Lux — Mario Cuenca Sandoval / Lux by Mario Cuenca Sandoval (spanish book edition)

La energía. Las banderas. Le confieso que la primera vez que voté al partido lo hice desde la ira, contra todos los que nos habían gobernado con anterioridad, contra la incompetente gestión de la pandemia, contra la alfombra tendida a los pies de los inmigrantes que nos habían traído el mal de sus países y parasitaban los servicios sanitarios, contra las blandas leyes que amparaban a los delincuentes, contra la impunidad de los corruptos, contra los separatistas que amenazaban con pulverizar el país. Sin embargo en aquella segunda oportunidad lo hice, créame, desde la más cristalina esperanza y abrazando sin fanatismo la certeza de que LUX constituía la única tabla de salvamento, pues cualquier otro combate, tanto de la izquierda como de la derecha, solo serviría para prolongar nuestra decadencia como nación extendiendo cataplasmas sobre la piel del animal herido, porque la izquierda y la derecha seguían jugando sobre el mismo tablero del siglo anterior, pero LUX era el único proyecto con la determinación suficiente como para impugnar el propio tablero y las reglas, la única auténtica oposición al naufragio.

No nos narra el auge y caída del partido Lux con escenas sino de la forma más plúmbea y parcial posible. En todo momento, se percibe el sesgo y se observa como se aplican todos los tópicos sobre la llamada «ultraderecha». En lo literario, es muy repetitivo. La verdad, poca progresión se ve. Hay un tema y da vueltas sobre él una y mil veces. El final no me gusto. Tendrá sus lectores pero más allá de LUX, VOX o como se quiera denominar…
La absoluta parcialidad del relato, en el que el lector, nada más ponerse a leer, ya adivina no solo el mensaje y el resultado de los acontecimientos, sino también entrevé, o más bien ve claramente, los tópicos asociados a los grupos de determinado espectro político.
La segunda, la forma. Escrito a modo de cartas dirigidas a la madre de una de las víctimas de esta nueva sociedad distópica, el relato peca del defecto de la falta de progresión y de la repetitividad. El narrador de las cartas piensa por nosotros. Describe los acontecimientos desde un punto de vista que parece defender muchos de los aspectos de la actuación del partido radical, pero que cualquier lector avezado enseguida descubre se trata de una narración irónica que entra de lleno en el cliché, el esperpento y lo grotesco.
Teniendo en cuenta sobre todo la segunda razón, la historia se hace muy ardua de leer, al no estar estructurada en escenas dramatizadas, sino en reflexiones reiterativas y poco más, cuando encima, tienes la completa seguridad de que va a terminar como termina, no dejando espacio para la imaginación o para la sorpresa.
Resulta un poco irritante que no haya contrapesos ideológicos.

Ustedes también acometían sus propias cazas de brujas mediáticas. La gran herramienta del XXI, equiparable en su trascendencia a la revolución que había propiciado la imprenta en el Renacimiento, se había convertido en una ciénaga de fanatismo y supersticiones [la Tierra plana, los antivacunas, las estelas químicas en el cielo…]. Pero nadie antes de LUX había desplegado una estrategia tan rotunda en las primitivas redes sociales, una miríada tan exuberante de perfiles falsos y páginas y más páginas en cuya cabecera aparecía invariablemente la palabra España [Sentimiento nacional de España, Unión patriótica de España, La España de todos, Orgulloso de ser español…], un enjambre en continua procreación que lanzaba contra los oponentes sus incontables aguijones digitales. Nadie antes de LUX, ninguna formación política, había comprendido la importancia de una herramienta como aquella, al menos en nuestro país, pues incluso quienes nos combatían en las redes no hacían otra cosa que aumentar nuestra visibilidad y, con ello, nuestras opciones electorales. No afirmo que LUX creara este fenómeno, en absoluto. Afirmo que, en parte, este fenómeno creó a LUX.
Nada de lo que trato de explicar en este documento hubiera sucedido sin la pandemia, o, por mejor decir, sin esa especie de nuevo milenarismo que la pandemia trajo de la mano, aquella conmoción colectiva, mezcla de indignación y pánico [los españoles primero] y sus funestas consecuencias económicas, el desplome de los mercados financieros, que arrastró a los bancos y aseguradoras y estos, a su vez, a los trabajadores y los servicios públicos en una especie de gigantesco y demencial dominó.
Apenas se levantaron las restricciones promovidas por la pandemia y el país se lanzó de nuevo a las calles, nos convertimos en una nación bicéfala: por un lado, los que esgrimían sus pancartas y sus estridentes lemas contra los miembros del gobierno saliente, a los que llamaban criminales por su inepta y timorata respuesta a la emergencia sanitaria; de otro lado, los que se dejaron arrastrar por una inmensa y cálida oleada de hedonismo y regresaban ahora al placer del rebaño en los bares, las terrazas, los conciertos, las barberías, los prostíbulos, como exconvictos determinados a recuperar el tiempo perdido. Pues bien: yo no pertenecía ni a los primeros ni a los segundos, sino a un humilde tercer país, una república autosuficiente del duelo y la humillación.

Gobernar un país consiste en conseguir que esa ilusión óptica parezca pletórica de vida, embarcada en un frenesí productivo, y que de este modo inspire la mayor confianza entre los consumidores y los inversores extranjeros. Puro ilusionismo.
Luego habrá, sin lugar a dudas, muchas maneras de generar el espejismo de una nación en marcha, pero ninguna mejor que ese delirio vertical que llamamos construcción, esa gran sinfonía de la prosperidad que regala incluso los oídos más vulgares, porque no es abstracta, sino tangible, porque no levanta ante los ojos de los votantes el espantajo de las estadísticas y las cifras, sino objetos sólidos que apuntalan el holograma del progreso. Acondicionar aceras. Construir rotondas. Urbanizar suelo para que chapotee libremente la ambición de los promotores. Y, sobre todo, levantar costosas edificaciones civiles que permitan exhibir el coraje de la raza en eventos planetarios, torneos deportivos, ferias tecnológicas, exposiciones universales… Ya sabe usted: esa ostentación tan propia de los nuevos ricos, para parecer uno de ellos.
Solo que aquello que estaba llamado a convertirse en la catedral de la nueva España…

En el insomnio, la realidad no obedece a las mismas leyes que en la vigilia. El tiempo se hace trizas. Los actos se repiten en bucle y la memoria examina una y otra vez cada fragmento, trata de pulir la obsidiana de una vida entera con las herramientas de la imaginación y del anhelo.
Sé lo que estará pensando. Le resultará tan inconcebible como a mí que la serie de repeticiones pueda prolongarse ad infinitum.

La verdad: no tengo fe en España. No creo que esta nación sobreviva a la marea de los nuevos tiempos. Se disgregará como un cadáver invadido por organismos oportunistas. El nuestro es un país sin posible cura, incrustado en un continente enfermo dentro de un planeta aún más enfermo.
Estoy convencido de que los buenos resultados iniciales sostuvieron a LUX durante la primera legislatura, dado que la tristeza y la ira no son suficientes para explicar el apoyo que recibimos entonces, no pueden ser sus únicas fuentes de alimentación, pues, en tal caso, ¿la furia de los desengañados fue solo una moda pasajera? Pero tampoco la furia de sentido contrario, la indignación de nuestros oponentes, puede ser considerada como la fuerza que derribó nuestros ídolos. No, ustedes son los únicos interesados en ese relato según el cual las desapariciones precipitaron el final de LUX, esa fantasía autocomplaciente de que fueron las madres, las polillas entre las que usted se contaba, quienes nos postraron ante el veredicto de un pueblo, y que cierto tendencioso filme consagró entre la opinión pública.
Confío a su perspicacia la lectura del fenómeno. Yo me declaro incapaz.

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Energy. The flags. I confess that the first time I voted for the party, I did it out of anger, against all those who had governed us previously, against the incompetent management of the pandemic, against the carpet laid at the feet of the immigrants who had brought us evil of their countries and parasitized the health services, against the soft laws that protected criminals, against the impunity of the corrupt, against the separatists who threatened to pulverize the country. However, on that second chance I did it, believe me, from the most crystalline hope and embracing without fanaticism the certainty that LUX was the only rescue table, since any other fight, both on the left and on the right, would only serve to prolong our decadence as a nation spreading poultices on the skin of the wounded animal, because the left and the right were still playing on the same board of the previous century, but LUX was the only project with enough determination to challenge the board itself and the rules, the only real opposition to the shipwreck.

He does not narrate the rise and fall of the Lux party with scenes but in the most leaden and partial way possible. At all times, the bias is perceived and it is observed how all the topics about the so-called «ultra-right» are applied. In the literary, it is very repetitive. The truth, little progression is seen. There is a subject and he goes around it a thousand times. I did not like the end. This book have readers beyond LUX, VOX or whatever you want to call it.
The absolute partiality of the story, in which the reader, as soon as he begins to read, already guesses not only the message and the result of the events, but also glimpses, or rather clearly sees, the topics associated with the groups of a certain spectrum political.
The second, the form. Written in the manner of letters addressed to the mother of one of the victims of this new dystopian society, the story suffers from the defect of lack of progression and repetitiveness. The narrator of the letters thinks for us. He describes the events from a point of view that seems to defend many aspects of the radical party’s performance, but which any seasoned reader immediately discovers is an ironic narrative that falls squarely on the cliché, the grotesque and the grotesque.
Taking into account above all the second reason, the story becomes very difficult to read, as it is not structured in dramatized scenes, but in repetitive reflections and little else, when on top of that, you are completely sure that it will end as it ends, no leaving room for imagination or surprise.
It is a bit irritating that there are no ideological counterweights.

You also went on your own media witch hunts. The great tool of the 21st century, comparable in its transcendence to the revolution that had caused the printing press in the Renaissance, had become a swamp of fanaticism and superstitions [the flat Earth, the anti-vaccines, the chemtrails in the sky … .]. But no one before LUX had deployed such a resounding strategy in primitive social networks, such an exuberant myriad of fake profiles and pages and more pages with the word Spain invariably appearing at the top [Spain’s National Sentiment, Patriotic Union of Spain, La España of all, Proud to be Spanish …], a swarm in continuous procreation that launched against the opponents its countless digital stingers. No one before LUX, no political formation, had understood the importance of a tool like that, at least in our country, because even those who fought us in the networks did nothing but increase our visibility and, with it, our electoral options. I am not claiming that LUX created this phenomenon at all. I contend that, in part, this phenomenon created LUX.
Nothing that I try to explain in this document would have happened without the pandemic, or, better to say, without that kind of new millennialism that the pandemic brought hand in hand, that collective commotion, a mixture of indignation and panic [Spaniards first] and its dire economic consequences, the collapse of the financial markets, which dragged banks and insurance companies and these, in turn, workers and public services into a kind of gigantic and insane dominoes.
As soon as the restrictions promoted by the pandemic were lifted and the country took to the streets again, we became a two-headed nation: on the one hand, those who brandished their banners and their strident slogans against members of the outgoing government, to whom they called criminals for their inept and timorous response to the health emergency; on the other hand, those who were swept away by an immense and warm wave of hedonism and now returned to the pleasure of the herd in bars, terraces, concerts, barber shops, brothels, as ex-convicts determined to make up for lost time. Well, I did not belong to either the former or the latter, but to a humble third country, a self-sufficient republic of mourning and humiliation.

Governing a country consists of making that optical illusion appear full of life, embarked on a productive frenzy, and thus inspire the greatest confidence among consumers and foreign investors. Pure illusionism.
Then there will be, without a doubt, many ways to generate the mirage of a nation on the move, but none better than that vertical delirium that we call construction, that great symphony of prosperity that gives even the most vulgar ears, because it is not abstract, but tangible, because it does not raise before the eyes of the voters the scarecrow of statistics and figures, but solid objects that underpin the hologram of progress. Prepare sidewalks. Build roundabouts. Urbanize land so that the ambition of the promoters can splash freely. And, above all, build expensive civil buildings that allow the courage of the race to be exhibited in planetary events, sports tournaments, technology fairs, world exhibitions … You know: that ostentation so typical of the nouveau riche, to look like one of them. .
Only that what was called to become the cathedral of the new Spain …

In insomnia, reality does not obey the same laws as in wakefulness. Time is shattering. The acts are repeated in a loop and the memory examines each fragment again and again, trying to polish the obsidian of an entire life with the tools of imagination and longing.
I know what you are thinking. It will be as inconceivable to you as to me that the series of repetitions can go on ad infinitum.

The truth: I have no faith in Spain. I do not believe that this nation will survive the tide of new times. It will disintegrate like a corpse invaded by opportunistic organisms. Ours is a country with no possible cure, embedded in a sick continent within an even sicker planet.
I am convinced that the good initial results sustained LUX during the first legislature, since sadness and anger are not enough to explain the support we received then, they cannot be its only sources of nourishment, then, in that case, ¿ The fury of the disillusioned was just a fad? But neither can the fury in the opposite direction, the indignation of our opponents, be considered as the force that brought down our idols. No, you are the only ones interested in that story according to which the disappearances precipitated the end of LUX, that self-indulgent fantasy that it was the mothers, the moths you counted among, who prostrated us before the verdict of a people, and that a certain tendentious film enshrined among public opinion.
I entrust to your insight the reading of the phenomenon. I declare myself incapable.

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