La Vuelta Al Mundo En 72 Días Y Otros Escritos — Nellie Bly / Around the World in 72 Days And Other Writings by Nellie Bly

Nellie Bly (nombre real Elizabeth Jane Cochrane Seaman) me intrigó cuando fue celebrada con un Doodle de Google en mayo de 2015. Elegí este libro porque recopilaba sus hazañas más famosas como reportera, periodista, antropóloga, observadora social y exploradora durante la finales de 1800 … ¡no me decepcionó!
En Diez días en una casa de locos, ella finge voluntariamente una enfermedad mental para ser admitida en un asilo, exponiendo el trato de mala calidad (a veces malvado) de los pacientes por parte de médicos y enfermeras en un sistema de salud con pocos recursos. En el transcurso del cual se plantean cuestiones de pobreza, batallas de clases y explotación en la Nueva York de finales del siglo XIX. La vuelta al mundo en setenta y dos días, relata sus esfuerzos por mejorar el viaje de Phileas Fogg en un gran y amplio comentario de un mundo más nuevo y gentil, mientras participa en una competencia amistosa con un periodista rival en un viaje similar (una serie de televisión esperando, aquí). Finalmente, Seis meses en Mexico, detalla sus observaciones socio-económicas y culturales de la vida diaria en un México joven e independiente.
Encontré la escritura fácil de leer y la narración fácil de seguir. Estoy más impresionado por las opiniones valientes, intrépidas y extremadamente progresistas de Nellie Bly. Combina hábilmente tanto sus observaciones como su escritura de una manera frívola pero informativa. Más tarde descubrí que ella pasó a hacer campaña por cuestiones de injusticia social y tiene algunas patentes a su nombre; es muy raro encontrar personas que puedan cambiar el mundo para mejor a través de sus escritos y sus acciones. Si sus escritos no son una lectura estándar para periodistas / historiadores / antropólogos, ¡debería serlo! No puedo recomendar este libro lo suficiente, no solo desde una perspectiva histórica sino también por su contribución a debates sociales más amplios.
Interesante lectura sobre una mujer periodista que quería exponer las horribles condiciones de las instituciones mentales en los últimos años siglo XVIII. El libro era demasiado dramático y carecía de hechos, sin embargo, tuvo un impacto duradero y produjo cambios.

Nellie Bly (1864-1922) logró convertirse en la reportera más famosa de Estados Unidos haciendo suya la idea de que una escritora constituía, por definición, un cierto espectáculo. En una época en la que los periodistas apenas conseguían firmar sus artículos, el nombre de Bly aparecía en el titular de casi todos los que publicaba. Con una prosa vivaz, creó su propia marca de noticias sensacionalistas. En sus artículos se mezclaban a partes iguales, con gran éxito, autoexhibición y autoescarnio, un sentido común ordinario y un atrevimiento extraordinario. En una época en la que los directores de periódico contrataban a mujeres, sobre todo, para que escribieran sobre alta sociedad, moda, recetas y trucos para el hogar, Bly fue a México para hacer de corresponsal en el extranjero. Se hizo internar en el frenopático más famoso de la ciudad de Nueva York para desvelar lo que allí ocurría. Se especializó en lo que luego se ha denominado «periodismo gonzo». Trabajó en una fábrica, pasó una noche en un albergue para mujeres indigentes, visitó un fumadero de opio y se hizo pasar por una mujer desesperada por encontrar trabajo en una agencia de empleo corrupta. También probó suerte con el ballet, el adiestramiento de elefantes y el boxeo. En su actuación más famosa, se lanzó a dar la vuelta al mundo con dos días de preaviso. Aunque para infiltrarse tuvo que recurrir muchas veces a la mentira, los artículos que ofrecía a sus lectores se apoyaban siempre en el mismo pilar: su percepción particular de la gente, los lugares y las cosas.

En 1886, a Bly, que tenía veintiún años y solo llevaba nueve meses de periodista asalariada, empezaron a impacientarla los encargos sobre moda, jardinería y peluquería que tenía en su página para mujeres. Aunque no hablaba español y jamás había viajado al extranjero, convenció al muy reacio director del Pittsburg Dispatch de que la enviara a México como corresponsal del periódico, consiguió que su madre accediera a acompañarla y se embarcó en el largo viaje en tren hacia el sur. Al cabo de un mes, el Dispatch publicó el primero de los más de treinta artículos que aparecieron bajo el encabezado «Nellie en México». Incluían descripciones de los obreros, la gente de la alta sociedad, los pueblos indígenas, los lugares de interés turístico y la vida cotidiana en las ciudades y las zonas rurales, además de detalles acerca de la estricta censura que el Gobierno ejercía sobre la prensa. Dos años después, cuando su serie sobre el manicomio de Nueva York le hizo ganar aún más reconocimiento, esos artículos se recopilaron en un libro titulado Six Months in Mexico [Seis meses en México]. En realidad, Bly solo pasó cinco meses en México; pretendía pasar seis, pero tuvo que adelantar su vuelta cuando la amenazaron con meterla en la cárcel por escribir un artículo sobre la detención del director de un periódico local que había criticado al Gobierno.
Su situación es de lo más conmovedora. Sin hogar, pobres, desatendidos, ignorantes, viven y mueren. Están miles de veces peor que los esclavos de Estados Unidos. En sus vidas no hay esperanza y lo saben. Que son capaces de aprender queda demostrado por su trabajo y por su inteligencia en otros asuntos. Desean obtener el conocimiento que hay en los libros, o al menos eso dice un sirviente a quien se sacó de las calles y que ahora dedica todos sus centavos y momentos de ocio a tratar de aprender de los libros.

Le preguntó si estaría dispuesta a dejarse encerrar en el frenopático de Blackwell’s Island, una imponente franja de tierra en el río Este que albergaba la mayoría de cárceles, hospitales de la beneficencia y asilos para pobres de Nueva York. Estaba dispuesta, sí, y lo hizo. Bly fingió estar loca y logró acceder a uno de los frenopáticos más temidos de la ciudad, una institución benéfica cuyas deplorables condiciones eran bien conocidas y donde los pacientes recibían malos tratos de forma habitual. Su relato, publicado en dos entregas ilustradas, daba cuenta del periplo de Bly, desde una casa de huéspedes del Lower East Side, en la que se comportó de forma lo bastante errática para que la matrona llamara a la policía, hasta un tribunal de Essex Market, donde un juez compasivo señaló que debía de ser la «querida de alguien» y creyó que la habían drogado, pero no vio más opción que encerrarla en el ala psiquiátrica del hospital Bellevue, donde la examinaron y declararon «loca sin remedio», y, en última instancia, en Blackwell’s Island, donde estuvo recluida durante diez días. Su actuación de loca fue tan convincente que su caso atrajo el interés de los periódicos de toda América del Norte.
Se me dejó a mí organizar todos los preparativos de mi dura experiencia. Únicamente se decidió una cosa, a saber: que adoptaría el seudónimo de Nellie Brown, cuyas iniciales coincidían con las de mi verdadero nombre y mi ropa blanca, de forma que no hubiera dificultades para seguir mis movimientos y ayudarme en caso de que surgieran dificultades o peligros. Había formas de meterse en el pabellón psiquiátrico, pero yo las desconocía. Tenía dos opciones: podía fingir demencia en la casa de unos amigos y hacer que me internaran por decisión de dos médicos competentes o podía lograr mi objetivo por medio de un tribunal de primera instancia.
El frenopático de Blackwell’s Island es una ratonera para humanos. Es fácil entrar, pero, una vez dentro, es imposible salir. Yo había intentado que me internaran en los pabellones de las violentas, la Cabaña y el Retiro, pero, tras conseguir el testimonio de dos mujeres cuerdas, decidí no arriesgar mi salud —ni mi pelo—, así que no me puse violenta.
Ya casi al final, me habían restringido todas las visitas, así que cuando el abogado Peter A. Hendricks vino a decirme que unos amigos estaban dispuestos a encargarse de mí si prefería estar con ellos en lugar de en el sanatorio, no pude más que aceptar encantada. Le pedí que me mandara algo de comer en cuanto llegara a la ciudad y me puse a esperar impaciente mi puesta en libertad.
Llegó antes de lo esperado.
Poco después de despedirme del frenopático de Blackwell’s Island, se me citó para que compareciera ante el Gran Jurado. Respondí a la citación de muy buen grado, porque ansiaba ayudar a las hijas más desgraciadas de Dios, a las que había dejado prisioneras tras de mí. Si no podía llevarles la mejor de las bendiciones, la libertad, esperaba al menos poder influir en otros para que la vida les resultara más llevadera. Vi que los miembros del jurado eran unos caballeros y que no tenía por qué sentir miedo ante sus veintitrés augustas presencias.
Juré decir la verdad y a continuación lo conté todo: desde el comienzo, en el hogar temporal, hasta mi puesta en libertad. Vernon M. Davis, ayudante del fiscal del distrito, dirigía el interrogatorio. Luego los miembros del jurado me pidieron que los acompañara a visitar la isla.

La actuación de Bly en el manicomio vino seguida de una frenética sucesión de episodios en los que la periodista se hacía pasar por otra persona. Con el fin de dar a conocer las prácticas corruptas de las agencias de colocación, fingió ser una criada en busca de trabajo; para documentar el mercado negro de recién nacidos, fingió ser una madre soltera que pretendía vender a su bebé. En esta ocasión, le llega el turno de simular ser una obrera en una fábrica de cajas, una aventura a la que se dio un enfoque sensacionalista con titulares como: «Nellie Bly cuenta qué se siente siendo una esclava blanca». Para casi toda la gente que vivía en ciudades, la figura de la «chica obrera» era bastante conocida. A finales de siglo, había cinco millones de mujeres estadounidenses asalariadas, una cuarta parte de las cuales trabajaba en fábricas. Entre 1850 y 1880, el número de operarias de fábrica en Estados Unidos aumentó a más del doble, y lo mismo ocurrió cuando llegó el año 1900.

En el auge del periodismo gonzo, encargar a un periodista que batiera el récord del viaje más rápido alrededor del mundo fue una buena idea. Encargárselo a una mujer fue todavía mejor. Las mujeres respetables casi nunca viajaban solas e, incluso aunque lo hicieran, las convenciones dictaban que llevaran consigo muchísimo equipaje. Llamó especialmente la atención, pues, que cuando Nellie Bly emprendió la vuelta al globo, en noviembre de 1889, fuera sin carabina y no llevara más que un bolso que podía agarrar con una mano. Su objetivo era batir el récord ficticio sentado por Phileas Fogg, el héroe británico de la famosa novela La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. Bly estaba en Hong Kong, ya superada la mitad de su periplo, cuando se enteró de que también tenía competencia en la vida real. Una publicación rival de Nueva York, la revista Cosmopolitan , había enviado a su propia periodista, Elizabeth Bisland, en una carrera en sentido contrario, con la esperanza de derrotar a Bly en casa. Bly ganó la carrera, y la aventura del World atrajo tanta atención como sus editores habían esperado: le dio al periódico de Joseph Pulitzer, famoso por su autopromoción, una oportunidad espectacular para financiar, poner en práctica y celebrar su propio fenómeno histórico único.
El viaje de Bly la convirtió, de la periodista famosa que ya era, en icono estadounidense, un emblema del arrojo y la imaginación en un mundo moderno entrecruzado por barcos de vapor y vías férreas transcontinentales. Esta mujer estadounidense que recorrió treinta y cinco mil kilómetros sola y sin un vestido de recambio hizo que el planeta entero le pareciera más accesible a todo el mundo. Sin embargo, el éxito de la hazaña de Bly dependía del giro editorial en la misma medida, como mínimo, que de los capitanes de los vapores y los maquinistas de los trenes.
El señor Verne me preguntó cuál iba a ser mi recorrido y me alegró mucho poder hablar de algo que él entendiera, así que se lo dije.
—Mi recorrido es de Nueva York a Londres, luego Calais, Bríndisi, Puerto Saíd, Ismailía, Suez, Adén, Colombo, Penang, Singapur, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y Nueva York.
—¿Por qué no va a Bombay, como mi personaje Phileas Fogg?
—Porque estoy más ansiosa que una joven viuda por no perder tiempo —respondí.

Las mujeres japonesas no conocen los sombreros ¡y ojalá que siga siendo así! Cuando llueve, se atan un pañuelo blanco sobre su fabuloso peinado, pero en otras ocasiones pasean por las calles con la cabeza descubierta, aunque con abanico y parasol, sobre sus zuecos de madera. No tienen mobiliario alguno. Su cama es un trozo de estera; sus almohadas, estrechos bloques de madera, de unos quince centímetros de largo, cinco de ancho y quince de alto. Apoyan la nuca sobre ese montículo cubierto de terciopelo, para que el maravilloso peinado les dure cuatro semanas. Siempre tienen al lado el té y la pipa, para poder disfrutar de esos placeres justo antes de dormir y después de despertar.
Un periodista japonés de Tokio vino a entrevistarme, después de que su periódico hubiera traducido y publicado el relato de mi visita a Julio Verne. Me leyó con sumo cuidado las preguntas que deseaba formularme. Estaban escritas a intervalos en largos rollos de papel, con espacio para anotar mis respuestas. Me pareció ridículo hasta que regresé y me hice entrevistadora. Entonces llegué a la conclusión de que adoptar el sistema japonés de entrevistas sería una medida muy humana.
Fui a Kamakura a ver al gran dios de bronce, la imagen de Buda, al que llaman familiarmente Daibutsu.

Partí de Hoboken en mi viaje de vuelta al mundo el 14 de noviembre de 1889. Lo terminé en Jersey el 25 de enero de 1890. He aquí el itinerario de mi viaje, publicado la mañana en que partí.
Tiempo total empleado en dar la vuelta al mundo: 1.734 horas y 11 minutos, lo que equivale a 72 días, 6 horas y 11 minutos.
Velocidad media, sin contar las paradas: 36,16 kilómetros por hora.
Velocidad media, contando las paradas: 46,20 kilómetros por hora.
Los nombres de los vapores y las distintas rutas en los que viajé son: Augusta Victoria , de Hamburg American Steamship Line; London and South Western Railway; South Eastern Railway; India Mail ; Victoria y Oriental , de Peninsular and Oriental Steamship Line; Oceanic , de Occidental and Oriental Steamship Line; Southern Pacific Railway; Atlantic and Pacific Railway; Atchinson, Topeka and Santa Fe Railway; Pennsylvania Railway.
Pasé 56 días, 12 horas y 41 minutos de viaje real y perdí, en retrasos, 15 días, 17 horas y 30 minutos.
En mi viaje, crucé los siguientes ríos y mares y demás masas de agua: río del Norte, bahía de Nueva York, océano Atlántico, canal de la Mancha, mar Adriático, mar Jónico, mar Mediterráneo, canal de Suez, golfo de Suez, mar Rojo, estrecho de Bab el Mandeb, golfo de Adén, mar Arábigo, océano Índico, estrecho de Malaca, mar de China, océano Pacífico, bahía de San Francisco.
Visité o pasé por los siguientes países: Inglaterra, Francia, Italia, Egipto, Japón, Estados Unidos; y por las siguientes colonias británicas: Adén, en Arabia; Colombo, en la isla de Ceilán; Penang, en la isla Príncipe de Gales; Singapur, en la península de Malaca; isla de Hong Kong.

Como acto final de su carrera de periodista, Bly se convirtió en columnista que ofrecía consejo a sus lectores. Desde 1919 hasta que murió, en enero de 1922, estuvo publicando una columna de consejos, opiniones y cartas de sus lectores en el New York Evening Journal . Se hizo tan famosa por encontrarles hogar a niños abandonados que, en diciembre de 1919, un niñito fue abandonado en la estación Grand Central con esta nota prendida en la ropa: «A quien sea: Por el amor de Dios, quédense con este niño. Es demasiado para la familia. Entréguenselo a Nellie Bly, del New York Journal.

Por supuesto que a menudo sufro decepciones.
Pero la decepción no es más que una forma de egoísmo.
La decepción surge tras haber sufrido una negativa, una derrota, la frustración de un resultado, un tormento. Dicho en palabras sencillas, tras la privación de algo que se quería.
Afligirse por algo que queríamos y no hemos conseguido es una forma especial de egoísmo.

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I was intrigued by Nellie Bly (real name Elizabeth Jane Cochrane Seaman) when she was celebrated with a Google Doodle in May 2015. I chose this book as it collected her most famous exploits as reporter, journalist, anthropologist, social observer and explorer during the late 1800’s…I was not disappointed!
In Ten Days In A Mad-house, she voluntarily feigns mental illness to be admitted to an asylum, exposing the shoddy (sometimes evil) treatment of patients by doctors and nurses in an under resourced health system. In the course of which issues of poverty, class battles and exploitation in late 19th century New York are raised. Around The World in Seventy-Two Days, tells of her efforts to better Phileas Fogg’s journey in a grand, sweeping commentary of a gentler, newer world, while in a friendly competition with a rival journalist on a similar trip (a TV series waiting, here). Finally, Six Months In Mexico, details her socio-economic and cultural observations of daily life in a young, independent Mexico.
I found the writing to be easy to read and the storytelling easy to follow. I’m more impressed by the gutsy, intrepid and extremely progressive views of Nellie Bly. She deftly melds both her observations and writing in a flippant, but informative manner. I later found out that she went on to campaign for social injustice issues and has a few patents to her name – it’s very rare to find people that can change the world for the better through their writings and their actions. If her writings are not standard reading for journalists/historians/anthropologists – it well should be! I cannot recommended this book enough – not only from a historical perspective but also for its contribution to larger social debates.
Interesting read about a woman journalist who wanted to expose the horrible conditions of mental institutions in the last 1800’s. The book was a little too dramatic and lacked facts, nonetheless, it did make a lasting impact and produce change.

Nellie Bly (1864-1922) managed to become America’s most famous reporter by embracing the idea that a female writer was, by definition, a certain spectacle. In an age when journalists could barely sign her articles, Bly’s name was in the headlines of almost every one she published. With lively prose, she created her own tabloid news brand. In her articles mixed in equal parts, with great success, self-display and self-derision, ordinary common sense and extraordinary daring. At a time when newspaper editors hired women mostly to write about high society, fashion, recipes and tricks for the home, Bly went to Mexico to be a foreign correspondent. She was admitted to the most famous drugstore in New York City to reveal what was happening there. She specialized in what was later called “gonzo journalism.” She worked in a factory, spent a night at a homeless women’s shelter, visited an opium den, and posed as a woman desperate to find work in a corrupt employment agency. She also tried ballet, elephant training, and boxing. In her most famous performance, she went around the world on two days’ notice. Although she had to resort to lies many times to infiltrate, the articles that she offered to her readers always relied on the same pillar: her particular perception of people, places and things.

In 1886, Bly, who was twenty-one years old and had only been a paid journalist for nine months, became impatient with the fashion, gardening, and hairdressing commissions she had on her page for women. Although she did not speak Spanish and had never traveled abroad, she convinced the reluctant director of the Pittsburg Dispatch to send her to Mexico as a newspaper correspondent, got her mother to agree to accompany her, and embarked on the long train journey south. Within a month, the Dispatch published the first of more than thirty articles that appeared under the heading “Nellie in Mexico.” They included descriptions of workers, socialites, indigenous peoples, tourist attractions, and daily life in cities and rural areas, as well as details about the government’s strict censorship of the press. Two years later, when her series on the New York madhouse gained him even more recognition, those articles were compiled into a book called Six Months in Mexico. Actually, Bly only spent five months in Mexico; she intended to pass six, but she had to anticipate her return when they threatened to put her in jail for writing an article about the arrest of the director of a local newspaper who had criticized the government.
Her situation is most moving. Homeless, poor, neglected, ignorant, they live and die. They are thousands of times worse than slaves in the United States. In their lives there is no hope and they know it. That they are capable of learning is demonstrated by their work and by their intelligence in other matters. They want to get the knowledge that is in books, or so says a servant who was taken off the streets and who now spends all his pennies and leisure time trying to learn from books.

He asked her if she would be willing to allow herself to be locked in the Blackwell’s Island Freeway, a towering stretch of land on the East River that was home to most of New York’s jails, charities and nursing homes. She was willing, yes, and she did. Bly pretended to be insane and managed to gain access to one of the city’s most feared berserk, a charity whose deplorable conditions were well known and where patients were routinely mistreated. Her account, published in two illustrated installments, traced Bly’s journey, from a Lower East Side boarding house, where she behaved erratically enough for the matron to call the police, to a court in Essex. Market, where a compassionate judge pointed out that she must be “someone’s mistress” and believed she had been drugged, but saw no choice but to lock her up in the psychiatric ward of Bellevue Hospital, where she was examined and declared “hopelessly insane,” and ultimately on Blackwell’s Island, where she was held for ten days. Her performance as crazy of hers was so compelling that her case attracted the interest of newspapers across North America.
All the preparations for my ordeal was left to me. Only one thing was decided, namely: that I would adopt the pseudonym Nellie Brown, whose initials matched my real name and my white clothes, so that there would be no difficulties in following my movements and helping me in case of difficulties or dangers. There were ways to get into the psychiatric ward, but I was unaware of them. I had two options: I could feign dementia at a friend’s home and have me admitted to the hospital at the decision of two competent doctors, or I could achieve my goal through a trial court.
The Blackwell’s Island mental hospital is a human mousetrap. It is easy to get in, but once inside it is impossible to get out. I had tried to be admitted to the pavilions of the violent women, the Cabaña and the Retreat, but, after obtaining the testimony of two sane women, I decided not to risk my health — or my hair — so I did not become violent.
Near the end, all visits had been restricted, so when attorney Peter A. Hendricks came to tell me that some friends were willing to take care of me if I preferred to be with them rather than in the sanitarium, I couldn’t help but agree. Haunted. I asked him to send me something to eat as soon as he got to town and I waited impatiently for my release.
He arrived earlier than expected.
Shortly after I said goodbye to the Blackwell’s Island mental hospital, he was summoned to appear before the Grand Jury. I responded to the summons very willingly, because I longed to help the most unfortunate daughters of God, whom I had imprisoned behind me. If he couldn’t bring them the best of blessings, freedom, he hoped at least he could influence others to make life easier for them. I saw that the members of the jury were gentlemen and that there was no reason to be afraid of their twenty-three august presences.
I vowed to tell the truth and then I told it all: from the beginning, in the foster home, until my release. Vernon M. Davis, assistant district attorney, led the questioning. Then the members of the jury asked me to accompany them to visit the island.

Bly’s performance in the madhouse was followed by a frenzied succession of episodes in which the journalist posed as someone else. In order to expose the corrupt practices of the employment agencies, she pretended to be a maid looking for work; To document the black market for newborns, she pretended to be a single mother pretending to sell her baby. On this occasion, it is her turn to pretend to be a worker in a box factory, an adventure that was sensationalized with headlines such as: “Nellie Bly tells how she feels being a white slave”. For almost everyone who lived in cities, the figure of the “working girl” was quite familiar. By the end of the century, there were five million salaried American women, a quarter of whom worked in factories. Between 1850 and 1880, the number of female factory workers in the United States more than doubled, and the same thing happened when the year 1900 rolled around.

In the rise of gonzo journalism, commissioning a journalist to break the record for the fastest trip around the world was a good idea. Entrusting it to a woman was even better. Respectable women rarely traveled alone, and even if they did, conventions dictated that they carry a lot of luggage. She especially drew attention, then, that when Nellie Bly started around the globe, in November 1889, she went without a carbine and she carried only a bag that she could hold with one hand. Her goal was to break the fictional record set by Phileas Fogg, the British hero from Jules Verne’s famous novel Around the World in Eighty Days. Bly was in Hong Kong, halfway through her journey, when she learned that she also had competition in real life. A rival New York publication, Cosmopolitan magazine, had sent her own journalist, Elizabeth Bisland, on a race in the opposite direction, hoping to defeat Bly at home. Bly won the race, and the World adventure attracted as much attention as her editors had hoped: she gave Joseph Pulitzer’s newspaper, famous for its self-promotion, a spectacular opportunity to fund, implement and celebrate its own historic phenomenon. only.
Bly’s journey made her, from the famous journalist she was already, an American icon, an emblem of courage and imagination in a modern world crisscrossed by steamboats and transcontinental railroads. This American woman who traveled twenty-five thousand miles alone without a spare dress made the entire planet seem more accessible to everyone. However, the success of Bly’s feat depended on the editorial turn to the same extent, at the very least, as on the steamer captains and train drivers.
Mr. Verne asked me what my tour was going to be and I was very happy to be able to talk about something that he understood, so I told him.
—My tour is from New York to London, then Calais, Brindisi, Port Said, Ismailia, Suez, Aden, Colombo, Penang, Singapore, Hong Kong, Yokohama, San Francisco and New York.
“Why don’t you go to Bombay, like my character Phileas Fogg?”
“Because I’m more anxious than a young widow not to waste time,” I replied.

Japanese women don’t know hats, and I hope it stays that way! When it rains, they tie a white scarf over their fabulous hairstyle, but at other times they walk through the streets with their heads uncovered, albeit with a fan and a parasol, on their wooden clogs. They do not have any furniture. His bed is a piece of mat; his pillows, narrow blocks of wood, about six inches long, five inches wide, and six inches high. They rest the nape of the neck on that velvet-covered mound, so that the wonderful hairstyle will last four weeks. They always have tea and a pipe next to them, so they can enjoy those pleasures just before going to sleep and after waking up.
A Japanese journalist from Tokyo came to interview me, after his newspaper had translated and published the account of my visit to Jules Verne. He read me carefully the questions he wanted to ask me. They were written at intervals on long rolls of paper, with space to write down my answers. It seemed ridiculous to me until I came back and became an interviewer. So I came to the conclusion that adopting the Japanese interview system would be a very humane move.
I went to Kamakura to see the great bronze god, the Buddha image, who is familiarly called Daibutsu.

I left Hoboken on my trip around the world on November 14, 1889. I finished it in Jersey on January 25, 1890. Here is the itinerary of my trip, posted the morning I left.
Total time spent going around the world: 1,734 hours and 11 minutes, which is equivalent to 72 days, 6 hours and 11 minutes.
Average speed, not counting stops: 36.16 kilometers per hour.
Average speed, counting stops: 46.20 kilometers per hour.
The names of the steamers and the different routes I traveled on are: Augusta Victoria, from the Hamburg American Steamship Line; London and South Western Railway; South Eastern Railway; India Mail; Victoria y Oriental, from the Peninsular and Oriental Steamship Line; Oceanic, from the Occidental and Oriental Steamship Line; Southern Pacific Railway; Atlantic and Pacific Railway; Atchinson, Topeka and Santa Fe Railway; Pennsylvania Railway.
I spent 56 days, 12 hours and 41 minutes of actual travel and lost, in delays, 15 days, 17 hours and 30 minutes.
On my journey, I crossed the following rivers and seas and other bodies of water: North River, New York Bay, Atlantic Ocean, English Channel, Adriatic Sea, Ionian Sea, Mediterranean Sea, Suez Canal, Gulf of Suez, Red Sea, Bab el Mandeb Strait, Gulf of Aden, Arabian Sea, Indian Ocean, Strait of Malacca, China Sea, Pacific Ocean, San Francisco Bay.
I visited or passed through the following countries: England, France, Italy, Egypt, Japan, United States; and by the following British colonies: Aden, in Arabia; Colombo, on the island of Ceylon; Penang, on Prince of Wales Island; Singapore, on the Malay Peninsula; Hong Kong Island.

As the final act of her journalism career, Bly became a columnist offering advice to his readers. From 1919 until he died in January 1922, he was publishing a column of advice, opinions, and letters from his readers in the New York Evening Journal. She became so famous for finding homes for abandoned children that, in December 1919, a little boy was abandoned at Grand Central Station with this note pinned to his clothes: “To anyone: For God’s sake, stay with this child. It’s too much for the family. Give it to Nellie Bly at the New York Journal.

Of course I am often disappointed.
But disappointment is nothing more than a form of selfishness.
Disappointment arises after having suffered a refusal, a defeat, the frustration of a result, a torment. In simple words, after the deprivation of something that was wanted.
Grieving over something we wanted and failed to achieve is a special form of selfishness.

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