El Jardín De Vidrio — Tatiana Tîbuleac / Grădina de Sticlă (A Glass Garden) Tatiana Țîbuleac

Ninguna otra mañana fue como aquella, la primera, cuando me desperté en su cama. Había dormido justo en el medio, como un relleno. Cinco niñas habrían cabido a mi lado si nos hubiéramos acostado de través. Así viven los bombones, pensé. Envueltos en capas crujientes hasta que los engulle alguna boca. En el orfanato tenía tan solo una manta. La mía olía a ratones, pero podría haber sido peor. A mi alrededor la luz brotaba de las cosas como no había visto nunca antes. Incluso de las sillas, incluso de las paredes. En la ventana, un mundo nuevo. Una rama con gotas como perlas. Un animal encantado.

Este libro sigue una receta popular: el drama personal en el contexto de los principales eventos sociales. Aquí está exactamente la misma receta: una niña huérfana es adoptada por una mujer rusa que recolecta botellas y crece durante la perestroika y el «renacimiento nacional». Aquí la vida personal y los cambios sociales y políticos se combinan de manera más significativa, más natural. La historia parece estar bien escrita, pero no parece suficiente. Hay violaciones, abortos, muertes, divorcios y tensiones étnicas en el libro, pero todo me dejó sorprendentemente fría. Es un drama demasiado construido, demasiado literario. Țîbuleac se basa en dos cosas: nostalgia por el público moldavo y exotismo por el público en Rumania y otros países. Nací demasiado tarde para sentir nostalgia por esos tiempos y cosas, pero lo suficientemente cerca como para serme familiar y no encontrar nada exótico.
Un libro bastante oscuro. Una novela fácil de leer con frases cortas y vocabulario sencillo, especialmente para los moldavos nacidos en la ex Unión Soviética. Algunas partes eran tan dolorosamente cercanas y reconocibles porque el libro describe la vida en la ciudad en la que estaba viviendo exactamente en el momento en que vivía la infancia.
En cualquier caso, el libro fue escrito por una mujer para mujeres y definitivamente fuera de mi lectura, pero una amiga fue muy insistente y no me arrepiento. El dolor se siente real cuando lo lees y la autora hizo un buen trabajo.
Qué voz la de Tatiana. Es arrolladora. Y qué dolor. Su forma. Su olor. Su color. Se materializa en cada línea. En cada silencio. En cada suspiro. Mi entusiasmo es tal. Que estoy muda. Esta historia es un vendaval. El epicentro mismo de donde nace el llanto. Llanto que se escurre hasta convertirse en sonrisa. Y es que no me acostumbro.

Sin embargo, la autora ha crecido desde su primer libro. Recuerdo que lo hojeé, me reí un poco enojado acerca de por qué los idiotas estaban allí, y nunca lo volví a leer. El jardín de vidrio es claramente un paso adelante.

Había estallado aquella tormenta de cristal.
El cielo había reventado de tanta luz.
La ciudad, añicos.
Un hombre joven pasaba por la calle silbando.
Su camisa amarilla nos robó el sentido a una tras otra.

Bajo un abedul, unas cuantas botellas vacías, como olvidadas. Tamara Pavlovna se agachó y las metió en la bolsa. Alrededor, nadie, otra mentira. Sabía, sé, que todas las cosas tienen dueño. Y que todos los dueños tienen puños. ¡Una trampa! Quería ponerme a prueba. Quería desconcertarme. La ciudad no era un sitio, sino un castigo. Había venido a llevarme las palizas de todo el mundo.
La tarea no terminaba con la recogida de las botellas, había que lavarlas para que fueran más caras. Llenábamos la bañera a medias, siempre con agua caliente, luego las introducíamos en tandas para que se remojaran. Con agua hirviendo se limpiaban más fácilmente, pero nunca tuve las manos sanas. O hinchadas por el calor, o amoratadas por el frío. Cuando las botellas estaban bien remojadas, intentaba arrancar las etiquetas con la uña. Si se despegaban fácilmente, empezaba a rallar el jabón. Tenía un rallador especial, sin mango, guardado detrás del retrete en una palangana de aluminio. Allí lavaba las más sucias. Un día le pregunté a Tamara Pavlovna por qué no echábamos jabón en la bañera para lavarlas todas a la vez. Me respondió que le sorprendía lo tonta que podía llegar a ser. ¿Cómo se me había ocurrido poner todo aquel vómito junto a las botellas que solo había que enjuagar, sin necesidad de frotar con el cepillo?…

No me hago ilusiones con mi Tamara. Nin-gu-na. En la vejez me quedaré sola como la lepra y todos los temores —que ahora sujeto con esposas, atornillados, bajo los filos levantados de las guillotinas— se abalanzarán sobre mí como una manada. Es mejor así. Saber que nadie —sobre todo esos con los que pierdes los años y el dinero— estará a tu lado al final. Qué alivio descubrir que la ausencia de aquel a quien amas está justificada. Que el vacío del corazón no es ni tu fracaso ni el de nadie.

El alcohol se vendía oficialmente a unas horas determinadas, pero en realidad, no se vendía en absoluto. A falta de bebida de verdad, los vecinos pasaron enseguida a los sucedáneos y los venenos. Había una gran demanda de todo lo que contuviera siquiera un gramo de alcohol: agua de colonia, alcohol medicinal, líquido de frenos y de limpiaparabrisas, alcohol de quemar, anticongelante. En las farmacias se compraba a espuertas tintura de caléndula y yodo. Si era necesario, incluso los productos antiparásitos se diluían con agua o té. Una tarde Lioncik vino a vernos temblando y nos preguntó si no teníamos líquido contra la transpiración de los pies. Era una asquerosidad, pero al menos sabía a pepino. «Bebida y aperitivo a la vez», reía él. Algunos alcohólicos se habían reconvertido y se habían transformado en drogadictos.

¿Quién me ayudaba a mí con las botellas? ¿Cuántos se agacharon en mi lugar, cuántos las cargaron y las levantaron a pulso en las paradas? Hice como que no comprendía y volví la cabeza hacia la ventanilla.

Rumanía me recibió con muchos coscorrones en la frente, pero me recibió.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/20/el-verano-en-que-mi-madre-tuvo-los-ojos-verdes-tatiana-tibuleac-vara-in-care-mama-a-avut-ochii-verzi-the-summer-when-my-mother-had-green-eyes-by-tatiana-tibuleac/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/26/el-jardin-de-vidrio-tatiana-tibuleac-gradina-de-sticla-by-tatiana-tibuleac/

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No other morning was like that one, the first one, when I woke up in his bed. He had slept right in the middle, like a filler. Five girls would have fit next to me if we had slept across. That’s how chocolates live, I thought. Wrapped in crisp layers until swallowed by a mouthful. In the orphanage he had only one blanket. Mine smelled like mice, but it could have been worse. Around me light was pouring out of things like I had never seen before. Even from the chairs, even from the walls. In the window, a new world. A branch with drops like pearls. An enchanted animal.

That crystal storm had broken out.
The sky had burst from so much light.
The city shattered.
A young man was walking down the street whistling.
His yellow shirt stole our sense from one after another.

This book follows a popular recipe: personal drama in the context of major social events. Here’s the exact same recipe: an orphan girl is adopted by a Russian woman who collects bottles and grows up during perestroika and «national rebirth.» Here personal life and social and political changes are combined in a more meaningful, more natural way. The story seems to be well written, but it doesn’t seem like enough. There are rapes, abortions, deaths, divorces, and ethnic tensions in the book, but it all left me surprisingly cold. It is too constructed a drama, too literary. Țîbuleac is based on two things: nostalgia for the Moldovan public and exoticism for the public in Romania and other countries. I was born too late to feel nostalgic for those times and things, but close enough to be familiar to me and not find anything exotic.
A rather dark book. An easy to read novel with short sentences and easy vocabulary, especially for Moldovans born in the former Soviet Union. Some parts of it were so painfully close and recognisable because the book describes the life in the city I was living at exactly the time when I was living my childhood. When I checked the biography of the author I got it why – she is born less than a month difference from me and in the same year so all historic events described felt so painfully close them.
In any event, the book was written by a woman for women and definitively outside my reading, but a friend was very insistent and I do not regret it. The pain feels real when you read it and the author did a really good job.
What a voice that of Tatiana. She is overwhelming. And what pain. The shape of it. The smell of her. The color of her. She materializes in every line. In every silence. In every breath. My enthusiasm is such. That I am mute. This story is a gale. The very epicenter from which crying is born. Crying that runs off until it becomes a smile. And it is that I do not get used to it.

Under a birch, a few empty bottles, as if forgotten. Tamara Pavlovna reached down and put them in the bag. Around, nobody, another lie. I knew, I know, that all things have an owner. And that all the owners have fists. A trap! I wanted to test myself. I wanted to be puzzled. The city was not a site, but a punishment. He had come to take the beatings from all over the world.
The task did not end with the collection of the bottles, they had to be washed to make them more expensive. We half filled the bathtub, always with hot water, then we put them in batches to soak. With boiling water they were easier to clean, but I never had healthy hands. Or swollen from the heat, or bruised from the cold. When the bottles were well soaked, he would try to tear off the labels with his fingernail. If they came off easily, the soap would start to scratch. He had a special grater, without a handle, stored behind the toilet in an aluminum basin. There he washed the dirtiest ones. One day I asked Tamara Pavlovna why we didn’t put soap in the bathtub to wash them all at once. She replied that she was surprised at how stupid she could be. How had it occurred to me to put all that vomit next to the bottles that only had to be rinsed, without the need to scrub with the brush? …

I have no illusions about my Tamara. None. In old age I will be left alone like leprosy, and all fears — now handcuffed, screwed together, under the raised edges of the guillotines — will pounce on me like a herd. It’s better that way. Knowing that no one — especially those with whom you waste years and money — will be by your side in the end. What a relief to discover that the absence of the one you love is justified. That the emptiness of the heart is neither your failure nor anyone else’s.

Alcohol was officially sold at certain times, but in reality, it was not sold at all. In the absence of real drink, the neighbors quickly switched to substitutes and poisons. There was a great demand for anything that contained even one gram of alcohol: eau de cologne, medical alcohol, brake and windshield fluid, burning alcohol, antifreeze. Calendula tincture and iodine were bought in bulk in pharmacies. If necessary, even antiparasitic products were diluted with water or tea. One afternoon Lioncik came to see us shivering and asked us if we did not have liquid against the perspiration of our feet. It was gross, but at least he tasted like cucumber. «Drink and snack at the same time,» he laughed. Some alcoholics had converted and become drug addicts.

Who was helping me with the bottles? How many crouched in my place, how many carried them and lifted them by hand at the stops? I pretended not to understand and turned my head to the window.

Romania received me with a lot of bruises on the forehead, but it received me.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/20/el-verano-en-que-mi-madre-tuvo-los-ojos-verdes-tatiana-tibuleac-vara-in-care-mama-a-avut-ochii-verzi-the-summer-when-my-mother-had-green-eyes-by-tatiana-tibuleac/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/26/el-jardin-de-vidrio-tatiana-tibuleac-gradina-de-sticla-by-tatiana-tibuleac/

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