Escapar Para Vivir. El Viaje De Una Joven Norcoreana Hacia La Libertad — Yeonmi Park / In Order to Live: A North Korean Girl’s Journey to Freedom by Yeonmi Park

Siempre estamos preocupados por una distopía que está por venir, sin darnos cuenta de que en algunos lugares del mundo el sistema ya existe.
Hay dos cosas que sacar de este libro. 1) La lucha que algunas personas en todo el mundo tienen que soportar en comparación con las vidas relajadas que tenemos, y 2) La resiliencia humana puede superarlo todo, y que en tiempos de problemas, todavía habrá buenas personas dispuestas a ayudar.
Yeonmi Park creció en Corea del Norte, cerca de la frontera con China, con su padre, madre y hermana emprendedores. Aunque es posible que inicialmente no hayan tenido la peor educación debido al ingenio de su padre, esto cambió cuando fue enviado a prisión, dejando a Yeonmi y su hermana solas sin comida mientras su madre viajaba por trabajo. Lo que sigue es la ahora típica y desgarradora historia de hambre y desesperación por sobrevivir en un país que no se preocupa por los suyos fuera de la élite. Yeonmi habla abiertamente de una infancia que pasó buscando comida y viviendo constantemente con el temor de poder seguir los pasos de su padre. Desesperado por sobrevivir.
La desesperación se convierte en huida, ya que Yeonmi y su madre son introducidas de contrabando en China, y quizás a un destino aún peor que el hambre, ya que pronto se ven envueltas en el tráfico y la violación de mujeres norcoreanas a agricultores chinos empobrecidos. A lo largo de su historia, Yeonmi es honesta y abierta sobre sus experiencias hasta el punto en que casi se siente catártica. Al compartir su historia, parece que Yeonmi está expresando no solo su decepción en su país de origen, sino también su dolor y resistencia para prosperar. Y también da esperanza a quienes todavía luchan.
El libro también destaca cuán diferente es la experiencia de desertar para las mujeres norcoreanas en comparación con los hombres. A menudo, los hombres hacen esto solos y están expuestos a finales duros y violentos. Las mujeres soportan sus propios horrores únicos que parecen girar en torno a este sentimiento de impotencia y dependencia de sus captores, pero a menudo es junto a otras mujeres que comparten su difícil situación. Para Yeonmi, tenía a su madre.
El aspecto más sorprendente para mí fueron los capítulos posteriores centrados en Corea del Sur.

Cuando hui de Corea del Norte no soñaba con la libertad. Ni siquiera sabía qué significaba ser libre. Lo único que sabía era que, si mi familia permanecía allí, probablemente moriríamos: a causa del hambre, las enfermedades o las condiciones inhumanas de un campo de trabajo para prisioneros. El hambre se había vuelto insoportable; estaba dispuesta a arriesgar mi vida a cambio de la promesa de un cuenco de arroz.
Pero había más en juego en este viaje que nuestra propia supervivencia.
Estoy enormemente agradecida por dos cosas: haber nacido en Corea del Norte, y haber escapado de Corea del Norte. Ambos sucesos me forjaron y no los cambiaría por una vida tranquila y corriente. Pero la historia de cómo me convertí en la persona que soy hoy es más compleja.
Al igual que otras decenas de miles de norcoreanos, hui de mi patria y me establecí en Corea del Sur, donde todavía se nos considera ciudadanos, como si una frontera cerrada a cal y canto y casi setenta años de conflicto y tensión nunca nos hubieran dividido. Norcoreanos y surcoreanos compartimos los mismos orígenes étnicos y hablamos el mismo idioma… salvo porque en Corea del Norte no existen palabras para cosas como «centros comerciales», «libertad» o incluso «amor», al menos como lo conoce el resto del mundo. El único «amor» real que podemos expresar es veneración a los Kim, una dinastía de dictadores que ha gobernado Corea del Norte durante tres generaciones.

Mis primeros recuerdos son de oscuridad y frío. Durante los meses de invierno, el lugar más popular de nuestra casa era una pequeña chimenea que consumía madera, carbón o cualquier cosa que pudiéramos encontrar. Cocinábamos encima del fuego y unas canaletas que se extendían por debajo del suelo de cemento transportaban el humo hasta una chimenea de madera situada en el otro lado de la casa. Se suponía que este sistema de calefacción tradicional mantenía la habitación caldeada, pero no podía competir con las gélidas noches. Al concluir el día, mi madre desplegaba una gruesa manta junto al fuego y todos nos metíamos debajo: primero mi madre, luego yo, después mi hermana y mi padre al final, en el lugar más frío. En cuanto se ponía el sol, no se veía absolutamente nada. En nuestra parte de Corea del Norte, era normal pasar semanas e incluso meses sin electricidad, y las velas eran muy caras.
El mejor día del mes era el Día de los Fideos, cuando mi madre compraba unos fideos frescos y jugosos que fabricaban con una máquina en la ciudad. Queríamos que duraran mucho, así que los extendíamos en el suelo caliente de la cocina para que se secaran. Para mi hermana y para mí era como un día de fiesta, porque siempre conseguíamos hacernos con unos cuantos fideos y comérnoslos mientras todavía estaban blandos y dulces.
Aprendí enseguida que no debía repetir nada de lo que escuchara. Me enseñaron a no expresar nunca mi opinión, a no cuestionar nunca nada. Me enseñaron a acatar simplemente lo que el Gobierno me indicara que debía hacer, decir o pensar. Hasta creía que nuestro Querido Líder, Kim Jong-il, podía leerme la mente, y que me castigaría por mis malos pensamientos.
La temida bo-wi-bu, la Agencia de Seguridad Nacional, que dirigía los campos de prisioneros políticos e investigaba amenazas al régimen. Todo el mundo sabía que esos hombres podían apresarte y nunca se volvería a saber de ti. Y, lo que era aún peor, no se trataba de agentes locales; los habían enviado desde la central.

El sistema songbun clasifica a todo el mundo en tres grupos principales, en función de su supuesta lealtad al régimen.
La clase más alta es la «central», compuesta de revolucionarios respetados (campesinos, veteranos o familiares de aquellos que lucharon o murieron por Corea del Norte) y aquellos que han demostrado gran lealtad a la familia Kim y forman parte del aparato que los mantiene en el poder. La segunda clase es la «básica» o «vacilante», formada por aquellos que han vivido en Corea del Sur o tienen familia allí, antiguos comerciantes, intelectuales o cualquier persona normal y corriente de la que se pueda sospechar que no siente una completa lealtad hacia el nuevo orden. Por último, la clase más baja de todas es la «hostil», que incluye a antiguos terratenientes y sus descendientes, capitalistas, antiguos soldados de Corea del Sur, cristianos o creyentes de otras religiones, las familias de los presos políticos y cualquier otra persona a la que se considere enemiga del Estado.
Resulta extremadamente difícil pasar a un songbun más alto, pero es muy fácil ser degradado a los niveles más bajos sin tener culpa alguna.

En Corea del Norte no puedes elegir dónde quieres vivir. El Gobierno debe darte permiso para mudarte fuera del distrito que te han asignado, y las autoridades no lo ponen fácil. Las únicas buenas razones son un traslado laboral, matrimonio o divorcio. Aunque mi madre había nacido y se había criado en la casa que ahora le pertenecía a su hermano Min Sik, su residencia oficial seguía estando en Hyesan. Cambiar ilegalmente de residencia no tiene importancia en el caso de los niños, pero para un adulto como mi madre suponía un gran aprieto.

En China, a las prostitutas se las puede identificar con frecuencia por los tatuajes que llevan en los brazos o la espalda. La cara me ardía por la vergüenza de que aquel hombre se sintiera con derecho a hacerme tal pregunta. De todos modos, ¿eso qué importaba? Él ya conocía mi pasado.
En los primeros tiempos de la República de Corea, a los desertores que acababan de llegar de Corea del Norte los trataban como a héroes y, por lo general, les daban grandes recompensas, subsidios y becas. No obstante, después de la hambruna de la década de 1990, comenzó a llegar una avalancha de refugiados a Corea del Sur, deteriorando el sistema de reasentamiento. De hecho, el número de desertores en 2009 fue el mayor de la historia, con 2.914 nuevas llegadas.
Y ahora, en contraste con los hombres altamente cualificados que componían la mayor parte de las deserciones en el pasado, alrededor del 75 por ciento de los refugiados eran mujeres pobres de las provincias septentrionales… como mi madre y yo.

Empecé a estudiar en Dongguk en marzo de 2012. La universidad era como un gran banquete de conocimientos desplegado ante mí, y los devoraba lo más rápido que podía. El primer año di clases de gramática inglesa y conversación, criminología, historia universal, cultura china, historia de Corea y Estados Unidos, sociología, globalización, la Guerra Fría y mucho más. Por mi cuenta, leí a los grandes filósofos occidentales, como Sócrates y Nietzsche. Todo era nuevo para mí.
Al fin pude pensar en algo que no fuera comida y seguridad, y eso me hizo sentir más plenamente humana. Nunca había imaginado que el conocimiento pudiera aportar felicidad.

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We are always worried about a dystopia yet to come, without realizing, that in some places across the world, the system already exists.
There are two things to take from this book. 1) The struggle some people around the world have to endure compared to the relaxed lives we have, and 2) Human resilience can overcome all, and that in times of trouble, there will still be good people out there willing to help.
Yeonmi Park grew up in North Korea, near the border with China, with her entrepreneurial father, mother and sister. Although they may not have initially had the worst upbringing due to her father’s ingenuity, this changed when he was sent to prison, leaving Yeonmi and her sister alone without food while their mother travelled for work. What follows is the now typical, and harrowing, tale of starvation and desperation to survive in a country that doesn’t care for their own outside of the elite. Yeonmi talks openly of a childhood spent searching for food and constantly living in fear that they could follow in their father’s footsteps. Desperate to survive.
Desperation turns to flight, as Yeonmi and her mother are smuggled into China, and to perhaps an even worse fate than starvation as they soon become embroiled in the trafficking and raping of North Korean women to impoverished Chinese farmers. Throughout her story, Yeonmi is honest and open about her experiences to the point where it almost feels cathartic. By sharing her story it feels like Yeonmi is expressing not only her disappointment in her home country, but also her grief and resilience to thrive. And it also gives hope to those still struggling.
The book also really highlights just how different the experience of defecting is for North Korean women compared to men. Often the men do this alone, and are exposed to harsh and violent endings. The women endure their own unique horrors that seem to revolve around this feeling of powerlessness and reliance on their captors, but often it’s alongside other women who share their plight. For Yeonmi, she had her mother.
The most surprising aspect for me were the later chapters centering around South Korea.

When I fled North Korea, I didn’t dream of freedom. He didn’t even know what it meant to be free. All I knew was that if my family stayed there, we would probably die – from starvation, disease, or the inhumane conditions of a prison labor camp. The hunger had become unbearable; I was willing to risk my life for the promise of a bowl of rice.
But there was more at stake on this journey than our own survival.
I am enormously grateful for two things: being born in North Korea, and escaping from North Korea. Both events shaped me and I would not trade them for a quiet and ordinary life. But the story of how I became the person I am today is more complex.
Like tens of thousands of other North Koreans, I fled my homeland and settled in South Korea, where we are still considered citizens, as if a tightly closed border and almost 70 years of conflict and tension have never divided us. . North Koreans and South Koreans share the same ethnic origins and speak the same language… except that in North Korea there are no words for things like “shopping malls,” “freedom,” or even “love,” at least as the rest of the world knows it. The only real “love” we can express is reverence for the Kim, a dynasty of dictators that has ruled North Korea for three generations.

My first memories are of darkness and cold. During the winter months, the most popular spot in our home was a small fireplace that burned up wood, charcoal, or whatever we could find. We cooked over the fire and gutters that ran under the concrete floor carried the smoke to a wooden fireplace on the other side of the house. This traditional heating system was supposed to keep the room warm, but it couldn’t compete with the freezing nights. At the end of the day, my mother would unfold a thick blanket by the fire and we would all get under it: first my mother, then me, then my sister and my father at the end, in the coldest place. As soon as the sun went down, there was absolutely nothing to be seen. In our part of North Korea, it was normal to go weeks or even months without electricity, and candles were very expensive.
The best day of the month was Noodle Day, when my mother bought some fresh and juicy noodles that they made with a machine in the city. We wanted them to last a long time, so we spread them out on the hot kitchen floor to dry. For my sister and me it was like a holiday, because we always managed to grab a few noodles and eat them while they were still soft and sweet.
I quickly learned that I shouldn’t repeat anything I heard. They taught me never to express my opinion, never to question anything. They taught me to simply abide by what the government told me to do, say or think. I even believed that our Dear Leader, Kim Jong-il, could read my mind, and that he would punish me for my bad thoughts.
The dreaded bo-wi-bu, the National Security Agency, which ran political prison camps and investigated threats to the regime. Everyone knew these men could take you and you would never be heard from again. Worse still, they weren’t local agents; they had been sent from headquarters.

The songbun system classifies everyone into three main groups, based on their alleged loyalty to the regime.
The highest class is the ‘central’, made up of respected revolutionaries (peasants, veterans, or relatives of those who fought or died for North Korea) and those who have shown great loyalty to the Kim family and are part of the apparatus that maintains them. in the power. The second class is the ‘basic’ or ‘hesitant’, made up of those who have lived in or have families there, former merchants, intellectuals, or any ordinary person who may be suspected of not feeling complete loyalty. towards the new order. Finally, the lowest class of all is the “hostile” class, which includes former landowners and their descendants, capitalists, former South Korean soldiers, Christians or believers of other religions, the families of political prisoners and anyone else. which is considered an enemy of the State.
It is extremely difficult to move to a higher songbun, but it is very easy to be demoted to the lower levels through no fault of your own.

In North Korea, you cannot choose where you want to live. The government must give you permission to move out of the district they have assigned you, and the authorities do not make it easy. The only good reasons are a job transfer, marriage, or divorce. Although my mother had been born and raised in the house that now belonged to her brother Min Sik, her official residence was still in Hyesan. Illegally changing residences is not important for children, but for an adult like my mother it was a big bind.

In China, prostitutes can often be identified by tattoos on their arms or back. My face burned with shame that this man felt entitled to ask such a question. Anyway, what did that matter? He already knew my past.
In the early days of the Republic of Korea, defectors who had just arrived from North Korea were treated like heroes and were usually given large rewards, grants, and scholarships. However, after the famine of the 1990s, a flood of refugees began to arrive in South Korea, deteriorating the resettlement system. In fact, the number of defectors in 2009 was the highest in history, with 2,914 new arrivals.
And now, in contrast to the highly skilled men who made up most of the desertions in the past, about 75 percent of the refugees were poor women from the northern provinces … like my mother and me.

I started studying in Dongguk in March 2012. The university was like a great banquet of knowledge spread out before me, and I was devouring it as fast as I could. The first year I taught English grammar and conversation, criminology, world history, Chinese culture, Korean and American history, sociology, globalization, the Cold War, and much more. On my own, I read the great Western philosophers, such as Socrates and Nietzsche. Everything was new to me.
I was finally able to think of something other than food and security, and that made me feel more fully human. He had never imagined that knowledge could bring happiness.

2 pensamientos en “Escapar Para Vivir. El Viaje De Una Joven Norcoreana Hacia La Libertad — Yeonmi Park / In Order to Live: A North Korean Girl’s Journey to Freedom by Yeonmi Park

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