Mi Marido Y Yo: Toda La Verdad Del Matrimonio De Isabel II Con Felipe De Edimburgo — Ingrid Seward / My Husband and I: The Inside Story of 70 Years of the Royal Marriage by Ingrid Seward

Durante los últimos setenta años, el príncipe Felipe, el más competitivo de los hombres, ha tenido que caminar dos pasos por detrás de su mujer en público. Podría haber sido un papel imposible para un hombre de su carácter, pero afortunadamente la reina es una de esas tradicionales que cree que un hombre ha de ser el señor de su casa. Siempre ha reconocido lo difícil que es, para alguien tan obsesionado con su imagen masculina como su marido, estar casado con una esposa que en todo momento tiene preferencia sobre él. Si el compromiso es el ingrediente esencial del matrimonio, este ha sido especialmente vital para la reina y el príncipe Felipe. El suyo es un mundo sorprendentemente pequeño del que no hay escapatoria.
El septuagenario matrimonio de Isabel y Felipe ha sobrevivido a algunas de las épocas más turbulentas de la historia de Gran Bretaña. Desde los oscuros tiempos de la posguerra a los igualmente sombríos de la época del terrorismo que ahora vivimos, la reina y el príncipe Felipe lo han visto todo. Presenciaron llenos de tristeza cómo el matrimonio de no uno sino tres de sus hijos acababa en divorcio, pero han vivido lo suficiente para ver cómo todos ellos seguían adelante. Han disfrutado de bastante salud como para ver crecer a muchos de sus nietos y pueden comenzar el mismo proceso ahora con sus bisnietos.

Interesante, aunque bastante ligera, biografía de los setenta años de matrimonio de la reina y el príncipe Felipe. No hay mucho material nuevo, pero Ingrid Seward entra en detalles absorbentes sobre la crianza de los hijos de la pareja real, los cuatro, en lugar de solo centrarse en la difícil relación entre el príncipe Carlos y sus padres. Sin embargo, Seward no descuida al heredero y los capítulos sobre su matrimonio condenado con Lady Diana Spencer, y el intento del príncipe Felipe de consejería matrimonial, también se encuentran entre los más fascinantes del libro.
Una buena descripción general de los principales temas de la vida de la reina Isabel II y el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, incluidos sus intereses, la paternidad y la vida social. Sin embargo, para los lectores que han leído otros libros sobre la familia real, hay poco material nuevo y mucha repetición. La especulación sobre la vida personal del príncipe Felipe ya se ha examinado en detalle en el libro de Gyles Brandreth, Philip and Elizabeth. Las dificultades de la infancia del príncipe Carlos recibieron una gran atención en las biografías de Carlos de Jonathan Dimbleby y Sally Bedell Smith. El libro también dedica más de un capítulo a la muerte de Diana, Princesa de Gales, otro tema que ha sido objeto de muchos otros libros. Una narrativa muy conocida, publicada en honor al 70 aniversario de bodas de la Reina.

Cincuenta y cinco micrófonos de la BBC permitieron a los oyentes de todo el planeta compartir la emoción. Los periodistas situados a lo largo del recorrido y en el exterior de la abadía narraron la llegada de los invitados y, desde su posición sobre el Victoria Memorial, Frank Gillard describió la salida de la novia de su hogar junto a su padre, el rey. Más adelante, en el Mall, Audrey Russell, situado sobre el tejado de la Ciudadela del Almirantazgo, tomó el testigo de manos de Gillard. Después, cuando el carruaje Irish State Coach, en el que viajaba la princesa Isabel, siguió su camino a lo largo de todo Whitehall, la retransmisión conectó con el interior de la abadía para que Wynford Vaughan-Thomas ofreciera su impresión de la escena. Cuando terminó de realizarla, Peter Scott tomó el testigo desde el tejado de la iglesia de Santa Margarita. Anunció la llegada de la novia a la plaza del Parlamento y un momento después el prestigioso periodista Richard Dimbleby describió la llegada del carruaje a la puerta Oeste de la abadía.
Alejado de todo lo que ocurría en el interior de la abadía, el ingeniero a cargo de la retransmisión estaba sentado tras su panel de control. Desde este se controlaban veintiséis circuitos de sonido y él debía decidir cuándo pasar de uno a otro y cuándo fundir las campanas de la abadía con el sonido de la multitud vitoreando a la princesa Isabel y al teniente Mountbatten mientras salían de la abadía.
El comienzo de la luna de miel no fue nada excepcional. La prensa hizo todo lo que estuvo en sus manos para robar fotografías de los recién casados. Desde que llegaron a la estación de Romsey, los siguió durante diecisiete kilómetros hasta las verjas de la mansión de Broadlands. Los Mountbatten se encontraban en la India, controlando el proceso de independencia, y durante su ausencia las cosas no estaban funcionando del todo bien. El domingo por la mañana, cuando la pareja llegó a misa a la abadía de Romsey, los fotógrafos tenían tantas ganas de tomar una imagen de ellos que habían colocado escaleras de mano contra las paredes del templo para poder mirar a través de las ventanas de la abadía. Fue el bautismo de fuego de la pareja real, pero una vez se encontraron en Birkhall, Escocia, los dejaron solos en el lugar más romántico que se podía imaginar.
El primer año de matrimonio, al vivir en el palacio de Buckingham, no fue sencillo, pero finalmente Clarence House volvió a estar disponible.

La princesa Isabel, futura reina de Inglaterra, y el príncipe Felipe de Grecia nacieron en una época en la que era casi impensable que un miembro de ninguna de las casas reales europeas se casara con un plebeyo. Los príncipes se casaban con princesas, los miembros de casas reales se casaban con sus primos, miembros de otras casas reales. Cuando en 1840 la reina Victoria se casó con su primo, el joven príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, se formó una dinastía que emparentó los tronos de Gran Bretaña, Dinamarca, Grecia y Rusia con los grandes ducados de Prusia.
Sin embargo, no todo el mundo disfrutaba de tales privilegios. También existía el descontento social y, doce días después de que la princesa naciera, se convocó una huelga general por primera vez en la historia de Gran Bretaña. La huelga, que paralizó el país, fue precipitada por la retirada por parte del gobierno del subsidio a la industria minera y la disputa entre los empresarios del sector y los mineros sobre la propuesta de reducción de los salarios en una época en la que todo el país dependía del carbón.
Mucha gente, incluido el rey Jorge V, sentía simpatía por los mineros, debido a cómo habían sido tratados estos por sus empresarios, pero durante un tiempo el conflicto pareció representar una grave amenaza al orden público. Algunos ciudadanos aunaron esfuerzos para realizar las tareas que los huelguistas habían abandonado, como la descarga de alimentos de los barcos que llegaban a los muelles, la conducción de autobuses, etcétera. Mientras tanto, las chicas de la alta sociedad hacían de camareras para ayudar a alimentar a estos trabajadores interinos.
Fue en este mundo de malestar social y desempleo, por un lado, y de inmensos privilegios, por el otro, en el que nació la princesa.
Aunque en una ocasión el príncipe Felipe se describió a sí mismo como «un desprestigiado príncipe de los Balcanes sin méritos ni distinciones particulares», por sus venas corre sangre real por herencia tanto materna como paterna, y ambos podrían afirmar sus vínculos con la realeza desde hace generaciones. Tanto él como la princesa Isabel eran tataranietos de la reina Victoria y, como tales, primos lejanos. El padre de Felipe, el príncipe Andrés, era hijo del rey Jorge I de Grecia, un príncipe danés al que se había otorgado el trono griego. Su familia era más danesa que griega, de ser algo, aunque sería más preciso describirlo como un miembro de la gran familia de príncipes alemanes que llegarían a ocupar muchos de los tronos de Europa. Una de las hermanas del rey, Alejandra, se casó con el príncipe de Gales, más tarde rey Eduardo VII, y otra con Alejandro III, zar de Rusia. La madre de Felipe, la princesa Alicia de Battenberg, había nacido en el salón de Tapices del castillo de Windsor en presencia de su bisabuela la reina Victoria y había fallecido ochenta y cuatro años después en el castillo de Buckingham.

A los York les preocupaba muchísimo más el idilio del príncipe de Gales con Wallis Simpson. Era una relación marcada con el sello de la catástrofe; para el país, para la Corona y en especial para los propios York. El fallecimiento, el 20 de enero de 1936, de Jorge V (a manos de su médico, se ha sabido, quien lo mató inyectándole una dosis letal de cocaína para asegurarse de que el anuncio de su muerte llegara a tiempo de entrar en la edición de la mañana del Times y no en la de los menos respetables periódicos vespertinos) significó que el tío David se convirtiera en el rey Eduardo VIII. Su apego a la corona, sin embargo, fue menor que el que Wallis Simpson tenía por él y unos meses después renunciaría a sus derechos de nacimiento por «la mujer a la que amo».

En 2016, en una subasta celebrada en Chippenham Auction Rooms, Wiltshire, se vendió por más de deiciséis mil euros una carta escrita por la reina en 1947 en la que describía cómo, siendo aún una joven princesa Isabel, se había enamorado del príncipe Felipe. El precio final excedió con mucho la estimación inicial de mil cuatrocientos euros. La carta, de dos páginas, estaba dirigida a la escritora Betty Shew, que estaba recopilando información para un libro titulado Royal Wedding [Boda real] que se entregaría como recuerdo de la celebración, y la joven princesa accedió a compartir algunos detalles de su relación con su prometido, el oficial naval. La carta está manuscrita a pluma en un papel de correspondencia con membrete del castillo de Balmoral.
En ella, la princesa Isabel recuerda cómo conoció al príncipe Felipe en 1939, habla de su anillo de compromiso y su alianza de boda y de cómo la pareja bailaba en clubes nocturnos londinenses como Ciro’s y Quaglino’s.
En algún momento de las vacaciones en Balmoral, el príncipe Felipe se declaró e Isabel aceptó la propuesta. Debía ser un compromiso no oficial sin anuncio público. Iba a realizarse un viaje real a Sudáfrica a principios de 1947 y el rey no quería que la atención pública se apartara del viaje a causa del anuncio. La princesa Isabel aceptó que era su deber olvidarse de sus deseos personales hasta que la gira hubiera acabado. Jorge VI le escribiría más tarde: «Me preocupaba mucho que pensaras que estaba siendo muy severo al respecto. Tenía muchas ganas de que vinieras a Sudáfrica, como sabes. Nuestra familia, nosotros cuatro, la familia real, debe permanecer unida, aunque se unan algunos miembros en los momentos oportunos».

Casi exactamente un año después de su boda, la princesa Isabel, de 21 años, dio a luz a un varón. Sonaron las campanas de la abadía de Westminster y la unidad King’s Troop de la Real Artillería Montada disparó cuarenta y una salvas en su honor. Las fuentes de Trafalgar Square se iluminaron en azul y cerca de cuatro mil personas se acercaron al palacio de Buckingham para presenciar las entradas y salidas del equipo médico.
El nacimiento, sucedido a las 9.14 de la brumosa noche del 14 de noviembre de 1948, no había sido sencillo. El boletín oficial, sujeto a las puertas del palacio de Buckingham, anunciaba que «Su Alteza Real y su hijo se encuentran bien». Más tarde se supo que había nacido por cesárea, pero era tal la mojigatería de la época que nunca se reveló de forma oficial. Ni siquiera se les dijo a sus amigos. Tampoco se hablaba de la lactancia materna; y el embarazo, especialmente un embarazo real, era una condición que la buena sociedad fingía ignorar.
En otra muestra de los hábitos de la época, Felipe no acompañó a su mujer durante el parto.
Carlos era sorprendentemente agradable en comparación con su escandalosa hermanita («tal vez demasiado agradable», observaba la señora Parker); siempre la invitaba a jugar con él, mostrando una actitud preocupada y conciliadora hacia sus excesos. A pesar de sus riñas, los dos se llevaban razonablemente bien, debían hacerlo. Porque, al igual que su madre y la hermana de esta antes que ellos, Carlos y Ana pasaron más parte de su infancia en compañía de adultos —sirvientes, cortesanos, miembros de la familia real— que de otros niños de su edad y solo se tenían el uno al otro como compañeros de juegos. Eso parecía gustarle a Carlos, a quien le costaba relacionarse.
Pero si Ana era más que el igual de su hermano, era Carlos quien acaparaba la mayor atención, independientemente de lo que su padre pensara de sus habilidades. Había nacido para ser rey y ese era un hecho que tanto a él como a su hermana se les fue inculcando sutilmente desde que tienen recuerdo.
Un acoso de lo más cruel y, aunque esta cinta fue confiscada, a Carlos nunca dejaron de atormentarlo. Además, siempre se le recordaban las salvajes hazañas que su padre había realizado en el colegio. Sin duda, Felipe había sido «uno de los suyos», y se le recordaba con frecuencia como «un buen tipo» o «una buena sombra», tal como se decía en Gordonstoun. Para el resto de alumnos, daba la impresión de que Carlos siempre estuviera intentando estar a la altura de la gran reputación de su padre, no en mal comportamiento o en sus aventuras, sino esforzándose enérgicamente en destacar en todo lo que hacía. Lleva haciéndolo desde entonces.

Como los rumores han persistido hasta esta última época de su vida, cuando el príncipe Felipe le dijo a la princesa Diana que su díscolo comportamiento estaba destruyendo la esencia de todo aquello a lo que la reina y él habían dedicado su vida a preservar, y que sus acciones estaban también dañando el legado de sus hijos, ella decidió que iba a hacer lo imposible por descubrir sus supuestos idilios como venganza por lo que Diana veía como una deslealtad. Según ella, tras mucho trabajo de minuciosa investigación, acabó convencida de que él había tenido hijos ilegítimos, como sugerían los rumores, y de que se había ocupado financieramente de ellos a perpetuidad, si bien jamás se permitiría que su identidad saliera a la luz.
Las historias se extendieron tanto que incluso se le llegó a preguntar a él directamente al respecto. Cuando una periodista le cuestionó acerca de los rumores de sus infidelidades extramatrimoniales, Felipe dijo: «¿Alguna vez se ha parado a pensar que durante los últimos cuarenta años nunca he ido a ningún sitio sin que me acompañara un policía? ¿Cómo demonios iban a consentirme algo así?».
No hay duda que el príncipe Felipe disfruta de la compañía mujeres hermosas, preferiblemente si son años más jóvenes que él.
Con el consentimiento de ella, Felipe ha logrado abrirse paso en la vida haciendo precisamente eso. La aceptación serena por parte de ella de este hombre ha mantenido vivo el matrimonio, y dentro del hogar ella siempre se ha adherido a él. Siempre ha sido lo bastante inteligente como para apreciar su fenomenal energía y dejarle seguir con sus cosas. Él, a cambio, ha sido su mayor apoyo y siempre la ha protegido. Y, en ese momento, su relación estaba a punto de producir otra nueva llegada.

Ser parte de «la empresa» implicaba que otras convenciones debían seguir a su manera intemporal. Felipe podía haber asistido al nacimiento de Eduardo, pero no es que fuera por eso un hombre nuevo y dos días más tarde, y sin pensarlo mucho, si es que lo hizo, voló a Atenas al funeral de su primo, el rey Pablo de Grecia. Entendía que estar presente era su deber como miembro de la realeza, y que mostrar públicamente su duelo era más importante que permanecer de forma privada al pie de la cama de su mujer. Como en tantas otras ocasiones en el matrimonio real, quedó expuesto el conflicto entre las exigencias de los papeles públicos y privados, y fue el papel público el que venció. La reina, le aseguraron los médicos, se encontraba bien y estaba muy cómoda en su habitación. Disponía de una televisión y una vista de los jardines para despertarle el interés, y estaba bien atendida, al igual que su hijo, por el personal de palacio.
En el momento en que nació Eduardo, toda la maquinaria educativa de la casa real se puso en funcionamiento. La reina pasaba más tiempo con él de lo que nunca lo hizo con otro.
Felipe fue, el miembro más comprensivo dentro de la familia real. Más mundano que su mujer, podía analizar el problema de un modo racional, objetivo, mientras la reina solo lo veía en relación con los deberes de la familia y la reputación de la casa real, lo que según su lógica era lo mismo. Adam Wise, el secretario particular del príncipe Eduardo en esa época, recordaba: «La primera persona a la que acudió cuando acabó harto de los infantes de marina fue el príncipe Felipe, que se mostró extremadamente comprensivo sobre el tema. Era muy razonable y le aconsejó con sensatez —y añadió—: El príncipe Felipe no se puso a pontificar en absoluto y no se enfadó por el hecho de que su hijo abandonara el Cuerpo de los Reales Infantes de Marina del que él era capitán general».
Felipe y Andrés nunca habían estado muy unidos y el padre con frecuencia no podía resistirse a echarle una reprimenda a su hijo mediano cuando surgía la oportunidad. Sin embargo, en aquella primera época se llevaba bien con Sarah, aunque eso iba a cambiar pronto cuando el matrimonio empezara a encontrar dificultades, algo que ocurrió poco después de que naciera su segunda hija, la princesa Eugenia, el 23 de marzo de 1990. En marzo de 1992 anunciaron su separación y de repente la actitud del duque de Edimburgo cambió. Poco sentimental y nada apasionado, tan solo habló mal de una de las parejas de sus hijos y esa fue Sarah.
Al final, ni siquiera podía estar en la misma sala que ella, y cuando esta entraba por una puerta, él salía por otra. Cuando la pareja finalmente se divorció en 1996, él se negó a que Sarah entrara en ninguna de las residencias reales si él se encontraba allí, norma que se mantiene aún hoy día. Felipe sencillamente sentía que ella había fallado a la reina y a la institución de la monarquía con su comportamiento indulgente y no estaba dispuesto a tolerárselo. Sin embargo, Andrés no solo escogió no volver a casarse, sino que continúa manteniendo una buena relación con su exmujer, a pesar de que la reina y Felipe lo desaprueben.

La respuesta de la reina era escuchar lo que tenían que decir los miembros de la generación más joven, y en aquella época tenía mucho que escuchar: los relatos llorosos de Diana sobre el estado de su matrimonio; el horror de la princesa Ana ante el hecho de que las cartas de amor dirigidas a ella hubieran sido robadas y se ofrecieran en venta; la desesperación de Carlos con Diana y su reencuentro con Camilla Parker Bowles. La reina, consciente de la imagen completa, hizo lo que siempre hacía y aconsejó paciencia. Le dijo a Diana lo que le aconsejaba a sus hijos: «Espera a ver qué ocurre».
Estaba a punto de enterarse de que las cosas podían empeorar mucho.

En esta tranquila intimidad, la reina fue capaz de recalcarle a Guillermo la importancia que tenía el hecho de que la institución de la monarquía fuera mantenida y respetada, y que merecía la pena conservarla. Era su derecho de nacimiento, después de todo, al igual que había sido el de ella. Muchos años después, Guillermo admitió que ambos estuvieron de acuerdo en que «compartían la idea de lo que era necesario». Pero todo esto sucedió porque, una vez más, el duque de Edimburgo había intervenido para sacarlos del apuro.
Diana había llegado a sentir auténtica aversión por el príncipe Felipe —y él por ella—, pero el príncipe Guillermo adoraba al anciano. Felipe, a su vez, le tenía un inmenso cariño a su nieto. Le había enseñado a disparar, y a Guillermo no había nada que le gustara más que pasar días con su abuelo en los campos de Sandringham o cazando patos en el estuario del Wash. Al igual que el fútbol o el críquet en otras familias, la caza y la pesca eran el interés común que pasaba de una generación a otra y las unía. Ahora Guillermo quería a su abuelo a su lado en lo que iba a resultar el compromiso público más angustioso que tendría que sufrir el joven. Felipe accedió de inmediato y cuando el cortejo avanzó pesadamente bajo el Arco del Almirantazgo, fue él quien le puso un reconfortante brazo sobre el hombro de Guillermo.
Sin embargo, la familia real no regresó al santuario de su pedestal. La puerta al pasado se había cerrado de golpe. Como había dicho la reina, «debían extraerse lecciones» de la vida de Diana y, antes de nada y sobre todo, de las reacciones a su muerte. El sistema monárquico había sido puesto a prueba y se le habían encontrado profundas deficiencias. Era fundamental realizar cambios si la monarquía quería llegar al siguiente milenio. Y la pareja que había dirigido la familia durante tanto tiempo sabía que debía cambiar con ella, pero también que se encontraría cómoda manteniendo los patrones del pasado.

Por muy unidos que se sientan como pareja y por mucho que se ayuden en sus compromisos sociales el uno al otro, llegará el día en el que uno de los dos tenga que seguir adelante solo.

La reina tiene opiniones y puntos de vista muy bien informados sobre muchos de sus obispos y le gustan aquellos que le hacen reír, son sinceros e inteligentes. Encontraba a George Carey demasiado moralista y le disgustaba la forma en la que criticaba el comportamiento de sus hijos. Podría haber compartido su opinión, pero pensaba que el cristianismo tenía tanto que ver con el perdón como con la moralidad. Le gusta mucho el actual arzobispo de Canterbury, Justin Welby, cuya directora de comunicación, Ailsa Anderson, era la antigua secretaria de prensa de la casa real.
Su situación en Escocia es ligeramente diferente, ya que allí la reina jura defender la constitución de la Iglesia de Escocia (una Iglesia presbiteriana nacional), pero no tiene posición de liderazgo en ella. Sin embargo, ella nombra al alto comisionado a la Asamblea General de la Iglesia de Escocia su representante personal, con un rito ceremonial. Ocasionalmente, la reina ha desempeñado ese papel en personal, como cuando abrió la Asamblea General en 1977 y 2002 (los años de su jubileo de plata y oro).
La relación de la reina con la Iglesia de Inglaterra quedó simbolizada en su coronación en 1953 cuando Su Majestad fue ungida por el arzobispo de Canterbury, Geoffrey Fisher. Él le preguntó: «¿Hará todo lo posible para mantener las leyes de Dios y la verdadera profesión del Evangelio? ¿Hará todo lo posible para mantener en el Reino Unido la religión protestante reformada establecida por la ley? ¿Mantendrá y preservará de forma inviolable el establecimiento de la Iglesia de Inglaterra, así como su doctrina, culto, disciplina y gobierno, como establece la ley en Inglaterra? ¿Y preservará a los obispos y clero de Inglaterra, y a las iglesias allí comprometidas con esa fe, todos esos derechos y privilegios, como por ley les corresponde a ellos o alguno de ellos?». A lo que la reina respondió: «Todo eso juro hacer».
La fe del príncipe Felipe es algo que no ha dejado de aumentar, en comparación con la actitud que demostraba a principios de los años sesenta.
Ahora que tanto la reina como el príncipe Felipe son ya nonagenarios, la fe sigue desempeñando un papel central en su vida. Para la reina, su fe es fundamental. «Para ella, no se trata de un deber, es más bien una parte de los fundamentos de su vida —reconocía un antiguo capellán de Windsor—. Le encantan los maitines, y la palabra del Libro de Oraciones tiene auténtico significado para ella». Para la mente inquieta del príncipe Felipe, la religión ha planteado muchas preguntas…

En la familia real, muchas cosas han permanecido inalterables a lo largo de los años. Pasan los fines de semana en Windsor, las Navidades en Sandringham con sus cacerías de faisanes y perdices y las vacaciones de verano en Balmoral, cazando urogallos y ciervos. En el palacio de Buckingham los lacayos siguen esperando detrás de cada puerta por si hace falta abrírsela a un miembro de la familia real, si bien las pelucas empolvadas y los bombachos han sido sustituidos por uniformes de estilo militar. Sigue siendo un mundo en el que los sirvientes deben hacer una reverencia ante sus reales patrones, donde las sábanas de la cama continúan girándose con la ayuda de una vara de medir y donde aún se utilizan reglas para alinear los puestos de los comensales en las mesas.
Tal vez se aproximen cambios…
La reina es el núcleo del vínculo que ha mantenido unida su relación durante setenta años. Desde el momento en el que vio a Felipe con su uniforme naval en Dartmouth cuando ella era adolescente, la princesa Isabel solo tuvo ojos para él y convenció a su padre, el rey, para que le permitiera casarse con él a la tierna edad de veintiún años. Ella nunca se ha apartado de su decidida dedicación al deber, que prometió en el discurso de su vigésimo primer cumpleaños ante la Commonwealth al decir: «Declaro ante todos ustedes que toda mi vida, sea larga o corta, estará dedicada al servicio». Para mantener este solemne voto se ha apoyado en sus profundas creencias religiosas. Todos los años en su discurso navideño atrae la atención a las enseñanzas de Cristo y su importancia en la vida.
Su sentido del humor, sus «meteduras de pata» y cosas así también han sido un factor importante en su relación con la reina. La hacía reír. En la primera época, la reina, joven y tímida, se quedaba paralizada delante de las cámaras de televisión. Felipe reducía la tensión con algún comentario gracioso que hacía sonreír a la reina. Cuando siempre estás bajo los focos, y la reina lo ha estado durante casi toda su vida, esto cambia mucho las cosas.
Sus logros son numerosos, aunque ninguno más que el Premio Duque de Edimburgo, que han ayudado a millones de jóvenes de todo el mundo y siguen haciéndolo.

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For the past seventy years, Prince Philip, the most competitive of men, has had to walk two steps behind his wife in public. It could have been an impossible role for a man of her character, but fortunately the queen is one of those traditional ones who believes that a man should be the lord of her house. She has always recognized how difficult it is, for someone as obsessed with her masculine image as her husband, to be married to a wife who always takes precedence over him. If commitment is the essential ingredient of marriage, it has been especially vital for the Queen and Prince Philip. Theirs is a surprisingly small world from which there is no escape.
The seventy-year-old marriage of Elizabeth and Philip has survived some of the most turbulent times in British history. From the dark postwar times to the equally bleak times of terrorism that we now live in, the Queen and Prince Philip have seen it all. They watched sadly as the marriage of not one but three of their children ended in divorce, but they have lived long enough to see how they all moved on. They have been healthy enough to see many of their grandchildren grow up, and they can begin the same process now with their great-grandchildren.

Interesting, though fairly light, biography of the Queen and Prince Philip’s seventy year marriage. Not a lot of new material but Ingrid Seward does go into absorbing detail on the upbringing of the royal couple’s children, all four of them, rather than just focus on the difficult relationship between Prince Charles and his parents. Seward does not neglect the heir however and the chapters on his doomed marriage to Lady Diana Spencer, and Prince Philip’s attempt at marriage counselling, were also amongst the most fascinating in the book.
A good overview of major themes in the lives of Queen Elizabeth II and Prince Philip, Duke of Edinburgh including their interests, parenting and social lives. For readers who have read other books about the royal family, however, there is little new material and a lot of repetition. The speculation concerning Prince Philip’s personal life has already been examined in detail in Gyles Brandreth’s book, Philip and Elizabeth. Prince Charles’s childhood difficulties received extensive attention in biographies of Charles by Jonathan Dimbleby and Sally Bedell Smith. The book also devotes more than one chapter to the death of Diana, Princess of Wales, another topic that has been the subject of numerous other books. A well known narrative, published in honour of the Queen’s 70th wedding anniversary.

Fifty-five BBC microphones allowed listeners across the globe to share in the excitement. Journalists located along the path and outside the abbey narrated the arrival of the guests and, from his position on the Victoria Memorial, Frank Gillard described the departure of the bride from her home with her father, the king. Later, on the Mall, Audrey Russell, perched on the roof of the Admiralty Citadel, took the baton from Gillard. Later, as the Irish State Coach carriage, in which the Princess Elizabeth was riding, continued its way throughout Whitehall, the broadcast connected to the interior of the abbey for Wynford Vaughan-Thomas to give his impression of the scene. When he finished performing it, Peter Scott took the baton from the roof of the church of Santa Margarita. He announced the arrival of the bride in Parliament Square and a moment later the prestigious journalist Richard Dimbleby described the arrival of the carriage at the west gate of the abbey.
Away from everything that was going on inside the abbey, the engineer in charge of the broadcast was sitting behind his control panel. Twenty-six sound circuits were controlled from this, and he had to decide when to switch from one to the other and when to melt the abbey bells with the sound of the crowd cheering Princess Elizabeth and Lieutenant Mountbatten as they exited the abbey.
The beginning of the honeymoon was nothing exceptional. The press did everything in their power to steal photos of the newlyweds. From the time they reached Romsey station, he followed them for ten miles to the gates of the Broadlands mansion. The Mountbattens were in India, controlling the independence process, and during their absence things weren’t working quite right. When the couple arrived at Romsey Abbey for mass on Sunday morning, the photographers were so keen to take a picture of them that they had placed ladders against the temple walls so they could look through the windows of the temple. abbey. It was the royal couple’s baptism of fire, but once they met in Birkhall, Scotland, they were left alone in the most romantic setting imaginable.
The first year of marriage, living in Buckingham Palace, was not easy, but finally Clarence House was available again.

Princess Elizabeth, the future Queen of England, and Prince Philip of Greece were born at a time when it was almost unthinkable for a member of any of the European royal houses to marry a commoner. Princes married princesses, members of royal houses married their cousins, members of other royal houses. When Queen Victoria married her cousin, the young Prince Albert of Saxe-Coburg-Gotha in 1840, a dynasty was formed that related the thrones of Great Britain, Denmark, Greece, and Russia to the Grand Duchies of Prussia.
However, not everyone enjoyed such privileges. There was also social unrest and, twelve days after the princess was born, a general strike was called for the first time in the history of Britain. The strike, which paralyzed the country, was precipitated by the withdrawal by the government of the subsidy to the mining industry and the dispute between the businessmen of the sector and the miners over the proposed reduction of wages at a time when the entire country depended on coal.
Many people, including King George V, sympathized with the miners because of how they had been treated by their employers, but for a time the conflict appeared to pose a serious threat to public order. Some citizens joined forces to carry out the tasks that the strikers had abandoned, such as unloading food from the boats arriving at the docks, driving buses, and so on. Meanwhile, high-society girls served as waitresses to help feed these temporary workers.
It was in this world of social unrest and unemployment, on the one hand, and of immense privilege, on the other, that the princess was born.
Although Prince Philip once described himself as «a discredited prince of the Balkans with no particular merits or distinctions,» royal blood runs through his veins through both maternal and paternal inheritance, and both could affirm their ties to royalty since generations ago. He and Princess Elizabeth were both great-great-grandchildren of Queen Victoria and, as such, distant cousins. Philip’s father, Prince Andrew, was the son of King George I of Greece, a Danish prince who had been awarded the Greek throne. His family was more Danish than Greek, if anything, although it would be more accurate to describe him as a member of the great family of German princes who would come to occupy many of the thrones of Europe. One of the king’s sisters, Alexandra, married the Prince of Wales, later King Edward VII, and another to Alexander III, Tsar of Russia. Philip’s mother, Princess Alice of Battenberg, had been born in the Tapestry Room at Windsor Castle in the presence of her great-grandmother Queen Victoria and had died eighty-four years later at Buckingham Castle.

The Yorks were far more concerned about the Prince of Wales’ romance with Wallis Simpson. It was a relationship marked with the stamp of catastrophe; for the country, for the Crown and especially for the York themselves. The death, on January 20, 1936, of George V (at the hands of his doctor, it has been known, who killed him by injecting him with a lethal dose of cocaine to ensure that the announcement of his death arrived in time to enter the edition morning of the Times and not that of the less respectable evening papers) meant that Uncle David became King Edward VIII. His attachment to the crown, however, was less than Wallis Simpson’s was for him and a few months later he would renounce his birthright for «the woman I love.»

In 2016, at an auction at Chippenham Auction Rooms, Wiltshire, a letter written by the Queen in 1947 was sold for more than 16,000 euros in which she described how, while still a young Princess Elizabeth, she had fallen in love with Prince Philip. The final price far exceeded the initial estimate of 1,400 euros. The two-page letter was addressed to the writer Betty Shew, who was compiling information for a book entitled Royal Wedding to be delivered as a memento of the celebration, and the young princess agreed to share some details of their relationship. with her fiancé, the naval officer. The letter is handwritten in pen on Balmoral Castle letterhead.
In it, Princess Elizabeth recalls how she met Prince Philip in 1939, she talks about her engagement ring and wedding band and how the couple danced in London nightclubs like Ciro’s and Quaglino’s.
At some point during the Balmoral vacation, Prince Philip proposed and Elizabeth accepted the proposal. It was to be an unofficial commitment with no public announcement. A royal trip to South Africa was to take place in early 1947 and the king did not want public attention to be diverted from the trip because of the announcement. Princess Elizabeth accepted that it was her duty to forget her personal wishes until the tour was over. George VI would later write to him: “I was very concerned that you thought he was being very severe about it. He really wanted you to come to South Africa, as you know. Our family, the four of us, the royal family, must stay together, even if some members join at the right times.

Almost exactly one year after her wedding, Princess Elizabeth, 21, gave birth to a boy. The bells of Westminster Abbey sounded and the King’s Troop unit of the Royal Mounted Artillery fired forty-one salvoes in her honor. The fountains in Trafalgar Square were lit up in blue and nearly 4,000 people flocked to Buckingham Palace to witness the entrances and exits of the medical team.
The birth, which occurred at 9:14 on the misty night of November 14, 1948, had not been easy. The official gazette, posted on the doors of Buckingham Palace, announced that «His Royal Highness and her son are doing well.» Later it was learned that he had been born by caesarean section, but such was the prudery of the time that it was never officially revealed. She was not even told to her friends. There was no talk of breastfeeding either; and pregnancy, especially a real pregnancy, was a condition that good society pretended to ignore.
In another sample of the habits of the time, Felipe did not accompany his wife during childbirth.
Carlos was surprisingly nice compared to his scandalous little sister («maybe too nice,» observed Mrs. Parker); she always invited her to play with him, showing a concerned and conciliatory attitude towards her excesses. Despite their squabbles, the two of them got along reasonably well, they had to. Because, like their mother and her sister before them, Carlos and Ana spent more of their childhood in the company of adults – servants, courtiers, members of the royal family – than with other children their age and only they had each other as playmates. That seemed to please Carlos, who found it difficult to relate.
But if Ana was more than the equal of her brother, it was Carlos who got the most attention, regardless of what his father thought of his abilities. He had been born to be king and that was a fact that both he and his sister were subtly instilled in them for as long as they can remember.
A harassment of the most cruel and, although this tape was confiscated, Carlos never stopped tormenting him. Besides, he was always reminded of the savage feats his father had accomplished at school. No doubt Felipe had been «one of their own,» and he was often remembered as «a good fellow» or «a good shadow,» as they said in Gordonstoun. To the rest of the students, it seemed that Carlos was always trying to live up to the great reputation of his father, not by bad behavior or his adventures, but by striving energetically to stand out in everything he did. toward. He has been doing it ever since.

As rumors have persisted until this last time of his life, when Prince Philip told Princess Diana that his wayward behavior was destroying the essence of everything he and the queen had dedicated their lives to preserving, and that her actions were also damaging the legacy of her children, she decided that she was going to do the impossible to discover their alleged affairs as revenge for what Diana saw as disloyalty. According to her, after much painstaking research, she was convinced that he had had illegitimate children, as rumors suggested, and that he had financially cared for them in perpetuity, although his identity would never be allowed to come to light.
The stories were so widespread that she even asked him directly about it. When asked by a journalist about rumors of his extramarital infidelities, Felipe said: “Have you ever stopped to think that for the last forty years I have never gone anywhere without a policeman accompanying me? How the hell could they spoil something like that?
There is no doubt that Prince Philip enjoys the company of beautiful women, preferably if they are years younger than him.
With her consent, Felipe has managed to break through in life doing just that. Her serene acceptance of this man has kept the marriage alive, and within her home she has always adhered to him. She’s always been smart enough to appreciate her phenomenal energy and let him get on with her stuff. He, in return, has been her greatest support and has always protected her. And, at that moment, their relationship was about to produce another new arrival.

Being part of «the company» meant that other conventions had to follow in their timeless way. Philip could have attended Edward’s birth, but that is not why he was a new man and two days later, and without much thought, if he did, he flew to Athens to the funeral of his cousin, King Paul of Greece. . He understood that being present was his duty as royalty, and that publicly displaying his grief was more important than standing privately at the foot of his wife’s bed. As on so many other occasions in royal marriage, the conflict between the demands of public and private roles was exposed, and it was the public role that won. The queen, the doctors assured him, was fine and very comfortable in her room. She had a television and a view of the gardens to pique her interest, and she was well cared for, as was her son, by the palace staff.
The moment Eduardo was born, all the educational machinery of the royal house was put into operation. The queen spent more time with him than she ever did with another.
Felipe was the most understanding member of the royal family. More worldly than his wife, he could analyze the problem in a rational, objective way, while the queen only saw it in relation to the duties of the family and the reputation of the royal house, which according to his logic was the same. Adam Wise, Prince Edward’s private secretary at the time, recalled: ‘The first person he went to when he was fed up with the Marines was Prince Philip, who was extremely understanding on the subject. He was very reasonable and advised him sensibly. «He added,» Prince Philip did not pontificate at all and was not angered by the fact that his son was leaving the Royal Marine Corps of which he was. captain general «.
Felipe and Andrés had never been very close and the father often could not resist reprimanding his middle son when the opportunity arose. However, in those early days he got along well with Sarah, although that was soon to change when the marriage began to encounter difficulties, something that happened shortly after their second daughter, Princess Eugenia, was born on March 23, 1990. In March 1992 they announced their separation and suddenly the attitude of the Duke of Edinburgh changed. Not very sentimental and not at all passionate, he only spoke badly of one of the partners of his children and that was Sarah.
In the end, he couldn’t even be in the same room as her, and when she entered one door, he exited another. When the couple finally divorced in 1996, he refused to allow Sarah to enter any of the royal residences if he was there, a rule that still exists today. Felipe simply felt that she had failed the queen and the institution of the monarchy with her indulgent behavior and was not willing to tolerate it. However, Andrés not only chose not to remarry, but he continues to maintain a good relationship with his ex-wife, despite the disapproval of the queen and Felipe.

The queen’s response was to listen to what members of the younger generation had to say, and at that time she had a lot to listen to: Diana’s tearful accounts of the state of her marriage; Princess Anne’s horror at the fact that the love letters addressed to her had been stolen and offered for sale; Carlos’ despair with Diana and his reunion with Camilla Parker Bowles. The queen, aware of the whole image of her, did what she always did and advised patience. She told Diana what she advised her children: «Wait and see what happens.»
She was about to find out that things could get a lot worse.

In this quiet intimacy, the queen was able to emphasize to William how important it was that the institution of the monarchy be maintained and respected, and that it was worth preserving. It was her birthright, after all, just as it had been hers. Many years later, Guillermo admitted that they both agreed that they «shared the idea of what was necessary.» But all this happened because, once again, the Duke of Edinburgh had stepped in to bail them out.
Diana had grown to dislike Prince Philip — and he for her — but Prince William adored the old man. Felipe, in turn, had an immense affection for his grandson. He had taught her to shoot, and Guillermo liked nothing more than spending days with his grandfather in the Sandringham fields or duck hunting in the Wash estuary. Like football or cricket in other families, hunting and fishing were the common interest that passed from one generation to another and brought them together. Now Guillermo wanted his grandfather by his side in what was to be the most agonizing public engagement the young man would have to suffer. Felipe agreed immediately and when the procession lumbered under the Arch of the Admiralty, it was he who put a comforting arm on Guillermo’s shoulder.
However, the royal family did not return to the shrine from his pedestal. The door to the past had slammed shut. As the queen had said, «lessons should be learned» from Diana’s life and, first and foremost, from her reactions to her death. The monarchical system had been put to the test and profound deficiencies had been found. Changes were essential if the monarchy was to reach the next millennium. And the couple who had run the family for so long knew that they should change with her, but also that she would be comfortable maintaining the patterns of the past.

No matter how close you feel as a couple and no matter how much you help each other in your social commitments, the day will come when one of you will have to go on alone.

The queen has very knowledgeable opinions and views on many of her bishops and she likes those who make her laugh, are sincere and intelligent. She found George Carey too moralistic and disliked the way she criticized the behavior of his children. She could have shared her opinion, but she thought Christianity had as much to do with forgiveness as it did with morality. She is very fond of the current Archbishop of Canterbury, Justin Welby, whose communication director, Ailsa Anderson, was the former press secretary for the royal house.
Her situation in Scotland is slightly different, as there the queen vows to uphold the constitution of the Church of Scotland (a national Presbyterian Church), but she has no leadership position in it. However, she appoints the High Commissioner to the General Assembly of the Church of Scotland as her personal representative, with a ceremonial rite. Occasionally, the queen has played that role in a personal capacity, such as when she opened the General Assembly in 1977 and 2002 (the years of her silver and gold jubilee).
The queen’s relationship with the Church of England was symbolized at her coronation in 1953 when her Majesty was anointed by the Archbishop of Canterbury, Geoffrey Fisher. He asked, “Will you do everything you can to uphold the laws of God and the true profession of the gospel? Will he do his best to maintain the statutory Reformed Protestant religion in the UK? Will it inviolably uphold and preserve the establishment of the Church of England, as well as its doctrine, worship, discipline and government, as provided by law in England? And will it preserve to the bishops and clergy of England, and to the churches there committed to that faith, all those rights and privileges, as by law corresponds to them or any of them? To which the queen replied: «All that I swear to do.»
The faith of Prince Philip is something that she has not stopped increasing, compared to the attitude she displayed in the early sixties.
Now that both the Queen and Prince Philip are in their early thirties, faith continues to play a central role in his life. For the queen, her faith is fundamental. «For her, it is not a duty, it is more a part of the foundations of her life,» acknowledged a former Windsor chaplain. She loves Matins, and the word in the Prayer Book has real meaning for her. » To Prince Philip’s restless mind, religion has raised many questions …

In the royal family, many things have remained unchanged over the years. They spend their weekends in Windsor, Christmas in Sandringham with their pheasant and partridge hunts, and summer vacations in Balmoral hunting grouse and deer. At Buckingham Palace, lackeys are still waiting behind every door in case it needs to be opened for a member of the royal family, although powdered wigs and breeches have been replaced by military-style uniforms. It is still a world in which servants must bow to their royal patrons, where bed sheets continue to be turned with the aid of a measuring stick, and where rulers are still used to line up diners’ positions at tables. .
Maybe changes are coming …
The queen is the core of the bond that has held their relationship together for seventy years. From the moment she saw Philip in his naval uniform at Dartmouth as a teenager, Princess Elizabeth had eyes only for him and convinced her father, the king, to allow her to marry him at the tender age. twenty-one years old. She has never departed from her determined dedication to duty, which she promised in her twenty-first birthday address to the Commonwealth by saying, «I declare to all of you that my whole life, long or short, will be dedicated to service.» To keep this solemn vow she has relied on her deep religious beliefs. Every year in her Christmas speech he draws attention to the teachings of Christ and his importance in her life.
Her sense of humor, her «gaffes» and the like have also been a major factor in her relationship with the queen. He made her laugh. In the early days, the young and shy queen stood paralyzed in front of the television cameras. Felipe reduced the tension with some funny comment that made the queen smile. When you’re always in the spotlight, and the queen has been for most of her life, it makes a big difference.
Her accomplishments are numerous, though none more so than the Duke of Edinburgh Award, which has and continues to help millions of young people around the world.

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