Ciencia Y Guerra: El Pacto Oculto Entre La Astrofísica Y La Industria Militar — Neil deGrasse Tyson, Avis Lang / Accessory to War: The Unspoken Alliance Between Astrophysics and the Military by Neil deGrasse Tyson, Avis Lang

Parece obvio que la ciencia y la tecnología avanzan a menudo por necesidades militares y políticas. Tanto es así, que las palabras “alianza tácita” en el subtítulo parecen sensacionalistas y falsas. De hecho, hay muchas cosas que tienen doble aplicabilidad. Por ejemplo, los explosivos tienen aplicaciones tanto militares como comerciales, y hay poca o ninguna diferencia tecnológica. La misma aplicabilidad dual se aplica a la ciencia física y la ciencia militar, la instrumentación física y la tecnología militar. Y, sin embargo, en el legado de los avances científicos que aseguraron la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, hubo un noble intento de conducir la ciencia únicamente por el conocimiento y el humanitarismo, más que por la guerra. La separación aspiracional está más ejemplificada en el derecho internacional de la posguerra con respecto a la investigación y el desarrollo de armas nucleares y la desmilitarización del espacio, incluida la luna y otros cuerpos celestes. Por ejemplo, el Tratado sobre el espacio ultraterrestre de las Naciones Unidas de 1967. Tyson sostiene que, a pesar de esas aspiraciones, y tal vez inevitablemente, el trabajo astrofísico científico y militar ha progresado en estrecha interdependencia.
Después de una revisión bastante tediosa del catálogo del dualismo científico / militar desde la época clásica hasta el siglo XX, el texto alcanza su sustancia en la segunda mitad. Esa sustancia es un recorrido detallado del siglo XX de la polinización cruzada entre los desarrollos de la física y la astrofísica, tanto de la ciencia civil como de proyectos una vez secretos y ahora desclasificados de los Estados Unidos y la Unión Soviética y otros proyectos militares. La cantidad de registro histórico aquí es considerable y difícil de absorber. Al mismo tiempo, Tyson transmite sus valores y análisis político como perspectiva de referencia. Veo que la esencia de la diferencia política radica en si uno debe confiar en que los adversarios de uno tienen intereses similares a los de uno mismo, o si uno debe confiar en que nadie encuentra seguridad solo en la supremacía. El primer punto de vista puede ser ingenuo, pero el segundo conduce a una carrera tecnológica sin fin, doctrinas de destrucción mutua asegurada y riesgo de autoextinción provocada accidentalmente.
El libro se publicó poco después de la elección estadounidense de Donald Trump en 2016, y los comentarios de Tyson al respecto, aunque intentan no parecer partidista, ciertamente no son de apoyo. Él menciona la popular Marcha por la Ciencia del 22 de abril de 2017 como una consecuencia positiva, lo que me animó porque participé en la marcha satelital de Charleston SC. Varias acciones de Trump desde el momento de la publicación serían relevantes para el texto: la formación de una “Fuerza Espacial” estadounidense explícitamente militar, el obsequio del reconocimiento al régimen de Corea del Norte como una potencia nuclear legítima, la retirada del acuerdo con Irán que les estaba impidiendo convertirse en una potencia nuclear, retirarse del Acuerdo de París, por nombrar algunos.
En general, encontré que el libro va más allá de la ciencia, la historia y la política, de lo que esperaba. Preveo la necesidad de una actualización continua del material en el libro, por lo que este se convierte en un libro de esta época sin poder de permanencia, excepto como una historia de los programas militares develados de finales del siglo XX. La tabla de contenido es la siguiente:

Conciencia del entorno
1. Un tiempo para matar
2. El poder de las estrellas: calendarios, astrología, astronomía
3. El poder marítimo: navegación, cartografía
4. Equipando al ojo: telescopios, fotografía, espectroscopia
El último terreno elevado
5. Invisibles, indetectables, innombrables: radar en la Segunda Guerra Mundial, proliferación nuclear en la Guerra Fría.
6. Historias de descubrimiento: paralelos entre el trabajo civil de la NASA y el trabajo militar de NRO. Hubble / ojo de cerradura.
7. Hacer la guerra y buscar la paz – Guerra fría, carrera espacial civil y militar, militarización y armamento del espacio
8. El poder del espacio: marco legal internacional, GPS, Guerras del Golfo, ISS, estudio de cada una de las principales naciones espaciales, primeras acciones de Trump
9. Tiempo para sanar

A menudo resulta decisivo el papel de la ciencia y la tecnología en cuestiones de guerra, ya que proporciona una ventaja asimétrica cada vez que un lado explota este conocimiento y el otro no. Si alistan en la guerra a una bióloga, ella podría considerar convertir las bacterias y virus en arma: uno de los primeros actos de guerra biológica bien podría haber sido catapultar a un animal muerto y putrefacto sobre el muro de un castillo durante un sitio. También está la contribución de un químico, desde el envenenamiento de los pozos de agua de la Antigüedad hasta el gas mostaza y el gas cloro durante la Segunda Guerra Mundial, los defoliantes y las bombas incendiarias de Vietnam o los agentes nerviosos en conflictos más contemporáneos. Un físico en la guerra es un experto en la materia, el movimiento y la energía, y tiene una simple tarea: tomar la energía de aquí y ponerla allá.

No tener guerra equivale a no tener efervescencia intelectual. La guerra, de la mano con el comercio, dice Huygens, ha servido de catalizador para el alfabetismo, la exploración, la agricultura y la ciencia.
¿Tenían razón Phelps y Huygens? ¿Debe ser la guerra y el beneficio económico lo que impulsa tanto a la civilización en la Tierra como a la investigación de otros mundos? La historia, incluyendo la historia de la semana pasada, dificulta responder que no. En el transcurso de los milenios, los estudios espaciales y la planeación de la guerra han sido socios comerciales en la perenne búsqueda de los gobernantes por obtener y conservar el poder sobre los demás. Los mapas celestes, los calendarios, cronómetros, telescopios, mapas, brújulas, cohetes, satélites, drones: estos no fueron emprendimientos civiles inspiradores. Su meta era el dominio, fue incidental el aumento de conocimientos.
Pero la historia no tiene por qué ser destino. Quizás el presente exija otra cosa: hoy enfrentamos a «enemigos e infortunios» jamás soñados por Huygens. Me parece que podríamos dirigir el «ejercicio de nuestro ingenio» hacia el mejoramiento de todos, en vez de al triunfo de pocos. No me parece que sea demasiado radical sugerir que al capitalismo no le quedará mucho con qué trabajar si desaparecen varios centenares de millones de especies debido a la falta de agua potable o de aire respirable, o quizás a los efectos secundarios de un asteroide en caída libre o de un ataque con rayos cósmicos.
El universo es la última frontera y a la vez el más alto de los terrenos altos. Lo comparten tanto los científicos espaciales como los guerreros espaciales; para los primeros es un laboratorio; y para los segundos, un campo de batalla. El explorador lo quiere entender; el soldado lo quiere dominar. Pero sin la tecnología correcta —que para ambos grupos es más o menos la misma tecnología— nadie puede llegar a él, operar en él, escudriñarlo, dominarlo o sacarle ventaja en detrimento de otros. Sin esa tecnología, ninguno de los dos lados puede lograr sus metas. En palabras del informe de la Comisión Rumsfeld, «Estados Unidos no seguirá siendo la nación líder en la navegación espacial si depende de la tecnología de ayer para cumplir con los requisitos de hoy a los precios de mañana». Todos los lados buscan la tecnología de punta que a la vez sea, en potencia, de doble uso.
El programa espacial chino es intensivo y exitoso, y se puede comparar fácilmente con los de Estados Unidos y la Unión Soviética en sus mejores años. El 11 de enero de 2007, cuando China mandó un vehículo que destruye con energía cinética a más de 800 km en el espacio para que eliminara con un golpe directo a uno de sus propios satélites climatológicos ya viejos, en efecto anunciaba su estatus como un poder espacial con capacidades potencialmente letales. Ahora podría negarle a otro país la libertad de operar en el espacio.
El golpe dejó decenas de miles de fragmentos de larga vida en la alta órbita terrestre, agregándolos a los peligros de por sí considerables colocados ahí por los escombros generados previamente por otros países, notablemente el nuestro. Otras naciones navegadoras del espacio criticaron rotundamente a China por hacer tal desastre; doce días después, su Ministerio de Relaciones Exteriores declaró que la acción «no estaba dirigida contra país alguno ni constituye una amenaza contra país alguno».

En el transcurso de gran parte de la historia, el conocimiento de los cielos fue marcando los ritmos de la vida y el dominio del territorio. La astronomía avanzaba de la mano con la agricultura, el comercio, la migración, el imperio y la guerra: creaba y marcaba el tiempo; registraba el lugar en la Tierra. Era un misterio sagrado y a la vez una inversión segura. Los astrónomos ejercían el poder y servían a los poderosos.
Milenios antes de que alguien dibujara mapas utilizables de los continentes, la gente ya se memorizaba mapas imaginados de los cielos. Mucho antes de que hubiera astrolabios o sextantes o relojes portátiles de precisión para establecer distancias, latitudes y longitudes, la gente medía su posición no con herramientas sino con los ojos y el cielo. Era necesario tener guías para poder alcanzar lugares a los que nadie había podido llegar, para saber cuánto tomaba llegar allí, y volver si es que a uno le gustaba lo que encontraba. El cielo era bueno, especialmente si el camino se extendía por un océano inexplorado, dunas inestables, praderas extensas o áridas tundras. El cielo mismo era brújula y reloj a la vez.
“Para los mesopotámicos, la astrología y la astronomía eran más o menos lo mismo. Para los emperadores de la antigua China, al igual que para los antiguos griegos, la astrología y la astronomía estaban entrelazadas. Los cielos hablaban; el observador de los cielos escuchaba y traducía. Copérnico hacía astrología; Tycho Brahe hacía astrología; el gran Galileo hacía astrología. Johannes Kepler, aunque crítico de muchos aspectos de la astrología y consciente de su uso cínico, escribió centenares de horóscopos. En 1601, justo después de haber sido nombrado matemático imperial de Rodolfo II del Sacro Imperio Romano Germánico, Kepler publicó un tratado titulado Sobre los fundamentos más ciertos de la astrología ; un cuarto de siglo después, se desempeñó como astrólogo del general Albrecht von Wallenstein. 20
En cierto momento, la distinción moderna que existe entre la astronomía y la astrología era confusa e irrelevante, al igual que la distinción entre la alquimia y la química o la magia y la medicina. Promover lo propicio, evitar las calamidades y predecir la muerte sugieren interpretaciones astrológicas. Sin embargo, con el practicante adecuado, la predicción (que es una derivación del análisis) puede ser rigurosa y científica. La piedra angular de ambas es la observación precisa de los cielos, combinada con un conocimiento de la física y una cartografía del cosmos.
La prosecución de la guerra es una búsqueda al menos tan duradera y testaruda como la de la adquisición de una fortuna, y a ciertos guerreros de la vida real les ha interesado la astrología tanto como les interesaba a los gobernantes de Mesopotamia y de la antigua China. La Alemania nazi ofrece un estudio de caso impresionante, narrado en detalle por Ellic Howe, escritor, historiador y experto falsificador que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para una agencia británica llamada la Oficina de Guerra Política.
El interés por la astrología aumentó rápidamente en una Alemania derrotada y ampulosa después de la Primera Guerra Mundial, escribe Howe, con más velocidad que en el resto de Europa.
Hoy en día la propia Alemania considera que hacer el saludo nazi es un delito penal. En las décadas posteriores a la guerra, los astrónomos descubrieron que Plutón no solo es más pequeño que nuestra propia luna, sino también que otras seis lunas de nuestro sistema solar, y la Unión Astronómica Internacional ya no lo clasifica como un verdadero planeta. La búsqueda de fuentes de poder celeste, de conquista y de «nuevas eras» deberán dirigirse a otra parte.

La visión que impulsó a los nazis era la de una Alemania expandida y étnicamente purificada, la Grossdeutschland . Las tierras que pretendían conquistar ya estaban exploradas, colonizadas y disputadas desde hacía mucho; ya estaban establecidas sus latitudes y longitudes; sus mapas estaban trazados, sus ríos perfilados; sus habitantes estaban identificados y nombrados. No fue una visión parecida la que impulsó a los primeros pueblos valientes, curiosos o desesperados que caminaron por el gran valle del Rift, que remaron y navegaron por zonas inexploradas del océano Pacífico, o que cabalgaron por las tierras baldías y desconocidas del desierto de Taklamakán. No tenían la menor idea de lo que les esperaba.
No obstante, hace 40 000 años, hordas de humanos anatómicamente modernos se habían transportado desde África hasta algún lugar del sudeste asiático, viajando hasta Sri Lanka y la costa oriental de China y cruzando el mar hasta llegar a lo que entonces era el continente de Sahul, una fusión de Australia y Nueva Guinea. Esos primeros exploradores, recolectores, exiliados, vagabundos marinos, comerciantes e invasores no tenían ni brújulas ni mapas. La geografía y la navegación eran prácticas nacientes. Por tierra, los viajeros podían seguir un río, un paso de montaña o un sendero de animales; por mar, podían tratar de permanecer a la vista de la tierra, pero tenían que evitar la subsuperficie, los escabrosos peligros de ir pegados a la orilla.
El Departamento de Defensa de los Estados Unidos había estado trabajando en un meridiano geodésico desde principios de la Guerra Fría. Para la década de 1980, las nuevas técnicas y mayores cantidades de datos hicieron posible que los científicos de la Tierra y el espacio se pusieran de acuerdo sobre un sistema viable e internacionalmente consistente que, tras haber sido adoptado por la Agencia de Defensa en Cartografía de Estados Unidos en 1984 e incorporado a la constelación GPS del país, se ha vuelto el estándar global para la navegación por satélite y la base del Tiempo Universal. Una vez más, con un esquema tan antiguo como la civilización, se unieron las estrellas y las barras para lograr una exactitud cada vez mayor: explotar las necesidades mutuas, logrando así de manera pasiva y activa los fines mutuos.
Han transcurrido siete siglos y medio desde que Roger Bacon informó al papa que los ejércitos enemigos podían verse a la distancia con la ayuda de «cuerpos transparentes». Esos cuerpos refractarios de Bacon, cuidadosamente formados y convenientemente acomodados, han sido reemplazados por una asombrosa cartera de detectores, que van desde las gafas de visión nocturna hasta los telescopios espaciales. Poder ver se ha convertido en conciencia situacional, y ahora abarca una vasta gama de longitudes de onda, mucho más allá de lo meramente visual. Las distancias ahora se miden en años luz en lugar de estadios. Sin embargo, ahora unos cuantos fanáticos armados pueden causar más estragos y destrucción de lo que alguna vez pudieron ejércitos enteros, y es posible que el futuro del armamento no gire en torno a cuántos misiles guiados viven en nuestro silo, sino cuántos cibercientíficos trabajan en nuestro laboratorio. Un factor que no ha cambiado es el dinero; otro, la existencia y la creación de enemigos.

En cuanto al propio Hubble, una vez que se solucionaron los diversos problemas posteriores al lanzamiento por medio de misiones de servicio de emergencia, y otras misiones planeadas de antemano, el telescopio pudo comenzar su vida laboral como distinguido detective y empresario. En su lista de revelaciones se encuentra la edad del universo; los exoplanetas; los agujeros negros supermasivos que acechan en el corazón de galaxias brillantes; los sistemas embrionarios planetarios envueltos en discos de gas y polvo previamente impenetrables que rodean a las estrellas jóvenes; un trozo de cielo elegido por la ausencia de galaxias interesantes al mirarlo con telescopios terrestres normales pero que, después de una exposición de 10 días por parte de la cámara del Hubble, mostró estar poblada por miles de galaxias distantes desperdigadas hasta el borde del universo. El Hubble fue la adoración no solo de los científicos sino también de los civiles, quienes en 2004 se apropiaron de él. Cuando la NASA propuso cancelar la misión final de servicio del telescopio, la protesta del público en general fue mayor que la de los científicos. El Congreso cedió y se restableció la misión. Hasta donde sabemos, el sucesor del Hubble, el telescopio espacial infrarrojo James Webb, no tiene un doppelgänger militar… aún.
Por el momento, entonces, las fuerzas armadas tendrán que hacerlo sin las armas láser en órbita.
Los asteroides —esas rocas grandes e incluso pilas más grandes de rocas unidas por la gravedad— pueden presentar otras posibilidades militares. Algunos son del tamaño de un auto, otros del tamaño de una casa y otros más del tamaño de un estadio. Los más grandes son del tamaño de una montaña. De vez en cuando, estos misiles cósmicos han chocado y destruido regiones enteras de la Tierra. Se han acercado muchos más, pero sin darnos.
Una buena solución al peligro sería identificar las trayectorias de estos objetos y destruir o desviar cualquiera que amenace con impactar contra nosotros. El primer paso es encontrarlos, a ellos y a sus parientes cometarios, que en conjunto se clasifican como objetos próximos a la Tierra o NEO , por su acrónimo en inglés (Near Earth Object ). Con buena razón, las organizaciones espaciales de todo el mundo han priorizado la búsqueda y el seguimiento de los NEO . La mecánica celestial determina que cualquier NEO cuyo camino atraviese la órbita de la Tierra llegará a la Tierra en algún momento.
Las ASAT , al igual que muchos otros elementos del pensamiento y la tecnología militares contemporáneos, tienen sus raíces en la Guerra Fría, cuando la inflación de la amenaza dominaba al Pentágono.
En cuanto a las armas nucleares y otras armas de destrucción masiva, Johnson, como Kennedy, sostenía que un sistema de armas con base en tierra no era un arma espacial, incluso cuando la vida activa del objetivo y su destrucción definitiva se desarrollarían en el teatro del espacio. El punto era que nuestra parte necesitaba los medios para defenderse contra las armas espaciales de la otra parte, y montaríamos esa defensa con armas que no residían ociosamente en órbita. Así se armamentiza el espacio sin armamentizar el espacio. Mientras observaba esa directriz, Estados Unidos podía sostener que (a diferencia de ese peligroso otro lado, supuestamente empeñado en el «dominio del mundo») honraba y preservaba la serenidad y la santidad del espacio. Una vez consagrada en el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, esta distinción entre las armas basadas en tierra y las armas basadas en el espacio, por muy forzada que fuera, mantuvo al mundo marginalmente más seguro durante un par de décadas, de manera similar al Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963 o el Tratado sobre Misiles Balísticos de 1972.

El poder es la capacidad para lograr un resultado específico. Sus fuentes, trampas, abusos y encanto pueden detectarse en todas partes. A veces el poder en sí es la meta. En la novela distópica 1984 de George Orwell, el autor intelectual del Partido Interior le dice a su prisionero, un antiguo falsificador eximio del Ministerio de la Verdad que ha comenzado a exhibir una peligrosa lealtad a los hechos: «El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo». Y luego: «El objeto de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura solo tiene como finalidad la misma la tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder».
El poder podrá ser cualquier cosa, pero no es misterioso. El espacio, por otro lado, lo es. Su inmensidad desafía la medida y la comprensión. Gran parte de lo que lo impulsa sigue siendo un acertijo, y aún así contiene todo lo que pudiéramos desear verificar jamás. No se ve afectado por la humanidad. El espacio, en movimiento sin cesar, es el escenario máximo en donde se presentan ciclos continuos de creación y destrucción.
El poder espacial consiste en tener el conocimiento, la capacidad material y la voluntad de tomar acciones fuertes y audaces más allá de los límites de la atmósfera de la Tierra. Cuando los políticos hablan sobre el poder espacial, hacen referencia a las naciones que pertenecen al pequeño pero influyente club de viajeros espaciales. Cuando los combatientes hablan de ello, hacen referencia a los medios para disuadir, defender y destruir y también, si se justifica, para negar a los adversarios el acceso al espacio para sus propios fines militares o incluso civiles.
El poder del espacio permite la comunicación, la intimidación, la vigilancia, el dominio, la evaluación de amenazas y, sí, la investigación científica en formas y en distancias nunca antes posibles. Es el principal agente de control remoto y acción instantánea.

No existe emprendimiento alguno que sea incesantemente noble o electrizante. Con el tiempo se entromete la cuestión del dinero. No son baratas las sondas espaciales, los telescopios espaciales ni el soporte para las investigaciones de vanguardia. Sin embargo, queda claro que los gastos de la investigación astrofísica mundial (esa otra colaboración entre las naciones que no es los Juegos Olímpicos ni la Copa del Mundo) son de una orden de magnitud mucho menor que los gastos de una guerra mundial.
Tratemos de imaginar que cada uno de nosotros es un ensamblaje transitorio de átomos y moléculas; que nuestro planeta es un pequeño guijarro que deambula en órbita por el vacío del espacio; que la astrofísica, la sierva histórica del conflicto humano, ahora ofrece una manera de redirigir esos impulsos de matar que tiene nuestra especie para que sean impulsos de colaboración para explorar, descubrir civilizaciones alienígenas, vincular a la Tierra con el resto del cosmos —genéticamente, químicamente, atómicamente— y proteger nuestro planeta natal hasta que el horno del Sol se consuma por sí solo en cinco mil millones de años.
Tratemos de imaginar esas cosas, no porque sean imaginarias, sino porque son ciertas.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/17/astrofisica-para-gente-con-prisas-neill-degrasse-tyson-astrophysics-for-people-in-a-hurry-by-neill-degrasse-tyson/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/23/ciencia-y-guerra-el-pacto-oculto-entre-la-astrofisica-y-la-industria-militar-neil-degrasse-tyson-avis-lang-accessory-to-war-the-unspoken-alliance-between-astrophysics-and-the-military-b/

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That science and technology are often advanced by military and political needs seems obvious. So much so, that the words “unspoken alliance” in the subtitle seem sensationalistic and disingenuous. Indeed, there are a lot of things that are of dual applicability. For example, explosives have both military and commercial application, and there is little to no technological difference. The same dual applicability applies to physical science and military science, physics instrumentation and military technology. And yet, in the legacy of the scientific advances that secured victory for the Allies in World War 2, there was a noble attempt to conduct science purely for the sake of knowledge and humanitarianism, rather than for war. The aspirational separation is most exemplified in post-war international law regarding nuclear weapons research and development, and the demilitarization of space including the moon and other celestial bodies. For example, the United Nations’ Outer Space Treaty of 1967. Tyson argues that, in spite of those aspirations, and perhaps inevitably, scientific and military astrophysical work have progressed in tight interdependence.
After a fairly tedious catalog review of scientific/military dualism from classical times up to the twentieth century, the text reaches its substance in the second half. That substance is a detailed 20th century walk-through of the cross-pollination between physics and astrophysics developments both from civilian science and once secret and now declassified US and Soviet and other military projects. The amount of historical record here is considerable and difficult to absorb. At the same time, Tyson conveys his values and political analysis as a reference perspective. I see the essence of the political difference to be whether one should trust one’s adversaries to have similar interests as one’s self, or whether to trust no one finding security only in supremacy. The first view may be naïve, but the second leads to a technology race without end, doctrines of mutually assured destruction, and risk of accidentally triggered self-extinction.
The book was published shortly after the 2016 US election of Donald Trump, and Tyson’s comments on that, while trying not to appear partisan, are certainly not supportive. He mentions the popular March for Science of April 22, 2017 as a positive consequence – which heartened me as I was a participant of the Charleston SC satellite march. A number of Trump actions since the time of publication would be relevant to the text – the formation of an explicitly military US “Space Force”, the gifting of recognition to the North Korean regime as a legitimate nuclear power, withdrawing the accord with Iran that was holding them back from becoming a nuclear power, withdrawal from the Paris Accord, to name a few.
Overall, I found the book to range further from science, into history and politics, than I was expecting. I foresee a need for continuous updation of the material in the book, and so this becomes a book of this time without staying power, except as a history of the unveiled military programs from the later twentieth century. The table of contents is as follows –

Situational Awareness
1. A Time to Kill
2. Star Power – calendars, astrology, astronomy
3. Sea Power – navigation, cartography
4. Arming the Eye – telescopes, photography, spectroscopy
The Ultimate High Ground
5. Unseen, Undetected, Unspoken – Radar in WW2, nuclear proliferation in the Cold War.
6. Detection Stories – Parallels between civilian NASA and military NRO work. Hubble/Keyhole.
7. Making War, Seeking Peace – Cold War, civilian and military space race, militarization and weaponization of space
8. Space Power – international legal framework, GPS, Gulf Wars, ISS, survey of each major spacefaring nation, early Trump actions
9. A Time to Heal

The role of science and technology in matters of war is often decisive, as it provides an asymmetric advantage whenever one side exploits this knowledge and the other does not. If a biologist is enlisted in the war, she might consider weaponizing bacteria and viruses: One of the first acts of biological warfare could well have been catapulting a dead, rotting animal over a castle wall during a siege. There is also the contribution of a chemist, from the poisoning of water wells in ancient times to mustard gas and chlorine gas during World War II, defoliants and firebombs in Vietnam or nerve agents in more contemporary conflicts. A physicist in war is an expert in matter, motion, and energy, and has a simple task: take energy from here and put it there.

Not having a war is equivalent to not having intellectual effervescence. War, hand in hand with trade, Huygens says, has served as a catalyst for literacy, exploration, agriculture and science.
Were Phelps and Huygens right? Should it be war and profit that drives both civilization on Earth and research on other worlds? History, including last week’s story, makes it difficult to answer no. Over the millennia, space studies and war planning have been trading partners in rulers’ perennial quest to gain and retain power over others. Celestial maps, calendars, stopwatches, telescopes, maps, compasses, rockets, satellites, drones – these were not inspiring civil endeavors. His goal was mastery, increasing knowledge was incidental.
But history does not have to be destiny. Perhaps the present demands something else: today we face “enemies and misfortunes” never dreamed of by Huygens. It seems to me that we could direct the “exercise of our ingenuity” towards the betterment of all, instead of the triumph of the few. I don’t think it’s too radical to suggest that capitalism won’t have much left to work with if several hundred million species disappear due to a lack of clean water or breathable air, or perhaps the after-effects of a free-falling asteroid. or from a cosmic ray attack.
The universe is the last frontier and at the same time the highest of the high ground. It is shared by both space scientists and space warriors; for the former it is a laboratory; and for the latter, a battlefield. The explorer wants to understand it; the soldier wants to dominate it. But without the right technology — which for both groups is more or less the same technology — no one can reach it, operate on it, scrutinize it, dominate it, or take advantage of it to the detriment of others. Without that technology, neither side can achieve its goals. In the words of the Rumsfeld Commission report, “The United States will not remain the leading nation in space navigation if it relies on yesterday’s technology to meet today’s requirements at tomorrow’s prices”. All sides are looking for state-of-the-art technology that is also potentially dual-use.
The Chinese space program is intensive and successful, and can easily be compared to those of the United States and the Soviet Union in their prime years. On January 11, 2007, when China sent a kinetic-energy destroying vehicle more than 800 km into space to knock out one of its own aging weather satellites, in effect heralded its status as a powerhouse. spacecraft with potentially lethal capabilities. Now it could deny another country the freedom to operate in space.
The coup left tens of thousands of long-lived fragments in high Earth orbit, adding to the already considerable dangers placed there by debris previously generated by other countries, notably our own. Other space navigating nations roundly criticized China for making such a mess; twelve days later, his Ministry of Foreign Affairs declared that the action “was not directed against any country nor does it constitute a threat against any country”.

In the course of much of history, the knowledge of the skies was marking the rhythms of life and the domain of the territory. Astronomy advanced hand in hand with agriculture, commerce, migration, empire and war: it created and marked time; it recorded the place on Earth. It was a sacred mystery and a safe investment at the same time. Astronomers wielded power and served the powerful.
Millennia before anyone drew usable maps of the continents, people were already memorizing imagined maps of the skies. Long before there were astrolabs or sextants or precision wearable clocks for establishing distances, latitudes and longitudes, people measured their position not with tools but with their eyes and the sky. It was necessary to have guides to be able to reach places that nobody had been able to reach, to know how long it took to get there, and to return if one liked what they found. The sky was good, especially if the road stretched across uncharted ocean, unstable dunes, vast grasslands, or arid tundras. The sky itself was both a compass and a clock.
“For the Mesopotamians, astrology and astronomy were more or less the same. For the emperors of ancient China, as for the ancient Greeks, astrology and astronomy were intertwined. The heavens spoke; the watcher of the heavens listened and translated. Copernicus did astrology; Tycho Brahe did astrology; the great Galileo did astrology. Johannes Kepler, although critical of many aspects of astrology and aware of its cynical use, wrote hundreds of horoscopes. In 1601, just after being appointed imperial mathematician to Rudolph II of the Holy Roman Empire, Kepler published a treatise entitled On the Certain Foundations of Astrology; a quarter of a century later, he served as General Albrecht von Wallenstein’s astrologer. twenty
At one point, the modern distinction between astronomy and astrology was confusing and irrelevant, as was the distinction between alchemy and chemistry or magic and medicine. Promoting the auspicious, avoiding calamities, and predicting death suggest astrological interpretations. However, with the right practitioner, the prediction (which is a derivation of the analysis) can be rigorous and scientific. The cornerstone of both is accurate observation of the heavens, combined with a knowledge of physics and a mapping of the cosmos.
The pursuit of war is a quest at least as enduring and stubborn as the pursuit of a fortune, and certain real-life warriors have been interested in astrology as much as it did the rulers of Mesopotamia and ancient China. Nazi Germany offers an impressive case study, narrated in detail by Ellic Howe, a writer, historian and expert forger who during World War II worked for a British agency called the Office of Political Warfare.
Interest in astrology grew rapidly in a defeated and bombastic Germany after World War I, Howe writes, more rapidly than in the rest of Europe.
Today Germany itself considers making the Nazi salute a criminal offense. In the decades after the war, astronomers discovered that Pluto is not only smaller than our own moon, but also six other moons in our solar system, and the International Astronomical Union no longer classifies it as a true planet. The search for sources of celestial power, of conquest and of “new ages” will have to be directed elsewhere.

The vision that prompted the Nazis was that of an expanded and ethnically purified Germany, the Grossdeutschland. The lands they sought to conquer had long been explored, colonized, and disputed; their latitudes and longitudes were already established; its maps were drawn, its rivers outlined; its inhabitants were identified and named. It was not a similar vision that prompted the first brave, curious, or desperate peoples to walk through the Great Rift Valley, row and sail through unexplored parts of the Pacific Ocean, or ride through the uncharted wastelands of the Taklamakan desert. . They had no idea what to expect.
However, 40,000 years ago, hordes of anatomically modern humans had been transported from Africa to somewhere in Southeast Asia, traveling to Sri Lanka and the eastern coast of China and across the sea to what was then the continent of Sahul. , a merger of Australia and New Guinea. Those early explorers, gatherers, exiles, sea wanderers, traders, and invaders had neither compasses nor maps. Geography and navigation were nascent practices. By land, travelers could follow a river, a mountain pass, or an animal trail; By sea, they could try to stay in sight of the land, but they had to avoid the subsurface, the rugged dangers of clinging to shore.
The United States Department of Defense had been working on a geodetic meridian since the beginning of the Cold War. By the 1980s, new techniques and increased amounts of data made it possible for Earth and space scientists to agree on a viable and internationally consistent system which, after being adopted by the US Defense Mapping Agency, United States in 1984 and incorporated into the country’s GPS constellation, it has become the global standard for satellite navigation and the basis of Universal Time. Once again, with a scheme as old as civilization, the stars and bars were brought together to achieve ever greater accuracy: exploiting mutual needs, thus passively and actively achieving mutual ends.
Seven and a half centuries have passed since Roger Bacon informed the pope that enemy armies could be seen from a distance with the help of “transparent bodies.” Those carefully shaped and conveniently arranged Bacon refractory bodies have been replaced by an astonishing portfolio of detectors, ranging from night vision goggles to space telescopes. Being able to see has become situational awareness, and now encompasses a vast range of wavelengths, far beyond the merely visual. Distances are now measured in light years instead of stadiums. Now however, a few armed fanatics can wreak more havoc and destruction than entire armies ever could, and the future of weaponry may not revolve around how many guided missiles live in our silo, but how many cyber scientists work in our silo. laboratory. One factor that has not changed is money; another, the existence and creation of enemies.

As for Hubble himself, once the various post-launch problems were solved by means of emergency service missions, and other pre-planned missions, the telescope was able to begin its working life as a distinguished detective and entrepreneur. On his list of revelations is the age of the universe; the exoplanets; the supermassive black holes that lurk at the heart of bright galaxies; the embryonic planetary systems wrapped in previously impenetrable disks of gas and dust that surround young stars; a patch of sky chosen for the absence of interesting galaxies when viewed with normal ground-based telescopes but which, after a 10-day exposure by the Hubble camera, was shown to be populated by thousands of distant galaxies scattered to the edge of the universe. The Hubble was the adoration not only of scientists but also of civilians, who in 2004 appropriated it. When NASA proposed to cancel the telescope’s final service mission, the outcry from the general public was greater than that from the scientists. Congress relented and the mission was reestablished. As far as we know, Hubble’s successor, the James Webb infrared space telescope, doesn’t have a military doppelgänger… yet.
For the time being, then, the military will have to do it without the laser weapons in orbit.
Asteroids – those large rocks and even larger piles of rocks held together by gravity – may present other military possibilities. Some are the size of a car, some are the size of a house, and some are more the size of a stadium. The largest are the size of a mountain. From time to time, these cosmic missiles have collided and destroyed entire regions of the Earth. Many more have come, but without giving us.
A good solution to the danger would be to identify the trajectories of these objects and destroy or deflect any that threaten to hit us. The first step is to find them and their cometary relatives, which collectively are classified as Near Earth Objects or NEOs by their acronym in English (Near Earth Object). With good reason, space organizations around the world have prioritized finding and tracking NEOs. Celestial mechanics determine that any NEO whose path traverses Earth’s orbit will reach Earth at some point.
ASATs, like many other elements of contemporary military thought and technology, have their roots in the Cold War, when threat inflation dominated the Pentagon.
Regarding nuclear weapons and other weapons of mass destruction, Johnson, like Kennedy, argued that a land-based weapons system was not a space weapon, even when the active life of the target and its ultimate destruction would unfold in the theater. from space. The point was that our part needed the means to defend itself against the other party’s space weapons, and we would mount that defense with weapons that did not reside idly in orbit. This is how space is armed without weaponizing space. While observing that guideline, the United States could argue that (unlike that dangerous other side, supposedly bent on “world domination”) it honored and preserved the serenity and sanctity of space. Once enshrined in the Outer Space Treaty of 1967, this distinction between ground-based weapons and space-based weapons, however forced, kept the world marginally safer for a couple of decades, similarly to the Partial Nuclear Test Ban Treaty of 1963 or the Ballistic Missile Treaty of 1972.

Power is the ability to achieve a specific result. Its sources, traps, abuse and charm can be detected everywhere. Sometimes power itself is the goal. In George Orwell’s dystopian novel 1984, the Inner Party mastermind tells his prisoner, a formerly reputable forger from the Ministry of Truth who has begun to display a dangerous loyalty to fact: ‘Power is not a means, but an end in itself. And then: “The object of the persecution is nothing more than the persecution itself. Torture only has the same purpose as torture. And the object of power is nothing but power.
Power can be anything, but it is not mysterious. Space, on the other hand, is. Its immensity defies measurement and understanding. Much of what drives it remains a puzzle, and yet it contains everything we could ever wish to verify. It is not affected by humanity. Space, incessantly in motion, is the maximum stage where continuous cycles of creation and destruction occur.
Space power is about having the knowledge, the material ability, and the will to take strong and bold action beyond the limits of Earth’s atmosphere. When politicians talk about space power, they are referring to the nations that belong to the small but influential club of space travelers. When combatants speak of it, they refer to the means to deter, defend and destroy and also, if justified, to deny adversaries access to space for their own military or even civilian purposes.
The power of space enables communication, intimidation, surveillance, dominance, threat assessment and, yes, scientific investigation in ways and at distances never before possible. It is the main agent for remote control and instant action.

There is no endeavor that is incessantly noble or electrifying. Eventually the question of money intrudes. Space probes, space telescopes, and state-of-the-art research support are not cheap. However, it is clear that the costs of global astrophysical research (that other collaboration between nations that is not the Olympics or the World Cup) are of an order of magnitude much less than the costs of a world war.
Let us try to imagine that each of us is a transitory assembly of atoms and molecules; that our planet is a small pebble wandering in orbit through the void of space; that astrophysics, the historical handmaid of human conflict, now offers a way to redirect those impulses to kill our species has into collaborative impulses to explore, discover alien civilizations, link Earth to the rest of the cosmos – genetically, chemically, atomically — and protect our home planet until the Sun’s furnace burns itself out in five billion years.
Let’s try to imagine these things, not because they are imaginary, but because they are true.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/17/astrofisica-para-gente-con-prisas-neill-degrasse-tyson-astrophysics-for-people-in-a-hurry-by-neill-degrasse-tyson/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/23/ciencia-y-guerra-el-pacto-oculto-entre-la-astrofisica-y-la-industria-militar-neil-degrasse-tyson-avis-lang-accessory-to-war-the-unspoken-alliance-between-astrophysics-and-the-military-b/

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