Vida De Guastavino Y Guastavino — Andrés Barba / Guastavino and Guastavino by Andrés Barba (spanish book edition)

Este breve libro ha adquirido notoriedad por escribir sobre nuestro protagonista en la nueva obra de Javier Moro, es interesante pero le falta la magia literaria.

Un par de casualidades y varios accidentes llevan a Rafael Guastavino a Nueva York. Sabemos cómo es su rostro en 1881: la boca tachada por un bigote prusiano, los párpados caídos, la calva incipiente. Lo vieron nuestros bisabuelos, se cruzaron con él en el muelle de Marsella y no lo recuerdan. Algo les llevó a quitarse el sombrero; el traje caro, quizá, o la belleza de la mujer que le acompaña con dos niñas propias a un lado y un niño ajeno al otro, un niño que es como la versión embellecida y diminuta de su padre, algo les llevó a quitarse el sombrero y sin embargo no lo recordaron más, era demasiado normal, demasiado español. Ahora sabemos lo que no sabían nuestros bisabuelos: ese hombre y ese niño se llaman Rafael Guastavino, sabemos que serán encumbrados como los grandes constructores de Nueva York y luego olvidados y finalmente recuperados como el germen de la arquitectura modernista en Norteamérica, sabemos que serán ninguneados como los caraduras que patentaron un sistema de construcción medieval para que nadie pudiera emplearlo sin su consentimiento añadiendo, a lo que todo el mundo había hecho desde el siglo XII, un puñado de cemento Portland o unas cinchas de hierro, los que vendieron una arquitectura ignífuga a un país horrorizado por el fuego, los visionarios que hicieron migrar de continente a todo un sistema de construcción y le otorgaron una dignidad que nunca habría tenido, los genios, los albañiles, los timadores, los hacedores de vinos, los nepotistas, los constructores compulsivos, circunstancias demasiado contradictorias como para ser ciertas o tal vez precisamente lo bastante contradictorias como para serlo, pero no sabemos cómo era ese miedo de Guastavino, el que le hizo embarcar en Marsella rumbo a Nueva York el 26 de febrero de 1881 sin hablar una palabra de inglés y tras una estafa que le impediría volver para siempre, el miedo electrizante que hace que cada vida tenga un rumbo. Es decir, no sabemos nada.
Se sabe que Rafael Guastavino se traslada a Barcelona en 1859, con diecisiete años, para estudiar maestro de obras y se aloja en casa de un tío paterno demasiado rico como para no ser aprovechado, Ramón Guastavino, sastre de profesión, copropietario de la cadena de textiles El Águila. Se sabe también que no tarda mucho en dejar preñada a su prima Pilar Guastavino, nacida Buenaventura, huérfana a la que ha adoptado y dado su apellido el tío Ramón.
Ese hogar que representa todo lo que no ha tenido en la vida cambia el mundo para Guastavino, esa casa en la que disfruta de sus privilegios, en la que se pasa el verano con fantasías burguesas preparando asignaturas de maestro de obras, persiguiendo a Pilar cuando se quedan solos y cepillándose el traje para que haga bonito.

Guastavino parece tener dos vidas: una memorable que empieza en Nueva York y otra rústica, que nadie recuerda, en Huesca. Hay una especie de negligencia en los libros tal vez sencillamente porque la hay en las vidas o -peor- porque necesitamos creer en el genio, el dichoso genio que unos tienen y otros no. Suele decirse entonces que la pulsión sexual de Guastavino destruye su matrimonio y a partir de ahí se produce toda una cadena de muerte y decadencia, cosa no solo cierta, sino perfectamente documentable, pero que elude el verdadero misterio, a saber: el miedo de Guastavino.
Hay quien lo describe como la maldición de un mago: un año antes de la muerte del tío Ramón, en 1871, Guastavino y Pilar dejan de convivir. Tras la muerte del benefactor, los caballos se convierten en ratones, la carroza en calabaza. Guastavino pasa de promesa con padrino a arquitecto sin licenciar. Sus obras, firmadas hasta entonces por testaferros, son ahora de nadie. También su familia es de nadie. Pilar le echa de casa, y aunque le acepta de vuelta a los pocos meses, las cosas ya no son lo mismo, como tampoco lo son los contactos que antes abrían las puertas sin que hiciera falta llamar a ellas. En 1871 Cataluña es un polvorín político. Los inversores se asustan. Las obras se paralizan. Con el dinero de la herencia Guastavino compra en Huesca unas tierras y las emplea para hacer vino, pero también para quitarse de en medio.

Como buenos devotos, haremos una llegada triunfal para Guastavino, dibujaremos una ciudad de Nueva York en 1881 y le quitaremos todo lo que hoy conocemos como si en eso consistiera el realismo: siete millones de habitantes, el registro de Ellis Island, la broma pesada de la Estatua de la Libertad. Haremos desaparecer de un plumazo sus rascacielos, todos sus puentes del East River menos el de Brooklyn, y ese lo dejaremos a medio construir con una torre en mitad del río que Guastavino contemplará asombrado como si fuera un palacio delirante. Diremos -con intención de epatar- que ese era entonces el punto más alto de la ciudad, cosa que tiene la ventaja de ser cierta, y al puerto le pondremos mucha miseria, una miseria con varias decenas de barcos negros que se bambolean como un bosque elástico, en parte porque no somos imaginativos, pero también porque la pobreza real es poco lucida y el hambre verdadera nada espectacular.
La lengua se revela como el lugar de la gran humillación. Empieza en la calle, pero Guastavino no le da mucha importancia. El maldito inglés. Al principio es solo una molestia, parece que va a arreglarse, tal vez incluso se toma el trabajo de contratar a algún profesor, pero los días pasan y no se arregla, sigue siendo igual de incomprensible o él igual de inútil, una humillación que él no sabe, pero nosotros sí, que durará toda la vida; el maldito inglés. Sucede también en los primeros encuentros con los arquitectos para los que ha traído sus cartas de recomendación, esos encuentros que se había prometido tan felices. Se le acaban los tres giros que ha aprendido de memoria y -por si fuera poco- pronuncia mal.
¿Cómo ve Guastavino Nueva York durante esos dos años que pasa a solas, separado del niño, con pequeñas obras aquí y allá? No como lo vemos nosotros, eso por descontado, con esa forma entre rendida y cínica con que miramos nosotros Nueva York, enterados siempre de lo malo pero agachando la cabeza aquí y allá porque la majestad no admite réplica. Para Guastavino las cosas no debían de ser tan sencillas. Nos lo imaginamos pensando que tal vez había juzgado demasiado pronto esa ciudad que engulle todas las semanas a dos mil personas y las deja Dios sabe dónde, contemplando esos rostros chinos, negros, turcos, centroeuropeos, anglosajones cociéndose a fuego lento en un melting pot descomunal.
1887. Consigue entonces sus tres primeras patentes para la construcción de edificios ignífugos. A partir de ahora solo Guastavino podrá construir bóvedas tabicadas en Norteamérica. Como quien patenta la rueda, Guastavino se apropia de ese sistema empleado desde hace siglos para cubrir naves de iglesias, hacer forjados y escaleras, pero a nadie parece preocuparle demasiado en Nueva York, entre otras cosas porque todas esas bóvedas finas como una cáscara de huevo y esas escaleras elásticas les parecen una idea delirante, pero más que nada porque hasta ese día no había habido ni una sola persona que hubiese tenido noticia de su existencia, ni -evidentemente- la menor intención de emplearlo.

En febrero de 1894: la debacle. Uno de los constructores que realiza obras de la compañía se declara en bancarrota y la Guastavino Fireproof Construction Company, que vive con el agua al cuello a pesar de las recomendaciones de Blodgett, se hunde con él. El banco que les había dado un préstamo les embarga las cuentas por temor al impago, y el resto de las obras que están en activo arrojan unos beneficios tan mínimos que a la compañía no le queda más remedio que declararse en quiebra. Es el comienzo del fin de Guastavino, el comienzo del comienzo de Guastavino. El primero decide quitarse de en medio y trasladarse con Francisca a Black Mountain para evitar preguntas molestas y a acreedores insistentes, el segundo da un paso al frente. Se encarga, con ayuda de Blodgett, de mantener abiertas las oficinas de Boston y Nueva York y también de terminar los encargos que están en obras. Dice el nieto que cuando despide a su padre y a Francisca, a pesar de su juventud Guastavino ya tiene el pelo canoso. No sabemos qué esperaba.
Hay un consenso general en que la quiebra de la compañía resulta beneficiosa porque saca a Guastavino de la ecuación y mete a Guastavino en ella; en 1897 se funda una renovada Guastavino Fireproof Construction Company con Guastavino como socio mayoritario, Blodgett como socio y tesorero y Guastavino como vicepresidente.
La segunda, que el traslado a Black Mountain genera también un saneamiento en los asuntos personales de Guastavino. Al verse en soledad en medio del bosque construyendo la casa en la que morirá con la misma madera de la que ha renegado toda su vida, Guastavino siente la necesidad de casarse con Francisca Ramírez y también cierto regreso a la fe, porque comienza a ir a misa a la iglesia de Asheville y escribe al párroco ofreciéndole parte de su propiedad para un convento que nunca se construye, y también, parece, a su amor por la música, porque compone valses para violín de calidad aceptable y hasta una misa incompleta que acaba sonando en su propio funeral. Es decir, que Guastavino hace lo que hacen las personas cuando se sienten más cerca del arpa que de la guitarra: tratar de comprar a Dios con calderilla, rescatar deseos enterrados, dormir poco por las noches.
La tercera, que ese deseo de arreglar sus asuntos enfrenta a Guastavino a sus fantasmas.
Y la cuarta, que en esa época se produce un episodio sin aparente importancia. El momento en que Guastavino gana el concurso de la Architectural League cuyo tema es «una iglesia de estilo colonial», un concurso al que el joven no había dicho a nadie que se presentaba, ni siquiera a su padre. La noticia llega -igual que la honorable mention en la exposición de Filadelfia- en un sobre lacrado, pero aquí el premio es muy real, y la carta del comité alaba como detalle de exquisito gusto esa torre Spanish Renaissance style tan parecida a una Giralda jibarizada, una Giralda que, por supuesto, no ha visto en su vida. Guastavino apenas puede contenerse para llamar a su padre, que en ese momento viaja, sabemos, en el tren nocturno desde Carolina del Norte a la oficina de la compañía en Nueva York. Lo hace con la urgencia con que los hijos cuentan sus triunfos para que les quieran más o para que les quieran, punto, y cuando por fin responde al teléfono, Guastavino se alarma. Le pregunta si ha ocurrido algo. No, no ha ocurrido nada, bueno, sí, por supuesto que ha ocurrido algo, he ganado el concurso de la Architectural League con un diseño de una iglesia colonial. Has ganado un concurso, vaya…, eso está muy bien, ¿alguna cosa más? No, ninguna cosa más. Colguemos entonces, que esta conversación es muy cara. Y cuelgan.

Tras la muerte de su padre, el 1 de febrero de 1908, Rafael Guastavino se hace cargo del negocio familiar junto al tesorero William Blodgett, y que a lo largo de todo ese año reparte su atención entre la culminación de la iglesia de Asheville y las casi veinte obras que la compañía tiene en activo en distintas ciudades. No sabemos qué siente Guastavino cuando viaja desde Nueva York hasta Asheville para supervisar esas obras, cuando diseña la capilla lateral en la que se deposita el cuerpo de su padre, no sabemos cómo es el dolor de Guastavino, es decir, no sabemos nada.
Guastavino dice Manhattan, sonríe y a continuación entra en el vientre de la ballena de Grand Central: ese palacio a punto de ser habitado. Es aquí donde nos hemos burlado de los tenements y las casuchas que se caían solas. Guastavino dice Manhattan y sigue esa conversación con el Nueva York de su infancia, pero ahora superpone a él la construcción de esa bóveda.
Sabemos que ha diseñado todos los accesos laterales subterráneos y también un espacio cuya función está aún por determinar y que acaba convirtiéndose en un Oyster Bar. Frente a él ha puesto una bóveda chata en la que, a las pocas semanas, alguien descubre que el sonido produce un efecto de reverberación. No sabemos quién es el primero que lo descubre, pero sí que no es ninguna sorpresa para Guastavino: todas las bóvedas de la compañía tienen ese problema. Poniéndose en una de las esquinas y dando la espalda al centro de la bóveda se puede escuchar con nitidez lo que otra persona ha susurrado en el extremo opuesto. El sonido viaja a lo largo del techo como una balsa sobre aceite. Tendríamos que escuchar cómo lo susurra Guastavino: Manhattan.
Durante más de una década, mientras Europa se zambulle de cabeza en su Primera Guerra Mundial y los Estados Unidos se hinchan lentamente a la espera del estallido de su gran depresión, Rafael Guastavino y Sabine se hacen millonarios cubriendo paredes de iglesias neogóticas, primero, y fábricas de aeronáutica naval, después, laboratorios de pruebas de frenos hidráulicos y plantas de ensamblaje.
Sobre todo, ¿qué le hace tener miedo? Sería justo que Guastavino se hiciera ahora esas preguntas, que, frente a toda esa gente que sale del barco sin oler precisamente a flores, sintiera la necesidad de abandonar el edificio del Registro y se marchara evitando las miradas y paseara hasta la orilla en la que se ve a lo lejos la silueta de Manhattan.
Más aún, sería razonable que Guastavino muriera ahí, no importa que luego siguiera caminando, que muriera ahí, literalmente, como mueren a veces las personas, inconscientes de lo que son, sumidas en la pequeñez de sus preocupaciones, sin conocer el silencio y el olvido que seguirá tras su muerte, ni el relato heroico que otros harán sobre ellos para sostener la creencia indemostrable de que todo tiene sentido. De modo que es ahí donde muere.

Muchos años después, en 1961, cuando ya nadie piensa en Guastavino ni en Guastavino desde hace más de cuatro décadas, cuando no hay ni un solo manual de arquitectura de la ciudad de Nueva York que se haya acordado de citar su nombre, un profesor de Arquitectura de la Universidad de Columbia, George Collins, acude a un funeral en la St. Paul’s Chapel de la misma universidad y -no sabemos si acuciado por el dolor de la muerte o por el aburrimiento de sus rituales- mira hacia el techo y se pregunta si eso que está viendo es realmente lo que parece que es, y si es lo que realmente parece que es, quién demonios construyó una bóveda tabicada a principios de siglo XX en Nueva York. A esa pregunta del profesor Collins le debemos, entre otras cosas, la escritura del artículo «The Transfer of Thin Masonry Vaulting from Spain to America», la recuperación de los últimos documentos de la Guastavino Fireproof Construction Company (por aquel entonces en un lindo cubo de la basura de Woburn, Massachusetts), la reivindicación de muchos de los edificios de la compañía en peligro de demolición en Manhattan…

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This short book has gained notoriety for writing about our protagonist in Javier Moro’s new work, it is interesting but it lacks the literary magic.

A couple of coincidences and several accidents lead Rafael Guastavino to New York. We know what his face was like in 1881: his mouth crossed out by a Prussian mustache, his drooping eyelids, his incipient bald spot. Our great-grandparents saw him, they met him on the Marseille quay and they don’t remember him. Something led them to remove their hats; the expensive suit, perhaps, or the beauty of the woman who accompanies him with two of their own girls on one side and a foreign boy on the other, a boy who is like the embellished and tiny version of his father, something led them to remove their hats and yet they didn’t remember him anymore, he was too normal, too Spanish. Now we know what our great-grandparents did not know: that man and that child are called Rafael Guastavino, we know that they will be exalted as the great builders of New York and then forgotten and finally recovered as the germ of modernist architecture in North America, we know that they will be ignored like the cheeks who patented a medieval building system so that no one could use it without their consent adding, to what everyone had done since the 12th century, a handful of Portland cement or some iron webbing, those who sold fire-retardant architecture to a country horrified by fire, the visionaries who made an entire construction system migrate from the continent and gave it a dignity it would never have had, the geniuses, the bricklayers, the scammers, the winemakers, the nepotists, the builders compulsive, circumstances too contradictory to be true or perhaps just contradictory enough You might as well be, but we don’t know what Guastavino’s fear was like, the one that made him embark in Marseille for New York on February 26, 1881 without speaking a word of English and after a scam that would prevent him from returning forever, the Electrifying fear that makes every life have a direction. I mean, we don’t know anything.
It is known that Rafael Guastavino moved to Barcelona in 1859, at the age of seventeen, to study master builder and was staying with a paternal uncle too rich not to be taken advantage of, Ramón Guastavino, a tailor by profession, co-owner of the chain of textiles The Eagle. It is also known that it does not take long for him to get pregnant his cousin Pilar Guastavino, born Buenaventura, an orphan whom he has adopted and given her surname Uncle Ramón.
That home that represents everything he has not had in life changes the world for Guastavino, that house in which he enjoys his privileges, in which he spends the summer with bourgeois fantasies preparing master builder subjects, chasing Pilar when they are left alone and brushing the suit to make it pretty.

Guastavino seems to have two lives: a memorable one that begins in New York and a rustic one, that nobody remembers, in Huesca. There is a kind of negligence in the books, perhaps simply because there is it in lives or – worse – because we need to believe in genius, the happy genius that some have and others do not. It is often said then that Guastavino’s sexual drive destroys his marriage and from there a whole chain of death and decadence takes place, something not only true, but perfectly documented, but which eludes the true mystery, namely: Guastavino’s fear.
Some people describe it as the curse of a magician: a year before Uncle Ramón’s death, in 1871, Guastavino and Pilar stopped living together. After the death of the benefactor, the horses turn into mice, the carriage into a pumpkin. Guastavino goes from a promise with a godfather to an architect without a license. His works, signed until then by figureheads, are now nobody’s. Also his family belongs to nobody. Pilar kicks him out of the house, and although she accepts him back a few months later, things are no longer the same, and neither are the contacts who used to open the doors without having to call them. In 1871 Catalonia is a political powder keg. Investors freak out. The works are paralyzed. With the money from the inheritance, Guastavino buys some land in Huesca and uses it to make wine, but also to get out of the way.

As good devotees, we will make a triumphant arrival for Guastavino, we will draw a New York City in 1881 and we will take away everything that we know today as if that was realism: seven million inhabitants, the record of Ellis Island, the practical joke of the statue of Liberty. We will make his skyscraper disappear at a stroke, all his bridges on the East River except the Brooklyn one, and we will leave that half built with a tower in the middle of the river that Guastavino will contemplate in amazement as if it were a delirious palace. We will say – with the intention of spreading – that that was then the highest point of the city, which has the advantage of being true, and we will put a lot of misery in the port, a misery with several dozen black ships that sway like a forest elastic, partly because we are not imaginative, but also because real poverty is not very lucid and real hunger is not spectacular.
The tongue is revealed as the place of great humiliation. It begins in the street, but Guastavino does not give it much importance. The bloody English. At first it is just a nuisance, it seems that he is going to fix himself, maybe he even takes the trouble to hire a teacher, but the days go by and it is not fixed, he is still just as incomprehensible or he is just as useless, a humiliation as he He doesn’t know, but we do, that it will last a lifetime; the damn English. It also happens in the first meetings with the architects for whom he has brought his letters of recommendation, those meetings that he had promised himself so happily. He runs out of the three turns that he has learned by heart and – to make matters worse – mispronounces.
How does Guastavino see New York during those two years that he spends alone, separated from the child, with little works here and there? Not how we see it, that’s for granted, with that way between surrendered and cynical with which we look at New York, always aware of the bad but lowering our heads here and there because the majesty does not admit a reply. For Guastavino things should not be so simple. We imagine him thinking that perhaps he had judged too early that city that gobbles up two thousand people every week and leaves them God knows where, contemplating those Chinese, black, Turkish, Central European, Anglo-Saxon faces simmering in a huge melting pot .
1887. He then gets his first three patents for the construction of fireproof buildings. From now on, only Guastavino will be able to build partitioned vaults in North America. Like the one who patents the wheel, Guastavino appropriates that system used for centuries to cover church naves, make floors and staircases, but nobody seems to care too much in New York, among other things because all those thin vaults like an eggshell and those elastic ladders seem like a delusional idea, but more than anything because until that day there had not been a single person who had had news of their existence, nor – evidently – the slightest intention of using them.

In February 1894: the debacle. One of the builders doing works for the company files for bankruptcy and the Guastavino Fireproof Construction Company, which lives with water up to its neck despite Blodgett’s recommendations, goes under with him. The bank that had given them a loan seizes their accounts for fear of default, and the rest of the works that are in operation yield such minimal profits that the company has no choice but to declare bankruptcy. It is the beginning of the end of Guastavino, the beginning of the beginning of Guastavino. The first decides to get out of the way and move with Francisca to Black Mountain to avoid annoying questions and persistent creditors, the second takes a step forward. He is in charge, with the help of Blodgett, to keep open the Boston and New York offices and also to finish the commissions that are under construction. He tells the grandson that when he dismisses his father and Francisca, despite his youth, Guastavino already has gray hair. We don’t know what he expected.
There is a general consensus that the bankruptcy of the company is beneficial because it takes Guastavino out of the equation and puts Guastavino into it; in 1897 a renewed Guastavino Fireproof Construction Company was founded with Guastavino as majority partner, Blodgett as partner and treasurer and Guastavino as vice president.
The second, that the transfer to Black Mountain also generates a sanitation in Guastavino’s personal affairs. Seeing himself alone in the middle of the forest building the house in which he will die with the same wood that he has denied all his life, Guastavino feels the need to marry Francisca Ramírez and also a certain return to faith, because he begins to go to mass to the church of Asheville and writes to the parish priest offering him part of his property for a convent that is never built, and also, it seems, his love for music, because he composes violin waltzes of acceptable quality and even an incomplete mass that ends ringing at his own funeral. In other words, Guastavino does what people do when they feel closer to the harp than to the guitar: try to buy God with small change, rescue buried desires, sleep little at night.
The third, that this desire to fix his affairs confronts Guastavino against his ghosts.
And the fourth, that at that time there was an episode of no apparent importance. The moment Guastavino wins the Architectural League contest whose theme is «a colonial-style church,» a contest to which the young man hadn’t told anyone he was running, not even his father. The news arrives – just like the honorable mention in the Philadelphia exhibition – in a sealed envelope, but here the award is very real, and the committee’s letter praises as a detail of exquisite taste that Spanish Renaissance style tower so similar to a jibarized Giralda , a Giralda that, of course, he has not seen in his life. Guastavino can hardly contain himself to call his father, who is currently traveling, we know, on the night train from North Carolina to the company’s New York office. He does it with the urgency with which the children tell about their triumphs so that they love them more or that they love them, period, and when he finally answers the phone, Guastavino is alarmed. He asks if something has happened. No, nothing has happened, well, yes, of course something has happened, I won the Architectural League competition with a design of a colonial church. You have won a contest, wow … that’s very good, anything else? No, nothing else. Let’s hang up then, this conversation is very expensive. And they ring off.

After the death of his father, on February 1, 1908, Rafael Guastavino takes over the family business together with treasurer William Blodgett, and throughout that year he distributes his attention between the culmination of the Asheville church and the almost twenty works that the company has active in different cities. We do not know what Guastavino feels when he travels from New York to Asheville to supervise these works, when he designs the side chapel in which his father’s body is deposited, we do not know what Guastavino’s pain is like, that is, we do not know anything.
Guastavino says Manhattan, smiles and then enters the belly of the whale of Grand Central: that palace about to be inhabited. This is where we made fun of tenements and shacks that fell by themselves. Guastavino says Manhattan and continues that conversation with the New York of his childhood, but now superimposes the construction of that vault on him.
We know that he has designed all the underground lateral entrances and also a space whose function is yet to be determined and which ends up becoming an Oyster Bar. In front of it he has placed a flat vault in which, after a few weeks, someone discovers that sound produces a reverb effect. We don’t know who is the first to discover it, but it is no surprise to Guastavino: all the company’s vaults have this problem. By standing in one of the corners and turning your back to the center of the vault, you can clearly hear what another person has whispered at the opposite end. Sound travels along the ceiling like a raft on oil. We’d have to hear Guastavino whisper it: Manhattan.
For more than a decade, as Europe plunges head first into its First World War and the United States slowly swells in anticipation of the outbreak of its Great Depression, Rafael Guastavino and Sabine make millionaires by covering Neo-Gothic church walls, first, and naval aeronautical factories, then hydraulic brake testing laboratories and assembly plants.
Above all, what makes you afraid? It would be fair for Guastavino to ask himself those questions now, that, in front of all those people who leave the ship without exactly smelling flowers, he felt the need to leave the Registry building and leave avoiding the gaze and walk to the shore where the silhouette of Manhattan is seen in the distance.
Moreover, it would be reasonable for Guastavino to die there, it does not matter that he continued walking later, that he died there, literally, as people sometimes die, unaware of what they are, mired in the smallness of their concerns, without knowing silence and forgetfulness that will continue after their death, nor the heroic story that others will make about them to support the unprovable belief that everything makes sense. So that’s where he dies.

Many years later, in 1961, when no one thinks of Guastavino or Guastavino for more than four decades, when there is not a single New York City architecture manual that has remembered to cite his name, a professor of Columbia University architecture, George Collins, attends a funeral in the St. Paul’s Chapel of the same university and – we do not know if plagued by the pain of death or by the boredom of its rituals – looks up at the ceiling and You ask if what you’re seeing is really what it appears to be, and if it is what it actually appears to be, who the hell built a partitioned vault in early 20th century New York. To this question from Professor Collins we owe, among other things, the writing of the article «The Transfer of Thin Masonry Vaulting from Spain to America», the recovery of the last documents of the Guastavino Fireproof Construction Company (at that time in a nice cube of Woburn, Massachusetts), vindication of many of the company’s buildings in danger of demolition in Manhattan …

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