Monasterios: Las Biografías Desconocidas De Los Cenobios De España — Miguel Sobrino González / Monasteries: The Unknown Biographies of the Monks of Spain by Miguel Sobrino González (spanish book edition)

Es un libro divulgativo que te acerca a nuestro increíble y relativamente desconocido patrimonio artístico, a través de los distintos monasterios de nuestro país. En un lenguaje sencillo, es muy ameno. El glosario de términos relacionado con la arquitectura de los monasterios es muy útil, y las láminas y dibujos del autor son excelentes. Muy recomendable para aquellos a quienes les gusta el arte.

Aunque parezca pertenecer a modos de vida muy lejanos a nosotros en la mentalidad y en el tiempo, ningún edificio antiguo incumbe tanto al hombre actual como el monasterio. Quizá eso se debe a que, entre todas las que conforman el patrimonio monumental de Occidente, no hay otra construcción que posea en tal número y profundidad las resonancias —tanto las procedentes del pasado como las dirigidas hacia el futuro— que ostentan los conjuntos monásticos. Los monasterios acrisolan influencias artísticas y culturales de la Antigüedad y, a su vez, abren paso a infinidad de ideas y soluciones posteriores a ellos, que no solo atañen a la arquitectura, sino al aprovechamiento de los recursos naturales y hasta a las formas de vida y a la organización del trabajo y de las actividades humanas.
Como es bien sabido, durante varios siglos los monasterios contribuyeron a mantener y divulgar una parte del saber antiguo, con monjes que copiaban los libros en los scriptoria y enseñaban en las escuelas monásticas; pero también introdujeron el más depurado racionalismo en la arquitectura, mejoraron los sistemas de la explotación agrícola de la Antigüedad, dignificaron el trabajo manual contra la mentalidad aristocrática que lo despreciaba, dieron la pauta para la concepción de los templos catedralicios cuando llegó el auge de las ciudades o sirvieron de inspiración para la organización fabril en las primeras fases de la moderna Revolución industrial.

El primer movimiento monástico hispano del que nos han llegado restos monumentales tuvo lugar en época visigoda, durante los siglos VI y VII. Aunque existen fuentes que hablan de un eremitismo tardorromano, promovido en la cuarta centuria por el mismísimo Prisciliano, y algunas vagas ruinas paleocristianas (el periodo artístico peor representado en nuestro país) lleguen a relacionarse con centros cenobíticos, fue durante el gobierno de los visigodos cuando se reprodujo aquí, con la seguridad que nos dan los testimonios materiales, el fenómeno ocurrido dos o tres siglos antes en la orilla sur del Mediterráneo y en el Oriente Próximo: la huida de las urbes de quienes buscaban en el desierto la soledad y la renuncia y, dado su éxito y masificación, la posterior organización de estos hombres y mujeres en comunidades. La contradicción en la que se ve inmerso quien desea el aislamiento y se ve obligado para ello a someterse a una vida comunitaria está implícita en su propia denominación: monje viene de monos, el que está solo. El monasterio sería, así, el edificio donde se llega a una paradójica colaboración entre solitarios, que pretenden garantizar con la unión de sus fuerzas el particular mantenimiento, frente a los embates externos, de la buscada soledad.
Entre los siglos VI y X, dentro del periodo que conocemos como alta Edad Media, es cuando tuvo mayor auge la llamada arquitectura rupestre; una denominación dudosa, ya que no existe en ella un proceso constructivo, sino que, a la manera de una escultura, el edificio es el resultado de la extracción del material natural, de la manipulación de las formas ofrecidas por la roca madre. En principio, la arquitectura es siempre la consecuencia de un proceso de construcción; que los espacios (e incluso, en algunos casos, las fachadas más o menos cuidadas) existentes en estos ámbitos equivalgan a los de los edificios construidos puede llevar a pensar cuáles son los límites de la verdadera arquitectura.
Interesa fijarse, en todo caso, en cómo las formas excavadas de estas iglesias rupestres imitan a las de la arquitectura construida: al tratarse de ámbitos monolíticos, no habría necesidad alguna de dar forma de arco a los vanos ni de bóveda a las cubriciones. Solo puede entenderse tal adopción de las soluciones técnicas de la construcción por el deseo de aproximarse a esos modelos inalcanzables a causa de su dificultad técnica, o bien porque las formas, una vez asumidas, suelen asentarse dejando atrás, hasta convertirlo en algo secundario, el origen pragmático que las hizo nacer.

La historia reciente de San Pedro de la Nave y de Santa Lucía de Alcuéscar es antagónica: mientras la primera hubo de ser trasladada piedra a piedra, en 1930, para evitar que quedase cubierta por las aguas de un pantano, la segunda fue descubierta hace muy pocos años, convertida en edificio agrícola, en una dehesa cacereña. Su reciente incorporación al elenco de la arquitectura visigoda ha permitido efectuar excavaciones más cuidadosas que las de los pioneros de la arqueología, aunque al final esto no haya servido para evitar las polémicas. Decimos esto porque a cierta facción de la moderna arqueología española, apoyada con endebles argumentos en la sobreestimada disciplina de la «lectura de paramentos» —que consiste en ofrecer una verdad definitiva de la historia de los edificios a través del examen de cada una de las piedras y ladrillos que lo conforman—, se le ha antojado últimamente retrasar dos o tres siglos la edad de estos edificios, a lo que la mayoría de los historiadores del arte vienen respondiendo con una fundada incredulidad.
En cuanto a Melque, tan importante es la presencia imponente del templo como los restos abundantes del enclave monástico del que formaba parte. A la rotundidad con que aparece ante nuestros ojos Santa María de Melque contribuye el granito, aparejado en sillares irregulares, con que está construido, pero es una impresión en buena parte engañosa: desde el exterior se advierten ya ecos de la aún reciente romanidad (chaflanes curvos que recuerdan a columnas, frontones dibujados en los hastiales), y el interior tuvo también que tenerlos, aunque su aspecto en la actualidad nada tiene que ver con el que pudo ser en el tiempo de su creación.
Santa María de Melque no es el único conjunto monástico de época visigoda que podemos reconocer en su práctica integridad: en otro lugar alejado de los caminos transitados, no muy lejos de Úbeda, existe un cenobio visigodo completo, el de Valdecanales. Atendiendo a su descripción, se trata de un monumento único: una fachada monumental con arcos ciegos, algunos de ellos decorados con veneras, una iglesia de tres naves, varias estancias dedicadas presumiblemente a dormitorio y refectorio de los monjes… El insólito olvido al que ha sido sometido este cenobio por parte de la historiografía y de la comunidad de aficionados al arte empieza a comprenderse cuando se añade un dato: no se trata, como Melque o Nave, de un edificio erigido con sillares, sino excavado en la roca.

En el mundo mozárabe, en cambio, ocurrido a lo largo del siglo X, son numerosas las construcciones pertenecientes a monasterios, aunque de nuevo debe decirse que casi nunca han quedado más restos de estos cenobios que la propia iglesia, convertida en parroquia o en ermita (algo compartido, por cierto, con las de arte asturiano). Pero eso no permite tampoco establecer un tipo de iglesia monástica de ese tiempo, pues entre ellas hay una variedad enorme de formas y soluciones, desde las de planta basilical de tres naves (San Miguel de la Escalada, San Cebrián de Mazote) hasta las de una nave muy compartimentada en planta y en altura (Santiago de Peñalba), dentro todo ello de una arquitectura que gustaba de investigar formas y dar con soluciones para las que a veces apenas existen precedentes.
Hacia la mitad del siglo X, mientras estaban en construcción algunas de las iglesias mozárabes que hemos nombrado, los condados catalanes se encaminaban hacia una época de auge, cuando se sumaba el distanciamiento respecto al sur francés (por entonces, la Cataluña cristiana dependía de la diócesis de Narbona), la creación de diócesis propias y la relación directa con Roma, con las sucesivas razias musulmanas que, paradójicamente, espoleaban los ánimos de reconstrucción. En estas fechas estaba teniendo lugar, además, una revolución tecnológica que habría de tener una influencia decisiva en la construcción y en la escultura: como hemos defendido en otro lugar, la recuperación de las artes para la transformación del metal, ocurrida justo por esos años en las llamadas fraguas mozárabes o catalanas, permitió a los operarios hacerse con nuevas y mejores herramientas; con ellas era posible de nuevo, tras varios siglos de decadencia, labrar aparejos de sillares regulares o dotar a los edificios de ornamentación y capiteles con mayor relieve y riqueza.
Desde mediados de la décima centuria hasta comienzos de la siguiente tuvo lugar, pues, una verdadera revolución arquitectónica, en la que los monasterios jugaron un papel primordial. Hay cuatro cenobios catalanes, llegados en distinto grado de conservación a nuestros días y situados a ambos lados de los Pirineos, que ejemplifican ese nuevo empuje: San Martín de Canigó y San Miguel de Cuixá al norte, y Sant Pere de Rodes y Santa María de Ripoll al sur.
Promovido por la nobleza ampurdanesa, que precisaba un centro religioso importante en su comarca para equilibrar el poder centralizador de la diócesis de Gerona, Sant Pere de Rodes surgió (como en tantos casos) en un lugar romanizado y donde antes había habido un asentamiento eremítico; tampoco era asunto menor su gran importancia estratégica, que provocó el aspecto fortificado que llegaron a tener algunas partes del monasterio. Los medios para asegurar su autonomía fueron también los usuales: concesión de amplios territorios y derechos de explotación (en un lugar situado entre la montaña y el mar) sobre la caza y la pesca; más tarde se añadirían privilegios religiosos que asegurasen la benéfica y rentable afluencia de fieles y de peregrinos, entre los que estaba el poder de otorgar indulgencias similares a las que se obtenían en San Pedro de Roma.
Sant Pere de Rodes constituye, en resumen, el primer paso firme dado en nuestro país por la arquitectura cristiana hacia los nuevos caminos que surgirán a partir de entonces, con el cambio de milenio, y representa también un caso muy antiguo de la avanzadilla artística que suponía el mundo monástico. Antes de que entrase en una prolongada fase de decadencia, provocada en parte por el ensanchamiento hacia el sur de los territorios cristianos, Rodes supo llevar a cabo (igual que Ripoll) una última empresa ambiciosa, anteponiendo a su iglesia una espléndida portada de mármol, encargada al maestro de Cabestany ya en el siglo XII. Esta portada, hoy desgraciadamente desaparecida, entraba de lleno en el periodo románico y tenía algo de último gesto heroico antes de pasar el testigo: por entonces, las mayores iniciativas artísticas comenzaban a dar la espalda a los latifundios monásticos y se dirigían hacia las ciudades, con las nuevas oportunidades ofrecidas por el comercio y con el potente acicate que suponían para la creación artística las empresas catedralicias.

La plena Edad Media vería reedificar el monasterio de Montes, erigiéndose en ese tiempo, entre los siglos XII y XIII, la iglesia románica que aún hoy existe. Hay que imaginar que dicha iglesia estaría acompañada de un claustro y de otras dependencias también románicas, pero todo ello fue renovado a mediados del siglo XVIII. Sorprende pensar en una fecha tan tardía para la ambición con que se llevaron a cabo las obras de renovación del monasterio, con la reconstrucción total de todo lo que no fuese el templo y la adición a este último de una fachada monumental. Porque, por entonces, quedaban muy pocos años para que llegase la exclaustración decimonónica, tras la cual la iglesia de San Pedro quedó convertida en parroquia y de todo el vasto monasterio solo se mantuvo en pie un pequeño tramo, convertido en casa rectoral.
Desde entonces, el valle del Silencio, con sus antiguas iglesias monásticas convertidas en parroquias de las humildes aldeas surgidas en derredor, recuperó en cierto modo la soledad que atrajo en su día a los anacoretas. Una soledad aumentada esta vez a causa de la despoblación rural, que redujo de forma drástica el número de habitantes, y provocada no la distancia (Peñalba está a poco más de veinte kilómetros de la populosa Ponferrada), sino por su situación escarpada, que durante muchos años hizo el papel de una verdadera muralla contra la modernización de una bellísima comarca, el Bierzo, afectada en tantos otros puntos por distintas clases de ruina montium, las que conllevan la explotación pizarrera y la extracción del carbón.
Como el fuego que abona la tierra después de arrasarla, y la segunda deparó impremeditadamente uno de los parajes más impresionantes que quepa imaginar: las montañas asoladas por la ruina montium se convirtieron con el tiempo en la maravilla, universalmente conocida, de las Médulas, mientras el agua sobrante de la decantación en busca del oro se acumuló en un valle cercano, dando lugar al hermoso lago de Carucedo. Hasta la abundancia de castaños, hoy milenarios, fue propiciada por los romanos, que encontraban en sus frutos parte del sustento para la ingente mano de obra necesaria para labrar canales y socavar montañas.

Liébana reproduce de forma natural las condiciones de una plaza fuerte, con su forma circular de casi treinta kilómetros de diámetro cercada por murallas de piedra inculta. En esa cerca se abre solo una puerta estrecha y precedida por el largo desfiladero de la Hermida, practicado durante millones de años por las aguas del río. Una comparación entre las obras del hombre y las de la naturaleza, entre los muros construidos y las defensas que llega a ofrecer graciosamente la naturaleza, que sin duda no escaparía a los que, a raíz de la conquista islámica, encontraron en esta comarca una alternativa a la vulnerabilidad que presentaban ante las mutuas incursiones y refriegas las tierras llanas de la meseta.
En la Liébana se aplicó una política repobladora que tenía en la fundación de monasterios su pieza clave. A la sombra de esos cenobios fueron roturándose las tierras, organizándose las explotaciones ganaderas y consolidándose los caminos, y junto a ellos fueron surgiendo las aldeas que aún hoy perviven, aunque la mayor parte de los centros monásticos que las originaron hayan desaparecido. Con el tiempo, la Liébana derivó hacia una estructura condal, con la villa de Potes como capital del valle, y posteriormente se creó una merindad para su gobierno; de los viejos tiempos de la repoblación quedaron muchos topónimos y un par de monasterios que, aunque reconstruidos en fechas posteriores, han mantenido hasta hoy la fama por contener méritos artísticos y resonancias históricas, y que son los que visitaremos en este capítulo: Santa María de Piasca y Santo Toribio de Liébana.
En Liébana hay documentados al menos ocho monasterios dúplices. Uno de ellos es el de Santa María de Piasca, que quizá pudo tener su origen en el siglo VIII, pero del que existe constancia desde el X. A mediados de este último siglo profesaron en Piasca dos mujeres con sus hijos, y hasta el siglo XI fue casi siempre gobernado por una abadesa, que imponía su autoridad sobre toda la comunidad. A partir de ese momento el gobierno pasó a manos de los hombres, coincidiendo con la conversión del antiguo monasterio en priorato vinculado a la gran casa benedictina de Sahagún. A pesar de todos los intentos de modificar su antigua organización, parece ser que Piasca siguió siendo dúplice hasta muy tarde, nada menos que hasta el siglo XVI, lo que quizá pueda explicarse por el lugar apartado donde se ubica.
De finales de esa centuria es la iglesia que ha llegado a nuestros días, conocida por ser un ejemplar notable del románico de Cantabria; sus portadas han sido consideradas las mejores de su estilo en la provincia, y están labradas en una fina piedra caliza traída quizá de lejos.

El entorno de San Pedro de Arlanza no alcanza la categoría sublime (en el sentido en que el término fue empleado por los artistas del Romanticismo) de otros paisajes de la provincia de Burgos. No hay allí cañones vertiginosos como los del Ebro y el Rudrón, no hay roquedales dramáticos como en Pancorbo, no hay pueblos con cuevas y cascadas que se precipitan entre los edificios como en Orbaneja, no hay un río que horade un túnel bajo el núcleo habitado como en Puentedey; los cañones y riberas del Arlanza son más serenos, sin alardes, pero guardan en sí un tesoro grandioso. Es el tesoro de la historia, el que nos regala saber que estamos recorriendo y pisando lugares en los que ocurrieron hechos fundamentales de nuestro pasado, conservados en un ambiente de autenticidad gracias a que la decadencia ha vertido sobre ellos un barniz melancólico y protector. Aquí se comenzaba a fijar hace un milenio la lengua que hoy seguimos hablando, inverosímilmente extendida por buena parte del planeta, y aquí se conformaba entonces el germen del territorio que, para bien y para mal, determinó la historia posterior de España.
Un milenio, nada menos. Mil años es un segmento temporal que debería despertar un respeto inmediato. Cuando quedan testimonios de la actividad humana de esa antigüedad, quizá habría que reconocerlos merecedores sin más discusión de una conservación permanente, después de tamaña demostración de solidez y de amistad con la pervivencia. Y, sin embargo, todo estuvo a punto de perderse.
En el norte de Castilla —igual que en las actuales provincias más septentrionales de nuestro país, desde Asturias hasta Navarra— existen multitud de casas-torre, unos edificios civiles que servían como residencia de la autoridad local (un noble o sus delegados) y, sobre todo, como símbolo de poder y de dominio sobre el territorio. Es muy raro que queden torres de ese tipo anteriores al siglo XIII, y la mayor parte de ellas deben ser fechadas entre la decimocuarta y la decimosexta centuria. Son esas construcciones, y no las fortalezas extensas que cabría suponer, las que dieron nombre a Castilla, un nombre que suena por vez primera hacia el año 800, en la zona del valle de Mena. Desde allí se extendería hasta comprender la capital burgalesa y parte de la cuenca del Duero, según avanzaba hacia el sur la reconquista cristiana.
La casa-torre más antigua es la llamada de doña Sancha, en el centro de la villa de Covarrubias. Data del siglo X, aunque fuese recrecida cuatrocientos años más tarde.
Los restos de San Pedro de Arlanza componen una imagen bellísima, que resultará muy evocadora para los espíritus románticos; pero conviene recordar que las ruinas, aunque resulten bonitas, son casi siempre la consecuencia de desgracias y de hechos no precisamente ejemplares. José Luis Senra ha descrito con claridad cómo fue el proceso destructivo que prosiguió a la consabida Desamortización de 1835: comenzó con el expolio y el pillaje, con los ladrones ayudados por lo solitario y apartado del lugar donde se asienta. Para que no sucumbiesen a este latrocinio, y coincidiendo con la venta por subasta del cenobio, en 1846 tuvo lugar el ya mentado traslado de las tumbas de Fernán González y de doña Sancha, y a finales de ese mismo siglo se arrancaron con ánimo conservador más elementos: un sepulcro románico atribuido apócrifamente a Mudarra (el hermanastro vengador de los infantes de Lara), que fue a parar al claustro de la catedral de Burgos, y la portada de la iglesia, que acabó en el Museo Arqueológico Nacional.
Silos es uno de los nombres míticos del arte y la cultura medievales, y su claustro uno de los puntales de todo el arte románico, solo equiparable en fama, dentro del territorio español, con la catedral de Santiago. En ese prestigio influye, y no en poca medida, la calidad de la escultura que acompaña a la arquitectura: el pórtico de la Gloria y los relieves y capiteles silenses son, sin duda, las obras más sobresalientes de la escultura románica hispana, y también dos de las mejores aportaciones de nuestro país a la cultura medieval.
Curiosamente, ambos edificios, el monasterio de Santo Domingo de Silos y la catedral compostelana, fueron grandes centros de peregrinación, lo que lleva a cierta reflexión. El románico fue un modo de construir y de crear con vocación universal, devolviendo a la arquitectura europea la unidad que había perdido al hundirse el imperio romano; es un sistema, pues, favorecido por la confluencia de personas y de ideas de procedencia diversa, un fructífero contacto que los viajes siempre facilitan. Y eso, precisamente, fue lo que dio fuerza a las peregrinaciones: no ya el poder concitador del santuario al que se viajaba, que se da por descontado, sino la estela de seres y de saberes que esos viajes masivos provocaban.
La edad dorada de Santo Domingo de Silos no se redujo solo a la espléndida renovación de su arquitectura: el monasterio se convirtió durante el siglo XII, y hasta finales de la centuria siguiente, en un centro artístico y cultural de primer orden. Fue célebre entonces su escuela monástica; en su scriptorium trabajaron los mejores copistas e iluminadores, que facilitaron la implantación del nuevo rito romano y nutrieron su nombrada biblioteca; tuvo un boyante taller propio de piezas de orfebrería en el que se realizaban riquísimos objetos litúrgicos… y eso sin contar aún a los escultores y pintores que reunió. La atención a los peregrinos se extendía hasta acoger también a menesterosos y enfermos, para quienes se construyeron, fuera del recinto monástico y aun del núcleo urbano que creció junto a él, un hospital y una leprosería. Durante el siglo XIII todavía mantuvo un papel destacado: en sus inicios se erigió, como se ha dicho, el claustro alto, y se labró el cenotafio de Santo Domingo que aún se conserva; y no dejó de recibir visitas de reyes que, como Alfonso X, le tenían especial afición.
El tímpano, igual que la subsistente puerta de las Vírgenes o lo que sabemos a través de descripciones y documentos, suscriben la idea de que la antigua iglesia monástica de Silos debió de ser uno de los monumentos más notables de la Edad Media hispánica, en el que podían verse a través de la heterogénea suma de espacios, varias veces ampliados y reformados, una plasmación de la historia del monaquismo en su fase de consolidación y desarrollo. Otras iglesias monacales (San Millán de la Cogolla, Santa María de Wamba, Santa María de Marquet…) describen el mismo fenómeno de una iglesia mozárabe a la que se le añadieron nuevas naves en el periodo románico, pero sin la riqueza ni el tamaño con que esta operación debía plasmarse en Silos. Los desniveles que existían en el interior del templo, que contribuían a definir distintos usos, le darían un aspecto movido y pintoresco, equivalente al que todavía puede apreciarse, por ejemplo, en la catedral de Roda de Isábena. Por eso no deja de ser curioso que en la citada consagración, la del 1088, uno de los asistentes fuese el obispo de esa pequeña sede episcopal pirenaica.
En conclusión, lo que significa la excepcional duplicación del claustro silense no debe ser otra cosa que la consecución de un proyecto palatino, superpuesto a la normal disposición baja de las dependencias monásticas. Sin estorbar al trabajo de los monjes ni a sus obligaciones litúrgicas, los reyes que, se sabe, visitaban con frecuencia Silos disponían en el piso superior del monasterio de un palacio, un agradable paseadero (las galerías del claustro superior) y una tribuna regia para asistir con seguridad y comodidad a los oficios religiosos. No iremos desencaminados, por lo tanto (sin olvidar que en la Edad Media nada servía para una sola cosa), si decimos que lo que hay en Silos es un claustro palatino superpuesto a otro monacal.

Los cartujos tienen a gala ser los únicos monjes que nunca se han degradado y que, por ello, no han necesitado reforma alguna. De la cartuja se dice: Nunquam reformata, quia nunquam deformata. Su afán de amoldarse a los preceptos cristianos se transparenta ya en su propia estructura comunitaria, idealmente compuesta por doce monjes a los que hay que añadir un abad-prior, repitiendo en su número el grupo de discípulos que acompañaban a Cristo —un esquema utópico frecuente, seguido por ejemplo por Santa Teresa en su reforma de la orden carmelitana, pero casi siempre superado luego por la necesidad—. San Bruno nunca escribió una regla, y ni siquiera está claro que pretendiese fundar una orden como tal; fue su ejemplo lo que llevó después a la constitución de una nueva rama monástica nominada por el primer y heroico asentamiento alpino, basada en las Consuetudines (costumbres) redactadas en 1127 por uno de los primeros priores cartujanos, llamado Guigo. La relación entre los primeros cartujos y los primeros cistercienses fue constante, apoyándose unos a otros en su misión de renovar el viciado mundo monacal de entonces: algunas de las recomendaciones cartujas parecen verdaderas provocaciones dirigidas contra los monjes de Cluny haciendo gala de una austeridad que no se paraba en la concepción de los edificios y que llevaba a prescindir de imágenes que distrajesen a los monjes, de ornamentos y de otros objetos preciosos que no fuesen mucho más allá de un simple cáliz de plata para la celebración. Desde finales de la Edad Media la arquitectura y el exorno de las cartujas fue mejorándose, llegando a las excelencias que contemplamos en Burgos (véase «Arlanzón abajo»), Jerez de la Frontera, El Paular, Parma o Dijon. Sus iglesias se enriquecieron con soberbios altares y ornatos; la soñada autosuficiencia dejó paso al patrocinio de quienes reclamaban a cambio situar sus sepulcros en el interior del templo, y se aceptó la propiedad de explotaciones y rentas territoriales; los lugares apartados empezaron a combinarse con otros situados en las cercanías de las aglomeraciones urbanas…
Lo peculiar de la cartuja es que, además de ese monasterio tipo, cuenta con un segundo claustro más grande dedicado a facilitar la vida aislada de cada uno de los monjes, que habitan casas independientes donde disponen de todo lo necesario: sala, alcoba, biblioteca, cocina, huerto, letrina y hasta un pequeño taller donde llevar a cabo trabajos no productivos. Con el fin de mantener la incomunicación, la comida diaria se pasa a cada cartujo a través de una ventanita-alacena en forma de escuadra (para impedir las vistas), abierta hacia las galerías claustrales. El jardín de ese enorme claustro está, por su parte, destinado a acoger los cadáveres de los monjes, que son allí enterrados sin inscripciones que los identifiquen. Cada uno de los cartujos vive así en una pionera «unidad de habitación», como diría Le Corbusier, con vistas al lugar donde encontrarán al fin sepultura; las galerías de ese claustro grande —cuyo tamaño está motivado por la necesidad de abarcar el acceso a todas las casas— sirven, cuando son recorridas por los monjes para encaminarse al templo o para acudir, una vez por semana, a las reuniones y refacciones en común, como un permanente memento mori, anuncio del destino que aguarda a los cuerpos tras una vida solitaria y silente.
Las casas cartujas no eran incómodas ni se concibieron como lugares de castigo: al contrario, estaban dispuestas de forma que resultasen amplias y gratas. El cartujo persigue el silencio y la soledad, no la mortificación por sí misma. La reunión semanal en las estancias comunes y el paseo tienen también la misión de hacer más llevadera la vida del monje, ritmada por esa suave interrupción semanal del diario ensimismamiento. Fue ese claustro propiamente cartujano el que acabó definiendo el aspecto de los monasterios, tendentes a una regularidad que se pone de manifiesto sobre todo en los edificios fundados durante la Edad Moderna, como la cartuja zaragozana de Aula Dei.
La presencia exterior de las cartujas debería ser parca y modesta; y, sin embargo, posee a veces una espectacularidad que, aparentemente, contradice su misión de procurar el aislamiento de sus inquilinos. Se trata de una nueva concesión de estos monasterios a los deseos de sus benefactores, que no consentirían haber puesto sus dineros en una fundación de aspecto insignificante; se comprueba esto al contemplar, por ejemplo, los escudos del fundador en la portada monumental de la cartuja jerezana. Algunas fachadas cartujanas destacan por su grandeza severa, como la de Granada, favorecida por su posición en lo alto de una lonja con escalinatas: en su conjunto, esta entrada recuerda a los santuarios escalonados de época republicana, como el de Palestrina o, en la antigua Bética, el de Mulva Munigua. El conjunto está embellecido por los artísticos empedrados bicolores de canto rodado, típicamente granadinos, o por el bellísimo mármol gris de la portada, procedente de las canteras de la sierra Elvira, que viene a ser la pietra serena (la piedra parda característica de Florencia) de la Granada renacentista y barroca. No hay en España ninguna iglesia cisterciense, excepto Las Huelgas de Burgos, que haya llegado hasta nosotros con los coros y altares de origen medieval, y por eso nos falta el elemento de comparación que evidencie la desnudez actual de esos templos. Que en la actualidad nos gusten esos muros desnudos y esas naves despejadas no significa que ese fuera su aspecto verdadero: al contrario, es el resultado del expolio y la destrucción. Por eso es tan ilustrativo acudir, cuando es posible, a las iglesias cartujanas de Jerez, Granada, Portaceli o Aula Dei y compararlas con la nave vacía de la cartuja sevillana de Santa María de las Cuevas, poseída por una desolación solo mitigada por las exposiciones temporales que la utilizan como contenedor de arte contemporáneo. En Sevilla, únicamente la reja que controlaba el acceso de los seglares mantiene algo de lo que fue la configuración original de la nave, mientras en el presbiterio un solitario reloj, antes rodeado de lujosos sepulcros, esculturas y retablos, parece destinado a simbolizar con sus agujas detenidas la voluntaria rutina que regía la vida de sus antiguos habitantes y hoy, convertido en el último testimonio del antiguo exorno de la iglesia, de todo aquello que va borrando y trastocando el paso del tiempo.

El Camino de Santiago encarna, en su tramo español, uno de los mayores y menos publicitados desastres sufridos por el patrimonio de nuestro país en los últimos años. Sobre el papel, no existe un elemento cultural más intocable: protegido por sí mismo, jalonado por monumentos declarados y por poblaciones que poseen consideración de conjuntos históricos, tempranamente reconocido como patrimonio de la humanidad… Al coro interesado de los apologetas se suman los textos, nunca imparciales, de los folletos turísticos, que no dejan de cantar cada temporada (sobre todo en los años santos, cuando la festividad del apóstol cae en domingo) las maravillas del rebautizado como Primer Itinerario Cultural Europeo.
Ante la invasión del territorio jacobeo por la violencia de las obras públicas, solo nos quedan los núcleos urbanos (o, mejor dicho, sus centros históricos) y los monumentos como hitos capaces de recordarnos una coherencia que hoy cuesta esfuerzo recomponer. Dentro de esos edificios singulares, los monasterios jugaron un papel primordial, llegando a formar una de las constelaciones más luminiscentes y pobladas de cuantas conformaron la «vía láctea» arquitectónica que desembocaba en la prodigiosa ciudad de Santiago.
La llegada a San Juan de la Peña se hace tras haber pasado por la fascinante iglesia de Iguacel y por Jaca, la primera ciudad catedralicia del Camino por su recorrido aragonés. No está de más recordar aquí que, antes del establecimiento de la diócesis jacetana, el principal centro religioso de Jaca era un monasterio dedicado a San Pedro, que incluso prestó su nombre a la advocación de la catedral que se erigiría a partir de finales del siglo XI junto a él. Después de Jaca, y antes de llegar a nuestro destino, hay que rozar todavía los muros de otro edificio monástico, la iglesia de Santa María en Santa Cruz de la Serós, con su intachable traza románica y su famoso falso cimborrio, que encierra en su interior una cámara alta de función desconocida.
Desde Santa Cruz comienza el ascenso hacia el monasterio de San Juan de la Peña. De nuevo hay que hacer un esfuerzo para borrar de nuestra mente la estrecha y zigzagueante carretera y pensar en cómo sería el acceso entre los siglos X y XII, cuando el cenobio se encontraba en su mejor época.
Pese al aspecto inconfundible que le presta a la iglesia alta su bóveda natural, el elemento románico más famoso de San Juan de la Peña es sin duda el claustro. Conserva enteras solo dos de sus cuatro galerías, y muy restauradas. Al parecer, nunca tuvo techumbre, ya que el vuelo de la roca que se extiende sobre él bastó como protección: las galerías se limitaban, así, a contar historias a través de sus capiteles y a delimitar el espacio procesional, algo que volveremos a encontrar en el claustro soriano de San Juan de Duero (véase «Milicia contra malicia»). De lo románico queda por ver también el panteón de nobles, con su colección de nichos ornados con relieves.
La historia constructiva de San Juan de la Peña no se detuvo en el periodo románico: en el siglo XV se compuso la preciosa capilla de San Victorián, que por puro capricho tiene su espacio cuadrado cubierto por una bóveda triangular.

Entre San Juan de la Peña y nuestra siguiente parada en el monasterio de San Salvador de Leyre, podremos visitar una de las iglesias medievales más notables de Aragón, San Pedro de Siresa. Aunque hoy se encuentra aislada, en su día poseyó las dependencias propias de su antigua función monástica. En el monasterio de Siresa recibían formación en la Edad Media los príncipes de la corona aragonesa, y en el templo aún puede contemplarse la tribuna desde la cual los notables asistían a los oficios.
San Pedro de Siresa, como Santa María de Obarra o San Vicente de Cardona, son ejemplos sobresalientes de la forma de construir que imperaba en el primer románico.
Existe un pequeño grupo de obras primerizas de un románico balbuceante, anterior a los modelos bien asentados que apreciamos en Frómista o en las catedrales de Santiago y Jaca. Las avanzadillas de ese nuevo modo, datadas en los primeros decenios del siglo XI, son la cripta de San Antolín de la catedral de Palencia, la prolongación del monasterio de San Millán de la Cogolla (que luego visitaremos) y la cabecera del monasterio de Leyre.
En Leyre hubo, como es frecuente, un temprano establecimiento eremítico, consolidado luego en forma de pequeño monasterio. Lo que distingue a ese cenobio es el culto que en él se estableció a un grupo de mártires cristianos que no remitían, como veremos en Sahagún, a los tiempos de la persecución romana, sino a los enfrentamientos que en ese mismo momento estaban teniendo lugar con los musulmanes peninsulares. San Eulogio y dos santas con nombres peculiares, Nunila y Alodia, eran venerados en el monasterio navarro en un gesto que adquiere otras connotaciones cuando se piensa que en esa época el enemigo estaba a las puertas y poseía la ciudad mayor y más poblada de la Península, Córdoba.
El interés político de Leyre no se basaba en la posesión de los restos de esos mártires; el monasterio fue una pieza fundamental en los inicios del reino de Navarra, hasta el punto de que durante los tiempos convulsos que convirtieron a Pamplona en un perpetuo campo de batalla, entre los siglos IX y XI, Leyre ejerció el papel de sede de la diócesis y de la corte. Algunos de los obispos de Pamplona fueron elegidos entre los monjes de Leyre, y su iglesia sirvió como panteón regio. De hecho, la primera señal de debilidad del monasterio se produjo cuando, en el 1084, un obispo de origen francés supo mantener las distancias respecto al hasta entonces todopoderoso cenobio.
Estella es una de las poblaciones jacobeas donde existe mayor concentración de arte medieval. Pese a las ruinas y amputaciones, allí siguen en pie, como un heroico ejército de veteranos en pugna contra los estragos del tiempo, ejemplares formidables de la arquitectura románica y gótica, enriquecidos además con valiosas esculturas: los relieves que llenan la superficie de la portada de San Miguel, las grandes estatuas que acompañan a la fachada del Santo Sepulcro o los capiteles del claustro románico de San Pedro de la Rúa, que solo conserva dos de sus cuatro lados por haberse hundido los otros a causa de los desprendimientos —después del de San Juan de la Peña, otro claustro mermado por la roca que lo cobija y amenaza—.
De lo medieval, Irache conserva solo la iglesia, inspirada (sobre todo su cabecera) en la desaparecida catedral románica de Pamplona; el claustro fue reedificado en el siglo XVI, después de que el monasterio se incorporase a la Congregación de Valladolid. Se trata de un tipo de claustro que casi podría denominarse «jacobeo», por la cantidad de ellos que habremos de encontrarnos en el Camino; se caracterizan estos claustros por adjuntar la construcción gótica y el lenguaje ornamental renacentista, que aquí encuentra su culmen en la puerta Especiosa, por la que los monjes entraban desde las galerías a los rezos de coro. En este caso, como en otros (León, Carrión de los Condes, San Millán de la Cogolla…), las arquerías claustrales quedaron sin las tracerías que sin duda se previó para ellas.
Lo último en edificarse fue la torre y el segundo claustro, ya en el XVII. El campanario de la torre sigue con fidelidad el estilo herreriano; el segundo claustro, con sus arquerías de ladrillo, fue fundado como colegio y universidad, donde al parecer se defendía con apasionamiento el dogma de la Inmaculada, en una época en la que asuntos como este alimentaban las polémicas teológicas. Prueba de la victoria de los defensores del dogma es la imagen de la fachada, una de las muchas que sembraron los altares, portadas y monumentos públicos del Seiscientos, tanto en pintura como en escultura, de incontables Inmaculadas. La universidad, que como veremos se fundó en perjuicio de los estudios que había en el monasterio de Sahagún, fue abolida en el siglo XIX, cuando el monasterio fue usado intermitentemente como hospital.
No es el cimborrio la única pieza excelente del monasterio: el ábside mayor, con las cuidadísimas arquerías de sus muros y su combinación en lo alto de arcos y óculos, que nos remiten a la riqueza arquitectónica de Cluny, los pasadizos dispuestos sobre los arcos formeros, las ventanas decrecientes de la fachada occidental o los pilares con dobles columnas de las naves son imágenes en las que prevalece el dibujo arquitectónico sobre la decoración y que enriquecen por su calidad y originalidad el acervo del románico hispano.

Una y otra vez se han descrito en estas páginas los orígenes de un determinado monasterio durante la alta Edad Media, y casi siempre es para añadir que nada queda de aquel tiempo, que todo lo que sabemos (o, mejor dicho, lo que suponemos) es por referencias documentales o leyendas piadosas. También, que en esa época remota menudeaban los eremitorios, cuando el monaquismo aún no precisaba de monasterios para su puesta en práctica: allí donde se encontraba el monje estaba el monasterio, sin que hiciese falta nada más que una gruta o un abrigo en la roca para fundar su retiro.
Ahora llegamos a un lugar extraordinario, que nos permite recorrer casi un milenio y medio de monacato pisando, tocando y contemplando su realidad material, desde la cueva que sirvió de capilla y de habitáculo a los primeros anacoretas hasta el fasto barroco de las sacristías y bibliotecas, llevado a cabo cuando estaban a punto de sonar las campanas de la exclaustración. Y lo hace acompañado además por un valor peculiar: el de ser un enclave simbólico en la historia de algunas de las lenguas hispanas gracias a las famosas Glosas Emilianenses, donde aparecen las primeras palabras escritas en euskera y en castellano.
El establecimiento troglodita de Millán tuvo un gran éxito. A la gruta de San Millán, luego ampliada y multiplicada, se retiraron multitud de hombres y de mujeres, dando lugar a una pequeña Tebaida riojana, situada en una franja territorial que más tarde se convertiría en uno de los más agitados frentes de batalla entre musulmanes y cristianos. El ambiente bélico ayudaría a llevar la fama postrera de San Millán hasta terrenos insospechados, haciendo que fuese tomado por los reyes cristianos como patrón y apoyo en sus batallas contra los infieles: así fue convertido el manso pastor hispanorromano en caballero matamoros, igual que el apóstol Santiago, que también gustaba de aparecerse por La Rioja (en su caso, en Clavijo) montado a caballo y descabezando árabes con un espadón. Nunca se ha investigado si el generoso consumo vinícola, que damos por hecho en la zona, tuvo algo que ver con esas epifanías caballerescas.
Una confluencia más seria entre ambos santos es el establecimiento de un voto o tributo que se convirtió en fuente de financiación para sendos santuarios, la catedral compostelana y el monasterio fundado a finales del siglo X sobre la antigua gruta de San Millán.
La iglesia conocida luego como de San Millán de Arriba o de Suso llegó así a configurarse como una amalgama de partes más antiguas y otras más modernas y de zonas construidas con otras que presentan las oquedades labradas en la roca natural. La más notable de estas grutas, donde se encuentra el yacente antes citado, tiene en la pared del fondo tres nichos que han sido interpretados como hornacinas o credencias; atribuible con toda probabilidad a la época del santo, ese muro ha sido considerado, según dicha datación, como el altar cristiano más antiguo conservado en nuestro país, anterior a los ejemplos pertenecientes a la arquitectura visigoda.
Luego está el templo propiamente dicho, cuya fase mozárabe adoptó el modelo de dos naves paralelas, que a veces se ha querido entender como reflejo de la naturaleza dúplice del primitivo monasterio, habitado tanto por freiles como por sórores. En la cabecera de esas dos naves hay dos espacios cuadrados, cubiertos por otras tantas bóvedas nervadas, que han provocado algunos dolores de cabeza a los especialistas. En realidad, se trata de bóvedas típicamente mozárabes, muy parecidas (aunque mucho más pequeñas y, por lo tanto, sin necesidad de apoyo intermedio) a la de San Baudelio de Berlanga.

Hoy San Juan de Ortega sigue siendo uno de los pequeños grandes hitos del Camino, un lugar tranquilo y solitario (al menos, hasta que se haga realidad el tramo de la proyectada autovía entre La Rioja y Burgos), un preámbulo de paz antes de la agitación urbana que enseguida nos asaltará en la capital burgalesa. Nadie entre los que lo hayan visitado con detenimiento olvidará el claustrillo gótico, construido hacia el 1500 con piedra rojiza, el sepulcro románico del santo o los raros retablos renacentistas dedicados a San Jerónimo y al Juicio Final, poblado este último de almas representadas como figuras desnudas que, ya estén implorando piedad o lamentando su condena, no disimulan su corporal belleza. También permanecerá en la memoria el capitel famoso por el denominado «milagro de la luz», que tiene lugar cuando el sol de la tarde va iluminando en cada equinoccio las escenas en él plasmadas. En esas dos citas anuales, y durante unos minutos, los visitantes asisten en suspenso al paso de un rayo solar sobre las escenas de la Anunciación, la Visitación, el sueño de José, el Nacimiento y, por fin, el anuncio a los pastores. Es un espectáculo conmovedor.
A su paso por la actual provincia de Palencia, el Camino muestra como su máxima joya monumental la iglesia de San Martín de Frómista, que en su forma actual debe más a la reconstrucción terminada a comienzos del siglo XX por Aníbal Álvarez que al edificio original de finales del siglo XI. Convertida en una especie de maqueta, pura y homogénea hasta la falsificación (por ejemplo, la fachada occidental es una total invención del restaurador), despojada de todo aquello que se adosaba a sus muros, cuesta reconocer que se trata de un templo monástico. ¿Cómo era el monasterio de San Martín de Frómista, qué conjunto formaba el resto de estancias con la iglesia que, radicalmente retocada, subsiste? Algún grabado antiguo nos enseña elementos deshechos por la intervención moderna (capillas, una torre sobre el cimborrio a la que se accede por un curioso pasadizo), y en los últimos años algunos investigadores están ofreciendo datos novedosos y enriquecedores. Uno de ellos, José Luis Senra, ha probado que a los pies de la iglesia no había fachada como ahora, sino un cuerpo adosado que incluía una galilea y una tribuna en lo alto.
El claustro de San Zoilo es una de las grandes obras renacentistas del Camino de Santiago, pieza mayor (pese a no poseer tracerías) del grupo jacobeo que ya hemos citado en varias ocasiones. Este se encuentra ligado sobre todo a dos que existen en la capital leonesa: el de la catedral y el de San Marcos. Todos ellos fueron proyectados por Juan de Badajoz el Mozo, maestro mayor de la Pulchra Leonina y dueño de un estilo muy personal, a quien volveremos a ver al hablar del convento-hospital de San Marcos («Milicia contra malicia»). Lo que distingue a este claustro de sus hermanos leoneses es la abundancia y la calidad extraordinaria de las esculturas y relieves que colmatan, sobre todo, la superficie de las bóvedas. Aquí trabajaron escultores extraordinarios, como Miguel de Espinosa (a quien se atribuye la magnífica escultura de un Ecce Homo, una de las raras estatuas de piedra de bulto redondo del Renacimiento español) o Esteban Jamete, que puso aquí uno de los jalones de su fecundo y torturado deambular por los caminos de España.
Cuando se recorre Sahagún en busca de los restos del que fue grandioso monasterio de los Santos Facundo y Primitivo (el apócope del nombre del primero bautizó al fin al cenobio y a la villa donde se enclavaba), no puede evitarse buscar también las razones para que este lugar desolado sea llamado el Cluny español. Y lo primero que se nos ocurre emparentar de ambos monasterios, el francés y el español, es el desdichado fin a que se vieron abocados después de siglos de poder y de gloria, expresados en su día, como siempre sucede, a través de las artes y de la arquitectura.
La postrera confluencia de los campos de ruinas no debe, sin embargo, llevarnos a engaño: el monasterio de Sahagún fue un edificio espléndido, y fue también la principal sede de la orden cluniacense en la Península, pero ni de lejos pudo nunca acercarse a la magnificencia del modelo. Y eso que ambos monasterios debían buena parte de sus galas al mismo monarca, Alfonso VI.
Si el monasterio leonés siguiese hoy en pie, lo primero que nos sorprendería serían sus altos muros de piedra, ornados con esculturas también talladas en materiales a veces notables, como el mármol; porque todo lo que rodea a Sahagún es arcilla, la misma arcilla que se encuentra, moldeada y cocida, en los ladrillos que conforman los muros de las casas y de los templos que no tenían el dinero del que disponía la abadía cluniacense para traer de lejos piedras para su construcción y exorno. La misma arcilla que humedece a su paso por Sahagún el río Cea, a cuyas aguas fueron arrojados los cuerpos de los dos mártires Facundo y Primitivo.
Sahagún tiene en general el aspecto desastrado de tantas poblaciones españolas, con edificios valiosos (donde incluimos los contados ejemplos de arquitectura popular) alternándose con viviendas modernas y vulgares, y con sus espacios más singulares, como la plaza Mayor, despojados del encanto que aún se ve impreso en las antiguas postales en blanco y negro. Por encima de las calles hormigonadas y del descuidado caserío asoman los grandes monumentos medievales de ladrillo: las torres magníficas de San Lorenzo y San Tirso (esta última, reconstruida) y, pese a su situación en un extremo del núcleo, la iglesia de la Peregrina, antiguo convento franciscano, que ha sido hace poco restaurada con acierto. Junto a San Tirso, otra torre intenta adjuntarse al grupo, aunque no pueda ocultar su escasa veteranía: es la señal de que estamos junto a los restos del monasterio cluniacense, donde habremos de detenernos un momento para rememorar su desaparición.

Carracedo, si exceptuamos el cambio de orden temporal que afectó a Leyre, viene a ser la excepción que confirma la regla, el gran establecimiento cisterciense que aporta el toque blanco que faltaba en una ruta jacobea dominada por los monjes negros. La presencia monástica en el Bierzo tiene su origen en las zonas montuosas de Compludo y el valle del Silencio, como se narró en otro capítulo («Piedra y silencio»); al monasterio que sirvió en ese último lugar para consolidar el auge del eremitismo, San Pedro de Montes, vino a adjuntarse a partir de los últimos años del siglo X un nuevo cenobio benedictino, establecido esta vez en la llamada hoya del Bierzo (las llanuras fluviales del río Cúa, afluente del Sil), que había sido propiedad del rey Bermudo II, quien lo donó para que se acogiesen en él la multitud de monjes que huían de las operaciones de castigo de Almanzor. Desde ese primer emplazamiento, el gobierno señorial del monasterio habría de extenderse (a través de una compleja red de granjas, prioratos y monasterios filiales) por un territorio que llegó a abarcar parte de Asturias y de las actuales provincias de Lugo, Orense, Palencia y Zamora.
La Cocina de la Reina se asoma además a lo que debió de ser un cuidado jardín cercado (el hortus conclusus que caracteriza a la jardinería de la Edad Media) a través de una pieza sublime, una de las creaciones más felices de nuestra arquitectura civil medieval: el mirador, una balconada de tres arcos desiguales apoyados en pilares que, al ser más profundos que anchos, dan mayor impresión de ligereza y esbeltez de la que de por sí tienen. El mirador, hoy rodeado por construcciones posteriores que lo acogotan, es la máxima expresión de un refinamiento que se advierte en cada detalle del palacio, en su concepción y en su decoración, algo que de por sí suele ser síntoma de la cercanía de los reyes a las empresas constructivas.
Habría que añadir, para prevenir sobresaltos, que a esta obra maestra del gótico palatino lo acompaña hoy un grueso pasamanos de aluminio, lo que nos permite apuntar algún comentario acerca de la restauración sufrida por el monasterio de Carracedo en los últimos años del siglo XX. En el capítulo anterior ya hemos mencionado a su autor, que firmó también las cubiertas metálicas que cobijan en parte el monasterio de San Pedro de Arlanza.
Los edificios antiguos han sido muchas veces dañados irreversiblemente por sus restauradores. Algunos los echan a perder de buena fe, guiados por la búsqueda del purismo arquitectónico (la pureza estilística es una entelequia, un seductor canto de sirena que hace encallar a muchos barcos) o por la idea de dejar a la vista los materiales.
La entrada a Galicia tiene para el peregrino un componente emocional indudable: desde las alturas de O Cebreiro se precipitan las tierras gallegas camino del mar, invitando al caminante a seguirlas hasta su objetivo, que ya se ve cercano. En el descenso, el paisaje se pliega formando lomas y vaguadas; en uno de ellos se encuentra encajado, tan gigantesco que casi parece no caber en el estrecho valle que lo acoge, el monasterio de Samos. Junto a sus muros pasa el río Orobio, y es un árbol famoso el que da nombre a la más antigua de sus dependencias, la capilla del Salvador o del Ciprés. Esta capilla suele fecharse entre los siglos IX y X, después por tanto de los orígenes visigodos del asentamiento; sus muros de pizarra recuerdan más bien la época en que el rey Alfonso II el Casto se refugió allí en su minoría de edad, a salvo de las intrigas palatinas de Oviedo, y sobre todo al impulso que habría de dar a Samos Ramiro I, a punto de ocurrir el cambio de milenio.
Nada más tiene el monasterio de Samos de medieval, salvo una portadita románica que se asoma tímida, como si acabase de ser desemparedada, en un rincón del claustro de las Nereidas. El esplendor del monasterio, lo que llevó a su completa reconstrucción entre los siglos XVI y XVIII, fue de nuevo la adscripción a la Congregación de Valladolid, tabla de salvación para tantos cenobios benedictinos. Del Quinientos data el claustro que acaba de nombrarse, llamado así por la fuente que existe en su centro, donde cuatro seres acuáticos descuelgan sus pechos dando argumentos a la socarrona inscripción que existe en una de las bóvedas: «¿Qué miras, bobo?». No debemos a cuenta de esto imaginar efigies que tentasen a los monjes, pues las nereidas de Samos son criaturas filiformes cuyo único rasgo de feminidad (aunque prominente) es el ya citado, y que en su conjunto causan más espanto que otra cosa.
Lo más memorable de Samos es sin duda la fachada. Resulta curioso que su atractivo se deba, en buen medida, a haber quedado inacabada, ya que estaba previsto rematarla (como las fachadas barrocas de tantos monasterios gallegos) con dos altas torres. Hay mucho de azar en la configuración general del monasterio de Samos: los claustros están girados porque el primero se hizo paralelo al templo románico, luego desaparecido; lo accidentado del terreno obligó a la iglesia a estar más alta que el resto de las dependencias, de modo que quedó comunicada con la planta alta del claustro… Este desnivel motivó a su vez la existencia de una bellísima escalinata imperial ante la portada, un ejemplo más del arte para hacer escaleras que se dio en la Galicia barroca, reflejo quizá de la conexión con Roma que mantuvo en esas fechas la archidiócesis compostelana.

El patrimonio arquitectónico de Galicia es uno de los más ricos de España; variopinto, como corresponde al producto de una larga historia, pero capaz al mismo tiempo de mantener unos rasgos comunes. Al contemplar los frutos de la actividad constructiva en esta tierra situada en el extremo noroeste peninsular —sea una iglesia medieval, una casa de pescadores, un hórreo, un edificio burgués del 1900 o una fachada barroca— no dejan de advertirse rasgos específicos, como si observásemos un grupo amplio de personas en el que, pese a la diferencia de complexión, carácter o edad, se trasluciera siempre un aire de familia.
Al contrario que el de otras identidades de definición mucho más vaga y problemática, el territorio gallego aparece dibujado sobre el mapa peninsular con claridad meridiana, silueteado en gran parte por la frontera tortuosa e inequívoca del mar y acabado de subrayar luego su contorno por el curso de los ríos y el perfil de las cumbres montañosas. El paisaje de Galicia mantiene esa ambivalencia, y en algunos casos contradicción, entre el amplio territorio interior (una de sus cuatro provincias carece de salida al océano) y una extensísima línea de costa, que a lo largo de la historia ha sido tanto anuncio de lo inasible (el Finis Terrae), lugar de arribada para los peregrinos y horizonte de la amenaza corsaria como, una vez roto el mito del Finisterre, puerto de salida para una diáspora que llevó a los gallegos a extenderse por el mundo, buscando fortuna en tierras remotas.
El agua que prefieren los monasterios no es la del mar (pese a que Galicia nos ofrezca la rara imagen de un cenobio, el cisterciense de Oia, levantado junto a una playa), sino la de los ríos, dulces y capaces de accionar a su paso los molinos y de mantener la salubridad de los cenobios. Mirando hacia el interior, las tierras de Galicia nos vuelven a descubrir otra peculiaridad: el relieve gallego es casi siempre redondeado, como impregnado del acento suave de sus habitantes, sin que sean frecuentes los cortados abruptos ni las fragosidades rocosas que abundan en las sierras de la vecina León y de otras regiones españolas.
No obstante, entre las actuales provincias de Orense y Lugo hay una comarca, que comprende parte de las cuencas del Miño y el Sil, que lleva siglos recibiendo la denominación por antonomasia de Ribera Sacra a causa de la abundancia de monasterios, iglesias y eremitorios establecidos en ella. La comarca compone un conjunto desbordante, imposible de asumir en un solo capítulo del libro, por lo que nos limitaremos a visitar, como escueto avance de lo que cada uno descubrirá por sí mismo, tres conjuntos monumentales que vienen a representar otros tantos momentos y caracteres monásticos: los eremitorios altomedievales, los prioratos y los grandes cenobios benedictinos.
A pesar de su tamaño exiguo, San Pedro de Rocas reúne méritos suficientes para descollar entre el riquísimo patrimonio monástico de Galicia. Es el eremitorio más antiguo de la región, documentado desde el siglo VI y seguramente existente desde el IV, en los primeros años de la cristianización; es también el único monasterio gallego rupestre: por muy sacrificados que fuesen, los anacoretas preferían piedras blandas (areniscas o calizas) para practicar sus habitáculos y sus oratorios, en vez del duro granito. Eso explica la abundancia de eremitorios de este tipo en zonas de piedras dúctiles, como el norte de Palencia y Burgos, Álava o La Rioja.
San Pedro conserva asimismo, aunque en muy mal estado, uno de los pocos restos de pinturas murales románicas que quedan en Galicia, en los que se ha querido ver un mapamundi similar a los que aparecen en algunos beatos mozárabes.
El origen de San Pedro de Rocas debió de encontrarse en un monasterio familiar, tan propio de la región durante la alta Edad Media (véase «De la cueva al cenobio»). Al siglo VI atribuyen algunos su primitiva mesa de altar, trasladada en 1970 al Museo de Orense, lo que la convertiría en el ara más antigua de la cristiandad hispana; más incluso que la de Santianes de Pravia, del siglo VIII, hoy conservada en la villa asturiana de Cudillero. Copiados de las antiguas aras de sacrificio romanas, hay más altares primitivos en Galicia; en este de Rocas se aprecia el hueco reservado a la conservación de reliquias, llamado loculum. Muy habitual también de este tipo de cenobio es la abundancia de tumbas, que se practicaron excavando los huecos antropomorfos en el propio suelo de roca viva de la iglesia.
Otro tipo de establecimiento monástico es el representado por San Esteban de Ribas de Miño. No hay documentación sobre él, pero cabe suponer que fuese un priorato dependiente de algún gran monasterio de la zona. Las estancias con las que sin duda contó debían de disponerse en el lado sur de la iglesia, que es lo único que se conserva, donde permanecen al aire ménsulas que señalan el lugar donde irían entestadas las estructuras desaparecidas. Allí debió de estar el atrio o el claustro, seguramente de madera, comunicado con el templo mediante la portadita que se abre en ese lateral.
Fuese lo que fuese San Esteban, nos ha dejado como legado una iglesia románica maravillosa, alzada con la rotundidad propia de un templo clásico sobre un alto pódium, que ayuda a nivelar la fuerte pendiente donde está situada. Esta base le presta una de sus características más peculiares, ya que se dispone a modo de terraza ante la fachada principal, sin escalinatas que la precedan; así, San Esteban se mantiene como el mejor ejemplo de algo que también poseyeron las catedrales de Santiago y Orense, originalmente precedidas también por terrazas sin acceso directo desde el exterior.

Miraflores sigue siendo una cartuja habitada, el rigor de la clausura impide la entrada a la mayor parte del conjunto. En otro capítulo («Cartujos al sol») diremos algo de la particular disposición de los cenobios cartujos, por lo que aquí nos limitaremos a referir lo que el lector puede llegar a recorrer en su visita a Burgos. No hay que olvidar, por si algún salvoconducto nos permitiese franquear la entrada a la clausura, que la cartuja de Miraflores se conserva en su integridad, con todos los claustros y dependencias que caracterizan a las construcciones de esta orden, y con piezas cuya decoración exquisita descuella entre la sobriedad general, como el púlpito del refectorio o la chimenea de la sala abacial.
La iglesia de Miraflores es un templo modélico, con su nave única dividida en varios tramos para acoger, desde el altar a los pies, a los oficiantes, a los monjes, a los legos y a los fieles. La inició el arquitecto Juan de Colonia —el mismo que puso en marcha la reforma con líneas germánicas de la catedral y añadió sobre sus torres las agudísimas flechas caladas— y la concluyó su hijo Simón de Colonia, autor de la sublime capilla catedralicia del Condestable. Este último supo ensalzar la zona del altar haciendo que los nervios de esa parte fuesen angrelados, un recurso muy efectista que también empleó en la catedral y en la reforma del monasterio románico de San Pedro de Arlanza («Por tierras de Fernán González»).
La sencilla exquisitez de esta iglesia no tendría sentido si no estuviese acompañada de un conjunto extraordinario de piezas del mal llamado arte mueble. A la vista de este interior, resulta aún más lamentable el vacío que hoy presentan otras iglesias cartujanas, como la de Sevilla. Si nos fijamos en la de Burgos, comprobaremos que todo aquello que hicieron los arquitectos, a lo que dedicaron sus conocimientos para la ornamentación, está en las alturas: las bóvedas, iluminadas por las espléndidas vidrieras de Arnao de Flandes, se apoyan en ménsulas que cuelgan sobre el vacío de unos muros planos, simples bastidores de todo aquello que está destinado a adosárseles. En este tipo de edificios sí sería congruente el moderno término, aplicado tantas veces a los edificios contemporáneos, de «contenedor», una fuerte y diáfana caja de piedra donde la organización y la jerarquización del espacio queda en manos de las rejas, los retablos, las sillerías con sus facistoles, los tabiques con altares adosados…
En el retablo de Miraflores, todo parece girar. A ello contribuyen los ángeles que, como apretadas bandadas de pájaros, recorren a gran velocidad las molduras circulares. Y cabe entonces pensar si Gil de Siloé no se inspiraría para su extraña composición en la idealización de la maquinaria de un reloj, aumentada a escala gigantesca. O al frente de su esfera: de hecho, la mitad superior del retablo sigue un dibujo idéntico al del reloj de la catedral de León, solo que aquí el eje de las agujas coincide con el centro de la cruz y las figuraciones de los cuatro vientos son sustituidas por los cuatro evangelistas. Concebido para presidir un lugar donde se rinde tributo a la muerte, el retablo mayor de la cartuja vendría a asemejarse al gran reloj de la eternidad, el tantas veces soñado ingenio del movimiento perpetuo. En esa época, los grandes relojes urbanos, asociados generalmente a las catedrales, se extendían por toda Europa; la interpretación del retablo de Miraflores como una gran máquina medidora del tiempo de la eternidad, el que no acaba, se reafirma con la existencia de un engranaje real que permite, esta vez en rotación horizontal, que la escena que hay sobre el sagrario vaya rotando para seguir los hitos, repetidos cada año, del calendario litúrgico.

Santa María la Real de Las Huelgas merece, entre todos los que podrían aplicársele, un adjetivo: excepcional. El conjunto monástico resulta único por su magnitud y por la riqueza artística que encierra, pero además posee multitud de características que componen otras tantas excepciones en el panorama de la Edad Media hispana y que llegan a contravenir muchos supuestos principios, entre ellos los de la orden cisterciense a la que pertenece.
A Las Huelgas le viene esa denominación de lo grato de su antiguo entorno, un lugar propicio para la excursión y el recreo, cosa que debemos olvidar si nos acercamos hoy en día a visitarlo. Hace pocos años se libró el monasterio de la vecindad de una gigantesca chimenea de hormigón, pero el lugar ha ido siendo transformado con un barrio de chalés de lujo y los consabidos excesos del último furor inmobiliario.
Atravesada la portada, nos encontramos ante la perspectiva más diáfana que podamos hallar en el interior de la iglesia de Las Huelgas, la que compone el transepto desde uno al otro extremo. A un lado, se abren las cinco capillas preceptivas, la central y mayor más amplia y profunda para poder alojar los asientos de los celebrantes, lógicamente masculinos. Al otro, la embocadura tapiada de las tres naves y dos grandes paños lisos, donde hace años descubrimos una notable montea medieval —las monteas son los dibujos, realizados a escala real, que empleaban los maestros para diseñar elementos complejos (bóvedas, arcos) durante la construcción—. El tapiado de las naves responde a la zona acotada para la asistencia de las monjas al templo, y los detalles medievales de estos muros, medio ocultos por pinturas y decoraciones posteriores, prueban que están ahí desde siempre. Como en el caso de las catedrales, a muchas personas (incluidos algunos especialistas e historiadores) les molesta la falta de perspectiva de las iglesias a causa de la existencia de coros, rejas, sepulcros y tabiques. Habría que aclararles que ese es el aspecto original, y que su gusto, sin más base que dudosas tendencias estéticas, coincide con los efectos del expolio y la destrucción. Si vemos una iglesia catedralicia o monástica con sus naves expeditas, como es habitual en Francia, habrá que buscar la figura del obispo renovador, del revolucionario fanático o del arquitecto restaurador que dio al traste con todo aquello.
Con tantas bellezas como posee, una de las que más subrayan el valor de Las Huelgas es su papel de panteón real. Los sepulcros pétreos que aparecen por toda la iglesia guardaban, además, un tesoro fabuloso: las vestiduras de los miembros de la realeza que yacían en ellos. Muchas tumbas fueron saqueadas en fechas recientes, pero aun así conservaban parte del antiguo ajuar; entre ellas, la del infante Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X, lo mantenía intacto gracias a haber quedado oculto por añadidos posteriores, convirtiendo al infante (salvando las distancias) en una especie de Tutankamón medieval. De esa provisión funeraria viene que Las Huelgas de Burgos pueda presumir hoy de un museo de tejidos medievales, instalado en las amplias naves de la antigua cilla, que es en su género el más importante del mundo, y al que se adjuntan otras piezas como el pendón de las Navas de Tolosa (en realidad, un pedazo de la tienda de Miramamolín), la capa de Alfonso VIII…
Las ménsulas, capiteles y hasta yeserías inacabadas nos ilustran acerca de la técnica de los canteros y escultores medievales, aspecto interesantísimo y poco advertido de todo lo que Las Huelgas —a través de sus bóvedas y muros cristianos e islámicos, de sus sepulcros, imágenes, telas, retablos y tapices, de las raras vidrieras figurativas de la sala capitular, que cuentan entre las más antiguas de España, o del conjunto urbano que lo protege con sus dos plazas y sus torres— regala a los interesados acerca de la historia, la cultura, las artes y hasta el urbanismo de la Edad Media.

El monasterio de Fitero posee muchas cosas que lo hacen singular. Es la primera fundación del Císter en nuestro país, aunque el emplazamiento original no coincida con el actual —la ubicación finalmente elegida para la erección del cenobio es la tercera, tras una serie de tanteos en esa zona cercana al curso del río Alhama— y en él se gestó la creación de la primera orden militar hispánica, la de Calatrava.
De la iglesia monástica se ha llegado a escribir, dentro de la antigua enciclopedia Espasa, que «la arquitectura del Císter no produjo en España nada tan grandioso». Es un piropo chocante, ya que, dejando aparte la magnífica cabecera, el edificio adolece del mismo aire secamente funcional que hemos visto en el apartado anterior, aumentado aquí por una cantería más descuidada y por la ausencia del marco paisajístico que da oxígeno a la contundente arquitectura de la Oliva. Aunque el de Fitero sea, desde luego, uno de los grandes ejemplares del Císter hispánico.

El monasterio de Lupiana, muy cerca de Guadalajara, tendría su lugar en la historia por el hecho de ser la primera fundación de la orden jerónima, una vez que sus fundadores decidieron dar un paso hacia su reconocimiento y organización tras su experiencia como ermitaños en los montes de Toledo y en el propio cerro que se eleva frente a la población alcarreña. En Lupiana se celebraban cada tres años los capítulos generales de la orden, que reunían a los priores de todos los monasterios jerónimos, y su esplendor fue consecuencia del patrocinio de algunas grandes casas nobiliarias, como los Mendoza, los prelados toledanos y hasta el mismo rey Felipe II, que lo colmó de privilegios.
Pasados los tiempos de esplendor, la celebridad de Lupiana se mantiene gracias a la maravillosa arquitectura de su claustro, que posee una de las estampas más conocidas de nuestro Renacimiento, mil veces divulgada a través de su constante aparición en películas y series de época y por su función actual como escenario para la celebración de bodas y eventos. Destruido con la Guerra Civil el del palacio arzobispal de Alcalá de Henares, el claustro de Lupiana, iniciado en 1535, figura como el mejor de cuantos construyó su creador, Alonso de Covarrubias, el arquitecto más representativo del foco toledano durante el siglo XVI.
El claustro, que podría haber resultado algo monótono (como le ocurre a su hermano, el de San Pedro Mártir de Toledo), posee, no obstante, elementos que le aportan novedad y animan su estampa: uno es la prolongación de algunas de las galerías mediante un tramo central adintelado; el otro es la disposición de un piso más en el lado norte, con lo que mira hacia el soleado sur una galería triple, en vez de doble como en el resto del patio. Esta triple galería, que en Lupiana ha adquirido fama gracias al acierto con que está concebida (y aún hubo sobre ella una cuarta, como demuestran grabados e inscripciones antiguas), fue común a otros monasterios jerónimos, como Yuste o el Parral, que todavía la conserva.
Velado por la belleza del claustro de Covarrubias queda en Lupiana otro claustro valiosísimo y más antiguo, aunque, al haber sido reformado en el siglo XVII, está oculto hacia el antiguo jardín. Es obra probable de Lorenzo Vázquez, quien introdujo el Renacimiento en Castilla en los últimos decenios del Cuatrocientos gracias al patrocinio de los Mendoza.

La ciudad de Santiago fue dibujándose sobre el terreno como lo hacen las ondas al arrojar una piedra en el agua. El proyectil fundacional fue la interpretación de un hasta entonces ignoto mausoleo romano como el verdadero sepulcro de Santiago el Mayor, lo que suponía que la España cristiana —que apenas empezaba a recuperarse de la conquista islámica y que estaba entonces (siglo VIII) constreñida en un estrecho friso norteño— pasaba a contar con el único sepulcro apostólico conocido además del de San Pedro en Roma. Desde luego, la piedra dio en el blanco: el peregrinaje hacia Galicia aportó movimiento espiritual y material a los territorios cristianos, que encontraron en la peregrinación una forma de vertebrarse creando (sobre todo a partir del siglo XI) nuevos núcleos o reforzando los existentes, estableciendo monasterios y reparando caminos.
El culto que se estableció alrededor del antiguo mausoleo hizo recomendable su protección mediante un nuevo edificio que lo englobase y que permitiese el desarrollo de la liturgia.
Hay que volver a contemplar Santiago desde su perímetro, a ser posible desde los hermosos paseos del parque de la Herradura, para constatar quién ganó al fin la reñida pugna arquitectónica a la que venimos aludiendo, ocurrida con el trasfondo paradójico de la decadencia compostelana y de las amenazas por arrebatar al apóstol su patronazgo sobre España, que reportaba a la ciudad cuantiosos ingresos. Situada en el centro, como el arzobispo en su sitial del coro, la catedral alcanza las mayores alturas, ocupa el área más extensa, posee el mayor y el más variado plantel de torres. Los ingentes edificios monásticos que crecieron a su lado tuvieron al fin que acatar tal superioridad, que no dejaba de señalar, aunque hubiesen pasado casi mil años, el lugar donde se emplazaba el sepulcro romano en el que un ermitaño llamado Pelayo creyó reconocer, durante los tiempos remotos del rey Casto, los huesos del apóstol Santiago.

El nacimiento de Salamanca se debió, como en tantos otros casos, a la necesidad de mantener y de explotar un puente dispuesto sobre un río caudaloso. El puente fue edificado por los romanos, y se ha mantenido durante dos mil años sin dejar de cumplir su función, aunque la ciudad que lo utilizaba y que lo colocó en su escudo de armas fue procurándose a lo largo del tiempo otras estructuras que garantizasen su pervivencia: una sede episcopal, una universidad que llegaría a cobrar fama universal y, por fin, la reciente reconversión de sus estructuras eclesiásticas y nobiliarias para formar parte de eso que primero las comisiones de Patrimonio, y luego la industria cultural y el gremio de la hostelería, reconocen como conjunto histórico-artístico.
Desde su origen, las fachadas mendicantes fueron el único lugar del templo, junto con el altar mayor, en el que se permitía cierto alarde decorativo: pensadas para acoger al mayor número posible de fieles, estas iglesias debían proveerse de un elemento llamativo que los atrajese. Si al principio este papel lo asumía la portada, poco a poco la decoración fue cubriendo por completo el frente de la fachada donde aquella iba inserta. A finales del siglo XV, San Pablo de Valladolid se convirtió en el paradigma de estas nuevas fachadas hiperdecoradas, verdaderos tapices colocados de forma permanente ante la escena urbana, la culminación de una evolución similar a la de la publicidad que, ante el agotamiento de determinado reclamo, desactivado por la costumbre, debe buscar recursos nuevos mediante elementos llamativos o aumentando el tamaño de los soportes.
Pero incluso San Pablo (que fue reformada y recrecida ya en el siglo XVII) posee, además del insoslayable vano de la portada, un óculo destinado a contribuir a la iluminación de la nave.
El claustro de las Dueñas —y en especial su planta alta, con las zapatas casi tocándose unas a otras— es el máximo exponente del siempre destacado papel de la escultura en la arquitectura de la época. Es tal el alarde de fantasía que hay en esas zapatas, en los capiteles y los medallones, que resulta imposible describirlo, ni concebirlo mediante el discurso incompleto y sincopado de las fotografías: es necesario tenerlo ante los ojos, cuando la inabarcable sucesión de personajes llega a producir la impresión de movimiento de los fotogramas al pasar ante un proyector cinematográfico. El tono dramático de los cientos de personajes amorfos, en los que una insólita humanidad se hibrida dolorosamente con cualquier otra especie animal o vegetal, no elude el humor ni las sugestiones sexuales; los relieves que vamos contemplando al pasear por las galerías tienen el tono atormentado de una pesadilla, aminorada por la pequeña escala de sus actores. En Salamanca, tan pródiga en ornamentos aplicados a los edificios, no existe nada semejante; solo se atribuyen al mismo taller las ménsulas del palacio de la Salina, y quizá tuviesen algo que ver las decoraciones que Antonio Ponz llegó a ver.

La ciudad del Tajo, la vieja capital visigoda fundada sobre bases romanas, la corte taifa cobrada tempranamente por los cristianos, la urbe de la más célebre escuela medieval de traductores es, también, el ejemplo máximo de ciudad-convento. Desde poco después de ser tomada por Alfonso VI, en 1085, empezaron a tener presencia en ella las distintas órdenes, deseosas de participar en la reconfiguración de una ciudad clave en el avance sobre Al-Ándalus. A partir del siglo XIII llegaron allí las órdenes mendicantes, en sus ramas masculinas y femeninas, que con sus correspondientes escisiones comenzaron a sembrar la ciudad de monasterios y conventos.
Hay que internarse en las calles de Toledo para comprobar hasta qué punto los conventos y monasterios condicionan la escena urbana. La arquitectura y el urbanismo admiten dos modelos antagónicos, a partir de los cuales caben todas las clasificaciones y matices que queramos añadir. El primero de dichos modelos es el que parte de una estricta planificación, que da lugar a calles y manzanas regulares y a edificios singulares de aspecto acabado y carácter modélico; el segundo responde a un crecimiento orgánico, similar al que comanda la colonización vegetal de un territorio, con distintas especies que crecen, proliferan, conviven o se baten siguiendo impulsos cercanos a los de la naturaleza. Toledo es un buen ejemplo de este segundo modelo: sus calles principales no obedecen a alineación alguna, sino que transcurren por donde les conducen las irregularidades del terreno, entre las cuales serpentean siguiendo, en busca de cierta planitud, las curvas de nivel; cada edificio, sea religioso, militar o civil, se codea con los otros y a veces les roba el espacio o sucumbe ante su competencia. Las calles se revuelven en ocasiones formando nudos, o tras un largo trecho desembocan en un muro sin salida; sus plazas no suelen ser tales, sino el resultado de derribos o de la azarosa confluencia de distintas calles.
En Toledo han quedado en pie varios edificios de época musulmana, y la estética andalusí pervivió todavía varios siglos tras la conquista cristiana a través de las obras que suelen agruparse bajo el apelativo de lo mudéjar. Pero muchos de los elementos procedentes del Toledo islámico no componen formas que podamos enmarcar en estilo artístico alguno, ni son tan llamativos como los arcos lobulados y de herradura o las yeserías y techumbres que se prodigan en la arquitectura cristiana construida durante la Edad Media y el Renacimiento. Son las fachadas de pocos y pequeños huecos, los callejones sin salida o adarves, los pasadizos que componen a veces tramos techados sobre las calles. Muchas de estas características han logrado pervivir en ciertos rincones de la ciudad, como la calle del Pozo Amargo, donde se presentan a la escala reducida que se corresponde con la arquitectura doméstica; habría que esperar al auge de las fundaciones conventuales para que todos estos elementos (pasadizos, cobertizos, patios que centran las distintas dependencias, paredones ciegos, ajimeces) alcanzaran un desarrollo inusitado.
Los mejores ajimeces que se conservan en la actualidad se encuentran en edificios conventuales, ya que su cometido se adaptaba como un guante a la vida de clausura de las monjas. Los conventos femeninos han logrado que sobrevivan reliquias del pasado, haciendo que subsistan ajimeces en lugares tan transformados como Madrid (por ejemplo, en la torre del convento de las Trinitarias). Hay uno muy primitivo, que aunque posterior a la Edad Media mantiene el aspecto de los antiguos ajimeces andalusíes, junto a la plaza del Grano de León; otro de los más singulares es el bellísimo tabique horadado del portal de las Monjas, en Mirambel, que pertenecía a las agustinas aunque estuviese apoyado en uno de los arcos de entrada a la villa. En Toledo no se han conservado ajimeces civiles, sustituidos desde antiguo por las rejas que producía la excelente industria local, pero a cambio han quedado algunos ejemplos impresionantes ligados a los conventos. Uno de los más tardíos es el que corona la fachada de las Gaitanas, donde se ve que es posible conjuntar una composición clasicista con un elemento no ya medieval, sino de origen hispanomusulmán.

Las ruinas de muchos monasterios siguen adornando el paisaje español, y si no han adquirido el papel simbólico que ostentan los castillos es por estar situados en lugares menos visibles. A veces son ruinas honrosas, como las muy menguadas del monasterio cisterciense de Matallana, convertido en un área cultural y de educación ambiental gestionada por la Diputación de Valladolid, o todas aquellas que, como las de los dominicos de Pontevedra, han sido consolidadas, integradas en el entorno e incluso destinadas a alguna función museística. Otras han sido utilizadas para acompañar edificios modernos, como en el caso de San Francisco de Zamora, en el que no debe verse de ningún modo una restauración: dejando aparte los méritos que pueda tener el edificio actual, dedicado a una institución hispano-lusa, en el ejemplo zamorano los maltratados muros góticos solo sirven para prestigiar con la pátina de sus piedras a los cubos de vidrio y acero corten que desde hace poco los acompañan.
También persisten, a pesar del tiempo transcurrido, los restos vergonzantes, los que nos remiten a la sempiterna incuria española: hace muy pocos años, en la bellísima y muy castigada villa de Frías se veían dos conventos, compartimentado uno para alojar viviendas y otro, con menos suerte, convertida su nave eclesial en cochera donde se aparcaba, protegido por las bóvedas medievales, el autobús de línea. Muy cerca de allí, como envés esperanzador, el monasterio cisterciense de Rioseco de Manzanedo está siendo reivindicado por la población local, que ha empezado a apreciar un extraordinario bien cultural digno de ser salvado donde hasta hace poco solo se veían muros raídos envueltos por la maleza. Dentro de un panorama donde las ruinas intentan con frecuencia conservarse, deteniendo el proceso que abocaría a una segura desaparición, avergüenzan casos como el de San Antón de Castrojeriz, que sale al paso de los peregrinos a Santiago con sus muros desmochados guardados por perros y alambradas, o San Antonio de Mondéjar, cuyos restos deberían ser mimados como lo que son: los de una iglesia trazada por el gran Lorenzo Vázquez y que fue la primera de nuestro país, apenas rebasado el 1500, en construirse conforme a las nuevas formas renacentistas.
Monasterios que dominaban orgullosos un paisaje solitario, como El Escorial, o que se cobijaban en una grieta del terreno, como San Juan de la Peña; que se convertían en cabeza de extensas explotaciones agrícolas, como Poblet, o que se acomodaban dentro del área irregular de manzanas injertadas entre los estrechos muros de las ciudades; que presidían plazas a las que daban forma con sus compases o que se adaptaban a callejuelas de aire furtivo; que se asomaban a precipicios como San Pablo de Cuenca o que se extendían a lo ancho de plácidas llanuras cultivadas, como Sigena; que se adornaban con fachadas ostentosas o que se ocultaban tras paredones insípidos; que se adecuaban a oquedades naturales ampliadas penosamente con medios ínfimos o que elevaban hacia el cielo grandiosas fábricas cubiertas de retablos y pinturas…
La versatilidad del tipo monástico es el secreto de su pervivencia en el tiempo. Despojado de adherencias estilísticas, el monasterio es ante todo un edificio desplegado alrededor de un claustro, donde se suceden estancias pensadas para acoger distintas actividades. Actividades que, a su vez, pueden variar con el tiempo sin afectar en profundidad a las construcciones, como demuestra el hecho de que no hubo que esperar a los años traumáticos de las exclaustraciones para ver cómo un monasterio se ampliaba en extensión y en altura, cómo una sala de trabajo se convertía en biblioteca, un scriptorium dejaba hueco a una nueva escalera, un almacén se prestaba a servir de fundamento a un palacio, una alacena se reformaba para contener un sepulcro o una cocina se convertía en capilla. Observado desde un punto de vista biológico, el monasterio resultaría ser una especie capaz de adaptarse a cualquier medio y clima y también de asumir variaciones que provocarían la extinción de otras especies menos flexibles. El monasterio, por muy apegado que esté a un programa funcional concreto, se revela ante la adversidad como un animal omnívoro y presto a subsistir en cualquier circunstancia.

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It’s an informative book that brings you closer to our incredible and relatively unknown artistic heritage, through the different monasteries of our country. In simple language, it is very entertaining. The glossary of terms related to monastery architecture is very helpful, and the author’s pictures and drawings are excellent. Highly recommended for those who like Art.

Although it seems to belong to ways of life very far from us in mentality and in time, no ancient building concerns modern man as much as the monastery. Perhaps this is due to the fact that, among all those that make up the monumental heritage of the West, there is no other construction that possesses in such number and depth the resonances – both those from the past and those directed towards the future – that monastic ensembles display. The monasteries clarify artistic and cultural influences of antiquity and, in turn, open the way to an infinity of ideas and solutions after them, which not only concern architecture, but also the use of natural resources and even ways of life and the organization of work and human activities.
As is well known, for several centuries monasteries contributed to maintaining and disseminating a part of ancient lore, with monks copying the books in the scriptoria and teaching in monastic schools; But they also introduced the most refined rationalism into architecture, improved the farming systems of antiquity, dignified manual work against the aristocratic mentality that despised it, gave the guideline for the conception of cathedral temples when the rise of the cities or served as inspiration for factory organization in the early phases of the modern Industrial Revolution.

The first Hispanic monastic movement from which monumental remains have come down to us took place in Visigothic times, during the 6th and 7th centuries. Although there are sources that speak of a late Roman hermitism, promoted in the fourth century by Prisciliano himself, and some vague early Christian ruins (the worst represented artistic period in our country) come to be related to cenobitic centers, it was during the government of the Visigoths when the phenomenon that occurred two or three centuries earlier on the southern shore of the Mediterranean and in the Middle East was reproduced here, with the certainty that material testimonies give us: the flight from the cities of those who sought solitude and renunciation in the desert and, given their success and overcrowding, the subsequent organization of these men and women into communities. The contradiction in which he finds himself immersed who wants isolation and is forced to do so to submit to a community life is implicit in his own name: monk comes from monkeys, he who is alone. The monastery would thus be the building where a paradoxical collaboration between lonely people is reached, who intend to guarantee with the union of their forces the particular maintenance, in the face of external shocks, of the sought-after solitude.
Between the 6th and 10th centuries, within the period that we know as the High Middle Ages, is when the so-called cave architecture had the greatest boom; a dubious denomination, since there is no constructive process in it, but rather, like a sculpture, the building is the result of the extraction of natural material, of the manipulation of the forms offered by the mother rock. In principle, architecture is always the consequence of a construction process; The fact that the spaces (and even, in some cases, the more or less well-cared façades) existing in these areas are equivalent to those of the built buildings can lead to thinking about the limits of true architecture.
In any case, it is interesting to look at how the excavated forms of these cave churches imitate those of the built architecture: as they are monolithic areas, there would be no need to give the openings an arch or a vault to the roofs. Such adoption of technical construction solutions can only be understood by the desire to approach those unattainable models due to their technical difficulty, or because the forms, once assumed, tend to settle leaving behind, until they become secondary, the pragmatic origin that gave birth to them.

The recent history of San Pedro de la Nave and Santa Lucía de Alcuéscar is antagonistic: while the first had to be moved stone by stone, in 1930, to avoid being covered by the waters of a swamp, the second was discovered a long time ago. few years, converted into an agricultural building, in a pasture of Cáceres. Its recent incorporation into the cast of Visigothic architecture has allowed for more careful excavations than those of the pioneers of archeology, although in the end this has not served to avoid controversy. We say this because to a certain faction of modern Spanish archeology, supported with flimsy arguments in the overrated discipline of the “reading of walls” —which consists in offering a definitive truth of the history of buildings through the examination of each of the The stones and bricks that make it up – have lately been wanting to delay the age of these buildings by two or three centuries, to which most art historians have responded with well-founded disbelief.
As for Melque, the imposing presence of the temple is as important as the abundant remains of the monastic enclave of which it was a part. The granite with which it is built contributes to the roundness with which Santa María de Melque appears before our eyes, which is built in irregular ashlars, but it is a largely misleading impression: from the outside there are already echoes of the still recent Romanity (chamfers curved that resemble columns, pediments drawn on the gables), and the interior also had to have them, although its appearance today has nothing to do with what it could have been at the time of its creation.
Santa María de Melque is not the only monastic complex from the Visigothic period that we can recognize in its practical integrity: in another place away from the busy roads, not far from Úbeda, there is a complete Visigothic monastery, that of Valdecanales. According to its description, it is a unique monument: a monumental façade with blind arches, some of them decorated with scallops, a church with three naves, several rooms presumably dedicated to the bedroom and refectory of the monks … The unusual oblivion that has Once this monastery has been subjected by the historiography and the community of art fans, it begins to be understood when a piece of information is added: it is not, like Melque or Nave, a building erected with ashlars, but excavated in the rock.

In the Mozarabic world, on the other hand, which occurred throughout the 10th century, there are numerous constructions belonging to monasteries, although again it must be said that there have hardly ever been more remains of these monasteries than the church itself, converted into a parish or hermitage. (something shared, by the way, with those of Asturian art). But that does not allow either to establish a type of monastic church of that time, since among them there is a huge variety of forms and solutions, from those with a basilica plan with three naves (San Miguel de la Escalada, San Cebrián de Mazote) to those of a very compartmentalized nave in plan and height (Santiago de Peñalba), all within an architecture that liked to investigate forms and find solutions for which sometimes there are hardly any precedents.
Towards the middle of the 10th century, while some of the Mozarabic churches that we have named were under construction, the Catalan counties were heading towards a time of boom, when the distance from the French south was added (at that time, Christian Catalonia depended on the Diocese of Narbonne), the creation of its own dioceses and the direct relationship with Rome, with the successive Muslim raids that, paradoxically, spurred the spirit of reconstruction. At this time, a technological revolution was also taking place that was to have a decisive influence on construction and sculpture: as we have defended elsewhere, the recovery of the arts for the transformation of metal, which occurred just around those years. in the so-called Mozarabic or Catalan forges, it allowed workers to get hold of new and better tools; With them it was possible again, after several centuries of decline, to carve rigging of regular ashlars or to endow the buildings with ornamentation and capitals with greater relief and wealth.
From the middle of the tenth century until the beginning of the next, a true architectural revolution took place, in which monasteries played a fundamental role. There are four Catalan monasteries, which have reached different degrees of conservation to this day and are located on both sides of the Pyrenees, which exemplify this new thrust: San Martín de Canigó and San Miguel de Cuixá to the north, and Sant Pere de Rodes and Santa María de Ripoll to the south.
Promoted by the Empordà nobility, who needed an important religious center in their region to balance the centralizing power of the diocese of Gerona, Sant Pere de Rodes emerged (as in so many cases) in a Romanized place and where there had previously been a hermitic settlement; Nor was its great strategic importance a minor matter, which caused the fortified appearance that some parts of the monastery came to have. The means to ensure their autonomy were also the usual ones: concession of wide territories and exploitation rights (in a place situated between the mountains and the sea) over hunting and fishing; Later, religious privileges would be added to ensure the beneficial and profitable influx of the faithful and pilgrims, among which was the power to grant indulgences similar to those obtained in Saint Peter of Rome.
Sant Pere de Rodes constitutes, in summary, the first firm step taken in our country by Christian architecture towards the new paths that will emerge from then on, with the turn of the millennium, and it also represents a very old case of the artistic advancement that it supposed the monastic world. Before entering into a prolonged phase of decline, caused in part by the widening to the south of the Christian territories, Rodes (like Ripoll) knew how to carry out one last ambitious undertaking, placing a splendid marble façade before his church, commissioned to the master of Cabestany as early as the 12th century. This façade, today unfortunately disappeared, entered fully into the Romanesque period and had something of the last heroic gesture before passing the witness: by then, the major artistic initiatives began to turn their backs on the monastic estates and headed towards the cities, with the new opportunities offered by the trade and with the powerful stimulus that cathedral companies represented for artistic creation.

The full Middle Ages would see the rebuilding of the Montes monastery, erecting at that time, between the 12th and 13th centuries, the Romanesque church that still exists today. One has to imagine that this church would be accompanied by a cloister and other Romanesque rooms, but all of this was renovated in the mid-18th century. It is surprising to think of such a late date for the ambition with which the renovation works of the monastery were carried out, with the total reconstruction of everything that was not the temple and the addition to the latter of a monumental façade. Because, at that time, there were very few years left for the nineteenth-century exclaustration, after which the church of San Pedro was converted into a parish and of the entire vast monastery only a small section remained standing, converted into a rectory.
Since then, the Valley of Silence, with its old monastic churches turned into parishes of the humble villages that have sprung up around it, recovered in a certain way the solitude that once attracted the anchorites. Loneliness increased this time due to rural depopulation, which drastically reduced the number of inhabitants, and caused not by distance (Peñalba is just over twenty kilometers from populous Ponferrada), but by its rugged situation, which during For many years it played the role of a true wall against the modernization of a beautiful region, El Bierzo, affected in so many other points by different kinds of montium ruin, which entails the exploitation of slates and the extraction of coal.
Like the fire that fertilizes the earth after devastating it, and the second unpredictably yielded one of the most impressive landscapes that can be imagined: the mountains ravaged by the montium ruin eventually became the universally known wonder of Las Médulas, while the excess water from the decantation in search of gold accumulated in a nearby valley, giving rise to the beautiful Carucedo lake. Even the abundance of chestnut trees, now millennial, was fostered by the Romans, who found in their fruits part of the sustenance for the enormous labor required to carve channels and undermine mountains.

Liébana reproduces in a natural way the conditions of a fortress, with its circular shape almost thirty kilometers in diameter surrounded by uncultivated stone walls. In that fence only a narrow gate opens and preceded by the long gorge of the Hermida, practiced for millions of years by the waters of the river. A comparison between the works of man and those of nature, between the built walls and the defenses that nature graciously offers, which would certainly not escape those who, as a result of the Islamic conquest, found an alternative in this region to the vulnerability that the flat lands of the plateau presented to mutual incursions and skirmishes.
In Liébana, a repopulation policy was applied that had its key element in the foundation of monasteries. In the shadow of these monasteries, the lands were being plowed, livestock farms were organized and the roads were consolidated, and next to them the villages that still survive today, although most of the monastic centers that originated them have disappeared. Over time, the Liébana drifted towards a county structure, with the town of Potes as the capital of the valley, and later a merindad was created for its government; From the old times of repopulation, many place names and a couple of monasteries remained that, although rebuilt in later dates, have maintained until today the fame for containing artistic merits and historical resonances, and which are the ones that we will visit in this chapter: Santa María de Piasca and Santo Toribio de Liébana.

Liébana reproduces in a natural way the conditions of a fortress, with its circular shape almost thirty kilometers in diameter surrounded by uncultivated stone walls. In that fence only a narrow gate opens and preceded by the long gorge of the Hermida, practiced for millions of years by the waters of the river. A comparison between the works of man and those of nature, between the built walls and the defenses that nature graciously offers, which would certainly not escape those who, as a result of the Islamic conquest, found an alternative in this region to the vulnerability that the flat lands of the plateau presented to mutual incursions and skirmishes.
In Liébana, a repopulation policy was applied that had its key element in the foundation of monasteries. In the shadow of these monasteries, the lands were being plowed, livestock farms were organized and the roads were consolidated, and next to them the villages that still survive today, although most of the monastic centers that originated them have disappeared. Over time, the Liébana drifted towards a county structure, with the town of Potes as the capital of the valley, and later a merindad was created for its government; From the old times of repopulation, many place names and a couple of monasteries remained that, although rebuilt in later dates, have maintained until today the fame for containing artistic merits and historical resonances, and which are the ones that we will visit in this chapter: Santa María de Piasca and Santo Toribio de Liébana.
In Liébana there are at least eight duplicitous monasteries documented. One of them is that of Santa María de Piasca, which may have originated in the 8th century, but of which there is evidence since the 10th. In the middle of this last century two women professed in Piasca with their children, and until the XI was almost always governed by an abbess, who imposed her authority over the entire community. From that moment on, the government passed into the hands of men, coinciding with the conversion of the old monastery into a priory linked to the great Benedictine house of Sahagún. Despite all the attempts to modify its old organization, it seems that Piasca continued to be a duplicitous until very late, no less than until the 16th century, which may be explained by the secluded place where it is located.
From the end of that century is the church that has survived to this day, known for being a remarkable example of the Romanesque of Cantabria; Its façades have been considered the best of its kind in the province, and are carved in fine limestone perhaps brought from afar.

The environment of San Pedro de Arlanza does not reach the sublime category (in the sense in which the term was used by the artists of Romanticism) of other landscapes of the province of Burgos. There are no vertiginous canyons like those of the Ebro and Rudrón, there are no dramatic rocky areas like in Pancorbo, there are no towns with caves and waterfalls that rush between the buildings like in Orbaneja, there is no river that pierces a tunnel under the inhabited nucleus as in Puentedey; the canyons and banks of the Arlanza are more serene, without fanfare, but they hold in themselves a great treasure. It is the treasure of history, the one that gives us the gift of knowing that we are traveling and stepping on places where fundamental events of our past occurred, preserved in an atmosphere of authenticity thanks to the fact that decadence has poured a melancholic and protective veneer on them. Here, a millennium ago, the language that we continue to speak began to be established, implausibly widespread throughout much of the planet, and here the germ of the territory was formed that, for better and for worse, determined the later history of Spain.
A millennium, no less. A thousand years is a time segment that should command immediate respect. When there are testimonies of human activity from that antiquity, perhaps they should be recognized as deserving without further discussion of permanent conservation, after such a demonstration of solidity and friendship with survival. And yet everything was about to be lost.
In the north of Castilla – as in the current northernmost provinces of our country, from Asturias to Navarra – there are many tower-houses, civil buildings that served as the residence of the local authority (a nobleman or his delegates) and, above all, as a symbol of power and dominion over the territory. It is very rare that towers of this type are left before the thirteenth century, and most of them must be dated between the fourteenth and sixteenth centuries. It is these constructions, and not the extensive fortresses that one might suppose, which gave Castile its name, a name that was first heard around the year 800, in the area of the Mena Valley. From there it would extend to include the capital of Burgos and part of the Duero basin, as the Christian reconquest progressed southward.
The oldest tower-house is the one called Doña Sancha, in the center of the town of Covarrubias. It dates from the 10th century, although it was recreated four hundred years later.
The remains of San Pedro de Arlanza make up a beautiful image, which will be very evocative for romantic spirits; But it should be remembered that the ruins, although they are beautiful, are almost always the consequence of misfortunes and events that are not exactly exemplary. José Luis Senra has clearly described how the destructive process that followed the well-known Confiscation of 1835 was like: it began with plunder and pillage, with the thieves aided by the loneliness and remoteness of the place where it sits. So that they would not succumb to this robbery, and coinciding with the sale by auction of the monastery, in 1846 the aforementioned transfer of the tombs of Fernán González and Doña Sancha took place, and at the end of that same century more elements were uprooted with a conservative spirit : a Romanesque tomb apocryphally attributed to Mudarra (the avenging half-brother of the infants of Lara), which ended up in the cloister of Burgos cathedral, and the doorway of the church, which ended up in the National Archaeological Museum.
Silos is one of the mythical names of medieval art and culture, and its cloister is one of the mainstays of all Romanesque art, only comparable in fame, within Spanish territory, with the Cathedral of Santiago. This prestige is influenced, and in no small measure, by the quality of the sculpture that accompanies the architecture: the Portico de la Gloria and the Silenian reliefs and capitals are, without a doubt, the most outstanding works of Hispanic Romanesque sculpture, and also two of the best contributions of our country to medieval culture.
Interestingly, both buildings, the Santo Domingo de Silos monastery and the Compostela cathedral, were great pilgrimage centers, which leads to some reflection. The Romanesque was a way of building and creating with a universal vocation, returning to European architecture the unity that it had lost when the Roman Empire collapsed; It is a system, therefore, favored by the confluence of people and ideas from diverse origins, a fruitful contact that travel always facilitates. And that, precisely, was what gave strength to the pilgrimages: not the arousing power of the sanctuary to which they traveled, which is taken for granted, but the wake of beings and knowledge that these massive trips provoked.
The golden age of Santo Domingo de Silos was not only reduced to the splendid renovation of its architecture: the monastery became during the 12th century, and until the end of the following century, an artistic and cultural center of the first order. His monastic school was famous then; The best copyists and illuminators worked in its scriptorium, facilitating the implementation of the new Roman rite and nurturing its named library; It had its own buoyant goldsmith’s workshop in which very rich liturgical objects were made… and that without even counting the sculptors and painters that it brought together. The attention to the pilgrims extended to also welcome the needy and the sick, for whom a hospital and a leper colony were built, outside the monastic enclosure and even the urban nucleus that grew next to it. During the thirteenth century it still held a prominent role: in its beginnings, as has been said, the upper cloister was erected, and the cenotaph of Santo Domingo was carved, which is still preserved; and he did not stop receiving visits from kings who, like Alfonso X, had a special fondness for him.

The tympanum, as well as the surviving Gate of the Virgins or what we know through descriptions and documents, support the idea that the old monastic church of Silos must have been one of the most notable monuments of the Hispanic Middle Ages, in the that could be seen through the heterogeneous sum of spaces, several times expanded and reformed, a representation of the history of monasticism in its consolidation and development phase. Other monastic churches (San Millán de la Cogolla, Santa María de Wamba, Santa María de Marquet …) describe the same phenomenon of a Mozarabic church to which new naves were added in the Romanesque period, but without the richness or size with that this operation should take place in Silos. The unevenness that existed inside the temple, which contributed to defining different uses, would give it a lively and picturesque appearance, equivalent to that which can still be seen, for example, in the cathedral of Roda de Isábena. That is why it is still curious that at the aforementioned consecration, that of 1088, one of the attendees was the bishop of that small Pyrenean episcopal see.
In conclusion, what the exceptional duplication of the Silense cloister means should be nothing other than the achievement of a palatine project, superimposed on the normal low layout of the monastic rooms. Without hindering the work of the monks or their liturgical obligations, the kings who, it is known, frequently visited Silos had a palace on the upper floor of the monastery, a pleasant walkway (the galleries of the upper cloister) and a royal tribune for attend religious services safely and comfortably. We will not be misled, therefore (without forgetting that in the Middle Ages nothing was used for a single thing), if we say that what there is in Silos is a palatine cloister superimposed on another monastic.

The Carthusians are proud to be the only monks who have never degraded and, therefore, have not needed any reform. Of the charterhouse it is said: Nunquam reformata, quia nunquam deformata. His eagerness to conform to Christian precepts is already visible in his own community structure, ideally composed of twelve monks to whom an abbot-prior must be added, repeating in their number the group of disciples who accompanied Christ – a frequent utopian pattern , followed, for example, by Saint Teresa in her reform of the Carmelite order, but almost always later outgunned by necessity. Saint Bruno never wrote a rule, and it is not even clear that he intended to found an order as such; It was his example that later led to the constitution of a new monastic branch nominated by the first and heroic Alpine settlement, based on the Consuetudines (customs) drawn up in 1127 by one of the first Carthusian priors, called Guigo. The relationship between the first Carthusians and the first Cistercians was constant, supporting each other in their mission to renew the vitiated monastic world of that time: some of the Carthusian recommendations seem like real provocations directed against the monks of Cluny, displaying an austerity that does not it stopped at the conception of the buildings and that led to dispense with images that distract the monks, ornaments and other precious objects that did not go much beyond a simple silver chalice for the celebration. Since the end of the Middle Ages, the architecture and the exorno of the Carthusian monasteries has been improving, reaching the excellencies that we contemplate in Burgos (see “Arlanzón below”), Jerez de la Frontera, El Paular, Parma or Dijon. Its churches were enriched with superb altars and ornaments; the dreamed of self-sufficiency gave way to the patronage of those who demanded in exchange to place their tombs inside the temple, and ownership of farms and land rents was accepted; remote places began to be combined with others located in the vicinity of urban agglomerations …
What is peculiar about the Carthusian monastery is that, in addition to that typical monastery, it has a second larger cloister dedicated to facilitating the isolated life of each of the monks, who live in independent houses where they have everything they need: living room, bedroom, library , kitchen, orchard, latrine and even a small workshop where non-productive work can be carried out. In order to maintain isolation, the daily food is passed to each Carthusian through a small square-shaped window-cupboard (to prevent views), open to the cloistered galleries. The garden of this enormous cloister is, for its part, destined to house the corpses of the monks, who are buried there without any inscriptions that identify them. Each of the Carthusians thus lives in a pioneering “dwelling unit”, as Le Corbusier would say, overlooking the place where they will finally find a grave; The galleries of this large cloister —whose size is motivated by the need to cover access to all the houses— serve, when they are crossed by the monks to go to the temple or to go, once a week, to meetings and refreshments in common, like a permanent memento mori, announcement of the destiny that awaits the bodies after a solitary and silent life.
The Carthusian houses were not uncomfortable nor were they conceived as places of punishment: on the contrary, they were arranged in such a way that they were spacious and pleasant. The Carthusian pursues silence and solitude, not mortification itself. The weekly meeting in the common rooms and the walk also have the mission of making the life of the monk more bearable, rhythmic by that gentle weekly interruption of the daily self-absorption. It was this properly Carthusian cloister that ended up defining the appearance of the monasteries, tending to a regularity that is evident above all in the buildings founded during the Modern Age, such as the Zaragoza Charterhouse of Aula Dei.
The external presence of the Carthusians should be sparing and modest; And yet, it sometimes has a spectacularity that, apparently, contradicts its mission to ensure the isolation of its tenants. It is a new concession of these monasteries to the wishes of their benefactors, who would not consent to having put their money in a foundation of insignificant appearance; This is verified when contemplating, for example, the coats of arms of the founder on the monumental portal of the Jerez Charterhouse. Some Carthusian facades stand out for their severe grandeur, such as that of Granada, favored by its position at the top of a market with steps: as a whole, this entrance is reminiscent of the stepped sanctuaries of the republican period, such as that of Palestrina or, in the ancient Betica, that of Mulva Munigua. The ensemble is embellished by the artistic two-color pebble cobblestones, typically Granada, or by the beautiful gray marble of the façade, from the quarries of the Sierra Elvira, which is the pietra serena (the characteristic brown stone of Florence) of the Renaissance and Baroque Granada. There is no Cistercian church in Spain, except Las Huelgas de Burgos, that has come down to us with choirs and altars of medieval origin, and that is why we lack the element of comparison that evidences the current nakedness of those temples. The fact that today we like those bare walls and those uncluttered ships does not mean that this was their true aspect: on the contrary, it is the result of looting and destruction. That is why it is so illustrative to go, when possible, to the Carthusian churches of Jerez, Granada, Portaceli or Aula Dei and compare them with the empty nave of the Sevillian Charterhouse of Santa María de las Cuevas, possessed by a desolation only mitigated by the exhibitions temporary spaces that use it as a container for contemporary art. In Seville, only the gate that controlled the access of the laity maintains something of what was the original configuration of the nave, while in the presbytery a solitary clock, previously surrounded by luxurious sepulchers, sculptures and altarpieces, seems destined to symbolize with its needles stopped the voluntary routine that governed the lives of its former inhabitants and today, converted into the last testimony of the old exorom of the church, of everything that is erasing and disrupting the passage of time.

Camino de Santiago embodies, in its Spanish section, one of the largest and least publicized disasters suffered by the heritage of our country in recent years. On paper, there is no more untouchable cultural element: protected by itself, marked out by declared monuments and by populations that are considered historical sites, early recognized as world heritage … To the interested chorus of apologists are added the texts, never impartial, from the tourist brochures, which do not stop singing every season (especially in the holy years, when the apostle’s feast falls on Sunday) the wonders of the one renamed the First European Cultural Itinerary.
Faced with the invasion of the Jacobean territory by the violence of public works, we only have the urban centers (or, rather, their historic centers) and the monuments as landmarks capable of reminding us of a coherence that today costs effort to rebuild. Within these unique buildings, the monasteries played an essential role, becoming one of the most luminescent and populated constellations that made up the architectural “Milky Way” that led to the prodigious city of Santiago.
Arrival in San Juan de la Peña is done after having passed through the fascinating church of Iguacel and through Jaca, the first cathedral city on the Camino along its Aragonese route. It is worth remembering here that, before the establishment of the Jaca diocese, the main religious center of Jaca was a monastery dedicated to San Pedro, which even lent its name to the dedication of the cathedral that would be erected from the end of the century XI next to him. After Jaca, and before reaching our destination, we must still skim the walls of another monastic building, the church of Santa María in Santa Cruz de la Serós, with its impeccable Romanesque design and its famous false dome, which it encloses in its inside an upper chamber of unknown function.
From Santa Cruz begins the ascent to the monastery of San Juan de la Peña. Once again, we must make an effort to erase the narrow and zigzagging road from our minds and think about what the access would be like between the 10th and 12th centuries, when the monastery was in its prime.
Despite the unmistakable appearance that its natural vault lends to the tall church, the most famous Romanesque element in San Juan de la Peña is undoubtedly the cloister. Only two of its four galleries remain intact, and they have been highly restored. Apparently, it never had a roof, since the flight of the rock that extends over it was enough as protection: the galleries were limited, thus, to tell stories through their capitals and to delimit the processional space, something that we will find again in the Soria cloister of San Juan de Duero (see “Militia against Malice”). From the Romanesque, it is also necessary to see the pantheon of nobles, with its collection of niches decorated with reliefs.
The construction history of San Juan de la Peña did not stop in the Romanesque period: in the 15th century the beautiful chapel of San Victorián was built, which on a whim has its square space covered by a triangular vault.

Between San Juan de la Peña and our next stop at the monastery of San Salvador de Leyre, we can visit one of the most notable medieval churches in Aragon, San Pedro de Siresa. Although today it is isolated, in its day it had the dependencies of its former monastic function. In the monastery of Siresa the princes of the Aragonese crown received training in the Middle Ages, and in the temple you can still see the platform from which the notables attended services.
San Pedro de Siresa, like Santa María de Obarra or San Vicente de Cardona, are outstanding examples of the way of building that prevailed in the early Romanesque.
There is a small group of early works of a babbling Romanesque, predating the well-established models that we appreciate in Frómista or in the cathedrals of Santiago and Jaca. The outposts in this new way, dating from the first decades of the 11th century, are the crypt of San Antolín in the cathedral of Palencia, the extension of the monastery of San Millán de la Cogolla (which we will visit later) and the head of the monastery of Leyre .
In Leyre there was, as is frequent, an early hermitic establishment, later consolidated in the form of a small monastery. What distinguishes this monastery is the cult that was established in it for a group of Christian martyrs who did not refer, as we will see in Sahagún, to the times of the Roman persecution, but to the confrontations that were taking place at the same time with Peninsular Muslims. Saint Eulogio and two saints with peculiar names, Nunila and Alodia, were venerated in the Navarrese monastery in a gesture that acquires other connotations when it is thought that at that time the enemy was at the gates and possessed the largest and most populated city in the Peninsula , Cordoba.
Leyre’s political interest was not based on the possession of the remains of those martyrs; The monastery was a fundamental piece in the beginnings of the kingdom of Navarre, to the point that during the turbulent times that turned Pamplona into a perpetual battlefield, between the 9th and 11th centuries, Leyre served as the seat of the diocese and the court. Some of the bishops of Pamplona were chosen from among the monks of Leyre, and their church served as a royal pantheon. In fact, the first sign of weakness of the monastery occurred when, in 1084, a bishop of French origin knew how to keep his distance from the hitherto all-powerful monastery.
Estella is one of the Jacobean towns where there is a greater concentration of medieval art. Despite the ruins and amputations, formidable examples of Romanesque and Gothic architecture still stand there, like a heroic army of veterans fighting against the ravages of time, enriched with valuable sculptures: the reliefs that fill the surface of the cover. of San Miguel, the large statues that accompany the façade of the Holy Sepulcher or the capitals of the Romanesque cloister of San Pedro de la Rúa, which only conserves two of its four sides because the others have collapsed due to landslides —after that of San Juan de la Peña, another cloister depleted by the rock that shelters and threatens it.
From the medieval, Irache only conserves the church, inspired (especially its head) in the disappeared Romanesque cathedral of Pamplona; the cloister was rebuilt in the 16th century, after the monastery was incorporated into the Congregation of Valladolid. It is a type of cloister that could almost be called «Jacobean», due to the number of them that we will have to meet on the Camino; These cloisters are characterized by adding the Gothic construction and the Renaissance ornamental language, which here finds its culmination in the Especiosa door, through which the monks entered from the galleries to pray in the choir. In this case, as in others (León, Carrión de los Condes, San Millán de la Cogolla…), the cloistered arches were left without the tracery that was undoubtedly planned for them.
The last to be built was the tower and the second cloister, already in the seventeenth century. The bell tower of the tower faithfully follows the Herrerian style; the second cloister, with its brick arches, was founded as a college and university, where the dogma of the Immaculate Conception was apparently passionately defended, at a time when issues like this were fueling theological controversies. Proof of the victory of the defenders of the dogma is the image of the façade, one of the many that planted the altars, portals and public monuments of the six hundred, both in painting and sculpture, of countless Immaculate Conquests. The university, which, as we shall see, was founded to the detriment of the studies in the Sahagún monastery, was abolished in the 19th century, when the monastery was used intermittently as a hospital.
The dome is not the only excellent piece of the monastery: the main apse, with the careful arches of its walls and its combination at the top of arches and oculi, which refer us to the architectural richness of Cluny, the passageways arranged over the arches formeros , the decreasing windows of the western façade or the pillars with double columns of the naves are images in which the architectural drawing prevails over the decoration and which enrich the Hispanic Romanesque heritage with their quality and originality.

Over and over again in these pages the origins of a certain monastery during the high Middle Ages have been described, and almost always it is to add that nothing remains of that time, that everything we know (or, rather, what we assume) it is for documentary references or pious legends. Also, that in that remote time hermitages were small, when monasticism still did not need monasteries for its implementation: where the monk was, the monastery was, without requiring anything more than a cave or a shelter on the rock. to fund his retirement.
Now we arrive at an extraordinary place, which allows us to travel almost a millennium and a half of monasticism, stepping on, touching and contemplating its material reality, from the cave that served as a chapel and a dwelling place for the first anchorites to the baroque splendor of the sacristies and libraries. , carried out when the bells of exclaustration were about to ring. And it does so also accompanied by a peculiar value: that of being a symbolic enclave in the history of some of the Hispanic languages thanks to the famous Emilian Glosses, where the first words written in Euskera and Spanish appear.
The troglodyte settlement of Millán was a great success. A multitude of men and women withdrew to the San Millán grotto, later enlarged and multiplied, giving rise to a small Riojan Tebaida, located in a territorial strip that would later become one of the most agitated battle fronts between Muslims and Christians. The warlike atmosphere would help bring the later fame of San Millán to unsuspected lands, causing it to be taken by the Christian kings as patron and support in their battles against the infidels: this is how the meek Hispanic shepherd was converted into a Matamoros knight, just like the apostle. Santiago, who also liked to appear in La Rioja (in his case, in Clavijo) mounted on horseback and beheading Arabs with a greatsword. It has never been investigated whether the generous wine consumption, which we take for granted in the area, had anything to do with those chivalric epiphanies.
A more serious confluence between the two saints is the establishment of a vow or tribute that became a source of funding for both sanctuaries, the Compostela cathedral and the monastery founded at the end of the 10th century on the old San Millán cave.
The church later known as San Millán de Arriba or Suso thus came to be configured as an amalgam of older parts and other more modern parts and of areas built with others that present the cavities carved in the natural rock. The most notable of these caves, where the aforementioned recumbent is located, has three niches on the back wall that have been interpreted as niches or credenzas; In all probability attributable to the time of the saint, that wall has been considered, according to said dating, as the oldest Christian altar preserved in our country, prior to the examples belonging to Visigothic architecture.
Then there is the temple itself, whose Mozarabic phase adopted the model of two parallel naves, which has sometimes been understood as a reflection of the dual nature of the primitive monastery, inhabited by both friars and sorrows. At the head of these two naves there are two square spaces, covered by as many ribbed vaults, which have caused some headaches for specialists. In reality, they are typically Mozarabic vaults, very similar (although much smaller and, therefore, without the need for intermediate support) to that of San Baudelio de Berlanga.

Today San Juan de Ortega continues to be one of the small great landmarks of the Camino, a quiet and lonely place (at least, until the section of the projected highway between La Rioja and Burgos becomes a reality), a preamble to peace before the urban upheaval that will soon assail us in the capital of Burgos. Nobody among those who have visited it in detail will forget the Gothic cloister, built around 1500 with reddish stone, the Romanesque tomb of the saint or the rare Renaissance altarpieces dedicated to Saint Jerome and the Last Judgment, the latter populated by souls represented as naked figures who, whether begging for mercy or lamenting their condemnation, do not hide their bodily beauty. The capital famous for the so-called “miracle of light”, which takes place when the afternoon sun illuminates the scenes depicted in it at each equinox, will also remain in memory. In these two annual appointments, and for a few minutes, the visitors watch in suspense the passage of a solar ray over the scenes of the Annunciation, the Visitation, the dream of Joseph, the Birth and, finally, the announcement to the shepherds. It is a moving sight.
As it passes through the current province of Palencia, the Camino shows as its greatest monumental jewel the church of San Martín de Frómista, which in its current form owes more to the reconstruction completed at the beginning of the 20th century by Aníbal Álvarez than to the original building of late 11th century. Converted into a kind of model, pure and homogeneous to the point of falsification (for example, the western façade is a total invention of the restorer), stripped of everything that was attached to its walls, it is difficult to recognize that it is a monastic temple. What was the monastery of San Martín de Frómista like, what set made up the rest of the rooms with the church that, radically retouched, remains? Some old engraving shows us elements undone by the modern intervention (chapels, a tower on the dome accessed by a curious passageway), and in recent years some researchers have been offering new and enriching data. One of them, José Luis Senra, has proven that at the foot of the church there was no facade like now, but an attached body that included a galilee and a platform on top.
The cloister of San Zoilo is one of the great Renaissance works of the Camino de Santiago, the largest piece (despite not having tracery) of the Jacobean group that we have already mentioned on several occasions. This is linked above all to two that exist in the Leonese capital: that of the cathedral and that of San Marcos. All of them were projected by Juan de Badajoz el Mozo, master teacher of the Pulchra Leonina and owner of a very personal style, whom we will see again when we talk about the convent-hospital of San Marcos (“Militia against Malice”). What distinguishes this cloister from its Leonese brothers is the abundance and extraordinary quality of the sculptures and reliefs that fill, above all, the surface of the vaults. Extraordinary sculptors worked here, such as Miguel de Espinosa (who is credited with the magnificent sculpture of an Ecce Homo, one of the rare round-shaped stone statues of the Spanish Renaissance) or Esteban Jamete, who put here one of the milestones of his fruitful and tortured wandering the roads of Spain.
When you go through Sahagún in search of the remains of what was once the great monastery of Saints Facundo and Primitivo (the short name of the former finally baptized the monastery and the town where it was located), one cannot avoid also looking for the reasons why this desolate place be called the Spanish Cluny. And the first thing that occurs to us to be related to both monasteries, the French and the Spanish, is the unfortunate end to which they were driven after centuries of power and glory, expressed in their day, as always happens, through the arts. and architecture.
The last confluence of the fields of ruins should not, however, mislead us: the Sahagún monastery was a splendid edifice, and it was also the main headquarters of the Cluniac order in the Peninsula, but it could never come close to the magnificence of the model. And that both monasteries owed a good part of their finery to the same monarch, Alfonso VI.
If the Leonese monastery were still standing today, the first thing that would surprise us would be its high stone walls, adorned with sculptures also carved in sometimes remarkable materials, such as marble; because everything that surrounds Sahagún is clay, the same clay that is found, molded and fired, in the bricks that make up the walls of houses and temples that did not have the money that the Cluniac abbey had to bring from afar stones for its construction and decoration. The same clay that moistens the Cea river as it passes through Sahagún, into whose waters the bodies of the two martyrs Facundo and Primitivo were thrown.
Sahagún in general has the ramshackle aspect of so many Spanish towns, with valuable buildings (where we include the few examples of popular architecture) alternating with modern and vulgar homes, and with its most unique spaces, such as the Plaza Mayor, stripped of the charm that still exists today. see printed on the old black and white postcards. Above the concrete streets and the neglected farmhouse, the great medieval brick monuments appear: the magnificent towers of San Lorenzo and San Tirso (the latter, rebuilt) and, despite its location at one end of the town, the Peregrina church , a former Franciscan convent, which has recently been successfully restored. Next to San Tirso, another tower tries to join the group, although it cannot hide its limited seniority: it is the sign that we are next to the remains of the Cluniac monastery, where we will have to stop for a moment to commemorate its disappearance.

Carracedo, if we except the temporary change in order that affected Leyre, is the exception that confirms the rule, the great Cistercian establishment that provides the white touch that was missing on a Jacobean route dominated by black monks. The monastic presence in El Bierzo has its origin in the mountainous areas of Compludo and the Valle del Silencio, as was narrated in another chapter (“Piedra y silencio”); The monastery that served in that last place to consolidate the rise of hermitism, San Pedro de Montes, came to be attached from the last years of the 10th century a new Benedictine monastery, established this time in the so-called Hoya del Bierzo (the river plains of the Cúa river, a tributary of the Sil), which had been the property of King Bermudo II, who donated it so that the multitude of monks fleeing from Almanzor’s punishment operations could take shelter in it. From that first location, the stately government of the monastery would have to extend (through a complex network of farms, priories and subsidiary monasteries) through a territory that came to include part of Asturias and the current provinces of Lugo, Orense, Palencia and Zamora.
The Queen’s Kitchen also looks out over what must have been a well-kept fenced garden (the hortus conclusus that characterizes gardening in the Middle Ages) through a sublime piece, one of the happiest creations of our medieval civil architecture. : the viewpoint, a balcony with three unequal arches supported by pillars that, being deeper than they are wide, give a greater impression of lightness and slenderness than they already have. The viewpoint, today surrounded by later constructions that welcome it, is the maximum expression of a refinement that can be seen in every detail of the palace, in its conception and in its decoration, something that in itself is usually a symptom of the closeness of the kings to constructive companies.
It should be added, to prevent shocks, that this Palatine Gothic masterpiece is accompanied today by a thick aluminum handrail, which allows us to note a comment about the restoration suffered by the Carracedo monastery in the last years of the 20th century. In the previous chapter we have already mentioned its author, who also signed the metal roofs that partly shelter the monastery of San Pedro de Arlanza.
Ancient buildings have been irreversibly damaged many times by their restorers. Some spoil them in good faith, guided by the search for architectural purity (stylistic purity is an entelechy, a seductive siren song that makes many ships run aground) or by the idea of leaving the materials on display.
The entrance to Galicia has an unquestionable emotional component for the pilgrim: from the heights of O Cebreiro the Galician lands fall on their way to the sea, inviting the traveler to follow them to their goal, which is already close. On the way down, the landscape folds into hills and valleys; In one of them it is embedded, so gigantic that it almost seems not to fit in the narrow valley that welcomes it, the monastery of Samos. The Orobio River passes by its walls, and it is a famous tree that gives its name to the oldest of its rooms, the Chapel of El Salvador or El Ciprés. This chapel is usually dated between the 9th and 10th centuries, therefore after the Visigoth origins of the settlement; Its slate walls rather recall the time when King Alfonso II the Chaste took refuge there in his minority, safe from the palatine intrigues of Oviedo, and especially the impulse that he would give to Samos Ramiro I, to about to happen the turn of the millennium.
There is nothing else in the medieval monastery of Samos, except for a small Romanesque door that appears timidly, as if it had just been unpacked, in a corner of the Nereid cloister. The splendor of the monastery, which led to its complete reconstruction between the 16th and 18th centuries, was once again its assignment to the Congregation of Valladolid, a lifeline for so many Benedictine monasteries. The cloister just named dates from the Five Hundred, named after the fountain that exists in its center, where four aquatic beings hang their breasts giving arguments to the sly inscription that exists in one of the vaults: “What are you looking at, fool?” . We must not on account of this imagine effigies that tempted the monks, since the Nereids of Samos are filiform creatures whose only feature of femininity (although prominent) is the one already mentioned, and which as a whole cause more fright than anything else.
The most memorable thing about Samos is without a doubt the facade. It is curious that its appeal is largely due to its being unfinished, since it was planned to finish it off (like the baroque facades of so many Galician monasteries) with two tall towers. There is a lot of chance in the general configuration of the Samos monastery: the cloisters are turned because the first one was made parallel to the Romanesque temple, then disappeared; the rugged terrain forced the church to be higher than the rest of the rooms, so that it was connected to the upper floor of the cloister … This unevenness in turn led to the existence of a beautiful imperial staircase before the façade, an example more of the art to make stairs that occurred in Baroque Galicia, perhaps a reflection of the connection with Rome that the Archdiocese of Compostela maintained at that time.

Galicia’s architectural heritage is one of the richest in Spain; motley, as befits the product of a long history, but capable at the same time of maintaining common traits. When contemplating the fruits of the constructive activity in this land located in the extreme northwest of the peninsula – be it a medieval church, a fishermen’s house, an granary, a bourgeois building from 1900 or a baroque façade – specific features are not ceased, as if Let us observe a large group of people in whom, despite the difference in complexion, character or age, an air of family is always revealed.
Contrary to that of other identities with a much more vague and problematic definition, the Galician territory appears drawn on the peninsular map with meridian clarity, largely outlined by the tortuous and unequivocal border of the sea and then finished underlining its contour by the course of the rivers and the profile of the mountain peaks. The landscape of Galicia maintains that ambivalence, and in some cases contradiction, between the vast interior territory (one of its four provinces has no outlet to the ocean) and a very extensive coastline, which throughout history has been so much an announcement of the ungraspable (the Finis Terrae), place of arrival for pilgrims and horizon of the corsair threat as, once the myth of Finisterre was broken, port of departure for a diaspora that led Galicians to spread throughout the world, seeking their fortune in remote lands.
The water that the monasteries prefer is not that of the sea (despite the fact that Galicia offers us the rare image of a monastery, the Cistercian of Oia, raised next to a beach), but that of the rivers, sweet and capable of activating its I pass the mills and maintain the sanitation of the monasteries. Looking inland, the lands of Galicia rediscover another peculiarity: the Galician relief is almost always rounded, as if impregnated with the soft accent of its inhabitants, without the abrupt cuts or the rocky roughness that abound in the mountains of neighboring León and other Spanish regions.
However, between the current provinces of Orense and Lugo there is a region, which includes part of the Miño and Sil basins, which has received the denomination par excellence of Ribera Sacra for centuries due to the abundance of established monasteries, churches and hermitages in her. The region makes up an overflowing group, impossible to assume in a single chapter of the book, so we will limit ourselves to visiting, as a brief preview of what each one will discover for themselves, three monumental groups that come to represent as many moments and characters monastic: the high medieval hermitages, priories and great Benedictine monasteries.
Despite its small size, San Pedro de Rocas has enough merits to stand out among the rich monastic heritage of Galicia. It is the oldest hermitage in the region, documented since the 6th century and surely existing since the 4th, in the first years of Christianization; It is also the only Galician cave monastery: no matter how sacrificed they were, the anchorites preferred soft stones (sandstones or limestones) to practice their dwellings and their oratories, instead of hard granite. This explains the abundance of hermitages of this type in areas of ductile stones, such as the north of Palencia and Burgos, Álava or La Rioja.
San Pedro also preserves, although in very poor condition, one of the few remains of Romanesque wall paintings that remain in Galicia, in which we have wanted to see a world map similar to those that appear in some Mozarabic blessed.
The origin of San Pedro de Rocas must have been found in a family monastery, so typical of the region during the high Middle Ages (see “From the cave to the monastery”). Some attribute to the sixth century its primitive altar table, transferred in 1970 to the Orense Museum, which would make it the oldest altar in Hispanic Christianity; even more than that of Santianes de Pravia, from the 8th century, now preserved in the Asturian town of Cudillero. Copied from the ancient Roman sacrificial purposes, there are more primitive altars in Galicia; in this one of Rocas the space reserved for the conservation of relics, called loculum, can be appreciated. Also very common in this type of monastery is the abundance of tombs, which were made by excavating anthropomorphic holes in the church’s own living rock floor.
Another type of monastic establishment is that represented by San Esteban de Ribas de Miño. There is no documentation on it, but it is possible to suppose that it was a dependent priory of some great monastery in the area. The rooms that it undoubtedly had had to be arranged on the south side of the church, which is the only thing that remains, where corbels that mark the place where the missing structures would be staged remain open. There must have been the atrium or the cloister, probably made of wood, connected to the temple through the cover that opens on that side.
Whatever San Esteban was, he has left us as a legacy a marvelous Romanesque church, raised with the rotundity typical of a classic temple on a high podium, which helps to level the steep slope where it is located. This base lends it one of its most peculiar characteristics, since it is arranged as a terrace in front of the main façade, with no stairways preceding it; Thus, San Esteban remains the best example of something that the cathedrals of Santiago and Orense also possessed, originally also preceded by terraces without direct access from the outside.

Miraflores is still an inhabited charterhouse, the rigor of the closure prevents the entrance to most of the complex. In another chapter (“Carthusian monks in the sun”) we will say something about the particular arrangement of the Carthusian monasteries, so here we will limit ourselves to referring to what the reader can go through on their visit to Burgos. We must not forget, in case some safe conduct allowed us to pass the entrance to the enclosure, that the Miraflores Charterhouse is preserved in its entirety, with all the cloisters and dependencies that characterize the constructions of this order, and with pieces whose exquisite decoration It stands out among the general sobriety, like the pulpit in the refectory or the fireplace in the abbey hall.
The church of Miraflores is a model temple, with its single nave divided into several sections to accommodate, from the altar to the feet, the officiants, the monks, the laymen and the faithful. It was started by the architect Juan de Colonia – the same one who started the reform of the cathedral with Germanic lines and added the most acute pierced arrows on its towers – and it was completed by his son Simón de Colonia, author of the sublime cathedral chapel of the Constable. The latter knew how to praise the area of the altar, making the nerves of that part become anguished, a very effective resource that he also used in the cathedral and in the reform of the Romanesque monastery of San Pedro de Arlanza (“By lands of Fernán González”) .
The simple exquisiteness of this church would be meaningless if it were not accompanied by an extraordinary set of pieces of misnamed movable art. In view of this interior, the emptiness that other Carthusian churches present today, such as that of Seville, is even more regrettable. If we look at the one in Burgos, we will see that everything that the architects did, to which they dedicated their knowledge for ornamentation, is in the heights: the vaults, illuminated by the splendid stained glass windows of Arnao de Flandes, are supported by corbels that they hang over the emptiness of flat walls, simple racks of everything that is destined to be attached to them. In this type of buildings, the modern term, applied so many times to contemporary buildings, of «container», a strong and diaphanous stone box where the organization and hierarchy of space is in the hands of the bars, the altarpieces, would be congruent. the stalls with their facistoles, the partitions with attached altars …
In the Miraflores altarpiece, everything seems to turn. The angels contribute to this, who, like crowded flocks of birds, travel the circular moldings at high speed. And then it is possible to wonder if Gil de Siloé would not be inspired by his strange composition in the idealization of the machinery of a clock, enlarged to a gigantic scale. Or in front of its dial: in fact, the upper half of the altarpiece follows a drawing identical to that of the clock in the cathedral of León, except that here the axis of the needles coincides with the center of the cross and the figures of the four winds. they are replaced by the four evangelists. Conceived to preside over a place where death is paid tribute, the main altarpiece of the Carthusian monastery would come to resemble the great clock of eternity, the often dreamed of perpetual motion ingenuity. At that time, the great urban clocks, generally associated with cathedrals, were spread throughout Europe; the interpretation of the Miraflores altarpiece as a great machine that measures the time of eternity, the one that does not end, is reaffirmed with the existence of a real gear that allows, this time in horizontal rotation, the scene above the tabernacle to rotate to follow the milestones, repeated each year, of the liturgical calendar.

Santa María la Real de Las Huelgas deserves, among all those that could be applied to it, an adjective: exceptional. The monastic complex is unique due to its magnitude and the artistic wealth it contains, but it also has a multitude of characteristics that make up so many exceptions in the panorama of the Hispanic Middle Ages and that go so far as to contravene many supposed principles, including those of the order Cistercian to which it belongs.
To Las Huelgas comes that name of the pleasantness of its old environment, a suitable place for excursions and recreation, something that we must forget if we go to visit it today. A few years ago the neighboring monastery was spared a gigantic concrete chimney, but the place has been transformed with a neighborhood of luxury villas and the usual excesses of the latest real estate furor.
After crossing the portal, we find ourselves before the clearest perspective that we can find inside the church of Las Huelgas, the one that makes up the transept from one end to the other. On one side, the five mandatory chapels are opened, the central and the largest, wider and deeper to accommodate the seats of the celebrants, logically male. On the other side, the walled-in mouth of the three naves and two large plain panels, where years ago we discovered a remarkable medieval mountain – the mountains are the drawings, made on a real scale, that the masters used to design complex elements (vaults, arches) during construction. The walls of the naves respond to the limited area for the attendance of the nuns to the temple, and the medieval details of these walls, half hidden by later paintings and decorations, prove that they have always been there. As in the case of cathedrals, many people (including some scholars and historians) are bothered by the lack of perspective of churches because of the existence of choirs, bars, tombs and partitions. It should be clarified that this is the original aspect, and that their taste, with no other basis than dubious aesthetic tendencies, coincides with the effects of looting and destruction. If we see a cathedral or monastic church with its expeditious naves, as is usual in France, we will have to look for the figure of the renovating bishop, the fanatic revolutionary or the restorer architect who ruined all that.
With so many beauties as it possesses, one of those that most underscores the value of Las Huelgas is its role as a royal pantheon. The stone tombs that appear throughout the church also held a fabulous treasure: the robes of the members of the royalty that lay in them. Many tombs were looted in recent times, but even so they conserved part of the old trousseau; Among them, that of the infant Fernando de la Cerda, Alfonso X’s first-born son, kept it intact thanks to having been hidden by later additions, turning the infant (saving distances) into a kind of medieval Tutankhamun. From this funeral provision comes that Las Huelgas de Burgos can boast today of a museum of medieval textiles, installed in the wide naves of the old cilla, which is the most important of its kind in the world, and to which other pieces are attached such as the banner of the Navas de Tolosa (actually, a piece of the Miramamolín store), the cloak of Alfonso VIII …
The corbels, capitals and even unfinished plasterwork illustrate us about the technique of medieval stonemasons and sculptors, a very interesting and little noticed aspect of everything that Las Huelgas – through its Christian and Islamic vaults and walls, its tombs, images, fabrics, altarpieces and tapestries, from the rare figurative stained glass windows of the chapter house, which are among the oldest in Spain, or from the urban complex that protects it with its two squares and its towers— gives those interested about the history, the culture, the arts and even the urbanism of the Middle Ages.

The Fitero monastery has many things that make it unique. It is the first foundation of the Cistercian in our country, although the original location does not coincide with the current one —the location finally chosen for the erection of the monastery is the third, after a series of trials in that area near the course of the Alhama river— and in he conceived the creation of the first Hispanic military order, that of Calatrava.
Of the monastic church, it has been written, within the old Espasa encyclopedia, that “the architecture of the Cistercian did not produce anything so great in Spain.” It is a shocking compliment, since, apart from the magnificent headboard, the building suffers from the same dryly functional air that we have seen in the previous section, augmented here by a more neglected stonework and by the absence of the landscape framework that gives oxygen to the forceful Oliva architecture. Although that of Fitero is, of course, one of the great examples of the Hispanic Cistercian.

The monastery of Lupiana, very close to Guadalajara, would have its place in history due to the fact that it was the first foundation of the Jerónima order, once its founders decided to take a step towards its recognition and organization after their experience as hermits in the Montes de Toledo and on the hill itself that rises in front of the Alcarreña population. In Lupiana the general chapters of the order were held every three years, bringing together the priors of all the Hieronymite monasteries, and its splendor was the result of the patronage of some great noble houses, such as the Mendoza, the Toledo prelates and even the king himself. Felipe II, who showered him with privileges.
After the times of splendor, the celebrity of Lupiana is maintained thanks to the wonderful architecture of its cloister, which has one of the best-known prints of our Renaissance, a thousand times disclosed through its constant appearance in films and period series and by its current function as a setting for the celebration of weddings and events. Destroyed during the Civil War that of the archiepiscopal palace of Alcalá de Henares, the cloister of Lupiana, begun in 1535, is listed as the best of all those built by its creator, Alonso de Covarrubias, the most representative architect of Toledo during the 16th century.
The cloister, which could have been somewhat monotonous (as it happens to its brother, that of San Pedro Mártir de Toledo), nevertheless has elements that add novelty and enliven its appearance: one is the extension of some of the galleries by means of a lintel central section; the other is the layout of one more floor on the north side, with a triple gallery facing the sunny south, instead of double as in the rest of the patio. This triple gallery, which in Lupiana has acquired fame thanks to the success with which it is conceived (and there was still a fourth on it, as ancient engravings and inscriptions show), was common to other Hieronymite monasteries, such as Yuste or El Parral, which is still preserves.
Guarded by the beauty of the Covarrubias cloister, another very valuable and older cloister remains in Lupiana, although, having been reformed in the 17th century, it is hidden towards the old garden. It is the probable work of Lorenzo Vázquez, who introduced the Renaissance in Castile in the last decades of the 400 thanks to the patronage of the Mendoza family.

The city of Santiago was drawn on the ground like waves do when throwing a stone in the water. The founding projectile was the interpretation of a hitherto unknown Roman mausoleum as the true tomb of Santiago el Mayor, which meant that Christian Spain – which was just beginning to recover from the Islamic conquest and which was then (8th century) constrained in a narrow northern frieze — now had the only known apostolic tomb other than that of Saint Peter in Rome. Of course, the stone hit the mark: the pilgrimage to Galicia brought spiritual and material movement to the Christian territories, which found in the pilgrimage a way to back themselves by creating (especially from the 11th century) new nuclei or reinforcing existing ones. establishing monasteries and repairing roads.
The cult that was established around the old mausoleum recommended its protection by means of a new building that encompasses it and that would allow the development of the liturgy.
It is necessary to contemplate Santiago again from its perimeter, if possible from the beautiful walks of the Herradura Park, to verify who finally won the fierce architectural struggle to which we have been alluding, which occurred against the paradoxical background of Compostela’s decadence and the threats to take away the apostle’s patronage over Spain, which brought in large income to the city. Located in the center, like the archbishop in his choir seat, the cathedral reaches the highest heights, occupies the largest area, has the largest and the most varied roster of towers. The huge monastic buildings that grew up next to it finally had to abide by such superiority that it did not stop pointing out, although almost a thousand years had passed, the place where the Roman tomb was located in which a hermit named Pelayo thought he recognized, during the ancient times of King Chaste, the bones of the Apostle James.

The birth of Salamanca was due, as in so many other cases, to the need to maintain and operate a bridge arranged over a mighty river. The bridge was built by the Romans, and has remained for two thousand years without ceasing to fulfill its function, although the city that used it and that placed it on its coat of arms was seeking over time other structures that would guarantee its survival: an episcopal see, a university that would become universally famous and, finally, the recent reconversion of its ecclesiastical and noble structures to form part of what first the Heritage commissions, and then the cultural industry and the guild of the hospitality, recognized as a historical-artistic complex.
From its origin, the mendicant facades were the only place in the temple, together with the main altar, in which a certain decorative display was allowed: designed to accommodate the largest possible number of faithful, these churches had to be provided with a striking element that attracted them . If at the beginning this role was assumed by the front, little by little the decoration was completely covering the front of the facade where it was inserted. At the end of the 15th century, San Pablo de Valladolid became the paradigm of these new hyperdecorated facades, true tapestries permanently placed before the urban scene, the culmination of an evolution similar to that of advertising that, in the face of the exhaustion of certain claim, deactivated by habit, must seek new resources through flashy elements or increasing the size of the supports.
But even San Pablo (which was reformed and enlarged already in the seventeenth century) has, in addition to the unavoidable gap on the cover, an oculus designed to help illuminate the nave.
The cloister of the Dueñas – and especially its upper floor, with the footings almost touching each other – is the greatest exponent of the always prominent role of sculpture in the architecture of the time. Such is the display of fantasy that exists in these shoes, in the capitals and medallions, that it is impossible to describe it, nor to conceive it through the incomplete and syncopated speech of the photographs: it is necessary to have it before your eyes, when the endless succession of characters arrives to produce the impression of movement of the frames when passing before a cinematographic projector. The dramatic tone of the hundreds of amorphous characters, in which an unusual humanity painfully hybridizes with any other animal or plant species, does not elude humor or sexual suggestions; the reliefs that we are contemplating as we walk through the galleries have the tormented tone of a nightmare, lessened by the small scale of its actors. In Salamanca, so lavish in ornaments applied to buildings, there is nothing like it; Only the corbels of the Palacio de la Salina are attributed to the same workshop, and perhaps the decorations that Antonio Ponz came to see had something to do with it.

The city of the Tagus, the old Visigothic capital founded on Roman foundations, the Taifa court early claimed by the Christians, the city of the most famous medieval school of translators is also the maximum example of a city-convent. Shortly after it was taken by Alfonso VI, in 1085, the different orders began to have a presence in it, eager to participate in the reconfiguration of a key city in the advance on Al-Andalus. From the 13th century, the mendicant orders arrived there, in their male and female branches, which with their corresponding divisions began to sow the city with monasteries and convents.
You have to go into the streets of Toledo to see to what extent the convents and monasteries condition the urban scene. Architecture and urban planning admit two antagonistic models, from which all the classifications and nuances that we want to add fit. The first of these models is the one that starts from a strict planning, which gives rise to regular streets and blocks and to singular buildings with a finished appearance and exemplary character; the second responds to an organic growth, similar to that which commands the plant colonization of a territory, with different species that grow, proliferate, coexist or fight following impulses close to those of nature. Toledo is a good example of this second model: its main streets do not obey any alignment, but pass where the irregularities of the terrain lead them, between which they meander, following, in search of a certain flatness, the contour lines; each building, be it religious, military or civil, rubs shoulders with the others and sometimes steals their space or succumbs to their competition. The streets sometimes twist into knots, or after a long distance they end in a wall with no way out; its squares are not usually such, but the result of demolitions or the hazardous confluence of different streets.
Several buildings from the Muslim period have remained standing in Toledo, and Andalusian aesthetics still survived several centuries after the Christian conquest through the works that are usually grouped under the name of the Mudejar. But many of the elements from Islamic Toledo do not compose forms that we can frame in any artistic style, nor are they as striking as the lobed and horseshoe arches or the plasterwork and roofs that are lavished on Christian architecture built during the Middle Ages and the Renaissance. They are the facades of a few small holes, the dead ends or walkways, the passageways that sometimes make up roofed sections over the streets. Many of these characteristics have survived in certain corners of the city, such as Calle del Pozo Amargo, where they are presented on a reduced scale that corresponds to domestic architecture; It would be necessary to wait for the rise of convent foundations so that all these elements (passageways, sheds, patios that center the different units, blind walls, mullions) would reach an unusual development.
The best mullioned windows that are preserved today are found in convent buildings, since their role was adapted like a glove to the cloistered life of the nuns. The female convents have managed to survive relics of the past, causing mullions to survive in places as transformed as Madrid (for example, in the tower of the convent of the Trinitarians). There is a very primitive one that, although after the Middle Ages, maintains the appearance of the old Andalusian mullions, next to the Plaza del Grano de León; Another of the most unique is the beautiful perforated partition of the portal of the Nuns, in Mirambel, which belonged to the Augustinian women although it was supported by one of the entrance arches to the town. In Toledo no civil mullions have been preserved, replaced since ancient times by the bars produced by the excellent local industry, but in return some impressive examples linked to the convents have remained. One of the latest is the one that crowns the facade of the Gaitanas, where it is seen that it is possible to combine a classicist composition with an element that is no longer medieval, but of Hispano-Muslim origin.

The ruins of many monasteries continue to adorn the Spanish landscape, and if they have not acquired the symbolic role that castles play, it is because they are located in less visible places. Sometimes they are honorable ruins, such as the very diminished ones of the Cistercian monastery of Matallana, converted into a cultural and environmental education area managed by the Valladolid County Council, or all those that, like those of the Dominicans of Pontevedra, have been consolidated, integrated in the environment and even intended for some museum function. Others have been used to accompany modern buildings, as in the case of San Francisco de Zamora, in which a restoration should not be seen in any way: leaving aside the merits that the current building may have, dedicated to a Spanish-Portuguese institution, In the example of Zamora, the battered Gothic walls only serve to give prestige with the patina of their stones to the glass and Corten steel cubes that have recently accompanied them.
In spite of the time that has passed, the shameful remains also persist, those that refer us to the everlasting Spanish negligence: very few years ago, in the beautiful and heavily damaged town of Frías there were two convents, one divided to house houses and the other, with less luck, his ecclesial nave converted into a garage where the bus line was parked, protected by the medieval vaults. Very close to there, as a hopeful reverse, the Cistercian monastery of Rioseco de Manzanedo is being vindicated by the local population, who have begun to appreciate an extraordinary cultural asset worth saving where until recently only ragged walls were seen surrounded by brush . Within a panorama where the ruins frequently try to preserve themselves, stopping the process that would lead to a certain disappearance, cases such as that of San Antón de Castrojeriz, which comes out in the path of pilgrims to Santiago with its demolished walls guarded by dogs and barbed wire , or San Antonio de Mondéjar, whose remains should be pampered as what they are: those of a church drawn up by the great Lorenzo Vázquez and which was the first in our country, just after 1500, to be built according to the new Renaissance forms.
Monasteries that proudly dominated a lonely landscape, like El Escorial, or that sheltered in a crevice in the ground, like San Juan de la Peña; that they became the head of extensive agricultural operations, such as Poblet, or that they settled within the irregular area of blocks grafted between the narrow walls of the cities; that presided over squares that they shaped with their compasses or that were adapted to narrow streets of furtive air; that loomed over cliffs like San Pablo de Cuenca or that stretched across placid cultivated plains, like Sigena; that were adorned with ostentatious facades or that were hidden behind insipid walls; that adapted to natural cavities painfully enlarged with minute means or that raised grandiose factories covered with altarpieces and paintings towards the sky …
The versatility of the monastic type is the secret of its survival over time. Stripped of stylistic adhesions, the monastery is above all a building deployed around a cloister, where there are rooms designed to host different activities. Activities that, in turn, can vary over time without affecting the buildings in depth, as evidenced by the fact that it was not necessary to wait for the traumatic years of exclaustrations to see how a monastery expanded in extension and height, how a work room was converted into a library, a scriptorium made room for a new staircase, a warehouse was lent to serve as the foundation of a palace, a cupboard was reformed to contain a tomb or a kitchen was converted into a chapel. Observed from a biological point of view, the monastery would turn out to be a species capable of adapting to any environment and climate and also of assuming variations that would cause the extinction of other less flexible species. The monastery, no matter how attached it is to a specific functional program, reveals itself to adversity as an omnivorous animal and ready to survive in any circumstance.

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