Matumbo. Una Crónica De Las Entrañas De Kenia — Javier Triana / Matumbo. A Chronicle Of The Undercity Of Kenya by Javier Triana (spanish book edition)

El inglés terminó imponiéndose en esos colegios como la única lengua en la que formar a futuros siervos de la corona británica. Pero ese idioma en el que se narraban cuentos de personajes de piel blanca en lejanos parajes era impropio, extraño, ajeno, y no permitía describir el mundo con los ojos de los que a uno dotaba una lengua materna. ¿Estaban tratando los británicos de colonizar también las mentes?.

La fábula del colibrí habla de un bosque inmenso que un incendio está consumiendo. A Wangari le gustaba contarla, porque se sabía diminuta en una lucha mayúscula. Todos los animales del bosque huyen del fuego y lo observan desde lejos, inmóviles, hipnotizados. Se sienten abrumados, impotentes. Todos menos un pequeño colibrí, que decide plantarle cara al fuego. Así que vuela a toda velocidad hasta el río más cercano, toma una gota de agua en el pico y la vierte sobre las llamas. Va y viene a toda velocidad, repitiendo la operación incontables veces.
Mientras tanto, todos los otros animales siguen contemplando la escena totalmente pasmados. Incluido el elefante, que con su trompa podría acarrear litros de agua para mitigar el fuego. No solo eso, sino que se mofan del colibrí, de sus intenciones y sus capacidades.
«¿Qué crees que puedes hacer? ¡Eres enano! ¡Este fuego es demasiado grande y tus alas son demasiado pequeñas! Y tu pico ¡es minúsculo! Solo puedes traer una gota de agua en cada viaje…».
En una de estas, el colibrí, harto, les espeta que está haciendo lo que buenamente le permiten sus capacidades para combatir las llamas, mientras ellos no tratan de evitar que el bosque se convierta en ceniza.
Y esa era, en suma, la lucha de Wangari: «Yo seré un colibrí —defendía— y haré siempre todo lo que pueda».

Una lectura muy recomendada, Matumbo significa “tripas” en suajili. Un título muy apropiado para una crónica (de viajes) en la que “se salta con agilidad de lo descacharrante a lo indignante”, y en la que el autor busca los motivos históricos por los que Kenia es como es.
Matumbo incluye también enlaces a material audiovisual usado a modo de documentación para la escritura, por si quien lo lee quiere profundizar más, y en otros formatos. Porque otro de los objetivos de este libro es que quien se acerque a él experimente de alguna forma el mismo proceso de aprendizaje que tuvo el autor: No lineal, a través de varias fuentes, documentos, viajes, conversaciones. E ir poco a poco, página a página, atando cabos. Como para los profanos, habrá nombres y siglas con los que es probable que no estén familiarizados: Se ha añadido al final un elenco de personajes principales, así como un pequeño glosario, señala el autor, para que nadie se pierda o busque lo que le interese.
Javier Triana comenta que su estancia allí le enseñó mucho, entre otras cosas a explorar los límites de la paciencia. Pero si le preguntáramos por cuál fue el episodio que más le marcó durante su estancia, no tendría duda: La cuenta en el capítulo titulado Chabolistán. Y es la explosión de un oleoducto en una zona chabolista de Nairobi.
He disfrutado mucho con Matumbo, y a través de sus crónicas he ido conociendo la historia de Kenia. Las crónicas son cortas y con una lectura muy amena, y ágil, profundizando en algunos temas que en muchos casos pasan desapercibidos, como es el tema de los grandes atletas y todos los problemas que tienen para participar en las competiciones. Toda la corrupción que hay en torno a ella. Y como las atletas están cambiando la mentalidad de las mujeres de su país. Da una visión objetiva de los acontecimientos que narra: la corrupción, el atletismo, la ecología, el papel de la mujer en la sociedad de Kenia…
Con una visión fresca, de una persona que viaja por primera vez a África, e intenta tirar a bajo muchos estereotipos que tenemos de ese continente y más concretamente de Kenia.

En la memoria colectiva keniana, y en especial en la kikuyu, la humillación a manos de los colonos se remonta hasta Waiyaki wa Hinga. En 1890, el capitán británico Frederick Lugard se reunió con este líder kikuyu para acordar el establecimiento de puestos seguros en sus dominios para la libre circulación entre Uganda y la costa. Ambos prestaron juramento y resolvieron que se autorizarían los puestos de tránsito siempre y cuando los europeos no se apropiaran de tierras kikuyu ni de otras pertenencias. El trato podría parecer aceptable de no ser porque los subordinados de Lugard no tardaron en empezar a saquear los asentamientos de la zona y violar lugareñas. Los kikuyu no se quedaron de brazos cruzados, pero su contraataque fracasó. En 1892, Waiyaki wa Hinga fue capturado, apaleado, expulsado del distrito y despachado a la costa, adonde nunca llegó. Un informe colonial recoge que, por el camino, sucumbió a las heridas de las palizas propinadas por los captores y fue inhumado en la localidad de Kibwezi. La versión popular también sitúa en Kibwezi el final del jefe Waiyaki, solo que difiere en cómo murió: enterrado vivo.
Al menos otros 45.000 nativos perecieron tras su reclutamiento para
su reclutamiento para la Primera Guerra Mundial, y los que sobrevivieron contemplaron cómo se les expropiaron sus tierras en favor de británicos. Este sistema provocó una nueva reacción local: en 1921 se fundó la Asociación de África Oriental con el kikuyu Harry Thuku al frente, quien buscaba la emancipación económica de los kenianos. Poca gracia debió de hacerles esta nueva organización a las autoridades, ya que en 1922 Thuku fue arrestado y enviado a cumplir condena en la localidad somalí de Kismayo. La reacción keniana fue una manifestación masiva frente a la comisaría de Nairobi. La réplica británica fue abrir fuego contra la multitud causando al menos una veintena de muertos.
Thuku no saldría de prisión hasta finiquitados los años veinte y esa prolongada estancia debió de minarle, porque nunca recuperó el liderazgo entre una nueva generación de kenianos que tenía demandas más ambiciosas que una mejora laboral.

Si se pregunta a los Mau Mau por la violencia contra los colonos británicos, todos parecen refugiarse en la máxima mandeliana de que la naturaleza de una lucha la define el opresor y que, «llegados a un cierto punto, uno solo puede combatir el fuego con fuego». Gitu wa Kahengeri lo enuncia así: «Cuando se intenta la paz y no tiene éxito, entonces la guerra llega». Pero aunque el territorio fuera entonces británico, el enfrentamiento fue casi puramente entre africanos. Con unas pocas decenas de europeos muertos a manos de los Mau Mau por los varios miles de africanos que sucumbieron al Ejército de la Tierra y la Libertad (kenianos leales a la administración, muchos de ellos kikuyu que integraban la llamada Guardia Local), uno más bien podría pensar que se trató de una guerra civil. Sería el bando libertador el que sufriría la mayoría de las bajas: la cifra oficial rebasa los 10.000, aunque las cuentas de la Comisión de Derechos Humanos de Kenia suman nueve veces más. Además, tras su paso por los poblados de concentración y los centros de internamiento, varias decenas de miles más quedarían muertos en vida: con minusvalías crónicas o incapaces de reproducirse.
La victoria les salió cara, si es que podía llamarse victoria. Cuando, el 12 de diciembre de 1963, la bandera de la KAU se convirtió en la de Kenia y Jomo Kenyatta tomó oficialmente las riendas del nuevo país no derogó la ley colonial que proscribía a los Mau Mau.
Los Mau Mau hubieron de esperar hasta 2003, bajo la presidencia de Mwai Kibaki, para que la controvertida ley que les criminalizaba fuera declarada nula. Tres años después, se erigía en el centro de Nairobi una estatua a Dedan Kimathi, su líder. Y, en 2010, la nueva Constitución cambiaba el Día de Kenyatta por un mucho más amplio Día de los Héroes. Pero los símbolos no dan de comer, y miles de antiguos Mau Mau siguen sobreviviendo casi al día, ahora ya ancianos.
Por eso, la compensación anunciada por Londres en junio de 2013 para más de 5000 Mau Mau torturados supuso una victoria…, aunque pírrica. El proceso judicial que comenzaron Wambugu wa Nyingi y Jane Muthoni Mara en 2009 junto a otros dos compañeros prosperó, a pesar de que el Reino Unido se empeñó desde los años previos a la independencia en destruir cualquier tipo de documento incriminatorio para la metrópolis. Si bien los 3000 euros por persona por haber sido apaleados y hasta castrados «está lejos de ser suficiente», según Gitu wa Kahengeri, «más vale pájaro en mano que ciento volando». «Nos tendrían que compensar con millones de chelines», continúa, ya que el precio de un acre de la tierra ancestral de los Mau Mau puede llegar al equivalente en moneda local a 10.000 euros.

Hay quien dice que fue a instancias de Mahoma y que a él se debe la primera presencia foránea conocida en África oriental: la emigración hacia la costa de enfrente por parte de musulmanes perseguidos en Arabia. Primero, a Abisinia (la actual Etiopía), en un intento de Mahoma de que sus seguidores estuvieran a salvo ante la persecución de la tribu politeísta quraysh, en cuyo seno había nacido el profeta, pero ya se sabe que nadie es ídem en su tierra. Después de la muerte de Mahoma, en el año 632, varias fuentes coinciden en que las rencillas por la sucesión del profeta terminaron con algunos correligionarios suníes embarcándose hacia África oriental en busca de un nuevo hogar (y la historia dura hasta nuestros días porque Kenia es uno de los países que más refugiados acoge del mundo). En ese mismo siglo vii consta algún asentamiento de los huidos en el actual paraíso turístico de Lamu, aunque los árabes hacía siglos que comerciaban con esa zona conocida como «Zanj», tierra de negros. A aquella costa («bar») llegaron más y más inmigrantes árabes de Muscat y Hadramaut. Fueron los primeros gobernantes extranjeros de «Zanjbar», Zanzíbar, la costa de los negros.
Los matrimonios mixtos eran habituales y así se expandió la nueva religión de Arabia en la costa negra. También fue un modo de mezclar las lenguas, la indígena y la forastera, alumbrando un idioma llamado suajili, nombre que también recibirían los hijos de estos cruces y, por extensión, la propia costa (de hecho, «suajili» en origen también significa «costa»). La tierra era productiva y el mar, generoso. Los inmigrantes dinamizaron la economía, el comercio floreció y, a cambio del oro, el marfil, el aceite de coco o la pimienta roja exportada, se compraba seda y porcelana. Las mansiones porticadas y con amplias terrazas y patios comenzaron a aparecer en una especie de pequeñas ciudades-Estado. El Angkor Wat à la africana, que son las actuales ruinas kenianas de Gede, cerca de Malindi, sirven para imaginar una gran población suajili de roca coralina entre los siglos xii y xvii, con murallas, palacio, mezquitas.
Zanzíbar se había convertido en una colonia del sultanato de Muscat y el imanato de Omán después de que los árabes echaran un cable a los suajili para expulsar a los portugueses de los enclaves costeros a finales del siglo xvii. Como estas ayudas rara vez salen gratis, se pusieron ellos al mando. En 1840, la capital del sultanato se trasladó de Muscat a Zanzíbar, a las aguas turquesa y las playas de palmeras y arena blanca. Dieciséis años después, el sultán Said dividió el imperio en su testamento: Omán quedó por una parte y Zanzíbar por otra como sultanato independiente, con varias posesiones en la costa, entre ellas Mombasa.
Londres no había perdido de vista ni un minuto la zona, ya que desde el siglo xvi Lisboa competía con la Union Jack en la India, niña bonita del Imperio británico, y contribuyó a la pérdida de influencia de los lusos en la región, aunque sus maniobras diplomáticas terminaron tal vez por enfangarles más de lo que jamás pudieron haber previsto.

Sobre la tribu masai existe tanto mito que conviene coger con pinzas cualquier historia que les rodee. La de la evolución de la shuka, sin ir más lejos. La teoría más extendida es que las mantas de cuadros llegaron a los hombros de la tribu a través de misioneros escoceses porque, admitámoslo, el estampado se parece. Como ya en 1895 había en Kenia al menos una misión, la Africa Inland Mission, establecida por un escocés-estadounidense, la historia podría ser hasta verosímil. Otra hipótesis es que los masái se aficionaran a las telas que se usaban como moneda de cambio en el comercio de esclavos y que se teñían con pigmentos naturales de varios colores disponibles en Madagascar. Todo aquello habría llegado a África oriental en torno al siglo xix, cuando se puso de moda el mercadeo de negros a gran escala en la zona. Sin embargo, la más divertida de las cábalas sobre cómo llegaron a vestir estas mantas es que los masái fueran descendientes de —o hubieran tenido contacto con— una legión romana que desertó o se perdió más allá de la frontera sur del Imperio. Igual los legionarios tenían por misión entregar un paquete a Karen Blixen con una granja en áfrica al pie de las colinas ngong como única dirección de destino, tomaron el desvío equivocado y así hasta hoy: de aquellas túnicas, estas shukas.
Pero la ropa o las joyas son aspectos más superficiales y, como en cada faceta de la vida en Kenia, se termina por topar con la propiedad de la tierra. La zona de ocupación de los masái también ha ido variando con el tiempo y no precisamente por el contacto con los romanos, sino más bien por deseo de algunos colonos hijos de la Gran Bretaña.
En el momento en el que los europeos entraron en contacto con los masái de manera más habitual, a finales del siglo xix, la tribu estaba en el ocaso de su poder. Esta comunidad nómada, nilótica y procedente de lo que ahora es Sudán del Sur se había extendido por todo el valle del Rift keniano y más allá, desde Samburu hasta la actual capital tanzana, Dodoma. Su fama como guerreros implacables estaba bien fundamentada: altos, fibrosos, valientes, capaces de resistir duras marchas en tiempos de récord. A veces llegaban hasta la costa del Índico. Eran una especie de espartanos de África. Esto había hecho que las tribus circundantes tomaran precauciones, se abstuvieran de asentarse en las llanuras y se pensaran dos veces lo de tener vacas. Aunque los masái no buscaban conquistar territorio, ni mujeres, ni hacer esclavos o prisioneros, sus redadas para obtener ganado podían acabar con más de un disgusto.

Ngũgĩ wa Thiong’o no nació en la pedanía donde está ubicada la casa que hemos encontrado: eso se conoce como Gitogothi. Ngũgĩ nació en otra aldea de Kamirithu a un par de kilómetros de allí. Kamirithu es a su vez un arrabal de Limuru, y Limuru es el principal centro urbano de la zona y una de las estaciones del ferrocarril de Uganda. Limuru formó parte tanto de las fértiles Tierras Altas Blancas (dan fe las extensas plantaciones de té al otro lado de la vía del tren) como de la consecuente resistencia de los Mau Mau al invasor, y de esto da buena cuenta el propio Ngũgĩ.
Ngũgĩ wa Thiong’o (Ngũgĩ el de Thiong’o) llegó al mundo en 1938, uno de los veintitantos hijos del agricultor Thiong’o, y el quinto de los seis que este tuvo con Wanjiku, su tercera esposa de un total de cuatro. La extensa familia vivía de trabajar la tierra y pastorear cabras y ovejas, tenía una existencia modesta y concluía los días con sugerentes relatos alrededor del fuego. Algunos fragmentos de política internacional y de la Segunda Guerra Mundial que escuchaba a sus mayores sobrepasaban la comprensión del pequeño Ngũgĩ.
La resistencia, sostiene todavía hoy, es la mejor forma de mantenerse a flote. En prisión, resolvió empezar otro texto, una novela esta vez, en la lengua vernácula de su tribu, y además lo hizo con material suministrado por el propio Estado que le había puesto entre rejas. «Lo que era perjudicial para el cuerpo era beneficioso para el bolígrafo», bromea, sobre el papel que le raspaba las posaderas y que se convirtió en un soporte fabuloso sobre el que alumbrar al personaje de la valiente Wariinga.
«En un momento dado, los papeles ocupaban bastante en la celda y las autoridades me los confiscaron, pero después me los devolvieron pensando que eran inofensivos», relata Ngũgĩ entre risas, en un taxi camino a la Sagrada Familia de Barcelona, muchos años después de aquello. «No veo nada malo en esto. ¡Escribe usted en un kikuyu muy complicado!», le había dicho un celador al entregarle el borrador requisado tres angustiosas semanas antes. Era 1978 y los carceleros de la prisión de máxima seguridad de Kamiti le habían restituido una de las críticas más feroces al podrido sistema de la Kenia poscolonial. Caitaani Mutharaba-ini (El diablo en la cruz), la primera de sus novelas en kikuyu y manuscrita íntegramente sobre papel del culo, dispara a matar contra el dios dinero y sus feligreses, reunidos en un concurso de expertos en robo y hurto. Poco después fue liberado, pero la fábula no iba a quedar impune.
La cárcel es una prisión interior —reflexionará—, pero el exilio es una prisión exterior». El exilio es lo que uno quiera hacer de él. Y durante el suyo, el autor decidió hacer lo que mejor sabe: escribir, y hacerlo en su idioma materno. En su casa de Noel Road en el municipio londinense de Islington, Ngũgĩ wa Thiong’o construyó una nueva novela en kikuyu, Matigari, un cóctel molotov contra las oscuras cristaleras levantadas por Daniel arap Moi en torno a la Kenia de la época.
Con Moi, el país africano había metido una marcha más en la caja de cambios de la represión política.

En su independencia, Kenia adoptó como idioma nacional el suajili, mientras que el inglés sería cooficial. Los más de cuarenta idiomas precoloniales de las distintas tribus que habitaban el territorio que luego se convertiría en Kenia habían quedado así relegados al ámbito privado. El idioma de los colonos, de la élite blanca, había pasado a ser el de la nueva élite negra keniana. Las clases de la universidad serían en inglés, idioma en el que se impartiría la justicia y se interpelarían los diputados en el Parlamento, como había sido hasta la fecha. Es muy probable que un político hable a cámara en inglés, mientras que en los mítines se dirigirá en suajili a su electorado o en su lengua vernácula si está en su zona, un poco por crear complicidad con los oyentes, un poco por hacerles ver que es de los suyos. Como si de un trauma taladrado con barrena se tratase, el inglés de los colonos es todavía hoy sinónimo de autoridad: cuando el keniano medio busca recalcar unas palabras, abandona el suajili para utilizar el inglés.

Tegla fue la primera africana en ganar el maratón de Nueva York (en 1994 y 1995) y logró ocho medallas (cinco de oro) en mundiales de atletismo en los noventa. Plusmarquista en veinte, veinticinco y treinta kilómetros, además de en maratón, y habitual en lo más alto en los podios de lugares como Londres o Róterdam. Su éxito trasciende las pistas: ahora preside una fundación que lleva su nombre y busca promover la paz y la convivencia a través del deporte. Después de los atentados de Bali de 2002, Loroupe fue invitada a una carrera solidaria en la isla indonesia, donde dice que comprendió mejor que nunca el poder unificador del deporte y se tiró de cabeza al asunto. Un año después apoyó y formó parte de una carrera de promoción de los derechos de las mujeres en la ciudad marroquí de Casablanca en la que participaron varios miles de corredoras.
Cuando en 2014 sus programas de unidad y paz, deporte mediante, llegaron a los concurridos campamentos de refugiados de Kenia, Tegla descubrió que entre estas comunidades había una gran pasión por el atletismo. Así que un año después (coincidiendo con la llegada a la prensa occidental de la crisis migratoria y una mayor concienciación de la población primermundista al respecto) pidió al Comité Olímpico Internacional que se permitiera participar a un equipo de refugiados en los Juegos de Río. Al año siguiente, Loroupe sería nombrada jefa del primer equipo olímpico de refugiados de la historia, con cinco de los diez miembros procedentes del campamento de refugiados de Kakuma, en Turkana, el inhóspito norte de Kenia, de donde procede Tegla. «No queremos ver más refugiados —dijo entonces—. Queremos que regresen a sus hogares y se conviertan en embajadores de la paz».
De vuelta en Iten, Florence Kiplagat afila el gesto y mira al futuro con confianza. Se ve abriendo nuevas sendas en una vida ya plagada de lucha y logros impensables. Al igual que con los Maasai Cricket Warriors, el deporte vuelve a asomar como agente de un cambio —incipiente, remoto y débil— del que Florence es uno de sus mejores exponentes. Está trabajando para crear un centro que proporcione alojamiento y educación a jóvenes huérfanos de la región y, cuando se le acabe el gas en la pista, quiere ser entrenadora: una disciplina en la que las mujeres kenianas no se han hecho un hueco.

¿Acaso «corrupto» no se entiende como un término peyorativo ni la corrupción como un acto censurable? Un estudio del Instituto de África Oriental de 2016 revela que la mitad de los jóvenes kenianos encuestados «cree que no importa cómo uno consiga el dinero, mientras no acabe en la cárcel». El 47 por ciento «admira a quienes ganan dinero del modo que sea». «De hecho, en muchos de nuestros idiomas tribales no existe una palabra para la corrupción, en kikuyu, en lúo… Inventamos algunas para referirnos a la corrupción. Pero si llamas a alguien “ladrón” es muy distinto. Eso sí tiene una sanción social», asegura John Githongo, un experto en la materia.
«Necesitamos facilitar la labor de denuncia. Hay una crisis de información sobre estos casos en Kenia. Nuestros estudios han mostrado que muy poca gente informa sobre casos. Si vas a una institución a informar de una incidencia y no pasa nada, la gente se frustrará y no volverá a hacerlo», lamenta Samuel Kimeu, director de la rama keniana de Transparencia Internacional. «A los corruptos les viene muy bien porque se traduce en impunidad para ellos».
Eric Wainaina es uno de los pocos que sí se ha atrevido a denunciarlo públicamente. Una vez dio un concierto en un festival al que acudió un entonces vicepresidente y los organizadores trataron de que no tocaran Nchi ya kitu kidogo. El público se impuso y la terminaron cantando: no podían desperdiciar la ocasión de hacer llegar el mensaje. Aunque, en realidad, ¿ha servido de algo la canción? «Creo que hay ciclos. Uno jamás puede esperar un cambio radical de la sociedad —argumenta Wainaina—.
El monstruo de la corrupción de Kenia tiene al menos un componente histórico. El cheque en blanco para muchos asuntos de la administración colonial sentó precedente en la forma de tratar las cuestiones públicas una vez se arrió la Union Jack. Samuel Kimeu concede que el legado colonial es innegable e imborrable, después de los profundos cambios provocados por Londres en el modo de vida que tenían los habitantes del lugar, pero no acepta que esa excusa exculpe todo. «Creo que hemos sido independientes durante el tiempo suficiente como para corregir todo esto».
El problema, llegados a este punto, es el de siempre. Quienes tienen la varita mágica para atajar estas prácticas prefieren seguir beneficiándose.
John Githongo sabe bien que la corrupción, o el saqueo que asegura acontece ahora, puede resultar muy peligroso al conjugarlo con el tribalismo. La triste constatación de sus sospechas se dio durante las matanzas de finales de 2007 y principios de 2008. Pero la extendida cultura del soborno, de la malversación de fondos, de la prevaricación, esa barra libre del todo vale a cambio de unos billetes no solo afecta a la política interna keniana, no solo ahonda la zanja entre kenianos pobres y ricos.

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English ended up imposing itself in those schools as the only language in which to train future servants of the British crown. But that language in which tales of white-skinned characters were told in distant places was improper, strange, alien, and it did not allow one to describe the world with the eyes of which one was given a mother tongue. Were the British trying to colonize minds too?.

The fable of the hummingbird tells of an immense forest that a fire is consuming. Wangari liked to tell her, because she knew herself to be tiny in a capital struggle. All the animals of the forest flee from the fire and observe it from afar, immobile, hypnotized. They feel overwhelmed, helpless. All except a small hummingbird, who decides to stand up to the fire. So he sprints to the nearest river, takes a drop of water at the peak and pours it on the flames. He comes and goes at full speed, repeating the operation countless times.
Meanwhile, all the other animals continue to watch the scene completely stunned. Including the elephant, which with its trunk could carry liters of water to mitigate the fire. Not only that, but they mock the hummingbird, its intentions and its capabilities.
What do you think you can do? You are dwarf! This fire is too big and your wings are too small! And your beak is tiny! You can only bring one drop of water on each trip… ».
In one of these, the hummingbird, fed up, blurts out that he is doing what his abilities allow him to fight the flames, while they do not try to prevent the forest from turning to ash.
And that was, in short, Wangari’s struggle: “I will be a hummingbird,” he defended, “and I will always do everything I can.”

A highly recommended reading, Matumbo means “guts” in Swahili. A very appropriate title for a (travel) chronicle in which he “skips with agility from the outrageous to the outrageous”, and in which the author looks for the historical reasons why Kenya is the way it is.
Matumbo also includes links to audiovisual material used as documentation for writing, in case whoever reads it wants to go deeper, and in other formats. Because another objective of this book is that whoever approaches it experiences in some way the same learning process that the author had: Non-linear, through various sources, documents, trips, conversations. And go little by little, page by page, tying the dots. As for the layman, there will be names and acronyms with which they are likely not familiar: A cast of main characters has been added at the end, as well as a small glossary, the author points out, so that no one misses or searches what they interest.
Javier Triana comments that his stay there taught him a lot, among other things, to explore the limits of patience. But if we asked him about the episode that most marked him during his stay, he would have no doubt: The account in the chapter entitled Chabolistán. And it is the explosion of an oil pipeline in a shantytown of Nairobi.
I have really enjoyed Matumbo, and through his chronicles I have learned the history of Kenya. The chronicles are short and with a very pleasant and agile reading, delving into some topics that in many cases go unnoticed, such as the topic of great athletes and all the problems they have to participate in competitions. All the corruption around her. And how female athletes are changing the mentality of women in their country. It gives an objective view of the events it narrates: corruption, athletics, ecology, the role of women in Kenyan society …
With a fresh vision, of a person who travels to Africa for the first time, and tries to throw down many stereotypes that we have of that continent and more specifically of Kenya.

In Kenyan collective memory, and especially in Kikuyu, humiliation at the hands of settlers dates back to Waiyaki wa Hinga. In 1890, British Captain Frederick Lugard met with this Kikuyu leader to agree on the establishment of safe posts in his domain for free movement between Uganda and the coast. Both took the oath and resolved that the transit posts would be authorized as long as the Europeans did not appropriate Kikuyu land or other belongings. The deal might seem acceptable were it not for the fact that Lugard’s subordinates were quick to start looting settlements in the area and raping local women. The Kikuyu did not sit idly by, but their counterattack failed. In 1892, Waiyaki wa Hinga was captured, beaten, expelled from the district, and shipped to the coast, where he never got to. A colonial report states that, on the way, he succumbed to the wounds of the beatings by the captors and was buried in the town of Kibwezi. The popular version also places the end of Chief Waiyaki in Kibwezi, only it differs in how he died: buried alive.
At least 45,000 other natives perished after he was recruited to
their conscription for World War I, and those who survived watched their lands being expropriated in favor of the British. This system provoked a new local reaction: in 1921 the East African Association was founded with the Kikuyu Harry Thuku at the head, who sought the economic emancipation of Kenyans. Little grace this new organization must have done to the authorities, since in 1922 Thuku was arrested and sent to serve his sentence in the Somali town of Kismayo. The Kenyan reaction was a massive demonstration outside the Nairobi police station. The British reply was to open fire on the crowd causing at least a score of deaths.
Thuku would not be released from prison until the 1920s were over, and that long stay must have undermined him, because he never regained leadership among a new generation of Kenyans who had more ambitious demands than job improvement.

If the Mau Mau are asked about the violence against the British settlers, they all seem to take refuge in the Mandelian maxim that the nature of a struggle is defined by the oppressor and that ‘at a certain point one can only fight fire with fire”. Gitu wa Kahengeri puts it this way: “When peace is attempted and is unsuccessful, then war comes.” But although the territory was then British, the confrontation was almost purely between Africans. With a few dozen Europeans killed at the hands of the Mau Mau by the several thousand Africans who succumbed to the Army of Land and Freedom (Kenyans loyal to the administration, many of them Kikuyu who made up the so-called Local Guard), one more You might well think it was a civil war. It would be the liberating side that would suffer most of the casualties: the official figure exceeds 10,000, although the accounts of the Kenyan Human Rights Commission add up to nine times more. In addition, after passing through the concentration villages and detention centers, several tens of thousands more would be killed while they were alive: chronically handicapped or unable to reproduce.
The victory was expensive, if it could be called victory. When, on December 12, 1963, the KAU flag became the Kenyan flag and Jomo Kenyatta officially took over the reins of the new country, he did not repeal the colonial law outlawing the Mau Mau.
The Mau Mau had to wait until 2003, under the presidency of Mwai Kibaki, for the controversial law that criminalized them to be declared void. Three years later, a statue to Dedan Kimathi, its leader, was erected in the center of Nairobi. And, in 2010, the new Constitution changed Kenyatta Day to a much broader Heroes Day. But the symbols do not feed, and thousands of ancient Mau Mau continue to survive almost a day, now elderly.
So the compensation announced by London in June 2013 for more than 5,000 tortured Mau Mau was a victory – albeit a pyrrhic one. The judicial process that Wambugu wa Nyingi and Jane Muthoni Mara began in 2009 along with two other colleagues prospered, despite the fact that the United Kingdom insisted since the years before independence to destroy any type of incriminating document for the metropolis. Although the 3000 euros per person for being beaten and even castrated “is far from being enough”, according to Gitu wa Kahengeri, “a bird in hand is better than a hundred flying.” “They would have to compensate us with millions of shillings,” he continues, since the price of an acre of the ancestral land of the Mau Mau can reach the equivalent in local currency of 10,000 euros.

Some say that it was at the request of Muhammad and that he owes the first known foreign presence in East Africa: the emigration to the opposite coast by Muslims persecuted in Arabia. First, to Abyssinia (modern Ethiopia), in an attempt by Muhammad to keep his followers safe from the persecution of the polytheistic quraysh tribe, in whose bosom the prophet was born, but it is already known that no one is the same in his land . After the death of Muhammad in 632, several sources agree that the quarrels over the succession of the prophet ended with some Sunni co-religionists embarking for East Africa in search of a new home (and the story lasts to this day because Kenya is one of the most refugee-hosting countries in the world). In the same 7th century, there is a certain settlement of the fugitives in the current tourist paradise of Lamu, although the Arabs had been trading with that area known as “Zanj” for centuries, a land of blacks. To that coast (“bar”) came more and more Arab immigrants from Muscat and Hadramaut. They were the first foreign rulers of “Zanjbar”, Zanzibar, the Black Coast.
Mixed marriages were common and thus the new religion of Arabia spread on the Black Coast. It was also a way of mixing the languages, indigenous and foreign, giving birth to a language called Swahili, a name that would also receive the children of these crosses and, by extension, the coast itself (in fact, “Swahili” in origin also means ” coast”). The land was productive and the sea generous. Immigrants energized the economy, trade flourished and, in exchange for gold, ivory, coconut oil or exported red pepper, silk and porcelain were bought. The arcaded mansions with wide terraces and patios began to appear in a kind of small city-states. The Angkor Wat à la Africana, which is the current Kenyan ruins of Gede, near Malindi, serve to imagine a large Swahili population of coral rock between the 12th and 17th centuries, with walls, palace, mosques.
Zanzibar had become a colony of the Muscat Sultanate and the Omani Imamate after the Arabs cabled the Swahili to drive the Portuguese out of the coastal enclaves in the late 17th century. Since these aids are rarely free, they put themselves in charge. In 1840, the capital of the sultanate moved from Muscat to Zanzibar, to the turquoise waters and the beaches of palm trees and white sand. Sixteen years later, Sultan Said divided the empire in his will: Oman was left on the one hand and Zanzibar on the other as an independent sultanate, with several possessions on the coast, including Mombasa.
London had not lost sight of the area for a minute, since since the sixteenth century Lisbon competed with the Union Jack in India, the pretty girl of the British Empire, and contributed to the loss of influence of the Portuguese in the region, although its Diplomatic maneuvers perhaps ended up muddying them more than they could ever have foreseen.

There is so much myth about the Maasai tribe that any story that surrounds them should be taken with a grain of salt. That of the evolution of the shuka, without going any further. The most widespread theory is that plaid blankets came to the shoulders of the tribe through Scottish missionaries because, let’s face it, the pattern looks alike. As in 1895 there was at least one mission in Kenya, the Africa Inland Mission, established by a Scottish-American, the story might even be credible. Another hypothesis is that the Maasai were fond of the fabrics that were used as a bargaining chip in the slave trade and that were dyed with natural pigments of various colors available in Madagascar. All of this would have reached East Africa around the nineteenth century, when large-scale black marketing in the area became fashionable. However, the funniest of cabal about how they came to wear these blankets is that the Maasai were descendants of – or would have had contact with – a Roman legion that defected or was lost beyond the southern border of the Empire. Just as the legionaries had the mission to deliver a package to Karen Blixen with a farm in Africa at the foot of the Ngong hills as the only destination address, they took the wrong detour and so until today: from those robes, these shukas.
But clothes or jewelry are more superficial aspects and, as in every facet of life in Kenya, you end up running into land ownership. The Maasai occupation zone has also been changing over time and not precisely because of contact with the Romans, but rather because of the desire of some colonists who are sons of Great Britain.
At the time that Europeans most commonly came into contact with the Maasai, in the late nineteenth century, the tribe was in the decline of its power. This nomadic, Nilotic community from what is now South Sudan had spread throughout the Kenyan Rift Valley and beyond, from Samburu to the present-day Tanzanian capital, Dodoma. Their fame as ruthless warriors was well founded: tall, wiry, brave, able to withstand tough marches in record times. Sometimes they reached the coast of the Indian Ocean. They were a kind of Spartans from Africa. This had caused the surrounding tribes to take precautions, refrain from settling on the plains and think twice about keeping cows. Although the Maasai did not seek to conquer territory, or women, or make slaves or prisoners, their raids to obtain cattle could end with more than one disappointment.

Ngũgĩ wa Thiong’o was not born in the hamlet where the house we have found is located: that is known as Gitogothi. Ngũgĩ was born in another village in Kamirithu a couple of kilometers away. Kamirithu is itself a suburb of Limuru, and Limuru is the main urban center in the area and one of the Ugandan railway stations. Limuru was a part of both the fertile White Highlands (the extensive tea plantations across the railroad attest) and the consequent resistance of the Mau Mau to the invader, and Ngũgĩ himself attests to this.
Ngũgĩ wa Thiong’o (Ngũgĩ the Thiong’o) came to the world in 1938, one of the twenty-something children of the farmer Thiong’o, and the fifth of the six that he had with Wanjiku, his third wife of a total of four . The extended family lived by working the land and herding goats and sheep, had a modest existence and ended the days with suggestive stories around the fire. Some fragments of international politics and World War II that he listened to his elders were beyond the understanding of the little Ngũgĩ.
Resistance, he maintains even today, is the best way to stay afloat. In prison, he decided to start another text, a novel this time, in the vernacular of his tribe, and he also did it with material supplied by the State itself that had put him behind bars. “What was bad for the body was good for the pen,” he jokes, about the paper that scratched his buttocks and that became a fabulous support on which to shine the character of the brave Wariinga.
“At one point, the papers were quite large in my cell and the authorities confiscated them, but later they returned them to me thinking they were harmless,” says Ngũg rela with a laugh, in a taxi on the way to the Sagrada Familia in Barcelona, many years later of that. I don’t see anything wrong with this. You write in a very complicated Kikuyu! ”A guard had told him when he handed over the requisitioned draft three agonizing weeks before. It was 1978 and the jailers at Kamiti Maximum Security Prison had returned one of the fiercest criticisms of the rotten system in post-colonial Kenya. Caitaani Mutharaba-ini (The Devil on the Cross), the first of his novels in Kikuyu and entirely handwritten on ass paper, shoots to kill against the money god and his parishioners, gathered in a contest of experts in robbery and theft. Shortly after he was released, but the fable was not going to go unpunished.
Prison is an internal prison – he will reflect – but exile is an external prison ». Exile is what you want to make of it. And during his, the author decided to do what he knows best: write, and do it in his mother tongue. At his home on Noel Road in the London borough of Islington, Ngũgĩ wa Thiong’o built a new Kikuyu novel, Matigari, a Molotov cocktail against the dark windows erected by Daniel arap Moi around Kenya at the time.
With Moi, the African country had put one more gear in the gearbox of political repression.

On its independence, Kenya adopted Swahili as its national language, while English would be co-official. The more than forty pre-colonial languages of the different tribes that inhabited the territory that would later become Kenya had thus been relegated to the private sphere. The language of the settlers, of the white elite, had become that of the new black Kenyan elite. The university classes would be in English, the language in which justice would be delivered and the deputies in Parliament would be questioned, as it had been to date. It is very likely that a politician will speak to the camera in English, while at rallies he will address his electorate in Swahili or in their vernacular if he is in his area, a little to create complicity with the listeners, a little to make them see that is one of yours. As if it were a trauma drilled with a drill, the English of the settlers is still today synonymous with authority: when the average Kenyan seeks to emphasize a few words, he abandons Swahili to use English.

Tegla was the first African to win the New York City Marathon (in 1994 and 1995) and she won eight medals (five golds) in world athletics in the 1990s. She is the record holder in twenty, twenty-five and thirty kilometers, as well as in the marathon, and a regular at the top of the podiums in places like London or Rotterdam. Her success transcends the clues: she now presides over a foundation that bears her name and seeks to promote peace and coexistence through sports. After the 2002 Bali bombings, Loroupe was invited to a charity run on the Indonesian island, where she says she understood the unifying power of sport better than ever and jumped on the issue. A year later, she supported and took part in a race to promote women’s rights in the Moroccan city of Casablanca in which several thousand runners participated.
When the programs of unity and peace, sport through her, reached the crowded refugee camps of Kenya in 2014, Tegla discovered that among these communities there was a great passion for athletics. So a year later (coinciding with the arrival in the western press of the migratory crisis and a greater awareness of the First World population about it) she asked the International Olympic Committee to allow a refugee team to participate in the Rio Games. The following year, Loroupe would be appointed head of the first Olympic refugee team in history, with five of the ten members coming from the Kakuma refugee camp in Turkana, the inhospitable north of Kenya, where Tegla comes from. “We don’t want to see any more refugees,” she said then. We want them to return home and become ambassadors for peace.
Back in Iten, Florence Kiplagat sharpens the gesture and looks to the future with confidence. She finds herself blazing new trails in a life already plagued with struggle and unthinkable achievements. As with the Maasai Cricket Warriors, the sport reappears as an agent of change – nascent, remote and weak – of which Florence is one of the best exponents of it. She is working to create a center that provides accommodation and education to young orphans in the region and, when her gas runs out on the track, she wants to be a coach: a discipline in which Kenyan women have not found a niche.

Is not “corrupt” understood as a pejorative term or corruption as a reprehensible act? A 2016 East Africa Institute study reveals that half of young Kenyans surveyed “believe that it doesn’t matter how you get the money, as long as you don’t end up in jail.” 47 percent “admire those who earn money in any way.” “In fact, in many of our tribal languages there is no word for corruption, in Kikuyu, in lúo… We invented some to refer to corruption. But if you call someone a “thief” it is very different. That does have a social sanction, “says John Githongo, an expert in the field.
“We need to facilitate the work of reporting. There is an information crisis on these cases in Kenya. Our studies have shown that very few people report cases. If you go to an institution to report an incident and nothing happens, people will be frustrated and will not do it again, ”laments Samuel Kimeu, director of the Kenyan branch of Transparency International. “It is very good for the corrupt because it translates into impunity for them”.
Eric Wainaina is one of the few who has dared to denounce him publicly. He once gave a concert at a festival attended by a then vice president and the organizers tried not to play Nchi ya kitu kidogo. The public prevailed and they ended up singing it: they could not miss the opportunity to get the message across. Although, in reality, has the song been of any use? I think there are cycles. One can never expect a radical change in society, ”Wainaina argues.
Kenya’s monster of corruption has at least a historical component. The blank check for many colonial administration matters set a precedent for dealing with public issues once the Union Jack was lowered. Samuel Kimeu concedes that the colonial legacy is undeniable and indelible, after the profound changes caused by London in the way of life that the inhabitants of the place had, but he does not accept that this excuse exonerates everything. “I think we have been independent long enough to correct all of this.”
The problem, at this point, is the same as always. Those who have the magic wand to stop these practices prefer to continue benefiting.
John Githongo knows well that corruption, or the looting that he claims is happening now, can be very dangerous when combined with tribalism. The sad confirmation of their suspicions occurred during the massacres of late 2007 and early 2008. But the widespread culture of bribery, embezzlement, prevarication, that free bar is completely worth in exchange for some tickets not only it affects Kenyan domestic politics, not only deepens the gap between rich and poor Kenyans.

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