Arthur Conan Doyle, Investigador Privado: Cómo El Creador De Sherlock Holmes Liberó A Un Inocente Acusado De Un Crimen Pavoroso — Margalit Fox / Conan Doyle for the Defense: The True Story of a Sensational British Murder, a Quest for Justice, and the World’s Most Famous Detective Writer by Margalit Fox

Arthur Conan Doyle es, por supuesto, más conocido por escribir Sherlock Holmes, pero también era un hombre de muchos intereses. En el momento de los acontecimientos de este libro, Conan Doyle era conocido como un cruzado por la justicia; aunque también fue algo ridiculizado por su pasión por el espiritismo. Sin embargo, si está leyendo este libro únicamente por su interés en Conan Doyle, tenga en cuenta que se trata en gran medida del caso histórico del crimen real, que ocurrió en Glasgow, 1908, y los acontecimientos que le siguieron. El libro incluye la participación de Conan Doyle en estos eventos, pero hay mucho más además.
El caso de Oscar Slater, un judío alemán, cosmopolita y muy viajado, fue sin duda para lamentar su visita a Glasgow. En lo que más tarde se denominó “el caso escocés Dreyfus”, Slater fue arrestado por el asesinato de una viuda anciana, Marion Gilchrist, justo antes de la Navidad de 1908. Este error judicial es más interesante, en parte, porque el propio Slater no es un carácter particularmente simpático. De hecho, era un bribón o un “canalla”, en opinión de Conan Doyle. Sin embargo, las pruebas en su contra eran circunstanciales y cuando fue condenado a cadena perpetua, con trabajos forzados, en la célebre prisión de Peterhead, comenzó a perder la esperanza.
Conan Doyle estaba interesado en el caso desde el principio, pero un mensaje de contrabando de Slater en 1925 lo llevó a involucrarse en tratar de obtener la liberación de Slater. Es más encomiable que Conan Doyle trabajara en nombre de Slater, teniendo en cuenta su baja opinión original del hombre: lo que importaba era la justicia y se dedicó a la investigación del crimen. Este es un relato fascinante del crimen, los antecedentes, la investigación original y la propia investigación de Conan Doyle. Es algo impactante darse cuenta de cuánto tiempo pasó Oscar Slater en prisión antes de su liberación; lo que quizás nunca hubiera sucedido sin la ayuda de Conan Doyle.
A veces, parece que el autor quería poner en práctica todas las investigaciones. Sin embargo, este sigue siendo un relato fascinante de un verdadero crimen histórico y el resultado para el hombre condenado por él.

Fue uno de los asesinatos más famosos de su época. Electrizó a la Gran Bretaña de principios del siglo XX y al cabo de poco tiempo a todo el mundo, implicando a una víctima aristocrática, diamantes robados, una caza del hombre transatlántica y una sirvienta astuta que no se dejó persuadir para contar todo lo que sabía. Como escribió sir Arthur Conan Doyle en 1912, fue «uno de los crímenes más brutales y despiadados que se han recogido nunca en los negros anales en los que los criminólogos encuentran los materiales para su estudio».
Pero a pesar de todo este drama oscuro y de los miles de palabras que Conan Doyle escribió sobre él, la narración de este asesinato no fue una obra de ficción. Se refería a un caso real: un asesinato por el que un hombre inocente fue perseguido, juzgado, condenado y casi ahorcado. Este error judicial, en palabras de Conan Doyle, «quedaría inmortalizado entre los clásicos del crimen como el ejemplo supremo de incompetencia y obstinación oficiales».
El caso, que ha sido llamado el caso Dreyfus Escocés, estaba centrado en el asesinato de una mujer adinerada en Glasgow justo antes de las navidades de 1908. Durante la primavera siguiente, Oscar Slater, un jugador judeo-alemán llegado hacía muy poco a la ciudad, fue juzgado y condenado por el crimen. Su nombre se hizo tan famoso que durante muchos años después la frase «See you Oscar» fue el equivalente en Glasgow de «See you later» , como en «See you later, Oscar Slater» .
Pero a raíz de las investigaciones realizadas por el puñado de defensores de Slater, se descubrió que el caso Slater estuvo lleno de errores judiciales y de la fiscalía, manipulación de los testigos, supresión de pruebas exculpatorias y soborno para cometer perjurio. Fue, según declaraciones de Conan Doyle, un «montaje desgraciado en el que participaron por igual la estupidez y la deshonestidad».
En la actualidad se sigue venerando a Conan Doyle como escritor policiaco, pero se le recuerda mucho menos como un cruzado: «ese paladín de causas perdidas», como lo describió memorablemente un criminólogo británico.

A ojos del Glasgow eduardiano, Slater era en todos los aspectos un culpable aceptable. Era extranjero —nativo de Alemania— y judío. Su estilo de vida de apariencia elegante y marginal ofendía la sensibilidad de la época: Slater se presentaba como dentista y tratante en piedras preciosas, pero al parecer se ganaba la vida como jugador. Incluso antes del asesinato, la policía de Glasgow lo estaba siguiendo con la esperanza de detenerlo por proxenetismo. (En la expresión decorosa de la época, el cargo que pretendían presentar era por «trata de personas inmoral».)
El juicio de Slater se celebró en Edimburgo en mayo de 1909, con la acusación basada en pruebas circunstanciales y otras directamente inventadas. «Las pruebas circunstanciales son muy engañosas», escribió Conan Doyle. «Puede parecer que señalan directamente hacia un lado, pero si cambias un poco el punto de vista, puedes descubrir que apuntan de una manera igualmente inequívoca hacia algo completamente diferente.
A principios del siglo XX vivía en Glasgow una anciana que no caía bien a casi nadie. Su nombre era Marion Gilchrist y el 21 de diciembre de 1908, que iba a ser el último día de su vida, Miss Gilchrist —una mujer estirada, imponente y devota que gozaba de una salud de hierro y de unos ancestros impecables— estaba a pocas semanas de cumplir ochenta y tres años.
En los dos días siguientes no se obtuvo ninguna pista. Durante este tiempo, Oscar Slater, aparentemente ajeno al crimen, se preparaba para abandonar la ciudad. En 1908, Glasgow, una ciudad que vivía de la industria y el comercio, se encontraba sumida en una profunda depresión. Incluso para los jugadores, el momento era duro. Ese otoño, tras recibir una carta de un antiguo conocido norteamericano que lo invitaba a San Francisco, Slater realizó gestiones para trasladarse allí, vía Liverpool y Nueva York.
Los días antes de embarcarse, Slater fue liquidando sus asuntos en Glasgow.
La tarde del 25 de diciembre de 1908, un comerciante de bicicletas de Glasgow llamado Allan McLean llamó al cuartel general de la policía. Le explicó a la policía que un hombre que conocía —extranjero y judío— había intentado vender un recibo de empeñó de un broche de diamantes en forma de luna creciente. El nombre del hombre, según dijo, era Oscar.
La policía estaba ansiosa por presentar a un sospechoso y en Slater —jugador, extranjero, judío y posiblemente proxeneta— habían encontrado a uno ideal. «El problema […] con todas las investigaciones policiales», subrayó Conan Doyle con una lucidez cáustica digna de Holmes, «es que, cuando tienen al que se imaginan que es su hombre, no están muy dispuestos a seguir ninguna otra línea de investigación que les pueda llevar a otra conclusión.» Esto fue exactamente lo que ocurrió en cuanto la policía de Glasgow puso su mira sobre Slater.
Oscar Slater, uno de los cuatro hijos de Adolf Leschziner, panadero de profesión, y su esposa, Pauline (también llamada Paula), nació como Oskar Josef Leschziner el 8 de enero de 1872, 12 en Oppeln, un pueblo de Silesia, que entonces formaba parte del Imperio alemán. Tenía un hermano, Georg, y dos hermanas, Amalie, conocida como Malchen, y Euphemia, conocida como Phemie. Oskar, que era el favorito de la familia, fue criado en Beuthen, un pueblo minero miserable, cerca de la frontera polaca.

No era nada fácil ser judío a principios del siglo XX en Gran Bretaña. Es más, Slater había llegado a Glasgow en un momento de una paranoia especialmente intensa y, en consecuencia, de un intenso antisemitismo. Solo tres años antes el Parlamento británico había aprobado la ley de extranjeros de 1905: la primera restricción significativa de ese tipo en la historia del país en tiempos de paz al recortar en gran medida la inmigración procedente de fuera del Imperio británico. Aunque no se decía abiertamente, era fácil de entender que la ley estaba dirigida contra los judíos de Europa oriental, que a finales del siglo XIX, huyendo de persecuciones y penurias, habían empezado a llegar en grandes contingentes a Gran Bretaña. La actitud hacia estos recién llegados variaría a lo largo del tiempo y por toda la nación. Pero a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la intolerancia antijudía impregnaba casi todos los aspectos de la vida británica.
El caso Slater encarna las preocupaciones más importantes de su época. Se trata en todo momento de paranoia: altamente personal por parte de Miss Gilchrist, más general por el lado de la opinión pública. Nació de un acto de invasión del tipo más terrible: la intrusión en un hogar fuertemente fortificado. Implicaba a un marginado sombrío que no era solo un extranjero sino también un judío, un pueblo acusado desde hace mucho tiempo, como pregonaría muy pronto la ideología nazi, de ser agente transmisor de enfermedades. Sobre todo, iba a ser necesario el uso de un afilado razonamiento científico para combatir la sinrazón obstinada de la policía y los fiscales. En consecuencia, era de lo más adecuado que el gran defensor de Slater fuera tanto un médico como el padre de la figura literaria que sigue siendo la encarnación suprema del detective victoriano.
Si Oscar Slater era la encarnación de los temores de finales de la época victoriana, Arthur Conan Doyle representaba la mayoría de las cualidades principales de la época: valor, sed de aventuras, amor por la competición masculina en el ring de boxeo y en el campo de críquet, una pasión por el conocimiento científico y un profundo sentido del juego limpio. A los prejuicios sistémicos de la Gran Bretaña victoriana —incluido los propios— aportó el contrapeso sólido del progresismo populista, porque, al igual que Slater, había crecido en la pobreza, marginado por su religión y lejos de ser un caballero inglés.

En el momento del asesinato de Miss Gilchrist, el método holmesiano de investigación racional, en el que los hechos observados dictaban la solución en lugar de prejuicios racionalizados, estaba bien establecido, al menos entre los detectives de ficción. Holmes estaba tan dotado para este tipo de trabajo que las historias de Conan Doyle anticiparon el uso de métodos similares por parte de las fuerzas policiales reales. «La investigación criminal actual es una ciencia», escribió en 1959 el distinguido patólogo forense Sir Sydney Smith. «No siempre ha sido así y el cambio le debe mucho a la influencia de Sherlock Holmes.
Pero en la investigación del asesinato de Miss Gilchrist, estas técnicas fueron irrelevantes o de poca ayuda, una circunstancia que actuó en contra de Slater. Sin embargo, a pesar de los escasos medios científicos a su alcance, la policía de Glasgow sí disponía de una herramienta forense muy poderosa, aunque al parecer no la utilizaban mucho: el razonamiento lógico. Este, después del examen riguroso de las pruebas empíricas, es el siguiente paso en el método holmesiano y en muchos sentidos constituye su alma. Aunque Holmes describe con frecuencia este tipo de razonamiento como deductivo, en realidad no implica ninguna deducción. Depende más bien de un proceso lógico conocido como inducción , o, para ser aún más precisos, abducción.
El caso contra Slater estaba lleno de puntos débiles. La pista del broche hacía tiempo que se había descartado. Al igual que el escenario de su supuesta huida de la justicia. A pesar de una investigación incansable, la Corona tampoco podía demostrar un solo lazo entre Oscar Slater y Marion Gilchrist. Pero el crimen era la gran sensación en los periódicos y la policía tenía la obligación de resolverlo. Por casualidad, el azar les había entregado un sospechoso más que adecuado. En consecuencia, para construir un caso artificial contra Slater, la identificación de los testigos tenía que cargar con todo el peso, como había ocurrido con el procedimiento de extradición.
«Una prueba como esta puede ser de algún valor si respalda algún hecho fuertemente comprobado», señalaría Conan Doyle. «Pero intentar construir solo sobre una identificación de este tipo es construir todo el caso sobre arenas movedizas».

Conan Doyle resolvió más de los que se cree. Una vez, con una sola pregunta, desveló un misterio que había desconcertado a la policía durante años. El caso estaba relacionado con una mujer, Camille Cecile Holland, que en 1899 había desaparecido de Moat House Farm, la casa aislada en la campiña inglesa que compartía con su pareja de hecho, Samuel Herbert Dougal. Durante años no se supo nada de Holland, aunque Dougal siguió cobrando una serie de cheques en su nombre. Se rumoreaba que había sido asesinada, pero la policía registró la granja, donde seguía viviendo Dougal con su nueva amante, sin obtener ningún resultado.
En noviembre de 1912, casi cuatro años después de la muerte de Miss Gilchrist, Jean Milne, una escocesa de sesenta y cinco años, fue asesinada en el pueblo de Broughty Ferry, al norte de Edimburgo, cerca de Dundee. Por casualidad, muchos de los aspectos del caso recordaban el asesinato de Gilchrist. La víctima era huraña y rica. Su cuerpo fue encontrado dentro de la casa elegante en la que vivía sola; había sido golpeada hasta la muerte con un atizador. La casa estaba llena de dinero y joyas, pero al parecer no faltaba nada. No había señales de que hubieran forzado la entrada: parecía que la víctima había dejado entrar al asesino.
Varios testigos dijeron que habían visto a un hombre cerca de la casa de Milne; basándose en sus declaraciones, la policía de Dundee difundió la descripción del sospechoso por toda Gran Bretaña. La policía del pueblo inglés de Maidstone, al sudeste de Londres, lo identificó de inmediato: Charles Warner, un vagabundo canadiense que en ese momento cumplía dos semanas en la cárcel de Maidstone por impago de la cuenta en un hotel local.

Una carta a Conan Doyle que muestra la profunda preocupación victoriana por la reputación, Slater revela sus sentimientos contradictorios:
Querido Sir Arthur:
Muchas gracias por sus felicitaciones y desde el fondo de mi corazón, muchas, muchas gracias por su gran trabajo.
Sir Arthur, han ido demasiado lejos arrojándome barro en un tribunal público, pero no es eso lo que me preocupa…, me preocupan mis parientes y amigos y debo hacer algo por ellos.
Estos cinco jueces crueles […] que conocían el trasfondo de mi caso, deberían haberse contenido un poco, y al no hacerlo, incluso el más lego en la calle sabe ahora que mi carácter fue el bastón en el que se apoyó la Corona.
Lucharé y los denunciaré a todos. Todos aquellos a los que he conocido y en los que he confiado me han traicionado. Lucharé sin importar las consecuencias.
Muy sinceramente suyo,
Oscar Slater

El 4 de agosto, por voluntad propia, la oficina del secretario de Estado para Escocia ofreció a Slater 6.000 libras, con nada adicional para los gastos. Sin consultar a ninguno de sus asesores, Slater aceptó. Al hacerlo, inició una amarga pelea con Conan Doyle.
Para Slater —que tan a menudo había andado mal de dinero y condenado durante tanto tiempo a trabajos forzados— las 6.000 libras eran su pago y no estaba dispuesto a reembolsarle nada a nadie. Slater sabía que Conan Doyle era rico y podía afrontar sin problemas los pocos cientos de libras que había desembolsado. Pero lo que no comprendía Slater era que para Conan Doyle el tema era una cuestión de principios firmes y profundos: la honestidad absoluta en temas económicos, como se había preocupado de enseñar a sus hijos, era uno de los imperativos canónicos de una vida honrada.

¿Quién mató a Marion Gilchrist aquella noche lluviosa de diciembre? Conan Doyle creía firmemente que fue su sobrino Francis Charteris, una opinión compartida por algunos autores posteriores sobre el caso.
Sobre la cuestión de quién mató a Miss Gilchrist sigo siendo decididamente agnóstica. Cualquier «solución» presentada once décadas después de los hechos solo puede ser producto de la pura especulación. No obstante, creo que Lambie se llevó a la tumba mucha más información sobre el crimen de la que proporcionó, incluida la identidad del asesino. Esa era la opinión de Conan Doyle, que escribió, en 1930: «No veo perspectivas de llegar al fondo de la muerte de Miss Gilchrist hasta que Helen Lambie haga una confesión. No cabe duda de que sabe mucho más sobre el tema de lo que ha hecho público». Pero Lambie no lo hizo nunca.

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Arthur Conan Doyle is, of course, best known for writing Sherlock Holmes, but he was also a man of many interests. By the time of the events of this book, Conan Doyle was well known as a crusader for justice; although he was also somewhat derided for his passion for Spiritualism. However, if you are reading this book solely for your interest in Conan Doyle, then please be aware that this is largely about the historical true crime case, which occurred in Glasgow, 1908, and the events which followed it. The book does include Conan Doyle’s part in these events, but there is much more besides.
The case of Oscar Slater, a German Jew, who was cosmopolitan and well travelled, was certainly to regret his visit to Glasgow. In what was later termed, “the Scottish Dreyfus Affair,” Slater was arrested for the murder of an elderly widow, Marion Gilchrist, just before Christmas in 1908. This miscarriage of justice is more interesting, in part, because Slater himself is not a particularly sympathetic character. He was, in fact, a rogue, or ‘blackguard,’ in Conan Doyle’s opinion. However, the evidence against him was circumstantial and when he was sentenced to life ,with hard labour ,at the notorious Peterhead Prison, he began to lose hope.
Conan Doyle was interested in the case from the beginning, but a smuggled message from Slater in 1925, led to him becoming involved in trying to gain Slater’s release. It is more commendable that Conan Doyle worked on Slater’s behalf, considering his original low opinion of the man – it was justice that mattered and he threw himself into the investigation of the crime. This is a fascinating account of the crime, the background, original investigation and Conan Doyle’s own investigation. It is somewhat shocking to realise how long Oscar Slater spent in prison before his release; which may never have happened without Conan Doyle’s help.
At times, it seems the author wanted to put in every piece of research. However, this is still a fascinating account of a historical true crime and the outcome for the man convicted of it.

It was one of the most famous murders of its time. It electrified early 20th century Britain and before long the entire world, implicating an aristocratic victim, stolen diamonds, a transatlantic manhunt, and a cunning servant who was not persuaded to tell all she knew. . As Sir Arthur Conan Doyle wrote in 1912, it was “one of the most brutal and ruthless crimes ever recorded in the black annals in which criminologists find the materials for their study”.
But despite all this dark drama and the thousands of words that Conan Doyle wrote about it, the narrative of this murder was not a work of fiction. He was referring to a real case: a murder for which an innocent man was hunted down, tried, convicted and almost hanged. This judicial error, in the words of Conan Doyle, “would be immortalized among the classics of crime as the supreme example of official incompetence and obstinacy”.
The case, which has been called the Scottish Dreyfus case, centered on the murder of a wealthy woman in Glasgow just before Christmas 1908. During the following spring, Oscar Slater, a recently arrived German-Jewish player, city, was tried and convicted of the crime. His name became so famous that for many years later the phrase “See you Oscar” was the Glasgow equivalent of “See you later”, as in “See you later, Oscar Slater”.
But in the wake of investigations by Slater’s handful of advocates, the Slater case was found to be littered with prosecution and judicial errors, witness tampering, exculpatory evidence suppression, and bribery for perjury. It was, according to statements by Conan Doyle, a “disgraceful montage in which stupidity and dishonesty participated equally”.
Conan Doyle is still revered as a crime writer today, but he is much less remembered as a crusader: “that champion of lost causes”, as one British criminologist memorably described him.

In the eyes of Edwardian Glasgow, Slater was by all accounts an acceptable culprit. He was a foreigner — a native of Germany — and a Jew. His elegant and fringe-looking lifestyle offended the sensibilities of the time: Slater introduced himself as a dentist and a gem dealer, but apparently made a living as a gambler. Even before the murder, the Glasgow police were following him in hopes of arresting him for pimping. (In the decorous expression of the time, the charge they were seeking was “immoral human trafficking”.)
Slater’s trial was held in Edinburgh in May 1909, with the accusation based on circumstantial evidence and others directly fabricated. “The circumstantial evidence is very misleading”, wrote Conan Doyle. “They may appear to be pointing directly to one side, but if you change your point of view a bit, you may find that they are pointing equally unequivocally toward something entirely different”.
In the next two days, no leads were obtained. During this time, Oscar Slater, seemingly oblivious to the crime, was preparing to leave town. In 1908, Glasgow, a city that lived on industry and commerce, was in a deep depression. Even for the players, the moment was tough. That fall, after receiving a letter from an old American acquaintance inviting him to San Francisco, Slater made arrangements to move there, via Liverpool and New York.
In the days before embarking, Slater settled his affairs in Glasgow.
On the afternoon of December 25, 1908, a Glasgow bicycle dealer named Allan McLean called police headquarters. He explained to the police that a man he knew – a foreigner and a Jew – had tried to sell a pawn receipt for a crescent moon-shaped diamond brooch. The man’s name, he said, was Oscar.
On the afternoon of December 25, 1908, a Glasgow bicycle dealer named Allan McLean called police headquarters. He explained to the police that a man he knew – a foreigner and a Jew – had tried to sell a pawn receipt for a crescent moon-shaped diamond brooch. The man’s name, he said, was Oscar.
Police were eager to introduce a suspect and in Slater – gamer, foreigner, Jew and possibly pimp – they had found an ideal one. “The problem … with all police investigations,” Conan Doyle underlined with a caustic clarity worthy of Holmes, “is that when they have who they imagine to be their man, they are not very willing to take any other line research that may lead them to another conclusion. ” This was exactly what happened as soon as the Glasgow police set their sights on Slater.
Oscar Slater, one of the four children of Adolf Leschziner, a baker by profession, and his wife, Pauline (also called Paula), was born Oskar Josef Leschziner on January 8, 1872, 12 in Oppeln, a Silesian town, which then it was part of the German Empire. He had a brother, Georg, and two sisters, Amalie, known as Malchen, and Euphemia, known as Phemie. Oskar, who was the family’s favorite, was raised in Beuthen, a miserable mining town, near the Polish border.

It was not easy being a Jew in the early 1900s in Britain. Furthermore, Slater had arrived in Glasgow at a time of particularly intense paranoia and, consequently, intense anti-Semitism. Only three years earlier the British Parliament had passed the Foreigners Act of 1905 – the first such significant restriction in the country’s peacetime history by greatly cutting back on immigration from outside the British Empire. Although it was not stated openly, it was easy to understand that the law was directed against the Jews of Eastern Europe, who at the end of the 19th century, fleeing persecution and hardship, had begun to arrive in large contingents in Britain. The attitude toward these newcomers would vary over time and across the nation. But in the late 19th and early 20th centuries, anti-Jewish intolerance permeated almost every aspect of British life.
The Slater case embodies the most important concerns of its time. It is all about paranoia: highly personal on the part of Miss Gilchrist, more general on the side of public opinion. It was born from an act of invasion of the most terrible kind: the intrusion into a heavily fortified home. It involved a shadowy outcast who was not only a foreigner but also a Jew, a people long accused, as Nazi ideology would soon proclaim, of being a disease-transmitting agent. Above all, it was going to require the use of sharp scientific reasoning to combat the stubborn unreason of the police and prosecutors. Consequently, it was most fitting that Slater’s great defender was both a physician and the father of the literary figure who remains the supreme incarnation of the Victorian detective.
If Oscar Slater was the embodiment of late Victorian fears, Arthur Conan Doyle represented most of the leading qualities of the time: courage, thirst for adventure, love of male competition in the boxing ring and on the field. cricket, a passion for scientific knowledge and a deep sense of fair play. To the systemic prejudices of Victorian Britain – including his own – he provided a solid counterweight to populist progressivism, because, like Slater, he had grown up poor, marginalized by his religion, and far from being an English gentleman.

At the time of Miss Gilchrist’s murder, the Holmesian method of rational investigation, in which observed facts dictated the solution rather than rationalized biases, was well established, at least among fictional detectives. Holmes was so gifted for this kind of work that the Conan Doyle stories anticipated the use of similar methods by the royal police forces. “Today’s criminal investigation is a science,” wrote the distinguished forensic pathologist Sir Sydney Smith in 1959. “It has not always been this way and the change owes much to the influence of Sherlock Holmes.
But in the investigation of the murder of Miss Gilchrist, these techniques were irrelevant or of little help, a circumstance that worked against Slater. However, despite the limited scientific means at their disposal, the Glasgow police did have a very powerful forensic tool, although it did not appear to be used much: logical reasoning. This, after rigorous examination of the empirical evidence, is the next step in the Holmesian method and in many ways constitutes its soul. Although Holmes frequently describes this type of reasoning as deductive, it does not actually involve any deduction. Rather, it relies on a logical process known as induction, or, to be even more precise, abduction.
The case against Slater was full of weak points. The clue of the brooch had long been discarded. Like the scene of his supposed flight from justice. Despite tireless investigation, the Crown was also unable to prove a single link between Oscar Slater and Marion Gilchrist. But crime was the big news in the newspapers and the police had an obligation to solve it. By chance, chance had given them a more than adequate suspect. Consequently, to build an artificial case against Slater, the identification of the witnesses had to bear the full burden, as had happened with the extradition procedure.
“Proof like this can be of some value if it supports some strongly established fact,” Conan Doyle would point out. “But trying to build only on such an identification is to build the whole case on quicksand”.

Conan Doyle solved more than you think. Once, with a single question, he unraveled a mystery that had puzzled the police for years. The case involved a woman, Camille Cecile Holland, who in 1899 had disappeared from Moat House Farm, the isolated house in the English countryside that she shared with her common-law partner, Samuel Herbert Dougal. Holland was not heard from for years, although Dougal continued to cash a series of checks on his behalf. It was rumored that she had been murdered, but the police searched the farm, where Dougal was still living with his new lover, to no avail.
In November 1912, almost four years after the death of Miss Gilchrist, Jean Milne, a sixty-five-year-old Scotswoman, was murdered in the town of Broughty Ferry, north of Edinburgh, near Dundee. By chance, many aspects of the case were reminiscent of Gilchrist’s murder. The victim was sullen and wealthy. Her body was found inside the elegant house in which she lived alone; she had been beaten to death with a poker. The house was full of money and jewelry, but apparently nothing was missing. There was no sign of forced entry: it appeared the victim had let the killer in.
Several witnesses said they had seen a man near Milne’s home; Based on her statements, Dundee police released the description of the suspect across Britain. Police in the English town of Maidstone, southeast London, immediately identified him: Charles Warner, a Canadian homeless man who was serving two weeks in Maidstone jail for non-payment of a bill at a local hotel.

A letter to Conan Doyle showing deep Victorian concern for reputation, Slater reveals her mixed feelings:
Dear Sir Arthur:
Thank you very much for your congratulations and from the bottom of my heart, many, many thanks for your great work.
Sir Arthur, they have gone too far by throwing mud at me in a public court, but that is not what worries me – I worry about my relatives and friends and I must do something for them.
These five cruel judges […] who knew the background of my case should have held back a bit, and by not doing so, even the most layman on the street now knows that my character was the baton on which the Crown leaned .
I will fight and denounce them all. All those I have ever known and trusted have betrayed me. I will fight regardless of the consequences.
Sincerely yours,
Oscar Slater

On 4 August, of its own accord, the Scottish secretary of state’s office offered Slater 6,000 pounds, with nothing additional for expenses. Without consulting any of his advisers, Slater agreed. In doing so, he started a bitter fight with Conan Doyle.
For Slater – who had so often been short of money and sentenced to hard labor for so long – the £ 6,000 was his payment and he was unwilling to reimburse anyone. Slater knew that Conan Doyle was rich and could easily afford the few hundred pounds he had spent. But what Slater did not understand was that for Conan Doyle the subject was a matter of firm and profound principles: absolute honesty in economic matters, as he had cared to teach his children, was one of the canonical imperatives of an honest life.

Who killed Marion Gilchrist that rainy night in December? Conan Doyle firmly believed that it was her nephew Francis Charteris, an opinion shared by some later authors on the case.
On the question of who killed Miss Gilchrist I am still decidedly agnostic. Any “solution” presented eleven decades after the fact can only be the product of pure speculation. However, I think Lambie took a lot more information about the crime to the grave than he provided, including the identity of the killer. That was the view of Conan Doyle, who wrote in 1930: ‘I see no prospect of getting to the bottom of Miss Gilchrist’s death until Helen Lambie makes a confession. There is no doubt that she knows much more about the subject than she has made public. But Lambie never did.

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