Vita Sexualis: El Aprendizaje De Shizu — Ōgai Mori / Vita Sexualis by Ōgai Mori

Ōgai Mori fue un tipo extraño. Tenía el más alto cargo para un médico militar en el gobierno imperial japonés, y sin embargo, también se dedicaba a traducir del francés, del inglés y del alemán. O sea, dedicó su vida a dos de las ocupaciones humanistas más respetadas de Japón: la medicina y la educación.
Esta novela corta refiere un tema que es muy caro a mi corazón: la representación de la sexualidad en la literatura japonesa. Ōgai va más allá, uno de los ejes que se plantea su protagonista (con el que comparte muchos rasgos biográficos) es la posibilidad de unión entre sexualidad y amor. Por supuesto que el autor entiende que sexualidad no es solo genitalidad. De hecho su protagonista se pregunta todo el tiempo porqué sus amigos, sus vecinos y sus compañeros de clase están tan obsesionados con el sexo,… y él no. Lo que pesa en el joven protagonista es, ni más ni menos, el peso del deber: el estudio y el deber hacia sus padres. El mismo protagonista se autodefine como apolíneo, yo diría que el protagonista anda entre la asexualidad y la represión impuesta en su familia.
A pesar de lo que el título parece prometer, el libro en sí es principalmente una reflexión sobre la vida, sus fuerzas impulsoras y hasta qué punto se puede contar la sexualidad entre ellas.
El cuerpo de la novela es breve, al grano, y en su totalidad hay numerosos indicios de que el autor cuestiona la validez de varias tendencias literarias y costumbres sociales de su tiempo. Al principio del libro, escribe que o los japoneses han perdido la cabeza por todo el sexo que se encuentra en las novelas contemporáneas o su narrador es el hombre más frío del mundo. Por lo tanto, me pareció profundamente irónico y divertido que luego procediera a escribir sobre el despertar sexual y la vida del narrador, un profesor de Filosofía, sin describir nunca explícitamente ninguno de los actos.
Si bien la novela puede tener o no contenido autobiográfico, elegí leerla como el intento del autor de arrojar algo de luz sobre la dudosa cuestión de la sexualidad japonesa durante la era Meiji, desde sus distritos de luz roja hasta su fachada pública extremadamente puritana y moralista.

Saltó a la luz el suceso conocido como «asunto Debakame». Un trabajador llamado Debakame había adquirido la costumbre, convertida ya en manía, de espiar a las mujeres en los baños públicos. Un día siguió los pasos de una mujer a la salida del balneario y la hizo víctima de una violación. A fin de cuentas, es un suceso corriente, que se da con profusión en todas partes del mundo. Es un tema que en cualquier periódico occidental no representaría más que una nota de escasas líneas arrinconada en una página. Pero, dado el momento en que se produjo, la noticia aumentó de volumen hasta hacerse un gran problema en la sociedad japonesa, pues se relacionó el hecho con el tan traído y llevado «naturalismo». Se habló de la tendencia «Debakame» o «debakameísmo» como un sinónimo de «naturalismo» y llegó a ponerse de moda el verbo «debakear». Kanai no pudo reprimir la duda de si acaso todos los humanos se habrían convertido en maníacos sexuales, y si sería él mismo un caso excepcional entre ellos.

Son muy escasas, por cierto, las publicaciones que tratan del proceso según el cual el llamado apetito sexual se manifiesta en la vida humana, y de la proporción en que esta se ve afectada por aquel». Así como en el arte se encuentran imágenes obscenas, la pornografía también se da en cualquier país del mundo. Hay libros eróticos. Sin embargo, nada de eso es serio. En todo género de poesía está contemplado el amor. No obstante, aun suponiendo que el amor guarde una estrecha relación con el apetito sexual, no se identifica con este. En los sumarios de los tribunales públicos y en los escritos de los médicos hay no poco material al respecto; pero todo eso frecuentemente viene a consistir en meras deformaciones del apetito sexual.
Los artistas griegos de antaño, cuando representaban en imágenes a los dioses, los dotaban de una ancha frente, mientras reducían la porción más baja de la cara. Como la frente era para ellos la sede del alma, la aumentaban a fin de destacarla. La parte inferior de la cara, como el mentón, la boca con los dientes del maxilar superior y del inferior usados para la masticación, se consideraban partes vulgares del cuerpo, y en consecuencia resultaban reducidas. En el caso de que, por el contrario, las hubieran agrandado, el semblante humano se habría ido pareciendo cada vez más al del mono. El ángulo facial, estudiado por Camper, se iría reduciendo según eso. Los griegos, además, agrandaban desproporcionadamente el pecho, con relación al vientre. No merece la pena, por lo demás, extenderse en explicaciones para hacer ver que el vientre, el mentón, los dientes, etc., estaban considerados dentro del mismo bajo rango. La respiración era una actividad superior, en comparación con las de comer y beber. Y no queda todo ahí, sino que los antiguos no atribuían al pecho —o por mejor decir, a la víscera cardíaca o corazón— la función de hacer circular la sangre, sino la de sustentar la actividad del espíritu.

Yoshiwara, en particular, es como el paraíso en que siempre viven soñando. Y el esplendor de ese paraíso está condicionado en cierta medida al poder del señor a quien sirven, que le otorga su protección. El mayordomo de la casa concede —a un considerable interés— préstamos en Yoshiwara. Esa es la razón por la que, cuando ellos van allá, reciben un trato exquisito, según les oigo decir. Y así, por turnos, cada uno va relatando sus visitas a Yoshiwara. Por más que me esfuerzo en escuchar, se me escapa la mitad de la historia.
Examinando los libros sentimentales, se ve que el beso, por ejemplo, tiene una índole muy distinta entre nosotros de la que aparece descrita en la literatura occidental correspondiente. Aun en mi caso concreto, yo no podía ignorar la relación que liga el amor con el apetito sexual, siendo teóricamente inseparables el uno del otro. Sin embargo, en tanto que yo experimentaba una innegable sed de amor, el aspecto del deseo sexual no se había activado en mí.
Algo que ha quedado grabado en mi memoria, creo que viene a probar directamente lo dicho. Por aquella época yo aprendí una mala costumbre.

No hay cosa mejor que el amor filial en la familia. Refrenar uno un poco su apetito sexual por ese amor respetuoso debido a los padres, es algo que está muy bien. Sin embargo, no tiene nada de extraño que haya gente incapaz de comportarse así. Para Kojima, el apetito sexual se ha convertido en un pozo negro que traga excrementos. Para Koga, el apetito sexual se ha convertido en un vaso de noche que hay que limpiar periódicamente. Y en cuanto a mí, que he entrado en alianza con estos dos, el hecho de que no persiga como ellos colmar el apetito sexual, ¿debe reputárseme, a fin de cuentas, como mérito propio? Es muy dudosa esta cuestión. Si yo tuviera de nacimiento la belleza de Kojima, tal vez ni por esas hubiera yo sido Kojima. Ante el altar de nuestra sagrada alianza yo desgranaba para mí estas ocurrencias «heréticas».

Kanai no estaba incapacitado. Tampoco era impotente. En este mundo, la gente gusta de dar suelta al tigre del apetito sexual que han estado criando y, sin saber bien por qué, montan sobre su lomo para venir a caer en el valle de la destrucción. Kanai tenía domado y bien controlado al tigre del apetito sexual.
Entre los discípulos de Buddha hay uno llamado Bhadra. Él solía dejar que un tigre amaestrado se recostara suelto junto a él. Sus jóvenes adeptos estaban aterrorizados ante este tigre. El nombre de Bhadra significa «hombre sabio»; y el tigre puede simbolizar el deseo sexual. Por el solo hecho de que el tigre esté domado, no quiere decir que su figura infunda menos terror.
Kanai, adoptando este nuevo punto de vista, se dedicó a releer sosegadamente lo escrito. Cuando llegó a su último párrafo, ya era noche cerrada y la lluvia había cesado cualquier momento antes. Las gotas de agua que caían del canalón sobre la grava se dejaban oír con una larga intermitencia, como el resonar de un viejo xilófono chino de piedra.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/12/04/el-ganso-salvaje-mori-ogai-the-wild-geese-by-mori-ogai/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/24/vita-sexualis-el-aprendizaje-de-shizu-ogai-mori-vita-sexualis-by-ogai-mori/

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Ōgai Mori was a strange guy. He held the highest position for a military physician in the Japanese imperial government, yet he also translated from French, English, and German. In other words, he dedicated his life to two of Japan’s most respected humanistic occupations: medicine and education.
This short novel refers to a subject that is very dear to my heart: the representation of sexuality in Japanese literature. Ōgai goes further, one of the axes that his protagonist considers (with whom he shares many biographical traits) is the possibility of union between sexuality and love. Of course the author understands that sexuality is not just genitality. In fact, his protagonist wonders all the time why his friends, his neighbors and his classmates are so obsessed with sex, … and he is not. What weighs on the young protagonist is, neither more nor less, the weight of duty: study and duty towards his parents. The protagonist himself defines himself as Apollonian, I would say that the protagonist walks between asexuality and the repression imposed on his family.
Despite what the title seems to promise, the book itself is mainly a reflection on life, its driving forces and to what degree can sexuality be counted among them.
The body of the novel is short, to the point, and throughout its entirety there are numerous hints that the author questions the validity of several literary trends and social mores of his time. In the very beginning of the book he writes that either the Japanese have lost their minds from all the sex found in contemporary novels or his narrator is the most frigid man alive. Therefore I found it profoundly ironic, and funny, that he then proceeded to write about the sexual awakening and life of the narrator, a Philosophy professor, while never actually explicitly describing any of the acts.
While the novel may or may not have autobiographical content, I chose to read it as the author’s attempt to shed some light on the dubious question of Japanese sexuality during the Meiji era, from its red light districts to its extremely puritan and moralistic public facade.

The event known as the “Debakame affair” came to light. A worker named Debakame had acquired the habit, now a mania, of spying on women in public baths. One day he followed in the footsteps of a woman leaving the spa and made her a victim of rape. After all, it is a common occurrence, occurring in profusion in all parts of the world. It is a subject that in any western newspaper would not represent more than a note with few lines cornered on a page. But, given the moment in which it was produced, the news increased in volume until it became a great problem in Japanese society, since the fact was related to the so-called “naturalism”. The trend “Debakame” or “debakameism” was spoken of as a synonym for “naturalism” and the verb “debake” became fashionable. Kanai couldn’t help but wonder if all humans had become sex maniacs, and if he was himself an exceptional case among them.

By the way, there are very few publications that deal with the process according to which the so-called sexual appetite manifests itself in human life, and the proportion in which it is affected by it. Just as obscene images are found in art, pornography also occurs in any country in the world. There are erotic books. However, none of that is serious. In all kinds of poetry love is contemplated. However, even supposing that love is closely related to sexual appetite, it is not identified with it. There is not little material in this regard in the public court proceedings and in the writings of doctors; but all this often amounts to mere deformations of the sexual appetite.
Ancient Greek artists, when depicting the gods in images, endowed them with a broad forehead, while reducing the lower portion of the face. Since the forehead was for them the seat of the soul, they increased it in order to emphasize it. The lower part of the face, like the chin, the mouth with the teeth of the upper and lower jaw used for chewing, were considered vulgar parts of the body, and consequently were reduced. If, on the contrary, they had been enlarged, the human countenance would have become more and more like that of a monkey. The facial angle, studied by Camper, would be reduced according to that. The Greeks, in addition, disproportionately enlarged the chest, in relation to the belly. It is not worth, moreover, to extend into explanations to show that the belly, the chin, the teeth, etc., were considered within the same low rank. Breathing was a superior activity compared to eating and drinking. And it is not all there, but the ancients did not attribute to the chest —or better to say, to the cardiac viscera or heart— the function of circulating the blood, but that of sustaining the activity of the spirit.

Yoshiwara, in particular, is like the paradise where they always live dreaming. And the splendor of that paradise is conditioned to a certain extent on the power of the lord they serve, who grants him protection. The house steward makes loans – at considerable interest – at Yoshiwara. That is the reason why, when they go there, they receive exquisite treatment, as I hear them say. And so, in turn, each one recounts their visits to Yoshiwara. As much as I try to listen, half the story escapes me.
Examining the sentimental books, it is seen that the kiss, for example, has a very different character among us from that which is described in the corresponding Western literature. Even in my specific case, I could not ignore the relationship that links love with sexual appetite, being theoretically inseparable from each other. However, while I was experiencing an undeniable thirst for love, the aspect of sexual desire had not been activated in me.
Something that has been etched in my memory, I think it comes to directly prove what was said. Around that time I learned a bad habit.

There is nothing better than filial love in the family. To curb your sexual appetite a bit for that respectful love due to parents, is something that is very good. However, it is not surprising that there are people who are incapable of behaving like this. For Kojima, the sexual appetite has turned into a cesspool that swallows excrement. For Koga, the sexual appetite has become a glass at night that must be cleaned periodically. And as for me, who has entered into an alliance with these two, the fact that I do not pursue as they do to satisfy the sexual appetite, should it be considered, after all, as my own merit? This question is very doubtful. If I had the beauty of Kojima from birth, perhaps not even because of that I would have been Kojima. Before the altar of our sacred alliance, I would reel off these “heretical” occurrences for myself.

Kanai was not incapacitated. He wasn’t powerless either. In this world, people like to unleash the tiger of sexual appetite that they have been raising and, without knowing why, they ride on its back to fall into the valley of destruction. Kanai had the tiger’s sexual appetite tamed and well controlled.
Among Buddha’s disciples there is one named Bhadra. He used to let a trained tiger lie loose next to him. The young followers of him were terrified of this tiger. Bhadra’s name means “wise man”; and the tiger can symbolize sexual desire. Just because the tiger is tamed, he doesn’t mean his figure is less terrifying.
Kanai, adopting this new point of view, began to calmly reread what was written. By the time he got to the last paragraph of it, it was already dark and the rain had stopped any moment before. The drops of water falling from the gutter onto the gravel were heard with a long intermittence, like the clanging of an old Chinese stone xylophone.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/12/04/el-ganso-salvaje-mori-ogai-the-wild-geese-by-mori-ogai/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/24/vita-sexualis-el-aprendizaje-de-shizu-ogai-mori-vita-sexualis-by-ogai-mori/

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