¿Solo En Casa?: La Naturaleza Del Lugar Donde Vivimos, Desde Microbios Hasta Milpiés, Grillos De Las Cuevas Y Abejas — Rob Dunn / Never Home Alone: From Microbes to Millipedes, Camel Crickets, and Honeybees, the Natural History of Where We Live by Rob Dunn

Este libro trata sobre las criaturas que viven dentro de nuestros hogares, desde microbios, hongos, insectos hasta mascotas y lo que las mascotas traen a nuestro hogar. Algunos temas que he leído antes, como la hipótesis de la higiene, nuestra batalla perdida de matar bacterias con antibióticos y el tratamiento recientemente revivido de usar probióticos para prevenir la infección por bacterias.
Muchos temas son nuevos para mí. Por ejemplo, ¿por qué la Estación Espacial Internacional huele a manzana podrida y axila? Vale la pena conocer tanto el estudio de micobacterias en los cabezales de ducha y su asociación con las infecciones pulmonares por micobacterias no tuberculosas (NTM), como el estudio de Stachybotrys chartarum (moho negro) en el panel de yeso fabricado. El autor dice que el uso de desinfectantes (cloro y cloramina) aumenta la posibilidad de micobacterias en las regaderas.
La evolución de las cucarachas resistentes a múltiples pesticidas es impactante, pero la buena noticia es que, dado que estas criaturas están adaptadas a la vida en nuestros hogares, cuando nos vayamos, ellos también desaparecerán.
Mi capítulo favorito es el capítulo 6: ver la naturaleza fuera del lente de la «utilidad» en el consumo humano.
El autor es un gran defensor de la biodiversidad, incluso en nuestro hogar. Sostiene que deberíamos emplear depredadores naturales (como ciertos tipos de arañas y avispas), en lugar de pesticidas, para controlar plagas (como las cucarachas).
Un parásito que altera la mente, el toxoplasma gondii, que se encuentra en las heces de los gatos, cuando invade el cerebro, puede causar cambios de personalidad asociados con la asunción de riesgos en animales y humanos. Esto me ha convencido con éxito de tener un gato.
El autor mencionó en una sola frase que los hongos degradan el plástico. Sin ninguna explicación, la afirmación es muy engañosa.
Antonie van Leeuwenhoek hizo su propio microscopio. Sus microscopios únicos le permitieron hacer descubrimientos, a diferencia de lo que afirmaba el autor.

El ser humano se ha convertido, o lo está haciendo, en Homo interiorum, humano de interior. Ahora vivimos en un mundo delimitado por las paredes de nuestros hogares, más conectados con pasillos y otros edificios que con el exterior. Teniendo en cuenta esta transformación, tal vez deberíamos considerar prioritario saber qué especies conviven con nosotros dentro de casa y cómo repercuten en nuestro bienestar.

Cuando Leeuwenhoek empezó a mirar a través del microscopio que él mismo se confeccionó, otros científicos ya habían usado instrumentos parecidos para conocer detalles nuevos sobre las criaturas que residen en las viviendas humanas. Esos científicos, entre ellos Hooke, descubrieron patrones insospechados hasta entonces en los intersticios de la vida, patrones que sugerían todo un mundo más allá del que se conocía. La pata de una pulga, el ojo de una mosca y los alargados sacos con esporas (esporangios) del hongo Mucor que proliferaba en la cubierta de un libro que Hooke tenía en casa: todo ello revelaba detalles minúsculos que no se habían observado nunca, ni tan siquiera imaginado. Hoy en día podemos examinar las mismas especies usando los mismos aumentos, pero la experiencia actual es muy diferente de la que se tendría en el siglo XVII.
El trabajo de Leeuwenhoek se ha cuestionado en ocasiones, tanto a lo largo de la historia como en la actualidad, con el argumento de que él no hizo nada más que usar un instrumento nuevo para estudiar lo que había a su alrededor, lo que le sirvió para desvelar mundos desconocidos. De acuerdo con este razonamiento, todo el mérito radica en el microscopio y las lentes utilizadas. La realidad es más compleja que eso.
Leeuwenhoek fue más capaz de observar ese mundo en toda su grandeza que cualquier otra persona. Pero para ello realizó un trabajo que otros consideraban de una dificultad insuperable. Así que, aunque los miembros de la Real Sociedad llegaron a contemplar el mundo que había descubierto Leeuwenhoek, no fueron capaces de proseguir con su estudio con verdadera seriedad. Tras comprobar las observaciones de microbios, Hooke siguió escudriñando la vida microscópica a través de sus propios instrumentos a lo largo de unos seis meses. Pero después lo dejó. Hooke y otros científicos dejaron el nuevo mundo a Leeuwenhoek, quien se convertiría en un astronauta en miniatura que exploraba en absoluta soledad un universo mucho más diverso y complejo de lo que nadie, excepto él, pareció entender.
Cuando Leeuwenhoek empezó a mirar a través del microscopio que él mismo se confeccionó, otros científicos ya habían usado instrumentos parecidos para conocer detalles nuevos sobre las criaturas que residen en las viviendas humanas. Esos científicos, entre ellos Hooke, descubrieron patrones insospechados hasta entonces en los intersticios de la vida, patrones que sugerían todo un mundo más allá del que se conocía. La pata de una pulga, el ojo de una mosca y los alargados sacos con esporas (esporangios) del hongo Mucor que proliferaba en la cubierta de un libro que Hooke tenía en casa: todo ello revelaba detalles minúsculos que no se habían observado nunca, ni tan siquiera imaginado. Hoy en día podemos examinar las mismas especies usando los mismos aumentos, pero la experiencia actual es muy diferente de la que se tendría en el siglo XVII.

Gracias en buena medida a los organismos Thermus aquaticus, hoy en día es posible tomar una muestra y procesarla siguiendo un protocolo (pipeline) para identificar qué especies contiene, vivas y muertas. Esto se puede hacer sin haber visto ni cultivado jamás ninguna de las especies de la muestra y permite identificar la vida que hay en el suelo, en agua de mar, nubes, heces y cualquier otro medio. Ahora podemos identificar especies cultivables, pero también las numerosas especies que aún no sabemos cultivar.
En las casas encontramos casi ocho mil tipos de bacterias, casi tantas especies de bacterias como la cantidad de especies de aves y mamíferos que hay en toda América. Entre ellas no solo detectamos especies bien conocidas del cuerpo humano, sino también muchas otras formas de vida, algunas muy raras. Levantamos las hojas metafóricas de cincuenta casas y debajo de ellas encontramos toda una selva. Muchas de las especies no coincidían con nada conocido hasta entonces por la ciencia.

Las bacterias de biopelículas causantes de enfermedades son especies del género Mycobacterium . Las micobacterias difieren de la mayoría de patógenos en que se propagan a través del agua, como la bacteria Vibrio cholerae. El hábitat acostumbrado de las especies Mycobacterium detectadas en el agua del grifo no es el cuerpo humano, sino las propias cañerías. Estas micobacterias amantes de las tuberías («tuberiófilas») no suelen ser patógenos. Solo se vuelven problemáticas cuando por accidente (desde el punto de vista de su propio bienestar) acceden a nuestros pulmones. De este modo, las micobacterias y varios patógenos más asociados a hábitats de reciente creación en los hogares humanos (como la bacteria Legionella) plantean un desafío muy distinto a los que solemos encontrarnos al hablar de patógenos, un desafío relacionado con la manera de construir nuestras viviendas y ciudades.
Las especies Mycobacterium alojadas en los cabezales de la ducha suelen denominarse NTM (por las siglas en inglés para «Micobacterias No Tuberculosas»). Como se puede inferir, esto significa que hay otras especies de micobacterias que son tuberculosas, las especies Mycobacterium tuberculosis y otras afines. Los peores monstruos de la historia siempre se han imaginado como seres con mal aliento y muchos brazos a los que hay que vencer con un escudo y una espada larga, como, por ejemplo, las bestias de las sagas vikingas. Pero los auténticos demonios del pasado se parecían mucho más a la Mycobacterium tuberculosis . Este organismo inaccesible a la vista solo se manifestaba a través de sus consecuencias, que eran muertes horribles.
Mycobacterium tuberculosis es la causante de la tuberculosis en humanos, una enfermedad que mató a uno de cada cinco adultos entre los años 1600 y 1800 en Europa y América del Norte. Esta bacteria parece asociada desde hace mucho tiempo al ser humano y a nuestros parientes y ancestros extintos.
Por ahora el riesgo de infecciones debidas a micobacterias no tuberculosas solo es elevado en personas inmunodeprimidas, con una morfología pulmonar inusual o aquejadas de fibrosis quística.
En cuanto al pasado más inmediato, nuestro pasado humano, el baño propiamente dicho, en agua, es algo muy reciente y más dispar entre culturas y épocas de lo que podría pensarse de entrada. El hábito de bañarse es uno de esos rasgos de la cultura humana que demuestran que la historia no siempre tiende al progreso, al menos no a lo que solemos considerar como tal: el progreso como el avance progresivo de las sociedades del pasado hacia formas de vida cada vez más parecidas a la actual. Los mesopotámicos no fueron grandes bañistas, ni tampoco los egipcios. Los pueblos del valle del Indo contaban con una «gran bañera» central, pero no se sabe con seguridad qué uso le daban. Tal vez se empleara para baños diarios.

En cuanto a las decenas de miles de especies adicionales de hongos que hemos detectado en las viviendas humanas, cada una de ellas con una historia tan elaborada como la del Stachybotrys chartarum, deberían estudiarse. Usted está respirando en este instante esas especies casi desconocidas. Sabemos tan poco sobre miles de ellas que ni tan siquiera tienen nombre asignado. Tal vez sea usted una de las personas que les ponga nombre. Es normal que mostremos escepticismo ante la afirmación de que miles de especies que nos rodean aún no tienen nombre, pero es así. En cierta medida, eso revela la inmensidad de nuestra ignorancia sobre la Tierra en general. No solo acabamos de empezar a explorar el planeta, sino que, además, aún no le hemos puesto nombre a la mayoría de la vida que alberga. En el caso de las bacterias, ni tan siquiera hemos empezado a arañar la superficie. En el de los hongos, tal vez hayamos llegado a nombrar un tercio y hayamos alcanzado un porcentaje mucho menor aún en la terminación del paso siguiente: el estudio de los detalles de la biología de cada especie. Con los insectos quizá hayamos hecho la mitad, con suerte. Pero que en las casas interviene otro factor específico. Solemos estudiar las especies que sabemos que entrañan algún peligro para el ser humano, pero no hay ni un solo proyecto destinado a la investigación del resto de organismos. Podrían estudiarlos biólogos aún no especializados, pero sucede que, puestos a elegir, estos biólogos casi siempre prefieren salir a recorrer las sendas de los bosques o explorar lugares remotos (como estaciones de campo de Costa Rica). Tenemos puesta una venda que nos impide ver la vida natural inocua y más cercana, una realidad que descubrí con una claridad meridiana hace poco, cuando preguntamos a la población general qué formas de vida residen en sus sótanos.
Estudios recientes han revelado que la estructura física del cuerpo de algunos de los insectos habituales en los patios o jardines de las casas, cuando no en su interior, pueden perjudicar o favorecer a especies específicas de bacterias. Tanto las cigarras como las libélulas cuentan con cuchillas diminutas en las alas que cortan las bacterias en cubitos. Estas estructuras se están replicando ahora en materiales de construcción con la idea de volverlos antimicrobianos por un método frente al cual no es posible que las bacterias desarrollen resistencia (es difícil desarrollar resistencia a una navaja diminuta). Nos preguntamos si podríamos intentar lo contrario, es decir, estudiar artrópodos para conseguir superficies que favorezcan y alojen bacterias beneficiosas. Muchas hormigas parecen lograr justo eso en su exoesqueleto. Inspirados por ellas, imaginamos la creación de un traje probiótico. Hemos logrado algunos progresos, pero aún no lo hemos conseguido.
Aun después de reflexionar sobre el valor que tienen las especies de nuestros hogares, aun después de saber que la cerveza y el vino existen gracias a los insectos, si al oír hablar sobre la cantidad de tipos de artrópodos que viven en las casas lo primero que se le viene a la cabeza es cómo acabar con ellos, sepa usted que no es la única persona. Tutankamón fue enterrado con un matamoscas, lo que apunta a que sus súbditos estaban convencidos de que entre todo lo que hubiera en la otra vida, aparte de los lujos y placeres, también habría inevitablemente moscas domésticas. Los egipcios de la Antigüedad vivos también usaban matamoscas y plantas a modo de pesticidas. Culturas de todo el mundo han encontrado maneras de combatir los artrópodos de sus viviendas. Se han ganado batallas importantes, sobre todo contra algunas de las especies que en la actualidad causan problemas graves. La recogida de basuras y la conducción de aguas residuales fuera de las viviendas han reducido la abundancia de especies amantes de los residuos. Las mosquiteras ayudan a contener especies que son vectores de la malaria y, con ello, salvan vidas. Aun así, la guerra más grande se ha revelado desigual y colmada de consecuencias involuntarias, en buena medida porque se ha comprobado que las especies que más nos empeñamos en aniquilar son capaces de evolucionar con gran rapidez.

En la medida de nuestras capacidades para controlar la vida animal dentro de nuestras casas, tendemos a actuar para librarnos de ella, como en el caso de las cucarachas rubias o alemanas. Pero hay una excepción, una muy importante: las mascotas. Las mascotas son buenas. Nos dan felicidad y salud. A cambio, las alimentamos. Las acariciamos. Las sacamos a pasear más que a nuestros propios hijos. En un mundo biológico repleto de ambigüedades, nuestras mascotas carecen por completo de ambigüedad, son beneficiosas de un modo inequívoco. O al menos parecen serlo hasta que empezamos a pensar en las especies que entran en los hogares a lomos de las mascotas. Cuando lo hacemos, todo se complica de repente (y de nuevo).
Cuando la mayoría de las personas piensa en mascotas, se acuerda de sus animales domésticos. Tal vez en su primer animal, o en alguno que les sirvió de ayuda para superar un mal trago.
Algunos parásitos y patógenos de los perros, como el virus de la rabia, abundan en algunas zonas (o épocas), pero son raros en la mayoría de los lugares, al menos en la actualidad. El gusano Echinococcus fue una de las especies más comunes en los perros analizados por Meredith para confeccionar su inventario y era habitual en muchas regiones, pero no tanto como los gusanos del corazón (Dirofilaria immitis).
Lo cierto es que en realidad aún no sabemos cuáles son las consecuencias generales de meter un perro o un gato en casa, y mucho menos un hurón, una cobaya o una tortuga. Y si nos cuesta tanto averiguar si los perros y los gatos nos mejoran la salud, imagine lo difícil que es, por tanto, saber cuáles de los cientos de miles de especies bacterianas que encontramos a veces en las casas o en el cuerpo son las deseables. Pero esto no ha impedido que la gente lo intente aclarar. De hecho, en cierto momento de la década de 1960 pareció que los médicos no tardarían en plantar jardines de bacterias en el cuerpo de los bebés por todo Estados Unidos, y tal vez también en los hospitales y las casas. Y luego lo hicieron.

La mayor lección para mí. Las especies que habitan en las casas son una medida de la vida que llevamos. Las primeras pinturas rupestres de nuestros ancestros documentaron las especies que ellos veían, acechaban y temían. El polvo de las paredes, a su vez, documenta las especies con las que nos levantamos cada día. Es una medida de las especies a las que estamos expuestos o no. Es una medida de cómo pasamos nuestros momentos. Yo sé lo que quiero que el polvo de mi casa revele sobre mí: que llevo una vida inmersa en biodiversidad, una vida en la que paso tanto tiempo al aire libre con mi familia como en espacios interiores, una vida expuesta a la grandeza y los servicios de la biodiversidad, una vida en la que las especies que me rodean a diario me transmiten la misma sensación de asombro que experimentó el primer microbiólogo, Antoni van Leeuwenhoek. Leeuwenhoek se despertaba cada mañana en su casa convencido de que la mayoría de la vida es benigna o beneficiosa, y de que la mayoría de la vida, con independencia de dónde te encuentres, sigue esperando a que alguien la estudie. Leeuwenhoek vivió en una época en que empezaba a estudiarse la biodiversidad que hay a nuestro alrededor. Nosotros también.

—————–

This book is about the creatures living inside our homes–from microbes, fungi, insects, to pets and what pets bring into our home. Some topics I have read before, such as the hygiene hypothesis, our losing battle of killing bacteria with antibiotics, and the recently revived treatment of using probiotics to prevent bacteria infection.
A lot of topics are new to me. For example, why the International Space Station smells like rotten apple and armpit? Both the study of mycobacteria in the showerheads and its association with the nontuberculous mycobacterial (NTM) lung infections, and the study of the stachybotrys chartarum (black mold) in the manufactured drywall are worth to know. The author says that the use of disinfectants (chlorine and chloramine) increases the possibility of mycobacteria in shower heads.
The evolution of multi-pesticide-resistant cockroaches is shocking, but, the good news is since these creatures are fine-tuned to the life in our homes, when we are gone, they will be gone too.
My favorite chapter is chapter 6 – seeing nature outside the lens of «usefulness» in human consumption.
The author is a big advocate of biodiversity, even in our home. He argues that we should employ natural predators (such as certain types of spiders and wasps), instead of pesticide, to control pests (such as cockroaches).
A mind-altering parasite, toxoplasma gondii, found in cat faeces, when invades the brain, may cause personality changes associated with risk-taking in animals and in humans. This has successfully unpersuaded me of getting a cat.
The author mentioned in a single sentence that fungi degrade plastic. Without any explanation, the claim is very misleading.
Antonie van Leeuwenhoek did make his own microscope. His unique microscopes enabled him to make discoveries, unlike what the author claimed.

The human being has become, or is becoming, Homo interiorum, human within. Now we live in a world delimited by the walls of our homes, more connected with corridors and other buildings than with the outside. Taking into account this transformation, perhaps we should consider a priority to know what species live with us inside the house and how they affect our well-being.

When Leeuwenhoek began looking through his self-made microscope, other scientists had already used similar instruments to learn new details about the creatures that reside in human dwellings. These scientists, including Hooke, discovered hitherto unsuspected patterns in the interstices of life, patterns that suggested a whole world beyond what was known. The leg of a flea, the eye of a fly, and the elongated spore sacs (sporangia) of the Mucor fungus that proliferated on the cover of a book Hooke kept at home: all these revealed minute details that had never been observed, nor had even imagined. Today we can examine the same species using the same magnifications, but the current experience is very different from what it would be in the 17th century.
Leeuwenhoek’s work has been questioned at times, both throughout history and today, on the grounds that he did nothing more than use a new instrument to study what was around him, what served him well. to reveal unknown worlds. According to this reasoning, all the credit goes to the microscope and the lenses used. The reality is more complex than that.
Leeuwenhoek was more capable of observing that world in all its grandeur than anyone else. But to do this he did a job that others considered insurmountable difficulty. So while the members of the Royal Society came to gaze at the world Leeuwenhoek had discovered, they were not able to pursue its study in any real seriousness. After checking the microbe observations, Hooke continued to scrutinize microscopic life through his own instruments for about six months. But then he left it. Hooke and other scientists left the new world to Leeuwenhoek, who would become a miniature astronaut exploring in complete solitude a universe much more diverse and complex than anyone but him seemed to understand.
When Leeuwenhoek began looking through his self-made microscope, other scientists had already used similar instruments to learn new details about the creatures that reside in human dwellings. These scientists, including Hooke, discovered hitherto unsuspected patterns in the interstices of life, patterns that suggested a whole world beyond what was known. The leg of a flea, the eye of a fly, and the elongated spore sacs (sporangia) of the Mucor fungus that proliferated on the cover of a book Hooke kept at home: all these revealed minute details that had never been observed, nor had even imagined. Today we can examine the same species using the same magnifications, but the current experience is very different from what it would be in the 17th century.

Thanks in large part to the Thermus aquaticus organisms, today it is possible to take a sample and process it following a protocol (pipeline) to identify which species it contains, living and dead. This can be done without ever having seen or cultivated any of the species in the sample and allows for the identification of life in the soil, in seawater, clouds, faeces and any other medium. Now we can identify cultivable species, but also the many species that we still do not know how to cultivate.
In the houses we find almost eight thousand types of bacteria, almost as many species of bacteria as the number of species of birds and mammals in all of America. Among them we not only detect well-known species of the human body, but also many other forms of life, some very rare. We lift the metaphorical leaves of fifty houses and below them we find a whole jungle. Many of the species did not match anything known to science until then.

Disease-causing biofilm bacteria are species of the genus Mycobacterium. Mycobacteria differ from most other pathogens in that they spread through water, such as the bacterium Vibrio cholerae. The usual habitat of the Mycobacterium species detected in tap water is not the human body, but the pipes themselves. These pipe-loving mycobacteria («tuberiophiles») are generally not pathogenic. They only become problematic when by accident (from the point of view of their own well-being) they enter our lungs. In this way, mycobacteria and several pathogens more associated with newly created habitats in human homes (such as Legionella bacteria) pose a very different challenge to those we usually encounter when talking about pathogens, a challenge related to the way of building our own homes. houses and cities.
The Mycobacterium species housed in shower heads are often referred to as NTM (Non-Tuberculous Mycobacteria). As can be inferred, this means that there are other species of mycobacteria that are tuberculous, Mycobacterium tuberculosis and other related species. The worst monsters in history have always been imagined as beings with bad breath and many arms that must be defeated with a shield and a long sword, like, for example, the beasts of the Viking sagas. But the true demons of the past were much more like Mycobacterium tuberculosis. This organism inaccessible to sight only manifested itself through its consequences, which were horrible deaths.
Mycobacterium tuberculosis is the cause of tuberculosis in humans, a disease that killed one in five adults between the 1600s and 1800s in Europe and North America. This bacterium seems to have long been associated with humans and with our extinct relatives and ancestors.
For now, the risk of infections due to nontuberculous mycobacteria is only high in immunosuppressed people, with unusual lung morphology or suffering from cystic fibrosis.
As for the most immediate past, our human past, the bath itself, in water, is something very recent and more disparate between cultures and times than one might think at first. The habit of bathing is one of those features of human culture that show that history does not always tend towards progress, at least not towards what we usually consider as such: progress as the progressive advance of past societies towards ways of life increasingly similar to the current one. The Mesopotamians were not great bathers, nor were the Egyptians. The Indus Valley peoples had a central «great bathtub,» but it is not known for sure what use they put it to. Perhaps it was used for daily baths.

As for the tens of thousands of additional species of fungi that we have detected in human dwellings, each with a history as elaborate as Stachybotrys chartarum, they should be studied. You are breathing in these almost unknown species right now. We know so little about thousands of them that they don’t even have a name assigned. Maybe you are one of the people who names them. It is normal for us to be skeptical of the claim that thousands of species that surround us still have no names, but they do. To some extent, that reveals the vastness of our ignorance about Earth in general. Not only have we just started exploring the planet, but we have yet to name most of the life it harbors. In the case of bacteria, we haven’t even started to scratch the surface. In that of fungi, perhaps we have named a third and we have reached an even smaller percentage in the completion of the next step: the study of the details of the biology of each species. With the insects we may have done half, hopefully. But that in the houses another specific factor intervenes. We usually study the species that we know pose some danger to humans, but there is not a single project aimed at researching other organisms. They could be studied by biologists not yet specialized, but it happens that, given their choice, these biologists almost always prefer to go out to walk the trails of the forests or explore remote places (such as field stations in Costa Rica). We have a blindfold on that prevents us from seeing the innocuous and closer natural life, a reality that I discovered with crystal clarity recently, when we asked the general population what forms of life reside in their basements.

Disease-causing biofilm bacteria are species of the genus Mycobacterium. Mycobacteria differ from most other pathogens in that they spread through water, such as the bacterium Vibrio cholerae. The usual habitat of the Mycobacterium species detected in tap water is not the human body, but the pipes themselves. These pipe-loving mycobacteria («tuberiophiles») are generally not pathogenic. They only become problematic when by accident (from the point of view of their own well-being) they enter our lungs. In this way, mycobacteria and several pathogens more associated with newly created habitats in human homes (such as Legionella bacteria) pose a very different challenge to those we usually encounter when talking about pathogens, a challenge related to the way of building our own homes. houses and cities.
The Mycobacterium species housed in shower heads are often referred to as NTM (Non-Tuberculous Mycobacteria). As can be inferred, this means that there are other species of mycobacteria that are tuberculous, Mycobacterium tuberculosis and other related species. The worst monsters in history have always been imagined as beings with bad breath and many arms that must be defeated with a shield and a long sword, like, for example, the beasts of the Viking sagas. But the true demons of the past were much more like Mycobacterium tuberculosis. This organism inaccessible to sight only manifested itself through its consequences, which were horrible deaths.
Mycobacterium tuberculosis is the cause of tuberculosis in humans, a disease that killed one in five adults between the 1600s and 1800s in Europe and North America. This bacterium seems to have long been associated with humans and with our extinct relatives and ancestors.
For now, the risk of infections due to nontuberculous mycobacteria is only high in immunosuppressed people, with unusual lung morphology or suffering from cystic fibrosis.
As for the most immediate past, our human past, the bath itself, in water, is something very recent and more disparate between cultures and times than one might think at first. The habit of bathing is one of those features of human culture that show that history does not always tend towards progress, at least not towards what we usually consider as such: progress as the progressive advance of past societies towards ways of life increasingly similar to the current one. The Mesopotamians were not great bathers, nor were the Egyptians. The Indus Valley peoples had a central «great bathtub,» but it is not known for sure what use they put it to. Perhaps it was used for daily baths.

As for the tens of thousands of additional species of fungi that we have detected in human dwellings, each with a history as elaborate as Stachybotrys chartarum, they should be studied. You are breathing in these almost unknown species right now. We know so little about thousands of them that they don’t even have a name assigned. Maybe you are one of the people who names them. It is normal for us to be skeptical of the claim that thousands of species that surround us still have no names, but they do. To some extent, that reveals the vastness of our ignorance about Earth in general. Not only have we just started exploring the planet, but we have yet to name most of the life it harbors. In the case of bacteria, we haven’t even started to scratch the surface. In that of fungi, perhaps we have named a third and we have reached an even smaller percentage in the completion of the next step: the study of the details of the biology of each species. With the insects we may have done half, hopefully. But that in the houses another specific factor intervenes. We usually study the species that we know pose some danger to humans, but there is not a single project aimed at researching other organisms. They could be studied by biologists not yet specialized, but it happens that, given their choice, these biologists almost always prefer to go out to walk the trails of the forests or explore remote places (such as field stations in Costa Rica). We have a blindfold on that prevents us from seeing the innocuous and closer natural life, a reality that I discovered with crystal clarity recently, when we asked the general population what forms of life reside in their basements.
Recent studies have revealed that the physical structure of the body of some of the common insects in the patios or gardens of the houses, if not inside, can harm or favor specific species of bacteria. Both cicadas and dragonflies have tiny blades on their wings that cut bacteria into cubes. These structures are now being replicated in building materials with the idea of making them antimicrobial by a method against which it is not possible for bacteria to develop resistance (it is difficult to develop resistance to a tiny razor). We wonder if we could try the opposite, that is, study arthropods to obtain surfaces that favor and host beneficial bacteria. Many ants seem to achieve just that on their exoskeleton. Inspired by them, we envisioned the creation of a probiotic suit. We have made some progress, but we have not made it yet.
Even after reflecting on the value of the species in our homes, even after knowing that beer and wine exist thanks to insects, if when hearing about the number of types of arthropods that live in houses, the first thing that It comes to mind is how to end them, you know that you are not the only person. Tutankhamun was buried with a fly swatter, which suggests that his subjects were convinced that among everything in the afterlife, apart from luxuries and pleasures, there would inevitably be house flies as well. Living ancient Egyptians also used fly swatters and plants as pesticides. Cultures around the world have found ways to combat arthropods in their homes. Important battles have been won, especially against some of the species that are currently causing serious problems. The collection of rubbish and the conduction of sewage out of the houses has reduced the abundance of species loving waste. Mosquito nets help contain species that are vectors of malaria and thereby save lives. Even so, the greatest war has proven uneven and fraught with unintended consequences, largely because the species we strive to kill most have been shown to evolve very quickly.

To the best of our abilities to control animal life within our homes, we tend to act to rid ourselves of it, as in the case of blonde or German cockroaches. But there is an exception, a very important one: pets. Pets are good. They give us happiness and health. In return, we feed them. We caress them. We take them out for walks more than our own children. In a biological world full of ambiguities, our pets are completely unambiguous, they are beneficial in an unequivocal way. Or at least they seem to be until we start thinking about the species that enter homes on the back of pets. When we do, everything suddenly gets complicated (and again).
When most people think of pets, they think of their pets. Perhaps in their first animal, or in one that helped them to overcome a bad drink.
Some parasites and pathogens of dogs, such as the rabies virus, are abundant in some areas (or times), but are rare in most places, at least today. The Echinococcus worm was one of the most common species in the dogs Meredith analyzed for her inventory and was common in many regions, but not as common as heartworms (Dirofilaria immitis).
The truth is that we still do not really know what the general consequences of bringing a dog or cat into the house are, much less a ferret, a guinea pig or a turtle. And if it is so difficult for us to find out if cats and dogs improve our health, imagine how difficult it is, therefore, to know which of the hundreds of thousands of bacterial species that we sometimes find in homes or in the body are the desirable ones. . But this hasn’t stopped people from trying to clarify. In fact, at one point in the 1960s it seemed that doctors would soon be planting gardens of bacteria on the bodies of babies all over the United States, and perhaps in hospitals and homes as well. And then they did.

The biggest lesson for me. The species that inhabit the houses are a measure of the life we lead. The earliest cave paintings of our ancestors documented the species that they saw, stalked, and feared. The dust on the walls, in turn, documents the species we wake up with each day. It is a measure of the species to which we are exposed or not. It is a measure of how we spend our moments. I know what I want the dust in my house to reveal about me: that I lead a life immersed in biodiversity, a life in which I spend as much time outdoors with my family as indoors, a life exposed to greatness and biodiversity services, a life in which the species that surround me every day give me the same sense of wonder experienced by the first microbiologist, Antoni van Leeuwenhoek. Leeuwenhoek would wake up each morning at home convinced that most life is benign or beneficial, and that most life, no matter where you are, is still waiting for someone to study it. Leeuwenhoek lived at a time when the biodiversity around us was beginning to be studied. We also.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.