Castellano — Lorenzo Silva / Castilian by Lorenzo Silva (spanish book edition)

A fuerza de ver repudiada a Castilla y desprestigiado lo castellano tomé conciencia, algo culpable, de mi propio desapego. Aquellos a quienes sentimos malqueridos terminan por inspirarnos una inevitable simpatía, sobre todo cuando se nos antoja que la malquerencia tiene algo de injusto, como lo es acusar a Castilla de opresora y beneficiaria de la opresión, cuando tan poco le han aprovechado los últimos cinco siglos, que vieron en cambio la prosperidad de otros. Siendo además castellana una parte de mi ascendencia, verla una y otra vez vapuleada me incitaba a cambiar mi frialdad por una espontánea compasión. Fue en ese estado de ánimo cuando me salió al paso la historia cantada de los comuneros, que me descubrió una senda por la que encauzar todas las emociones que habían estado acumulándose dentro de mí.

La historia de los Comuneros de Castilla la conocía pero es emocionante su toma de conciencia y su reflexión en torno al «ser castellano». Una lectura que no deja indiferente eso es lo mejor del libro, el acierto es como ha contado una parte de la historia Castellana que me ha sorprendido, no por desconocerla sino por su desarrollo bastante distinto al que se ha trasmitido en el tiempo. Saltando entre el tiempo actual y la época de los comuneros es un libro para ser leer.

Lo que resulta incendiario es proclamar que todo ello sucede gracias al impulso y en interés exclusivo del rey Carlos, I de Castilla: el hijo de la reina Juana, el nieto de Isabel y Fernando, criado lejos del reino y rodeado de la corte de flamencos que se trajo consigo tres años atrás, con los que no se priva de hacer ostentación del boato borgoñón que le toca por estirpe pero extraña y repele a los castellanos, refractarios a las ropas suntuosas, las fiestas, los banquetes y los bailes que son pan diario del monarca y su camarilla. Un rey que apenas paró en Castilla para ser reconocido y luego se fue a Aragón y ha preferido instalar en Barcelona la corte desde la que ha maniobrado para hacerse adjudicar la corona imperial, tras ganarse a un alto precio en dinero la voluntad de los príncipes electores alemanes. Al joven y flamante emperador Carlos, V de Alemania, le aprieta ahora la necesidad de allegar fondos para pagar a los prestamistas que le han financiado el soborno. Por eso les ha pedido a sus consejeros que saquen los ducados de debajo de las piedras de Castilla, el más grande y próspero reino de los que forman su herencia y el único sobre el que puede apoyar sus ansias imperiales, así sea al precio de despojarlo de su grandeza y su prosperidad.

16 de abril de 1520, un año y siete días antes de la derrota de su esposo y del descalabro de Castilla bajo las lanzas imperiales, doña María Pacheco es una mujer a la que el corazón se le salta del pecho y a la que el miedo sobrecoge, junto a la intuición de la tragedia que amenaza con arrebatarle cuanto le es preciado. Cabe imaginar que cuando escucha el nombre de su marido, del buen y cuerdo Padilla, llevado y traído por la enfervorecida muchedumbre, se le eriza la piel a partes iguales por la emoción de la insurrección contra el déspota, el orgullo que desde la cuna le fue inculcado —el de esos hombres de frontera y de armas que no rehuyeron nunca la lucha— y el escalofrío que siembra en su alma un futuro que como cualquier ser humano es incapaz de predecir.
Pero hay algo más. Doña María acaba de cumplir veintitrés años y cinco de convivencia con su esposo. Quizá lo recibió en un principio reticente, como resulta inevitable en cualquier relación concertada por voluntad ajena, por más que esa fuera la costumbre de su clase y de su tiempo.

Los doctores salmantinos, religiosos en su mayoría, han forjado una pieza de orfebrería dialéctica. Lo hacen motivados: en su torpeza y su necesidad, el emperador y los suyos han cometido el error de exigir a los eclesiásticos, que están por lo común exentos de impuestos, un subsidio extraordinario de veintidós millones de maravedíes, a través de una bula que han persuadido de firmar al papa León X. El rebote que semejante mordisco produce en la clerecía, y en especial en la más influyente, como la representada por el cabildo toledano o el claustro salmantino, revelará lo desatinado de buscar así fondos. En particular, los teóricos de la universidad de Salamanca no sólo se ocuparán de justificar, desde el derecho y la teología…
Pedro Maldonado regresa a Salamanca, donde prende viva ya la llama de la revuelta, como en el resto de las ciudades de Castilla. Más aún la alimenta con sus informes de cómo el rey obtuvo su servicio. Allí se encuentra con su primo Francisco Maldonado, también descendiente del famoso catedrático, y con cuyo destino, por causa del vínculo de Pedro con el duque de Benavente, se cruzará el suyo de la manera más trágica para los dos. De Toledo llegan noticias que levantan los ánimos de los salmantinos: los regidores partidarios de la Comunidad tienen cercados en el alcázar al corregidor y a los caballeros que apoyan a Carlos V. Los partidarios toledanos del emperador acaban rindiéndose a la evidencia de su inferioridad y dejando la ciudad a la Comunidad triunfante a finales de mayo. En esas mismas fechas, la revolución, con una violencia incontenible, va a explotar en Segovia. Mal han medido sus fuerzas Carlos, sus cortesanos y quienes a ellos se vendieron.

El origen del condado castellano se remonta a finales del siglo VIII y principios del siglo IX, cuando tras la retirada de las tropas auxiliares bereberes del emirato cordobés de la franja septentrional peninsular, por las luchas intestinas de los musulmanes y el desinterés de los Omeyas por un terreno escabroso que brindaba poca ganancia, quedó un espacio vacío hasta más o menos la línea del Duero. En la parte central y occidental ese hueco lo ocuparon los reyes de Asturias, y luego de León, mientras que en el extremo oriental, en la zona del paso entre los valles del Duero y el Ebro, se asentó una mezcla heterogénea de pobladores. Es justamente en este extremo, en la triple frontera entre el reino asturleonés, el de Pamplona —que sería después el de Navarra— y el emirato y luego califato cordobés, donde iba a nacer Castilla. Recibió el aporte humano de colonos cántabros y vascones, así como de mozárabes que se habían quedado fuera del amparo de Córdoba, a los que se sumó la población hispanovisigoda, más o menos autóctona, que seguía sobre el terreno. Esta gente diversa comenzó a agruparse en aldeas, formadas por campesinos libres que explotaban aquella tierra de nadie de manera similar a los colonos del Oeste estadounidense y expuestos a peligros muy semejantes.
Por esa razón, y para ofrecer seguridad a sus casas y cultivos, entre aquellos colonos surgió una pujante clase guerrera, formada tanto por caballeros especializados en el oficio de las armas como por lo que se dio en llamar caballeros villanos, esto es, menestrales y campesinos que agarraban espada y caballo para defender el pan de sus hijos. A unos y a otros les proporcionaron cohesión espiritual los monjes que desde los cenobios que proliferaron por la región legitimaban su orden social y su derecho a la posesión y explotación de aquel territorio.
De la penuria castellana nace el deseo que afirma su libertad. Es esa pobreza vencida por sus propios medios, por su afán de vivir para sí y no fiados a la protección y la autoridad de señores más poderosos, la que levanta Castilla, la hace existir y la justifica, incluso en la hora del sacrificio mayor para defenderla, que Fernán González, prototipo del héroe castellano, no rehúye jamás, y exhorta a los suyos a sostener sin desmayo. Es la voluntad de ser y de reclamar la propia dignidad la que impone el límite a la autoridad del déspota: un límite que nace de la propia naturaleza humana y que los campesinos, los guerreros y los monjes que forjaron Castilla les hicieron sentir con el filo de la espada a aquellos que pretendían, por la fuerza, saquearlos y someterlos.

Se reprocha algún leonés a Alfonso VI que acabara castellanizado y de paso castellanizando el reino nacido en los montes de Asturias y de León. El caso es que a través de su héroe mítico el poema proclama la supremacía de Castilla sobre el león al que somete, sobre una nobleza leonesa temerosa y vil e incluso sobre el propio monarca, que sólo se rehabilita cuando reconoce, en el paladín castellano, la nobleza del pueblo al que encarna: «¡Mager que a algunos pesa, mejor sodes que nos!». Hasta hay un recado al otro gran reino peninsular, el de Aragón, que incorpora el legado del escarnecido conde barcelonés. Pienso, a la vista de la llanura soriana, en cómo inspiró, y no siempre para bien, este héroe épico, protagonista de esa Ilíada mesetaria, a los castellanos de carne y hueso. Pienso, también, que no es casual que se le llame Cid, de Sayyid, «señor» en la lengua de los infieles a los que tan pronto servía como arrollaba. Sin ellos, sin la lucha y el roce con su modo de ser, en los que el Cid se forja, no se puede entender lo castellano, como tampoco el idioma en el que Castilla se iba a contar a sí misma.

En la Comunidad medinense, capaz de actos tan sanguinarios en la represalia por el ataque que acaba de sufrir, hay otros dirigentes más civilizados y sensibles, como los caballeros Francisco de Mercado y Gutierre de Montalvo. La mano de alguno de ellos debe de estar tras la carta que el día 22 se envía a Valladolid, y que va a provocar primero la consternación y luego la ira de toda Castilla. Después de describir vívidamente la batalla, en la que, dicen, pensaron los realistas que con ponerle fuego a la ciudad perderían sus habitantes por codiciosos lo que con su esfuerzo estaban ganando, les dan cuenta de la magnitud insoportable de su desolación: «Tenemos los cuerpos fatigados de las armas, las casas todas quemadas, los hijos y las mujeres sin tener do abrigarlos, los templos de Dios hechos polvos, y sobre todo tenemos nuestros corazones tan turbados que pensamos tornarnos locos».
Las noticias que del atropello de Medina llegan a todos los rincones de Castilla pronto surten su efecto. Allí donde ya existía la convicción comunera, se reafirma aún más: además de Toledo y Segovia, que son la punta de lanza de la revolución, se afianza en Salamanca, en la que Pedro Maldonado actúa como corregidor designado por la Comunidad y otro tundidor, de apellido Valloria, asume buena parte del poder efectivo. Otro tanto ocurre en Toro, aunque el corregidor nombrado por la Comunidad coexiste durante meses con el que en vano trata de mantener la autoridad del rey. Mientras tanto, en Zamora los días de la influencia del conde de Alba de Liste tocan a su fin: desde Toro, el obispo Antonio de Acuña, comunero convencido, maniobra para que sea expulsado y atraer de nuevo a la ciudad a la Junta de Ávila.
A la Junta se suman Soria, León, Cuenca, Guadalajara y Madrid, donde se aprueba un impuesto extraordinario para armar a la milicia y se da un ultimátum a los defensores del alcázar que aún resisten a las órdenes de la mujer del alcaide, María de Lago. Se rendirán a finales de agosto, a cambio de que se les deje abandonar la ciudad. En Burgos las clases populares se enfrentan a los caballeros y los comerciantes, reacios a unirse a la Junta, y el condestable de Castilla, que ya restauró el orden meses atrás, vuelve a intentarlo, aunque en esta ocasión no va a lograr imponerse. A pesar de los episodios de adhesión a la causa comunera en ciudades como Murcia, Jaén, Sevilla, Úbeda o Baeza, los murcianos no se deciden y al margen de la Junta se queda Andalucía, donde las grandes ciudades con derecho a enviar procuradores a las Cortes —Sevilla, Córdoba, Granada y Jaén— terminarán inclinándose del lado de Carlos V y Baeza y Úbeda yendo por su cuenta.
Padilla, en nombre de sus compañeros, le expone a la reina por qué se encuentran allí. Le cuenta que un Gobierno odioso y contrario a los intereses del reino ha llevado a los castellanos, después de padecer abusos sin cuento, a formar una junta en Ávila para ponerles coto y dar a Castilla un Gobierno que la defienda y le devuelva su dignidad. En su nombre acuden a verla, también con la misión de liberarla.
No podrá decir Carlos que dejó en Castilla a un virrey desleal que le oculta las verdades.

La reina, igual que se negó a firmar un solo papel a los comuneros, declina suscribir el decreto que le presenta el almirante para instar a los rebeldes a deponer las armas. Don Fadrique resuelve el problema como lo hicieron sus enemigos: pidiendo a dos escribanos que levanten acta de lo que Juana no firma. Los nobles que están en Tordesillas, con el conde-duque de Benavente a la cabeza, le afean que actúe como los comuneros y el almirante monta en cólera y rompe el documento. El emperador ordena que el Gobierno se reúna en Burgos y se deje a la reina en Tordesillas bajo una fuerte guardia. Al cardenal no le parece mal la idea, pero al almirante, cuyos intereses están en Valladolid, lo coloca al borde de la ruptura: si Adriano se va a Burgos con el condestable, don Fadrique se desentenderá de todas sus obligaciones de virrey. Al final, y después de plantearse incluso su propia renuncia, Adriano accede a permanecer en Tordesillas, aunque el Consejo Real se reagrupa al completo en Burgos bajo la protección del condestable. Lo que al almirante no le desagrada en absoluto.
Y es que a la vista de la situación, don Fadrique, hombre práctico donde los haya, no desespera de encontrar una vía de entendimiento con la Junta y conseguir que esta reconsidere su actitud. A esos efectos le conviene que el Consejo, símbolo de la intransigencia imperial, se aleje de la escena. Con ese mismo propósito, y después de tener noticia del regreso de Padilla a Valladolid, despacha un emisario a Toledo con el encargo de transmitirle un mensaje conciliador a su anciano padre y sobre todo a su mujer, doña María.
Durante las primeras semanas de 1521, tanto Padilla como Acuña se lanzan con sus tropas a hacer correrías por la región. El obispo prosigue con sus golpes contra los señores en Tierra de Campos, donde entre otras rinde la plaza de Fuentes de Valdepero, en la que está refugiado el doctor Tello, miembro del Consejo Real y comendador de la Orden de Santiago, a quien captura y la Junta mantiene preso para garantizar la seguridad de los procuradores que han caído en manos de los realistas en Tordesillas. Las huestes de Acuña se distinguen por su inclinación al pillaje y la brutalidad con la que tratan a quienes no se les allanan: según informes que recibe el cardenal Adriano y a su vez remite al emperador, no vacilan en asesinar, desfigurar e incluso martirizar a los religiosos que se oponen a las prédicas revolucionarias del obispo. En Fuentes de Valdepero y Cordovilla arrasan las aldeas y queman los bosques y fortalezas, después de prender y desvalijar a los señores.
En cuanto a Juan de Padilla, su intención primera es marchar sobre Tordesillas para recobrarla, animado por los mensajes que no deja de recibir desde dentro de la ciudad y que le indican que sigue llena de comuneros prestos a colaborar si decide ponerle cerco.
La fama de Padilla como caudillo militar se agiganta ante los suyos con esta victoria, la primera que puede atribuirse como general frente a una fuerza apreciable y una plaza ardua de expugnar. La euforia se apodera de los revolucionarios, que sienten que han logrado revertir el fiasco de Tordesillas. Las proporciones del revés de los imperiales, que lo es también personal para don Fadrique, exacerban los ánimos de los más intransigentes y apremian a los que querrían encontrar una salida negociada, antes de que termine de volverse imposible. El pulso entre unos y otros, y la división que el almirante no deja de propiciar, darán lugar a un complejo juego de conversaciones y treguas. Sin embargo, el grande del reino no está dispuesto a olvidar lo que le ha hecho ese insignificante regidor toledano, elevado por el populacho al rango de general en jefe. El saco de Torrelobatón sella el destino de Padilla.

La última batalla de Padilla es, igual que la última de Nicias, una retirada. Comprende que quedarse en Torrelobatón a sufrir el asedio de toda la fuerza reunida de sus enemigos, con su tropa abatida y mal compuesta, y la fortaleza sólo a medias rehabilitada de los destrozos causados para tomarla, equivale a un suicidio. Forman a sus órdenes siete mil infantes de desigual calidad y no más de cuatrocientos jinetes, mientras que los imperiales cuentan con seis mil infantes, la mayoría buenos, y dos mil cuatrocientos efectivos de caballería de primera fila, apoyados por una apreciable fuerza artillera. Para tratar de salvar a su ejército y ganar tiempo para reorganizarlo, Padilla decide replegarse a Toro. A primera hora del 23 de abril de 1521 da la orden de partir. En el desayuno, antes de ponerse en marcha, un clérigo le advierte que la fecha escogida es de mal agüero para él y bueno para el enemigo.
Es Padilla el primero señalado, en la lista del emperador y para que la cuchilla del verdugo le rebane el cuello, pero Juan Bravo pide ir antes para no ver morir a su capitán, voluntad que le es concedida. Al matarife no se lo pone fácil el de Segovia, que aunque se ha postulado sigue sin avenirse a la muerte que quieren darle. Han de reducirlo por la fuerza. Una vez que logran degollarlo y su cuerpo queda sin vida sobre el cadalso, Juan de Padilla no puede callarse y exclama:
—¡Ahí estáis vos, buen caballero!
Y tras murmurar una plegaria, se da sin resistencia al verdugo.
Cuando ya están los tres capitanes decapitados, sus cabezas se exponen clavadas en garfios en el rollo de la plaza de Villalar. Desde el estrado levantado allí mismo, y adornado con las armas imperiales, han asistido a la ejecución los tres virreyes y gobernadores.

La operación de demolición de una identidad, o de lo que pudiera quedar de ella, cuesta imaginarla más efectiva. Quienquiera que se la sacara del magín merece tanto el agradecimiento de quienes les tienen tirria a Castilla y a los castellanos como el de los agraciados con la multitud de canonjías y comederos que trae consigo establecer nuevas circunscripciones administrativas. A la luz de la hemeroteca de los años en los que se consumó el despiece, y los argumentos que en ella se confrontan, bien pudo ser esta una razón para acometerlo de manera tan cumplida y completa. Sea como fuere, los intereses creados a lo largo de cuatro décadas, complicados por las rencillas insolubles que embarazan a la autonomía castellano-leonesa, y que cada cierto tiempo se traducen en tentativas secesionistas de León, garantizan que Castilla no tenga una comunidad política de referencia desde la que se pueda plantear un día que no es menos nación que Galicia, o Cataluña o el País Vasco. Y como la filosofía le enseña a uno a conformarse a la realidad, sobre todo si no puede cambiarse, y desde ella y no desde ilusiones alternativas tratar de construir alguna dicha posible, no es el empeño nacional la prioridad de la mayoría de los castellanos.

Primavera de 1531
Se cumplen los diez años de la muerte de su marido y doña María lo recuerda en una habitación de las casas del obispo de Oporto, donde vive. Es un sobrio conjunto gris de edificios y torres, de construcción tradicional portuguesa, colgado sobre el Duero y que forma parte del recinto fortificado de la catedral. Con el tiempo, lo reharán de arriba abajo y lo convertirán en un suntuoso palacio barroco. Tiene desde su ventana doña María buena vista sobre el río; al fondo, tras su último recodo, se atisba la clara inmensidad del Atlántico. Está la viuda de Padilla, para variar, delicada de salud. Aunque sólo cuenta treinta y cuatro años, ha tenido que mudarse desde Braga, donde se exilió en un primer momento, en busca de los beneficios de los aires del mar. Esta mañana del 24 de abril de 1531 le queda apenas un mes de vida. Son demasiadas las desgracias que se han ido acumulando sobre su frágil organismo. Tras la ejecución en Villalar de su esposo, en 1523 perdió a su único hijo, a la edad de siete años y sin poder verlo desde hacía ya diecinueve meses, por la premura con que el final de la Comunidad toledana, en febrero de 1522, la obligó a abandonar la ciudad.

La noticia de la muerte de Padilla provocó en Toledo muestras de dolor jamás vistas. Lloraban en sus casas y por las calles hombres y mujeres, jóvenes y viejos, gente principal y del común. Doblaron las campanas de la catedral y las de todas las iglesias.

Los franceses, que venían moviendo tropas desde hacía meses, sin que los gobernadores de Carlos V pudieran reaccionar por estar demasiado ocupados tratando de terminar con los comuneros, pasaron Roncesvalles e invadieron Navarra. También lograron rendir la fortaleza de Fuenterrabía, que en vano trató de sostener Diego de Vera, el capitán de los expedicionarios de Djerba, frente a un enemigo superior que la machacó a cañonazos.
En esos días inflamados que vivió Toledo entre la primavera y el verano, hasta que el ejército imperial consiguió rechazar a los franceses y expulsarlos de Navarra, doña María, en el fondo de su corazón, no se engañaba acerca de su futuro. Toledo no podría sostener su resistencia indefinidamente: antes o después caería y todo lo que podía ganar era que lo hiciera en condiciones honrosas, y no dejándose aplastar y humillar como el resto de las ciudades. Por eso mientras animaba a los toledanos a resistir estaba en contacto con sus parientes afines al emperador, empezando por su propio hermano, el marqués de Mondéjar, cabeza de la familia Mendoza, y su tío Diego López Pacheco y Portocarrero, marqués de Villena y patriarca de los Pacheco, su otra rama familiar.
A los jefes comuneros importantes que cayeron prisioneros se los ejecutó sin miramiento: además de los tres capitanes de Villalar y del obispo Acuña, en el patíbulo acabaron sus días Pedro Maldonado, al que ajusticiaron en Simancas —a pesar de la intercesión de su tío—, y varios de los procuradores de la Junta de Tordesillas, hasta un total de una veintena. A la vista de la poca predisposición a la clemencia del emperador, que revocó incluso el perdón que los virreyes quisieron otorgarles a los desertores Pero Laso y Pedro Girón —para desaire del almirante—, todos los que seguían aún en libertad se pusieron a salvo donde pudieron, ya fuera cruzando la frontera, ya procurándose la protección de algún noble.

El sentimiento castellano de libertad y dignidad de sus gentes, tal y como lo expresó el movimiento de las Comunidades, sirvió para algo y encontró, a través de aquellos que lo reconocieron y apreciaron, su plasmación histórica en la manera en que se acabó estipulando la convivencia de los españoles. No fue el único material del que se alimentó, pero sin él costaría entender la forma presente del Estado democrático de derecho en España. Es esta forma de gobierno imperfecta, como todas —en especial, para quienes no podemos dejar de sentirnos republicanos—, pero no es la peor de las que existen ni de las que hemos sufrido, y tampoco parece inferior a algunas de las que se han postulado como alternativa para el futuro y que exigen adhesiones y abdicaciones de las que por ahora vivimos felizmente exentos. Contemplados a esa luz, el sacrificio y la derrota de Castilla, la revuelta aplastada de Padilla y compañía, la suma de los afanes de tantos, desde que el conde Fernán González se empeñara en sostenerse con los suyos en la frontera inhóspita de tres reinos más poderosos, no se antojan del todo estériles. Si Castilla al final no logró sobrevivir a la defensa de su carácter y su historia frente a un imperio que la sobrepasaba, y si quienes heredaron ese imperio y lo arruinaron nunca consideraron necesario devolverle la estima perdida, sobrevivió al menos su espíritu y su influjo llegó a quienes pudiera aprovecharles. Incluso aprovecha, hoy, a quienes se complacen en desdeñarla.
Tiene España, acaso por herencia de Castilla, la mala costumbre de perder los huesos de sus muertos más ilustres. Tal es el caso de Cervantes, de Lope de Vega o de García Lorca, por mencionar sólo tres ejemplos. De ello es responsable en parte la desidia funeraria, vinculada al hecho de que durante un tiempo los enterramientos se hacían en las iglesias y estas se reformaban sin mucho cuidado por los muertos allí apilados. Otra parte de culpa la tiene el desprecio por los proscritos, que en tantos momentos de nuestra historia fueron simplemente los que tenían otra visión del mundo, abominable delito que los arrojaba a fosas sin nombre. Que no se pueda decir con certeza dónde están hoy los huesos de Juan de Padilla es el resultado de una combinación de ambas circunstancias.

Libros del autor comentados en el blog:

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https://weedjee.wordpress.com/2011/12/29/lorenzo-silva-el-lejano-pais-de-los-estanques/

https://weedjee.wordpress.com/2013/01/25/la-marca-del-meridiano-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/12/sereno-en-peligro-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2016/07/06/y-al-final-la-guerra-lorenzo-silva-luis-miguel-francisco/

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By dint of seeing Castile repudiated and Castilian discredited, I became aware, somewhat guilty, of my own detachment. Those whom we feel ill-loved end up inspiring us with an inevitable sympathy, especially when it seems to us that malice has something unjust, such as accusing Castile of being oppressor and beneficiary of oppression, when so little has taken advantage of the last five centuries. , who instead saw the prosperity of others. Being also a part of my ancestry Castilian, seeing her repeatedly beaten encouraged me to change my coldness for a spontaneous compassion. It was in that state of mind that the sung story of the community members came to my way, that I discovered a path through which to channel all the emotions that had been accumulating within me.

I knew the history of the Comuneros de Castilla but their awareness and reflection on «being Castilian» is moving. A reading that does not leave indifferent that is the best of the book, the success is how it has told a part of the Castilian history that has surprised me, not for not knowing it but for its development quite different from that which has been transmitted over time. Versing between the present time and the time of the commoners is a book to be read.

What is incendiary is to proclaim that all this happens thanks to the impulse and in the exclusive interest of King Carlos, I of Castile: the son of Queen Juana, the grandson of Isabel and Fernando, raised far from the kingdom and surrounded by the Flemish court. that he brought with him three years ago, with whom he does not deprive himself of showing off the Burgundian pageantry that he is called by lineage but strange and repels the Castilians, refractory to sumptuous clothes, parties, banquets and dances that are bread diary of the monarch and his clique. A king who just stopped in Castile to be recognized and then went to Aragon and has preferred to install in Barcelona the court from which he has maneuvered to have himself awarded the imperial crown, after winning at a high price in money the will of the prince-electors Germans. The young and brand-new Emperor Charles, V of Germany, is now pressed by the need to raise funds to pay the moneylenders who have financed the bribe. That is why he has asked his advisers to extract the duchies from under the stones of Castile, the largest and most prosperous kingdom of those that make up his inheritance and the only one on which he can support his imperial anxieties, even at the price of stripping it. of his greatness and prosperity.

April 16, 1520, one year and seven days before the defeat of her husband and the collapse of Castile under the imperial spears, Dona María Pacheco is a woman whose heart leaps from her chest and who is overwhelmed by fear. , together with the intuition of the tragedy that threatens to take away everything that is precious to him. One can imagine that when she hears the name of her husband, the good and sane Padilla, carried and brought by the infuriated crowd, her skin bristles in equal parts with the emotion of the insurrection against the despot, the pride that from the cradle he he was instilled – that of those frontiersmen and men of arms who never shied away from the fight – and the chill that sows in his soul a future that, like any human being, he is incapable of predicting.
But there is something else. Doña María has just completed twenty-three years and five of living with her husband. She may have received him at first with reluctance, as is inevitable in any relationship arranged by someone else’s will, even though that was the custom of her class and of her time.

The Salamanca doctors, mostly religious, have forged a piece of dialectical goldsmithing. They do so motivated: in their clumsiness and necessity, the emperor and his followers have made the mistake of demanding from the ecclesiastics, who are usually exempt from taxes, an extraordinary subsidy of twenty-two million maravedis, through a bull that they have persuaded Pope Leo X to sign. The rebound that such a bite produces in the clergy, and especially in the most influential, such as that represented by the Toledo town hall or the Salamanca cloister, will reveal the folly of seeking funds in this way. In particular, the theorists at the University of Salamanca will not only deal with justifying, from law and theology …
Pedro Maldonado returns to Salamanca, where he lights the flame of revolt alive, as in the rest of the cities of Castile. He even more he feeds her with his reports of how the king obtained her service. There he meets his cousin Francisco Maldonado, also a descendant of the famous professor, and with whose fate, because of Pedro’s bond with the Duke of Benavente, his will cross in the most tragic way for both of them. From Toledo comes news that lifts the spirits of the people of Salamanca: the regidores in favor of the Community have the magistrate and the knights who support Carlos V. surrounded by the fortress. The Toledo supporters of the emperor end up surrendering to the evidence of their inferiority and leaving the city to the triumphant Community at the end of May. On those same dates, the revolution, with unstoppable violence, is going to explode in Segovia. Carlos, his courtiers and those who sold themselves to them have badly measured his strength.

The origin of the Castilian county dates back to the end of the 8th century and the beginning of the 9th century, when after the withdrawal of the Berber auxiliary troops from the Cordovan emirate from the northern peninsula, due to the internal struggles of the Muslims and the lack of interest of the Umayyads for a rugged terrain that offered little profit, an empty space remained until more or less the line of the Duero. In the central and western part that gap was occupied by the kings of Asturias, and later of León, while in the eastern end, in the area of the passage between the Duero and Ebro valleys, a heterogeneous mixture of settlers settled. It is precisely at this extreme, on the triple border between the Asturian kingdom, Pamplona – which would later become Navarra – and the emirate and later the Cordovan caliphate, that Castile was to be born. It received the human contribution of Cantabrian and Basque settlers, as well as Mozarabs who had remained outside the protection of Córdoba, to which the Hispano-Visigothic population, more or less autochthonous, who was still on the ground joined. These diverse people began to gather in villages, made up of free peasants who exploited this no-man’s-land in a similar way to the settlers of the American West and exposed to very similar dangers.
For that reason, and to offer security to their houses and crops, a mighty warrior class emerged among those settlers, made up of both knights specialized in the trade of arms and what came to be called villain knights, that is, craftsmen and women. peasants who grabbed sword and horse to defend their children’s bread. The monks provided spiritual cohesion for both monks who, from the monks that proliferated throughout the region, legitimized their social order and their right to possess and exploit that territory.
From the Castilian penury the desire that affirms their freedom is born. It is that poverty, conquered by its own means, by its desire to live for itself and not trusting the protection and authority of the most powerful lords, which Castile raises, makes it exist and justifies it, even at the time of the greatest sacrifice for defend it, which Fernán González, the prototype of the Castilian hero, never shies away, and exhorts his people to support without fainting. It is the will to be and to claim one’s own dignity that imposes the limit on the authority of the despot: a limit that is born of human nature itself and that the peasants, warriors and monks who forged Castile made them feel with the edge. of the sword to those who intended, by force, to plunder and subdue them.

Alfonso VI is reproached by some Leonese for ending up in Castilianization and, incidentally, Castilianizing the kingdom born in the mountains of Asturias and León. The fact is that through its mythical hero the poem proclaims the supremacy of Castile over the lion to which it submits, over a fearful and vile Leonese nobility and even over the monarch himself, who is only rehabilitated when he recognizes, in the Castilian champion, the nobility of the people he embodies: «Mager, who weighs some, is better than us!» There is even a message to the other great peninsular kingdom, that of Aragon, which incorporates the legacy of the derided count of Barcelona. I think, in view of the Soria plain, how this epic hero, protagonist of that plateau Iliad, inspired, and not always for the better, the Castilians of flesh and blood. I also think that it is not by chance that he is called Cid, from Sayyid, «sir» in the language of the infidels whom he as soon as he served as he overwhelmed. Without them, without the struggle and friction with his way of being, in which the Cid is forged, it is not possible to understand Spanish, nor the language in which Castilla was going to tell herself.

In the Medina Community, capable of such bloody acts in retaliation for the attack it has just suffered, there are other more civilized and sensitive leaders, such as the knights Francisco de Mercado and Gutierre de Montalvo. The hand of one of them must be behind the letter that is sent to Valladolid on the 22nd, and that will first cause consternation and then the wrath of all Castile. After vividly describing the battle, in which, they say, the royalists thought that setting fire to the city would lose its inhabitants as greedy for what they were gaining with their efforts, they realize the unbearable magnitude of their desolation: «We have the bodies weary of weapons, houses all burned, children and women without shelter, the temples of God turned to dust, and above all we have our hearts so troubled that we think we are going crazy ».
The news of the Medina outrage reaching every corner of Castile soon had its effect. Where the community conviction already existed, it is further reaffirmed: in addition to Toledo and Segovia, which are the spearhead of the revolution, it is established in Salamanca, in which Pedro Maldonado acts as corregidor appointed by the Community and another shepherd, surnamed Valloria, assumes a good part of the effective power. The same occurs in Toro, although the corregidor appointed by the Community coexists for months with the one who tries in vain to maintain the authority of the king. Meanwhile, in Zamora the days of the influence of the Count of Alba de Liste are coming to an end: from Toro, Bishop Antonio de Acuña, a convinced community member, maneuvers to have him expelled and to attract the Junta de Ávila back to the city. .
The Board is joined by Soria, León, Cuenca, Guadalajara and Madrid, where an extraordinary tax is approved to arm the militia and an ultimatum is given to the defenders of the fortress who still resist the orders of the warden’s wife, María de Lake. They will surrender at the end of August, in exchange for being allowed to leave the city. In Burgos, the popular classes confront knights and merchants, reluctant to join the Junta, and the Constable of Castile, who already restored order months ago, tries again, although this time he will not be able to prevail. Despite the episodes of adhesion to the community cause in cities such as Murcia, Jaén, Seville, Úbeda or Baeza, Murcians do not make up their minds and Andalusia remains on the margins of the Junta, where large cities have the right to send attorneys to the Cortes —Sevilla, Córdoba, Granada and Jaén— will end up leaning on the side of Carlos V and Baeza and Úbeda going on their own.
Padilla, on behalf of his companions, explains to the queen why they are there. He tells him that a hateful government and contrary to the interests of the kingdom has led the Castilians, after suffering countless abuses, to form a junta in Ávila to put a stop to them and give Castilla a government that defends it and restores its dignity. In her name they come to see her, also with the mission of freeing her.
Carlos will not be able to say that he left in Castile a disloyal viceroy who hides the truths from him.

The queen, just as she refused to sign a single paper to the comuneros, declines to sign the decree presented by the admiral to urge the rebels to lay down their arms. Don Fadrique solves the problem as his enemies did: asking two clerks to record what Juana did not sign. The nobles who are in Tordesillas, with the Count-Duke of Benavente at the head, make him ugly that he acts like the commoners and the admiral gets into a rage and tears the document. The emperor orders that the Government meet in Burgos and leave the queen in Tordesillas under heavy guard. The cardinal does not find the idea a bad idea, but the admiral, whose interests are in Valladolid, places him on the verge of rupture: if Adriano goes to Burgos with the constable, Don Fadrique will discard all his obligations as viceroy. In the end, and after even considering his own resignation, Adriano agrees to remain in Tordesillas, although the Royal Council regroups in full in Burgos under the protection of the constable. Which the admiral doesn’t dislike at all.
And it is that in view of the situation, Don Fadrique, practical man where they exist, does not despair of finding a way of understanding with the Board and getting it to reconsider his attitude. To this end, it is in his best interest that the Council, a symbol of imperial intransigence, withdraws from the scene. With the same purpose, and after having news of Padilla’s return to Valladolid, he dispatches an emissary to Toledo with the task of transmitting a conciliatory message to his elderly father and especially to his wife, Doña María.
During the first weeks of 1521, both Padilla and Acuña set out with their troops to make forays through the region. The bishop continues with his blows against the lords in Tierra de Campos, where, among others, he surrenders the Fuentes de Valdepero square, where Dr. Tello, a member of the Royal Council and commander of the Order of Santiago, is taking refuge, whom he captures and The Board keeps a prisoner to guarantee the security of the attorneys who have fallen into the hands of the royalists in Tordesillas. The hosts of Acuña are distinguished by their inclination to pillage and the brutality with which they treat those who are not raided: according to reports that Cardinal Adriano receives and in turn refers to the emperor, they do not hesitate to murder, disfigure and even martyrdom religious who oppose the revolutionary preaching of the bishop. In Fuentes de Valdepero and Cordovilla they raze the villages and burn the forests and fortresses, after arresting and plundering the lords.
As for Juan de Padilla, his first intention is to march on Tordesillas to recover it, encouraged by the messages that he does not stop receiving from within the city and that indicate that it is still full of community members ready to collaborate if he decides to put a fence on it.
The fame of Padilla as a military leader increases before his followers with this victory, the first that can be attributed as a general against an appreciable force and a difficult position to expunge. Euphoria seizes the revolutionaries, who feel they have managed to reverse the Tordesillas fiasco. The proportions of the reversal of the imperialists, which is also personal for Don Fadrique, exacerbate the spirits of the most intransigent and urge those who would like to find a negotiated solution, before it ends up becoming impossible. The pulse between one and the other, and the division that the admiral does not stop fostering, will give rise to a complex game of conversations and truces. However, the great of the kingdom is not willing to forget what that insignificant Toledo ruler, elevated by the populace to the rank of general in chief, has done to him. The Torrelobatón sack seals Padilla’s fate.

The last battle of Padilla is, like the last one of Nicias, a retreat. He understands that staying in Torrelobatón to suffer the siege of all the gathered force of his enemies, with his troop down and poorly composed, and the fortress only half restored from the damage caused to take it, is equivalent to a suicide. At his command, there are seven thousand infantry of unequal quality and no more than four hundred horsemen, while the Imperials have six thousand infantry, most of them good, and two thousand four hundred first rank cavalry, supported by an appreciable artillery force. . To try to save the army from him and buy time to reorganize it, Padilla decides to retreat to Toro. Early on April 23, 1521, he gave the order to leave. At breakfast, before setting off, a clergyman warns him that the chosen date is a bad omen for him and good for the enemy.
Padilla is the first indicated, on the emperor’s list and so that the executioner’s blade slices his neck, but Juan Bravo asks to go before so as not to see his captain die, a will that is granted to him. The slaughterer from Segovia does not make it easy for him, although he has postulated, he still does not accept the death they want to give him. They have to reduce it by force. Once they manage to slaughter him and his body is left lifeless on the scaffold, Juan de Padilla cannot shut up and exclaims:
«There you are, good gentleman!»
And after murmuring a prayer, he gives himself without resistance to the executioner.
When the three captains are already beheaded, their heads are exposed nailed to hooks on the roll in the Plaza de Villalar. From the dais erected right there, and adorned with the imperial arms, the three viceroys and governors have attended the execution.

The operation to demolish an identity, or what might remain of it, is difficult to imagine more effective. Whoever removed it from the magín deserves both the gratitude of those who have a dislike for Castile and the Castilians as that of those blessed with the multitude of canonies and feeders that the establishment of new administrative districts entails. In the light of the newspaper archive of the years in which the cutting was completed, and the arguments that are confronted in it, this could well be a reason to undertake it in such a complete and complete way. Be that as it may, the vested interests over four decades, complicated by the insoluble quarrels that embarrass the Castilian-Leonese autonomy, and which from time to time are translated into secessionist attempts from León, guarantee that Castile does not have a political community of reference from which a day can be considered that is no less a nation than Galicia, or Catalonia or the Basque Country. And since philosophy teaches one to conform to reality, especially if it cannot be changed, and from it and not from alternative illusions to try to build some possible happiness, the national endeavor is not the priority of the majority of Castilians.

Spring 1531
It is ten years since the death of her husband and Dona Maria remembers it in a room in the houses of the bishop of Porto, where she lives. It is a sober gray set of buildings and towers, of traditional Portuguese construction, hanging over the Douro and forming part of the fortified enclosure of the cathedral. Over time, it will be remade from top to bottom and turned into a sumptuous Baroque palace. Doña María has a good view of the river from her window; In the background, after its last bend, you can see the clear immensity of the Atlantic. She is Padilla’s widow, for a change, in poor health. Although she is only thirty-four years old, she has had to move from Braga, where she was exiled at first, in search of the benefits of the sea air. This morning of April 24, 1531, she has barely a month to live. Too many misfortunes have accumulated on her fragile organism. After the execution in Villalar of her husband, in 1523 she lost her only son, at the age of seven and without being able to see him for nineteen months, due to the haste with which the end of the Toledo Community, in February 1522, forced her to leave the city.

The news of Padilla’s death provoked unprecedented displays of pain in Toledo. Men and women, young and old, main people and common people wept in their homes and in the streets. The bells of the cathedral and all the churches tolled.

The French, who had been moving troops for months, without the governors of Carlos V being able to react because they were too busy trying to finish off the comuneros, passed Roncesvalles and invaded Navarre. They also managed to surrender the fortress of Fuenterrabía, which Diego de Vera, the captain of the Djerba expeditionaries, tried to hold in vain, against a superior enemy who crushed it with cannon fire.
In those inflamed days that Toledo lived between spring and summer, until the imperial army managed to repel the French and expel them from Navarre, Doña María, deep in her heart, was not mistaken about her future . Toledo could not sustain her resistance indefinitely: sooner or later she would fall and all that she could gain was that she did it in honorable conditions, and not allowing herself to be crushed and humiliated like the rest of the cities. For this reason, while he encouraged the people of Toledo to resist, he was in contact with his relatives related to the emperor, starting with his own brother, the Marquis of Mondéjar, head of the Mendoza family, and his uncle Diego López Pacheco y Portocarrero, Marquis of Villena and patriarch. of the Pacheco, his other family branch.
The important community leaders who were taken prisoner were executed without regard: in addition to the three captains of Villalar and Bishop Acuña, Pedro Maldonado ended his days on the gallows, whom they executed in Simancas – despite the intercession of his uncle – , and several of the attorneys of the Board of Tordesillas, up to a total of twenty. In view of the little predisposition to clemency of the emperor, who even revoked the pardon that the viceroys wanted to grant the deserters Pero Laso and Pedro Girón – to snub the admiral – all those who were still at liberty were put to safety where they could, either by crossing the border, or by seeking the protection of a nobleman.

The Castilian feeling of freedom and dignity of its people, as expressed by the movement of the Communities, served for something and found, through those who recognized and appreciated it, its historical expression in the way in which it ended up stipulating the coexistence of the Spanish. It was not the only material on which he fed, but without it it would be difficult to understand the present form of the democratic rule of law in Spain. It is this imperfect form of government, like all of them — especially for those of us who cannot stop feeling republican — but it is not the worst of those that exist or of those that we have suffered, and it does not seem inferior to some of those that have suffered. postulated as an alternative for the future and that require adhesions and abdications from which for now we live happily exempt. Contemplated in that light, the sacrifice and defeat of Castile, the crushed revolt of Padilla and company, the sum of the efforts of so many, since Count Fernán González insisted on supporting himself with his family on the inhospitable frontier of three more kingdoms. powerful, they do not seem entirely sterile. If Castilla in the end did not manage to survive the defense of its character and its history in the face of an empire that surpassed it, and if those who inherited that empire and ruined it never considered it necessary to restore its lost esteem, at least its spirit survived and its influence came to those who could take advantage of them. It even takes advantage, today, of those who take pleasure in disdaining it.
Spain has, perhaps by inheritance from Castile, the bad habit of losing the bones of her most illustrious dead. Such is the case of Cervantes, Lope de Vega or García Lorca, to mention just three examples. This is partly responsible for funeral laziness, linked to the fact that for a time burials were made in churches and these were reformed without much care for the dead piled up there. Another part of the blame is the contempt for the outcasts, who in so many moments in our history were simply those who had another vision of the world, an abominable crime that threw them into nameless graves. That it cannot be said with certainty where Juan de Padilla’s bones are today is the result of a combination of both circumstances.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2011/07/31/lorenzo-silva-la-estrategia-del-agua/

https://weedjee.wordpress.com/2011/12/29/lorenzo-silva-el-lejano-pais-de-los-estanques/

https://weedjee.wordpress.com/2013/01/25/la-marca-del-meridiano-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/12/sereno-en-peligro-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2016/07/06/y-al-final-la-guerra-lorenzo-silva-luis-miguel-francisco/

https://weedjee.wordpress.com/2017/05/03/madrid-negro-varios-autores/

https://weedjee.wordpress.com/2017/12/28/sangre-sudor-y-paz-la-guardia-civil-contra-eta-lorenzo-silva-manuel-sanchez-gonzalo-araluce-blood-sweat-and-peace-the-civil-guard-against-eta-by-lorenzo-silva-manuel-sa/

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/20/ahi-fuera-lorenzo-silva-out-there-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/30/donde-uno-cae-lorenzo-silva-where-one-falls-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/14/el-solitario-lorenzo-silva-manuel-marlasca-cristobal-fortunez-ilustrador-the-lonely-man-by-lorenzo-silva-manuel-marlasca-cristobal-fortunez-illustrator-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/05/29/castellano-lorenzo-silva-castilian-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

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