Ciego De Nieve: Una Breve Carrera En El Comercio De La Cocaína — Robert Sabbag / Snowblind: A Brief Career in the Cocaine Trade by Robert Sabbag

Ciego de nieve de Robert Sabbag es una historia vertiginosa que tiene lugar a principios de la década de 1970, durante el apogeo del comercio de cocaína. A través de los ojos del contrabandista Zachary Swan, el libro cuenta la historia, en parte biográfica, de las intrincadas estafas, las maniobras exitosas y las acciones y relaciones de Swan con sus diversos asociados, clientes y adversarios. A los 30 años, Swan, quien es un ex marine de los Estados Unidos nacido en una familia de clase alta en Nueva York, está viviendo una vida enérgica de fiestas de la alta sociedad, juegos de azar nocturnos y mujeres sueltas. Swan comenzó como un comerciante de marihuana a pequeña escala y pronto se sumerge de cabeza en una carrera de contrabando de cocaína desde Bogotá, Colombia a la ciudad de Nueva York. Swan aprende sobre la marcha y sobrevive gracias al ingenio y la suerte de un idiota.
A lo largo de la carrera de Swan, mueve miles de kilos de cocaína a Estados Unidos y desarrolla una red de intrincadas conexiones. Esta novela destaca la capacidad de Swan para inventar estafas y crear desviaciones característicamente impecables. El libro ofrece una historia apasionante que hace que la novela sea imposible de dejar.
Sabbag ofrece al lector la oportunidad de examinar la mente de un gran traficante de drogas; sin embargo, un lector que busque una obra llena de lenguaje vulgar, traficantes sórdidos, violencia y privaciones, debe saber que no es el típico relato de un contrabandista de cocaína. Muchos de los asociados de Swan, incluido uno de sus amigos más confiables, Ellery, no se ajustan a la descripción típica de un traficante o contrabandista de drogas de la ciudad de Nueva York. Ninguno de los dos es despiadado ni violento, sino más bien descrito como profesional y amable. Sabbag señala, “aparte de negociar, Ellery no hizo nada ilegal… no bromeó”. A diferencia de la mayoría de los contrabandistas durante el período de tiempo, Swan inventó una amplia gama de estafas para evadir a los funcionarios de aduanas y proteger a sus “mulas” o empleados de la persecución. Tanto Ellery como Swan seguían motivados principalmente por el emocionante estilo de vida que solo un traficante de drogas de alto volumen podía permitirse: gastos generosos, mujeres y vicio. El contrabando de cocaína está demasiado romantizado a lo largo de la obra: describe a Swan pasando su tiempo bronceándose en las playas de Colombia mientras bebe y esnifa cocaína a todas horas del día. Uno debe preguntarse qué tan realista es realmente el relato de Swan.
En el camino, Swan encuentra muy pocos contratiempos y logra evitar casi toda la violencia relacionada con las drogas. Incluso las probables repercusiones para la salud del uso extensivo de alcohol, marihuana y cocaína de Swan están prácticamente ausentes en la novela. Sabbag imparte una pequeña dosis de realidad con algunos personajes sombríos y transmite el mensaje de que los buenos (a veces) quedan atrapados. Sabbag presenta un relato sesgado del contrabando de cocaína como muy atractivo y con pocas consecuencias reales.
Ciego de nieve crea una especie de cápsula del tiempo, congelando un período en la historia antes de que el crimen organizado se apoderara de la industria de la cocaína y el gobierno federal dictara muchas de las leyes más serias que restringen el uso y la venta de cocaína. Todos los eventos tienen lugar en la década de 1970 y, si bien ofrecen al lector un viaje emocionante, no brindan una visión realista del funcionamiento interno del comercio actual de contrabando de cocaína ni los verdaderos efectos de la cocaína en los humanos.

El libro fue una lectura muy informativa e interesante que ofreció una visión diferente del comercio de cocaína de la década de 1970 que muchos conocen. Esta emocionante novela expuso algunas de las muchas fallas en los intentos pasados de la Administración para el Control de Drogas de combatir el tráfico de cocaína. En general, es una lectura obligada para cualquiera que desee explorar cómo el comercio de cocaína ha jugado históricamente un papel en la configuración de nuestra sociedad global.

La cocaína es el caviar del mercado de la droga. En la calle, donde una cuantía equivalente de mariguana importada de primera puede obtenerse por sólo cuarenta dólares (pueden cobrarte hasta ochenta por la colombiana de primera), la cocaína ostenta un precio de más de mil dólares por onza. Y, como el caviar de primera, suele adornar la dieta de la vanguardia y de los aristócratas, de una clase ociosa: en Nueva York, es signo distintivo entre actores, modelos, atletas, artistas, músicos y hombres de negocios modernos, profesionales, políticos y diplomáticos, así como esa reserva inagotable de celebridades sociales y peces gordos sin ocupación certificable. El denominador común es el dinero. Y está de moda en los círculos dorados de Harlem, entre chulos, prostitutas y traficantes de drogas, cualquier capitoste de barrio con peso en la calle. La coca es estatus.
Significativamente eclipsada por la fidelidad-culto a estimulantes, depresores, ácido, mescalina y cáñamo durante la explosión del consumo de drogas de fines de los años sesenta, la cocaína ha aflorado a mediados de los setenta, inequívocamente, como la droga ilegal más popular de Norteamérica: la preferida. Su popularidad y el atractivo margen de beneficios que garantiza han sido causa de un incremento significativo de su tráfico en el mercado negro durante los últimos diez años. El Departamento de Aduanas norteamericano requisó en 1960 seis libras de cocaína ilegal en puertos de entrada norteamericanos. En 1974, sólo el mismo departamento requisó novecientas siete libras. En los cinco años que median entre 1969 y 1974, hubo, según las estadísticas federales, un aumento de un setecientos por ciento en las requisas totales de drogas que realizó el gobierno.
Como la cocaína es ilegal, y como no deja rastros localizables en el cuerpo, es difícil saber el número de personas que la utilizan. Como no es adictiva, pocas veces acaban en hospitales o en clínicas de drogas.
Lo que queda entre líneas, entre la nariz y el sistema nervioso central, es lo que tienen en común todos los usuarios de coca, independientemente de su base económica. Allí dentro, en los centros cerebrales superiores, está pasando algo: te sientes bien. Y de eso se trata. Las sustancias químicas orgánicas psicoactivas son el modo que tiene Naturaleza de decir «colócate». Y esta sustancia orgánica psicoactiva, que lleva siglos diciéndolo, es posible que lo diga mejor que ninguna.

La cocaína es un alcaloide cristalino blanco que se extrae de la hoja de la planta de coca, Erythroxylon coca , un arbusto que se cultiva en las altiplanicies andinas de América del Sur. Donde mejor crece la planta es en las laderas norte de los Andes, en Bolivia y Perú, entre los cuatrocientos cincuenta y los mil ochocientos metros sobre el nivel del mar, en una zona de verdor perenne, fresca, húmeda y sin heladas, con una temperatura media anual entre los catorce y los dieciocho grados, que tiene escasas variaciones. La coca exige muy poca atención y proporciona tres o cuatro cosechas al año, atributos que muy pocos otros productos pueden ofrecer.
Entre 1864 y 1906, la cocaína alcanzó en los Estados Unidos una popularidad tal que inundó el mercado, creando una era descrita por algunos historiadores como la de «la gran expansión de la cocaína». En muchas grandes ciudades se abrieron locales donde se despachaba cocaína, con una clientela de lo más selecto, y la droga podía adquirirse en bares y tabernas, servida en vasos de whisky, y el populacho podía comprar preparados de cocaína a gran cantidad de vendedores a domicilio. La publicidad la había introducido en todos los hogares de Norteamérica. Las empresas farmacéuticas legales despachaban cocaína, extracto de coca u hojas de coca en jarabes, tónicos, licores, cápsulas, tabletas, jeringuillas hipodérmicas, cigarros puros, cigarrillos y pulverizadores nasales, que abarcaban desde los Polvos de Agnew hasta el «Remedio contra la Fiebre del Heno y el Catarro de Ryno». La cocaína, hasta que se declaró ilegal, estuvo patrocinada por la Fundación de la Fiebre del Heno y recomendada por los médicos norteamericanos como sistema de cura para todo, desde el alcoholismo hasta el catarro común. En 1902, según investigaciones y encuestas, sólo del tres al ocho por ciento de la cocaína que se vendía en las grandes zonas metropolitanas iba a médicos y a dentistas.
La Ley Harrison de narcóticos hizo pasar por fin a la cocaína a la clandestinidad en 1914. (Por entonces, ya había cuarenta y seis estados que habían aprobado leyes limitando el consumo y la venta.) Desapareció así brevemente, aflorando de nuevo en los años veinte y treinta como la droga preferida de los músicos y de la gente del cine à la recherche du temps perdu , y estuvo prácticamente ausente durante la Segunda Guerra Mundial, para no volver a surgir hasta los años del rock , en que los músicos la adoptaron una vez más. Con la aprobación de la Ley Harrison y con legislación posterior (concretamente la Enmienda a la ley de exportación e importación de drogas narcóticas de 1922), la cocaína quedó clasificada como narcótico (cosa que no es, desde ningún punto de vista farmacológico), cosa que hoy no sorprende a nadie, dada la ignorancia y el frenesí moralista que rodearon a la droga en aquella época; lo que hace estremecerse a la imaginación moderna es que no se haya reconocido oficialmente este error, y no digamos corregido, en el año del bicentenario del nacimiento de los Estados Unidos de Norteamérica. La posesión o venta de cocaína conlleva hoy las mismas penas que la posesión o venta de heroína: cinco años según las leyes federales y de quince a cadena perpetúa en el Estado de Nueva York. Las considerables pruebas médicas que han salido a la luz en defensa del uso de la cocaína, desde que se afianzó y ganó estatus la cultura de la droga a finales de los años sesenta, sólo parecen aumentar la desconfianza del ciudadano en la cordura del Gobierno.
La cocaína es, en aplicación externa, un vasoconstrictor: corta la hemorragia. E inhibe la transmisión de los impulsos en las fibras nerviosas del cuerpo; se convirtió debido a ello en el primer anestésico local de la cirugía moderna.
El chispazo o fogonazo de la cocaína («rush » o «flash ») es más intenso cuando la droga se toma por inyección intravenosa de una solución preparada. Pero la inyección intravenosa de algo, sobre todo de una droga ilegal, es, como mínimo, arriesgada. Hasta los médicos la pifian a veces. En lo que respecta al equipo esterilizado… en fin, es algo que resulta difícil encontrar incluso en muchos grandes hospitales.
La coca callejera, si la compras en gramos, puede llevar hasta un ochenta por ciento de corte; así que lo único que puede hacer es adormecerte la nariz, y eso probablemente se deba más al corte que a la cocaína. A un precio de cincuenta a cien dólares el gramo, es tirar el dinero. La coca de calidad (con un índice de pureza del ochenta por ciento para arriba) es algo que sólo se obtiene comprando en cantidad.

La literatura oficial antidroga nos dice que el uso de la cocaína engendra paranoia y psicosis orgánica. Los especialistas más fiables del país en este campo de la cocaína no han podido, ni con las fichas de admisión de los hospitales ni con las pruebas dadas por los psiquíatras clínicos, demostrar un solo caso de psicosis directamente atribuible a la droga. Lo más que uno puede deducir de los datos disponibles es que los psicóticos que utilizan cocaína serán psicóticos. La misma literatura nos dice que el consumidor de coca experimenta una depresión suicida cuando se ve privado de la droga. La literatura médica reciente no informa de tal depresión, ni siquiera en el caso de los que consumían coca a diario durante años. La cocaína no crea hábito, ni sus usuarios desarrollan tolerancia física a ella.
La popularidad de la cocaína en Estados Unidos puede muy bien estar realcionada con el hecho de que la cocaína, más que cualquiera otra de las drogas psicoactivas identificadas, refuerza todas esas cualidades características que han llegado a considerarse auténticamente norteamericanas: el espíritu de iniciativa, el empuje, el optimismo, la necesidad de triunfar y de tener poder. Venga de donde venga, esa popularidad es clara y notoria. (Un experimento reciente demostraba que las ratas, a las que se condicionó a pulsar una palanca que les proporcionaba una recompensa, lo hicieron doscientas cincuenta veces seguidas por la cafeína, cuatro mil por la heroína y diez mil por la cocaína.) Por algo se llama a la cocaína «caramelo nasal». A la gente le gusta. Te hace sentirte bien. Y te hace sentirte bien de un modo que no se logra con sus sustitutos, la procaína y la benzocaína. La cocaína tiene una dulce y sutil capacidad de contraataque. Y fue esta capacidad de contraataque la que atrajo a Zachary Swan.

El traficante de cocaína, una vez ha pasado la frontera, es un comerciante al por mayor de una mercancía muy fácil de comercializar. Evidentemente, su éxito, como el de cualquier otro individuo que venda al por mayor, depende del volumen del negocio que haga y de la rapidez de la transacción. Pero si para el comerciante medio al por mayor la transacción es la realidad fundamental y mercantil en la que se basa el volumen (no puede existir una cosa sin la otra), para el traficante de cocaína la transacción es una variable manipulable, con implicaciones más complejas.
Para el traficante de cocaína, la transacción no sólo parece operar con una significativa independencia del volumen, sino que, en apariencia, da la sensación de que opera siempre a favor de uno, sea cual sea la velocidad a la que se maneja. El traficante de cocaína, por ejemplo, siendo su propio suministrador, puede hacer más dinero vendiendo su producto en onzas que vendiéndolo en kilos.
Los acontecimientos que siguieron a su última operación aumentaron la confianza y la cuenta bancaria de Zachary Swan, que volvió a Colombia en la cresta de la ola de dos decisiones. Había decidido que la clave de su futuro como traficante estaba en la madera: era adaptable, asequible, pero, sobre todo, era algo que ya le había servido bien una vez y estaba decidido a explotarlo más. Había decidido también que si alguna otra vez, fuesen cuales fuesen las circunstancias, llegase a considerar la idea de pasar él mismo la cocaína por aduana, sus días estaban contados.
Llegó a Bogotá con diez mil dólares y cuatro semanas de preparación. Su plan era sólido. Después de haber seguido la entrega, con éxito, de por lo menos dos paquetes en Nueva York, facturaría la coca.
La Operación Barco, el cargamento que se distribuyó a principios del otoño de 1971, marcó el final del primer año de Swan como traficante de cocaína. En aquel año, había estado seis veces en Colombia. Aumentó su cuota libre de impuestos con cada una de las importaciones que siguieron al primer paquete de Santa Marta, y no le habían cazado ni el gobierno federal ni las autoridades locales ni gente pagada por otros ladrones civiles. Ninguno de sus porteadores había corrido peligro ni había sido acusado siquiera por organismos de los gobiernos colombiano o norteamericano. Le iban bien las cosas. Estaba ganando muchísimo dinero, lo gastaba casi todo, guardaba un poco, invertía muy poco y esnifaba el resto.
En Bogotá había creado toda una organización para la obtención, empaquetado y envío de su cocaína, una eficiente cadena de montaje que empezaba con Armando, siempre de fiar, y terminaba con Rodolfo, el principal soporte de la Operación Bogotá.

Si traficas, aprendes a mentir. Si quieres estar seguro, tienes que aprender a hacerlo. Al cabo de un tiempo, no haces otra cosa. No sabes ya lo que le dijiste a la última persona, y no paras.
¿Quién está engañando a quién? ¿Por qué? Un psiquiatra veterano rompería el diploma.
Sea lo que sea lo que uno extraiga del residuo de años gastados al borde del límite, sean años propios o sean los años pasados a través del prisma de la imaginación de otro, se repiten ciertas pautas temáticas. El que está en el tráfico aprende necesariamente a mentir. No hay prueba más clara de esto que el ejemplo que nos da un hombre que miente cuando no hay razón ostensible para hacerlo.

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Snow Blind: A Brief Career in the Cocaine Trade by Robert Sabbag is a fast-paced story that takes place in the early 1970s, during the peak of the cocaine trade. Through the eyes of smuggler Zachary Swan, Snowblind tells the partly biographical story of Swan’s intricate scams, successful maneuvers, and the actions and his relationships with his various associates, customers, and adversaries. By age 30 Swan, who is an ex- United States Marine born into an upper-class family in New York, is living an energetic life of high-society parties, nightly gambling, and loose women. Beginning as a small- scale marijuana dealer, Swan soon dives head-first into a career of smuggling cocaine from Bogotá, Colombia to New York City. Swan learns as he goes, surviving on ingenuity and idiot’s luck.
Over the course of Swan’s career he moves thousands of kilos of cocaine into the United States and develops an network of intricate connections. This novel highlights Swan’s ability to concoct scams and create diversions that were characteristically flawless. Snowblind offers a gripping story that makes the novel impossible to put down.
Sabbag offers the reader the opportunity to examine the mind of a big-time drug smuggler; however, a reader searching for a work filled with crude language, sleazy dealers, violence, and hardship, should be advised that Snowblind is hardly a typical cocaine smuggler’s account. Many of Swan’s associates, including one of his most trusted friends Ellery, do not fit the typical description of a New York City drug dealer or smuggler. Neither man is ruthless nor violent but rather described as professional and kind. Sabbag notes, “apart from dealing, Ellery did nothing illegal…he did not fool around” (1998, p. 102). Unlike most smugglers during the time period, Swan concocted a vast array of scams to evade customs officials as well as protect his ‘mules’ or employees from prosecution. Both Ellery and Swan were still primarily motivated by the thrilling lifestyle only a high volume drug smuggler could afford: lavish spending, women, and vice. Cocaine smuggling is overly romanticized throughout the work: describing Swan passing his time by tanning on the beaches in Colombia while boozing and snorting cocaine at all hours of the day. One must question how realistic Swan’s account truly is.
Along the way, Swan encounters very few setbacks and manages to avoid almost all drug- related violence. Even the probable health repercussions of Swan’s extensive alcohol, marijuana, and cocaine use are virtually absent from the novel. Sabbag does impart a small dose of reality with a few shady characters and by conveying the message that good guys (sometimes) get caught. Sabbag presents a biased account of cocaine smuggling as highly attractive with few real consequences.
Snowblind creates somewhat of a time capsule, freezing a period in history before organized crime took over the cocaine industry and the Federal government imparted many of the more serious laws restricting cocaine use and sale. All the events take place in the 1970s, and while they offer the reader a thrilling ride, they do not provide a realistic view of the inner workings of present day cocaine smuggling trade nor the true effects of cocaine on humans.

Snowblind was a very informative and interesting read that offered a different view of the 1970s cocaine trade to which many are familiar. This thrilling novel exposed some of the many flaws in the Drug Enforcement Administration’s past attempts to battle the cocaine trade. Overall, Sabbag’s Snowblind is a must-read for anyone wanting to explore how the cocaine trade has historically played a role in shaping our global society.

Cocaine is the caviar of the drug market. On the street, where an equivalent amount of premium imported marijuana can be had for just $ 40 (they can charge you up to $ 80 for premium Colombian marijuana), cocaine is priced at more than $ 1,000 per ounce. And, like the first-rate caviar, it tends to adorn the diet of the avant-garde and aristocrats, of a leisure class: in New York, it is a distinctive sign between actors, models, athletes, artists, musicians and modern, professional businessmen, politicians and diplomats, as well as that inexhaustible pool of social celebrities and bigwigs without certifiable occupation. The common denominator is money. And it is fashionable in the golden circles of Harlem, among pimps, prostitutes and drug dealers, any neighborhood boss with weight on the street. Coca is status.
Significantly overshadowed by the cult-loyalty to stimulants, depressants, acid, mescaline, and hemp during the explosion of drug use in the late 1960s, cocaine has emerged in the mid-1970s, unequivocally, as the most popular illegal drug in the world. North America: the preferred one. Its popularity and the attractive profit margin it guarantees have caused a significant increase in its traffic on the black market over the last ten years. In 1960, the US Customs Department seized six pounds of illegal cocaine at US ports of entry. In 1974, the same department alone requisitioned nine hundred and seven pounds. In the five years from 1969 to 1974, there was, according to federal statistics, a 700 percent increase in total government drug requisitions.
As cocaine is illegal, and as it leaves no traceable traces on the body, it is difficult to know the number of people who use it. Because it is not addictive, they rarely end up in hospitals or drug clinics.
What lies between the lines, between the nose and the central nervous system, is what all coca users have in common, regardless of their economic base. In there, in the higher brain centers, something is happening: you feel good. And that’s what it’s all about. Psychoactive organic chemicals are Nature’s way of saying “get high.” And this psychoactive organic substance, which has been saying it for centuries, may say it better than anyone.

Cocaine is a white crystalline alkaloid that is extracted from the leaf of the coca plant, Erythroxylon coca, a shrub grown in the Andean highlands of South America. Where the plant grows best is on the northern slopes of the Andes, in Bolivia and Peru, between four hundred and fifty and one thousand eight hundred meters above sea level, in an area of perennial greenery, cool, humid and without frost, with a annual average temperature between fourteen and eighteen degrees, which has few variations. Coca demands very little attention and provides three or four harvests a year, attributes that very few other products can offer.
Between 1864 and 1906, cocaine reached such popularity in the United States that it flooded the market, creating an era described by some historians as “the great expansion of cocaine.” In many large cities, stores were opened where cocaine was dispensed, with a very select clientele, and the drug could be bought in bars and taverns, served in whiskey glasses, and the populace could buy cocaine preparations from a large number of vendors at home. Advertising had brought it into every home in North America. Legal pharmaceutical companies dispensed cocaine, coca extract or coca leaves in syrups, tonics, liqueurs, capsules, tablets, hypodermic syringes, cigars, cigarettes, and nasal sprays, ranging from Agnew Powders to ‘Fever Remedy of the Hay and the Catarrh of Ryno ». Cocaine, until it was declared illegal, was sponsored by the Hay Fever Foundation and recommended by American doctors as a cure for everything from alcoholism to the common cold. In 1902, according to research and surveys, only three to eight percent of the cocaine sold in large metropolitan areas went to doctors and dentists.
The Harrison Narcotics Act finally drove cocaine underground in 1914. (By then, there were already forty-six states that had passed laws limiting use and sale.) It disappeared thus briefly, surfacing again over the years. 20s and 30s as the drug of choice for musicians and film people à la recherche du temps perdu, and it was practically absent during World War II, never to re-emerge until the rock years, when musicians adopted it once again. With the passage of the Harrison Act and subsequent legislation (specifically the Narcotic Drug Export and Import Act Amendment of 1922), cocaine was classified as a narcotic (which is not, from any pharmacological point of view), something that today it does not surprise anyone, given the ignorance and moralistic frenzy that surrounded drugs at that time; what makes the modern imagination shudder is that this error was not officially recognized, let alone corrected, in the year of the bicentennial of the birth of the United States of America. Possession or sale of cocaine carries today the same penalties as possession or sale of heroin: five years under federal law and fifteen to life in prison in New York State. The considerable medical evidence that has come to light in defense of cocaine use, since the drug culture took hold and gained status in the late 1960s, only seems to increase the citizen’s mistrust of the government’s sanity.
Cocaine is, in external application, a vasoconstrictor: it stops the bleeding. And it inhibits the transmission of impulses in the nerve fibers of the body; it therefore became the first local anesthetic in modern surgery.
The spark or flash of cocaine (“rush” or “flash”) is more intense when the drug is taken by intravenous injection of a prepared solution. But injecting something into a vein, especially an illegal drug, is risky to say the least. Even the doctors screw it up sometimes. When it comes to sterile equipment … well, it’s something that’s hard to find even in many large hospitals.
Street coca, if you buy it in grams, can take up to eighty percent cut; so the only thing it can do is numb your nose, and that’s probably more from the cut than the cocaine. At a price of fifty to one hundred dollars a gram, it is a waste of money. Quality coca (with a purity index of eighty percent upwards) is something that can only be obtained by buying in quantity.

The official anti-drug literature tells us that cocaine use breeds paranoia and organic psychosis. The most reliable specialists in the country in this field of cocaine have not been able, neither with the admission sheets of the hospitals nor with the tests given by the clinical psychiatrists, to demonstrate a single case of psychosis directly attributable to the drug. The most one can deduce from the available data is that psychotics who use cocaine will be psychotic. The same literature tells us that the coca user experiences suicidal depression when deprived of the drug. Recent medical literature does not report such depression, even in the case of those who used coca daily for years. Cocaine is not habit-forming, nor does its users develop a physical tolerance for it.
The popularity of cocaine in the United States may well be related to the fact that cocaine, more than any other identified psychoactive drug, reinforces all those characteristic qualities that have come to be considered authentically American: the spirit of initiative, the drive, optimism, the need to succeed and have power. Wherever it comes from, that popularity is clear and notorious. (A recent experiment showed that rats, conditioned to press a lever that gave them a reward, did so 250 times in a row for caffeine, 4,000 for heroin, and 10,000 for cocaine.) He calls cocaine “nasal candy.” People likes it. It makes you feel good. And it makes you feel good in a way that their substitutes, procaine and benzocaine, can’t. Cocaine has a sweet and subtle counterattack ability. And it was this counterattack ability that attracted Zachary Swan.

The cocaine trafficker, once he has crossed the border, is a wholesaler of merchandise that is very easy to market. Obviously, your success, like that of any other wholesaler, depends on the volume of business you make and the speed of the transaction. But if for the average wholesaler the transaction is the fundamental and mercantile reality on which the volume is based (one cannot exist without the other), for the cocaine trafficker the transaction is a manipulable variable, with more implications. complex.
For the cocaine trafficker, not only does the transaction seem to operate with significant independence of volume, but it appears to seem to always operate in your favor, regardless of the speed at which it is handled. The cocaine trafficker, for example, being his own supplier, can make more money selling his product in ounces than by selling it in kilos.
The events that followed his latest operation boosted the confidence and bank account of Zachary Swan, who returned to Colombia riding the wave of two decisions. He had decided that the key to his future as a dealer lay in the wood: it was adaptable, affordable, but most of all, it was something that had already served him well once and he was determined to exploit it more. He had also decided that if ever again, whatever the circumstances, he were to consider the idea of passing cocaine through customs himself, his days were numbered.
He arrived in Bogotá with ten thousand dollars and four weeks of preparation. His plan was solid. After he had followed the successful delivery of at least two packages in New York, he would bill the coca.
Operation Barco (ship), the shipment that was distributed in the early fall of 1971, marked the end of Swan’s first year as a cocaine dealer. In that year, he had been to Colombia six times. He increased his duty-free quota with each of the imports that followed the first package from Santa Marta, and had not been caught by the federal government, local authorities, or people paid by other civilian thieves. None of its carriers had been in danger or even charged by Colombian or North American government agencies. Things were going well for him. He was making a lot of money, spending most of it, saving a little, investing very little, and sniffing the rest.
In Bogotá, he had created an entire organization to obtain, package and ship his cocaine, an efficient assembly line that began with Armando, who was always reliable, and ended with Rodolfo, the main supporter of Operation Bogotá.

If you traffic, you learn to lie. If you want to be safe, you have to learn how to do it. After a while, you don’t do anything else. You don’t know what you said to the last person anymore, and you don’t stop.
Who is fooling who? Why? A veteran psychiatrist would break the diploma.
Whatever it is that one draws from the residue of years spent on the brink, whether it be one’s own years or the years passed through the prism of another’s imagination, certain thematic patterns repeat themselves. She who is in traffic necessarily learns to lie. There is no clearer proof of this than the example given us by a man who lies when there is no ostensible reason to do so.

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