El Sueño De Sancho: Una Historia Irreverente Del Conflicto Entre La Ciencia Y Las Creencias — Manuel Lozano Leyva / Sancho’s Dream: An Irreverent History Of The Conflict Between Science And Beliefs by Manuel Lozano Leyva (spanish book edition)

Un libro que no va a dejar indiferente a nadie y que trata el conflicto entre las creencias, en especial la religión, y la ciencia a lo largo de la historia. El autor es honesto con su punto de vista, que deja claro desde el principio, así como con su propia ideología (que la tiene y no la disimula). Creo que se queda corto y que podría profundizar algo más en las cuestiones que plantea, pero también es verdad que el libro sería mucho más largo. Aunque algunas de sus conclusiones no las comparto, sí creo que plantea buenas preguntas.

Hay un libro, un tanto panfletario, pero que considero magnífico: Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, de John William Draper. En España se lo tildó de anticatólico y fue refutado por obispos y por eminentes religiosos. Por ejemplo, el ínclito Marcelino Menéndez Pelayo sentenció que el texto de Draper «no es de vulgarización, sino de vulgarismo científico, obra de un dilettante en materia filosófica, aunque en otras se le conceda no vulgar loa». Por mi parte, creo que Draper fue un buen científico (por su obra científica es por lo que recibió una «no vulgar loa») y un pensador inquieto e ilustrado, y don Marcelino un abrumador escritor que supeditó su erudición a un catolicismo militante.
Un libro más ambicioso que el de Draper es A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, de Andrew Dickson White, que se publicó en San Petersburgo (por el consulado de Estados Unidos) en 1894. Creo que se trata del primer libro que intentó mostrar el asunto con rigor y, quizá por ello, ha sido el más denostado por los teólogos cristianos.
Soy otro miembro más del ateísmo moderno que, al menos en el mundo anglosajón, hace furor. Sí, soy ateo, pero con matices respecto a los autores más representativos. El primero es que no suelo caer en lo mismo que ellos: en una furia desatada (en muchos casos justificada) y casi ciega basada en consideraciones más bien antiguas de las religiones, al menos de aquellas que han superado la Edad Media.
Una vez que tanto don Quijote como quienes se burlan de ellos plantean a Sancho la posibilidad de que todo pueda resumirse en un engaño, este no se arredra, a pesar de ser el único que ha observado la realidad, pues se ha quitado el pañuelo de los ojos, y hace lo contrario que se espera de él: reafirma la creencia hasta un extremo inaudito, porque describe el cielo con extraordinaria minuciosidad.

Nuestros antepasados, gracias en gran medida al fuego y al lenguaje, fueron desarrollando la técnica de manera continua, pero con una curiosa originalidad.
Lógicamente, lo que los homininos buscaban era optimizar al máximo el rendimiento de sus herramientas. Así, las hachas tenían que pesar lo justo para desempeñar la función a la que se destinaba cada uno de sus modelos; las lascas tenían que estar tan afiladas como exigía el corte de la carne o el curtido de la piel; y así todo lo demás.
Poco a poco se alcanzaron unas cotas extraordinarias en el rendimiento de los utensilios, de las herramientas y de las armas de caza. A pesar de toda esta optimización y de todo este pragmatismo, alcanzados, sin duda, a base de infinidad de ciclos de ensayo-error-corrección-ensayo, la simetría en los útiles, en las armas y en las herramientas está muy presente en todos ellos, pero no hace que aumente la eficiencia casi en ningún caso. ¿Qué sentido tenían tantas formas triangulares, ovales y elipsoides? Un caso aún más sorprendente de esto es el de los primeros recipientes y vasijas, los únicos enseres en los que destaca la forma circular, difícil de conseguir.
El caso de las taulas menorquinas es aún más curioso, si cabe, que el Stonehenge, porque quienes más disquisiciones astronómicas han hecho sobre ellas han sido los propios británicos.
«Mesopotamia» es un vocablo de origen griego que significa «entre ríos». Lógicamente se trata de una traducción de idiomas más antiguos, como el persa o el arameo, pero su sentido es el mismo en todos: la tierra entre los dos grandes ríos (Tigris y Éufrates).
Tanto en el espacio como en el tiempo, se distinguen tres zonas de hegemonía cambiante en distintas épocas. La más antigua y meridional es Sumeria o el Sumer. Luego, en el centro, el esplendor es de Babilonia, que, además de englobar a Sumeria, incluye la Acadia. Y, por último, la zona más septentrional y el reino más moderno es Asiria. Tal vez la cultura y el Estado babilonios son los más interesantes desde muchos puntos de vista, pero, para el tema central que nos incumbe aquí (la ciencia y las creencias), Sumeria ofrece unas raíces más profundas y duraderas.
La civilización sumeria dura unos quince siglos, digamos que desde 3500 hasta 2000 a. E. C., pero su inicio es paulatino y su decadencia, no muy brusca.
A lo largo del Nilo, se configuró una civilización singular dotada de una mitología inverosímil que perduró hasta Justiniano I, o sea, unos tres mil quinientos años, un milenio y medio más de lo que llevamos de cristianismo. Nada quedó de ello, pero menos aún de su ciencia, sobre todo porque casi no existió una ciencia egipcia.
Egipto tuvo en sus inicios una fuerte influencia sumeria, pero el Nilo se diferenciaba mucho del Tigris y del Éufrates. Seguramente a ello habría que acudir para entender el giro tan drástico que dio la civilización egipcia con respecto a la mesopotámica. Lo que tuvieron en común al principio resultó ser lo decisivo: una agricultura de alto rendimiento que proporcionaba excedentes, a la vez que exigía cooperación, es decir, organización social.
Otra característica de la civilización egipcia era el papel de las mujeres. Tenían casi los mismos derechos que los hombres y sus funciones se distinguían solo por la natalidad y la diferencia en promedio de la fuerza física. Por lo demás, las egipcias, al igual que las sumerias, no tenían grandes motivos de queja en cuanto a discriminación. Ni siquiera el adulterio era considerado algo muy grave y, desde luego, ni de lejos se podía comparar con el rigor con que lo castigaban las leyes sumerias. En las pinturas y en los bajorrelieves encontramos a mujeres egipcias como felices amas de casa y como campesinas, pero también como sacerdotisas, como escribas y como prostitutas. Seguramente estas escenas artísticas no nos acercan del todo a su realidad, porque intentan agradar, pero podrían ser el reflejo de una sociedad en la que las mujeres, si pensamos en todo lo que vendría después en otras muchas civilizaciones, no parecían encontrarse muy oprimidas, si es que lo estaban en algún grado. Por cierto, la cosmética, ciencia que en cierto modo inventaron las egipcias, es quizá de las más sofisticadas que ha habido nunca.
En la construcción, incluso de las obras más faraónicas, aparte de las rampas de tierra, se usaban como instrumentos las palancas, los rodillos y los trineos, pero no las manivelas, ni los tornos, ni las poleas. Sabían construir embarcaciones, pero estas solían ser fluviales y costeras, poco aptas para aventurarse en alta mar. Trabajaban materiales duros como el basalto y podían manipular el cobre y el estaño para producir un bronce aceptable; también contribuían al lujo con una bonita manufactura del oro que fabricaba joyas de gran valor estético. Y poco más, porque, de hecho, la única herramienta propiamente egipcia que se conoce es el taladro de arco. La rueda, los muy torpes, solo la usaban en algunos juguetes.
La medicina egipcia también ha despertado la imaginación de historiadores y de novelistas; sin embargo, hoy se tiene constancia de que era mucho más limitada y tosca que otras de la Antigüedad. Hacían trepanaciones, es cierto, pero no se sabe muy bien el objeto y cuánto perduró tan tremenda cirugía. Lo que sí usaban con gran efectividad eran las purgas y los enemas. Por ejemplo, ellos inventaron el uso del aceite de ricino como purgante, lo cual supone un avance médico significativo, porque la drástica limpieza del aparato digestivo ayuda a paliar muchas disfunciones y malestares. Otro asunto que los egipcios dominaban era la contracepción y el aborto, así como la operación de cataratas, lo cual no es poco.
El hinduismo surgió en el valle del Indo en la misma época en que aparecieron las religiones de las otras civilizaciones fluviales, es decir, hace aproximadamente unos cinco mil años.[18] En los apartados anteriores se ha insinuado que las creencias mesopotámicas y egipcias, que evolucionaron muy lentamente, fueron las raíces de religiones más modernas, como el judaísmo, el cristianismo y el islam (en orden cronológico). El hinduismo, por su parte, fue el criadero de otras, como el budismo, el jainismo y, mucho más reciente, el sijismo. Solo hemos citado las más importantes, porque las ramas que brotaron de su tronco fueron igual de frondosas que las del cristianismo y que las de las demás grandes religiones.
El hinduismo es tan politeísta como las religiones de las orillas del Nilo y el valle del Tigris y el Éufrates, pero con una diferencia esencial: un hinduista no solo puede creer en un único dios, sino que incluso puede ser ateo.
El hinduismo no tiene ningún fundador, pero sí unas escrituras sagradas (los cuatro libros Vedas), que sufrieron el influjo de los arios, estirpe originaria del norte de Europa que emigró a la India por el norte en oleadas sucesivas. La fusión de cultura indoeuropea dio lugar a una infinidad de dioses a los cuales se alaba en los himnos escritos en los Vedas. Esta adoración se explicita en cada libro en forma de mantras (u oraciones) y brahmana (o ceremonias). Todo ello figura a modo de poemas y cánticos así como en prescripciones para el sacrificio.
Más notable que la variedad del panteón hindú es la diversidad del hinduismo. Las manifestaciones de la religiosidad pueden variar mucho de unas comarcas a otras, estar influidas por las castas o diferenciarse por los distintos idiomas y costumbres locales. Los ritos, los dioses, la interpretación de las escrituras, etcétera, son muy dispares y, como mínimo, se puede establecer una división en seis corrientes, aunque lo más común quizá sean estos conceptos: karma, dharma y moksha.
El karma es la ley que rige la reencarnación de las almas; el dharma, la forma de vida apropiada que propicia el progreso en las reencarnaciones; y el moksha, la liberación del ciclo de renacimientos para alcanzar la unión con Brahmán (o dios supremo) en un estado de permanente bienaventuranza.
La cultura, la técnica y las creencias en China son tan antiguas como en Mesopotamia, Egipto o la India, pero los conjuntos de doctrinas y de dogmas que dieron forma a las religiones de Extremo Oriente tardaron más en cuajar. Los tres grandes troncos o, como gustaba decir en la antigua China, los tres caminos fueron el confucianismo, el taoísmo y el budismo. Yendo más aún hacia el este, la futura religión propia de Japón sería el sintoísmo.
Como ocurrió en otras civilizaciones, en China no se vio la necesidad de rechazar ninguna creencia de las muchas que llegaban mezcladas en las inmigraciones. Esto configuró un enorme conjunto de dioses, ritos y ceremonias. Convertirlos todos en una creencia mínimamente uniforme que se reflejara en una ética más o menos común exigió un gran esfuerzo intelectual. Las dos figuras que destacan sobre todas las que dedicaron su vida a la contemplación y al desentrañamiento de los misterios místicos fueron Kong Fuzi y Siddharta Gautama, es decir, Confucio y Buda.
Se puede pensar que tanto los mitos del Antiguo Testamento como los de las tradiciones orientales son crueles y desquiciados, aunque no faltos de belleza en muchas de sus historias. También se puede especular con que, por fortuna, en las hermosas tierras e islas griegas iban a empezar a resplandecer las luces de la razón, de la democracia y de la observación de la naturaleza. Lo cual es cierto, pero no debe olvidarse que la mitología griega es mucho más cruel y desquiciada que todas las demás. Muchísimo más.

Las creencias empapadas de mitología homérica en la Grecia arcaica seguían inmersas en las ancestrales religiones mistéricas. Se basaban en misterios (más bien prácticas rituales y no enigmas que había que resolver) que nunca se planteaban en público. Dicho de otra forma, la sabiduría se alcanzaba con las experiencias iniciáticas de los ritos y no con la razón y la palabra.
De todas ellas, el orfismo era la práctica mistérica con un mayor poder de difusión, por ser la más amplia y amable. Un indicio tremendo de su capacidad era el carácter sagrado que se le daba a la epilepsia, porque aquellos ritos encaminaban al practicante hasta un estado de locura que lo preparaba para recibir la atención del dios.
Orfeo era uno muy popular, aunque no fuera citado ni por Homero, ni por Hesíodo. Poeta y músico, su historia de amor con la bella Eurídice se situará en la base de la poesía y, sobre todo, de la tragedia griega. Tanto Eurídice como Orfeo tuvieron un aciago final que facilitó la incursión del espíritu humano en el inframundo, pero acompañado de música y poesía. Quien no esté familiarizado con este mito debería interesarse por todos sus detalles, porque seguro que lo encontrará bello y fascinante. Y, por supuesto, despiadado, porque siempre se hallará la crueldad en las creencias y en las religiones.
Lamentablemente, la inmensa mayoría de los manuscritos que recogían la filosofía griega no han llegado hasta nosotros. Puede que la mayor pérdida fuera la obra de Demócrito, quizá más voluminosa (y juiciosa) que la de Aristóteles. En cambio, de este último se conservó casi un tercio del total que se le atribuye. La matemática y la astronomía pervivieron con más facilidad por la brevedad de las fórmulas, de los teoremas y de las predicciones, que podían transmitirse por completo de autor a autor, pero con la filosofía no sucedió así. Tal vez por eso la obra de Aristóteles cobró tanta relevancia, aunque de manera tardía.
En efecto, durante los siglos posteriores, la influencia de la filosofía platónica fue mucha y la de la aristotélica casi nula. El movimiento antimacedónico que siguió a la muerte de Alejandro Magno fue quizá decisivo en la destrucción y desconocimiento de parte de la obra de Aristóteles.

El Museo de Alejandría se vio impulsado por dos motores poderosos relacionados entre sí: el dinero y el prestigio. Los Ptolomeos (llegaron al XIV) y las Cleopatras (la famosa es la VII), más o menos generosamente, destinaron a la infraestructura, los emolumentos y la adquisición de libros una parte sustancial de los impuestos que proporcionaba el comercio portuario. Los edificios se ampliaban continuamente de forma lujosa y confortable. Piénsese que las habitaciones donde vivían los profesores, las salas bibliotecarias más apreciadas y otras dependencias comunes llegaron a tener incluso calefacción central. También se destinaban recursos a un jardín botánico, a una colección zoológica, a un observatorio astronómico y, lo más moderno e inquietante, a una sala de anatomía en la que se practicaban disecciones de cadáveres, por lo general, de criminales ejecutados. Los salarios de los sabios eran igual de generosos, por lo que parecía muy atractivo aspirar a incorporarse a aquel centro.
La adquisición de libros, más bien rollos de papiro y pergamino, era muy interesante. Se compraban, se admitían y se copiaban, pero todo esto se hacía de una manera inmensa e inteligente. Como la Biblioteca del Museo se hizo célebre por sus ansias de libros, los avispados comerciantes empezaron a arramblar rollos de todo el orbe conquistado por Alejandro Magno. Y hasta de más allá.
Dicen que la Biblia es el libro con mayor proyección de la historia, pero los Elementos de Euclides quizá le ganan. Puede cuestionarse que chinos, indios y muchos otros asiáticos, así como africanos y de otras partes del mundo, hayan leído la Biblia, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que todos los que han ido a la escuela han aprendido lo fundamental de las enseñanzas matemáticas contenidas en los Elementos.
Este tratado consta de trece libros, cuyo sustrato se nutre de la obra de Eudoxo, los seis primeros de los cuales se dedican a las proporciones y las técnicas geométricas para resolver ecuaciones lineales y cuadráticas. Contienen lo que aún hoy se denomina «geometría plana» o «elemental». Concretamente, los dos primeros libros tratan de los triángulos y paralelogramos e incluyen gran parte de la matemática pitagórica. El tercero y cuarto se dedican a los círculos y polígonos regulares. El quinto es el de las proporciones y el sexto trata de la semejanza de las figuras planas. Piénsese que la validez de esta geometría se ha mantenido a lo largo de los siglos y no se ha ampliado hasta bien entrado el siglo XIX con la geometría de espacios curvos llamada, por eso, «no euclidiana» o «riemanniana» (por su iniciador Bernhard Riemann). La parte comprendida entre los libros séptimo y décimo, ambos incluidos, de los Elementos se dedica a la teoría de la divisibilidad de los números con una descripción magistral de los números primos, así como de las propiedades de los segmentos. Los tres últimos libros se ocupan de la geometría tridimensional de los poliedros regulares y de sus esferas circunscritas, que tanto le gustaban a Platón. En ellos se encuentran amenos teoremas sobre redes, planos, diedros, etcétera, y métodos para calcular áreas y volúmenes que llevan a las fórmulas que aprendimos en la escuela.
Respecto al Museo y a la Biblioteca de Alejandría durante el periodo helenístico, hemos de tener en mente el enorme número de profesores y de estudiantes que se formaron allí y que expandieron el saber por todo el orbe. Y muchos, triunfadores a la postre, consideraron eso un peligro tan cierto como mortal para sus propios intereses y para sus proyectos futuros. Por eso atacaron el Museo y la Biblioteca con tanta saña.
Por cierto, no queda ninguna constancia de que en la época gloriosa de Alejandría se condenara a nadie por impiedad, es decir, por contradecir algo referente a dioses y creencias.

El islam, qué duda cabe, atribuye tanta belleza a la poesía del Corán que esta resulta insuperable, en particular mediante imágenes. (Prohibidas, salvo hoy en algunas zonas de Irán.) La mejor manera de difundir el mensaje divino entre el pueblo analfabeto es recitando los bellos pasajes del libro santo; por eso, en el mundo islámico, ha sido siempre muy popular, hasta nuestros días, memorizar tantos versos como se pueda, incluso todos.
El Corán no fue creado y será eterno, por lo que, para los mahometanos, Moisés y Jesús no predicaron el judaísmo y el cristianismo, sino el islam. Se les interpretó mal y sus enseñanzas degeneraron, pero lo puro y auténtico es lo dicho: ambos fueron musulmanes, así como todos los demás mesías y profetas habidos y por haber. Ni Mahoma ni sus seguidores mencionaron nada de las religiones del Extremo Oriente, seguramente porque no las conocían, de otro modo, les habrían dado la categoría de musulmanes a indios, a chinos, a japoneses y a todos los asiáticos del sudeste aunque ellos mismos no lo supieran.
Lo de que el Corán no fuera creado hay que entenderlo en el sentido de que Dios no tiene origen y lo que le dio forma a la sagrada escritura fueron las revelaciones de Gabriel a Mahoma. Este, conforme las iba recibiendo, se las declamaba a sus acólitos, que eran quienes las transcribían, porque ya dije que él era analfabeto.
Mahoma, como gran mercader (y pirata caravanero), pasaba muchísimo tiempo en el desierto a la cabeza de grandes caravanas. Además, debido a la inmensidad y a la monotonía de este (arab, de donde viene Arabia, significa «árido»), se encontraba en un ambiente propicio para meditar, para inspirarse y para dar un estilo lírico a bastante de lo que escuchaba.
La simplicidad del islam, fusión sencilla del judaísmo, el cristianismo y las tradiciones y cultos arábigos, unido todo ello a su arrolladora expansión, propició que no hubiera grandes debates teológicos. Apenas hubo divisiones entre sus practicantes, salvo una muy profunda, la sunita y chiita. Y esta tampoco es que fuera muy insondable desde el punto de vista teórico, sino que se basaba, como casi todas, en conflictos políticos. En cualquier caso, la ortodoxia sunita se apartaba claramente del acercamiento chiita a ciertos cultos persas. Sin embargo, una religión fundamentada en poemas no podía sino florecer desde el punto de vista intelectual y cultural. Así ocurrió en cuanto las fronteras del mundo islámico se fueron asentando.
La capital de la dinastía más poderosa, la de los abasíes, se trasladó a Bagdad y allí se instaló una escuela de traductores que se convirtió en universidad. Esta alcanzó tal calidad que, si bien no pudo competir con el esplendor de la Biblioteca y el Museo de Alejandría, ya extintos, sí puede decirse que pasó a ser uno de los centros intelectuales más pujantes en la época.

En la Edad Media, la Iglesia era un imperio, es decir, estaba regida por un rey de reyes con poder supranacional y hasta supraterrenal, pero a esta se le empezaban a romper costuras, porque su extraordinario crecimiento, literalmente, la desbordaba. Los monasterios y las escuelas catedralicias no daban abasto para poder acoger a tanto novicio con aspiraciones de medrar en la única carrera intelectual posible. Los segundones de los nobles no tenían un ejército nutrido en el que progresar, ni tierras que descubrir o que conquistar. Los protomedicatos en que se formaban los médicos eran los gremios más cerrados y más exigentes. Ambas razones, la saturación física e incluso intelectual de la Iglesia y la ausencia de carreras intelectuales llevaron, poco a poco, a organizar un nuevo tipo de gremio: la universidad.
Como vimos en el capítulo anterior, los goliardos fueron su embrión o, si se prefiere, al revés: París y Oxford, a los que ya nos referimos como universidades, tuvieron como primer producto a los goliardos. Así, ninguna de esas dos universidades, al igual que muchas de las que vinieron después, tienen carta fundacional, porque surgieron de manera bastante gradual. Sin embargo, aquello cambiaría tan sustancialmente el devenir de Europa que podría hablarse de un primer renacimiento anterior al que eclosionaría en la Italia del siglo XV.
La palabra «universidad» podría provenir de «unir» o de «unificar» diferentes oficios e intereses. Desde la época de Carlomagno, la escuela estuvo en manos de la Iglesia y los centros de enseñanza eran sobre todo anexos de las catedrales e iglesias, así como de algunos monasterios. Sin embargo, como hemos visto, a finales del siglo XII los jóvenes europeos empezaron a sentir inquietudes intelectuales que iban más allá de la teología. A su vez, una sociedad cada vez más urbana y abigarrada exigía un desarrollo de la jurisprudencia, que se había estancado tras el poderoso derecho romano. La medicina árabe y judía fluían incesantemente desde Al-Ándalus hacia el norte, las bibliotecas monásticas y palaciegas empezaban a nutrirse de copias de traducciones cuidadosas. Así, surgían oficios que podían ser muy lucrativos y tan necesarios como los manuales.
Las primeras universidades no eran más que asociaciones de profesores, en general eclesiásticos, y estudiantes, sobre todo segundones de familias pudientes. No tenían ninguna sede, porque las clases se impartían en claustros monásticos, en dependencias catedralicias o simplemente eclesiásticas, en palacios y hasta en casas particulares y en jardines si el tiempo lo permitía.
Así pues, las primeras universidades que se pueden considerar fundadas y no como resultado de un proceso más o menos espontáneo y vivo fueron las de Palencia y Salamanca en España, en 1208 y 1218, respectivamente, con Cambridge en medio desgajada de Oxford en 1209. Siguieron las de Montpellier (1220), Padua (1222), Toulouse (1229), Orleans (1235), Siena (1240), Northampton (1261) y Coimbra (1288), y el fenómeno fue extendiéndose hacia el norte hasta dejar Europa cuajada de universidades.
Los españoles, en buena medida de la mano de los jesuitas, crearon universidades por todo el orbe conquistado. En Europa empezaron asimismo a proliferar esas magnas instituciones con una presencia eclesiástica cada vez más menguada y con el escolasticismo casi arrasado. Además, las necesidades tecnológicas se vieron estimuladas por la navegación, en primer lugar, y por la optimización de los rendimientos de la nueva riqueza, después. Incluso las guerras ocasionadas por todas estas convulsiones exigieron innovaciones técnicas que pronto desembocaron en lo que vino a llamarse «primera revolución industrial».
Y, al lado de todo ello, como una sombra siniestra, el ya indicado reverdecimiento de la Santa Inquisición.
La Iglesia entraría en estado de perplejidad y asistiría al desmoronamiento de sus creencias, pero el edificio institucional estaba tan sólidamente construido y tan bien apuntalado por el poder político que no vería ninguna razón para inquietarse. Sin embargo, sus integrantes más preclaros, que siempre los tuvo, intuyeron que tenían que afrontar el conflicto con la ciencia con más inteligencia que fuerza. Esa era otra historia que con Galileo no había hecho más que empezar, aunque a la hora de enfrentarse al conocimiento de la realidad (entonces como ahora y como siempre), el científico suele ser modesto; el artista, ambicioso; y el teólogo, soberbio.

La exuberancia barroca del catolicismo y la austeridad luterana, ansiosa de riquezas, entablaron una carrera expansiva tan triunfante que las salvó de su ocaso y, quizá, de su desaparición. Además, sus estrategias de supervivencia tuvieron más éxito del esperado, porque el norte de Europa se hizo rico y poderoso, mientras que la decadencia imperial del sur se vio compensada por un fuerte afianzamiento de la fe cristiana del catolicismo romano. A pesar de ello, las bases para una crítica racional de las creencias y para el desarrollo de la ciencia estaban asentadas y parecían sólidas. El siglo siguiente, marcado por la célebre Ilustración, no supuso necesariamente, ni mucho menos, un avance en el conflicto capaz de encauzar el desarrollo. Aumentaron mucho las luces, sí, pero estas también provocaron grandes sombras.

Uno de los documentos estratégicos estadounidenses liberados en la prodigiosa filtración de WikiLeaks, de apenas media página, conmovió al Vaticano más que ningún otro. Lo único que decía la CIA sobre la Iglesia católica era algo así como que había pasado a ser una institución poco preocupante por la irrelevancia creciente que tenía al continuar anclada en el pasado con ritos ancestrales y un papa, Ratzinger, simbólico y lejano a todos. Lo peor de lo que se puede tachar a la Iglesia católica es de irrelevante, sobre todo si esta sospecha que puede ser verdad.
Los asuntos internos de esta nunca son triviales de analizar, por eso quizá lo anterior no fue lo que dio lugar a una revulsión interna tan drástica como jubilar al papa (algo que ya había sucedido, pero que resultaba bastante infrecuente en dos mil años) y nombrar sumo pontífice, por primera vez, nada menos que a un jesuita. Si la Iglesia tiene que echar mano de la Compañía de Jesús, de la que, desde su fundación, nadie en su seno se ha fiado mucho, es porque las cosas estaban tan mal o peor que en el siglo XVI. El problema es que, como estamos viendo cada día, el papa argentino no parece muy acertado en superar unos dogmas, esquemas morales y actitudes arrogantes que son ajenos al sentir de la inmensa mayoría de la población supuestamente católica. ¿Es de verdad esto así?.
La ciencia sí que explica a la perfección el papel favorecedor del amor paterno y maternofilial en la evolución de las especies. No hay más que pensar que este no solo ofrece ventajas a los humanos, sino a casi todos los animales. El amor, la empatía, el juego, el altruismo, todo se puede analizar científicamente, lo cual… solo le interesa a unos pocos científicos, porque, a los demás, nos da igual. Lo que negamos con rotundidad es que la religión y el «método» teológico aporte hoy alguna ventaja a la convivencia humana. Lo que hace, más bien, es con total exactitud lo contrario. ¿Por qué se atribuyen los religiosos esa supuesta superioridad moral? En otra frase de Giberson puede estar la clave:

La ciencia puede determinar que, cuando el embrión se está desarrollando en el útero, hay un punto en el que se determina el sexo, las extremidades se definen y comienzan a moverse, y se pueden distinguir los ojos y los dedos. Puede describir eso rigurosamente, pero no puede asegurar en qué momento aparece el valor del ser humano o la dignidad. Resulta peligroso suponer que podemos encarar este debate sin alguien que nos recuerde continuamente que el óvulo fertilizado es un ser con dignidad y alma, creado a imagen de Dios. La visión contraria implica caer en una perspectiva puramente pragmática y materialista de las personas, en lugar de tratarlas con el respeto y amor que merecen.

La ciencia, en efecto, jamás asegurará nada sobre cuándo surge «el valor del ser humano o la dignidad», sobre todo porque ni lo intentará. Sin embargo, el hecho de que eso lo asegure alguien cuya única competencia sea creer que el futuro bebé está creado a imagen y semejanza de un dios resulta patético. Y, aún más, indigna que, para colmo, nos reconvenga con que, si no lo hacemos así, no lo estamos tratando con respeto y amor.
Lo bueno es que Sancho despertó de su sueño y, lo que es mejor, no parece estar dispuesto a caer en ensoñaciones que les puedan provocar nuevos cuentos y subterfugios como los de Clavileño el Alígero.
Ante la vetustez y la simpleza de las defensas eclesiásticas de los teólogos a los ataques de los ateos modernos, se ha generado un movimiento que toma múltiples formas a las que se engloba con el término de «tecnorreligiones». En Estados Unidos es donde más furor están haciendo, pero Europa no es ajena al fenómeno. Se trata de fundir los avances tecnológicos, más que científicos, con las aspiraciones místicas de las religiones, trascendiéndolas de manera arrolladora. La robótica, la inteligencia artificial, la biotecnología, la intercomunicación global y otros muchos desarrollos que caracterizan la época actual se estudian desde el punto de vista trascendente con vistas al futuro. No solo hay chalados de por medio, sino también estudiosos profundos cuyas opiniones al respecto son dignas de análisis.
Nuestro siguiente paso en esta religión laica se dio hace décadas: el establecimiento de los derechos y deberes. No son diez mandamientos, sino más, y también infinitamente más sabios que los preceptos bíblicos y eclesiásticos. La primera Declaración de los Derechos Humanos constaba de treinta artículos y se elaboró en 1948; la promulgó Naciones Unidas con un mandato dirigido a toda la humanidad. Le siguieron la de Responsabilidades y Deberes Humanos, las de la Mujer y los Niños, etcétera.
Sí, Sancho despertó hace tiempo y se regocijó por ser europeo porque así se cumplía la idea de su amigo don Quijote de que la libertad es el bien más preciado. Mucho más al descubrir que en este primer tercio del siglo XXI hay enormes zonas del planeta que son tan democráticas como Europa. Desde Canadá hasta Australia, desde Chile hasta Nueva Zelanda, desde Estados Unidos hasta Japón, pasando por la India, hay países enormes y pequeños que viven en libertad y que están sometidos al imperio de la ley democrática y al cumplimiento de los derechos y las obligaciones universales; pero con grandes lagunas y, sobre todo, amenazas más que inquietantes. Y las más agudas de estas últimas provienen aún de las creencias irracionales, en especial de las religiosas. Sin apenas matices. Por eso nos tenemos que defender de ellas. En el caso de Europa, urge crear el ejército más poderoso de la Tierra al servicio del mantenimiento y, sobre todo, del desarrollo del orden basado en las conquistas alcanzadas hasta ahora. Bastante ha sufrido ya la humanidad para que ahora no disfrutemos de la victoria que han propiciado la ciencia, la cultura y la democracia.
Y, personalmente, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de evitar que nadie nos arrebate con arrogancia el disfrute vital que nos recomendaba Albert Einstein:

Lo misterioso es la experiencia más hermosa que podamos tener. Es la emoción fundamental que se halla en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia.
Todos nosotros, fundidos con el universo, somos Dios.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/28/el-fin-de-la-ciencia-manuel-lozano-leyva-the-end-of-science-by-manuel-lozano-leyva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/06/nucleares-por-que-no-como-afrontar-el-futuro-de-la-energia-manuel-lozano-leyva-nuclear-why-not-how-to-face-the-future-of-energy-by-manuel-lozano-leyva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/24/el-gran-monico-la-insolita-aventura-de-un-ingeniero-en-tiempo-de-crisis-manuel-lozano-leyva-the-great-monico-the-unusual-adventure-of-an-engineer-from-la-mancha-spain-in-times-of-crisi/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/14/el-sueno-de-sancho-una-historia-irreverente-del-conflicto-entre-la-ciencia-y-las-creencias-manuel-lozano-leyva-sanchos-dream-an-irreverent-history-of-the-conflict-between-science-and-b/

—————-

A book that will not leave anyone indifferent and that deals with the conflict between beliefs, especially religion, and science throughout history. The author is honest with his point of view, which he makes clear from the beginning, as well as with his own ideology (which has it and does not hide it). I think it falls short and that I could go a little deeper into the questions he raises, but it is also true that the book would be much longer. Although I do not share some of his conclusions, I do believe that it raises good questions.

There is a book, somewhat pamphlet, but which I consider magnificent: History of the conflicts between religion and science, by John William Draper. In Spain he was labeled anti-Catholic and was refuted by bishops and eminent religious. For example, the illustrious Marcelino Menéndez Pelayo ruled that Draper’s text “is not vulgarization, but scientific vulgarism, the work of a dilettante in philosophical matters, although in others he is granted not vulgar loa.” For my part, I believe that Draper was a good scientist (for his scientific work is why he received a “not vulgar praise”) and a restless and enlightened thinker, and Don Marcelino an overwhelming writer who made his erudition subordinate to him. a militant Catholicism.
A more ambitious book than Draper’s is A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, by Andrew Dickson White, which was published in St. Petersburg (by the US consulate) in 1894. I believe it is the first book. who tried to show the matter rigorously and, perhaps for this reason, has been the most reviled by Christian theologians.
I am yet another member of modern atheism that, at least in the Anglo-Saxon world, is all the rage. Yes, I am an atheist, but with nuances regarding the most representative authors. The first is that I do not usually fall into the same thing as them: into unleashed (in many cases justified) and almost blind fury based on rather ancient considerations of religions, at least those that have surpassed the Middle Ages.
Once both Don Quixote and those who make fun of them raise to Sancho the possibility that everything can be summed up in a deception, he is not daunted, despite being the only one who has observed reality, since he has removed his handkerchief. the eyes, and does the opposite that is expected of him: he reaffirms the belief to an unprecedented extent, because he describes the sky with extraordinary detail.

Our ancestors, thanks largely to fire and language, developed the technique continuously, but with a curious originality.
Logically, what the hominins were looking for was to optimize the performance of their tools to the maximum. Thus, the axes had to weigh just enough to perform the function for which each of their models was intended; flakes had to be as sharp as required by cutting the meat or tanning the skin; and so everything else.
Little by little extraordinary heights were reached in the performance of hunting utensils, tools and weapons. Despite all this optimization and all this pragmatism, achieved, without a doubt, based on an infinity of trial-error-correction-trial cycles, the symmetry in the tools, in the weapons and in the tools is very present in all them, but it hardly increases efficiency at all. What was the point of so many triangular, oval, and ellipsoid shapes? An even more surprising case of this is that of the first containers and vessels, the only items in which the circular shape stands out, which is difficult to obtain.
The case of the Menorcan taulas is even more curious, if possible, than Stonehenge, because those who have made the most astronomical disquisitions about them have been the British themselves.
“Mesopotamia” is a word of Greek origin that means “between rivers.” Logically it is a translation of older languages, such as Persian or Aramaic, but its meaning is the same in all: the land between the two great rivers (Tigris and Euphrates).
Both in space and in time, three zones of changing hegemony are distinguished at different times. The oldest and southernmost is Sumeria or Sumer. Then, in the center, the splendor is from Babylon, which, in addition to encompassing Sumer, includes Acadia. And finally, the northernmost area and the most modern kingdom is Assyria. Perhaps the Babylonian culture and state are the most interesting from many points of view, but, for the central issue that concerns us here (science and belief), Sumer offers deeper and more lasting roots.
The Sumerian civilization lasts about fifteen centuries, say from 3500 to 2000 BC. E. C., but its onset is gradual and its decline, not very abrupt.
Along the Nile, a singular civilization was formed endowed with an implausible mythology that lasted until Justinian I, that is, about three thousand five hundred years, a millennium and a half more than we have been Christianity. Nothing remained of it, but even less of its science, especially since there was almost no Egyptian science.
Egypt initially had a strong Sumerian influence, but the Nile was very different from the Tigris and the Euphrates. Surely this should be used to understand the drastic turn that the Egyptian civilization took with respect to Mesopotamia. What they had in common at the beginning turned out to be decisive: high-yield agriculture that provided surpluses, while requiring cooperation, that is, social organization.
Another characteristic of Egyptian civilization was the role of women. They had almost the same rights as men and their functions were distinguished only by birth rate and the difference in average physical strength. For the rest, the Egyptians, like the Sumerians, had no great reason to complain about discrimination. Even adultery was not considered very serious, and certainly not even close to the severity with which the Sumerian laws punished it. In the paintings and in the bas-reliefs we find Egyptian women as happy housewives and peasants, but also as priestesses, as scribes and as prostitutes. Surely these artistic scenes do not bring us close to their reality, because they try to please, but they could be the reflection of a society in which women, if we think about everything that would come later in many other civilizations, did not seem to be very oppressed, if they were to any degree. By the way, cosmetics, a science that in a way the Egyptians invented, is perhaps one of the most sophisticated there has ever been.
In construction, even the most pharaonic works, apart from earth ramps, levers, rollers and sleds were used as instruments, but not cranks, winches, or pulleys. They knew how to build boats, but these used to be river and coastal, hardly suitable for venturing out to sea. They worked hard materials like basalt and could manipulate copper and tin to produce an acceptable bronze; They also contributed to luxury with a beautiful gold factory that made jewelery of great aesthetic value. And little more, because, in fact, the only properly Egyptian tool that is known is the bow drill. The wheel, the very clumsy, only used it in some toys.
Egyptian medicine has also sparked the imagination of historians and novelists; however, today there is evidence that it was much more limited and rough than others from Antiquity. They did trepanations, it is true, but the object and how long such a tremendous surgery lasted is not very well known. What they did use very effectively were purges and enemas. For example, they invented the use of castor oil as a purgative, which is a significant medical advance, because the drastic cleansing of the digestive system helps alleviate many dysfunctions and discomforts. Another issue that the Egyptians dominated was contraception and abortion, as well as cataract surgery, which is not small.
Hinduism is as polytheistic as the religions of the banks of the Nile and the valley of the Tigris and the Euphrates, but with one essential difference: a Hindu can not only believe in a single god, but can even be an atheist.
Hinduism has no founder, but it does have some sacred scriptures (the four Vedas books), which were influenced by the Aryans, a lineage originating from northern Europe that migrated north to India in successive waves. The fusion of Indo-European culture gave rise to an infinity of gods who are praised in the hymns written in the Vedas. This worship is made explicit in each book in the form of mantras (or prayers) and brahmana (or ceremonies). All of this appears in the form of poems and songs as well as prescriptions for the sacrifice.
More remarkable than the variety of the Hindu pantheon is the diversity of Hinduism. The manifestations of religiosity can vary greatly from one region to another, be influenced by castes or differ by different languages and local customs. The rites, the gods, the interpretation of the scriptures, etc., are very different and, at a minimum, a division can be established in six streams, although the most common perhaps are these concepts: karma, dharma and moksha.
Karma is the law that governs the reincarnation of souls; the dharma, the proper way of life that favors progress in reincarnations; and moksha, the liberation from the cycle of rebirths to achieve union with Brahman (or supreme god) in a state of permanent bliss.
The culture, technique and beliefs in China are as old as in Mesopotamia, Egypt or India, but the sets of doctrines and dogmas that shaped the religions of the Far East took longer to materialize. The three great trunks or, as ancient China liked to say, the three paths were Confucianism, Taoism, and Buddhism. Going further east, Japan’s own future religion would be Shintoism.
As it happened in other civilizations, in China there was no need to reject any belief of the many that came mixed in with immigration. This formed a huge set of gods, rites and ceremonies. Converting them all into a minimally uniform belief that was reflected in a more or less common ethic required great intellectual effort. The two figures that stand out above all those who dedicated their lives to the contemplation and unraveling of the mystical mysteries were Kong Fuzi and Siddharta Gautama, that is, Confucius and Buddha.
The myths of the Old Testament as well as those of the Eastern traditions can be thought of as cruel and unhinged, though not lacking in beauty in many of their stories. One can also speculate that, fortunately, in the beautiful Greek lands and islands the lights of reason, democracy and the observation of nature were going to begin to shine. Which is true, but it must not be forgotten that Greek mythology is far more cruel and unhinged than all the others. Much more.

The beliefs steeped in Homeric mythology in archaic Greece were still immersed in the ancient mystery religions. They were based on mysteries (rather ritualistic practices and not riddles to be solved) that were never posed in public. In other words, wisdom was achieved with the initiation experiences of the rites and not with reason and words.
Of all of them, Orphism was the mystery practice with the greatest power of diffusion, as it was the widest and most friendly. A tremendous indication of his ability was the sacredness that was given to epilepsy, because those rites led the practitioner to a state of madness that prepared him to receive the attention of the god.
Orpheus was a very popular one, although he was cited neither by Homer nor by Hesiod. Poet and musician, his love story with the beautiful Eurydice will be located at the base of poetry and, above all, of Greek tragedy. Both Eurydice and Orpheus had an unfortunate end that facilitated the incursion of the human spirit into the underworld, but accompanied by music and poetry. Whoever is not familiar with this myth should be interested in all its details, because he will surely find it beautiful and fascinating. And, of course, ruthless, because cruelty will always be found in beliefs and religions.
Unfortunately, the vast majority of the manuscripts that collected Greek philosophy have not reached us. Perhaps the greatest loss was the work of Democritus, perhaps more voluminous (and judicious) than that of Aristotle. On the other hand, almost a third of the total attributed to it was preserved from the latter. Mathematics and astronomy survived more easily because of the brevity of the formulas, theorems and predictions, which could be completely transmitted from author to author, but this was not the case with philosophy. Perhaps that is why Aristotle’s work gained so much relevance, albeit late.
Indeed, during the following centuries, the influence of Platonic philosophy was great and that of Aristotelian almost non-existent. The anti-Macedonian movement that followed the death of Alexander the Great was perhaps decisive in the destruction and ignorance of part of Aristotle’s work.

The Alexandria Museum was driven by two powerful interrelated engines: money and prestige. The Ptolemies (they came to XIV) and the Cleopatras (the famous is VII), more or less generously, allocated a substantial part of the taxes provided by port trade to infrastructure, emoluments and the acquisition of books. The buildings were continually expanded in a luxurious and comfortable way. Think that the rooms where the teachers lived, the most appreciated library rooms and other common rooms even had central heating. Resources were also allocated to a botanical garden, a zoological collection, an astronomical observatory and, the most modern and disturbing, an anatomy room in which dissections of corpses, usually of executed criminals, were practiced. The salaries of the wise men were just as generous, so it seemed very attractive to aspire to join that center.
The acquisition of books, rather scrolls of papyrus and parchment, was very interesting. They were bought, admitted and copied, but all of this was done in an immense and intelligent way. As the Museum Library became famous for its craving for books, astute merchants began to scavenge scrolls from all over the world conquered by Alexander the Great. And even beyond.
They say that the Bible is the book with the greatest projection in history, but Euclid’s Elements may win. It may be questioned that Chinese, Indians, and many other Asians, as well as Africans and other parts of the world, have read the Bible, but there is no doubt that everyone who has been to school has learned the basics of the mathematical teachings contained in the Elements.
This treatise consists of thirteen books, whose substrate is nourished by the work of Eudoxo, the first six of which are dedicated to proportions and geometric techniques to solve linear and quadratic equations. They contain what is still called “plane” or “elementary” geometry today. Specifically, the first two books deal with triangles and parallelograms and include much of Pythagorean mathematics. The third and fourth are dedicated to circles and regular polygons. The fifth is that of proportions and the sixth deals with the similarity of plane figures. Consider that the validity of this geometry has been maintained over the centuries and has not been expanded until well into the nineteenth century with the geometry of curved spaces called, therefore, “non-Euclidean” or “Riemannian” (for its initiator Bernhard Riemann). The part between the seventh and tenth books, both included, of the Elements is devoted to the theory of the divisibility of numbers with a masterful description of the prime numbers, as well as the properties of the segments. The last three books deal with the three-dimensional geometry of regular polyhedra and their circumscribed spheres, which Plato liked so much. In them are pleasant theorems about networks, planes, dihedrals, etc., and methods for calculating areas and volumes that lead to the formulas we learned in school.
Regarding the Museum and the Library of Alexandria during the Hellenistic period, we must bear in mind the enormous number of teachers and students who were trained there and who spread knowledge throughout the world. And many, ultimately successful, considered that a danger as certain as mortal for their own interests and for their future projects. That is why they attacked the Museum and the Library with such fury.
By the way, there is no record that in the glorious age of Alexandria anyone was condemned for impiety, that is, for contradicting something about gods and beliefs.

In the Middle Ages, the Church was an empire, that is, it was ruled by a king of kings with supranational and even supraterrestrial power, but the seams were beginning to break, because its extraordinary growth literally overflowed it. The monasteries and cathedral schools were not enough to be able to welcome so many novices with aspirations to thrive in the only possible intellectual career. The second-tier nobles had no large army to advance in, no lands to discover or conquer. The protomedicatos in which doctors were trained were the most closed and demanding unions. Both reasons, the physical and even intellectual saturation of the Church and the absence of intellectual careers led, little by little, to organize a new type of union: the university.
As we saw in the previous chapter, the goliards were their embryo or, if you prefer, the other way around: Paris and Oxford, which we already refer to as universities, had the goliards as their first product. Thus, neither of these two universities, like many of those that followed, have a charter, because they emerged quite gradually. However, this would change the future of Europe so substantially that one could speak of a first renaissance prior to the one that would emerge in 15th century Italy.
The word “university” could come from “uniting” or “unifying” different trades and interests. From the time of Charlemagne, the school was in the hands of the Church and the teaching centers were mainly annexes to cathedrals and churches, as well as to some monasteries. However, as we have seen, at the end of the twelfth century young Europeans began to feel intellectual concerns that went beyond theology. In turn, an increasingly urban and motley society demanded a development of jurisprudence, which had stagnated behind the powerful Roman law. Arab and Jewish medicine flowed incessantly from Al-Andalus to the north, monastic and palace libraries began to feed on copies of careful translations. Thus, trades emerged that could be very lucrative and as necessary as manuals.
The first universities were nothing more than associations of teachers, generally ecclesiastical, and students, especially juniors from wealthy families. They had no headquarters, because classes were held in monastic cloisters, in cathedral or simply ecclesiastical buildings, in palaces and even in private homes and gardens if time allowed.
Thus, the first universities that can be considered founded and not as the result of a more or less spontaneous and living process were those of Palencia and Salamanca in Spain, in 1208 and 1218, respectively, with Cambridge in the middle split off from Oxford in 1209. Those of Montpellier (1220), Padua (1222), Toulouse (1229), Orleans (1235), Siena (1240), Northampton (1261) and Coimbra (1288) followed, and the phenomenon spread northwards until leaving Europe curdled. of universities.
The Spanish, largely at the hands of the Jesuits, created universities throughout the conquered world. In Europe, these magnificent institutions also began to proliferate with an increasingly diminishing ecclesiastical presence and with scholasticism almost wiped out. Furthermore, technological needs were stimulated by navigation in the first place and by optimizing the returns on new wealth later. Even the wars caused by all these upheavals required technical innovations that soon led to what came to be called the “first industrial revolution.”
And, next to all this, like a sinister shadow, the already indicated greening of the Holy Inquisition.
The Church would enter a state of perplexity and see its beliefs crumble, but the institutional edifice was so solidly built and so well supported by political power that it would see no reason to be concerned. However, its most distinguished members, who always had them, sensed that they had to face the conflict with science with more intelligence than strength. That was another story that with Galileo had only just begun, although when it comes to facing the knowledge of reality (then as now and as always), the scientist is usually modest; the artist, ambitious; and the theologian, proud.

The baroque exuberance of Catholicism and the wealth-hungry Lutheran austerity launched an expansive career so triumphant that it saved them from their decline and, perhaps, their disappearance. Furthermore, their survival strategies were more successful than expected, because northern Europe grew rich and powerful, while the imperial decline of the south was offset by a strong entrenchment of the Christian faith of Roman Catholicism. Despite this, the foundations for a rational critique of beliefs and for the development of science were laid and seemed solid. The following century, marked by the famous Enlightenment, did not necessarily mean, far from it, a breakthrough in the conflict capable of channeling development. They increased the lights a lot, yes, but they also caused great shadows.

One of the US strategic documents released in the prodigious WikiLeaks leak, barely half a page long, moved the Vatican more than any other. The only thing the CIA said about the Catholic Church was something like that it had become an institution of little concern due to the growing irrelevance it had as it continued to be anchored in the past with ancestral rites and a pope, Ratzinger, symbolic and distant from all. The worst of which the Catholic Church can be dismissed is irrelevant, especially if it suspects that it may be true.
The internal affairs of this are never trivial to analyze, so perhaps the above was not what gave rise to such a drastic internal revulsion as retiring the pope (something that had already happened, but was quite rare in two thousand years) and to appoint supreme pontiff, for the first time, no less than a Jesuit. If the Church has to make use of the Society of Jesus, which, since its founding, no one in its bosom has trusted much, it is because things were as bad or worse than in the sixteenth century. The problem is that, as we are seeing every day, the Argentine pope does not seem very successful in overcoming dogmas, moral schemes and arrogant attitudes that are alien to the feelings of the vast majority of the supposedly Catholic population. Is this really so?
Science does explain perfectly the favorable role of paternal and maternal-child love in the evolution of species. You just have to think that this not only offers advantages to humans, but to almost all animals. Love, empathy, play, altruism, everything can be analyzed scientifically, which … only interests a few scientists, because the rest of us don’t care. What we flatly deny is that religion and theological “method” today provide any advantage to human coexistence. Rather, what it does is exactly the opposite. Why do the religious attribute this supposed moral superiority? In another Giberson phrase may be the key:

Science can determine that, when the embryo is developing in the womb, there is a point at which sex is determined, the limbs define and begin to move, and the eyes and fingers can be distinguished. You can describe that rigorously, but you cannot assure when the value of the human being or dignity appears. It is dangerous to assume that we can face this debate without someone continually reminding us that the fertilized ovum is a being with dignity and soul, created in the image of God. The opposite view implies falling into a purely pragmatic and materialistic perspective of people, instead of treating them with the respect and love they deserve.

Science, in fact, will never assure anything about when “the value of the human being or dignity” arises, especially because it will not try. However, the fact that this is assured by someone whose only competence is to believe that the future baby is created in the image and likeness of a god is pathetic. And, even more, it is outrageous that, to top it all, he reprimands us that, if we do not do so, we are not treating him with respect and love.
The good thing is that Sancho woke up from his dream and, what is better, he does not seem to be willing to fall into dreams that could provoke new tales and subterfuges like those of Clavileño el Alígero.
Given the age and simplicity of the ecclesiastical defenses of theologians to the attacks of modern atheists, a movement has been generated that takes multiple forms, which is encompassed by the term “techno-religions.” The United States is where they are making the most furor, but Europe is no stranger to the phenomenon. It is about merging technological advances, rather than scientific ones, with the mystical aspirations of religions, transcending them in an overwhelming way. Robotics, artificial intelligence, biotechnology, global intercommunication and many other developments that characterize the current era are studied from the transcendent point of view with a view to the future. There are not only crazy people involved, but also deep scholars whose opinions on the matter are worthy of analysis.
Our next step in this secular religion came decades ago: the establishment of rights and duties. They are not ten commandments, but more, and also infinitely wiser than the biblical and ecclesiastical precepts. The first Declaration of Human Rights consisted of thirty articles and was drawn up in 1948; It was promulgated by the United Nations with a mandate addressed to all humanity. It was followed by Human Responsibilities and Duties, Women and Children, and so on.
Yes, Sancho woke up a long time ago and rejoiced at being European because that was how his friend Don Quixote’s idea that freedom is the most precious good was fulfilled. Much more to discover that in this first third of the 21st century there are huge areas of the planet that are as democratic as Europe. From Canada to Australia, from Chile to New Zealand, from the United States to Japan, passing through India, there are huge and small countries that live in freedom and that are subject to the rule of democratic law and the fulfillment of rights and obligations. universal; but with large gaps and, above all, more than disturbing threats. And the sharpest of the latter still come from irrational beliefs, especially religious ones. With hardly any nuances. That is why we have to defend ourselves against them. In the case of Europe, it is urgent to create the most powerful army on Earth at the service of the maintenance and, above all, of the development of order based on the conquests achieved so far. Mankind has already suffered enough so that now we do not enjoy the victory that science, culture and democracy have brought about.
And personally, each of us has a responsibility to prevent anyone from arrogantly taking away from us the vital enjoyment that Albert Einstein recommended:

The mysterious is the most beautiful experience we can have. It is the fundamental emotion found in the cradle of true art and true science.
All of us, merged with the universe, are God.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/28/el-fin-de-la-ciencia-manuel-lozano-leyva-the-end-of-science-by-manuel-lozano-leyva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/06/nucleares-por-que-no-como-afrontar-el-futuro-de-la-energia-manuel-lozano-leyva-nuclear-why-not-how-to-face-the-future-of-energy-by-manuel-lozano-leyva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/24/el-gran-monico-la-insolita-aventura-de-un-ingeniero-en-tiempo-de-crisis-manuel-lozano-leyva-the-great-monico-the-unusual-adventure-of-an-engineer-from-la-mancha-spain-in-times-of-crisi/

https://weedjee.wordpress.com/2021/06/14/el-sueno-de-sancho-una-historia-irreverente-del-conflicto-entre-la-ciencia-y-las-creencias-manuel-lozano-leyva-sanchos-dream-an-irreverent-history-of-the-conflict-between-science-and-b/

2 pensamientos en “El Sueño De Sancho: Una Historia Irreverente Del Conflicto Entre La Ciencia Y Las Creencias — Manuel Lozano Leyva / Sancho’s Dream: An Irreverent History Of The Conflict Between Science And Beliefs by Manuel Lozano Leyva (spanish book edition)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .