Homo Rebellis: Claves De La Ciencia Para La Aventura De La Vida — Lluís Amiguet / Homo Rebellis: Keys From Science To The Adventure Of Life by Lluís Amiguet (spanish book edition)

Es un ensayo divulgativo, que ha vivido la experiencia irrepetible de poder encontrarse y entrevistar bis a bis a un sinfín de sabios o polímatas o autoridades en sus materias, de gente que tiene cosas que contar.
El conocimiento es aquí un mar donde van a parar ríos, afluentes y corrientes incesantes. El autor lo transmite con pasión y alegría, y de una manera inteligible pese a la diversa terminología. Aquí la lucidez no se identifica necesariamente con pesimismo, ni inteligencia con frialdad, ni altura intelectual con lenguaje alambicado. El homo rebellis es también homo sapiens y homo ludens.
Es un libro que me ha dado consuelo y esperanza en tiempos difíciles (en estos más), que me ha hecho gozar con su arte —el arte de la palabra— y que seguramente ha abierto claros en mi cerebro y en mi memoria. Impresionante el capítulo en el que habla de la familia y de la infancia que llevamos con nosotros.

Si es mujer y mira a un hombre, verá a un ser menos evolucionado que usted, porque las mujeres son más neoténicas.
La neotenia es la característica evolutiva que permite a una especie conservar de adulta rasgos de la infancia. Las mujeres mantienen más características de su niñez que los hombres. Y no sólo en su rostro, más aniñado; también están más cercanas a la infancia en su carácter y su relación con el entorno social y el medio natural.
La neotenia es relevante en nuestra evolución porque ha favorecido la creatividad y la inteligencia, y eso hace a los niños más aptos para el aprendizaje. Las mujeres, además, han desarrollado otras especificidades que demuestran que son evolutivamente más avanzadas.
Mientras, los países que ignoran esa tendencia neoténica pierden el tren del progreso. Y los que se desarrollan lo hacen en la medida en que incorporan mujeres a sus centros de decisión.
Y, sin embargo, muchas mujeres todavía desconocen su enorme potencial sensorial. ¿Sabe que las madres son capaces de reconocer a su bebé con los ojos vendados sólo por su llanto y que distinguen el latido del corazón de su hijo entre el de cientos? Se ha comprobado empíricamente y presenciarlo resulta emocionante.
Otro de los atributos que hacen envidiables a las mujeres para los varones es su capacidad perceptiva: el mundo sensorial de las hembras humanas es mucho más rico que el de los varones. Las mujeres perciben mejor los colores y la gama cromática; tienen un oído más agudo y un olfato y paladar más finos.
La mayor capacidad perceptiva de las mujeres también es resultado de la evolución. Ellas se ocuparon de recolectar frutas mientras ellos cazaban, lo que potenció en los varones la velocidad en la carrera.Y, además, hay algo más que los hombres pueden envidiar a las mujeres y es su sensualidad: no sólo porque su goce en el orgasmo es muy superior en potencia, duración y sofisticación sensorial al varonil, sino también porque esa sensualidad es consecuencia de su mayor inteligencia emocional y no sólo extensión de su función reproductiva.
Los hombres, en suma, son seres de una sola mujer; porque en realidad sólo pueden preocuparse de una camada, aunque puedan haber engendrado varias. Y la naturaleza jerarquiza la dedicación de cada uno a sus mujeres y su descendencia para optimizar las posibilidades de éxito sucesorio.

Las genetistas suelen bromear con que el tamaño sí que importa, porque ese gen que los hace fieles influye más cuanto más largo es. De ahí que el peor malentendido entre ellos y ellas sea una mala mezcla entre sexo y comunicación.
A menudo no hacemos lo que queremos ni queremos lo que hacemos. Ya decía Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo. Pero hago lo peor». Es la eterna división entre lo que conviene y lo que apetece: exceso de comida, drogas, determinadas conductas sexuales… Y tal vez suframos de algo más paradójico aún: no deseamos lo que queremos ni queremos lo que deseamos.
El miedo a morir nos enseña a vivir cuando lo dominamos. Está relacionado con otras muchas disfunciones, si se aprende a verlo detrás de ellas. Toda posibilidad de ser mejor presupone contemplar lo peor en toda su intensidad. Ese temor a la muerte se manifiesta, a menudo, con desórdenes sexuales. Eros y Tánatos: pulsión de vida, sexo, procreación, y pulsión de muerte y destrucción. Y su síntesis, en la destrucción creativa. Crear y destruir a menudo son complementarios. Muchos combaten la ansiedad ante la muerte con excitación sexual más allá del placer, porque la sexualidad es el centro de la vida y los hace sentir vivos.
Cada año que sobrevivimos aumentamos en tres meses nuestra esperanza de vida. Tal vez algún lector piense que son meses de supervivencia precaria, no de vida disfrutada en plenitud de facultades. Pero uno de los equívocos más habituales al pensar en la vejez es que no vale la pena vivirla si consiste en admitir condiciones degradantes de existencia. Porque, en realidad, no estamos prolongando la vejez, sino que la estamos postergando. Es decir, no vivimos más años siendo ya ancianos, sino que somos ancianos más tarde, pero la duración de la vejez sigue siendo la misma. Porque los años que una generación vive más que la anterior no se añaden a los de vejez, sino que alargan los de juventud: no hace tanto había ancianos biológicos de cuarenta y cincuenta; hoy tenemos jóvenes de sesenta.
Veamos dos cosas buenas de envejecer. La primera es que perdemos memoria de detalle: de una cara, una fecha…, pero no la memoria de rango, de concepto, de categoría: esa memoria que la tradición consideraba sabiduría. Y la segunda cosa buena es olvidar en sí… ¿Quién quiere recordarlo todo? La felicidad, dice el proverbio, consiste en tener buena salud, mucho dinero y mala memoria. Tener una memoria demasiado buena sería una tragedia: el tormento de Funes el Memorioso que describió Borges.

Aprender es el único antídoto contra la vejez: así que, si quiere mantenerse joven, ya puede ir pensando dónde y cómo tomarlo. Porque creer saber envejece y querer saber rejuvenece. Es una receta que no depende de lo listo o tonto que sea uno; y es que no hay nada más tonto que clasificar a los humanos en listos y tontos, porque cada uno de nosotros es único e inclasificable.
Nuestro error habitual es ignorar nuestra ignorancia. Lo cometemos porque somos incapaces de desentrañar la complejidad del mundo, así que nos contamos un cuento simplificador para poder decidir y reducir la ansiedad que nos crea que sea incomprensible e imprevisible.
Si acertamos, el acierto es nuestro. Si fallamos, de la mala suerte. Nos cuesta admitir errores, porque eso significa renunciar a la seguridad que nos dan esos simplificadores de su complejidad. Con ellos no tenemos que reconocer que no sabemos demasiadas cosas y también nos ahorramos el esfuerzo de suspender el juicio hasta averiguarlas.
Cuanto más se cree uno su propio cuento, más seguro se siente. Y, por tanto, es más fácil equivocarse. Los líderes, además, suelen ver su cuento reforzado por un «efecto halo» retrospectivo: como han llegado a mandar, parece que acertarán.
En política, la inteligencia emocional manda. La democracia no beneficia a los más listos, sino a los más competentes emocionalmente, y Clinton ha sido un fabuloso comunicador y un gran empatizador, pero tenía un problema emocional de autocontrol: no sabía moderar sus impulsos y eso empañó su gestión.
¿Y en la empresa? El coeficiente intelectual y la habilidad técnica son importantes para conseguir un trabajo, pero luego la que decide su futuro es la inteligencia emocional. ¿Y en el crimen? También: muchos criminales son emocionalmente «tontos», incapaces de comprender el dolor ajeno o de distinguir un rastro neutro de uno hostil. Y, por eso, suelen detectarlos y detenerlos. Y lo más apasionante es cómo el hombre y la mujer establecen amistades de un modo diferente. Ellas se relacionan sobre emociones y sentimientos; ellos, sobre cosas y aficiones.
No es que la memoria nos mienta piadosamente. Es adaptación mental. El hombre no razona el mundo, lo racionaliza. Y para detectar la mentira, sólo hay que estar atento a las señales. La sinceridad es la respuesta por defecto de nuestro cerebro. Si no hacemos el esfuerzo de mentir, lo natural es decir la verdad. Y es precisamente ese esfuerzo por lograr mentir el que delata al embustero.
Respecto al político en campaña: ¿hablamos de líderes o de políticos? Porque deberían ser lo mismo. El líder tiene carisma, que es la capacidad de despertar en los demás las emociones que uno mismo experimenta; y el político, además, debe saber encubrir las propias emociones, y ésa es una habilidad clave para la presentación de uno mismo.
¿Qué es inteligencia? Capacidad de adaptarse. Quien no la tiene, desaparece. ¿E inteligencia artificial? Lo mismo. No hay distinción entre una inteligencia y otra, porque ambas nacen y existen para servir a la evolución humana.

La aventura de la vida consiste en sumar experiencias. Cada una de ellas nos hace más singulares. Somos lo vivido. Y al recrearlo en verbo, trazo o melodía, lo convertimos en arte. Lo opuesto a nuestra singularidad es la banalización de la producción en cadena.
La experiencia modifica la sinapsis, la transferencia de información entre neuronas. Cuando usted crea una imagen, deja una huella en el cerebro, un mapa mental; y cada vez que evoca esa imagen la reactiva, pero creando otro mapa nuevo. Es la base fisiológica de la creatividad y del psicoanálisis. Es algo, además, que suscribiría Woody Allen, quien explica este proceso en muchas de sus películas.
El primer vaso de vino es el mejor, porque, al principio, cualquier adicción genera mucho placer y poco displacer; pero, al ir repitiendo la acción en busca de más gratificación, obtenemos menos. Y así la proporción de placer y displacer se va invirtiendo.
Las adicciones, obsesiones y conductas compulsivas obedecen a ese mecanismo. Gozamos la primera dosis y paulatinamente tenemos que aumentarla, ya no para obtener placer, sino sólo para evitar el displacer. Cada vez tomamos más y gozamos menos. Es lo que le sucede al adicto: al principio, aumenta las dosis para obtener más placer; y, después, ya sólo para no sufrir el síndrome de abstinencia. Y así puede llegar a matarse.
La inteligencia es descubrir esa relación sutil y secreta que existe entre todas las cosas a partir de lo registrado por nuestros sentidos en nuestra memoria. Las personas inteligentes son las que nos escuchan explicar una historia interminable y absurda durante media hora y, al final, le hacen la pregunta luminosa que aclara todas sus dudas.
Y es que los genios en realidad no inventan nada ex novo; no sacan algo nuevo de la nada; no sacan nada de la nada. Picasso reorganiza todo el saber pictórico de su tiempo y lo explica de modo innovador; pero ese saber ya estaba allí.

La felicidad, o si prefieren, el bienestar, mucho más objetivable, está íntimamente relacionado con nuestra capacidad de relativizar, que se mide por la distancia que somos capaces de poner entre lo que nos sucede y lo que nos afecta.
No puede controlar lo que le sucede, pero sí que puede decidir lo que le afecta. Aunque es más fácil decirlo que conseguirlo. Lo logra cuando sabe usar la inteligencia de la humildad para poner sus valores por encima de lo contingente.
La resiliencia se da también en los ancianos. Se aprende y desarrolla de por vida. Las experiencias con enfermos de alzhéimer demuestran que quienes recrearon mecanismos de resiliencia durante su vida son mucho más resistentes a los traumas de la enfermedad. Por ejemplo, muchos pacientes de alzhéimer que son incapaces ya de hablar y parecen ausentes reaccionan, en cambio, a la música; porque la música está impresa de forma anterior en los circuitos de la memoria. Cantan en lugar de hablar. Carecen ya de la memoria para hablar, pero pueden bailar y cantar, del mismo modo que los niños de un año o menores responden a la música con baile y palmadas, pero no sabrán hablar hasta los veinte o treinta meses.
Igual que los de la música, los circuitos de la creatividad resiliente y la afectividad permanecen impresos en lo más profundo de nuestra memoria. El 65 por ciento de los niños aprende a fortalecer el lazo afectivo de forma fácil y feliz, porque es su temperamento; pero el temperamento no se hereda, es aprendido desde el último mes de embarazo hasta la vejez.
El remedio para no sufrir todos la hibris de algunos es poner límites a todo poder. Sería un principio sano, pero más fácil de enunciar que de aplicar, precisamente por la propia naturaleza del síndrome, que se retroalimenta. Cuantos más seguidores y más incondicionales tiene quien lo sufre, más refuerzan su delirio y hacen que otros nuevos se añadan para compartirlo. El síndrome hace que los afectados se crean elegidos para vivir momentos excepcionales con su líder. Nadie parece querer perderse un buen momento histórico siguiendo a quien considera salvador de la patria o gran estadista.
Y el poder resulta más irresistible cuanto más modifica nuestros cerebros. La hibris colectiva permite creer que todo es posible y que es nuestra voluntad, unida a la de quien nos manda, la que lo hace posible.
La caída llega cuando la realidad se impone. Y es más dura cuanto más intensa y duradera ha sido la hibris. El poderoso caído suele mendigar atención como sustituto de su poder perdido. El síndrome de abstinencia de poder y atención pública que sigue al de hibris puede acabar, en la locura.

La mayor parte de los dolores de nuestra existencia son culturales. Pregúntese dónde le duele la vida y verá que no es en su cuerpo. Verá que la vida le duele en los espacios donde no es visto; en donde está usted siendo negado; en sus espacios de desamor. La hipoteca duele mucho menos que no contar con el respeto de sus compañeros de trabajo o de sus vecinos y de su familia y amigos.
Verá que, en el fondo, lo que nos mueve a los humanos es esa necesidad ancestral de ser reconocidos que arrastramos desde el origen de la especie, porque es la causa de que hoy existamos; de que nos valoren; de que consideren nuestra aportación al grupo y que nos lo demuestren en su trato con nosotros.
El mejor consejo ante esa adversidad agazapada en nuestra buena suerte de haber nacido con una esperanza de vida centenaria es vivir a fondo el momento. El que esto escribe se levanta todos los días, encantado de ir a trabajar. Me encanta lo que hago. Eso es media vida y una fuente de salud. Y en eso coincido con los mejores científicos. Nadie llegó a nada sin disfrutar llegando.
Los grandes eurekas sólo pasan una o tal vez dos veces en la vida. Lo normal es ir a diario: haciendo pequeños descubrimientos: pasito a pasito. Y el día que no avanzamos un poquito, pues uno no se va contento a casa. Además, hoy investigar ya no es cosa de un genio, sino de una red genial.

Los humanos —al menos algunos— tenemos un instinto suicida como especie, y si no dejamos de ver la naturaleza como nuestra enemiga, duraremos mucho menos que los dinosaurios. De momento, aún nos ganan en duración. Y es urgente que recordemos que los humanos somos naturaleza.
Pero cada agresión contra nuestro entorno es un paso más hacia nuestro suicido como especie. A los dinosaurios los extinguió un meteorito: nosotros estamos trabajando en nuestra extinción. Con nuestros propios medios.

Somos inteligentes por la simetría explica la evolución. Todos los seres vivos tendemos a ella. Usted y yo podríamos distinguir un basurero sólo con verlo, sin que nadie nos diga que lo es, por mero instinto, porque es un caos sin simetría, un nido de enfermedades. No es algo que persigamos, sino algo de lo que huimos. Y ese instinto, que abomina de lo caótico y persigue lo simétrico como bello, nos guía.
La belleza es simétrica y sabemos distinguirla, por ejemplo, en la búsqueda de pareja, porque denota un buen ADN y nos atrae. Es la salud, la tendencia a la perfección. Es la guía de la evolución, un reflejo del universo en el ADN. Y hemos llegado hasta aquí porque la seguimos.
Las demás especies, además, no tienen un cerebro como el nuestro, y lo que lo hace único es la comprensión del tiempo y sus categorías: el pasado y el futuro; por eso necesitamos que sea enorme y le dedicamos la existencia. Nos lleva dieciocho años completar su desarrollo desde que somos engendrados; y el apoyo de una madre y un padre y de toda una sociedad. Ésa es la razón por la que existe la familia y de que dure toda nuestra existencia.
Sobrevivimos porque entendemos y buscamos la simetría que ordena el universo y toda nuestra vida. Incluso la vejez nos dota de otras simetrías.

—————–

It’s an informative essay, which has lived the unrepeatable experience of being able to meet and interview countless scholars or polymaths or authorities in their fields, of people who have things to tell.
Knowledge is here a sea where rivers, tributaries and incessant currents stop. The author transmits it with passion and joy, and in an intelligible way despite the various terminology. Here lucidity is not necessarily identified with pessimism, nor intelligence with coldness, nor intellectual height with elaborate language. Homo rebellis is also homo sapiens and homo ludens.
It is a book that has given me comfort and hope in difficult times (in these more), that has made me enjoy its art —the art of the word— and that has surely opened gaps in my brain and in my memory. The chapter in which he talks about the family and the childhood that we carry with us is impressive.

If you are a woman and you look at a man, you will see a less evolved being than you, because women are more neotenic.
Neoteny is the evolutionary characteristic that allows a species to retain childhood traits as an adult. Women maintain more characteristics of their childhood than men. And not only in his face, more childish; they are also closer to childhood in their character and their relationship with the social environment and the natural environment.
Neoteny is relevant in our evolution because it has favored creativity and intelligence, and that makes children more suitable for learning. In addition, women have developed other specificities that show that they are evolutionarily more advanced.
Meanwhile, countries that ignore this neotenic trend lose the train of progress. And those that develop do so to the extent that they incorporate women into their decision-making centers.
And yet many women are still unaware of its enormous sensory potential. Do you know that mothers are able to recognize their blindfolded baby only by her crying and that they distinguish the heartbeat of their child among the hundreds? It’s been empirically proven and it’s exciting to witness.
Another of the attributes that makes women enviable for men is their perceptual ability: the sensory world of human females is much richer than that of males. Women perceive colors and color gamut better; they have sharper hearing and finer smell and palate.
The greater perceptual capacity of women is also the result of evolution. They took care of collecting fruits while they hunted, which increased the speed of the race in the men, and, furthermore, there is something else that men can envy women and that is their sensuality: not only because of their enjoyment in orgasm It is much superior in power, duration and sensory sophistication to the male, but also because that sensuality is a consequence of his greater emotional intelligence and not only extension of his reproductive function.
Men, in short, are beings of a single woman; because in reality they can only care for one litter, even though they may have sired several. And nature prioritizes the dedication of each one to his wives and his offspring to optimize the chances of succession.

Geneticists often joke that size does matter, because that gene that makes them faithful has more influence the longer it is. Hence the worst misunderstanding between them and them is a bad mix between sex and communication.
We often do not do what we want nor do we want what we do. Ovidio already said: «I see the best and I approve it. But I do my worst. It is the eternal division between what is convenient and what we want: excess food, drugs, certain sexual behaviors … And perhaps we suffer from something even more paradoxical: we do not want what we want nor do we want what we want.
The fear of dying teaches us to live when we master it. It is related to many other dysfunctions, if you learn to see it behind them. Any possibility of being better presupposes contemplating the worst in all its intensity. This fear of death often manifests itself in sexual disorders. Eros and Thanatos: drive for life, sex, procreation, and drive for death and destruction. And its synthesis, in creative destruction. Creating and destroying are often complementary. Many fight death anxiety with sexual arousal beyond pleasure, because sexuality is at the center of life and makes them feel alive.
Each year that we survive we increase our life expectancy by three months. Perhaps some reader thinks that these are months of precarious survival, not of life enjoyed in full capacity. But one of the most common misconceptions when thinking about old age is that it is not worth living if it consists in admitting degrading conditions of existence. Because, in reality, we are not prolonging old age, we are postponing it. That is, we do not live any longer being elderly, but we become elderly later, but the duration of old age remains the same. Because the years that a generation lives longer than the previous one are not added to those of old age, but lengthened those of youth: not so long ago there were biological elderly in their forties and fifties; today we have young people of sixty.
Let’s look at two good things about getting older. The first is that we lose memory of detail: of a face, a date …, but not memory of rank, concept, category: that memory that tradition considered wisdom. And the second good thing is forgetting itself … Who wants to remember everything? Happiness, the proverb says, consists of having good health, a lot of money and a bad memory. To have too good a memory would be a tragedy: the torment of Funes the Memories that Borges described.

Learning is the only antidote to aging: so if you want to stay young, you can start thinking about where and how to take it. Because believing to know grows old and wanting to know rejuvenates. It is a recipe that does not depend on how clever or silly you are; and there is nothing more foolish than classifying humans as clever and foolish, because each one of us is unique and unclassifiable.
Our usual mistake is to ignore our ignorance. We commit it because we are unable to unravel the complexity of the world, so we tell ourselves a simplifying tale in order to decide and reduce the anxiety that we believe is incomprehensible and unpredictable.
If we hit the mark, the hit is ours. If we fail, out of bad luck. We find it difficult to admit mistakes, because that means giving up the security that those simplifiers of its complexity give us. With them we do not have to admit that we do not know too many things and we also save the effort of suspending the trial until we find out.
The more you believe your own story about him, the more secure you feel. And therefore, it is easier to make mistakes. Leaders, moreover, often see their tale reinforced by a retrospective “halo effect”: since they have come to command, it seems they will be right.
In politics, emotional intelligence rules. Democracy does not benefit the smartest, but the most emotionally competent, and Clinton has been a fabulous communicator and a great empathizer, but he had an emotional problem of self-control: he did not know how to moderate his impulses and that tarnished his management.
And in the company? IQ and technical ability are important to getting a job, but then it is emotional intelligence that decides your future. And in crime? Also: many criminals are emotionally “dumb”, unable to understand the pain of others or to distinguish a neutral trace from a hostile one. And, for that reason, they usually detect and stop them. And the most exciting thing is how men and women establish friendships in a different way. They are related on emotions and feelings; them, about things and hobbies.
It is not that memory piously lies to us. It is mental adaptation. Man does not reason the world, he rationalizes it. And to detect the lie, you just have to be attentive to the signs. Sincerity is the default response of our brain. If we do not make the effort to lie, it is natural to tell the truth. And it is precisely this effort to be able to lie that betrays the liar.
Regarding the politician in campaign: are we talking about leaders or politicians? Because they should be the same. The leader has charisma, which is the ability to awaken in others the emotions that oneself experiences; and the politician, in addition, must know how to cover up his own emotions, and that is a key skill for presenting oneself.
What is intelligence? Adaptability. Who does not have it, disappears. And artificial intelligence? The same. There is no distinction between one intelligence and the other, because both are born and exist to serve human evolution.

The adventure of life consists of adding experiences. Each of them makes us more unique. We are the lived. And by recreating it into a verb, line or melody, we turn it into art. The opposite of our uniqueness is the trivialization of chain production.
Experience modifies the synapse, the transfer of information between neurons. When you create an image, you leave an imprint on the brain, a mind map; and every time that image evokes it reactivates it, but creating another new map. It is the physiological basis of creativity and psychoanalysis. It is also something that Woody Allen would subscribe to, who explains this process in many of his films.
The first glass of wine is the best, because, at first, any addiction generates a lot of pleasure and little displeasure; But as we repeat the action in search of more gratification, we get less. And so the proportion of pleasure and displeasure is reversed.
Compulsive addictions, obsessions and behaviors obey this mechanism. We enjoy the first dose and gradually we have to increase it, not to obtain pleasure, but only to avoid displeasure. Every time we drink more and enjoy less. This is what happens to the addict: at first, he increases the doses to get more pleasure; and, later, just so as not to suffer the withdrawal syndrome. And so he can kill himself.
Intelligence is discovering that subtle and secret relationship that exists between all things from what is registered by our senses in our memory. Intelligent people are the ones who listen to us explain an endless and absurd story for half an hour and, at the end, they ask the bright question that clears up all their doubts.
And it is that geniuses do not really invent anything ex novo; they don’t get something new out of nowhere; they don’t get anything out of nothing. Picasso reorganizes all the pictorial knowledge of his time and explains it in an innovative way; but that knowledge was already there.

Happiness, or if you prefer, well-being, which is much more objective, is closely related to our ability to relativize, which is measured by the distance we are able to put between what happens to us and what affects us.
You cannot control what happens to you, but you can decide what affects you. Easier said than done though. He achieves it when he knows how to use the intelligence of humility to put his values above the contingent.
Resilience also occurs in the elderly. It is learned and developed for life. Experiences with Alzheimer’s patients show that those who recreated resilience mechanisms during their lives are much more resistant to the trauma of the disease. For example, many Alzheimer’s patients who are no longer able to speak and appear absent will instead react to music; because music is pre-printed on memory circuits. They sing instead of talking. They no longer have the memory to speak, but they can dance and sing, in the same way that children one year and younger respond to music with dancing and clapping, but they will not be able to speak until they are twenty or thirty months.
Like those of music, the circuits of resilient creativity and affectivity remain imprinted deep in our memory. 65 percent of children learn to strengthen the affective bond easily and happily, because it is their temperament; but temperament is not inherited, it is learned from the last month of pregnancy until old age.
The remedy for not suffering all the hybris of some is to limit all power. It would be a healthy principle, but easier to state than to apply, precisely because of the very nature of the syndrome, which feeds itself. The more followers and more unconditional people who suffer from it, the more they reinforce their delusion and make new ones join to share it. The syndrome makes those affected believe they are chosen to live exceptional moments with their leader. Nobody seems to want to miss a good historical moment by following someone who considers the savior of the country or a great statesman.
And power becomes more irresistible the more it modifies our brains. The collective hybrid allows us to believe that everything is possible and that it is our will, together with that of the person who commands us, that makes it possible.
The fall comes when reality prevails. And it is harder the more intense and durable the hybrid has been. The mighty fallen often beg for attention as a substitute for their lost power. The syndrome of withdrawal from power and public attention that follows that of hibris can end, in madness.

Most of the pains in our existence are cultural. Ask yourself where life hurts and you will see that it is not in your body. You will see that life hurts in spaces where you are not seen; where you are being denied; in their spaces of heartbreak. The mortgage hurts much less than not having the respect of your coworkers or your neighbors and your family and friends.
You will see that, deep down, what moves us humans is that ancestral need to be recognized that we carry from the origin of the species, because it is the cause of our existence today; that they value us; that they consider our contribution to the group and that they show us in their dealings with us.
The best advice in the face of this adversity lurking in our good fortune of being born with a centennial life expectancy is to fully live in the moment. The one who writes this gets up every day, delighted to go to work. I love what I do. That is half life and a source of health. And in that I agree with the best scientists. Nobody got anywhere without enjoying getting there.
Great Eurekas only pass once or maybe twice in their lives. The normal thing is to go daily: making small discoveries: step by step. And the day that we do not advance a little, because one does not go home happy. Furthermore, researching today is no longer a matter of genius, but of a great network.

Humans – at least some of us – have a suicidal instinct as a species, and if we don’t stop seeing nature as our enemy, we will outlast the dinosaurs. At the moment, they still beat us in duration. And it is urgent that we remember that humans are nature.
But each aggression against our environment is one more step towards our suicide as a species. The dinosaurs were extinguished by a meteorite: we are working on our extinction. With our own means.

We are smart because the symmetry explains evolution. All living beings tend to it. You and I could distinguish a garbage can just by looking at it, without anyone telling us that it is, by mere instinct, because it is a chaos without symmetry, a nest of diseases. It is not something we pursue, but something we run from. And that instinct, which abhors the chaotic and pursues the symmetrical as beautiful, guides us.
Beauty is symmetrical and we know how to distinguish it, for example, when looking for a partner, because it denotes good DNA and attracts us. It is health, the tendency to perfection. It is the guide of evolution, a reflection of the universe in DNA. And we have come this far because we follow it.
The other species, furthermore, do not have a brain like ours, and what makes it unique is the understanding of time and its categories: the past and the future; that’s why we need it to be huge and we dedicate our existence to it. It takes us eighteen years to complete its development since we are begotten; and the support of a mother and father and a whole society. That is why the family exists and that it lasts our whole existence.
We survive because we understand and seek the symmetry that orders the universe and all of our life. Even old age endows us with other symmetries.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .