Una Borrachera Cósmica: Una Historia Universal Del Placer De Beber — Mark Forsyth / A Short History of Drunkenness by Mark Forsyth

Un libro interesantísimo, repleto de anécdotas y curiosidades, sobre el mundo de la bebida a lo largo de la historia. Con humor, el autor nos desvela como se bebía en la antigua Sumeria, en Egipto, en la antigua Grecia y Roma, los vikingos, la Edad Media, como era la cerveza, los destilados, los saloons del Far West, curiosidades de la Ley Seca y un sinfin de curiosidades muy interesantes que os invito a saborear. La erudicción del autor y su humor me han recordado en ocasiones al gran Bill Bryson. Nota: se disfruta aún más si se acompaña su lectura con una buena cerveza, vino o licor.
Forsyth enfatiza que esto realmente es solo una “historia corta”, y entiendo que no puede cubrir todo, sin embargo, esperaba algo con un poco más de profundidad, y las referencias también hubieran sido agradables. Sin embargo, esto es más una historia popular: los capítulos están escritos en un estilo corto y contundente con muchas líneas divertidas e ingeniosas, que rozan la superficie del tema. Sin embargo, no se tome en serio el humor de Forsyth. Por ejemplo, Forsyth bromea diciendo que beber alcohol podría haber sido la razón principal por la que los humanos se volvieron sedentarios y surgieron civilizaciones. Él extrae esto de discusiones genuinas en arqueología y señala que beber alcohol puede haber sido visto como una experiencia religiosa y que para hacer mucho se requeriría establecerse y cultivar cebada permanentemente, pero Forsyth no nota que esto probablemente no fue el principal razón (los humanos tuvieron unos 200.000 años más o menos para descubrir el alcohol y decidir que la mejor manera de hacer más era establecerse después de todo, entonces, ¿por qué no se volvieron sedentarios antes?), y esa la razón principal probablemente tuvo más que ver con el cambio climático, lo que hizo que las fuentes de alimentos no fueran confiables y el repentino atractivo de establecerse en un lugar confiable y fértil como cerca de un río: la producción de alcohol probablemente fue solo una ventaja feliz.
En cualquier caso, me gustó su libro. Fue divertido, y el estilo de escritura ágil y fluido significó que fue fácil de leer; lo terminé en solo un par de horas y fue una lectura divertida. Recogí algunos hechos diversos aquí y allá que no había conocido antes.

Antes de ser humanos, fuimos bebedores. El alcohol existe naturalmente y siempre ha sido así. Cuando comenzó la vida, hace 4.000 y pico millones de años, ya había microbios de una sola célula nadando felizmente en el caldo primordial, bebiendo azúcares simples y excretando etanol y dióxido de carbono. Básicamente, estaban meando cerveza.
Por fortuna, la vida progresó y tuvimos árboles y frutas, y la fruta, si se la deja pudrir, se fermenta de manera natural. La fermentación produce azúcar y alcohol, y las moscas de la fruta la buscan y la engullen.
Los humanos estamos diseñados para beber. Somos realmente buenos para eso. Mejores que cualquier otro mamífero, excepto quizá la musaraña de Malasia. Un avance final que es el más importante de todos para nosotros: cómo bebemos. Los humanos bebemos socialmente. Ofrecemos alcohol a nuestro grupo. Nos ponemos todos cariñosos y les decimos a los demás que son nuestros mejores amigos y que los queremos mucho y todas esas chorradas. Lo más interesante de la hipótesis del mono borracho es que es todo programación evolutiva. Disfrutamos el alcohol porque es nuestra recompensa por haber ingerido todas esas calorías. Compartimos con nuestro grupo porque, para los simios, es lógico alimentar a sus familias y su manada.

El primer destello de esperanza fue una dama llamada Venus de Laussel. Hace aproximadamente 25.000 años, alguien talló sobre piedra la figura de una mujer con enormes pechos y una gran barriga que parece llevarse un cuerno a la boca. No todos están de acuerdo en que ese sea un cuerno para beber. Algunas personas piensan que es un instrumento musical y que la pobre chica estaba confundida respecto a qué extremo soplar. Otros arqueólogos piensan que tiene algo que ver con la menstruación. Por supuesto, incluso si es un cuerno para beber, podría contener solo agua, pero eso parece poco probable, ya que beber agua no suele ser algo que tallarías en una piedra para toda la eternidad. Por desgracia, nunca lo sabremos.
Parece que sí había cerveza y, lo que es más importante, parece que había cerveza antes de que hubiera templos y agricultura. Esto nos lleva a la gran teoría de la historia humana: no comenzamos a cultivar porque quisiéramos comida, de eso había mucho por ahí. Comenzamos a cultivar porque queríamos alcohol.
Esto tiene mucho más sentido de lo que piensas, por cinco razones. Primero, la cerveza es más fácil de hacer que el pan, ya que no se requiere de un horno caliente. Segundo, la cerveza contiene vitamina B, que los humanos necesitan para estar sanos y fuertes. Los cazadores obtienen su vitamina B comiendo otros animales. Con una dieta de pan y sin cerveza, los agricultores de cereales se convertirían en unos debiluchos anémicos y los grandes cazadores sanos los acabarían matando. Pero la fermentación del trigo y la cebada produce vitamina B.
Tercero, la cerveza es, simplemente, un mejor alimento que el pan. Es más nutritivo porque la levadura ha estado haciendo parte de la digestión por ti. Cuarto, el alcohol en la cerveza purifica el agua que se utilizó para hacerla, matando todos los microbios desagradables.
El quinto y más importante argumento, sin embargo, es que para cambiar realmente un comportamiento necesitas un impulso cultural. Y si la cerveza valía tanto la pena como para viajar por ella (lo que Göbekli Tepe sugiere es que sí), incluso el cazador más fervoroso podría convencerse de establecerse y cultivar una buena cebada para elaborarla.

El mito sumerio más famoso de todos, La epopeya de Gilgamesh, comienza con un hombre salvaje llamado Enkidu, quien vive entre los animales como un Mowgli mesopotámico hasta que una sacerdotisa de Inana aparece e intenta convertirlo en humano. Lo hace teniendo sexo con él y dándole luego una bebida (de acuerdo, no es el orden usual). Enkidu bebe siete jarras de vino y le encanta. Entonces intenta regresar con sus amigos animales, pero ellos ya no quieren ser sus amigos. De modo que va a Uruk y lucha contra el rey Gilgamesh y se hacen amigos. Luego muere. Hay una moraleja aquí, en alguna parte, pero no la puedo desentrañar.
Lo importante es que la cerveza estaba por todas partes. Era lo que te hacía humano, era lo que te hacía civilizado. Había un proverbio sumerio que decía: «Él es temeroso, como un hombre que no conoce la cerveza», y otro, todavía más revelador, que decía: «No conocer la cerveza no es normal».

A las mujeres egipcias les encantaba beber. Eran muy ecuánimes y modernos respecto a la igualdad de género y la bebida. Hay una pintura que retrata una fiesta de Año Nuevo en la que las mujeres están sentadas a una mesa, separadas de los hombres, pero bebiendo tanto vino como ellos.
El Festival de la Borrachera era una festividad anual (o quizá bianual) para celebrar a la diosa Hathor y la salvación de la humanidad a través del milagro de la cerveza. Coincide con la inundación anual del río Nilo, que trae fertilidad a Egipto y, según la leyenda, con el retorno de Hathor de su exilio en el sur. Tenía lugar en el templo de la diosa y asistían multitud de egipcios ricos, incluyendo aristócratas y miembros de la familia real. Debió de ser una fiesta digna de postal.
El festival comenzaba al atardecer. Los numerosos fieles se reunían en la orilla este del Nilo, porque el sol se pone en la otra, vistiendo sus mejores ropas: las mujeres llevaban collares enormes, se maquillaban alrededor de los ojos y se ponían guirnaldas en la cabeza. Todo el mundo se untaba y frotaba con un aceite de aroma dulzón, y las flores se esparcían por doquier para que la atmósfera oliera bien.

Los griegos no bebían cerveza, bebían vino, pero le añadían agua en una proporción de dos o tres partes por cada parte de vino, lo que lo hacía casi igual de fuerte. Esta es una cosa graciosa de los griegos: tenían que complicarlo todo. Además, dicha práctica les permitía seguir con su pasatiempo favorito, porque más que cualquier otra cosa, más que la filosofía o la pederastia, la bebida o la escultura, lo que les gustaba a los griegos era desdeñar a los extranjeros.
Los persas bebían cerveza, eso los convertía en bárbaros. Los tracios bebían vino sin diluir, eso los convertía en bárbaros. Los griegos eran los únicos que estaban en lo correcto… eso según los propios griegos.
Dada su afición por despreciar a todos los que se atrevieran a no ser griegos, sorprende un poco que a menudo se dijera que su dios del vino, Dionisio, era un extranjero.
Las ménades eran mujeres que rendían culto a Dionisio. Lo hacían yendo a las montañas, usando poca ropa y embriagándose mucho. Luego se soltaban el pelo, bailaban y descuartizaban animales en una suerte de terrorífica fiesta arcádica de hembras.
Nadie sabe con certeza si las ménades realmente existieron o si solo fueron una fantasía sexual de los hombres griegos, como las amazonas. Las mujeres griegas pasaron por un buen momento en la mitología, pero en la vida real eran relegadas a quedarse en casa.

La primera vez que se hizo vino en China fue más o menos en el año 2070 a.C., por un hombre llamado Yi Di, quien le presentó su creación al primer emperador de China, Yu. Este lo bebió y le gustó, pero como era un emperador serio, notó que algo así podría causar terribles desastres y calamidades, así que lo prohibió y mandó a Yi Di al exilio, por si acaso.
Por desgracia, esta versión no es del todo cierta. La historia china temprana es un montón de mitos bonitos de los que existe muy poca evidencia. La escritura no se desarrolló apropiadamente hasta el 1200 a.C. Antes de eso hay que confiar en la arqueología. Por extraño que parezca, la primera noticia fiable que tenemos de la existencia de alcohol se halló en Jiahu, China, y data aproximadamente del 7000 a.C.
Beber, si no estaba prohibido, estaba restringido a ocasiones ceremoniales: ritos, funerales y remilgados banquetes. Esto quiere decir que, si querías beber a gusto y bien, tenías que dejarte caer en una ocasión muy formal y empinar tanto como pudieras. Un rival posterior de Confucio, un filósofo llamado Zhuangzi, señaló que «aquellos que beben siguiendo la etiqueta comienzan de manera ordenada, pero invariablemente terminan en el desorden».
Había quejas respecto a la gente que iba de funeral en funeral tratando de beber todo el alcohol que pudiera, presumiblemente derramando una lágrima de cortesía por el difunto. Y hay un poema del siglo IX a.C., aproximadamente, que habla de cómo las fiestas, sin importar cuán formales sean, siempre terminan mal.

Los monjes anglosajones eran tan borrachines como sus primos italianos. De hecho, cuando el monasterio de Lindisfarne fue saqueado en el 793, un monje llamado Alcuin envió una sentida carta a los monjes que sobrevivieron en la que decía que era su culpa, ya que habían «enturbiado las palabras de sus oraciones a través de la embriaguez», lo que sin duda era muy cierto, pero dicho con poco tacto.
Eso sí, la Inglaterra anglosajona solo existió gracias al alcohol. La historia nos cuenta que en Kent había un caudillo del siglo V llamado Vortigern. Hostigado continuamente por los pictos, decidió invitar a dos sajones llamados Hengist y Horsa a que lo ayudaran a derrotarlos. Hengist llevó a un banquete a su hija, que al parecer no estaba nada mal.
Y después de que [Vortigern] fuese entretenido en el banquete real, la damisela salió de su cuarto portando una copa dorada llena de vino y, acercándose al rey, se arrodilló y dijo: «¡Wacht heil, rey Laverd!». Pero él, cuando sostuvo el rostro de la damisela, quedó fascinado por su belleza y su corazón se encendió de gozo. Luego le preguntó a su intérprete qué había dicho, y el intérprete respondió «Ella lo ha llamado rey y le ha deseado buena salud». La respuesta que debía darle era «Drinc heil». Entonces Vortigern respondió «Drinc heil!» y le ofreció un trago.

Ciertamente el vino, el juego de azar, los altares de sacrificio y las flechas adivinatorias son una inmundicia procedente de la actividad del Shaitán; apartaos de todo ello y podréis tener éxito.
La mayoría de los musulmanes consideran que este verso es el decisivo. La bebida es obra de Satán y, por lo tanto, es irremediable e inalterablemente mala.
Después del Corán viene el Hadiz, un registro de proverbios de Mahoma supuestamente encontrado unos cien años más tarde. El Hadiz está prácticamente en contra del vino. Incluso lo prohíbe en la medicina y en la elaboración del vinagre. Es en el Hadiz donde te obsequian con el clásico castigo de ochenta latigazos por beber, amén de otras prohibiciones más, por lo que se da a entender que la gente ya estaba buscando vacíos legales.
Pero el Hadiz tiene la extraña visión de que el vino es al mismo tiempo maligno y paradisíaco. Dice: «Quien tome vino en esta vida sin arrepentirse, no beberá en la siguiente».

Odín solo bebía vino. De hecho, no consumía nada más que vino. No comía, ni ingería nada que lo absorbiera. Ni siquiera un canapé de queso. La Edda poética es bastante clara en ese punto.
Puede parecer extraño que una deidad escandinava fuese tan devota del vino, ya que no es un típico producto escandinavo, pero esa es la cuestión. El vino era la bebida más cara que un vikingo rico podía comprar. Venía desde Alemania, o incluso Francia, importado de los remanentes del Imperio romano. El vino era un símbolo de estatus; por lo tanto, Odín, el dios más importante del panteón vikingo, debía tenerlo sí o sí. El rey de los dioses no podía tomar cerveza; hubiera sido muy mal visto.
Durante el sumbl también había bardos y músicos cantando. La poesía era, en la mentalidad vikinga, el resultado directo del alcohol. La historia dice que, hace mucho tiempo, hubo una guerra entre los dioses. Cuando hicieron las paces, y para sellar el acuerdo, decidieron que todos escupirían en una tetera. Ahora podrías pensar que se trata de algo extraño y poco higiénico, pero sería bueno recordar que en muchas culturas primitivas la gente masticaba pulpa de cebada y luego la escupía para que empezara el proceso de fermentación de la cerveza.
Todo en la vida vikinga giraba en torno a la cerveza. La gente la ofrecía en sacrificio a Odín. Vivían por la cerveza: inspiraba a los poetas y los guerreros mataban por ella. En una de las sagas heroicas, un rey decidió resolver los celos de sus dos esposas al quedarse con la que, al regresar de la batalla, le diera la mejor cerveza.
Hacia el final de la noche el salón de hidromiel seguramente ya estaba hecho un desastre. Solo faltaban un par de cosas. Dos de las consecuencias comunes de una buena borrachera son los vómitos y el sexo (preferentemente, no al mismo tiempo). Para un egipcio antiguo se trataba de eso. Pero los vikingos nunca mencionan ninguna de las dos, a pesar de sus cuernos para beber. En lugar de eso, se iban a dormir.

Las puertas de la ciudad se cerraban al atardecer y los viajeros que llegaban más tarde se veían obligados a pasar la noche justo fuera de las murallas. Los profesores entusiastas dirían que la literatura inglesa comenzó en un pub, ya que la primera escena de Los cuentos de Canterbury ocurre en el Tabard, justo al sur del puente de Londres. Pero el Tabard no era un pub, era una posada.
Las tabernas vendían vino. Como tenía que ser importado, era realmente caro. Una taberna es más o menos el equivalente social de un bar de cócteles en la actualidad, y no existe tal cosa como el bar de cócteles de pueblo.
Las tabernas eran para hombres pudientes que querían gastar algo de dinero, lo que significa que la mayoría estaban en Londres. También significa que las tabernas tenían un lado más bien degenerado. En ellas es donde te encontrarías a prostitutas y a jugadores, pues, por definición, si podías pagarte un vino (o unos cuantos), también podías costearte otros pecados lujosos.
En el año 1200 no existía algo como un pub en Inglaterra. Las aldeas simplemente no tenían locales donde beber. Como siempre, estaban los monjes, como los de la abadía de Beaulieu, que recibían una ración de un galón de ale diario. Pero todos empinaban el codo en el trabajo. Por lo general, era parte del sueldo. Por ejemplo, un carretero podía esperar que le dieran tres pintas y algo de comida además del salario. Cuando un señor contrataba trabajadores para labrar su tierra, tenía que darles algo de alcohol. Así es como funcionaba la vida.
La gente también bebía en las iglesias. La iglesia de la aldea medieval no era tanto un lugar de alabanza como un centro comunitario (con algunas alabanzas los domingos). La gente jugaba al fútbol en el patio de la iglesia y cantaba canciones en el salón. Normalmente se ofrecía ale en los días festivos, onomásticas, bodas, bautizos y funerales. Un buen funeral podía ser muy divertido. Cuando enterraron al obispo de Winchester, en 1319, se entregaron mil galones de ale a los pobres (más de 3.700 litros).

Madame Ginebra no tiene absolutamente nada que ver con la ciudad de Ginebra. Era la diosa británica del gin, lo cual la hace mucho más interesante que cualquier cosa en Suiza. Su nombre viene, en definitiva, de la antigua palabra francesa geneivre, que significa «enebro». Esto se tradujo al holandés como jenever, que también significaba «enebro», o también podía referirse a la clara bebida espirituosa en la que el enebro era el aromatizante principal. Lo que hoy conocemos como gin.
El gin se volvió popular en Inglaterra por cuatro razones: la monarquía, los soldados, la religión y el fin de la hambruna en el mundo. Si se piensa bien, son todas buenas razones. Algunos historiadores incluirían «odio a los franceses», de modo que cinco.
Primero, la monarquía. A Guillermo III le gustaba el gin porque era holandés y a todos los holandeses les gusta el gin.
Segundo, los soldados. A los soldados holandeses les gustaba el gin por dos motivos: porque eran holandeses y porque el gin infundía en ellos una forma de coraje peculiar, la cual se conoce hasta nuestros días como «valor holandés».
Tercero: durante este período, los países europeos guerreaban constantemente entre ellos, sobre todo en el marco de la disputa protestantes versus católicos. Inglaterra y Holanda eran protestantes, así que los soldados ingleses y holandeses luchaban codo con codo, bebían juntos y regresaban a casa con resaca y un gusto por el gin. El gin, por tanto, era soldadesco y protestante.
Cuarto, el fin de la hambruna en el mundo. Desde tiempos inmemoriales y probablemente antes, todos los países del mundo han tenido problemas con las malas cosechas. En un año normal, los granjeros producían la cantidad justa para alimentar a todos. No producían más que eso, porque de lo contrario no podrían venderlo. De vez en cuando, sin embargo, había un año de mala cosecha. Cuando esto sucedía, no había suficiente trigo y los granjeros no se disgustaban en lo más mínimo.
El gin llegó a Inglaterra en la década de 1690. Para la década de 1720, la gente comenzó a notar que las calles de Londres estaban repletas de borrachos inconscientes que habían vendido sus ropas por gin (la desnudez pública era otro problema). En 1729 se aprobó la primera Ley del Gin que lo regulaba y gravaba. Se definía como una bebida espirituosa fuerte saborizada con enebro. Las destilerías sortearon con ingenio este detalle al no añadirle enebro a sus bebidas espirituosas. Simplemente vendían alcohol puro y luego, para empeorar las cosas, lo llamaron «brandi parlamentario».
Una ley igualmente efectiva se aprobó en 1733, pero después del caso de la señora Defour las cosas se pusieron un poco más serias. La ley de 1736 requería que los vendedores de gin tuvieran una licencia y esa licencia costaba cincuenta libras al año, lo que era una cantidad de dinero significativa para los estándares de esa época (bastante más de 10.000 libras de hoy en día).

El ron era la moneda de Nueva Gales del Sur, pero era más que eso. Era un instrumento de control social. El ron era una paradoja: el control de la distribución suponía una forma de tiranía, pero su consumo llevaba a la anarquía. Durante los veinte años siguientes, El Cuerpo del Ron controlaría el negocio de esta bebida, y esto los convirtió en personas ricas, pero más importante aún, los hizo omnipotentes. Una sucesión de gobernadores llegaría desde Londres con órdenes de detener el comercio de bebidas espirituosas, pero ninguno de ellos lo lograría, ya que este mercado era la única forma de poder.
El siguiente gobernador en llegar fue John Hunter, en 1795. Traía consigo un papel que ordenaba el fin del comercio del ron.
La colonia necesitaba resolver sus problemas. Necesitaba recuperar la sobriedad. Y necesitaba a alguien que pudiese poner en orden a los problemáticos miembros de El Cuerpo del Ron. Necesitaba a alguien a quien nadie se atreviera a desobedecer, mucho menos amotinarse. Por lo tanto, resulta un tanto sorprendente que en 1806 el gobierno británico nombrase como gobernador al capitán William Bligh.
El 26 de enero de 1808, veinte años después del desembarco de la primera flota, Australia tuvo su único golpe militar. El día todavía se festeja como el día de Australia (por el desembarco, no por el golpe de Estado) y la efeméride se conoce históricamente como la «Rebelión del Ron».
Australia se construyó a base de ron. El ron fue una rebelión y un hospital, el ron era poder y una moneda potable. Hoy asociamos Australia con el vino y la cerveza, pero no son más que intrusas que llegaron más tarde. Amigas cuando las cosas marchaban bien. El primer libro sobre viticultura publicado en Australia salió en 1803, pero había sido traducido del francés y el traductor había olvidado invertir las estaciones, una omisión que tuvo como resultado viñedos podados en enero. La cerveza se hacía en pequeñas cantidades desde por lo menos 1790. Pero no estaba helada, y la cerveza caliente realmente no encaja con las antípodas. Ahora el ron está prácticamente olvidado en el país que él mismo construyó. Está repleto de viñedos.

En 1914, el zar Nicolás II prohibió la venta de alcohol en toda Rusia. En 1918, él y toda su familia fueron ejecutados en un sótano en Ekaterimburgo. Estos dos hechos están relacionados.
Es posible seguir el razonamiento de Nicolás II. Obviamente, la discusión tenía dos partes. Por un lado, estaba comenzando la Primera Guerra Mundial y ya había pasado bastante desde la última vez que los soldados rusos habían ganado una guerra, sobre todo porque no podían dejar de beber. Por el otro, una cuarta parte de los ingresos del Estado venían del impuesto al alcohol y, en general, no es una buena idea cortar de golpe tu principal flujo de ingresos cuando te estás metiendo en una guerra.
A los rusos les gusta beber. También les gusta hacer que los demás beban. Esta es una tendencia que se remonta a épocas antiguas. Ya en 1550, el embajador del Sacro Imperio Romano anotó:
Los moscovitas son verdaderos maestros en persuadir a los demás de beber. Si todo lo demás falla, alguno se levanta y propone un brindis a la salud del gran duque, por el cual los presentes no pueden no vaciar la copa… El hombre que propone el brindis se para en el centro de la habitación, a rostro descubierto, declara lo que desea para el gran duque o algún otro señor —felicidad, victoria, salud— y dice que espera que quede tanta sangre en las venas de sus enemigos como líquido en su copa. Una vez vacía, pone la copa boca abajo sobre su cabeza y le desea buena salud a su señor.
Esta tradición les da a los rusos la inusual habilidad de imponer la borrachera.
Se creó un curioso sistema bajo control estatal. Los funcionarios públicos manejaban los kabaks. No existía la figura del tabernero bonachón, el núcleo central de la comunidad. En este caso, el tabernero era un empleado del gobierno cuya tarea era conseguir todo el dinero que pudiera de un pueblo o una villa. Cualquier ley que necesitara para ayudarlo a aumentar el consumo de vodka entre los civiles era aprobada. Cualquier persona bienintencionada que promoviera la moderación o una noche tranquila era arrestada.
El Estado se volvió dependiente de la recaudación por impuestos al alcohol. Dicho de otro modo, el Estado dependía del alcoholismo de la población. La mayoría de los países han intentado, de alguna forma u otra, limitar el consumo de alcohol de sus habitantes. Se preocupan del crimen, los disturbios, los hogares escleróticos y los riñones estropeados. Pero para el Estado ruso esto siempre pesó menos que la recaudación. Todo ello nos lleva de regreso a Nicolás II en 1914, obligado a elegir entre sobriedad e ingresos, rompiendo así una tradición de cuatrocientos años y acabando con una monarquía que dependía del vodka.
No hay nada casual o accidental en la omnipresencia del vodka. El vodka siempre fue alentado por encima de todos sus competidores más suaves.
Hoy, claro, todo esto ha cambiado y Rusia se encuentra sujeta a una alegre sobriedad y a un gobierno gentil y solidario. El ruso promedio solo consume media botella de vodka al día.

A propósito, muchas de las cositas que se suponen eran particulares de la ley seca americana claramente no lo eran. El jazz, aunque invención americana, tuvo éxito en países como Inglaterra, donde los bares clandestinos no existían. La flapper con su cóctel era tan popular en Londres como en Nueva York. Hay tanto alcohol en una novela de Waugh como en una de Fitzgerald.
De hecho, Alec Waugh, el hermano de Evelyn, asegura haber inventado las fiestas de cócteles. Lo dijo a principios de la década de 1920 en Inglaterra: «No había nada que hacer en las tardes de invierno entre las cinco y media y las siete y media». Así que invitó a treinta personas a tomar el té a las cinco y media y a las cinco cuarenta y cinco trajo los daiquiris. De este modo se inventó la fiesta de cóctel una tarde en Londres.

La borrachera es un cúmulo de contradicciones porque le dice sí a todo. A veces es instigadora de la violencia y a veces de la paz. Nos hace cantar y dormir. Para los griegos suponía una prueba de autocontrol; para los nórdicos era la fuente de la poesía, tanto de la buena como de la mala. Es la alegría de los reyes como también su ruina. Es el consuelo del pobre y la causa de su pobreza. Para los gobiernos es la causa de las revueltas y una fuente de ingresos. Es una prueba de virilidad, aunque también la puede quitar; una forma de seducción o una matrona alegre. La borrachera es una plaga y una asesina, un regalo de los dioses. Es necesaria para el monje y es la sangre del mesías. La borrachera es una manera de experimentar a Dios, como también una diosa en sí misma.

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A very interesting book, full of anecdotes and curiosities, about the world of drinking throughout history. With humor, the author reveals to us how it was drunk in ancient Sumeria, in Egypt, in ancient Greece and Rome, the Vikings, the Middle Ages, as was beer, spirits, saloons of the Far West, curiosities of the Law Dry and a host of very interesting curiosities that I invite you to savor. The author’s erudiction and humor have at times reminded me of the great Bill Bryson. Note: he is enjoyed even more if his reading is accompanied by a good beer, wine or liquor.
Forsyth stresses that this really is just a ‘short history’, and I understand he can’t cover everything, nonetheless I was hoping for something with a little more depth, and references would’ve been nice too. However, this is more of a popular history – chapters are written in a short, punchy style with plenty of amusing and witty lines, skimming the surface of the subject. Don’t take Forsyth’s humour in earnest though. For example, Forsyth jokes that drinking alcohol could’ve been the primary reason why humans became sedentary and civilisations arose. He draws this from genuine discussions in archaeology noting that drinking alcohol may have been seen as a religious experience and that in order to make lots of it would require settling down and permanently cultivating barley – but Forsyth fails to note that this probably was not the primary reason (humans had a good 200,000 years or so to discover alcohol and decide the best way to make more was to settle down after all, so why didn’t they become sedentary sooner?), and that the primary reason was probably more to do about climate change making food sources unreliable and the sudden appeal of settling down somewhere reliable and fertile like near a river – making alcohol was probably just a happy bonus.
In any case, I did like his book. It was funny, and the pacy, fluid writing style meant that it was easy to get through – I finished it in just a couple of hours, and it was a fun read. I did pick up a few miscellaneous facts here and there that I hadn’t known before.

Before we were human, we were drinkers. Alcohol exists naturally and has always been that way. When life began, 4,000-odd million years ago, there were already single-celled microbes happily swimming in the primordial broth, drinking simple sugars and excreting ethanol and carbon dioxide. They were basically pissing beer.
Fortunately, life progressed and we had trees and fruits, and the fruit, if left to rot, ferments naturally. Fermentation produces sugar and alcohol, and fruit flies seek and gobble it up.
Humans are designed to drink. We are really good at it. Better than any other mammal, except perhaps the Malaysian shrew. One final breakthrough that is the most important of all for us: how we drink. We humans drink socially. We offer alcohol to our group. We all get affectionate and tell each other that they are our best friends and that we love them very much and all that bullshit. The most interesting thing about the drunken monkey hypothesis is that it is all evolutionary programming. We enjoy alcohol because it is our reward for having ingested all those calories. We share with our group because, for the apes, it makes sense to feed their families and their herd.

The first glimmer of hope was a lady named Venus de Laussel. Approximately 25,000 years ago, someone carved the figure of a woman with huge breasts and a large belly on stone that seems to be putting a horn in her mouth. Not everyone agrees that this is a drinking horn. Some people think it is a musical instrument and the poor girl was confused as to which end to blow. Other archaeologists think it has something to do with menstruation. Of course, even if it’s a drinking horn, it could hold just water, but that seems unlikely, as drinking water isn’t usually something you would carve out of a stone for all eternity. Unfortunately, we will never know.
It seems that there was beer, and more importantly, it seems that there was beer before there were temples and agriculture. This brings us to the great theory of human history: we didn’t start farming because we wanted food, there was a lot of that out there. We started farming because we wanted alcohol.
This makes a lot more sense than you might think, for five reasons. First, beer is easier to make than bread, as it doesn’t require a hot oven. Second, beer contains B vitamins, which humans need to be healthy and strong. Hunters get their B vitamins by eating other animals. On a diet of bread and no beer, cereal farmers would become anemic wimps and healthy big hunters would kill them. But the fermentation of wheat and barley produces vitamin B.
Third, beer is simply a better food than bread. It’s more nutritious because the yeast has been doing part of the digestion for you. Fourth, the alcohol in beer purifies the water that was used to make it, killing all the nasty microbes.
The fifth and most important argument, however, is that to really change behavior you need a cultural boost. And if beer was worth traveling for (what Göbekli Tepe suggests is that it is), even the most ardent hunter could convince himself to settle down and grow good barley to brew it.

The most famous Sumerian myth of all, The Epic of Gilgamesh, begins with a wild man named Enkidu, who lives among the animals as a Mesopotamian Mowgli until a priestess of Inana appears and attempts to turn him into a human. She does it by having sex with him and then giving him a drink (okay, not the usual order). Enkidu drinks seven jugs of wine and loves it. He then tries to get back with his animal friends, but they no longer want to be his friends. So he goes to Uruk and fights King Gilgamesh and they become friends. He then he dies. There is a moral here, somewhere, but I can’t fathom it.
The important thing is that beer was everywhere. It was what made you human, it was what made you civilized. There was a Sumerian proverb that said: “He is fearful, like a man who does not know beer,” and another, even more revealing, that said: “Not knowing beer is not normal”.

Egyptian women loved to drink. They were very level-headed and modern about gender equality and drinking. There is a painting that portrays a New Year’s party in which the women are seated at a table, separated from the men, but drinking as much wine as they.
The Drunken Festival was an annual (or perhaps biannual) holiday to celebrate the goddess Hathor and the salvation of humanity through the miracle of beer. It coincides with the annual flood of the River Nile, which brings fertility to Egypt and, according to legend, with the return of Hathor from her exile in the south. It took place in the temple of the goddess and was attended by crowds of wealthy Egyptians, including aristocrats and members of the royal family. It must have been a postcard-worthy party.
The festival began at sunset. The many faithful gathered on the east bank of the Nile, because the sun sets on the other, wearing their best clothes: the women wore huge necklaces, made up around their eyes, and wore garlands on their heads. Everyone was smeared and rubbed with a sweet-scented oil, and the flowers were scattered everywhere to make the atmosphere smell good.

The Greeks didn’t drink beer, they drank wine, but they added water in a ratio of two or three parts to every part of wine, which made it almost as strong. This is a funny thing about the Greeks: they had to complicate everything. In addition, this practice allowed them to continue with their favorite hobby, because more than anything else, more than philosophy or pedophilia, drinking or sculpture, what the Greeks liked was to disdain foreigners.
The Persians drank beer, that made them barbarians. The Thracians drank undiluted wine, that made them barbarians. The Greeks were the only ones who were right … that according to the Greeks themselves.
Given his fondness for despising all who dare not be Greek, it is somewhat surprising that his god of wine, Dionysus, was often said to be a foreigner.
The maenads were women who worshiped Dionysus. They did it by going to the mountains, wearing few clothes and getting very drunk. Then they loosed their hair, danced, and butchered animals in a kind of terrifying arcadian feast of females.
No one knows for sure if maenads really existed or if they were just a sexual fantasy of Greek men, like the Amazons. Greek women had a good time in mythology, but in real life they were relegated to staying at home.

The first time wine was made in China was around 2070 BC, by a man named Yi Di, who presented his creation to China’s first emperor, Yu. He drank it and liked it, but since he was a serious emperor, he noticed that something like that could cause terrible disasters and calamities, so he forbade it and sent Yi Di into exile, just in case.
Unfortunately, this version is not entirely true. Early Chinese history is a bunch of pretty myths for which there is very little evidence. Writing did not develop properly until 1200 BC. Before that you have to trust archeology. Strangely enough, the first reliable news that we have of the existence of alcohol was found in Jiahu, China, and dates from approximately 7000 BC.
Drinking, if not forbidden, was restricted to ceremonial occasions: rituals, funerals, and prim banquets. This means that if you wanted to drink comfortably and well, you had to drop in on a very formal occasion and steep as much as you could. A later rival of Confucius, a philosopher named Zhuangzi, noted that “those who drink according to etiquette start out in an orderly way, but invariably end in disorder”.
There were complaints about people going from funeral to funeral trying to drink as much alcohol as possible, presumably shedding a courtesy tear for the deceased. And there’s a poem from around the 9th century BC that talks about how parties, no matter how formal, always end badly.

Anglo-Saxon monks were just as drunken as their Italian cousins. In fact, when the Lindisfarne monastery was sacked in 793, a monk named Alcuin sent a heartfelt letter to the surviving monks in which he said it was their fault, as they had ‘muddied the words of their prayers through the intoxication, ‘which was certainly true, but said with little tact.
Of course, Anglo-Saxon England only existed thanks to alcohol. History tells us that in Kent there was a 5th century warlord named Vortigern. Continually harassed by the Picts, he decided to invite two Saxons named Hengist and Horsa to help him defeat them. Hengist brought his daughter to a banquet, who was apparently not bad at all.
And after [Vortigern] was entertained at the royal banquet, the damsel came out of her room carrying a golden goblet full of wine and, approaching the king, she knelt down and said: “Wacht heil, King Laverd!” . But he, when he held the face of the damsel, was fascinated by her beauty and her heart was alight with joy. He then he asked his interpreter what he had said, and the interpreter replied “She has called him king and wished him good health.” The answer she had to give him was “Drinc heil”. Then Vortigern replied “Drinc heil!” and he offered her a drink.

Certainly the wine, the game of chance, the sacrificial altars and the divinatory arrows are filth from the activity of the Shaitan; Get away from it all and you can be successful.
Most Muslims consider this verse to be the decisive one. Drinking is the work of Satan and is therefore irremediably and unchangeably bad.
After the Qur’an comes the Hadith, a record of proverbs of Muhammad supposedly found about a hundred years later. The Hadith is practically against wine. It even forbids it in medicine and in making vinegar. It is in the Hadith where they give you the classic punishment of eighty lashes for drinking, as well as other prohibitions, so it is implied that people were already looking for loopholes.
But the Hadith has the strange view that wine is both evil and heavenly. He says: “Whoever drinks wine in this life without regret will not drink in the next.”

Odin only drank wine. In fact, he did not consume anything other than wine. He did not eat, nor did he ingest anything to absorb it. Not even a cheese canape. The Poetic Edda is pretty clear on that point.
It may seem strange that a Scandinavian deity was so devoted to wine, as it is not a typical Scandinavian product, but that is the point. Wine was the most expensive drink a wealthy Viking could buy. It came from Germany, or even France, imported from the remnants of the Roman Empire. Wine was a status symbol; therefore, Odin, the most important god of the Viking pantheon, must have had it yes or yes. The king of the gods could not drink beer; he would have been very frowned upon.
During the sumbl there were also bards and musicians singing. Poetry was, in the Viking mindset, the direct result of alcohol. History says that, long ago, there was a war between the gods. When they made peace, and to seal the deal, they decided that everyone would spit into a kettle. Now you might think that this is something strange and unsanitary, but it would be good to remember that in many primitive cultures people chewed barley pulp and then spit it out to start the beer fermentation process.
Everything in Viking life revolved around beer. The people offered it as a sacrifice to Odin. They lived for beer: it inspired poets and warriors killed for it. In one of the heroic sagas, a king decided to resolve the jealousy of his two wives by keeping the one who, upon returning from battle, would give him the best beer.
By the end of the night the mead room was probably already a mess. Only a couple of things were missing. Two of the common consequences of a good binge are vomiting and sex (preferably, not at the same time). For an ancient Egyptian it was about that. But the Vikings never mention either one, despite their drinking horns. Instead, they went to sleep.

The city gates were closed at dusk, and travelers arriving later were forced to spend the night just outside the walls. Enthusiastic teachers would say that English literature began in a pub, as the opening scene of The Canterbury Tales takes place on the Tabard, just south of London Bridge. But the Tabard was not a pub, it was an inn.
The taverns sold wine. Since it had to be imported, it was really expensive. A tavern is more or less the social equivalent of a cocktail bar today, and there is no such thing as a village cocktail bar.
The taverns were for wealthy men who wanted to spend some money, which means that most were in London. It also means that the taverns had a rather degenerate side. In them is where you would find prostitutes and gamblers, because, by definition, if you could buy yourself a wine (or a few), you could also afford other luxurious sins.
In the 1200s there was no such thing as a pub in England. The villages simply had no places to drink. As always, there were the monks, such as those at Beaulieu Abbey, who received a one-gallon ration of ale daily. But they all raised the elbow at work. Usually it was part of the salary. For example, a carter could expect to be given three pints and some food in addition to salary. When a man hired workers to till his land, he had to give them some alcohol. This is how life worked.
People also drank in churches. The medieval village church was not so much a worship place as a community center (with some worship on Sundays). People played soccer in the church yard and sang songs in the hall. Ale was normally offered on holidays, onomastics, weddings, christenings, and funerals. A good funeral could be a lot of fun. When the Bishop of Winchester was buried in 1319, a thousand gallons of ale were given to the poor (over 3,700 liters).

Madame Geneva has absolutely nothing to do with the city of Geneva. She was the British goddess of gin, which makes her far more interesting than anything in Switzerland. Ultimately, her name comes from the old French word geneivre, which means “juniper.” This was translated into Dutch as jenever, which also meant “juniper,” or it could also refer to the clear spirit drink in which juniper was the main flavoring. What we know today as gin.
Gin became popular in England for four reasons: monarchy, soldiers, religion, and the end of world famine. If you think about it, they are all good reasons. Some historians would include “I hate the French,” so five.
First, the monarchy. William III liked gin because he was Dutch and all Dutch people like gin.
Second, the soldiers. Dutch soldiers liked gin for two reasons: because they were Dutch and because gin instilled in them a peculiar form of courage, which is known to this day as “Dutch courage.”
Third: during this period, European countries were constantly at war with each other, especially in the context of the Protestant versus Catholic dispute. England and Holland were Protestant, so English and Dutch soldiers fought side by side, drank together, and came home hungover and a taste for gin. The gin, therefore, was soldiery and Protestant.
Fourth, the end of famine in the world. From time immemorial and probably before, every country in the world has had problems with poor harvests. In a normal year, farmers produced just enough to feed everyone. They did not produce more than that, because otherwise they could not sell it. Every now and then, however, there was a bad harvest year. When this happened, there was not enough wheat and the farmers were not in the least upset.
Gin arrived in England in the 1690s. By the 1720s, people began to notice that the streets of London were packed with unaware drunks who had sold their clothes for gin (public nudity was another problem). In 1729 the first Gin Law was passed, regulating and taxing it. It was defined as a strong spirit drink flavored with juniper. The distilleries cleverly circumvented this detail by not adding juniper to their spirits. They just sold plain alcohol and then, to make matters worse, they called it “parliamentary brandy.”
An equally effective law was passed in 1733, but after Mrs. Defour’s case things got a little more serious. The 1736 law required gin sellers to have a license and that license cost fifty pounds a year, which was a significant amount of money by the standards of that time (well over 10,000 pounds today).

Rum was the currency of New South Wales, but it was more than that. It was an instrument of social control. Rum was a paradox: control of distribution was a form of tyranny, but its consumption led to anarchy. For the next twenty years, The Rum Corps would control the rum business, and this made them wealthy, but more importantly, it made them omnipotent. A succession of governors would arrive from London with orders to stop the trade in spirits, but none of them would succeed, since this market was the only form of power.
The next governor to arrive was John Hunter, in 1795. He brought with him a paper that ordered the end of the rum trade.
The colony needed to solve its problems. He needed to sober up. And he needed someone who could put the troublesome members of The Rum Corps in order. He needed someone whom no one would dare to disobey, much less riot. It is therefore somewhat surprising that in 1806 the British government appointed Captain William Bligh as governor.
On January 26, 1808, twenty years after the landing of the First Fleet, Australia had its only military coup. The day is still celebrated as Australia Day (because of the landing, not the coup) and the anniversary is historically known as the “Rum Rebellion.”
Australia was built on rum. The rum was a rebellion and a hospital, the rum was power and a drinkable currency. Today we associate Australia with wine and beer, but they are nothing more than interlopers who came later. Friends when things were going well. The first book on viticulture published in Australia came out in 1803, but it had been translated from the French and the translator had forgotten to reverse the seasons, an omission that resulted in vineyards pruned in January. Beer has been made in small quantities since at least 1790. But it wasn’t ice cold, and hot beer doesn’t really fit the bill. Now rum is practically forgotten in the country that he built himself. It is full of vineyards.

In 1914, Tsar Nicholas II banned the sale of alcohol throughout Russia. In 1918, he and his entire family were executed in a basement in Yekaterinburg. These two facts are related.
It is possible to follow the reasoning of Nicholas II. Obviously, the discussion had two parts. For one thing, World War I was beginning and it had been quite a while since Russian soldiers had won a war, mostly because they couldn’t stop drinking. On the other hand, a quarter of the state’s revenue came from the alcohol tax and, in general, it is not a good idea to cut off your main income stream suddenly when you are getting into a war.
Russians like to drink. They also like to make others drink. This is a trend that dates back to ancient times. As early as 1550, the ambassador of the Holy Roman Empire noted:
Muscovites are true masters at persuading others to drink. If all else fails, someone gets up and offers a toast to the health of the Grand Duke, for which those present cannot not empty the glass … The man who offers the toast stands in the center of the room, bare-faced , declares what he wishes for the Grand Duke or some other lord — happiness, victory, health — and says that he hopes that there will be as much blood in the veins of his enemies as there is liquid in his cup. Once empty, he turns the glass upside down on his head and wishes his lord good health.
This tradition gives Russians the unusual ability to impose drunkenness.
A curious system was created under state control. Public officials ran the kabaks. The figure of the good-natured innkeeper, the central nucleus of the community, did not exist. In this case, the innkeeper was a government employee whose job it was to get as much money as he could from a town or village. Any laws that he needed to help him increase vodka consumption among civilians was passed. Any well-meaning person who promoted moderation or a quiet night was arrested.
The state became dependent on the collection of alcohol taxes. In other words, the state depended on the alcoholism of the population. Most countries have tried, in one way or another, to limit the alcohol consumption of their inhabitants. They worry about crime, riots, sclerotic homes, and damaged kidneys. But for the Russian state this always weighed less than the collection. All of this brings us back to Nicholas II in 1914, forced to choose between sobriety and income, thus breaking a 400-year tradition and ending a monarchy that depended on vodka.
There is nothing casual or accidental about the pervasiveness of vodka. Vodka was always cheered above all of its milder competitors.
Today, of course, all this has changed and Russia is subject to a cheerful sobriety and a gentle and supportive government. The average Russian only consumes half a bottle of vodka a day.

By the way, many of the little things that were supposed to be particular to American Prohibition clearly weren’t. Jazz, although an American invention, was successful in countries like England, where speakeasies did not exist. The flapper with her cocktail was as popular in London as it was in New York. There is as much alcohol in a Waugh novel as there is in a Fitzgerald novel.
In fact, Alec Waugh, Evelyn’s brother, claims to have invented cocktail parties. He said it in the early 1920s in England: “There was nothing to do on winter afternoons between 5:30 and 7:30”. So he invited thirty people to tea at five thirty and at five forty-five he brought the daiquiris. Thus he invented the cocktail party one afternoon in London.

Drunkenness is an accumulation of contradictions because it says yes to everything. Sometimes she is the instigator of violence and sometimes of peace. She makes us sing and sleep. For the Greeks it was a test of self-control; for the Norse it was the source of poetry, both good and bad. It is the joy of kings as well as their ruin. It is the consolation of the poor and the cause of his poverty. For governments it is the cause of riots and a source of income. It is a test of virility, although it can also remove it; a form of seduction or a cheerful matron. Drunkenness is a plague and a murderer, a gift from the gods. It is necessary for the monk and it is the blood of the messiah. Drunkenness is a way of experiencing God, as well as a goddess herself.

2 pensamientos en “Una Borrachera Cósmica: Una Historia Universal Del Placer De Beber — Mark Forsyth / A Short History of Drunkenness by Mark Forsyth

  1. Muy bueno el artículo. Este año he visto la película Druk que trata el tema del alcohol de una forma muy interesante 🙂 Yo soy fan de la filosofía del mago Juan Tamariz: lo mejor que se puede beber es la bebida divina de oriente, el té, y la bebida divina de occidente, el vino. Saludos!

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