El Infiel Y El Profesor: David Hume Y Adam Smith La Amistad Que Forjó El Pensamiento Moderno — Denis C. Rasmussen / The Infidel and the Professor: David Hume, Adam Smith, and the Friendship That Shaped Modern Thought by Dennis C. Rasmussen

La amistad entre Adam Smith y David Hume es una de las grandes historias de amor platónicas en la historia de la filosofía. El libro descubre una serie íntima de correspondencias que ofrece una narrativa convincente que funciona en dos niveles: 1) La simpatía humana entre dos seres humanos que compartieron una conexión del alma. 2) La conexión literaria entre dos grandes pensadores iconoclastas de la Ilustración.
Hay mucho que aprender de estos inestimables escritores, sobre todo en cuestiones de hecho y especulaciones, sino también en cómo mantener una amistad en períodos de desesperación y turbulencia. En el nivel de los hechos, el período de la Ilustración escocesa, con su propia lista de personajes y lugares, se enmarca adecuadamente como el telón de fondo intelectual del drama humano. Más impresionante aún, el libro anima las luchas y pasiones humanas íntimas de los protagonistas con una vivacidad que solo una exposición de archivo de cartas privadas puede reunir.
Mi única crítica es menor: el autor deja que su propio anticlericalismo e irreligiosidad, que él mismo señala con precisión en Hume, ocupen el centro del escenario, lo que ofusca algunos de los puntos más finos de distinción, drama y controversia que habrían dado lugar a una narración igualmente convincente. (Quería escuchar más sobre las controversias sobre el libre comercio y la moralidad).
Pero no puedo culpar mucho al libro por este enfoque, ya que como estrella polar narrativa o leitmotiv, las herejías e infidelidades del filósofo feliz y regordete son una elección jugosa y lógica. Dicho esto, la ampliación moderna de la notoriedad de Hume en un tipo de culto a los héroes por parte de los ateos de los últimos días es ciertamente un fenómeno curioso que no está exento de sus propios defectos.
En general, las biografías filosóficas son un nicho de mercado que no está exactamente saturado de calidad. Este libro es excepcional porque combina una buena erudición con una fácil exposición de una manera que todos los lectores pueden disfrutar. Rara vez lloro cuando leo (buena) filosofía, excepto por desesperación, pero aquí lloré de simpatía por las luchas humanas de los mejores hijos de Escocia.

Po­de­mos afir­mar sin mie­do a equivo­car­nos que David Hume se ha­lla en­tre los fi­ló­so­fos más que­ri­dos, al­guien muy acla­ma­do por su ca­rác­ter afa­ble, su lu­ci­dez y por una visión del mun­do in­que­bran­ta­ble, si bien de lo más hu­ma­na. Una en­cuesta re­cien­te rea­li­za­da a mi­les de fi­ló­so­fos aca­dé­mi­cos al­re­de­dor del mun­do ha reve­la­do que hay más adep­tos de Hume que de cual­quier otro fi­ló­so­fo de la histo­ria54. Du­ran­te su vida, Hume tam­bién fue ob­je­to de ado­ra­ción de prác­ti­ca­men­te todo aquel que le co­no­ció. Go­za­ba de una alta con­si­de­ra­ción en­tre los in­te­lec­tua­les de Edim­bur­go, in­cluyen­do los pas­to­res pres­bite­ria­nos, y la alta so­cie­dad pa­risi­na le nom­bró de for­ma ho­no­rí­fi­ca le bon David. Sin em­bar­go, fue­ra de estos cír­cu­los re­la­ti­va­men­te re­du­ci­dos, las opi­nio­nes po­lé­mi­cas de Hume le va­lie­ron mu­chos de­trac­to­res acé­rri­mos.
Hume en­tró en la Univer­si­dad de Edim­bur­go a los diez años, una edad muy pre­coz. En mu­chos as­pec­tos, las univer­si­da­des es­co­ce­sas del si­glo XVI­II se pa­re­cían más a los in­ter­na­dos para estu­dian­tes de se­cun­da­ria que a las univer­si­da­des con­tem­po­rá­neas. No obstan­te, el in­greso de Hume fue pre­coz has­ta para los están­da­res de la épo­ca, so­bre todo si te­ne­mos en cuen­ta que em­pezó al mis­mo tiem­po que su her­ma­no ma­yor. En Edim­bur­go, Hume estu­dió La­tín, Grie­go, Ló­gi­ca, Me­ta­físi­ca y Fi­lo­so­fía Na­tu­ral o, como la lla­ma­ría­mos hoy, Cien­cias Na­tu­ra­les. Asi­mis­mo, po­dría ha­ber asisti­do per­fec­ta­men­te a una se­rie de con­fe­ren­cias so­bre fi­lo­so­fía mo­ral y «neu­má­ti­ca» (fi­lo­so­fía psi­co­ló­gi­ca).
Por lo que sa­be­mos, Hume re­ci­bió una edu­ca­ción tí­pi­ca­men­te cristia­na en el seno de una fa­mi­lia te­me­ro­sa de Dios. La ma­dre, el her­ma­no y la her­ma­na eran pres­bite­ria­nos devo­tos, y su tío era pas­tor en la igle­sia de Chirn­si­de, co­no­ci­da por la seve­ri­dad —de he­cho, ce­le­bra­ba jui­cios por he­re­jía y ex­po­nía a los pe­ca­do­res en la pi­co­ta—. De niño, Hume tam­bién fue re­li­gio­so.
Cier­ta­men­te al Tra­ta­do no le fal­ta­ba am­bi­ción. El pro­pó­sito ma­ni­fie­sto de Hume era nada más y nada me­nos que po­stu­lar una nueva cien­cia de la na­tu­ra­leza hu­ma­na que sir­vie­ra de base para cual­quier otra rama del co­no­ci­mien­to. Em­pieza la obra pla­ñén­do­se de «la ig­no­ran­cia que aún nos aque­ja en lo que ata­ñe a las cuestio­nes más im­por­tan­tes que pue­den pre­sen­tar­se ante el tri­bu­nal de la ra­zón hu­ma­na». Pro­po­ne que la úni­ca est­ra­te­gia efi­caz para sub­sa­nar la de­fi­cien­cia es «aban­do­nar el méto­do te­dio­so y lán­gui­do se­gui­do has­ta aho­ra, y en vez de to­mar de vez en cuan­do un cas­ti­llo o una al­dea en la fron­te­ra, mar­char di­rec­ta­men­te ha­cia la ca­pital o el foco de estas cien­cias, ha­cia la na­tu­ra­leza hu­ma­na mis­ma. Cuan­do nos ha­ya­mos apo­de­ra­do de ella, po­dre­mos es­pe­rar una vic­to­ria fá­cil por do­quier».
La de­cep­cio­nan­te aco­gi­da del Tra­ta­do hizo que Hume re­con­si­de­ra­ra su rum­bo lite­ra­rio y vi­ra­ra con presteza al en­sa­yis­mo. El pri­mer vo­lu­men de En­sa­yos mo­ra­les y po­líti­cos de Hume apa­re­ció en 1741. Los textos ver­sa­ban ma­yo­rita­ria­men­te so­bre cuestio­nes po­líti­cas, con el tema sub­ya­cen­te del pe­li­gro de de­jar­se llevar por los par­ti­dis­mos. Se­gún Hume, «las fac­cio­nes sub­vier­ten el go­bierno, des­po­jan a las leyes de cual­quier efi­ca­cia y gestan las ene­mista­des más atro­ces en­tre los hom­bres de la mis­ma na­cio­na­li­dad, cuan­do estos de­be­rían ayu­dar­se y pro­te­ger­se mutua­men­te». Así pues, en sus en­sa­yos ata­có las opi­nio­nes y ra­zo­nes par­ti­distas de to­dos los ban­dos.
Resu­mien­do, el ar­gu­men­to es el que si­gue. Hume de­fi­ne los mi­la­gros como una vio­la­ción de las leyes de la na­tu­ra­leza, en­ten­di­da como la ex­pe­rien­cia uni­for­me que se ha ad­qui­ri­do acer­ca de su fun­cio­na­mien­to. Al­gu­nos ejem­plos de mi­la­gros —con este sig­ni­fi­ca­do— pue­den ser el he­cho de se­pa­rar los ma­res, an­dar por la su­per­fi­cie del agua o resu­citar de en­tre los muer­tos. Se­gún dice, cuan­do oí­mos o lee­mos que ha acae­ci­do un mi­la­gro así, de­be­ría­mos ajustar nuest­ras creen­cias a la est­ric­ta evi­den­cia, tal y como ha­ría­mos si se tra­ta­ra de una no­ti­cia so­bre un he­cho real. Como el su­puesto mi­la­gro (por de­fi­ni­ción) in­cum­ple toda nuest­ra ex­pe­rien­cia vivi­da, la evi­den­cia a su favor de­be­ría ser irre­futa­ble para po­der de­ter­mi­nar su cre­di­bi­li­dad.

Aun­que Hume ha te­ni­do una in­fluen­cia y ad­qui­ri­do una im­por­tan­cia sin pa­ran­gón den­tro de la histo­ria de la fi­lo­so­fía, se­gu­ra­men­te Smith es el más co­no­ci­do de los dos fue­ra de los cír­cu­los aca­dé­mi­cos. Su si­lue­ta ador­na bi­lle­tes y cor­ba­tas, y su nom­bre se ha con­ver­ti­do en si­nó­ni­mo del ca­pita­lis­mo de li­bre mer­ca­do. La ri­queza de las na­cio­nes es uno de los li­bros más po­pu­la­res que se ha­yan es­crito —si bien no se en­cuen­tra en­tre los más leí­dos ni in­te­li­gi­bles. Es im­pro­ba­ble que un pri­mer mi­nist­ro del Reino Uni­do lleve siem­pre en el ma­le­tín un ejem­plar del Tra­ta­do de Hume, pero Mar­ga­ret Tha­tcher afir­mó llevar siem­pre uno de la se­gun­da y bri­llan­te obra de Smith.
Smith estu­dió en la ma­ravi­llo­sa es­cue­la lo­cal de Ki­rk­caldy e in­gresó en la Univer­si­dad de Gla­s­gow en 1737, a los ca­tor­ce años. Como te­nía un nivel de la­tín lo bas­tan­te avan­za­do pudo sa­l­tar­se el pri­mer cur­so, y se in­s­cri­bió en las asig­na­tu­ras tí­pi­cas de la épo­ca: Grie­go, Ló­gi­ca, Me­ta­físi­ca, Ma­te­má­ti­cas, Fi­lo­so­fía Na­tu­ral, Éti­ca y Ju­ris­pru­den­cia. Los dos úl­ti­mos cur­sos devi­nie­ron ca­pita­les en la futu­ra ca­rre­ra de Smith, y fue­ron im­par­ti­dos pre­ci­sa­men­te por Fran­cis Hut­che­son, a quien más tar­de desig­nó «el inol­vi­da­ble Dr. Hut­che­son». Al­gu­nos es­pe­cia­listas citan este tri­buto de ma­ne­ra casi com­pul­siva, pero en rea­li­dad Smith con­ci­bió el epíte­to para re­fe­rir­se a Hume, su «inol­vi­da­ble ami­go», poco des­pués de su muer­te, y no lo apli­có a su ma­est­ro has­ta más tar­de.
Fue mien­tras Smith esta­ba en Ox­ford que los ca­mi­nos de nuest­ros dos pro­ta­go­nistas se cruza­ron por pri­me­ra vez, por de­cir­lo de al­gu­na for­ma. Pese a que el Tra­ta­do de Hume tuvo una acep­ta­ción bas­tan­te peor de la que él ha­bía es­pe­ra­do, a co­mien­zos de 1740 sí tuvo al me­nos un lec­tor adep­to: Smith.
En los años en Ox­ford, Smith com­puso una obra bri­llan­te titu­la­da The Prin­ci­ples Whi­ch Lead and Di­rect Phi­lo­so­phi­cal En­qui­ries (Los prin­ci­pios que ri­gen las in­vesti­ga­cio­nes fi­lo­só­fi­cas, en ade­lan­te, los Prin­ci­pios), com­puesta por tres en­sa­yos de te­má­ti­ca re­la­cio­na­da134. El pri­me­ro, el me­jor y más exten­so de los tres, ana­li­za la histo­ria de la as­tro­no­mía des­de las so­cie­da­des pri­mitivas has­ta el si­glo XVI­II. El se­gun­do tra­ta del estu­dio de la físi­ca en la Edad An­ti­gua, y de la na­tu­ra­leza y la re­la­ción en­tre la tie­rra, el agua, el aire y el fue­go, y el ter­ce­ro dis­cu­rre so­bre la «ló­gi­ca y la me­ta­físi­ca an­ti­gua», que hace re­fe­ren­cia a cómo y por qué cla­si­fi­ca­mos las co­sas, con es­pe­cial aten­ción a las ideas de Pla­tón.
Los Prin­ci­pios son una ma­ne­ra ex­ce­len­te de aden­trar­se en el pen­sa­mien­to de Smith, no solo cro­no­ló­gi­ca­men­te, sino tam­bién en tér­mi­nos de te­má­ti­ca y ra­zo­na­mien­to. Como in­di­ca el títu­lo de la obra, el ver­da­de­ro in­te­rés de Smith no era tan­to la ma­te­ria de los en­sa­yos —la as­tro­no­mía, la físi­ca y la ló­gi­ca—, sino el fun­cio­na­mien­to de la na­tu­ra­leza y la psi­co­lo­gía hu­ma­na, si­guien­do la lí­nea de Hume en su Tra­ta­do. Smith tam­bién quita im­por­tan­cia a la ra­zón en ge­ne­ral, tan­to por lo que res­pec­ta a fuer­za mo­tiva­do­ra como a ca­pa­ci­dad. En par­ti­cu­lar, el pri­mer en­sa­yo re­cal­ca am­plia­men­te lo que po­dría­mos lla­mar el lado «sub­je­tivo» de la in­vesti­ga­ción cien­tí­fi­ca. Smith opi­na que las per­so­nas se aden­tran en la cien­cia con la es­pe­ran­za prin­ci­pal de «apla­car la ima­gi­na­ción» me­dian­te una ex­pli­ca­ción del «caos dis­cor­dan­te». Es de­cir, los fe­nó­me­nos ra­ros o des­con­cer­tan­tes —como los mo­vi­mien­tos irre­gu­la­res de est­re­llas y pla­ne­tas— nos per­tur­ban.
El apa­ren­te contras­te en­tre Hume, so­cia­ble y en­can­ta­dor, y Smith, más re­ser­va­do y dist­raí­do, ha sus­cita­do cier­to estu­por so­bre cómo pu­die­ron llevar­se tan bien. J. Y. T. Gre­ig, un bió­gra­fo de Hume de co­mien­zos del si­glo XX, vio sus di­fe­ren­cias des­de un lado po­sitivo, re­cal­can­do que «su amistad fue tan per­fec­ta como lo per­mitie­ron sus ca­rac­te­res tan dis­pa­res». Apar­te de que las per­so­nas pue­dan com­par­tir gustos y opi­nio­nes y dis­frutar de la com­pa­ñía mutua pese a ser distin­tas, las di­fe­ren­cias en­tre Hume y Smith en este as­pec­to no de­ben exa­ge­rar­se. Hume tam­bién pre­fe­ría la com­pa­ñía de «unos po­cos ami­gos» a los gran­des gru­pos, y a ve­ces exhi­bía una es­pe­cie de dist­rac­ción afa­ble.

Ade­más de per­mitir­le co­no­cer a Hume, las con­fe­ren­cias que Smith dio en Edim­bur­go en­tre 1748 y 1751 le distin­guie­ron como un pro­fe­sor y un aca­dé­mi­co pro­me­te­dor. En ene­ro de 1751 le ofre­cie­ron un puesto en la Univer­si­dad de Gla­s­gow, su alma ma­ter, y lo acep­tó en­tusia­s­ma­do.
La per­muta de Smith por la Cáte­dra de Fi­lo­so­fía Mo­ral dejó de nuevo va­can­te la de Ló­gi­ca, y Hume, a pe­sar de ha­ber fra­ca­sa­do en su in­ten­to an­te­rior de ob­te­ner una cáte­dra en Edim­bur­go, dio su visto bue­no para que lo pro­pusie­ran como can­di­da­to.
Hume se ha­bía aco­mo­da­do en Edim­bur­go, para él, la cús­pi­de de la élite in­te­lec­tual es­co­ce­sa. En Mi vida, de­cla­ró que la ciu­dad era «un es­ce­na­rio ideal para los hom­bres de le­tras». Con poco más de 50.000 ha­bitan­tes, Edim­bur­go era la ciu­dad más gran­de de Es­co­cia191. (La po­bla­ción de Gla­s­gow ape­nas su­pe­ra­ba los 30.000, y am­bas eran di­mi­nutas en com­pa­ra­ción con Lon­dres, que te­nía más de 650.000 ha­bitan­tes.) Aun­que el Par­la­men­to es­co­cés se ha­bía tra­s­la­da­do a Lon­dres a co­mien­zos de si­glo, Edim­bur­go con­ti­nuó sien­do la ca­pital ju­di­cial y ecle­siá­sti­ca de Es­co­cia. Era una de las ciu­da­des más co­s­mo­po­litas de Gran Bre­ta­ña. Osten­ta­ba una rica agen­da cul­tu­ral y al­ber­ga­ba un co­lec­tivo muy uni­do de lite­ra­tos ext­ra­or­di­na­rios, lo cual llevó a To­bias Smo­lle­tt a til­dar­la de «foco de ge­nios». Tam­bién era muy su­cia, in­cluso para la épo­ca. Los ha­bitan­tes y to­dos los ani­ma­les se agol­pa­ban en un la­be­rin­to me­dieval re­bo­sa­n­te de ca­lle­jo­nes em­pi­na­dos, est­re­chos y ló­bre­gos. Los ori­na­les se ver­tían cada no­che di­rec­ta­men­te a la ca­lle, y la in­mun­di­cia se que­da­ba en el sue­lo has­ta que se re­co­gía a la ma­ña­na si­guien­te. El humo de tur­ba y car­bón le va­lió a la ciu­dad el ape­la­ti­vo Auld Reekie (en in­glés, «la vie­ja chi­me­nea»). Sin em­bar­go, para Hume la vita­li­dad in­te­lec­tual de la ciu­dad contra­rresta­ba col­ma­da­men­te el mu­grien­to ha­ci­na­mien­to.
Smith, en cam­bio, pen­sa­ba que Edim­bur­go era «una ciu­dad muy diso­luta», y siem­pre pre­fi­rió la se­gun­da ciu­dad de Es­co­cia, Gla­s­gow193. En el si­glo XVI­II, Gla­s­gow no se ase­me­ja­ba ni un pelo al cen­tro in­dust­rial sór­di­do en el que se con­vir­tió con el tiem­po. De he­cho, sus visitan­tes eran casi uná­ni­mes al des­cri­bir­la como bo­nita, lim­pia, es­pa­cio­sa y or­de­na­da, justo lo contra­rio de Edim­bur­go.
Como era de es­pe­rar, Dis­cur­sos po­líti­cos lla­mó en­se­gui­da la aten­ción de Smith. En ene­ro de 1752, solo unos me­ses des­pués de lle­gar a Gla­s­gow, Smith contri­buyó a fun­dar la Lite­ra­ry So­cie­ty. Este co­lec­tivo, com­puesto so­bre todo por ca­te­drá­ti­cos, con la aña­di­du­ra de al­gu­nos ca­ba­lle­ros y mer­ca­de­res lo­ca­les con vo­ca­ción lite­ra­ria,207 se reu­nía cada se­ma­na du­ran­te el año aca­dé­mi­co a fin de de­ba­tir so­bre las obras de los diver­sos miem­bros y ot­ras pu­bli­ca­cio­nes re­cien­tes.
A me­dia­dos de la dé­ca­da de 1750, la re­puta­ción irre­li­gio­sa de Hume ha­bía em­peza­do a pa­sa­r­le fac­tu­ra. Du­ran­te los años si­guien­tes, vio cómo se le ex­cluía de otra ini­cia­ti­va con­jun­ta de los in­te­lec­tua­les —la pu­bli­ca­ción de Edi­n­bur­gh Review— y cómo se le tra­ta­ba de ex­pul­sar de una in­stitu­ción de aún más en­ver­ga­du­ra: la Igle­sia de Es­co­cia.

El úl­ti­mo gran pro­yec­to lite­ra­rio que abor­dó Hume fue la mo­nu­men­tal Histo­ria de In­gla­te­rra, una obra de cer­ca de 1,3 mi­llo­nes de pa­la­bras que se fue has­ta los seis to­mos y que su­pe­ra las 3.000 pá­gi­nas en su edi­ción mo­der­na. En cier­to modo, Hume es­cri­bió la obra al revés (tal y como re­cita­ban las bru­jas sus ora­cio­nes). Como ya he­mos co­men­ta­do, em­pezó con dos vo­lú­me­nes so­bre la di­n­as­tía Estuar­do (1603-1689), que se pu­bli­ca­ron en 1754 y 1756. Des­pués, es­cri­bió dos más so­bre la di­n­as­tía Tu­dor (1485-1603), am­bos pu­bli­ca­dos en 1759. La obra se ce­rró en 1761 con la im­presión de dos vo­lú­me­nes más, que abar­ca­ban el lar­go pe­rio­do com­pren­di­do en­tre la in­va­sión de Ju­lio Cé­sar y la co­ro­na­ción de En­ri­que VII en 1485.
El re­co­no­ci­mien­to po­pu­lar y la gra­ti­fi­ca­ción eco­nó­mi­ca que Hume ob­tuvo con la Histo­ria no fue­ron ines­pe­ra­dos ni for­tuitos. Al em­pren­der la obra, re­co­no­ció esto: «No hay nin­gún puesto de ho­nor li­bre en el Par­na­so in­glés apar­te del de histo­ria­dor. Esti­lo, jui­cio, im­par­cia­li­dad, aten­ción… no hay nin­gún histo­ria­dor al que no le fal­te al­gu­na cua­li­dad».
La Asa­m­blea Ge­ne­ral de la Igle­sia de Es­co­cia de 1755. Nada más inau­gu­rar­se el con­ci­lio, otro miem­bro desta­ca­do de la acusa­ción, Ja­mes Bo­nar, pu­bli­có un fo­lle­to en el que de­nun­cia­ba a Hume por pro­pug­nar seis opi­nio­nes re­pro­cha­bles, y acom­pa­ñó cada una de ellas con citas de los es­critos de Hume. Las he­re­jías eran las si­guien­tes: 

1. Cual­quier distin­ción en­tre vir­tud y vi­cio es me­ra­men­te ima­gi­na­ria.
2. La justi­cia no tie­ne más fun­da­men­to que contri­buir a la uti­li­dad pú­bli­ca.
3. El adul­te­rio es per­fec­ta­men­te le­gíti­mo, aun­que a ve­ces no sea opor­tuno.
4. La re­li­gión y los pres­bíte­ros son no­civos para la hu­ma­ni­dad, y siem­pre in­cu­rri­rán en un ex­ce­so de su­per­sti­ción o de en­tusia­s­mo.
5. El cristia­nis­mo no tie­ne nin­gu­na prue­ba de ha­ber sido reve­la­do de for­ma divi­na.
6. De to­dos los mo­de­los del cristia­nis­mo, el pa­pa­do es el me­jor, y to­das las re­for­mas des­de en­ton­ces han sido solo obra de ena­je­na­dos y fa­ná­ti­cos.

Smith fue un es­critor mu­cho más cui­da­do­so. Solo pu­bli­có dos li­bros, y no quiso apresu­rar­se a llevar­los a la im­pren­ta. Pu­bli­có La teo­ría de los sen­ti­mien­tos mo­ra­les cuan­do te­nía trein­ta y cin­co años, y La ri­queza de las na­cio­nes cuan­do con­ta­ba cin­cuen­ta y dos. Más tar­de, Smith ad­mitió lo si­guien­te: «Soy un tra­ba­ja­dor muy, muy len­to. Es­cri­bo y rees­cri­bo to­dos mis textos por lo me­nos una do­ce­na de ve­ces an­tes de dar­los por bue­nos».
Smith está de acuer­do con Hume en que el bien y el mal de­pen­den de los sen­ti­mien­tos que te­ne­mos al adop­tar la per­spec­tiva ade­cua­da, es de­cir, aque­lla que tie­ne en cuen­ta los pre­jui­cios par­ti­cu­la­res y la desin­for­ma­ción. En ot­ras pa­la­bras, no di­cen que todo lo que pa­rez­ca co­rrec­to lo sea de ver­dad; el deseo de ma­tar a nuest­ros ene­mi­gos en un arre­ba­to de ira no nos le­giti­ma a ha­cer­lo. Hume ar­gu­men­ta que, para juz­gar bien una ac­ción o un atri­buto de la per­so­na­li­dad, de­be­mos so­bre­po­ner­nos a nuest­ras cir­cun­stan­cias y pre­fe­ren­cias y adop­tar lo que él de­fi­ne como un «pun­to de vista ge­ne­ral» o «pun­to de vista co­mún». Esto sig­ni­fi­ca que no solo he­mos de va­lo­rar los efec­tos de la ac­ción de una per­so­na y los atri­butos de la per­so­na­li­dad con re­fe­ren­cia a no­so­t­ros mis­mos, sino a to­dos «aque­llos que tie­nen tra­to con la per­so­na a quien juz­ga­mos».
La pri­me­ra diver­gen­cia, y la más sig­ni­fi­ca­ti­va, con­cier­ne a la na­tu­ra­leza de la sim­pa­tía. Como sue­le ser ha­bitual, el pun­to de par­ti­da es bas­tan­te si­mi­lar. Tan­to Hume como Smith usan el tér­mino sim­pa­tía en un sen­ti­do bas­tan­te am­plio para re­fe­rir­se a una es­pe­cie de «in­cli­na­ción afec­tiva» con cual­quier emo­ción, no solo con el su­fri­mien­to y el do­lor. Así pues, am­bos creen que la sim­pa­tía abar­ca más que la com­pa­sión y la pie­dad. Se acer­ca más a lo que hoy so­le­mos de­no­mi­nar em­pa­tía, pese a que este tér­mino se ajusta me­jor a la no­ción de sim­pa­tía de Smith que a la de Hume. Tam­bién co­in­ci­den en con­si­de­rar esta fa­cul­tad una ca­rac­te­rísti­ca fun­da­men­tal del ser hu­ma­no. No co­mul­gan con la pre­mi­sa a me­nu­do aso­cia­da a Tho­mas Ho­b­bes y Ber­nard Man­devi­lle de que to­dos los ac­tos y sen­ti­mien­tos pue­den ex­pli­car­se, o sin­te­tizar­se, me­dian­te el ego­ís­mo.
Smith tam­bién co­in­ci­de con Hume en que las nor­mas ju­rí­di­cas son úti­les para la so­cie­dad en ge­ne­ral, e in­cluso in­dis­pen­sa­bles, pero se rea­fir­ma en que no es la uti­li­dad lo que nos in­cita a ce­le­brar la justi­cia. En este pun­to, hace una re­fe­ren­cia im­plí­cita a su ami­go al de­cir que, «como la so­cie­dad no pue­de sub­sistir sin res­pe­tar mí­ni­ma­men­te las leyes de la justi­cia, […] al­gu­nos han pen­sa­do que la idea de esta ne­ce­si­dad fue lo que mo­tivó que apro­bá­ra­mos la apli­ca­ción de la justi­cia cas­ti­gan­do a aque­llos que las in­frin­gían»
En lí­neas ge­ne­ra­les, la reac­ción de Hume a La teo­ría de los sen­ti­mien­tos mo­ra­les —una mez­cla de hala­gos, co­men­ta­rios ana­líti­cos y apo­yo in­con­di­cio­nal— fue muy in­di­ca­ti­va de la re­la­ción que man­te­nía con sus ami­gos. Smith ha­bía tri­buta­do a Hume el hala­go de­fi­nitivo al con­ver­tir­le en el in­ter­lo­cutor prin­ci­pal (aun­que anó­ni­mo) de su pri­mer li­bro, y Hume le devol­vió el favor ani­man­do a Smith ante la pu­bli­ca­ción, ayu­dán­do­le a pu­bli­citar­lo e es­po­leán­do­le para que per­fec­cio­na­ra sus ideas.

Du­ran­te la dé­ca­da de 1760, uno de los po­cos fi­ló­so­fos —y de las po­cas per­so­nas— que pug­na­ron con Hume en nú­me­ro de aga­sa­jos del pue­blo fran­cés fue Jean-Ja­c­ques Ro­usseau. Sean de la épo­ca que sean, po­cos es­crito­res han te­ni­do tan­tos ad­mi­ra­do­res in­con­di­cio­na­les como él. Den­tro de la re­pú­bli­ca eu­ro­pea de las le­tras, la trá­gi­ca dis­puta en­tre estas dos ce­le­bri­da­des fue uno de los su­ce­sos más co­men­ta­dos del si­glo. Hoy en día, el episo­dio en­tre Hume y Ro­usseau es vox po­pu­li.
Ro­usseau no ha­bía leí­do nin­gún es­crito de Hume apar­te de su histo­ria de los Estuar­do (tra­du­ci­da), tal y como ad­mitió más tar­de. Así y todo, fue ca­paz de ha­cer­se una idea bas­tan­te exac­ta de cuán­to se ale­ja­ban los textos de Hume de los suyos. Se­gún sus pa­la­bras: «A mi en­ten­der, [Hume] no ha ama­do la ver­dad más que yo, pero mien­tras yo he in­clui­do cier­ta pa­sión en mis in­vesti­ga­cio­nes, él solo ha in­clui­do sa­bi­du­ría y ge­nia­li­dad».
Aun­que Ro­usseau siem­pre ha te­ni­do aban­de­ra­dos apa­sio­na­dos, des­de el si­glo XVI­II la ma­yo­ría de ex­per­tos en la reyer­ta han con­clui­do opor­tu­na­men­te que, en gran me­di­da, la cul­pa fue suya. Hume ha­bía he­cho todo lo po­si­ble para ayu­dar­le en un mo­men­to de ne­ce­si­dad, y ape­nas ha­bía he­cho nada para me­re­cer las acusa­cio­nes dis­pa­ra­ta­das que le ha­bía lan­za­do. Con todo, las se­cue­las de la rup­tu­ra no sa­ca­ron lo me­jor de Hume. La pa­ra­noia con las me­mo­rias de Ro­usseau y la ale­g­ría que pa­re­ció sen­tir con el mal tra­go que pasó el gi­ne­brino des­pués de aban­do­nar Wootton no con­cuer­dan con la ima­gen que so­le­mos te­ner de le bon David. Ade­más, pu­bli­car la co­rres­pon­den­cia pa­re­ce algo he­cho a la li­ge­ra e in­cluso con un poco de ma­li­cia, al me­nos visto en per­spec­tiva. Smith de­testa­ba que los in­te­lec­tua­les fue­ran tan pro­pen­sos a «pu­bli­car to­dos sus co­ti­lleos en los pe­rió­di­cos», y po­de­mos de­cir casi con to­tal se­gu­ri­dad que ac­tuó bien al tra­tar de disua­dir a Hume de di­fun­dir los de­ta­lles de la con­tien­da. No fue la úl­ti­ma vez que ad­vir­tió a Hume de no pu­bli­car un texto que ha­bía es­crito.

1776 fue el úl­ti­mo año de amistad en­tre Hume y Smith, y estuvo re­ple­to de efe­mé­ri­des. Smith pu­bli­có la obra por la que hoy es re­co­no­ci­do, cho­có con Hume en lo con­cer­nien­te a la suer­te de Diá­lo­gos so­bre la re­li­gión na­tu­ral, Hume en­fer­mó muy de­pri­sa y aca­bó mu­rien­do —lo cual des­per­tó mu­cha cu­rio­si­dad— y Smith na­rró el fi­nal de su ami­go en un es­crito po­lé­mi­co que pro­vo­có la có­le­ra ar­dien­te de los devo­tos.
El as­pec­to más no­to­rio de La ri­queza de las na­cio­nes es la de­fen­sa del li­bre­cam­bio, idea que Hume tam­bién ha­bía ade­lan­ta­do y que pue­de que has­ta sir­vie­ra de in­s­pi­ra­ción para Smith. En el li­bro, su prin­ci­pal opo­nen­te dia­léc­ti­co era el mis­mo que Hume ha­bía iden­ti­fi­ca­do en Dis­cur­sos po­líti­cos: lo que hoy co­no­ce­mos como mer­can­ti­lis­mo, po­líti­ca eco­nó­mi­ca.
Uno de los pro­pó­sitos ele­men­ta­les de Smith en La ri­queza de las na­cio­nes era ata­car esta per­spec­tiva y los erro­res y pre­jui­cios en que se ba­sa­ba. El sim­ple he­cho de que se dis­pusie­ra a in­vesti­gar la fuen­te de la ri­queza de las na­cio­nes (en plu­ral) de­muest­ra cuán­to di­fe­ría su men­ta­li­dad de la de los mer­can­ti­listas. Para Smith, el co­mer­cio no era un jue­go de suma cero: las ga­nan­cias de Fran­ca no se tra­du­cen en pér­di­das para Gran Bre­ta­ña, sino todo lo contra­rio.
En La ri­queza de las na­cio­nes, Smith solo se opo­ne cara a cara a Hume en lo to­can­te a la re­la­ción en­tre Igle­sia y Esta­do. En lí­neas ge­ne­ra­les, el esti­lo e idea­rio del li­bro son muy se­gla­res. Para em­pezar, a mu­chos les pa­re­ció un sa­cri­le­gio que Smith ala­ba­ra y fo­men­ta­ra con tan­ta lla­neza el co­mer­cio.
Don­de Smith topa ex­plí­cita­men­te con Hume es en la cuestión de la cla­se di­ri­gen­te re­li­gio­sa. A pe­sar de su per­spec­tiva más bien es­cép­ti­ca, y de sus ad­ver­ten­cias fre­cuen­tes contra la in­fluen­cia fu­nesta de la re­li­gión en la mo­ra­li­dad y la po­líti­ca, Hume hace una de­fen­sa ague­rri­da del Esta­do con­fe­sio­nal (para sor­pre­sa de mu­chos lec­to­res). Hume es fir­me en su apo­lo­gía de la to­le­ran­cia re­li­gio­sa, y ni mu­cho me­nos su­gie­re que deba ser obli­ga­to­rio per­te­ne­cer a un dog­ma. No obstan­te, man­tie­ne que el Go­bierno de­be­ría apo­yar a una sec­ta re­li­gio­sa en par­ti­cu­lar, tan­to me­dian­te la fi­nan­cia­ción como me­dian­te el be­ne­plá­cito ofi­cial. De he­cho, dice que, «en cual­quier ré­gi­men civi­liza­do, la unión del po­der civil y ecle­siá­sti­co es de lo más útil para man­te­ner la paz y el or­den», y ta­cha de «pe­li­gro­so» se­pa­rar por com­ple­to Igle­sia y Esta­do.
Aun­que La ri­queza de las na­cio­nes arre­me­tió contra va­rios co­lec­tivos po­de­ro­sos —se­gún Adam Fer­guson, Smith no solo ha­bía «pro­vo­ca­do» a co­mer­cian­tes, sino tam­bién a dog­mas, univer­si­da­des, mi­li­cias, etc.—, se ven­dió bas­tan­te bien y re­ci­bió, por lo ge­ne­ral, bue­nas críti­cas. Smith co­men­tó esto más tar­de: «En lí­neas ge­ne­ra­les […] me han de­ni­gra­do mu­cho me­nos de lo que ca­bía es­pe­rar. Así pues, en este as­pec­to pue­do con­si­de­rar­me afor­tu­na­do». Ha­cia el fi­nal de su vida, el li­bro se con­vir­tió en un su­per­ven­tas y tuvo una gran in­fluen­cia en las po­líti­cas eco­nó­mi­cas y co­mer­cia­les de Gran Bre­ta­ña.

En ene­ro de 1776, Hume re­dac­tó su testa­men­to y, na­tu­ral­men­te, nom­bró a Smith al­ba­cea lite­ra­rio, igual que Smith le ha­bía pe­di­do que fue­ra el suyo tres años an­tes. Una de las ta­reas que quiso en­co­men­dar a su ami­go fue su­per­vi­sar la pu­bli­ca­ción pó­stu­ma de Diá­lo­gos so­bre la re­li­gión na­tu­ral, pero Smith se negó en re­don­do a sa­tis­fa­cer esta pe­ti­ción. A me­nu­do hay quien afir­ma que este episo­dio me­no­s­ca­bó su amistad y pro­vo­có que Hume su­frie­ra en ex­ce­so du­ran­te los úl­ti­mos me­ses. El com­por­ta­mien­to de Smith se sue­le con­si­de­rar in­ne­ce­sa­ria­men­te cauto, del todo inex­pli­ca­ble o in­cluso un acto de trai­ción —de­ne­gan­do a su me­jor ami­go el úl­ti­mo deseo—. Esta opi­nión es co­mún has­ta en los ex­per­tos más ape­ga­dos a Smith.
En cier­to sen­ti­do, lo más des­con­cer­tan­te no es por qué Smith se negó a pu­bli­car los Diá­lo­gos, sino por qué Hume ad­qui­rió una fi­ja­ción tan re­pen­ti­na por sa­car­los a la luz, con­si­de­ran­do que ha­bía es­crito la obra ha­cía vein­ti­cin­co años. Y to­davía lo es más el mo­tivo por el que tra­tó de en­dil­gar a Smith la obli­ga­ción. Lle­ga­do a ese pun­to, Hume de­bió de ra­zo­nar que te­nía muy poco que per­der, pues te­nía un pie en la tum­ba, pero está cla­ro que Smith no se en­contra­ba en la mis­ma po­si­ción. Asi­mis­mo, sa­bía de bue­na tin­ta que Smith siem­pre se cui­da­ba mu­cho de pre­ser­var su priva­ci­dad y tran­qui­li­dad, es de­cir, su «paz». No ha­cía fal­ta ser un ge­nio de la em­pa­tía para dar­se cuen­ta de que Smith abo­rre­ce­ría la «contro­ver­sia» ge­ne­ra­li­za­da que Hume mis­mo ha­bía previsto para los Diá­lo­gos.

La pu­bli­ca­ción de La ri­queza de las na­cio­nes y la muer­te de Hume en 1776 en­cum­bra­ron a Smith como lí­der in­dis­cuti­ble de los in­te­lec­tua­les es­co­ce­ses, tan­to en tér­mi­nos de re­nom­bre in­ter­na­cio­nal como de in­fluen­cia. Iro­nías del destino, poco des­pués de que Hume mu­rie­ra, Smith se tra­s­la­dó a Edim­bur­go, tal y como su ami­go le ha­bía su­pli­ca­do du­ran­te dé­ca­das. Una vez aca­ba­da su se­gun­da obra ma­est­ra, ya esta­ba pre­pa­ra­do para re­nun­ciar a la re­la­ti­va so­le­dad de Ki­rk­caldy. Se mudó a la ciu­dad a prin­ci­pios de 1778, y vivió allí los si­guien­tes doce años, con la ex­cep­ción de dos estan­cias en Lon­dres de cua­tro me­ses cada una, en 1782 y en 1787.
Has­ta ese mo­men­to Smith no ha­bía vivi­do nun­ca en Edim­bur­go du­ran­te mu­cho tiem­po se­gui­do, ni ha­bía te­ni­do devo­ción por la ciu­dad, pero pron­to se con­vir­tió en una es­pe­cie de in­stitu­ción. Los visitan­tes acu­dían con fre­cuen­cia a co­no­cer­le, y las élites de la ciu­dad se pe­lea­ban por dis­frutar de su com­pa­ñía. Aho­ra que Hume ya no esta­ba, Smith re­co­gió su testi­go como an­fit­rión.
Aun­que Smith nun­ca ha­bía sido par­ti­cu­lar­men­te fuer­te, cuan­do sa­lió la sexta edi­ción de La teo­ría de los sen­ti­mien­tos mo­ra­les en ene­ro de 1790, su sa­lud ha­bía em­peza­do a de­caer con ra­pi­dez. El 6 de fe­bre­ro dis­puso el testa­men­to y, a par­tir de ese mo­men­to, casi to­das las car­tas que es­cri­bió —así como las que le es­cri­bie­ron o le men­cio­na­ron— alu­die­ron a su pa­de­ci­mien­to. Du­gald Stewart co­men­tó que «su en­fer­me­dad fa­tal, de­riva­da de la obst­ruc­ción de los in­testi­nos, fue len­ta y do­lo­ro­sa. Aun así, pudo ali­viar­la con el con­sue­lo que le apor­ta­ron la com­pa­sión tier­na de sus ami­gos y la resig­na­ción to­tal. […] El pe­que­ño cír­cu­lo con el que se reu­nía re­li­gio­sa­men­te una no­che a la se­ma­na —cuan­do las fuer­zas se lo per­mitían— re­cor­da­rá du­ran­te mu­cho tiem­po la se­re­ni­dad y el al­bo­ro­zo con que afron­tó el em­pu­je pro­gresivo de su do­len­cia, así como el in­te­rés sin­ce­ro que man­tuvo has­ta el fi­nal en todo lo con­cer­nien­te al bien­estar de sus ami­gos»871.
En ve­rano, todo el mun­do sa­bía que la muer­te de Smith era in­mi­nen­te.
El 17 de ju­lio, me­nos de una se­ma­na des­pués, Smith mu­rió en Pan­mu­re Ho­use. Te­nía ses­en­ta y sie­te años. Pese a que pa­re­ce que pa­de­ció un su­pli­cio mu­cho ma­yor que el de Hume du­ran­te su en­fer­me­dad, to­das las cró­ni­cas in­di­can que fa­lle­ció con un aplo­mo si­mi­lar. El 22 de ju­lio se le en­te­rró en el ce­men­te­rio de la igle­sia de Ca­non­ga­te. Su mo­nu­men­to tam­bién fue di­se­ña­do por Ro­bert Adam, y es mu­cho más mo­desto que el mauso­leo que Hume en­car­gó para sí. El se­pul­cro de Smith está es­con­di­do en un rin­cón del cam­po­sa­n­to, sin mo­le­star, y se li­mita a dar sus fe­chas y anun­ciar que ahí ya­cen los restos del autor de La teo­ría de los sen­ti­mien­tos mo­ra­les y La ri­queza de las na­cio­nes.
La muer­te de Smith no des­per­tó el mis­mo in­te­rés ni la mis­ma agita­ción que la de Hume.

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The friendship between Adam Smith and David Hume is one of the great Platonic love stories in the history of philosophy. The book unearths an intimate array of correspondences that offers a compelling narrative that works on two levels: 1) The human sympathy between two human beings who happened to share a soul connection. 2) The literary connection between two great iconoclastic Enlightenment thinkers.
There is very much to be learned from these inestimable writers, not least on matters of fact and speculation, but also on how to maintain a friendship across periods of despair and turbulence. On the level of facts, the time period of Scottish Enlightenment, with its own list of characters and places, is appropriately framed as the intellectual backdrop to the human drama. More impressively, the book animates the protagonists’ intimate human struggles and passions with a vivacity that only an archival exposé of private letters can muster.
My only criticism is a minor one: the author lets his own anticlericalism and irreligiosity, which he accurately pinpoints in Hume, take the centre stage, which obfuscates some of the finer points of distinction, drama and controversy that would have made for equally compelling storytelling. (I wanted to hear more about the controversies over free trade and morality.)
But I cannot fault the book much for this focus, since as a narrative lodestar, or a leitmotif, the heresies and infidelities of the happy & plump philosopher are a juicy and logical choice. That said, the modern amplification of Hume’s notoriety into a type of hero worship by latter day atheists is certainly a curious phenomenon that is not without its own shortcomings.
Overall, philosophical biographies are a niche market that is not exactly saturated with quality. This book is exceptional in that it combines good scholarship with easy exposition in a way that can be enjoyed by all readers. I rarely cry when reading (good) philosophy, except out of desperation, but here I cried from sympathy with the human struggles of Scotland’s best sons.

We can affirm without fear of being wrong that David Hume is among the most beloved philosophers, someone highly acclaimed for his affable character, his lucidity and for his unbreakable, if most human vision of the world. A recent survey of thousands of academic philosophers around the world has revealed that there are more adherents of Hume than of any other philosopher in history54. During his life, Hume was also the object of adoration of practically everyone who knew him. He was highly regarded among Edinburgh intellectuals, including Presbyterian pastors, and was honorably named by Parisian high society le bon David. Yet outside these relatively small circles, Hume’s controversial views earned him many staunch detractors.
Hume entered the University of Edinburgh at the age of ten, a very early age. In many respects, the Scottish universities of the 18th century were more like boarding schools for high school students than they were to contemporary universities. However, Hume’s entry was precocious even by the standards of the time, especially if we consider that he started at the same time as his older brother. In Edinburgh, Hume studied Latin, Greek, Logic, Metaphysics and Natural Philosophy or, as we would call it today, Natural Sciences. Likewise, he could well have attended a series of lectures on moral and “pneumatic” philosophy (psychological philosophy).
As far as we know, Hume received a typically Christian upbringing from a God-fearing family. The mother, brother, and sister were devout Presbyterians, and his uncle was a pastor in the Chirnside church, known for its severity — actually holding trials for heresy and exposing sinners to the pillory. As a child, Hume was also religious.
Certainly the Treaty was not without ambition. Hume’s manifest purpose was nothing more and nothing less than to postulate a new science of human nature that would serve as the basis for any other branch of knowledge. He begins the play by complaining about “the ignorance that still afflicts us with regard to the most important questions that can be brought before the tribunal of human reason.” He proposes that the only effective strategy to remedy the deficiency is “to abandon the tedious and languid method followed up to now, and instead of occasionally taking a castle or a village on the border, to march directly towards the capital or the focus of these sciences, towards human nature itself. When we have seized it, we can expect an easy victory everywhere.
The disappointing reception of the Treatise caused Hume to reconsider his literary course and swiftly turn to essayism. The first volume of Hume’s Moral and Political Essays appeared in 1741. The texts were largely on political issues, with the underlying theme of the danger of being carried away by partisanship. According to Hume, “the factions subvert the government, deprive the laws of any efficacy and breed the most atrocious enmities between men of the same nationality, when they should help and protect each other.” Thus, in his essays he attacked the partisan opinions and rationale of all sides.
In short, the argument is as follows. Hume defines miracles as a violation of the laws of nature, understood as the uniform experience that has been acquired about their operation. Some examples of miracles – with this meaning – may be the act of parting the seas, walking on the surface of the water, or rising from the dead. As he says, when we hear or read that such a miracle has happened, we should adjust our beliefs to the strict evidence, just as we would if it were news about a real event. As the supposed miracle (by definition) violates all our lived experience, the evidence in its favor should be irrefutable in order to determine its credibility.

Although Hume has been of unparalleled influence and importance in the history of philosophy, Smith is surely the better known of the two outside of academic circles. His silhouette adorns bills and ties, and his name has become synonymous with free-market capitalism. The Wealth of Nations is one of the most popular books ever written — although it is not among the most widely read or intelligible. It is unlikely that a UK Prime Minister will always carry a copy of Hume’s Treaty in his briefcase, but Margaret Thatcher claimed to always carry one of Smith’s second brilliant work.
Smith studied at the wonderful local Kirkcaldy school and entered the University of Glasgow in 1737 at the age of fourteen. As he had a sufficiently advanced level of Latin, he was able to skip the first year, and enrolled in the typical subjects of the time: Greek, Logic, Metaphysics, Mathematics, Natural Philosophy, Ethics and Jurisprudence. The last two courses became capitals in Smith’s future career, and were taught precisely by Francis Hutcheson, whom he later designated “the unforgettable Dr. Hutcheson.” Some scholars cite this tribute almost compulsively, but in reality Smith conceived the epithet to refer to Hume, his “unforgettable friend,” shortly after his death, and did not apply it to his teacher until later.
It was while Smith was at Oxford that our two protagonists’ paths crossed for the first time, so to speak. Although Hume’s Treatise had far worse acceptance than he had expected, in early 1740 it did have at least one adept reader: Smith.
In his years at Oxford, Smith composed a brilliant work entitled The Principles Which Lead and Direct Philosophical Inquiries, consisting of three related essays. The first, the best and most extensive of the three, analyzes the history of astronomy from primitive societies to the 18th century. The second deals with the study of physics in the Ancient Age, and of nature and the relationship between earth, water, air and fire, and the third deals with “ancient logic and metaphysics”, which refers to how and why we classify things, with special attention to Plato’s ideas.
The Principles are an excellent way to delve into Smith’s thinking, not only chronologically, but also in terms of subject matter and reasoning. As the title of the work indicates, Smith’s real interest was not so much the subject of the essays — astronomy, physics, and logic — but the workings of nature and human psychology, following the line of Hume in his Treaty. Smith also downplays reason in general, both in terms of motivating force and ability. In particular, the first essay amply emphasizes what we might call the “subjective” side of scientific inquiry. Smith opines that people enter science with the primary hope of “appeasing the imagination” through an explanation of “jarring chaos.” In other words, strange or puzzling phenomena — such as the irregular movements of stars and planets — disturb us.
The apparent contrast between Hume, who is sociable and charming, and Smith, who is more reserved and absent-minded, has raised some amazement about how they could get along so well. J. Y. T. Greig, a biographer of Hume in the early twentieth century, saw their differences on the bright side, stressing that “their friendship was as perfect as their disparate characters allowed.” Apart from the fact that people can share tastes and opinions and enjoy each other’s company despite being different, the differences between Hume and Smith in this regard should not be exaggerated. Hume also preferred the company of “a few friends” to large groups, and sometimes exhibited a kind of amiable distraction.

In addition to allowing him to meet Hume, Smith’s lectures in Edinburgh between 1748 and 1751 distinguished him as a promising professor and scholar. In January 1751 he was offered a position at the University of Glasgow, his alma mater, and he enthusiastically accepted it.
Smith’s swap for the Chair in Moral Philosophy again vacated the Chair in Logic, and Hume, despite having failed in his earlier attempt at a chair in Edinburgh, gave his go-ahead to be nominated.
Hume had settled in Edinburgh, for him, the top of the Scottish intellectual elite. In My Life, he declared that the city was “an ideal setting for men of letters.” With just over 50,000 inhabitants, Edinburgh was the largest city in Scotland191. (The population of Glasgow was just over 30,000, and both were tiny compared to London, which had over 650,000 inhabitants.) Although the Scottish Parliament had moved to London at the turn of the century, Edinburgh remained the judicial and ecclesiastical capital of Scotland. It was one of the most cosmopolitan cities in Great Britain. It boasted a rich cultural agenda and was home to a tight-knit collective of extraordinary literati, leading Tobias Smollett to label it a “hotbed of genius.” It was also very dirty, even for the time. The inhabitants and all the animals crowded into a medieval labyrinth brimming with steep, narrow and gloomy alleys. The urinals were dumped each night directly into the street, and the filth remained on the floor until it was collected the next morning. The smoke of peat and coal earned the city the nickname Auld Reekie (in English, “the old chimney”). Yet for Hume the intellectual vitality of the city outweighed the grimy overcrowding.
Smith, on the other hand, thought that Edinburgh was “a very dissolute city”, and always preferred Scotland’s second city, Glasgow193. In the 18th century, Glasgow did not resemble the seedy industrial center that it eventually became. In fact, its visitors were almost unanimous in describing it as pretty, clean, spacious and tidy – just the opposite of Edinburgh.
Unsurprisingly, Political Speeches quickly caught Smith’s attention. In January 1752, just a few months after arriving in Glasgow, Smith helped found the Literary Society. This group, composed mainly of professors, with the addition of some local gentlemen and merchants with a literary vocation, 207 met every week during the academic year to discuss the works of the various members and other recent publications.
By the mid-1750s, Hume’s irreligious reputation had begun to take its toll. Over the next several years, he saw himself being excluded from yet another joint initiative of the intellectuals – the publication of the Edinburgh Review – and tried to be expelled from an even larger institution: the Church of Scotland.

The last great literary project that Hume tackled was the monumental History of England, a work of about 1.3 million words that ran to six volumes and that exceeds 3,000 pages in its modern edition. In a way, Hume wrote the play backwards (as the witches recited their prayers). As we have already discussed, he began with two volumes on the Stuart dynasty (1603-1689), which were published in 1754 and 1756. Later, he wrote two more on the Tudor dynasty (1485-1603), both published in 1759. The work is It closed in 1761 with the printing of two more volumes, covering the long period between the invasion of Julius Caesar and the coronation of Henry VII in 1485.
The popular recognition and financial gratification that Hume obtained from history were neither unexpected nor accidental. In undertaking the work, he acknowledged this: ‘There is no free post of honor in English Parnassus apart from that of historian. Style, judgment, impartiality, attention … there is no historian who does not lack some quality ».
The 1755 General Assembly of the Church of Scotland. As soon as the council was inaugurated, another prominent member of the prosecution, James Bonar, published a pamphlet denouncing Hume for espousing six reprehensible opinions, accompanying each one with quotations of Hume’s writings. The heresies were as follows:

1. Any distinction between virtue and vice is merely imaginary.
2. Justice has no other foundation than to contribute to public utility.
3. Adultery is perfectly legitimate, although sometimes it is not opportune.
4. Religion and priests are harmful to humanity, and will always incur an excess of superstition or enthusiasm.
5. Christianity has no proof of having been divine revealed.
6. Of all the models of Christianity, the papacy is the best, and all the reforms since then have only been the work of madmen and fanatics.

Smith was a much more careful writer. He only published two books, and he did not want to rush to print them. He published The Theory of Moral Sentiments when he was thirty-five, and The Wealth of Nations when he was fifty-two. Later, Smith admitted: “I am a very, very slow worker. I write and rewrite all my texts at least a dozen times before taking them for good.
Smith agrees with Hume that good and evil depend on the feelings we have by adopting the proper perspective, that is, one that takes into account particular prejudices and misinformation. In other words, they are not saying that everything that seems right is really right; the desire to kill our enemies in a fit of anger does not legitimize us to do so. Hume argues that, in order to judge an action or an attribute of personality well, we must overcome our circumstances and preferences and adopt what he defines as a “general point of view” or “common point of view.” This means that we not only have to assess the effects of a person’s action and the attributes of the personality with reference to ourselves, but to all “those who deal with the person we judge.”
The first divergence, and the most significant, concerns the nature of sympathy. As is usual, the starting point is quite similar. Both Hume and Smith use the term sympathy in a fairly broad sense to refer to a kind of “affective inclination” with any emotion, not just suffering and pain. Thus, both believe that sympathy encompasses more than compassion and pity. It is closer to what today we usually call empathy, although this term fits better with Smith’s notion of sympathy than with Hume’s. They also coincide in considering this faculty a fundamental characteristic of the human being. They do not agree with the premise often associated with Thomas Hobbes and Bernard Mandeville that all acts and feelings can be explained, or synthesized, through selfishness.
Smith also agrees with Hume that legal norms are useful to society in general, and even indispensable, but he reaffirms that it is not utility that prompts us to celebrate justice. At this point, he makes an implicit reference to his friend by saying that, “since society cannot survive without minimally respecting the laws of justice, […] some have thought that the idea of this need was what motivated us to approve the application of justice punishing those who infringed them »
In general terms, Hume’s reaction to The Theory of Moral Sentiments — a mixture of praise, analytical comments, and unconditional support — was highly indicative of the relationship he had with his friends. Smith had paid Hume the ultimate compliment by making him the primary (albeit anonymous) speaker for his first book, and Hume returned the favor by encouraging Smith at publication, helping him publicize it, and spurring him to refine his ideas.

During the 1760s, one of the few philosophers – and of the few people – who fought with Hume in the number of French people’s treats was Jean-Jacques Rousseau. Regardless of their time, few writers have had as many unconditional fans as he. Within the European Republic of Letters, the tragic dispute between these two celebrities was one of the most talked about events of the century. Today, the episode between Hume and Rousseau is common knowledge.
Rousseau had not read any of Hume’s writings other than his history of the Stuarts (translated), as he later admitted. Still, he was able to get a pretty good idea of how far Hume’s texts were from his own. In his words: “In my opinion, [Hume] has not loved the truth more than I do, but while I have included a certain passion in my research, he has only included wisdom and genius.”
Although Rousseau has always had passionate flag-bearers, since the 18th century most brawl experts have timely concluded that it was largely his fault. Hume had done his best to help him in his time of need, and he had done little to deserve the wild accusations he had thrown at him. Still, the aftermath of the breakup did not bring out the best in Hume. The paranoia with Rousseau’s memoirs and the joy he seemed to feel at the bad drink the Genevan had after leaving Wootton do not match the image we usually have of le bon David. Furthermore, posting the correspondence seems like something done lightly and even with a bit of malice, at least when viewed in perspective. Smith detested that intellectuals were so prone to “get all their gossip in the papers,” and we can almost certainly say that he was right to try to dissuade Hume from spreading the details of the contest. It was not the last time that he warned Hume not to publish a text he had written.

1776 was the last year of friendship between Hume and Smith, and it was packed with ephemeris. Smith published the work for which he is recognized today, clashed with Hume regarding the fate of Dialogues on Natural Religion, Hume fell ill very quickly and ended up dying — which aroused much curiosity — and Smith narrated the end of his friend in a controversial writing that provoked the burning anger of the devotees.
The most notorious aspect of The Wealth of Nations is the defense of free trade, an idea that Hume had also advanced and that may even serve as inspiration for Smith. In the book, his main dialectical opponent was the same one that Hume had identified in Political Discourses: what we know today as mercantilism, economic policy.
One of Smith’s elementary purposes in The Wealth of Nations was to attack this perspective and the errors and prejudices on which it was based. The mere fact that he set out to investigate the source of the nations’ wealth (plural) shows how much his mentality differed from that of the mercantilists. For Smith, trade was not a zero-sum game: Franca’s gains do not translate into losses for Britain, quite the contrary.
In The Wealth of Nations, Smith only comes face-to-face with Hume on the relationship between church and state. In general, the style and ideology of the book are very secular. To begin with, it seemed sacrilegious to many that Smith praised and promoted trade so openly.
Where Smith explicitly runs into Hume is on the question of the religious ruling class. Despite his rather skeptical outlook, and his frequent warnings against the dire influence of religion on morality and politics, Hume makes a fierce defense of the confessional state (to the surprise of many readers). Hume is firm in his apology for religious tolerance, and far from suggesting that it must be obligatory to belong to a dogma. However, he maintains that the government should support a particular religious sect, both through funding and through official approval. In fact, he says that, “in any civilized regime, the union of civil and ecclesiastical power is most useful to maintain peace and order,” and calls it “dangerous” to completely separate Church and State.
Although The Wealth of Nations lashed out at several powerful collectives – according to Adam Ferguson, Smith had not only “provoked” merchants, but also dogmas, universities, militias, etc. – it sold quite well and received, on the whole, good critics. Smith later commented on this: ‘Overall […] I have been denigrated much less than I might expect. So, in this respect I can consider myself lucky. Towards the end of its life, the book became a best seller and had a great influence on the economic and trade policies of Great Britain.

In January 1776, Hume drew up his will, and naturally made Smith his literary executor, just as Smith had asked him to be his three years earlier. One of the tasks he wanted to entrust to his friend was to supervise the posthumous publication of Dialogues on Natural Religion, but Smith flatly refused to comply with this request. It is often claimed that this episode undermined their friendship and caused Hume to suffer excessively during the past months. Smith’s behavior is often seen as unnecessarily cautious, totally inexplicable, or even an act of treason — denying his best friend his last wish. This view is common even among Smith’s closest experts.
In a sense, the most puzzling thing is not why Smith refused to publish the Dialogues, but why Hume became so suddenly fixated on bringing them out, considering that he had written the work twenty-five years ago. And even more so is the reason why he tried to put the obligation on Smith. At this point, Hume must have reasoned that he had very little to lose, as he had one foot in the grave, but Smith clearly was not in the same position. He also knew for good that Smith was always very careful to preserve his privacy and tranquility, that is, his “peace.” It didn’t take an empathic genius to realize that Smith would abhor the widespread “controversy” that Hume himself had envisioned for the Dialogues.

The publication of The Wealth of Nations and the death of Hume in 1776 elevated Smith to the undisputed leader of Scottish intellectuals, both in terms of international renown and influence. Ironies of fate, shortly after Hume died, Smith moved to Edinburgh, just as his friend had pleaded with him for decades. With his second masterpiece finished, he was ready to give up Kirkcaldy’s relative loneliness. He moved to the city in early 1778, and lived there for the next twelve years, with the exception of two stays in London of four months each, in 1782 and in 1787.
Up to that point Smith had never lived in Edinburgh for long, nor had he had a devotion to the city, but it soon became something of an institution. Visitors flocked to meet him frequently, and the city’s elites scrambled to enjoy his company. Now that Hume was gone, Smith picked up his witness as host.
Although Smith had never been particularly strong, when the sixth edition of The Theory of Moral Sentiments came out in January 1790, his health had begun to decline rapidly. On February 6, he arranged a will and, from that moment on, almost all the letters he wrote —as well as those that were written or mentioned to him— alluded to his condition. Dugald Stewart commented that “his fatal disease, derived from the obstruction of the intestines, was slow and painful. Still, he was able to soothe her with the comfort of his friends’ tender compassion and total resignation. […] The small circle with which he met religiously one night a week – when forces allowed it – will long remember the serenity and joy with which he faced the progressive thrust of his ailment, as well as the sincere interest that he kept to the end in all matters concerning the welfare of his friends »871.
By summer, everyone knew that Smith’s death was imminent.
On July 17, less than a week later, Smith died at Panmure House. He was sixty-seven years old. Although it seems that he suffered a much greater ordeal than that of Hume during his illness, all the chronicles indicate that he died with similar poise. On July 22, he was buried in Canongate Church Cemetery. His monument was also designed by Robert Adam, and is much more modest than the mausoleum that Hume commissioned for himself. Smith’s tomb is hidden in a corner of the cemetery, undisturbed, and he limits himself to giving his dates and announcing that there lie the remains of the author of The Theory of Moral Sentiments and The Wealth of Nations.
Smith’s death did not arouse the same interest and excitement as Hume’s.

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