La Actualidad Innombrable — Roberto Calasso / L’Innominabile Attuale by Roberto Calasso

El lenguaje no es un accidente ni un accesorio en la evolución de la humanidad: es el punto de partida y el medio de nuestra evolución. En el momento en que los hombres comenzaron a nombrar los componentes de su entorno, incluidos ellos mismos, nació la psicología humana; nacieron la civilización y la historia. La humanidad tomó conciencia del tiempo como un plano tridimensional (pasado, presente y futuro) y así se dio cuenta del inmenso potencial de la acción y el intelecto humanos … que incluía el inmenso potencial de sus consecuencias.
La religión, la filosofía, en resumen, cualquier gnosis y sistema de pensamiento se hicieron posibles tan pronto como los individuos desarrollaron una conciencia personal y social de sí mismos.
Por eso la historia está llena de aberraciones: por el carácter experimental de nuestras sociedades. Los peores excesos y los mayores logros han ido de la mano en cualquier época registrada que podamos imaginar, sin excepción; La historia humana es tan enrevesada como las memorias de un loco, en las que la realidad es demasiado multifacética y distorsionada para ser realmente descifrada. Ni siquiera sabemos qué es la realidad, en primer lugar; todo lo que podemos captar es su manifestación tangible, un registro ininterrumpido de causas y efectos.
Los años entre 1933 y 1945, dice Calasso, pusieron fin a este proceso. Se produjo una pausa y los relojes de la historia se atascaron.
Retomando el fascinante discurso que inició en “La ruina de Kasch”, este erudito inclasificable (en parte filósofo, en parte historiador, pero también filólogo, crítico literario …) denuncia los peligros inherentes a la forma autorreferencial en que la sociedad moderna se percibe a sí misma; sobre todo, la falta total de dirección y significado, ya que ambos están necesariamente relacionados con una dimensión externa, un sentido del “afuera” que nos permite mirarnos a nosotros mismos desde la distancia. Hoy en día, el único punto de vista de nuestra sociedad es desde adentro: un retraimiento ciego y afásico, en el que los individuos son átomos desechables que forman las moléculas de una masa tumoral.
Los símbolos actuales de la muerte del significado son el terrorista y el turista.
La segunda parte de esta breve pero difícil lectura es una compilación – el género favorito de Calasso – de extractos cronológicos de los doce años del régimen nazi, 1933-45. Céline, Stefan Schweig, Thomas y Klaus Mann, Simone Weil, Himmler y Goebbels, Walter Benjamin se encuentran entre los personajes de esta inquietante narrativa. Desde que Klaus Mann escuchó el triunfo de Hitler en las elecciones de 1933 hasta V. Grossman describiendo la destrucción de Berlín en 1945, Calasso aturde y desorienta al lector con un coro cacofónico de voces, anotaciones en el diario, extractos narrativos, citas, registros oficiales … en los mismos párrafos breves utilizados hace tres décadas en “La ruina de Kasch” – el mayor y más loco desborde filosófico / histórico de la literatura moderna – Calasso desentraña el principio del fin, el momento ‘(…) el mundo hizo un intento serio para destruirse a sí mismo … y casi lo consiguió.
La de Baudelaire es la última voz que escuchamos al final de este extraño viaje; más precisamente, y bastante apropiado, su sueño de una torre que se derrumba (“Reliquat du Spleen de Paris”), una visión sangrienta de la muerte y el terror con la que no podemos evitar sentirnos familiarizados.

El fundamento del terror es la idea de que solo la matanza ofrece garantía de significado. Todo lo demás parece débil, incierto e inadecuado. A ese fundamento se agregan, después, las diversas motivaciones que reivindican el acto. Con ese fundamento se conecta, también, de una manera oscura, que implica una metafísica, el sacrificio cruento. Como si, de época en época y en los lugares más diversos, se impusiese una necesidad insoslayable de matanza, que puede incluso parecer gratuita e irracional. Ominoso carácter especular entre los orígenes y el presente. Un espejo hechizado.
 El terrorismo islámico es sacrificial: en su forma perfecta, la víctima es el terrorista. Aquellos que mueren en el atentado son el fruto benéfico del sacrificio del terrorista. El fruto del sacrificio era, en otros tiempos, invisible. La entera maquinaria ritual era concebida para establecer un contacto y una circulación entre lo visible y lo invisible. Ahora, en cambio, el fruto del sacrificio se ha vuelto visible, cuantificable, fotografiable.
La fuerza que mueve el terrorismo y lo vuelve apremiante no es religiosa, política, económica ni reivindicativa. Es la casualidad. El terrorismo vuelve visible el poder todavía inmaculado que rige el funcionamiento de todo y desvela su fundamento. Al mismo tiempo es una modalidad elocuente con la que se manifiesta a la sociedad la inmensa extensión de aquello que la rodea y la ignora. Hacía falta que la sociedad llegara a sentirse autosuficiente y soberana para que la casualidad se presentase como su principal antagonista y perseguidora.
 El terror secular quiere ante todo salir de la coacción sacrificial. Pasar al puro asesinato. El resultado de las operaciones debe parecer totalmente fortuito y diseminarse por lugares anónimos. En ese punto aparecerá la evidencia de que la casualidad es la responsable última de esos actos.
La figura del asesino-suicida no es, en verdad, una invención reciente. En el seno del islam, nace con Hasan-i Sabbah, el Viejo de la Montaña del que habla Marco Polo, figura legendaria identificada con el estratega islamista que urdió durante años tramas desde la fortaleza de Alamut. Según las fuentes de la época, era intransigente, austero, cruel y poco sociable. «Se dice que permaneció encerrado en su casa, sin interrupción, escribiendo y dirigiendo operaciones, así como se afirma también que durante todos aquellos años salió de su casa solo dos veces, y en ambas ocasiones para subir al tejado»: así lo define Hodgson, el historiador más serio de la secta. Mientras tanto, los emisarios del Viejo de la Montaña, esparcidos por el reino de los selyúcidas, que Hasan-i Sabbah quería derrocar, mataban a personajes poderosos, por lo general con puñales, y a continuación morían también ellos. Eran fedayines, «los que se sacrifican», o bien «asesinos», palabra que significa «consumidores de hachís», como probó definitivamente Paul Pelliot.
Sacrificio y terrorismo confluyen en un punto, el más delicado: la elección de la víctima. En el sacrificio será un ejemplar íntegro, inmaculado, de particular belleza, o bien un ser cualquiera, intercambiable y multiplicable. En el terrorismo puede ser quien detenta el poder, o cualquiera que se encuentra en un determinado momento en un determinado lugar.
Son dos caminos, divergentes y presentes al mismo tiempo: la elección y la condena. Dos reinos: la gracia y la casualidad, poderes irreductibles. De sus modos de superponerse, mezclarse y separarse se derivan innumerables consecuencias, las más sutiles, las más agudas, que irradian sobre todo lo demás, unidas solo por el acto de matar.

La traducción de hacker por «pirata informático» es imprecisa y equívoca, porque ignora el aspecto de operación sobre la forma inherente al término inglés. Hacker es quien corta, pega y -eventualmente- desarma, recompone, fragmenta una forma. Sin esta acción sobre la forma no hay hacking, en tanto que la piratería es un puro acto de agresión y sustracción. La intrusión en el software, la manipulación, el descarrilamiento: son rasgos que recuerdan a Dadá y atraviesan la nube informática como descargas incontrolables. Todo software requiere operaciones de codificación. El mundo se está sometiendo a un procedimiento de codificación universal y unilateral. Toda codificación es una sustitución, pero la codificación puede ser sustituida, incluso por un «código maligno», como se suele decir en la jerga informática. Este es el karman de la digitalización: quien hiere mediante una sustitución puede fácilmente morir a causa de otra sustitución.

En una hoja aislada, sin fecha, que se conserva hoy en la Biblioteca Jacques Doucet, Baudelaire contó el colapso de una inmensa torre, de las que un día iban a llamarse rascacielos. Experimentaba un sentimiento de impotencia porque no conseguía transmitir la noticia a la «gente», a las «naciones». Así, debía contentarse con susurrarla a los «más inteligentes». Pero incluso el susurro iba a tener que esperar más de un siglo para ser impreso. Nadie se dio cuenta. Las «naciones» no tuvieron tiempo de cobrar conciencia de lo que les esperaba. Todo había sucedido en un sueño, uno de esos sueños a los que Baudelaire estaba habituado; esos sueños que dan ganas de no volver a dormir nunca más:
«Síntomas de ruina. Edificios enormes. Numerosos, uno encima del otro, apartamentos, habitaciones, templos, galerías, escaleras, tripas, miradores, fanales, fuentes, estatuas. Hendiduras, grietas. Humedad que proviene de una cisterna situada cerca del cielo. ¿Cómo advertir a la gente, a las naciones…?
En lo alto, una columna cede y sus dos extremos se descalabran. Todavía no ha colapsado. No consigo encontrar la salida. Desciendo, vuelvo a subir. Una torre-laberinto. Vivo para siempre en un edificio que está a punto de colapsar, un edificio corroído por una enfermedad secreta. Calculo, dentro de mí, para entretenerme, si una masa tan prodigiosa de piedras, mármoles, estatuas, paredes que están a punto de chocar entre sí quedarán embadurnadas por la gran cantidad de materia cerebral, de carne humana y de huesos triturados.» Cuando la «noticia» de este sueño alcanzó a las «naciones», todo correspondía, con un añadido: las torres eran dos, y gemelas.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/03/el-ardor-roberto-calasso-lardore-by-roberto-calasso/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/17/la-actualidad-innombrable-roberto-calasso-linnominabile-attuale-by-roberto-calasso/

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Language is neither an accident nor an accessory in the evolution of mankind: it’s the starting point and the means of our evolution. The moment men started to name the components of their environment – including themselves – human psychology was born; civilisation and history were born. Mankind became aware of time as a three-dimensional plane (past, present and future) and thus realised the immense potential of human action and intellect… which included the immense potential of their consequences.
Religion, philosophy, in short any gnosis and system of thought became possible as soon as individuals developed a personal as well as a social consciousness of themselves.
That’s why history is full of aberrations: because of the experimental nature of our societies. The worst excesses and the highest achievements have walked hand in hand in any recorded age we can think of, with no exception; human history is as convoluted as a madman’s memoir, in which reality is just too multifaceted and distorted to be truly deciphered. We don’t even know what reality is, in the first place; all we can grasp is its tangible manifestation, an uninterrupted record of causes and effects.
The years between 1933 and 1945, says Calasso, brought an end to this process. A hiatus occurred and the clocks of history got stuck.
Resuming the fascinating discourse he started in “The Ruin of Kasch”, this unclassifiable erudite (partly philosopher, partly historian, but also philologist, literary critic…) denounces the dangers inherent in the self-referential way modern society perceives itself; most of all, the total lack of any direction and meaning, since both are necessarily related to an external dimension, a sense of the ‘outside’ allowing us to look at ourselves from a distance. Nowadays, the only viewpoint of our society is from within: a blind and aphasic withdrawal, in which individuals are disposable atoms forming the molecules of a tumorous mass.
Today’s symbols of the death of meaning are the Terrorist and the Tourist.
The second part of this short but difficult read is a silloge – Calasso’s favourite genre – of chronological excerpts from the twelve years of Nazi regime,1933-45. Céline, Stefan Schweig, Thomas and Klaus Mann, Simone Weil, Himmler and Goebbels, Walter Benjamin are among the characters of this disquieting narrative. From Klaus Mann hearing of Hitler’s triumph at the 1933 election to V. Grossman describing the destruction of Berlin in 1945, Calasso stuns and disorients the reader with a cacophonic chorus of voices, diary entries, narrative excerpts, quotes, official records… in the same short paragraphs used three decades ago in “The Ruin of Kasch” – the greatest, craziest philosophical / historical silloge of modern literature – Calasso unravels the beginning of the end, the moment ‘ (…) the world made a serious attempt to destroy itself… and almost succeded.’
Baudelaire’s is the last voice we hear at the end of this weird journey; more precisely, and quite fitting, his dream of a collapsing tower (“Reliquat du Spleen de Paris”), a gory vision of death and terror we can’t help feeling familiar with.

The foundation of terror is the idea that only slaughter offers a guarantee of meaning. Everything else seems weak, uncertain and inadequate. To that foundation are added, later, the various motivations that vindicate the act. With that foundation he also connects in a dark way, which implies a metaphysics, the bloody sacrifice. As if, from time to time and in the most diverse places, an inescapable need for slaughter was imposed, which may even seem gratuitous and irrational. Ominous specular character between the origins and the present. A haunted mirror.
Islamic terrorism is sacrificial: in its perfect form, the victim is the terrorist. Those who die in the attack are the beneficial fruit of the terrorist’s sacrifice. The fruit of the sacrifice was, in other times, invisible. The entire ritual machinery was conceived to establish a contact and a circulation between the visible and the invisible. Now, instead, the fruit of the sacrifice has become visible, quantifiable, photographic.
The force that moves terrorism and makes it urgent is not religious, political, economic or demanding. It is by chance. Terrorism makes visible the still immaculate power that governs the functioning of everything and reveals its foundation. At the same time it is an eloquent modality with which the immense extension of what surrounds it and ignores it is manifested to society. It was necessary for society to feel self-sufficient and sovereign for chance to present itself as its main antagonist and persecutor.
Secular terror wants first of all to get out of sacrificial compulsion. Go to pure murder. The result of the operations must appear totally random and spread through anonymous places. At that point the evidence will appear that chance is ultimately responsible for these acts.
The figure of the murderer-suicide is not, in truth, a recent invention. In the bosom of Islam, he was born with Hasan-i Sabbah, the Old Man of the Mountain of whom Marco Polo speaks, a legendary figure identified with the Islamist strategist who for years concocted plots from the fortress of Alamut. According to the sources of the time, he was intransigent, austere, cruel and not very sociable. “It is said that he remained locked in his house, without interruption, writing and directing operations, as well as it is also affirmed that during all those years he left his house only twice, and both times to go up to the roof”: this is how Hodgson defines it , the most serious historian of the sect. Meanwhile, emissaries of the Old Man of the Mountain, scattered throughout the kingdom of the Seljuks, whom Hasan-i Sabbah wanted to overthrow, killed powerful figures, usually with daggers, and then they too. They were fedayeen, “those who sacrifice themselves,” or else “murderers,” a word that means “hashish eaters,” as Paul Pelliot definitely proved.
Sacrifice and terrorism come together at one point, the most delicate: the choice of the victim. In the sacrifice, it will be an upright, immaculate specimen, of particular beauty, or some other, interchangeable and multiplying being. In terrorism, it can be whoever holds power, or anyone who is at a certain time in a certain place.
They are two paths, divergent and present at the same time: the election and the sentence. Two kingdoms: grace and chance, irreducible powers. From their ways of overlapping, mixing and separating, innumerable consequences are derived, the most subtle, the most acute, which radiate over everything else, united only by the act of killing.

The translation of hacker for “hacker” is imprecise and misleading, because it ignores the operation aspect of the form inherent in the English term. Hacker is the one who cuts, pastes and -eventually- disarms, recomposes, fragments a shape. Without this action on the form, there is no hacking, whereas piracy is a pure act of aggression and theft. The intrusion into the software, the manipulation, the derailment: these are traits that are reminiscent of Dada and they pass through the computing cloud like uncontrollable downloads. All software requires coding operations. The world is undergoing a universal and one-sided coding procedure. All coding is a substitution, but coding can be substituted, even by “bad code,” as they say in computer jargon. This is the karman of digitization: whoever hurts through a substitution can easily die from another substitution.

In an isolated, undated sheet, which is preserved today in the Jacques Doucet Library, Baudelaire recounted the collapse of an immense tower, one of which one day would be called skyscrapers. He felt a feeling of helplessness because he could not get the news across to the “people”, to the “nations.” Thus, he should be content to whisper it to the “smartest.” But even the whisper was going to have to wait more than a century to be printed. No one noticed. The “nations” did not have time to become aware of what awaited them. It had all happened in a dream, one of those dreams Baudelaire was used to; those dreams that make you want to never sleep again:
Symptoms of ruin. Huge buildings. Numerous, one on top of the other, apartments, rooms, temples, galleries, staircases, guts, viewpoints, lanterns, fountains, statues. Crevices, cracks. Moisture that comes from a cistern located near the sky. How to warn the people, the nations …?
At the top, a column gives way and its two ends collapse. It has not yet collapsed. I can’t find my way out. I go down, I go back up. A tower-labyrinth. I live forever in a building that is about to collapse, a building corroded by a secret disease. I calculate, inside me, to entertain myself, if such a prodigious mass of stones, marbles, statues, walls that are about to collide with each other will be smeared by the great quantity of cerebral matter, human flesh and crushed bones. ” When the “news” of this dream reached the “nations”, everything corresponded, with an addition: the towers were two, and twins.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/03/el-ardor-roberto-calasso-lardore-by-roberto-calasso/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/17/la-actualidad-innombrable-roberto-calasso-linnominabile-attuale-by-roberto-calasso/

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