mismo modo, por cierto, que Franco se había apropiado de José Antonio, al que en realidad temía y detestaba, tras su oportuna muerte; hay que reconocer que el Generalísimo era una persona con suerte, la famosa baraka, y un experto en servirse de las memorias ajenas— y los sublevados siguieron utilizándolo después de su desaparición, y ello a pesar del rechazo y desprecio que sentían hacia él, o precisamente por eso, nunca se sabe. Gracias a su muerte, pudieron asimilar su figura al Nuevo Estado que estaban construyendo. Así que, como era de esperar, Unamuno murió envuelto en paradojas. Los fascistas lo enterraron como a uno de los suyos, a pesar de que lo veían como un traidor. Para los republicanos, era un traidor, a pesar de haberse enfrentado a los sublevados. En definitiva, fue un héroe al que los hunos y los hotros consideraban un traidor, aunque fuera por motivos diferentes y se podría decir que complementarios. Nadie, por tanto, ha encarnado como él el borgiano «tema del traidor y del héroe».

Tras el 12 de octubre, Unamuno se había convertido en una bomba de relojería y, con su muerte, esta quedó completamente desactivada. Pero eso no les bastó. Tenían que destruir su legado y apropiarse de su memoria, que, para Unamuno, era lo único que en verdad permanece tras la muerte física, la única forma de inmortalidad o vida eterna que nos queda, la única posibilidad de pervivencia.
Unamuno fue un mártir y su trágica muerte lo ha convertido, con el paso del tiempo, en un símbolo vivo, pues nadie encarna mejor que él la defensa de la cultura, de la literatura, del pensamiento y de la palabra, de la libertad de la palabra contra la opresión de la tiranía y de la barbarie. Como Lorca y tantos otros, Unamuno fue una víctima del franquismo. Es verdad que su cuerpo no yace en una cuneta ni en una fosa anónima, sino en un nicho del cementerio de Salamanca perfectamente numerado e identificado. Es la memoria de lo que ocurrió en su casa esa tarde del 31 de diciembre de 1936 la que sigue enterrada en una especie de cuneta, bajo un montón de falsedades y tergiversaciones. Desde entonces se ha escrito e investigado mucho sobre la vida y la obra de Unamuno.

Libros de los autores comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/06/el-manuscrito-de-nieve-luis-garcia-jambrina/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/27/la-doble-muerte-de-unamuno-luis-garcia-jambrina-manuel-menchon-the-double-death-of-unamuno-by-luis-garcia-jambrina-manuel-menchon-spanish-book-edition/

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Short essay, but essential to discover all the discrediting maneuvers that Miguel de Unamuno suffered at the hands of the Franco regime. Sheds a lot of light and data on the figure of Unamuno. Apart from getting to know the person and character better.

We live in post-truth times in which it seems that the search for the truth has become a chimera and, therefore, no longer interests anyone or rather lacks sense; the only thing that apparently matters is forging a powerful and convincing, or at least plausible, narrative and imposing it seductively on others.
Unamuno was not a man of dogmas or ideas, but of thought, a living thought that never stopped; nor did it materialize in a definitive conclusion. It was dialectical: a continuous succession of thesis and antithesis, but never reaching the conciliatory synthesis – «I flee from the synthesis of opposites to the Hegelian way» – since what really interested him was «to feel the dialectical and fruitful game of the contradictions, root and support of the alive conscience ».
In reality, his way of thinking was a way of living and acting, an attitude towards life; a way, in short, to face the world and with the existence that consisted of being in constant struggle or agony.
After having written so many pages about Christianity and the longing for immortality we cannot even determine if he was a believer or not; if he only wanted to believe or in truth he believed that he believed; whether or not he was convinced of the existence of an enduring life, of something that would guarantee his own transcendence. Politically, he considered himself a liberal, which at that time was the least ideological and least dogmatic option possible. But he was, yes, «a liberal without party discipline», in the words of Valentín del Arco; that is, a true liberal.
Unclassifiable people tend to be annoying, because we cannot simplify or reduce them to a single concept or category, especially in Spain, where we are very given to proclaiming that false and terrible dilemma of «either you are with me or you are against me», as if things They were so simple and there were no other options, even several at the same time.
For Unamuno as for many citizens of the towns that were immediately occupied by the coup plotters, as was the case of Salamanca, the military uprising came to be something like a simple rectification of some of the evils or errors of the Republic.
Wars are not made only with weapons, they are also carried out with words and images, with propaganda not in vain the pen can be as powerful as the sword, and the typewriter, as lethal as artillery. In any case, the objective is the same. In fact, propaganda is war by other means, those of communication, one of whose functions is to manipulate the truth and generate false information. After all, fake news is not an invention of our time, the only thing new are the channels and technological supports used to transmit them. And there is no propaganda without counterpropaganda. So it didn’t take long for Don Miguel to find himself involved in a «war of ideas,» something that has nothing to do with dialectical thinking as he practiced it. In the «war of ideas» it is not a question of persuading the other with reason, but of taking it from him and ending him. What matters is destroying and annihilating the adversary. And we already know that, in any conflict, the first victim is always the truth. Unamuno, however, when he fought an idea & nbsp; or attacked a lie, he did not do so to replace it with another; he wanted to convince, not win; seek the truth, not defeat, on the contrary.
Detractor of the two Spains, at the end of his life he was left alone and trapped between the nets and barbed wire of one of them, repudiated by the Huns and the Hiros, and no longer managed to escape unscathed. He could not and did not want to flee Salamanca, so as not to put his family in danger, and he was unable to remain silent in the face of what he was seeing and suffering. «The day they take my word off they have killed me,» he once said to Alejandro Lerroux. For two and a half months Unamuno lived more agonizingly than ever, full of anguish and anxiety, as he was aware of what awaited him.
The Falangist writer Eugenio Montes recounted in an interview that, ten days before Don Miguel’s death, he had accompanied him to the marble workshop in the Salamanca cemetery, where, according to him, he commissioned a tombstone similar to that of his wife and with the epitaph that now appears on it. But the most probable thing is that it is a mere legend, one of the many that were circulated about the Basque writer after his death; with them it was tried to give an air of doom to the death of Unamuno.

We learn about Unamuno’s death through, above all, the story of his last interlocutor, a version full of gaps, inconsistencies, vagueness and contradictions, but which, little by little, was spreading, reinforcing and imposing, to the point that then nobody has been able to refute it, dismantle it or put it into question.
The main source was the only witness, Bartolomé Aragón Gómez, of whom we will speak at length later. The first declarations of this appear collected the following day, January 1, 1937, in the local press of Salamanca. It seems clear that the information comes from him, but it is worth wondering how the journalists got to it, since, apparently, Aragon had locked himself in his room at the Hotel Novelty, seized with anxiety and nerves and perhaps panic . Be that as it may, the double-column headline of La Gaceta Regional de Salamanca, on the last page, read the following in prominent print: “Don Miguel de Unamuno passed away yesterday. His death was sudden.
Unamuno’s last words and the moment of death. «When a momentary fainting of his interlocutor made him say:» The truth is that sometimes I wonder if God may not have turned his back on Spain by having his best children available, «Miguel unleashed a strong punch on the stretcher and exclaimed:» That cannot be, Aragon! God cannot turn his back on Spain. Spain will be saved because it has to be saved ”». That said, Unamuno breathed his last “facing God, Spain and the Falange, who saw him, painfully, die in his arms and who lifted his remains over them, with a spontaneous and youthful movement, to take them home. of God…».
The fact is that, according to Loscertales, Unamuno died like a good Falangist, sighing for God and for Spain; hence, as we shall see later, he was buried with the honors of a faithful and loyal comrade. However, the first thing to wonder is whether the last words of Don Miguel were really the aforementioned.

The official version of Unamuno’s death seems like a Christmas story, a Dickensian tale with snow and cold in which a young Falangist goes to visit an old and lonely curmudgeon to keep him company on New Year’s Eve and, during their meeting, this The latter discusses, protests and laments about the situation in his country, but in the end he has a revelation, he regains his faith in God and in the goodness of the Falange and dies peacefully before the end of the year, while in the foreground we see a burning humble shoe to walk around the house on the ashes of a brazier, symbol of home and of the new Spain that is already looming on the horizon.
The official version of Unamuno’s death is therefore nothing more than a clearly propagandistic account that seeks to appropriate his figure and hijack his memory, turning him into a Falangist, as they had always wanted. Not in vain the authors of such usurpation were collaborators of the rebels and members of the organization founded by José Antonio. And it is that history, as we already know, is always written by the winners. They decide what to remember and what to forget, because they are the owners of the story. The death of Unamuno was imposed from the first moment, and with the passage of time, by dint of repeating it, it was consolidated and consecrated, without almost anyone having wanted or known to refute it. What’s more: there are still many who today.
The review of the event we know with certainty that the trigger for the confrontation with Millán Astray was not Unamuno’s speech as a whole, but the mention of José Rizal, of which we have already spoken here. Indeed, the ghost of Rizal flew over the already very heated environment of the auditorium, as it was full of Falangists and armed soldiers. However, it so happens that in a good part of the testimonies or reconstructions that have been made of Unamuno’s intervention there is no reference to the Philippine hero, as if his name had been forgotten or silenced.
The first consequences for Unamuno were not long in coming. From that day on, he had to shut himself up in his house, from where he could leave, but always under surveillance. He was not allowed to write for the press and, in principle, he was prohibited from visiting foreign correspondents, although several of them managed to interview him when he was alone at home. Others were carried out under the supervision of Captain Gonzalo de Aguilera, who acted as military censor, as was customary since the rebels took Salamanca.

In accordance with the Death Certificate dated January 1, 1937, where it is transcribed what should [of] be the «optional certification» of Dr. Núñez, Miguel de Unamuno dies as a result of: Immediate cause of death, bullous hemorrhage. Pub. Produced by arteriosclerosis and arterial hypertension. If a person [dies as a result of] an intracranial hemorrhage, which is diagnosed by the examination of the doctor [while he was still] alive, and if the doctor appreciates that it [has occurred] by natural causes, the death is certified as natural death and it is registered in the civil registry in an ordinary way and without further formality. With this, you can proceed to the removal of the body by the funeral home and its burial in periods ranging between 24 and 48 hours. But if the person has already died, in practice it is very difficult for the doctor to know what the medical cause of death is. On the other hand, it must also be considered that if there is a sudden or unexpected death, as it was in the case of Miguel de Unamuno, the logical thing is not to certify the death and notify the Court of Guard, which would have meant the intervention of the forensic doctor with the consequent practice of a regulated autopsy. In this case, there will be proceedings in the corresponding Investigating Court of the city of Salamanca.
The medical opinion is not the only puzzling thing in this matter. It is also worth mentioning some errors or inaccuracies in the public documents related to the death of Don Miguel, not because they are usually less striking. The same afternoon of his death, an ecclesiastical burial order is issued, drawn up by the parish priest of the Church of La Purísima. The document indicates that, according to the death certificate signed by the doctor, which is not preserved, Unamuno died at 5:00 p.m., therefore earlier than what most of the witnesses suggested. In principle, the only one who places the death at that time is Miguel Quiroga de Unamuno, that is, Miguelín, who was only seven years old at the time, and he does so, moreover, a long time later, in statements collected in a Radio program National of Spain issued on October 25, 2014.
What is the cause of the discrepancy regarding the time of Don Miguel’s death? Perhaps it could be because the family showed their desire to be buried as soon as possible, and we already know that, according to the legality of the time, a minimum of twenty-four hours had to elapse from death to burial, and they were in winter, so that by eighteen hours it was already night. But, then, it is worth asking: in what rush? Why so quickly to bury Don Miguel, since it was the first day of the year? Wouldn’t it have been better to wait until the next day and thus allow time for some of the family members who lived outside Salamanca to arrive calmly and for the citizens to properly honor the corpse of his most prestigious neighbor? According to some, it may have been his daughter Felisa who made the decision that the burial should take place as soon as possible, in order to avoid — to no avail — that her father’s funeral could be used in some way by the rebels.

Leaving aside his physical death, natural or not, Unamuno was the victim of a symbolic death, which, in some way, can be considered much worse than the first. Apparently it was not enough that he had passed away and his voice had died away. They had to requisition his body and misrepresent his word. That, hypothetically, they killed him could be described as something unfair and cruel. That, in addition, his memory and personality were kidnapped is especially tragic and painful for someone like Unamuno, since in this way they were taking away something more precious than life, what he had fought for throughout his existence and what he had consecrated his work; we mean the way he would be remembered after his disappearance, which for him was the only feasible form of survival or immortality. The first death could be considered dark and suspicious; the second, without a doubt, was a real infamy.
That said, the question to ask is whether the latter obeyed some plan and, in that case, who was behind it? You do not have to be very suspicious or too insightful to suppose or conjecture that it could respond to a strategy concocted by the Press and Propaganda environment and by the Falange itself. The truth is that some Falangists, several of them attached to that office, acted immediately and did not take long to appear at the wake, while some of their companions wrote eulogies and obituaries about Unamuno in the Anaya palace. The normal thing would have been that that night all of them met with their families in their homes or at some party to say goodbye to the year, even outside of Salamanca. But there they were: paying honors and paying tribute to Unamuno.
The reason for such overacting would be, according to Jon Juaristi, in the desire to silence the buzz that circulated in the city: «Rumor spread in Salamanca that he had been murdered, poisoned, and poor Bartolomé Aragón Gómez spent the most bitter hours of his life. But Víctor de la Serna summoned the Falangist intellectuals and ordered them to make Unamuno’s funeral an act of mourning and homage that would dispel all suspicions. But it is also possible to think, on the contrary, that this «feigned» duel was already planned in some way and that, rather than dissipating, what it does is heighten the suspicions that behind the death of Don Miguel there could be something murky.
Unamuno was appropriated by the Falange — in the same way, by the way, that Franco had appropriated José Antonio, whom he actually feared and detested, after his timely death; It must be recognized that the Generalissimo was a lucky person, the famous baraka, and an expert in making use of other people’s memories – and the rebels continued to use him after his disappearance, and this despite the rejection and contempt they felt towards him, or precisely because of that, you never know. Thanks to his death, they were able to assimilate his figure to the New State they were building. So, unsurprisingly, Unamuno died wrapped in paradoxes. The fascists buried him as one of their own, even though they saw him as a traitor. For the republicans, he was a traitor, despite having faced the insurgents. Ultimately, he was a hero considered a traitor by the Huns and the Hiros, albeit for different reasons and one could say that they were complementary. No one, therefore, has embodied the Borgian «theme of the traitor and the hero» like him.

After October 12, Unamuno had become a time bomb and, with his death, it was completely defused. But that was not enough for them. They had to destroy his legacy and appropriate his memory, which, for Unamuno, was the only thing that truly remains after physical death, the only form of immortality or eternal life that remains, the only possibility of survival.
Unamuno was a martyr and his tragic death has turned him, over time, into a living symbol, since no one better embodies the defense of culture, literature, thought and speech, of freedom of the word against the oppression of tyranny and barbarism. Like Lorca and so many others, Unamuno was a victim of Francoism. It is true that his body does not lie in a gutter or in an anonymous grave, but in a perfectly numbered and identified niche in the Salamanca cemetery. It is the memory of what happened in his house that afternoon of December 31, 1936 that is still buried in a kind of gutter, under a lot of falsehoods and misrepresentations. Since then, much has been written and researched about Unamuno’s life and work.

Books from the authors commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/06/el-manuscrito-de-nieve-luis-garcia-jambrina/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/27/la-doble-muerte-de-unamuno-luis-garcia-jambrina-manuel-menchon-the-double-death-of-unamuno-by-luis-garcia-jambrina-manuel-menchon-spanish-book-edition/

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