Llega El Monstruo. COVID-19, Gripe Aviar Y Las Plagas Del Capitalismo — Mike Davis / The Monster Enters: COVID-19, Avian Flu and the Plagues of Capitalism by Mike Davis

Davis acordó volver a publicar esto ya que tiene una gran cantidad de información. Quizás a veces más de lo que podría acomodar en mi cerebro de guisante. Me gustó especialmente la nueva introducción con sus antecedentes sobre nuestra actual crisis de COVID.
Es un libro para hacer pensar y tomar decisiones sobre cómo lidiar personalmente con estos virus en curso que saltan de una especie a otra y a la nuestra. Es hora, gente, de acabar con la agricultura industrial, es hora de volver a las pequeñas granjas orgánicas.
De ahora en adelante solo comeré pescado silvestre, cosechado de manera sostenible y carne de res orgánica alimentada con pasto, aunque el gasto adicional significa que comeré menos. Estoy aprendiendo a cocinar bien sopas saludables. Podría ser mercadotecnia.
Los obstáculos para el gobierno de la mayoría, el nombramiento de Amy Coney Barrett como el último movimiento en una guerra civil en curso dentro de la Iglesia Católica en los Estados Unidos, el fracaso crítico de la izquierda para desafiar la filosofía de la revolución de Reagan, el culto a la muerte en el núcleo de la base republicana de hoy, la importancia de la carrera presidencial de Bernie Sanders y el movimiento Black Lives Matter, y por qué, hace quince años, Davis predijo una era de pandemias.

Los coronavirus son inusuales en varios aspectos: en primer lugar porque su genoma, una única hélice retorcida dentro de una cápsula de proteína, es la molécula de ARN más larga en la naturaleza. Los «nucleótidos» son los componentes estructurales de los genomas del ADN y del ARN. Los virus de gripe A tienen catorce mil agrupados en ocho segmentos separados, que codifican entre diez y catorce proteínas. Los coronavirus, en cambio, tienen treinta mil nucleótidos. Al igual que la gripe A, tienen dos modos de evolución principales. La acumulación de pequeñas mutaciones inevitablemente da lugar a nuevas cepas o subtipos. Este proceso se conoce como deriva antigénica.
La COVID-19 presenta algunas similitudes sorprendentes con el SARS y con el MERS. De entrada, los primeros síntomas son casi idénticos: fiebre, tos seca y dolor muscular. Los tres provocan altos índices de mortalidad por neumonía y la sepsis en las personas mayores y en aquellas con cuerpos inmunocomprometidos. En cada caso, el virus también es excretado en las heces y, dado que el revestimiento del intestino delgado tiene receptores similares a los del aparato respiratorio, la infección fecal-oral es posible. No se conoce con exactitud qué grado de inmunidad se confiere a los supervivientes de estas tres enfermedades, pero, si hacemos una analogía con los resfriados del coronavirus, probablemente sea de corta duración, tal vez de un solo año. Por tanto, lo más probable es que la COVID permanezca como una enfermedad crónica.
Sin embargo, el nuevo virus es notablemente diferente al SARS y al MERS en al menos tres aspectos. Primero y ante todo, por su capacidad para ser propagado de forma similar a la gripe a través de personas que no presentan síntomas reconocibles.
En segundo lugar, parece infectar el tejido cardíaco; Kaiser Health News informa de que los médicos están empezando a observar daños coronarios en uno de cada cinco pacientes hospitalizados. Además de aquellos que mueren directamente de un ataque al corazón —una cifra reducida en estos momentos—, el legado de la pandemia podría consistir en problemas cardíacos permanentes para miles de supervivientes. En tercer lugar, tal como han descubierto recientemente los investigadores, es un endiablado hueso duro de roer:
El SARS-CoV-2 es muy extraño con una de las capas exteriores protectoras más duras […] entre los coronavirus. Esto significa que podría esperarse que fuera altamente resistente en la saliva o en otros fluidos corporales y fuera del cuerpo. Es más probable que un cuerpo infectado excrete un mayor número de partículas virales, ya que estas últimas son más resistentes a las enzimas antimicrobianas de los fluidos corporales. Estas partículas, además, son más propensas a permanecer activas durante más tiempo. Estos factores podrían explicar el mayor grado de contagio del SARS-CoV-2, y tener repercusiones en los esfuerzos por prevenir su propagación.

La Administración estadounidense estaba preocupada por otras cuestiones más apremiantes relacionadas con la salud, como deshacerse del Obamacare y expulsar a más de un millón de personas del programa de los cupones de alimentos. Los CDC también pasaron por quirófano y su sección de salud mundial «sufrió unos recortes tan drásticos en 2018 que se despidió a gran parte del equipo y el número de países en los que operaba se redujo de cuarenta y nueve a apenas diez». Un intento paralelo de eliminar los 252 millones que Obama había comprometido para la reconstrucción de los sistemas de salud en tres países devastados por el ébola fue en última instancia bloqueado por el Congreso.
Y solo unos meses antes del brote de Wuhan, redujo los fondos para el proyecto Predict del Programa de Amenazas Pandémicas Emergentes de USAID, establecido en 2005 tras el susto de la gripe aviar. Predict, el tan elogiado proyecto de las administraciones de Bush y Obama, era al mismo tiempo un sistema pionero de alerta temprana viral y un programa de ayuda a la formación de profesionales médicos para reconocer nuevas infecciones y monitorizar zoonosis (brotes animales) que podrían ser transmitidas a los humanos. El objetivo final era la prevención de futuras pandemias mediante la identificación y vigilancia de virus peligrosos.
Es inevitable que los líderes de la derecha en la Casa Blanca, Downing Street, Beit Aghion y demás aprovechen cualquier oportunidad, como ya hicieron con el 11S, para apropiarse de nuevos poderes autoritarios, para lo cual explotarán las consecuencias de su propia falta de acción y su desastroso liderazgo para establecer más precedentes que les permitan cerrar espacios públicos, prohibir las asambleas e incluso suspender elecciones. Un caso ilustrativo ha sido el uso que ha hecho de la emergencia Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, al restringir asambleas parlamentarias y permitir que el Shin Bet, el servicio de seguridad interna del país, intercepte los teléfonos de todo el mundo. En Hungría, otro «golpe de Estado del coronavirus» ha otorgado al presidente Viktor Orbán el poder para gobernar por decreto sin límite de tiempo, así como para silenciar a la prensa de la oposición. De esta forma, por primera vez desde la muerte de Franco, las dictaduras regresan a Europa.

En ningún lugar la gripe es una enfermedad tan misteriosa como en el África subsahariana. Esta región es el eslabón más débil en la red mundial de vigilancia de la gripe que coordina la OMS: en los últimos años, Costa de Marfil, Zambia y Zimbabue han cancelado sus sistemas nacionales de vigilancia de la gripe, tras declararse en deuda y bancarrota; en nuestros días, solo Sudáfrica y Senegal rastrean activamente los casos de gripe y cuentan con los medios de laboratorio necesarios para aislar y clasificar los subtipos. En el resto de África, es habitual que los casos graves de gripe se mezclen con los de malaria o que se añadan al cajón de sastre de las «infecciones respiratorias agudas» (IRA). No obstante, en África la gripe anual con frecuencia produce brotes locales explosivos, como la epidemia de Madagascar de 2002, que colapsó el sistema sanitario del país, o como —seis meses más tarde— la irrupción masiva en la provincia de Équateur de la República Democrática del Congo, que generó unas alarmantes tasas de neumonía secundaria.

En 1993, Oxford University Press publicó una colección de ensayos sobre virus nuevos y emergentes editada por Stephen Morse, de la Universidad Rockefeller. Emerging Viruses , escrito a la sombra de la pandemia del sida y del brote de ébola en África, advertía que el cambio económico y medioambiental a escala global estaba acelerando la evolución y la transmisión interespecífica de nuevos virus, algunos de los cuales podrían resultar tan letales como el VIH. Richard Krause, de los Institutos Nacionales de Salud, apuntaba en el prólogo a las nuevas ecologías de la enfermedad, que eran el resultado de la globalización. «Los microbios prosperan en esas “corrientes subterráneas de oportunidades” que afloran a través del cambio económico social, de los cambios en el comportamiento humano y en virtud de acontecimientos catastróficos. […] Pueden llegar a convertir un brote menor en una epidemia generalizada».
Uno de esos acontecimientos catastróficos es la urbanización del tercer mundo, que está desplazando el lastre de la pobreza mundial desde el campo hacia las periferias marginales de las nuevas megaciudades.
La pandemia de SARS de 2002-2003 tuvo una geografía fortuita. China y Singapur eran dos Estados autoritarios con capacidad para imponer cuarentenas efectivas y militarizadas. (En Singapur esto tomó la forma orwelliana de instalar sensores de detección de la temperatura humana en el aeropuerto y la videovigilancia de los cientos de individuos que permanecían en cuarentena en sus hogares). Además, Guangdong es una región rica, según los estándares chinos, con una infraestructura de salud pública mucho más moderna que la de las provincias más pobres del interior. Aunque el SARS dejó al descubierto el talón de Aquiles de la falta de inversión en sanidad pública de Toronto y Hong Kong, ambas ciudades son ricas y cuentan con espléndidos laboratorios médicos.
En Bangladés, Afganistán o Zaire, el SARS habría constituido una pandemia muy diferente. Esto es exactamente el «¿y qué pasaría si…?» que tanto obsesionaba a la Royal Society tras la erradicación de la pandemia de SARS: «Supongamos que el virus no hubiera migrado de Hong Kong a Toronto, sino a Durban [Sudáfrica], una ciudad de tamaño equivalente pero que no cuenta con una infraestructura sanitaria similar, y con una significativa proporción de habitantes inmunodeprimidos a causa del VIH-1. En tal caso, África podría haberse convertido ya en un lugar endémico para el SARS». Ni que decir tiene que una pandemia de gripe no despreciaría en absoluto a los países pobres del mundo.

¿Cómo responderían a una pandemia las ciudades prácticamente indefensas del tercer mundo? El precedente que asustó a tantos expertos mundiales en salud pública fue el brote de plaga neumónica aparecido en septiembre de 1994 en Surat, una de las doce ciudades más grandes de la India. Laurie Garrett y, en mayor detalle, Ghanshyam Shah han reflexionado sobre la experiencia de Surat y han llegado a la conclusión de que constituye «una advertencia para las epidemias venideras». Surat, una ciudad de fábricas textiles y talleres de corte de diamantes, de barrios miseria que disponen de un solo lavabo por cada ciento cincuenta personas, es el epítome de la extrema polarización de la atención sanitaria en las ciudades que caracteriza a gran parte del tercer mundo: existe un pequeño sector moderno para los ricos por un lado, y una mezcla miserable de medicina pública inadecuada y mero curanderismo para el resto de la población por otro.
Shah describe un «sistema público de salud [que] no solo ha ido cuesta abajo en su papel asistencial, sino que también ha perdido credibilidad; ni siquiera los pobres confían ya en él». Aunque en Surat no faltan médicos, la mayoría de ellos tienen consulta privada, «motivados por las ganancias inmediatas. Los valores éticos están desapareciendo rápidamente entre la profesión médica».

Las naciones ricas han tenido cerca de una década —un aviso previo único en la historia de las enfermedades— para construir una red de defensa global contra la inminente pandemia. Sin embargo, el programa de choque que desde 1997 vienen proponiendo Robert Webster y otros para el desarrollo de vacunas y el acopio de antivirales ni siquiera puede decirse que esté en pañales. En Washington, Londres y Tokio, los ministros de Sanidad brindan una deferencia casi religiosa a las patentes y a los beneficios de la industria farmacéutica al tiempo que olvidan garantizar la más elemental provisión de medicamentos vitales. En Asia, al igual que en California y en la Columbia Británica canadiense, los Gobiernos ocultaron los brotes, mintieron a los organismos internacionales, amenazaron a quienes los denunciaban y posiblemente ocultaron enfermedades y muertes.
La supervivencia de los pobres debe tener siempre prioridad sobre los beneficios de la Big Pharma. Del mismo modo, la creación de una infraestructura de salud pública verdaderamente global se ha convertido en una necesidad urgente, en un asunto de vida o muerte para todas las naciones, ricas o pobres. El primer paso en esa dirección, como vienen subrayando repetidamente los editores de Nature , The Lancet y otras revistas científicas de primer nivel, tiene que ser el establecimiento de un programa serio de ayuda que acuda en rescate de las campañas antipandémicas desarrolladas en Vietnam y el Sudeste Asiático. En el trigésimo aniversario del final de su intervención genocida en Indochina, Estados Unidos necesita ayudar a los pequeños granjeros de Vietnam a salvar la vida de sus hijos.
Ahora que la aguja del reloj pandémico se acerca ominosamente a la medianoche, recuerdo aquellos thrillers de ciencia ficción de mi infancia, en los que un peligro alienígena o un monstruo atómico se cernían amenazantes sobre la humanidad. Los científicos trataban de tocar a rebato, pero los políticos ignoraban el riesgo. Al final, sin embargo, el mundo despertaba ante el peligro y se unía para derrotar al invasor. La supervivencia de la especie humana está por encima de los antagonismos de la guerra fría y de los nacionalismos competitivos. Y ahora, con un verdadero monstruo ante nuestra puerta —tan terrible como cualquiera de los imaginados por la literatura de ciencia ficción —, ¿despertaremos a tiempo?.

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Davis agreed to republish this as it has such a wealth of information. Perhaps at times more than I could accommodate in my pea brain. I especially liked the new introduction with its background on our current COVID crisis.
It’s a book to make one think and make decisions on how to personally deal with these ongoing viruses jumping from one species to another and to ours. It’s time, people, to do away with factory farming, time to get back to small, organic farms.
From now on I will eat only wild, sustainably-harvested fish and organic, grass-fed beef even though the added expense means I will eat less of it. I’m learning to be a good cook of healthy soups. It could be a marketing effect.
The obstacles to majority rule, the appointment of Amy Coney Barrett as the latest move in an ongoing civil war within the Catholic Church in the United States, the critical failure of the left to challenge the philosophy of the Reagan revolution, the death cult at the core of today’s Republican base, the importance of Bernie Sanders’s presidential run and the Black Lives Matter movement, and why, fifteen years ago, Davis predicted an age of pandemics.

Coronaviruses are unusual in several respects: First, because their genome, a single twisted helix within a protein capsule, is the longest RNA molecule in nature. “Nucleotides” are the structural components of the DNA and RNA genomes. Influenza A viruses have fourteen thousand clustered into eight separate segments, which code for between ten and fourteen proteins. Coronaviruses, on the other hand, have thirty thousand nucleotides. Like influenza A, they have two main modes of evolution. The accumulation of small mutations inevitably gives rise to new strains or subtypes. This process is known as antigenic drift.
COVID-19 has some striking similarities to SARS and MERS. From the outset, the first symptoms are almost identical: fever, dry cough, and muscle pain. All three cause high death rates from pneumonia and sepsis in the elderly and those with compromised immune bodies. In each case, the virus is also excreted in the feces and, since the lining of the small intestine has receptors similar to those of the respiratory system, fecal-oral infection is possible. It is not known exactly what degree of immunity is conferred on survivors of these three diseases, but, if we make an analogy with the colds of the coronavirus, it is probably of short duration, perhaps a single year. Therefore, COVID will most likely remain a chronic disease.
However, the new virus is markedly different from SARS and MERS in at least three respects. First and foremost, because of its ability to be spread similarly to the flu through people who have no recognizable symptoms.
Second, it appears to infect heart tissue; Kaiser Health News reports that doctors are beginning to see coronary damage in one in five hospitalized patients. In addition to those who die directly from a heart attack – a small number at the moment – the legacy of the pandemic could be permanent heart problems for thousands of survivors. Third, as researchers recently discovered, it’s a hell of a tough nut to crack:
SARS-CoV-2 is very rare with one of the hardest protective outer layers […] among coronaviruses. This means that it could be expected to be highly resistant in saliva or other body fluids and outside the body. An infected body is more likely to excrete a greater number of viral particles, since the latter are more resistant to antimicrobial enzymes in body fluids. These particles are also more likely to remain active for longer. These factors could explain the higher spread of SARS-CoV-2, and have an impact on efforts to prevent its spread.

The US Administration was preoccupied with other more pressing health-related issues, like getting rid of Obamacare and kicking more than a million people out of the food stamp program. The CDC also underwent surgery, and its global health section “suffered such drastic cuts in 2018 that much of the team was laid off and the number of countries in which it operated was reduced from forty-nine to just ten.” A parallel attempt to eliminate the $ 252 million that Obama had pledged to rebuild health systems in three countries devastated by Ebola was ultimately blocked by Congress.
And just months before the Wuhan outbreak, he cut funding for USAID’s Emerging Pandemic Threats Program Predict project, established in 2005 after the bird flu scare. Predict, the much-praised project of the Bush and Obama administrations, was both a pioneering viral early warning system and a program to help train medical professionals to recognize new infections and monitor zoonoses (animal outbreaks) that could be transmitted to humans. The ultimate goal was the prevention of future pandemics by identifying and monitoring dangerous viruses.
It is inevitable that right-wing leaders in the White House, Downing Street, Beit Aghion, and so on will seize any opportunity, as they did with 9/11, to seize new authoritarian powers, exploiting the consequences of their own inaction. and their disastrous leadership to set more precedents that allow them to close public spaces, ban assemblies, and even suspend elections. An illustrative case has been the use that Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu has made of the emergency by restricting parliamentary assemblies and allowing the Shin Bet, the country’s internal security service, to intercept telephones from around the world. In Hungary, another “coronavirus coup” has given President Viktor Orbán the power to rule by decree without a time limit, as well as to silence the opposition press. In this way, for the first time since Franco’s death, dictatorships returned to Europe.

Nowhere is the flu such a mysterious disease as in sub-Saharan Africa. This region is the weakest link in the global influenza surveillance network coordinated by WHO: in recent years, Côte d’Ivoire, Zambia and Zimbabwe have canceled their national influenza surveillance systems, after declaring themselves in debt and bankruptcy ; today, only South Africa and Senegal actively track influenza cases and have the necessary laboratory facilities to isolate and classify subtypes. In the rest of Africa, it is common for severe cases of influenza to be mixed with malaria or to be added to the mixed bag of “acute respiratory infections” (ARI). However, in Africa the annual flu often produces explosive local outbreaks, such as the 2002 Madagascar epidemic, which collapsed the country’s health system, or – six months later – the massive outbreak in the Equateur province of the Republic. Democratic Republic of the Congo, which generated alarming rates of secondary pneumonia.

In 1993, Oxford University Press published a collection of essays on new and emerging viruses edited by Stephen Morse of Rockefeller University. Emerging Viruses, written in the shadow of the AIDS pandemic and the Ebola outbreak in Africa, warned that global economic and environmental change was accelerating the evolution and interspecific transmission of new viruses, some of which could prove so lethal like HIV. Richard Krause of the National Institutes of Health pointed in the foreword to the new ecologies of disease, which were the result of globalization. ‘Microbes thrive in these’ undercurrents of opportunity ‘that emerge through economic and social change, changes in human behavior, and catastrophic events. […] They can turn a minor outbreak into a generalized epidemic ”.
One such catastrophic event is the urbanization of the third world, which is shifting the burden of global poverty from the countryside to the fringe peripheries of the new megacities.
The 2002-2003 SARS pandemic had a fortuitous geography. China and Singapore were two authoritarian states with the ability to impose effective and militarized quarantines. (In Singapore this took the Orwellian way of installing human temperature sensing sensors at the airport and video surveillance of the hundreds of individuals who remained quarantined in their homes.) Furthermore, Guangdong is a wealthy region, by Chinese standards, with a much more modern public health infrastructure than the poorer inland provinces. Although SARS uncovered the Achilles heel of Toronto and Hong Kong’s underinvestment in public health, both cities are rich and boast splendid medical laboratories.
In Bangladesh, Afghanistan, or Zaire, SARS would have been a very different pandemic. This is exactly the “what if …?” that so obsessed the Royal Society after the eradication of the SARS pandemic: “Suppose the virus had not migrated from Hong Kong to Toronto, but to Durban [South Africa], a city of equivalent size but without a sanitary infrastructure similar, and with a significant proportion of inhabitants immunosuppressed due to HIV-1. In such a case, Africa may already have become an endemic location for SARS. ‘ It goes without saying that a flu pandemic would not look down on the poor countries of the world at all.

How would virtually defenseless Third World cities respond to a pandemic? The precedent that frightened so many world public health experts was the September 1994 pneumonic plague outbreak in Surat, one of the twelve largest cities in India. Laurie Garrett and, in greater detail, Ghanshyam Shah have reflected on Surat’s experience and concluded that it constitutes “a warning for the coming epidemics.” Surat, a city of textile factories and diamond-cutting workshops, of slums that have only one toilet for every 150 people, is the epitome of the extreme polarization of healthcare in cities that characterizes much of the third. world: there is a small modern sector for the rich on the one hand, and a miserable mix of inadequate public medicine and mere quackery for the rest of the population on the other.
Shah describes a “public health system [that] has not only gone downhill in its care role, but has also lost credibility; even the poor no longer trust him. Although there is no shortage of doctors in Surat, most of them have private practices, “motivated by immediate profits. Ethical values are rapidly disappearing within the medical profession”.

Rich nations have had nearly a decade – a unique advance warning in disease history – to build a global defense network against the impending pandemic. However, the crash program that Robert Webster and others have been proposing since 1997 for the development of vaccines and the stockpiling of antivirals cannot even be said to be in its infancy. In Washington, London, and Tokyo, health ministers give almost religious deference to patents and the profits of the pharmaceutical industry while neglecting to guarantee the most basic supply of vital medicines. In Asia, as in California and Canadian British Columbia, governments covered up the outbreaks, lied to international bodies, threatened those who reported them, and possibly concealed illnesses and deaths.
The survival of the poor must always take priority over the profits of Big Pharma. Similarly, the creation of a truly global public health infrastructure has become an urgent necessity, a matter of life and death for all nations, rich or poor. The first step in that direction, as the editors of Nature, The Lancet and other leading scientific journals have repeatedly emphasized, has to be the establishment of a serious aid program to come to the rescue of anti-pandemic campaigns in Vietnam and the Southeast Asian. On the thirtieth anniversary of the end of its genocidal intervention in Indochina, the United States needs to help small farmers in Vietnam save their children’s lives.
Now that the hand of the pandemic clock is ominously approaching midnight, I remember those sci-fi thrillers of my childhood, in which an alien danger or an atomic monster loomed over humanity. Scientists tried to call out, but politicians ignored the risk. In the end, however, the world awoke to danger and rallied to defeat the invader. The survival of the human species is above the antagonisms of the cold war and competitive nationalisms. And now, with a real monster at our door — as terrible as any imagined by science fiction literature — will we wake up in time?.

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