El Zapatero Y Su Hija. Una Memoria Familiar De Gente Común En Tiempos Extraordinarios — Conor O’Clery / The Shoemaker and his Daughter by Conor O’Clery

Aunque se llame “el zapatero y su hija”, esta es realmente la historia de Marietta Suvorov, la esposa y la madre. Nacida en 1939 en una familia armenia en el enclave autónomo armenio de Nagorno-Karabaj en la República de Azerbaiyán, los padres de Marietta eran ambos miembros del Partido Comunista local. Su padre, Nerses, murió en la Segunda Guerra Mundial. En 1950 su madre, Farandzem, traslada a la familia a Grozny (Chechenia) para una vida mejor. Allí, Marietta aprende ruso y Farandzem comienza a trabajar como conductora en el tren Grozny-Moscú. A los 18 años, se casa con Stanislav Suvorov. Tienen dos hijas, Zhanna y Larissa. Además de sus trabajos diarios, Stanislav y Marietta trabajan en la economía irregular como zapatero y costurera, respectivamente. En 1961, Stanislav es arrestado por especulación, después de haber vendido su automóvil en el mercado negro con fines de lucro. Está condenado a siete años de prisión, de los cuales cumple casi cinco mientras Marietta cría a su familia. Posteriormente, deciden empezar de nuevo en Siberia, donde prosperan durante varias décadas hasta que el colapso de la Unión Soviética destruye sus ahorros, acaba con su sentido de seguridad y enciende el conflicto étnico en su tierra natal.
El estilo de O’Clery hace que el libro sea una lectura fácil y comprensible, pero tiene inconvenientes; no vemos nada de la vida interna de los personajes, excepto las suposiciones ocasionales de O’Clery de que no deben haber creído realmente en lo que estaban haciendo y simplemente lo hicieron para tener una vida fácil. Cuando Zhanna se muda a los EE.UU., vemos brevemente que está conmocionada por los extremos de la riqueza y la pobreza y frustrada por la retórica de “ganamos”, pero debido a que llega tan tarde y no ha habido ninguna acumulación, parece pintoresco en lugar de ser una idea de cómo 70 años de existencia de un país crea una nueva perspectiva sobre lo que la sociedad debería valorar. Aparte de eso, hay algunas referencias al orgullo de ser ciudadanos soviéticos en lugar de etnias separadas y la importancia de la educación (hay un punto relacionado, pero no profundizado en el papel de las mujeres, Farandzem pudo dejar a su marido abusivo e insistir en una una educación sólida para sus hijas, Marietta nuevamente obteniendo una educación sólida para sus hijas y para ella misma, y cada generación de mujeres de la familia tiene importantes roles cívicos). Pero eso no contribuye a explicar una visión del mundo.
El libro simplemente se convierte en una lista de cosas que suceden, sin pensamientos internos de los personajes ni el contexto externo que creó sus circunstancias. Todo lo que les sucede está ligado a una decisión en Moscú. Ese es el único contexto. Cuando leemos sobre el nivel de vida, solo hay una comparación con Occidente, pero no con la mayoría del mundo o con el lugar de origen de Rusia. En lugar de dejar que el lector compare la Siberia de la década de 1960 con la Dublín o Nueva York de hoy, el libro sería más fuerte si en él se mencionara que la familia y sus amigos sabían de la depresión de la década de 1930, las guerras coloniales en los años 40, 50 y 60, y la discriminación que enfrentaron las mujeres y las minorías (y si lo creían o no).

El hallazgo de petróleo en 1893 transformó Grozni en una importante ruta y estación final del imperio ruso, y durante la guerra civil que siguió a la revolución de 1917, los generales del Ejército Blanco cometieron atrocidades contra los chechenos en un feroz combate por los campos petrolíferos. Tras el triunfo bolchevique en 1920, Lenin fundó la República Autónoma Montañosa, con Grozni como capital, y concedió a los chechenos considerables libertades culturales y religiosas. En 1939, Stalin creó la República Autónoma de Chechenia-Ingusetia, pero se aseguró de que quedase sometida al yugo del Kremlin mediante la ejecución de catorce mil chechenos e ingusetios que se habían opuesto a la colectivización e impuso el ateísmo. La resistencia persistió en los pueblos de las montañas; sin embargo, los rusos que vivían en Grozni estaban agradecidos a los chechenos porque suministraban alimentos a la ciudad cuando gran parte de la Unión Soviética estaba muriendo de inanición en la década de 1930.
Durante la invasión alemana de Rusia, la Luftwaffe bombardeó Grozni, y los paracaidistas alemanes reclutaron grupos de combatientes chechenos en los valles de las montañas. No obstante, un número aún mayor de chechenos —treinta mil— sirvieron en el Ejército Rojo y algunos llegaron a ser Héroes de la Unión Soviética. Cuando el avance alemán se detuvo, la rebelión en las montañas se extinguió.
Convencido de que iba a ganar la guerra, Stalin decidió salir airoso allí donde Yermólov había fracasado. Con el mundo ocupado en otros menesteres, se desharía para siempre de las conflictivas tribus caucásicas trasladándolas a las tierras del este de la Unión Soviética. La tarea de desarraigar y deportar a los chechenos e ingusetios le fue asignada a Lavrenti Beria, que durante las purgas de finales de la década de 1930 había llevado a cabo la matanza en su nombre.
Incluso los chechenos e ingusetios que habían cooperado con la NKVD y servido con distinción en las fuerzas armadas soviéticas fueron obligados a subir a los transportes, tras haber sido extraídos de sus unidades en el frente con la promesa de un permiso. Los que se consideraron «no transportables» fueron liquidados. En el pueblo de Khaibakh, setecientos cuatro hombres, mujeres y niños fueron quemados en un granero por orden de un coronel de la NKVD, porque la densa nieve dificultaba su traslado. También sacaron de sus camas del hospital de Urús-Martán a setenta y dos pacientes y los fusilaron.
Los historiadores calcularon que alrededor de 480.000 chechenos y 96.000 ingusetios fueron deportados en total, y que entre un tercio y la mitad aproximadamente murieron en aquel infernal viaje a Kazajistán o poco después. Su ausencia explicaba los pueblos desiertos que había visto Farandzem por la ventanilla del tren la primera vez que viajó a Grozni. Tras su forzada partida, los asentamientos chechenos, sus mezquitas, bibliotecas y vestigios fueron sistemáticamente destruidos, y sus lápidas, arrancadas de los cementerios para ser utilizadas en la construcción de carreteras. Cualquier referencia a los pueblos checheno e ingusetio fue eliminada de la nueva edición en treinta volúmenes de la Gran Enciclopedia Soviética. Nunca se les mencionaba en los periódicos, simplemente dejaron de existir en su propia patria. Lo que hizo Stalin fue tratar de destruir los cimientos básicos de la vida de todo un grupo, un acto que entra de lleno en la calificación de genocidio, como lo definió el abogado polaco Raphael Lemkin a finales de la década de 1940.
Una vez finalizada la operación y Grozni convertida en una ciudad de almas perdidas, Stalin abolió la República Autónoma de Chechenia-Ingusetia y dividió el territorio entre las repúblicas limítrofes.

Para mantener el confortable nivel de vida de su familia, Stanislav se pasa muchas noches, a veces incluso hasta pasadas las doce, tomando medidas, cortando y martilleando en el taller bien equipado que tiene detrás de la cocina o utilizando una máquina Singer para coser cuero que compró en el mercado, para confeccionar el calzado a medida. Jruschov dijo en una ocasión que en su juventud en la Rusia zarista «todo aldeano soñaba con tener un par de botas. Nosotros los niños éramos afortunados si teníamos un par de zapatos decentes». Ahora, el calzado está al alcance de las masas, pero es tan malo que todo alto cargo que viaja al extranjero enfila directamente hacia la zapatería más cercana.
La joven esposa de Stanislav resulta ser una buena modista y trabaja también de noche haciendo ropa, no solo para la familia, sino también para los vecinos y amigos.
Jruschov empieza a arrepentirse de haber fomentado la actividad económica privada y se obsesiona con el retorno a las «normas leninistas de legalidad socialista», un concepto mal definido que combina una estructura legal para combatir delitos contra el estado de los trabajadores con la abolición de las ideas burguesas de libertades civiles y propiedad privada. Publica un decreto que reduce el tamaño permitido de los terrenos privados en los que los campesinos cultivan frutas y verduras para la venta. Los precios se disparan debido a la reducción de la producción y al incremento del riesgo de denuncia. En 1960, Jruschov supervisa la elaboración de un nuevo Código Penal para su aplicación en Rusia. Está basado en la supremacía de la ideología socialista, que exige que todas las leyes se adhieran a una economía de planificación centralizada y a un sistema de mando administrativo. El elemento central es el artículo 154, que criminaliza la especulación, la reventa privada de mercancías con ánimo de lucro. La especulación es anatema para el experimento socialista.
El zapatero de Grozni decide vender su automóvil por canales no oficiales, y obtiene beneficios. Hablando con rigor, no se trata de su coche, porque lo compró a nombre de su madre, y por lo tanto no es él quien hace la transacción: deja que sea Sonia la que lleve a cabo la venta, puesto que es muy buena negociando y consigue en el mercado un precio mucho más elevado que el inverosímilmente bajo establecido por el estado.
Tras la venta, Stanislav toma posesión de otro automóvil, una nueva versión del Volga. Un último modelo con motor de setenta y cinco caballos de potencia —diez más de los que tenía el anterior—.
El lunes 1 de octubre de 1961 por la mañana, Stanislav Suvorov hace sus habituales ejercicios de estiramiento, desayuna trigo sarraceno y té, se despide de Marietta y de las niñas con un beso y se marcha a coger el tranvía en dirección a la fábrica de zapatos para iniciar otra semana de trabajo. Nunca llega. La militsia lo está esperando en la calle para arrestarlo. Lo sientan en la parte trasera del coche patrulla y lo conducen a la comisaría central de policía.
Stanislav es retenido durante toda la noche y parte del día siguiente en una celda, sin nada que comer. Por la tarde, recibe la visita de un juez instructor de la fiscalía de Grozni, que ha preparado un pliego de cargos. Está acusado de haber infringido el artículo 154 del Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, aprobado en 1960, que prohíbe la especulación, definido como «la compra y reventa de bienes o de cualquier otro artículo con el objetivo de obtener beneficio».
El 14 de abril de 1962, pocos días después de la sentencia de Stanislav, mientras todavía trata de hacerse a la idea de que ha perdido a su marido y que estará sin él durante siete años…

La glásnost revela cómo la idiotez de la planificación central hace casi imposible encontrar un par de zapatos o botas decentes. En una ocasión, a una fábrica de calzado se le ordena producir cien mil pares de zapatos, pero debido a la escasez de cuero, cumple la cuota fabricando zapatos para niño. Paralelamente, los minoristas se ven desbordados por un excesivo suministro de botas de lana para mujer que es imposible que puedan vender.
Así pues, agradecido con Stanislav y sabiendo que el zapatero está en una lista de espera para conseguir un coche nuevo, Fedirko le comunica que ha dado instrucciones al presidente del comité ejecutivo regional, Víktor Plisov, para que se ocupe del asunto. Poco después de la marcha de Fedirko a Moscú el 3 de octubre de 1987, Stanislav recibe la notificación de que ya puede pasar a recoger su sedán Volga GAZ-24-10 gris plateado, el último modelo salido de la Planta Automovilística Gorki.
En 1989, Stanislav cumple sesenta años, la edad de jubilación obligatoria, y deja de trabajar en la fábrica. Como muestra del cariño y respeto que le tienen en el teatro Pushkin, el director lo mantiene entre su personal y le permite utilizar el taller en la parte trasera del edificio para que pueda seguir haciendo zapatos a medida, ahora de manera totalmente legal, a condición de que la sala tenga prioridad en sus servicios. Se coloca un cartel en la pared de la entrada al patio del teatro que anuncia reparaciones de zapatos de alta calidad, ilustrado con el perfil de una elegante bota. Asimismo, acepta un puesto para enseñar a una nueva generación de zapateros tres días a la semana en el Instituto de Formación Profesional de Krasnoyarsk.
La medida más innovadora impulsada por Gorbachov en este período es una ley de cooperativas, destinada a «saturar el dichos productos y servicios, a la plena satisfacción de las necesidades espirituales y materiales del pueblo soviético». Grupos de trabajadores pueden abrir pequeños negocios, como restaurantes, talleres de reparación, garajes, quioscos en la calle e incluso tiendas. El Politburó aprueba la Ley de Cooperativas, sobre todo porque el estado no es capaz de suministrar productos de consumo ni servicios. No obstante, muchas fábricas se aprovechan de esta medida para crear cooperativas que venden sus productos a precios más elevados que los establecidos por el gobierno.
La hiperinflación abastece de dinero caído del cielo a unos cuantos, en particular a los presidentes de las grandes empresas que han estado vendiendo petróleo crudo y metales al extranjero a cambio de divisas durante los meses previos al derrumbe de la bandera roja sobre el Kremlin, y acumulándolas a sabiendas de que el rublo pronto sería moneda convertible y que su valor se desplomaría. Sin embargo, esta hiperinflación arrasa también con los ahorros de una vida, empobreciendo a millones de rusos y avivando el descontento. El dinero que Stanislav y Marietta han ahorrado de sus pensiones estatales y de las ganancias de Stanislav y que tienen depositado en una sucursal de Sberbank, la institución de ahorro más grande del país, pierde dos tercios de su valor durante las cuatro primeras semanas de capitalismo; al cabo de seis meses, ya casi no vale nada. Con los ahorros de sus padres prácticamente fulminados y la cancelación de los billetes que Vova guardaba para comprar el Lada, la familia de Zhanna ha sido despojada por el estado dos veces. Para Stanislav y Marietta, el fin de la vida tal y como la conocen no aporta más que desilusión y problemas. Saben que lo peor está por llegar…

Hoy en día Krasnoyarsk es una moderna ciudad europea. La gente se ríe a carcajadas y el personal se desvive por ser amable con los clientes. Los edificios decimonónicos de Prospekt Mira han sido restaurados y pintados de nuevo con tonalidades azules, amarillas y marrones. Vehículos Lexus y Mercedes pasan incesantemente. Las viejas y destartaladas tiendas soviéticas se han transformado en establecimientos de exquisiteces, tiendas de moda, joyerías, pastelerías, restaurantes de sushi , pubs irlandeses, tiendas de cigarrillos electrónicos y quioscos de comida para mascotas; y el exterior de cemento de la cárcel más grande en el centro de la ciudad hace tiempo que se ha recubierto de ladrillo rojo. Hugo Boss y Armani han montado puntos de venta en el centro. Las vallas publicitarias de las carreteras anuncian nuevos restaurantes. Villeroy & Boch ha abierto una galería cerca de la restaurada catedral ortodoxa de la Protección de la Virgen, que en época soviética era un museo venido a menos. Mujeres glamurosas desfilan con abrigos de pieles largos hasta el tobillo y zapatos de moda por las aceras recién pavimentadas.

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Even though it’s called “The Shoemaker and His Daughter” this is really the story of Marietta Suvorov – the wife and mother. Born in 1939 to an Armenian family in the autonomous Armenian enclave of Nagorno-Karabakh in the Republic of Azerbaijan, Marietta’s parents were both members of the local Communist Party. Her father, Nerses, died in the Second World War. In 1950 her mother, Farandzem, moves the family to Grozny (Chechnya) for a better life. There, Marietta learns Russian and Farandzem takes up work as a conductress on the Grozny-Moscow train. Aged 18, she marries Stanislav Suvorov. They have two daughters, Zhanna and Larissa. As well as their day jobs, Stanislav and Marietta work in the irregular economy as a shoemaker and seamstress, respectively. In 1961, Stanislav is arrested for speculation, having sold his car on the black market for a profit. He is sentenced to seven years in prison, of which he serves almost five while Marietta raises their family. Afterwards, they decide to start afresh in Siberia, where they prosper for several decades until the collapse of the Soviet Union destroys their savings, ends their sense of security, and ignites ethnic conflict in their homeland.
O’Clery’s style makes the book an easy, understandable read but it has drawbacks; we don’t see anything of the characters’ internal lives, except for O’Clery’s occasional assumptions that they mustn’t have really believed in what they were doing and just did it for an easy life. When Zhanna moves to the US we see briefly that she is shocked by the extremes of wealth and poverty and frustrated by the “we won” rhetoric but because it comes so late and there has been no build up it comes across as quaint rather than being an insight into how 70 years of a country existing creates a new outlook on what society should value. Other than that there are some references to pride in being Soviet citizens rather than separate ethnicities and the importance of education (there’s a related but not delved into point about the role of women, Farandzem having been able to leave her abusive husband and insisting on a strong education for her girls, Marietta again getting a strong education for her daughters and herself, and each generation of the family’s women having important civic roles). But that doesn’t build up to explaining a world view.
The book just becomes a list of things that happens, without either internal thoughts of the characters nor the external context which created their circumstances. Everything that happens to them is tied to a decision in Moscow. That’s the only context. When we read about standard of living there’s only the comparison to the West but not to the majority of the world or to where Russia started from. Rather than leaving the reader to compare the Siberia of the 1960s to the Dublin or New York of today, The Shoemaker And His Daughter would be stronger if in it mentioned that the family and their friends knew of the depression in the 1930s, the colonial wars in the ‘40s, ‘50s, and ‘60s, and the discrimination faced by woman and minorities (and whether or not they believed it).

The discovery of oil in 1893 transformed Grozny into an important route and final station of the Russian empire, and during the civil war that followed the 1917 revolution, the generals of the White Army committed atrocities against the Chechens in fierce combat over the oil fields. . After the Bolshevik triumph in 1920, Lenin founded the Mountainous Autonomous Republic, with Grozny as its capital, and granted Chechens considerable cultural and religious freedoms. In 1939, Stalin created the Chechen-Ingush Autonomous Republic, but ensured that it came under the yoke of the Kremlin by executing fourteen thousand Chechens and Ingushetians who had opposed collectivization and imposed atheism. Resistance persisted in the mountain villages; Yet the Russians living in Grozny were grateful to the Chechens for supplying the city with food when much of the Soviet Union was starving in the 1930s.
During the German invasion of Russia, the Luftwaffe bombed Grozny, and German paratroopers recruited groups of Chechen fighters in the mountain valleys. However, an even greater number of Chechens – thirty thousand – served in the Red Army and some became Heroes of the Soviet Union. When the German advance stopped, the rebellion in the mountains died out.
Convinced that he was going to win the war, Stalin decided to succeed where Yermolov had failed. With the world busy with other pursuits, he would forever rid himself of the troubled Caucasian tribes by moving them to the eastern lands of the Soviet Union. The task of uprooting and deporting Chechens and Ingusetians was assigned to Lavrenti Beria, who during the purges of the late 1930s had carried out the massacre in his name.
Even Chechens and Ingusetians who had cooperated with the NKVD and served with distinction in the Soviet armed forces were forced onto the transports, having been removed from their units at the front with the promise of a permit. Those that were considered “not transportable” were liquidated. In the village of Khaibakh, seven hundred and four men, women and children were burned in a barn on the orders of an NKVD colonel, because dense snow made their movement difficult. They also took seventy-two patients from their beds in the Urús-Martán hospital and shot them.
Historians estimated that around 480,000 Chechens and 96,000 Ingush were deported in total, and that roughly a third to half died on or shortly after that hellish trip to Kazakhstan. His absence explained the deserted villages that Farandzem had seen through the train window the first time he traveled to Grozny. After his forced departure, the Chechen settlements, their mosques, libraries and vestiges were systematically destroyed, and his tombstones, torn from cemeteries to be used in the construction of roads. Any reference to the Chechen and Ingush peoples was removed from the new thirty-volume edition of the Great Soviet Encyclopedia. They were never mentioned in the newspapers, they simply ceased to exist in their own homeland. What Stalin did was try to destroy the basic foundations of the life of an entire group, an act that falls squarely under the qualification of genocide, as defined by the Polish lawyer Raphael Lemkin in the late 1940s.
After the operation was completed and Grozny turned into a city of lost souls, Stalin abolished the Autonomous Republic of Chechnya-Ingushetia and divided the territory between the neighboring republics.

In order to maintain his family’s comfortable standard of living, Stanislav spends many nights, sometimes even past midnight, taking measurements, cutting and hammering in the well-equipped workshop behind the kitchen or using a Singer machine to sew leather. that he bought in the market, to make custom footwear. Khrushchev once said that in his youth in tsarist Russia, “every villager dreamed of owning a pair of boots. We children were lucky if we had a decent pair of shoes. Now, footwear is available to the masses, but it is so bad that every senior official who travels abroad heads straight for the nearest shoe store.
Stanislav’s young wife turns out to be a good dressmaker and she also works at night making clothes, not only for the family, but also for neighbors and friends.
Khrushchev begins to regret having encouraged private economic activity and becomes obsessed with a return to “Leninist norms of socialist legality,” an ill-defined concept that combines a legal framework to combat crimes against the workers’ state with the abolition of laws. bourgeois ideas of civil liberties and private property. He publishes a decree that reduces the allowed size of private land on which peasants grow fruits and vegetables for sale. Prices skyrocket due to reduced production and increased risk of complaint. In 1960, Khrushchev supervises the development of a new Penal Code for application in Russia. It is based on the supremacy of socialist ideology, which demands that all laws adhere to a centrally planned economy and a system of administrative command. The central element is Article 154, which criminalizes speculation, the private resale of goods for profit. Speculation is anathema to the socialist experiment.
The Grozny cobbler decides to sell his car through unofficial channels, and makes a profit. Strictly speaking, it is not about his car, because he bought it in his mother’s name, and therefore he is not the one who makes the transaction: let Sonia carry out the sale, since she is very good at negotiating and it gets a much higher price in the market than the implausibly low set by the state.
After the sale, Stanislav takes possession of another car, a new version of the Volga. A late model with a seventy-five horsepower engine — ten more than the previous one.
On Monday morning, October 1, 1961, Stanislav Suvorov did his usual stretching exercises, had buckwheat and tea for breakfast, kissed Marietta and the girls goodbye, and took the tram to the factory. shoes to start another work week. He never comes. The militsia is waiting for him on the street to arrest him. They sit him in the back of the patrol car and drive him to the central police station.
Stanislav is held overnight and part of the next day in a cell, with nothing to eat. In the afternoon, he is visited by an examining magistrate from the Grozny Prosecutor’s Office, who has prepared a statement of charges. He is accused of having violated article 154 of the Criminal Code of the Russian Soviet Federative Socialist Republic, approved in 1960, which prohibits speculation, defined as “the purchase and resale of goods or any other article with the aim of obtaining profit ».
On April 14, 1962, a few days after Stanislav’s sentencing, while she is still trying to come to terms with the idea that she has lost her husband and that she will be without him for seven years …

The glásnost reveals how the idiocy of central planning makes it almost impossible to find a decent pair of shoes or boots. On one occasion, a shoe factory is ordered to produce 100,000 pairs of shoes, but due to a shortage of leather, it meets the quota by making children’s shoes. At the same time, retailers are overwhelmed by an excess supply of women’s woolen boots that it is impossible for them to sell.
So, grateful to Stanislav and knowing that the shoemaker is on a waiting list to get a new car, Fedirko informs him that he has instructed the president of the regional executive committee, Víktor Plisov, to take care of the matter. Shortly after Fedirko’s departure for Moscow on October 3, 1987, Stanislav receives notification that he can now pick up his silver-gray Volga GAZ-24-10 sedan, the latest model from the Gorky Automobile Plant.
In 1989, Stanislav turned sixty, the mandatory retirement age, and stopped working at the factory. As a token of the love and respect they have for him at the Pushkin Theater, the director keeps him among his staff and allows him to use the workshop at the back of the building so that he can continue to make custom-made shoes, now fully legal, provided that the room has priority in its services. A poster is posted on the wall at the entrance to the theater courtyard announcing high-quality shoe repairs, illustrated with the profile of an elegant boot. He also accepts a position to teach a new generation of shoemakers three days a week at the Krasnoyarsk Vocational Training Institute.
The most innovative measure promoted by Gorbachev in this period is a cooperative law, designed to “saturate the said products and services, to the full satisfaction of the spiritual and material needs of the Soviet people.” Groups of workers can open small businesses, such as restaurants, repair shops, garages, street kiosks, and even shops. The Politburo passes the Cooperatives Act, mainly because the state is unable to supply consumer products or services. However, many factories take advantage of this measure to create cooperatives that sell their products at higher prices than those set by the government.
Hyperinflation supplies a few with money from the sky, particularly the CEOs of big companies who have been selling crude oil and metals abroad for foreign exchange in the months before the red flag fell on the Kremlin, and hoarding them knowing that the ruble would soon be a convertible currency and that its value would plummet. However, this hyperinflation also wipes out a lifetime’s savings, impoverishing millions of Russians and fueling discontent. The money that Stanislav and Marietta have saved from their state pensions and from Stanislav’s earnings and that they have deposited in a branch of Sberbank, the country’s largest savings institution, loses two-thirds of its value during the first four weeks of capitalism. ; After six months, it is almost worth nothing. With her parents’ savings practically wiped out and the tickets Vova kept to buy the Lada canceled, Zhanna’s family has been stripped by the state twice. For Stanislav and Marietta, the end of life as they know it brings nothing but disappointment and trouble. They know the worst is yet to come …

Today Krasnoyarsk is a modern European city. People laugh out loud and staff go out of their way to be nice to customers. The 19th century buildings on Prospekt Mira have been restored and repainted in shades of blue, yellow and brown. Lexus and Mercedes vehicles pass by incessantly. Old ramshackle Soviet shops have been transformed into delicatessens, fashion stores, jewelry stores, patisseries, sushi restaurants, Irish pubs, e-cigarette shops, and pet food kiosks; and the concrete exterior of the largest jail in the city center has long been clad in red brick. Hugo Boss and Armani have set up outlets in the center. Roadside billboards advertise new restaurants. Villeroy & Boch has opened a gallery near the restored Orthodox Cathedral of the Protection of the Virgin, which was a museum in decline in Soviet times. Glamorous women parade in ankle-length fur coats and trendy shoes down the freshly paved sidewalks.

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