Los Hornilleros – Juan Luis González- Ripoll / Burners by Juan Luis González- Ripoll (spanish book edition)

Este libro me lo envió Mario, un psicólogo de Granada y un fiel seguidor del blog y mis lecturas, aunque lo había leído hace tiempo, es simplemente una joya y uno de sus libros de cabecera. La lectura de este libro que cuenta la vida de unos colonos en la Sierra de Segura (sobre todo en la parte jiennense) se hace aconsejable, porque aunque sea una novela, las leyendas, desventuras, alegrías y penurias que vivieron sus antepasados y son prácticamente calcadas a las que nos cuenta el autor en este libro.
El contenido puede ser a veces algo denso, pero es sobre todo cuando se quiere definir la situación, describir el entorno o para identificar bien el escenario en cada capítulo. Al mismo tiempo, nos hace recordar en cada página, lo que era la vida en aquellos montes, desde el inicio de esa colonización hasta que comienza la descendencia y la hambruna.
Un libro que es reseña de la Sierra de Segura, y por tanto de la historia de una comarca que estaba en declive en esas épocas. Toda una joya digna de los amantes de la historia de la provincia de Jaén y de los amantes de la montaña. Un libro único, sin duda alguna.
Sus libros nos enseñan a querer las sierras y los ríos de Cazorla y Segura. A destacar que me encanta esa zona más allá de Úbeda, Baeza, si el renacimiento español pero el prólogo dice grandes verdades cuando nos habla de unos noruegos que se instalaron allí y el gran desconocimiento de nuestro país en muchos aspectos que he visto a través de recorrer el mundo y España es una magnífica tierra que te abre los ojos si tienes la ilusión de dejarte llevar. Es una crónica social. Es la lucha de los hombres y la naturaleza, algo muy común en la literatura anglosajona. Un libro de una riqueza de vocabulario que gusta al lector.

Pocas de nuestras debilidades lo son tanto como cuando usamos la memoria como prueba. Es ella tan escurridiza que nada más sencillo que tropezar y caer en el error o la parcialidad. Cuando transitamos por nuestras evocaciones, algo por completo arbitrario, ya ha hecho su selección. No menos cierto resulta el que se nos quiere olvidar mucho.
Tanto es así que la añoranza más necesaria es la de recordar con unos mínimos de ecuanimidad. Si casi siempre falta algo en los recuerdos, más todavía la comprensión de lo que realmente pasó, cómo pasó y, sobre todo a quienes les pasó. Porque en nuestra especie todo no recuerdo es muerte y nadie se merece la muerte total del olvido.
La aceptación de la inclusión. La enormidad del nuevo hogar. Las posibilidades que ofrecía. Los conocimientos nuevos que exigió a sus recién incorporados. El exceso de lo que les rodeaba, que no olvidemos sigue siendo el mayor bosque de la península ibérica.
Las sierras de Cazorla, Segura y las Villas afilan los horizontes, tapizan nuestra mirada y nutren todavía esas ansias humanas por compartir lo libre y difícil. Hoy incluso las miramos como un destino tanto más apetecible por resultar ya cómodo en muchos aspectos.

Hace ya muchos años, dieron un decreto diciendo que todo aquel que quisiera ocupar los montes de realengo, a lo ancho y a lo largo del río principal y de sus afluentes, podía aposentarse donde quisiera y amojonar las tierras que escogiera para sacarlas de terreno nuevo y ponerlas en cultivo, y se les considerarían para siempre en propiedad, igual que si hubiese pagado por ellas.
La noticia fue pregonada por los pueblos y llegó hasta los lugares más distantes. Al saberlo, muchos sintieron reverdecer sus esperanzas de mejorar fortuna, y el hormiguillo de llegar a tener tierras propias, les quitaba el sueño.
Con el tiempo, vinieron los litigios con el Estado, y la posible perdida de la propiedad de las tierras.

Mi abuelo tenía un gran talento natural y un conocimiento muy hondo de los hombres y de la vida, pero era un hombre criado en la sierra, con poco cultivo, deletreaba malamente y apenas sabía escribir. Sin embargo, tenía el arte de saber contar y adobar una historia, y lo hacía de una manera tan jugosa que todos le escuchábamos embelesados, y mientras hablaba no se oía una mosca. También recuerdo que tenía una rara habilidad para los números: sabía convertir arrobas en libras y libras en cuarterones y en ochavos y adarmes.

Lo mejor que pueden hacer los difuntos por los vivos, es estarse quietos donde les toque quedarse y, ya que se han ido, mejor es que no vuelvan, y que Dios los ampare. Como decía mi madre: Jesús, y que comamos, y que no vengan más de los que estamos.

Gracias a Primo de Rivera, yo pude volver vivo a mi casa. Aunque la verdad es que siempre estuve lejos de donde daban los tiros. Pero fue él quien desniveló el rumbo de la guerra y acabó con ella.
De la guerra nuestra, me tocó tomar el postre, que me supo amargo, porque me llamaron a filas cuando ya estaba aquello dando las boqueadas, en el invierno del último año. Como fue una guerra tan mala y murieron tantos hombres, para cubrir las bajas no tuvieron más remedio que echar mano del rejú de lo que quedábamos en la retaguardia, que maldita la falta que hacíamos allí, como el que estruja la esperriaca.
Se dio el caso de padres de familia que los llamaron al mismo tiempo que a sus hijos: muchachos sin pelo de barba y hombres maduros, con cincuenta años colgando de la percha de los hombros. A mi quinta le decían la «quinta del saco» porque todos llevábamos un saco a la espalda, con un ramalillo formando unas hombreras, y allí llevábamos la ropa y las cosillas, como el que va de viajada a coger aceituna. La verdad es que, bien porque tuvieran piedad de nosotros o porque en el desbarajuste final ya no sabían qué hacer, el caso es que apenas pisamos las líneas de fuego, pero de todas formas, la vida de la milicia es mala y aperreada…
El hombre, en su vejez, vivía allí igual que un ermitaño, porque enviudó en la guerra, y de dos hijos varones que tenía, uno se lo mataron en la guerra…

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This book was sent to me from Mario, a psychologist from Granada and a faithful follower of the blog and my readings, although I had read it a long time ago, it is simply a gem and according to Madrid a top from reading experience. Reading this book that tells the life of some settlers in the Sierra de Segura (especially in the Jaén part) is advisable, because even if it is a novel, the legends, misadventures, joys and hardships that their ancestors lived and are practically traced to those that the author tells us in this book.
The content can sometimes be somewhat dense, but it is especially when you want to define the situation, describe the environment or to identify the setting well in each chapter. at the same time, it reminds us on each page what life was like in those mountains, from the beginning of that colonization until the descent and famine began.
A book that is a review of the Sierra de Segura, and therefore of the history of a region that was in decline at that time. A jewel worthy of lovers of the history of the province of Jaén and lovers of the mountains. A unique book, without a doubt.
His books teach us to love the mountains and rivers of Cazorla and Segura. It should be noted that I love that area beyond Úbeda, Baeza, if the Spanish renaissance but the prologue tells great truths when it tells us about some Norwegians who settled there and the great ignorance of our country in many aspects that I have seen through travel the world and Spain is a magnificent land that opens your eyes if you have the illusion of letting yourself go. It’s a social chronicle. It’s the struggle of mankind and nature, something very common in Anglo-Saxon literature. Besides a book of excellent, vocabulary and words.

Few of our weaknesses are as weak as when we use memory as evidence. She is so elusive that nothing is easier than stumbling and falling into error or partiality. When we go through our evocations, something completely arbitrary, has already made its selection. No less true is that we want to forget a lot.
So much so that the most necessary longing is to remember with a minimum of equanimity. If something is almost always missing in memories, even more so the understanding of what really happened, how it happened and, especially to whom it happened. Because in our species everything I do not remember is death and nobody deserves the total death of oblivion.
Acceptance of inclusion. The enormity of the new home. The possibilities it offered. The new knowledge you demanded of your newcomers. The excess of what surrounded them, let us not forget, is still the largest forest in the Iberian Peninsula.
The mountains of Cazorla, Segura and Las Villas sharpen the horizons, upholster our gaze and still nourish those human yearnings to share what is free and difficult. Today we even see them as a destination that is all the more desirable because it is already comfortable in many aspects.

Many years ago, they issued a decree saying that anyone who wanted to occupy the realengo mountains, across and along the main river and its tributaries, could settle wherever they wanted and mark off the lands they chose to remove them from new land and put them in cultivation, and they would be considered forever property, just as if he had paid for them.
The news was proclaimed by the towns and reached the most distant places. When they found out, many felt their hopes of improving their fortune green again, and the little ant of getting to have their own land, took away their sleep.
Over time, disputes with the State came, and the possible loss of ownership of the lands.

My grandfather had great natural talent and a very deep knowledge of men and life, but he was a man raised in the mountains, with little cultivation, he spelled badly and could barely write. However, he had the art of knowing how to tell and marinate a story, and he did it in such a juicy way that we all listened to him spellbound, and while he was speaking, you couldn’t hear a fly. I also remember that he had a rare knack for numbers: he knew how to convert arrobas into pounds and pounds into squares and octaves and adarmes*.

The best thing that the deceased can do for the living is to be still where they have to stay and, since they have left, it is better that they do not return, and may God protect them. As my mother used to say: Jesus, and let us eat, and let no more than we are come.

Thanks to Primo de Rivera, I was able to return home alive. Although the truth is that I was always far from where the shots were fired. But it was he who turned the tide of the war and put an end to it.
From our war, he had to have dessert, which tasted bitter to me, because they called me up when I was already gasping, in the winter of last year. As it was such a bad war and so many men died, to cover the casualties they had no choice but to lay hold of the waste of what we were left in the rear, what a curse we did there, like the one that squeezes the esperriaca**.
There was the case of parents who called them at the same time as their children: boys without hair with beards and mature men, with fifty years hanging on the hanger from their shoulders. They called my quinta the “fifth of sack” because we all wore a sack on our back, with a string forming shoulder straps, and there we wore our clothes and little things, like the one who goes from traveling to picking olives. The truth is that, either because they had mercy on us or because in the final mess they no longer knew what to do, the fact is that we barely stepped on the lines of fire, but in any case, the life of the military is bad and stuffy …
The man, in his old age, lived there like a hermit, because he was widowed in the war, and of two sons that he had, one was killed in the war …

* adarme is a measure around 1,79 grams
**esperriaca last grape grog.

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