Pandemia: Mapa Del Contagio De Las Enfermedades Más Letales Del Planeta — Sonia Shah / Pandemic: Tracking Contagions, from Cholera to Ebola and Beyond by Sonia Shah

El problema de este libro es la cantidad de publicaciones sobre el tema. Pandemia es más actual con certeza, pero David Quammen, el autor de Contagio, es mucho más científico. Shah pasa mucho tiempo concentrado en los cambios de paradigma en la ciencia. Incluso parece tener una muy buena comprensión de los argumentos de Thomas Kuhn; y, sin embargo, no se dio cuenta de que la ciencia que investigó para este libro había sido expulsada por los mismos métodos que Kuhn elucida en el libro, de hecho, los mismos métodos sobre los que ella misma escribió en este mismo libro. Parece carecer de habilidades de pensamiento crítico cuando se trata de estudios de psicología, y nunca cuestiona los métodos. Si alguien decía que era verdad, ella parecía no solo aceptarlo, a pesar de las fallas evidentes en los métodos de esos estudios, sino que usaba los malos estudios para argumentar su opinión. La antigua forma de ver la evolución, el gen egoísta como impulsor de toda evolución, está a punto de salir por la puerta. Sin embargo, se aferra firmemente a ese paradigma. Ella está enamorada de la hipótesis de los buenos genes / hijos sexys, el dogma del gen egoísta, la psicología evolutiva al estilo de David Buss (que equivale a “simplemente-así-historias). Su falta de adopción de un paradigma progresivo, considerando su tema progresivo fue, en el mejor de los casos, decepcionante Tampoco me identifiqué con su experiencia personal con el virus que comparten ella y su hijo, lo que me restó valor a la historia.
Incluso con los aspectos negativos, el tema es vibrante. Lo que le falta en comprensión científica, realmente lo compensa con su historial de varios virus. Absolutamente fantástico.
Si solo va a leer un libro sobre pandemias, que sea Contagio. Pero, si está dispuesto a leer más de un libro, debido a la historia que ella proporciona, definitivamente vale la pena.
Buena lectura. Me gusta cómo Shah intentó organizar el material en capítulos de acuerdo con las formas en que las enfermedades infecciosas aprovechan los comportamientos humanos para propagarse a las pandemias. Sin embargo, eso significaba que la narrativa se movía entre diferentes enfermedades y, a menudo, se sentía demasiado inconexa para mi gusto. Debería haberse hecho más distinción entre los diferentes modos de transmisión de los diferentes agentes (cubrió el cólera de manera bastante extensa). Tengo mucha más información de “béisbol interno” en mi cabeza sobre este tema, así que puedo completar mejor los detalles.

No es la primera vez que otros patógenos desgarran sociedades, que explotan con fatídica eficacia nuestra política y nuestro modo de vida, nuestra manera de desplazarnos y de relacionarnos con los demás, como ha hecho este nuevo coronavirus, incluso más. Pero a pesar de las profundas marcas y cicatrices que dejan en nuestro cuerpo y en nuestras sociedades, nunca hemos cambiado el modo de vida para acabar con ellos, aunque habríamos podido. Al contrario, en cuanto el contagio pierde fuerza, volvemos a hacer lo mismo que antes. En esas ocasiones anteriores, como ahora, pensamos que las pandemias eran completamente imprevisibles, que caen del cielo sin avisar. Las tratamos como una agresión extranjera. No nos dimos cuenta de nuestra complicidad en su propagación.
No les hicimos un hueco en la memoria y, al despojarlas de su carácter social, las expulsamos de la historia. Sin querer nos convertimos en sus aliados, y así han vuelto una y otra vez. Pero no tiene por qué ser así.

Las reiteradas epidemias de cólera constituían un gran desafío para las instituciones políticas y sociales de las comunidades afectadas. Contener la enfermedad requería un grado de cooperación internacional, cohesión social y gobernanza municipal efectiva que en los pueblos y ciudades recién industrializados aún estaba por forjarse. Descubrir su cura —el agua limpia— exigió a médicos y científicos trascender sus conocimientos tradicionales sobre la salud y la propagación de la enfermedad.
Fueron necesarios casi cien años de pandemias de cólera para que ciudades como Nueva York, París y Londres respondieran a las provocaciones de la enfermedad. Para ello tuvieron que modificar el sistema de viviendas, gestionar el suministro de agua potable y los residuos, dirigir la salud pública, establecer relaciones internacionales y comprender la ciencia de la salud y la enfermedad. Tal es el poder transformador de las pandemias.

La primera pandemia ocasionada por el nuevo patógeno tuvo su origen en una ciudad de la región del Sundarbans, Jessore, en agosto de 1817, a raíz de unas lluvias torrenciales. El agua del mar, salada y rica en copépodos, lo inundó todo y se filtró en las tierras, las casas y los pozos de la gente. V. cholerae entró así en el cuerpo humano y colonizó el intestino. Gracias a la toxina, el número reproductivo básico de la bacteria, según los modelos matemáticos modernos, se situó entre 2 y 6. Una sola persona infectada podía producir hasta media docena de contagios. Las primeras víctimas del cólera se deshidrataban por completo en cuestión de horas: cada enfermo expulsaba más de quince litros al día de un fluido blanco lechoso que iba a parar a los ríos y las fosas sépticas del Sundarbans junto con los excrementos. Los residuos se filtraron a los pozos de riego de los agricultores. Sus partículas se alojaban en las manos y la ropa de la gente. Y en cada partícula había un enjambre de bacterias dispuestas a infectar a un nuevo anfitrión.
Los bengalíes llamaron ola («la purga») a la nueva enfermedad. Mataba a la gente mucho más deprisa que cualquier otra infección conocida hasta entonces. Murieron diez mil personas. En cuestión de meses, la plaga dominaba una extensión de unos quinientos mil kilómetros cuadrados en Bengala.
El virus del SARS no era nuevo. Tampoco lo eran las prácticas que pusieron en contacto a los murciélagos con las personas en el sur de China. El virus del SARS «probablemente llevaba siglos alojado en los murciélagos», señala Malik Peiris, un virólogo de la Universidad de Hong Kong responsable del equipo de investigadores que consiguió aislar el virus por primera vez. Y la cocina yewei y los mercados de animales vivos que facilitaron el contacto de los murciélagos y las personas en el sur de China también vienen de lejos.
La cocina yewei forma parte de un conjunto de prácticas culturales de larga tradición en China que consiste en acercarse a los animales salvajes para nutrirse de su poder, fuerza y longevidad. La gente tiene animales salvajes como mascotas (o tiene aspiraciones y les tiñe el pelo a los perros para que parezcan tigres y pandas) e imita sus posturas en disciplinas como el kung-fu. Quienes practican la medicina tradicional administran remedios elaborados con partes del cuerpo de los animales: bigote de tigre para el dolor de muelas, bilis de oso para las enfermedades hepáticas o esqueletos de murciélago para las piedras en el riñón.
Es indudable que las transformaciones que propiciaron el nacimiento de Vibrio cholerae en las marismas del Sundarbans fueron trascendentales. La especie había recorrido un largo camino desde sus orígenes como plácida bacteria marina que flotaba en el mar. Aun así, su futuro como patógeno seguía siendo incierto. Para producir una pandemia, un patógeno tiene que infectar a un amplio porcentaje de la población. El problema es que la población está muy extendida. Para alcanzar este objetivo, el cólera tendría que volverse ubicuo, atravesar océanos y continentes, recorrer miles de kilómetros de desiertos y tundras. Pero los patógenos son microscópicos e inmóviles. No tienen alas, piernas ni ningún otro medio de locomoción independiente. Por sí solos, están tan desamparados como un náufrago en una isla, varados en su desconocido lugar de nacimiento.
Para iniciar la siguiente etapa de su viaje hacia la pandemia, el cólera necesitaría depender casi completamente de nosotros.

Hasta hoy, NDM-1 se ha localizado principalmente en especies bacterianas que pueden vivir dentro del organismo sin causar daños, como Klebsiella pneumoniae , que reside en la boca, la piel y los intestinos de personas sanas, o Escherichia coli , que puede estar presente en los intestinos. Pero el turismo sanitario que ha contribuido a diseminar el plásmido sigue siendo una industria sólida y lucrativa. Los precios de los tratamientos sanitarios en los países industrializados siguen disparándose, y esto obliga a los pacientes a subir a un avión en busca de remedios más rápidos y baratos fuera de su país. A pesar de la emergencia de NDM-1, no parece que estos pacientes estén dispuestos a cancelar su viaje. Y así, cuanto más se extiende el plásmido —y este se va encontrando en su peregrinar con más especies bacterianas—, más crece la probabilidad de transferirlo a un patógeno bacteriano peligroso.
Un patógeno bacteriano dotado de NDM-1 puede ser ruinoso para la práctica de la medicina, como foco de infecciones prácticamente imparables. Muy pocos tratamientos médicos justificarían el riesgo. «Se acabarán las proezas médicas —prevé el microbiólogo Chand Wattal, del hospital Sir Ganga Ram de Nueva Delhi—. Trasplantes de médula, colocación de prótesis…, todo eso va a desaparecer», asegura.
Si bien es cierto que algunos patógenos se propagan aprovechándose de formas de intimidad humana que son inherentes a nuestras sociedades, como las relaciones sexuales o las aglomeraciones que nos obligan a respirar unos encima de otros, son muchos los patógenos que se sirven de prácticas más desconocidas, complicadas, relativamente raras o susceptibles de alterarse fácilmente. El patógeno llamado Toxoplasma gondii se transmite a las personas cuando un roedor come los huevos del parásito, el gato se come al roedor y la gente se expone al cajón de los excrementos del gato. La transmisión del Dicrocoelium dendriticum requiere que un caracol incube sus huevos, las hormigas beban la baba del caracol y los herbívoros se coman a las hormigas al pacer.
Un patógeno como Vibrio cholerae necesita que las personas ingieran con regularidad sus propios excrementos. Eso es una buena noticia: significa que podemos privarlo fácilmente de oportunidades de transmisión, porque consumir los residuos orgánicos no es necesario ni para la supervivencia de la humanidad ni para la estabilidad de nuestras sociedades. La mala noticia es que a veces las condiciones históricas se confabulan para que las conductas más peligrosas e innecesarias se vuelvan casi inevitables.

Los excrementos son el vehículo perfecto para que los patógenos puedan propagarse de una persona a otra. Las heces humanas, en el momento de salir del cuerpo, están plagadas de virus y bacterias. En torno al 10 por ciento de su peso se compone de bacterias, y en cada gramo puede haber hasta mil millones de partículas víricas. Un ser humano produce una media de cincuenta y tres kilos de excrementos al año (además de quinientos litros de orina inservible), con lo que crea un río de desechos ricos en microbios que, de no contenerse y aislarse, termina fácilmente adherido a las manos o la planta de los pies, contaminando los alimentos y filtrándose en el agua potable, lo que facilita el paso de los patógenos de una víctima a otra.
Esta contaminación fecal tan extendida genera nuevas oportunidades de transmisión a una horda de nuevos patógenos. Uno de ellos es E. coli productora de toxina Shiga (o STEC). Alrededor de la mitad del ganado de los cebaderos de Estados Unidos está infectado por esta bacteria capaz de sobrevivir semanas en el ambiente, incluso más si hace frío. En las personas, STEC produce diarrea sanguinolenta y complicaciones que pueden costar la vida, como el síndrome urémico hemolítico que desencadena un fallo renal. Hasta el 5 por ciento de los enfermos mueren y un tercio de los supervivientes padece problemas renales de por vida.
Desde el primer brote del que se tuvo conocimiento en 1982, STEC ha atacado a cincuenta países en todo el mundo. Pese a los esfuerzos por contener la enfermedad, cada año se infectarán setenta mil estadounidenses. Quienes viven en países donde la ganadería industrial es más común, como Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña y Japón, están más expuestos al riesgo, que aumenta cuanto más cerca se vive de una explotación ganadera.
Pero el riesgo se extiende más allá de las zonas de cría cuando las mercancías contaminadas por las heces se transportan en barco y se consumen en todo el mundo. En el año 2011, un lote de semillas de fenogreco egipcio causó un brote de E. coli en Alemania, a cinco mil kilómetros de su origen.
La gestión de los residuos se complica únicamente cuando estos superan la capacidad del espacio disponible para eliminarlos. Es decir, es una consecuencia directa del tamaño y la densidad de las poblaciones animales. La basura es solo un síntoma. El problema es la multitud.

Pueden ser tan virulentos como los patógenos más peligrosos del mundo, los que no dependen del contacto social para propagarse. Estos patógenos o bien se han estabilizado en el entorno o bien se sirven de algún vector de transmisión. Entre ellos hay asesinos como el cólera, el Mycobacterium tuberculosis (el bacilo que causa la tuberculosis) y la variola (causante de la viruela). La virulencia no merma su capacidad de transmisión, porque pueden transmitirse a través de los cadáveres y pervivir en el ambiente hasta que otra víctima viva los recoja. Lo mismo ocurre con patógenos como Plasmodium falciparum , que produce la malaria. Mientras los mosquitos no dejen de picar, los patógenos seguirán extendiéndose, por más que enfermen sus víctimas. (En realidad, la virulencia incluso podría mejorar su capacidad de transmisión, dado que los más enfermos, postrados en una cama, tienen más posibilidades de que los piquen los mosquitos).
Los patógenos que se contagian por contacto social son generalmente leves. Es la multitud lo que permite que estos patógenos se conviertan en asesinos.
En el aire que agitábamos levemente con nuestro movimiento, los patógenos que aquella multitud de cerdos estaba incubando se mezclaron con los que estaba incubando yo.
No cabe duda de que un patógeno capaz de propagarse y provocar una enfermedad es peligroso, pero en realidad se encuentra solo a mitad de camino del viaje de múltiples etapas que lleva a la pandemia.
La suerte de la segunda mitad de este viaje viene determinada por la respuesta social. Es cierto que a veces los patógenos llegan como un tsunami, con demasiada velocidad, fuerza o misterio para que las sociedades reaccionen antes de que sea demasiado tarde. Pero en muchos casos incluso las defensas colectivas más rudimentarias —como aislar a los enfermos y advertirse mutuamente de la propagación de la enfermedad, por ejemplo— pueden cumplir la función de un dique subacuático: romper la ola de muerte y destrucción.
Esto iguala la batalla entre los patógenos y los seres humanos. La cooperación humana es un hecho formidable desde un punto de vista biológico. La mayoría de los mamíferos cooperan solo cuando están unidos por lazos de sangre. Nosotros no. La humanidad coopera con mayor frecuencia, mayor intensidad y a mayor escala que cualquier otra especie del planeta. Nuestros antepasados cooperaban en actividades como la caza mayor y el cuidado de los enfermos.
Naturalmente, a pesar de que haya políticos corruptos e instituciones políticas podridas, las personas pueden seguir cooperando. Pueden tomar las riendas de la situación y colaborar en el esfuerzo de contener a los patógenos.
A diferencia de las guerras o las catástrofes naturales, los patógenos pandémicos no construyen confianza ni facilitan las defensas cooperativas. Al contrario, por lo peculiar de la experiencia psíquica que producen, lo más probable es que los nuevos patógenos alimenten la sospecha y la desconfianza y destruyan los vínculos sociales con la misma eficacia con que destruyen vidas.

Las epidemias no son las únicas crisis sociales en las que se han cometido ataques contra los trabajadores sanitarios y las intervenciones médicas. Las campañas de vacunación han activado oleadas similares de rechazo y represalias violentas. Siendo distinta la causa, el resultado es el mismo: minan los esfuerzos por contener a los patógenos y permiten la expansión de las epidemias.
En el mundo entero, tanto en las aldeas del norte de Nigeria como en los barrios residenciales de Los Ángeles, la gente ha rechazado las vacunas y a quienes las administran, acusándolos de todo tipo de tropelías, desde destruir el islam hasta envenenar a los niños con productos químicos. Un buen ejemplo de esto es la campaña para la erradicación de la polio que lanzó la OMS en 1998.
Las tácticas de los nuevos patógenos en su conspiración para debilitar nuestros vínculos sociales y explotar nuestras divisiones políticas son tan amplias como variadas. No obstante, sigue habiendo un modo de derrotarlos. Y es probablemente el más potente de todos. Podemos desarrollar instrumentos específicos para destruirlos o detenerlos con precisión quirúrgica, instrumentos que cualquier individuo con acceso a ellos pueda emplear eficazmente, sin necesidad de un complicado esfuerzo cooperativo.
Estos instrumentos son, claro está, los medicamentos.
Disponer del tratamiento adecuado hace que las vías de transmisión de los patógenos resulten irrelevantes. Con el debido tratamiento, los vertidos, la suciedad, las multitudes, la corrupción política y los conflictos sociales no pueden propagar los patógenos. Las epidemias y las pandemias mueren antes de convertirse en un acontecimiento. Mientras haya una farmacia en la esquina o un médico que extienda una receta, los individuos pueden domar a los patógenos individualmente.
Eso sí, primero, hay que desarrollar esos tratamientos.

Cuando brotó en Nueva York el virus del Nilo Occidental, la estrategia de contención se centró esencialmente en atacar las causas biomédicas de la enfermedad: al insecto portador del virus. No se prestó atención a otros factores, como la pérdida de diversidad entre las aves.
Los factores económicos y sociales que contribuyeron al brote de dengue en Florida en 2009 también se pasaron por alto. En 2008, hubo en el sur de Florida una ola de ejecuciones hipotecarias que permitió a los mosquitos criar a sus anchas en piscinas y jardines abandonados sin que los dueños de las viviendas o los inspectores de sanidad se lo impidieran: la consecuencia fue una plaga de mosquitos. El año siguiente, por primera vez desde hacía setenta años, se registró un brote de dengue que golpeó con especial violencia en Cayo Hueso, el epicentro de la crisis hipotecaria. Un estudio de los CDC reveló que el 5 por ciento de la población de la zona tenía anticuerpos de dengue. Un enfoque exclusivamente biomédico, reduccionista y reacio a la colaboración difícilmente podía llevar a nadie a considerar la necesidad de afrontar la crisis inmobiliaria como parte de una respuesta pertinente al brote.
Desde mediados del siglo XX , la biomedicina ha sido justamente elogiada por su inmensa capacidad para desarrollar tratamientos que salvan vidas. Ahora bien, sus límites, que ya han empezado a perfilarse, serán cada vez más nítidos en los años venideros. Algunas de las alteraciones externas que hoy están eclipsando a los mecanismos microscópicos como factores causantes de nuevas enfermedades son más indeterminadas, amplias e impredecibles de lo que el mundo ha visto nunca.

Afrontar la siguiente pandemia pasa por combatir, de un modo u otro, los problemas creados por la industrialización y la globalización. Aun así, esto solo evitaría una parte del riesgo. La pandemia de mañana puede ser producto de la modernidad, pero las pandemias en general no lo son. Lo cierto es que el fantasma del contagio lleva millones de años acechando a nuestra especie.
Mientras que las dinámicas de las enfermedades infecciosas, desde el cólera en el siglo XIX a los patógenos emergentes de hoy, vienen dictadas por unas condiciones históricas específicas, nuestro actual conflicto con los patógenos no es más que la última escaramuza de un enfrentamiento mucho más largo, peligroso y complicado entre la humanidad y los microbios.
Sin embargo, hemos pasado la mayor parte de nuestra historia como especie sin darnos cuenta del papel de los patógenos en nuestra vida. Hace menos de dos siglos que desarrollamos la tecnología necesaria para detectar microbios. Hoy estamos apenas empezando a conocer la magnitud de su mundo secreto. Podríamos tener la impresión, si nos fijamos en los antibióticos y otros fármacos milagrosos desarrollados a mediados del siglo XX , de que hemos derrotado a estos viejos rivales. Pero si pensamos en un contexto histórico más amplio, en realidad somos como alpinistas que al alcanzar una repisa creen haber llegado a la cima. El proyecto de aplicar nuestra inteligencia y habilidad para la construcción de herramientas al desafío que constituyen los patógenos solo acaba de empezar.

Los proyectos dispares, sumados al refuerzo de la vigilancia basada en los métodos tradicionales, es una especie de sistema inmunitario global. Podría detectar patógenos con potencial pandémico antes de que suban a un avión y aprovechen los movimientos de la población para extenderse, señalando así el siguiente caso de VIH, cólera o ébola sin darle tiempo a que se propague. Para algunos entusiastas, este tipo de sistema permitiría a las sociedades continuar con las prácticas que incrementan la probabilidad de una pandemia sin tener que sufrir sus consecuencias. «Creo que se pueden tener las dos cosas —afirma el experto en enfermedades Peter Daszak—. No hay por qué elegir entre comer carne o comer espinacas —añade; tampoco habría que dejar de viajar en avión, dejar de comer alimentos que vienen del otro extremo del planeta o renunciar a cualquier otra actividad moderna que favorece la capacidad de propagación de los patógenos—. Podemos seguir haciendo eso. Pero también podemos comprender que entraña peligro. [Por tanto] hay que invertir en protegerse de ese peligro contribuyendo a financiar un sistema global de vigilancia de enfermedades».
Este es un enfoque tecnocrático tentador. Una advertencia a tiempo permite aplicar medidas de contención y de mitigación más eficientes. Podríamos prevenir algunas epidemias y prepararnos para resistir otras en mejores condiciones. Pero, aunque este sistema de vigilancia global llegara a construirse, solo funcionará si la población utiliza la información para hacer algo. Y si la creación de un sistema de vigilancia activa a escala global ya es todo un desafío, asegurarse de que la población actúa en consecuencia exigiría un proyecto de alcance aún más amplio.

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The problem with this book is the number of publications on the subject. Pandemic is more current for certain, but David Quammen, the Author of Spillover, is by far more scientifically literate. Shah spends an awful lot of time focused on paradigm shifts in science. She even seems to have a really good grasp of Thomas Kuhn’s arguments; and yet, she failed to realize the science she researched for this book has been pushed out by the very methods Kuhn elucidated in book, in fact the very methods she, herself, wrote about in this very book. She seems to lack critical thinking skills when it comes to psychology studies, never questioning the methods. If someone said it was true, she seemed to not only accept it, despite glaring flaws in the methods for those studies, but used the bad studies to argue her opinion. The old way of viewing evolution, the selfish gene as driver of all evolution, is on its way out the door. Yet, she clings tightly to that paradigm. She is enamored with the good genes/sexy sons hypothesis, selfish gene dogma, David Buss style evolutionary psych (which amounts to “just-so-stories). Her lack of adopting a progressive paradigm, considering her progressive subject matter was disappointing at best. I also didn’t relate to her personal experience with the virus she and her son share. That detracted from the story for me.
Even with the negatives, the subject matter is trilling. What she lacks in scientific understanding, she really makes up for with her history of various viruses. Absolutely fantastic.
If you are only going to read one book about pandemics, let it be Spillover. But, if you are willing to read more than one book, because of the history she provides, this is definitely worthwhile.
Pretty good. I do like how Shah tried to organize the material into chapters according to the ways infectious diseases take advantage of human behaviors to spread into pandemics. However, that meant the narrative ping-ponged around between different diseases and often felt too disjointed for my taste. More distinction should have been made between the different modes of transmission of the different agents (she did cover cholera fairly extensively). I have a lot more “insider baseball” information packed into my head on this subject so can fill in detail better.

It isn’t the first time that other pathogens tear societies apart, exploiting with fatal efficiency our politics and our way of life, our way of moving around and relating to others, as this new coronavirus has done even more. But despite the deep marks and scars they leave on our bodies and in our societies, we have never changed our way of life to end them, although we could have. On the contrary, as soon as the contagion loses its strength, we do the same thing as before. In those previous occasions, as now, we thought that pandemics were completely unpredictable, that they fall from the sky without warning. We treat them as foreign aggression. We did not realize our complicity in its spread.
We did not make a hole in their memory and, by stripping them of their social character, we expelled them from history. Inadvertently we become their allies, and so they have come back again and again. But it does not have to be like that.

The repeated epidemics of cholera constituted a great challenge for the political and social institutions of the affected communities. Containing the disease required a degree of international cooperation, social cohesion and effective municipal governance that had yet to be forged in newly industrialized towns and cities. Discovering its cure – clean water – required doctors and scientists to transcend their traditional knowledge about health and the spread of disease.
It took almost a hundred years of cholera pandemics for cities like New York, Paris and London to respond to the provocations of the disease. To do this, they had to modify the housing system, manage the supply of drinking water and waste, direct public health, establish international relations and understand the science of health and disease. Such is the transformative power of pandemics.

The first pandemic caused by the new pathogen originated in a city in the Sundarbans region, Jessore, in August 1817, following torrential rains. The sea water, salty and rich in copepods, flooded everything and seeped into the lands, houses and wells of the people. V. cholerae thus entered the human body and colonized the intestine. Thanks to the toxin, the basic reproductive number of the bacterium, according to modern mathematical models, was between 2 and 6. A single infected person could produce up to half a dozen infections. The first cholera victims were completely dehydrated in a matter of hours: each patient expelled more than fifteen liters a day of a milky white fluid that ended up in the rivers and septic tanks of the Sundarbans along with their excrement. The waste leaked into the farmers’ irrigation wells. Its particles lodged in people’s hands and clothes. And in each particle there was a swarm of bacteria ready to infect a new host.
Bengalis called the new disease ola (“the purge”). It killed people much faster than any other infection known to date. Ten thousand people died. In a matter of months, the plague was dominating an area of some five hundred thousand square kilometers in Bengal.
The SARS virus was not new. Neither were the practices that brought bats into contact with people in southern China. The SARS virus “had probably been housed in bats for centuries,” says Malik Peiris, a virologist at the University of Hong Kong who is responsible for the team of researchers that first managed to isolate the virus. And the Yewei cuisine and live animal markets that made it easy for bats and people to come into contact in southern China also come from afar.
Yewei cuisine is part of a long-established set of cultural practices in China that consists of getting close to wild animals to feed on their power, strength and longevity. People keep wild animals as pets (or have aspirations and dye their dogs to look like tigers and pandas) and mimic their postures in disciplines such as kung-fu. Traditional medicine practitioners administer remedies made from animal body parts: tiger mustache for toothache, bear bile for liver disease, or bat skeletons for kidney stones.
There is no doubt that the transformations that led to the birth of Vibrio cholerae in the marshes of the Sundarbans were momentous. The species had come a long way from its origins as a placid marine bacterium floating in the sea. Even so, its future as a pathogen remained uncertain. To produce a pandemic, a pathogen has to infect a large percentage of the population. The problem is that the population is very widespread. To achieve this goal, cholera would have to become ubiquitous, crossing oceans and continents, traveling thousands of kilometers of deserts and tundras. But pathogens are microscopic and immobile. They do not have wings, legs, or any other means of independent locomotion. By themselves, they are as helpless as a castaway on an island, stranded in their unknown place of birth.
To begin the next stage of its journey towards the pandemic, cholera would need to depend almost entirely on us.

Until today, NDM-1 has been located mainly in bacterial species that can live inside the body without causing damage, such as Klebsiella pneumoniae, which resides in the mouth, skin and intestines of healthy people, or Escherichia coli, which can be present in the intestines. But the health tourism that has helped spread the plasmid is still a solid and lucrative industry. The prices of health treatments in industrialized countries continue to skyrocket, and this forces patients to get on a plane in search of faster and cheaper remedies outside their country. Despite the NDM-1 emergency, these patients do not appear to be willing to cancel their trip. And thus, the more the plasmid spreads — and it encounters more bacterial species on its pilgrimage — the more likely it is to transfer it to a dangerous bacterial pathogen.
A bacterial pathogen endowed with NDM-1 can be ruinous to the practice of medicine, as a source of virtually unstoppable infections. Very few medical treatments would justify the risk. “Medical prowess will be over,” predicts microbiologist Chand Wattal of Sir Ganga Ram Hospital in New Delhi. Marrow transplants, prosthesis placement … all that is going to disappear, ”he says.
While it is true that some pathogens spread by taking advantage of forms of human intimacy that are inherent in our societies, such as sexual relations or crowds that force us to breathe on top of each other, many pathogens use more unknown practices , complicated, relatively rare or easily altered. The pathogen called Toxoplasma gondii is transmitted to people when a rodent eats the parasite’s eggs, the cat eats the rodent, and people are exposed to the cat litter bin. Dicrocoelium dendriticum transmission requires that a snail incubate its eggs, the ants drink the snail’s drool, and the herbivores eat the ants while grazing.
A pathogen like Vibrio cholerae requires people to regularly ingest their own stool. That’s good news: it means that we can easily deprive it of transmission opportunities, because consuming organic waste is not necessary either for the survival of humanity or for the stability of our societies. The bad news is that sometimes historical conditions conspire to make the most dangerous and unnecessary behaviors almost inevitable.

Droppings are the perfect vehicle for pathogens to spread from one person to another. Human feces, when leaving the body, are riddled with viruses and bacteria. About 10 percent of its weight is made up of bacteria, and there can be as many as 1 billion viral particles in each gram. A human being produces an average of fifty-three kilos of excrement per year (in addition to five hundred liters of useless urine), thus creating a river of waste rich in microbes that, if not contained and isolated, ends up easily adhering to the hands or the soles of the feet, contaminating food and seeping into drinking water, facilitating the passage of pathogens from one victim to another.
This widespread fecal contamination creates new opportunities for transmission to a horde of new pathogens. One of them is Shiga toxin-producing E. coli (or STEC). About half of the cattle in feedlots in the United States are infected by this bacterium capable of surviving for weeks in the environment, even longer in cold weather. In people, STEC causes bloody diarrhea and life-threatening complications, such as hemolytic uremic syndrome that triggers kidney failure. Up to 5 percent of the sick die and a third of the survivors have lifelong kidney problems.
Since the first known outbreak in 1982, STEC has attacked fifty countries around the world. Despite efforts to contain the disease, 70,000 Americans will be infected each year. Those who live in countries where factory farming is more common, such as the United States, Canada, Great Britain and Japan, are more exposed to risk, which increases the closer they live to a cattle farm.
But the risk extends beyond breeding grounds when faecal-contaminated goods are transported by ship and consumed around the world. In 2011, a batch of Egyptian fenugreek seeds caused an outbreak of E. coli in Germany, 5,000 kilometers from its source.
Waste management becomes complicated only when it exceeds the capacity of the available space to eliminate it. That is, it is a direct consequence of the size and density of animal populations. Trash is just a symptom. The problem is the crowd.

They can be as virulent as the world’s most dangerous pathogens, those that do not depend on social contact to spread. These pathogens have either become stabilized in the environment or use some transmission vector. Among them are killers like cholera, Mycobacterium tuberculosis (the bacillus that causes tuberculosis) and variola (that causes smallpox). Virulence does not reduce their transmission capacity, because they can be transmitted through corpses and remain in the environment until another living victim picks them up. The same goes for pathogens like Plasmodium falciparum, which causes malaria. As long as mosquitoes do not stop biting, pathogens will continue to spread, no matter how ill their victims. (Actually, virulence might even improve its transmission capacity, since the sickest, bedridden, are more likely to be bitten by mosquitoes.)
Pathogens spread through social contact are generally mild. It is the crowd that allows these pathogens to become killers.
In the air that we stirred slightly with our movement, the pathogens that this multitude of pigs was incubating mixed with those that I was incubating.
While a pathogen capable of spreading and causing disease is undoubtedly dangerous, it is actually only halfway through the multi-stage journey that leads to the pandemic.
The fate of the second half of this journey is determined by social response. It is true that pathogens sometimes arrive like a tsunami, with too much speed, force or mystery for societies to react before it is too late. But in many cases, even the most rudimentary collective defenses — isolating the sick and warning each other of the spread of disease, for example — can serve the function of an underwater dam: breaking the wave of death and destruction.
This evens the battle between pathogens and humans. Human cooperation is a formidable fact from a biological point of view. Most mammals cooperate only when linked by blood ties. We do not. Humanity cooperates more frequently, more intensely and on a larger scale than any other species on the planet. Our ancestors cooperated in activities such as hunting big game and caring for the sick.
Naturally, despite corrupt politicians and rotten political institutions, people can continue to cooperate. They can take charge of the situation and assist in the effort to contain pathogens.
Unlike wars or natural catastrophes, pandemic pathogens do not build trust or facilitate cooperative defenses. On the contrary, because of the peculiarity of the psychic experience they produce, the new pathogens are most likely to fuel suspicion and mistrust and destroy social ties as effectively as they destroy lives.

Epidemics are not the only social crises in which attacks against health workers and medical interventions have been committed. Vaccination campaigns have triggered similar waves of rejection and violent retaliation. The cause being different, the result is the same: they undermine efforts to contain pathogens and allow the spread of epidemics.
All over the world, both in northern Nigerian villages and in the suburbs of Los Angeles, people have rejected vaccines and those who administer them, accusing them of all manner of outrages, from destroying Islam to poisoning children with chemical products. A good example of this is the campaign for the eradication of polio launched by the WHO in 1998.
The tactics of the new pathogens in their conspiracy to weaken our social ties and exploit our political divisions are as wide as they are varied. However, there is still a way to defeat them. And it is probably the most powerful of all. We can develop specific instruments to destroy or stop them with surgical precision, instruments that any individual with access to them can use effectively, without the need for complicated cooperative effort.
These instruments are, of course, drugs.
Having the appropriate treatment makes the transmission routes of the pathogens irrelevant. With proper treatment, spills, dirt, crowds, political corruption, and social conflict cannot spread pathogens. Epidemics and pandemics die before becoming an event. As long as there is a pharmacy on the corner or a doctor who writes a prescription, individuals can tame pathogens individually.
Of course, first, you have to develop those treatments.

When the West Nile virus broke out in New York, the containment strategy essentially focused on attacking the biomedical causes of the disease: the insect carrying the virus. No attention was paid to other factors, such as the loss of diversity among birds.
The economic and social factors that contributed to the dengue outbreak in Florida in 2009 were also overlooked. In 2008, there was a wave of foreclosures in South Florida that allowed mosquitoes to breed freely in abandoned swimming pools and gardens without being stopped by homeowners or health inspectors: the consequence was a plague of mosquitoes. The following year, for the first time in seventy years, there was a dengue outbreak that struck with particular violence in Key West, the epicenter of the mortgage crisis. A CDC study revealed that 5 percent of the population in the area had dengue antibodies. An exclusively biomedical, reductionist and reluctant approach to collaboration could hardly lead anyone to consider the need to address the housing crisis as part of a relevant response to the outbreak.
Since the mid-20th century, biomedicine has been rightly praised for its immense capacity to develop life-saving treatments. However, its limits, which have already begun to emerge, will become increasingly clear in the years to come. Some of the external alterations that today are overshadowing microscopic mechanisms as causative factors for new diseases are more indeterminate, extensive, and unpredictable than the world has ever seen.

Facing the next pandemic involves combating, in one way or another, the problems created by industrialization and globalization. Still, this would only avoid part of the risk. Tomorrow’s pandemic may be the product of modernity, but pandemics in general are not. The truth is that the ghost of contagion has been haunting our species for millions of years.
While the dynamics of infectious diseases, from cholera in the 19th century to the emerging pathogens of today, are dictated by specific historical conditions, our current conflict with pathogens is but the latest skirmish in a much longer confrontation. , dangerous and complicated between humanity and microbes.
However, we have spent most of our history as a species without realizing the role of pathogens in our lives. We have been developing the technology to detect microbes for less than two centuries. Today we are just beginning to know the magnitude of his secret world. We might get the impression, if we look at antibiotics and other miracle drugs developed in the mid-20th century, that we have defeated these old rivals. But if we think in a broader historical context, we are actually like mountaineers who by reaching a ledge believe they have reached the top. The project of applying our intelligence and tool-building skills to the challenge posed by pathogens has only just begun.

The disparate projects, added to the reinforcement of surveillance based on traditional methods, is a kind of global immune system. It could detect pathogens with pandemic potential before they get on a plane and take advantage of population movements to spread, thus signaling the next case of HIV, cholera or Ebola without giving it time to spread. For some enthusiasts, this type of system would allow societies to continue with practices that increase the probability of a pandemic without having to suffer its consequences. “I think you can have both,” says disease expert Peter Daszak. There is no choice between eating meat or eating spinach, ”he adds; Nor should we stop traveling by plane, stop eating food that comes from the other end of the planet or give up any other modern activity that favors the ability of pathogens to spread. We can keep doing that. But we can also understand that it involves danger. [Therefore] you have to invest in protecting yourself from this danger by helping to finance a global disease surveillance system.
This is a tempting technocratic approach. A timely warning enables more efficient containment and mitigation measures to be applied. We could prevent some epidemics and prepare to resist others in better conditions. But even if this global surveillance system were to be built, it will only work if the population uses the information to do something. And if creating an active surveillance system on a global scale is challenging enough, ensuring that people act accordingly would require an even broader project.

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