Cómo Ser Anticapitalista En El Siglo XXI — Erik Olin Wright / How to Be an Anticapitalist in the Twenty-First Century by Erik Olin Wright

Una introducción medio decente a pensar como un socialista en el siglo XXI, por uno de los marxistas más políticos y «sobre el terreno» de nuestro tiempo. Un problema es que Wright es demasiado liberal y, a menudo, habla como si estuviera tomando a aquellos a quienes está tratando de convencer, en lugar de a los que ya están convencidos, como sugiere el título. Quizás elegir un mejor nombre para el libro y comercializar este texto entre los que están al otro lado del pasillo político hubiera sido una mejor idea.
Resumen conciso y fácil de seguir de las deficiencias del capitalismo. Me gusta cómo Wright basa su crítica en el actual sistema capitalista que incide en ciertos valores normativos (igualdad / justicia, libertad / democracia y comunidad / solidaridad) para favorecer a los propietarios privados del capital a expensas de la seguridad y las necesidades de los trabajadores comunes. Claro, hay otras razones para ser anticapitalista (las quejas personales incluyen la contaminación generalizada en las áreas urbanas, el estancamiento de la innovación científica / médica, preocupaciones por la privacidad de los datos), pero estos valores normativos brindan una base moral sólida desde la cual pivotar.
El gran desafío es articular una alternativa realista y más la estrategia para llegar allí. Wright parece más experto en lo primero que en lo segundo.
Entonces, ¿cuál es el contexto del movimiento anticapitalista contemporáneo? Desde los años 70 y 80, la clase empresarial introdujo un conjunto amplio de reformas sociales y económicas que enfatizaban (entre otras cosas) el libre comercio, la privatización y una política fiscal estricta. Esto se conoce en términos generales como «neoliberalismo». Desde la crisis financiera de 2008, el salario laboral promedio ha disminuido, la desigualdad de ingresos ha aumentado y una quinta parte de la población del Reino Unido se encuentra por debajo del umbral de pobreza. Aparte de las crisis económicas globales, el neoliberalismo a menudo se cita por el aumento del trabajo precario (o ‘trabajo flexible’ según su punto de vista) y un aumento de los problemas de salud mental. Como ideología, ha invadido todos los ámbitos de nuestra cultura, en el lugar de trabajo, como consumidores, como unidades atomizadas, requiere una organización masiva para superarlo.
Sin embargo, Wright descarta la estrategia para «aplastar» el capitalismo propuesta históricamente por teóricos revolucionarios como Marx, Gramsci y Lenin. El precedente sugiere que los regímenes que siguen se desviarán hacia el autoritarismo, proporcionando muy poca democracia / libertad a la gente. Aunque es cierto hasta cierto punto, creo que Wright desdeña un poco la naturaleza estocástica e impredecible de las protestas como catalizadores del cambio, especialmente en estos tiempos tan tensos.
Si una ruptura sísmica en el sentido marxista clásico parece cada vez más inverosímil, es más porque la izquierda contemporánea se ha fragmentado en luchas individuales que giran en torno a identidades abstractas. El riesgo ahora está subordinado al creciente impulso de los movimientos «populistas» de derecha que se concentran en torno a la demagogia y el nacionalismo económico.
Es importante ahora más que nunca crear las condiciones para un movimiento anticapitalista unificador que pueda rectificar y evitar las muchas crisis que enfrentamos en un futuro no muy lejano. En general, esta es una introducción convincente a la cosmovisión anticapitalista, que proporciona un lenguaje / marco útil para comprender las variedades de estrategias anticapitalistas.

Como ocurre con muchos conceptos utilizados en la vida cotidiana y en el ámbito académico, hay múltiples formas distintas de definir el «capitalismo». Para muchos, el capitalismo es el equivalente a una economía de mercado, una economía en la que las personas producen cosas que venden a otras personas a través de acuerdos voluntarios. Otros añaden la palabra «libre» antes del término «mercado», resaltando que el capitalismo es una economía en la que las transacciones mercantiles están mínimamente reglamentadas por el Estado. Y hay además quienes destacan que el capitalismo no se caracteriza sólo por los mercados, sino también por la propiedad privada del capital. Los sociólogos, en especial los influidos por la tradición marxista, añaden también por lo general a esto la idea de que el capitalismo se caracteriza por un tipo determinado de estructura de clases, en el que quienes hacen realmente el trabajo en una economía –la clase trabajadora– no ostentan la propiedad de los medios de producción. Esto supone al menos dos clases básicas en la economía: los capitalistas, que poseen los medios de producción, y los trabajadores, que proporcionan el trabajo como empleados.
En el capitalismo contemporáneo, las cosas son más complicadas y no parece tan obvio cómo deberían interpretarse exactamente los diferentes intereses de clase. Por supuesto, hay algunas categorías de personas cuyos intereses materiales con respecto al capitalismo están claros: los grandes poseedores de riquezas y los consejeros delegados de multinacionales tienen claramente el interés de defenderlo; los trabajadores de sweatshops, los trabajadores manuales no cualificados, los trabajadores precarios y los desempleados de larga duración tienen interés en oponerse al capitalismo. Pero para otras muchas personas inmersas en economías capitalistas, las cosas no están tan claras. Profesionales muy instruidos, gerentes y muchos trabajadores por cuenta propia, por ejemplo, ocupan lo que yo he denominado posiciones contradictorias dentro de las relaciones de clase y albergan intereses muy complejos y a menudo incongruentes respecto al capitalismo.
Si el mundo constara sólo de dos clases situadas en lados opuestos de la valla, tal vez bastaría con coordinar el anticapitalismo exclusivamente en términos de intereses de clase. Así era básicamente como veía el problema el marxismo clásico.

Otro antiguo valor conectado con el anticapitalismo es la comunidad, y la idea estrechamente relacionada de solidaridad.
La comunidad/solidaridad expresa el principio de que los seres humanos deberían cooperar entre sí no sólo por lo que reciben personalmente, sino también por un compromiso genuino con el bienestar ajeno y por un sentido de obligación moral que apunta a que obrar así es lo correcto.
Cuando dicha cooperación se produce en actividades prosaicas y cotidianas en las que los individuos se ayudan unos a otros, usamos la palabra «comunidad»; cuando la cooperación se produce en el contexto de una acción colectiva para alcanzar un objetivo común, empleamos el término «solidaridad».
Los valores de igualdad/equidad, democracia/libertad y comunidad/solidaridad son adecuados para evaluar cualquier institución y estructura sociales. Las familias, las comunidades, las escuelas, los países, así como los sistemas económicos, pueden evaluarse de acuerdo con las formas en las que potencian u obstruyen la realización de estos valores. Y, por supuesto, las propuestas de alternativas hay que juzgarlas también sobre la base de estos valores.

El anticapitalismo se basa en gran medida en la afirmación de que el capitalismo como forma de organizar un sistema económico impide la realización más acabada posible de los valores de igualdad/equidad, democracia/libertad y comunidad/solidaridad.
El capitalismo genera de manera inherente un acceso enormemente desigual a las condiciones materiales y sociales necesarias para llevar una vida próspera.
Podemos plantear dos objeciones a la desigualdad en las condiciones materiales. Primero y de manera más directa, los niveles de desigualdad de rentas y patrimonio en todas las economías capitalistas incumplen sistemáticamente los principios igualitarios de justicia social. Incluso aunque adoptemos la noción más laxa de igualdad de oportunidades (y no la de acceso igual a las condiciones para llevar una vida próspera), ninguna economía capitalista se ha acercado jamás a ese criterio: en todas partes, los niños que crecen en las familias situadas en la parte superior de la distribución de rentas y patrimonio tienen oportunidades significativamente mayores en la vida. En todas partes, las personas disfrutan de ventajas y afrontan desventajas generadas por la organización capitalista de la economía, ventajas y desventajas de las que no son responsables. En segundo lugar, los niveles de desigualdad generados por el capitalismo son tales que algunas personas no sufren un simple acceso desigual a dichas condiciones sino una privación absoluta de las condiciones necesarias para llevar una vida próspera.

Cinco estrategias distintas –que denominaré «lógicas estratégicas»– han sido especialmente importantes en las luchas anticapitalistas: aplastar el capitalismo, desmantelar el capitalismo, domesticar el capitalismo, resistirse al capitalismo y huir del capitalismo. Aunque en la práctica todas estas estrategias se entremezclan, cada una de ellas constituye una forma distinta de responder a los daños causados por el capitalismo. Empezaremos por examinarlas por separado.
– Aplastar el capitalismo
Esta es la lógica estratégica clásica de los revolucionarios. La justificación es más o menos la siguiente:
El sistema está podrido. Todos los esfuerzos por hacer la vida tolerable dentro del capitalismo acabarán por fracasar. De tanto en tanto serán posibles pequeñas reformas para mejorar la vida de la población, cuando las fuerzas populares sean poderosas, pero dichas mejoras siempre serán frágiles, vulnerables al ataque y reversibles.
– Desmantelar el capitalismo
Desde el comienzo de los movimientos anticapitalistas hubo quienes compartían la crítica al capitalismo y los objetivos fundamentales de los revolucionarios, pero que no compartían la creencia en que la ruptura fuese verosímil. Este escepticismo respecto a la posibilidad de que se diera un derrocamiento revolucionario del capitalismo, sin embargo, no implicaba abandonar la idea del socialismo.
– Domesticar el capitalismo
Tanto la versión de aplastarlo como la de desmantelarlo plantean la posibilidad última de sustituir el capitalismo por una estructura económica completamente distinta, el socialismo. En este sentido, ambas tienen aspiraciones revolucionarias, aun cuando difieran en la interpretación de cuáles son los medios necesarios para alcanzar sus objetivos.
– Resistirse al capitalismo
La expresión «resistencia al capitalismo» podría usarse como término general para las luchas anticapitalistas. Usaré la expresión en un sentido más estricto, para identificar las luchas que se oponen al capitalismo desde fuera del Estado pero que no intentan por sí mismas hacerse con el poder estatal. Tanto domesticar como desmantelar el capitalismo exigen niveles elevados de acción colectiva sostenida por parte de organizaciones coherentes, en especial partidos políticos, que intentan ejercer el poder estatal.
– Huir del capitalismo
Una de las respuestas más antiguas a las depredaciones del capitalismo ha sido la huida. Puede que la huida del capitalismo no haya cristalizado en general en ideologías anticapitalistas sistemáticas, pero tiene no obstante una lógica coherente. El capitalismo es un sistema demasiado poderoso como para destruirlo. Domesticar verdaderamente al capitalismo, y no digamos desmantelarlo, exigiría un nivel poco realista de acción colectiva sostenida y, de todas formas, el sistema en conjunto es demasiado grande y complejo como para controlarlo de manera efectiva. Los poderes actuales son demasiado fuertes como para desplazarlos, y siempre defenderán sus privilegios y acabarán incorporando a la oposición. Es una guerra imposible de ganar.

Una forma de abordar el replanteamiento de la idea de socialismo es poner el foco en la manera como se organiza el poder dentro de las estructuras económicas, en especial el poder sobre la asignación y el uso de los recursos económicos. Invocar el poder abre, por supuesto, la caja de Pandora de las cuestiones políticas. Pocos conceptos son más debatidos por los teóricos sociales que el poder, de modo que aquí adoptaré un concepto deliberadamente básico: poder es la capacidad de hacer cosas en el mundo, de producir efectos. Es lo que denominaríamos una noción del poder «centrada en el agente»: las personas, actuando tanto individual como colectivamente, usan el poder para conseguir cosas. En los sistemas económicos, usan el poder para controlar la actividad económica: asignando inversiones, escogiendo tecnologías, organizando la producción, dirigiendo el trabajo, etcétera.
El poder es la capacidad de hacer cosas, pero esta capacidad puede adoptar muchas formas distintas. Dentro de los sistemas económicos destacan en especial tres formas distintas de poder: el económico, el estatal y lo que yo denominaré el «poder social». Los dos primeros son conocidos. El poder económico se basa en el control de los recursos económicos. El poder estatal, en el establecimiento y la aplicación de normas en un territorio. El poder social, tal y como yo uso la expresión, mana de la capacidad de movilizar personas para acciones colectivas voluntarias, en cooperación. Si el ejercicio del poder económico consigue que los individuos hagan cosas sobornándolos, y el ejercicio del poder estatal, obligándolos, el ejercicio del poder social consigue que las hagan convenciéndolos.
El poder social es fundamental para la idea de la democracia. Decir que un Estado es democrático significa que el poder estatal está subordinado al social. Las autoridades de un Estado democrático utilizan, como en todos los Estados, el poder estatal –el poder de hacer y aplicar normas vinculantes en el territorio–, pero en una democracia política el poder estatal está sistemáticamente subordinado al poder social.

El problema es que las reglas del juego capitalista restringen gravemente el espacio disponible para dichos movimientos. Específicamente, parece improbable que las reglas existentes permitan a las alternativas crecer de una forma tal que erosione significativamente el dominio del capitalismo. Por eso la estrategia de erosionar el capitalismo exige también desmantelar el capitalismo, es decir, cambiar las reglas del juego que componen las relaciones de poder del capitalismo de manera tal que abran más espacio para las alternativas emancipadoras. Históricamente, las reglas del capitalismo han sido alteradas en ocasiones para neutralizar algunos de los mayores perjuicios causados por él. Esto es domesticar el capitalismo. Desmantelarlo supone más que simplemente neutralizar sus perjuicios; implica cambios en aquellas reglas del juego que afectan al núcleo de sus relaciones de poder. Se trata de un reto mucho mayor.

La erosión del capitalismo combina cuatro lógicas estratégicas: resistirse al capitalismo, huir del capitalismo, domesticar el capitalismo y desmantelar el capitalismo. Diferentes tipos de actores colectivos y coaliciones participan en cada una de ellas.
La resistencia al capitalismo está en el centro de buena parte del movimiento sindical y de muchos movimientos sociales que se enfrentan a las depredaciones que genera. Las recurrentes movilizaciones de protestas y ocupaciones diseñadas para bloquear la austeridad son ejemplos contemporáneos. La huida del capitalismo es una estrategia de activismo comunitario basada en la economía social y solidaria y en la economía de mercado cooperativa. A veces esto puede incluir grandes federaciones de grupos que se organizan para promover formas de actividades económicas no capitalistas; en ocasiones los actores colectivos pueden ser muy pequeños, y aprovechar los espacios locales disponibles para crear relaciones económicas no capitalistas.
Ni la resistencia ni la huida implican necesariamente una acción dirigida, ante todo, a ganar cotas de poder del Estado. En contraste, puesto que tanto la domesticación como el desmantelamiento del capitalismo buscan cambiar las reglas del juego y no simplemente moverse dentro de las reglas existentes, estas dos serán estrategias que exigen una acción política para adquirir cierto poder dentro del propio Estado.
El término identidad, en su sentido más amplio, nos ayuda a entender cómo se clasifican las personas a sí mismas y a las demás, en función de cosas destacables en su vida. Los seres humanos tienen todo tipo de identidades, incluidas las relacionadas con su sexo, raza, clase, orientación sexual, etnia, nacionalidad, religión, idioma y discapacidades físicas, pero también cosas como ser amantes del jazz, neoyorquinos, intelectuales, corredores de maratón, abuelos o de una ideología política específica. Todas ellas (y muchas más) podrían aparecer en respuesta a la pregunta de ¿cuáles son las cosas que definen quién eres? La respuesta tiene intrínsecamente un doble carácter: cualquier definición de quién soy define también qué otros son como yo. La identidad de una persona, por lo tanto, es una compleja intersección de estos tipos de categorías.

En las democracias capitalistas desarrolladas de hoy, se ha generalizado el sentimiento de que el sistema político-económico no funciona bien, quizá incluso que se está desmoronando. Tanto el Estado como la economía parecen incapaces de responder con coherencia y creatividad a los retos que afrontamos, ya supongan adaptarse a las ramificaciones del cambio climático, y mucho menos mitigar sus causas subyacentes; la crisis mundial de los refugiados, que probablemente se intensifique en las próximas décadas, a medida que a los refugiados por conflictos bélicos y a los migrantes económicos se sumen los climáticos; el aumento de la polarización económica en los países ricos; la perspectiva de un futuro «sin empleo» a raíz de la automatización y la inteligencia artificial, o también de un futuro en el que los puestos de trabajo generados por el mercado sean o puestos bien remunerados, con exigencia de niveles muy elevados de educación y conocimientos, o puestos precarios y mal pagados. El capitalismo existente en la actualidad es un gran obstáculo para afrontar con eficacia todas estas cuestiones.
Una reacción a estas tendencias es el pesimismo. El capitalismo parece inexpugnable. El desorden –y en algunos lugares la desintegración– de los partidos políticos tradicionales ha generado una sensación de incompetencia política y de parálisis. Esto ha creado un espacio para un populismo nativista de derechas. Es fácil imaginar un futuro en el que la erosión de la democracia liberal se acelere y se deslice hacia formas de gobierno mucho más autoritarias, aunque todavía nominalmente democráticas. Dichas evoluciones son ya visibles en algunas democracias capitalistas de la periferia de Europa occidental.
El capitalismo existente en la actualidad no tiene por qué ser nuestro futuro. La desafección popular hacia el capitalismo es generalizada, a pesar de la carencia de confianza en la viabilidad de un sistema alternativo. En todas partes podemos observar esfuerzos flexibles de huida de las depredaciones del capitalismo corporativo mediante la construcción de nuevas formas de organizar nuestra vida económica. Y hay serios esfuerzos para crear nuevas formaciones políticas, a veces dentro de partidos tradicionales de la izquierda, a veces en forma de nuevos partidos.

Vivimos en un ecosistema capitalista compuesto por una variedad de organizaciones e instituciones capitalistas y no capitalistas. Las relaciones capitalistas dominan el ecosistema, pero no lo monopolizan. La transición a un socialismo democrático implica profundizar los elementos no capitalistas y convertirlos en elementos anticapitalistas que incluyen la lista ya conocida: renta básica universal que crea espacio para otras formas de producción (la economía solidaria y la economía cooperativa); democratización de la empresa y creación de bancos públicos para reducir el poder del capital; organizaciones económicas no mercantilizadas tales como la provisión de bienes y servicios por parte del Estado y la producción colaborativa entre iguales.
Esta estrategia de erosión, esta rearticulación de los diferentes componentes del ecosistema capitalista, involucra necesariamente al Estado, siendo como es el cemento de toda la formación social. También aquí Erik se aparta de la ortodoxia marxista, que trata al Estado como un objeto coherente blandido por la clase capitalista o un sujeto coherente que de algún modo siempre actúa siguiendo los intereses del capitalismo. Por el contrario, presenta el Estado capitalista como una entidad heterogénea e internamente contradictoria que refleja la diversidad del ecosistema capitalista.
A diferencia del Manifiesto Comunista, no profetiza ni prefigura quién hará un mundo mejor –más igual, más democrático, más solidario– sino que, por el contrario, el propio libro modelará e inspirará a los activistas a forjar ese nuevo socialismo. Las utopías concretas que Erik señala crearán sus propios agentes de realización.
El último libro de Erik me recuerda a la sociología clásica. Émile Durkheim acabó su texto definitorio de la sociología, La división del trabajo social (1893) con las siguientes palabras:
En resumen, nuestro primer deber en el presente es modelar una moral para nosotros mismos. Dicha tarea no puede improvisarse en el silencio del despacho. Sólo puede surgir de su propia volición, gradualmente, y bajo la presión de causas internas que la hagan necesaria. Lo que la reflexión puede y debe hacer es prescribir el objetivo que debe alcanzarse. Eso es lo que nos hemos afanado en lograr.

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A half decent introduction into thinking like a socialist in the 21st century, by one of the more policy and ‘on the ground’ Marxists of our time. One problem is Wright is too liberal, and oftentimes speaks as if he’s taking to those who he is trying to convince, rather than those already convinced, as the title suggests. Perhaps choosing a better name for the book, and marketing this text to those on the other side of the political aisle would have been a better idea.
Concise and easy-to-follow overview of Capitalism’s deficiencies. I like how Wright bases his critique on the current capitalist system impinging on certain normative values – equality/fairness, freedom/democracy and community/solidarity – to favour private owners of capital at the expense of the security and needs of ordinary workers. Sure, there are other reasons to be anti-capitalist – personal gripes include rife pollution in urban areas, stagnating scientific/medical innovation, data privacy concerns – but these normative values provide a sound moral foundation to pivot from.
The big challenge is articulating a realistic alternative and more so the strategy for getting there. Wright appears more adept in the former than the latter.
So what’s the context for the contemporary anti-capitalist movement? Since ’70s-80s, the corporate class introduced a swathing set of social and economic reforms emphasising (among other things) free trade, privatisation and tight fiscal policy. This is broadly referred to as ‘Neoliberalism’. Since the 2008 financial crisis, the average working wage has declined, income inequality has risen, and 1/5 of the UK population are below the poverty line. Aside from global economic crises, neoliberalism is often cited for the increase in precarious work (or ‘flexible work’ depending on your pov) and a rise in mental health problems. As an ideology, it has pervaded all realms of our culture – in the workplace, as consumers, as atomised units – it requires massive organisation to overcome.
Yet Wright discounts the strategy for ‘smashing’ capitalism proposed historically by revolutionary theorists such as Marx, Gramsci and Lenin. Precedent suggests regimes that follow will drift towards authoritarianism, providing very little in the way of democracy/freedom to the people. Although true to an extent, I think Wright is a little dismissive of the stochastic, unpredictable nature of protests as catalysts for change, especially in these most fraught times.
If a seismic rupture in the classic Marxist sense looks increasingly implausible, it’s more because the contemporary Left has fragmented into individual struggles revolving around abstract identities. The risk now is being subordinated to the growing momentum of right wing ‘populist’ movements rallying around demagoguery and economic nationalism.
It’s important now more than ever create conditions for a unifying anti-capitalist movement that can rectify and avoid the many crises we face in the not so distant future. Overall, this is a cogent introduction to the anti-capitalist worldview, which provides a useful language/framework to understand varieties of anti-capitalist strategy.

As with many concepts used in everyday life and academia, there are many different ways of defining «capitalism.» For many, capitalism is the equivalent of a market economy, an economy in which people produce things that they sell to other people through voluntary agreements. Others add the word «free» before the term «market», highlighting that capitalism is an economy in which commercial transactions are minimally regulated by the state. And there are also those who emphasize that capitalism is not only characterized by markets, but also by private ownership of capital. Sociologists, especially those influenced by the Marxist tradition, also generally add to this the idea that capitalism is characterized by a certain type of class structure, in which those who actually do work in an economy – the class worker – they do not hold ownership of the means of production. This assumes at least two basic classes in the economy: the capitalists, who own the means of production, and the workers, who provide labor as employees.
In contemporary capitalism, things are more complicated and it does not seem so obvious how exactly the different class interests should be interpreted. Of course, there are some categories of people whose material interests with respect to capitalism are clear: the great holders of wealth and the CEOs of multinationals clearly have an interest in defending it; sweatshop workers, unskilled manual workers, precarious workers and the long-term unemployed have an interest in opposing capitalism. But for many other people immersed in capitalist economies, things are not so clear. Highly educated professionals, managers, and many self-employed workers, for example, occupy what I have called contradictory positions within class relations and harbor highly complex and often inconsistent interests in capitalism.
If the world consisted of only two classes situated on opposite sides of the fence, perhaps it would suffice to coordinate anti-capitalism exclusively in terms of class interests. This was basically how classical Marxism saw the problem.

Another ancient value connected to anti-capitalism is community, and the closely related idea of solidarity.
Community / solidarity expresses the principle that human beings should cooperate with each other not only because of what they personally receive, but also because of a genuine commitment to the welfare of others and a sense of moral obligation that indicates that doing this is the right thing to do .
When such cooperation occurs in prosaic, everyday activities in which individuals help each other, we use the word «community»; When cooperation occurs in the context of collective action to achieve a common goal, we use the term ‘solidarity’.
The values of equality / equity, democracy / freedom and community / solidarity are suitable for evaluating any social institution and structure. Families, communities, schools, countries, as well as economic systems, can be evaluated according to the ways in which they enhance or obstruct the realization of these values. And, of course, the proposals for alternatives must also be judged on the basis of these values.

Anti-capitalism is largely based on the claim that capitalism as a way of organizing an economic system prevents the fullest possible realization of the values of equality / equity, democracy / freedom, and community / solidarity.
Capitalism inherently generates grossly unequal access to the material and social conditions necessary for a prosperous life.
We can raise two objections to inequality in material conditions. First and most directly, the levels of income and wealth inequality in all capitalist economies systematically violate egalitarian principles of social justice. Even if we adopt the looser notion of equal opportunity (and not that of equal access to the conditions for a prosperous life), no capitalist economy has ever approached that criterion: everywhere, children who grow up in families located at the top of the income and wealth distribution have significantly greater opportunities in life. Everywhere, people enjoy advantages and face disadvantages generated by the capitalist organization of the economy, advantages and disadvantages for which they are not responsible. Second, the levels of inequality generated by capitalism are such that some people do not suffer a simple unequal access to these conditions but an absolute deprivation of the necessary conditions to lead a prosperous life.

Five different strategies – which I will call «strategic logics» – have been especially important in anti-capitalist struggles: crush capitalism, dismantle capitalism, domesticate capitalism, resist capitalism, and flee from capitalism. Although in practice all these strategies intermingle, each of them constitutes a different way of responding to the damage caused by capitalism. We will start by examining them separately.
– Smash capitalism
This is the classic strategic logic of the revolutionaries. The justification is more or less the following:
The system is rotten. All efforts to make life tolerable within capitalism will eventually fail. From time to time, small reforms will be possible to improve the lives of the population, when popular forces are powerful, but these improvements will always be fragile, vulnerable to attack, and reversible.
– Dismantle capitalism
From the beginning of the anti-capitalist movements there were those who shared the critique of capitalism and the fundamental objectives of the revolutionaries, but who did not share the belief that the break was plausible. This skepticism regarding the possibility of a revolutionary overthrow of capitalism, however, did not imply abandoning the idea of socialism.
– Tame capitalism
Both the crushing and dismantling versions pose the ultimate possibility of substituting capitalism for a completely different economic structure, socialism. In this sense, both have revolutionary aspirations, even when they differ in the interpretation of what are the necessary means to achieve their objectives.
– Resisting capitalism
The expression «resistance to capitalism» could be used as a general term for anti-capitalist struggles. I will use the expression in a stricter sense, to identify the struggles that oppose capitalism from outside the state but do not attempt by themselves to seize state power. Both taming and dismantling capitalism require high levels of sustained collective action by coherent organizations, especially political parties, attempting to exercise state power.
– Flee from capitalism
One of the oldest responses to the depredations of capitalism has been flight. The flight from capitalism may not generally have crystallized into systematic anti-capitalist ideologies, but it does have a coherent logic nonetheless. Capitalism is too powerful a system to destroy. To truly tame capitalism, let alone dismantle it, would require an unrealistic level of sustained collective action, and the system as a whole is too large and complex to control effectively anyway. The current powers are too strong to displace them, and they will always defend their privileges and end up incorporating the opposition. It is an impossible war to win.

One way to approach the rethinking of the idea of socialism is to focus on how power is organized within economic structures, especially power over the allocation and use of economic resources. Invoking power opens, of course, Pandora’s box of political questions. Few concepts are more debated by social theorists than power, so here I will adopt a deliberately basic concept: power is the ability to do things in the world, to produce effects. This is what we would call an «agent-centered» notion of power: people, acting both individually and collectively, use power to achieve things. In economic systems, they use power to control economic activity: allocating investments, choosing technologies, organizing production, directing work, and so on.
Power is the ability to do things, but this ability can take many different forms. Within economic systems, three distinct forms of power stand out in particular: economic, state, and what I will call «social power.» The first two are known. Economic power is based on the control of economic resources. State power, in the establishment and application of standards in a territory. Social power, as I use the expression, springs from the ability to mobilize people for voluntary collective action, in cooperation. If the exercise of economic power gets individuals to do things by bribing them, and the exercise of state power by forcing them, the exercise of social power gets them to do things by convincing them.
Social power is fundamental to the idea of democracy. To say that a state is democratic means that state power is subordinate to the social one. The authorities of a democratic state use, as in all states, state power – the power to make and apply binding norms in the territory – but in a political democracy state power is systematically subordinate to social power.

The problem is that the rules of the capitalist game severely restrict the space available for such movements. Specifically, it seems unlikely that the existing rules will allow the alternatives to grow in a way that significantly erodes the dominance of capitalism. That is why the strategy of eroding capitalism also requires dismantling capitalism, that is, changing the rules of the game that make up capitalism’s power relations in such a way that they open up more space for emancipatory alternatives. Historically, the rules of capitalism have been altered at times to neutralize some of the greatest damage caused by it. This is taming capitalism. Dismantling it involves more than simply neutralizing its damages; it implies changes in those rules of the game that affect the core of their power relations. This is a much bigger challenge.

The erosion of capitalism combines four strategic logics: resist capitalism, flee from capitalism, domesticate capitalism and dismantle capitalism. Different types of collective actors and coalitions participate in each of them.
Resistance to capitalism is at the center of a good part of the trade union movement and of many social movements that face the depredations it generates. The recurring mobilizations of protests and occupations designed to block austerity are contemporary examples. The flight from capitalism is a strategy of community activism based on the social and solidarity economy and the cooperative market economy. Sometimes this may include large federations of groups organizing to promote non-capitalist forms of economic activity; sometimes the collective actors can be very small, and take advantage of available local spaces to create non-capitalist economic relations.
Neither resistance nor flight necessarily implies an action aimed, above all, at gaining levels of power from the State. In contrast, since both the domestication and the dismantling of capitalism seek to change the rules of the game and not simply move within the existing rules, these two will be strategies that require political action to acquire some power within the state itself.
The term identity, in its broadest sense, helps us understand how people classify themselves and others, based on remarkable things in their lives. Human beings have all kinds of identities, including those related to their sex, race, class, sexual orientation, ethnicity, nationality, religion, language, and physical disabilities, but also things like jazz lovers, New Yorkers, intellectuals, marathon runners , grandparents or a specific political ideology. All of them (and many more) could appear in response to the question of what are the things that define who you are? The answer is intrinsically twofold: any definition of who I am also defines what others are like me. A person’s identity, therefore, is a complex intersection of these types of categories.

In today’s developed capitalist democracies, the feeling has become widespread that the political-economic system is not working well, perhaps even that it is crumbling. Both the State and the economy seem incapable of responding with coherence and creativity to the challenges we face, whether they involve adapting to the ramifications of climate change, much less mitigating its underlying causes; the global refugee crisis, which is likely to intensify in the coming decades, as refugees from war and economic migrants are joined by climatic ones; increasing economic polarization in rich countries; the prospect of a ‘jobless’ future due to automation and artificial intelligence, or also a future in which market-generated jobs are either well-paid jobs, requiring very high levels of education and knowledge, or precarious and poorly paid positions. Today’s capitalism is a major obstacle to effectively tackling all these issues.
One reaction to these trends is pessimism. Capitalism seems impregnable. The disorder – and in some places the disintegration – of the traditional political parties has created a sense of political incompetence and paralysis. This has created a space for a right-wing nativist populism. It is easy to imagine a future in which the erosion of liberal democracy accelerates and slides into much more authoritarian, though still nominally democratic, forms of government. These developments are already visible in some capitalist democracies on the periphery of Western Europe.
The capitalism that exists today does not have to be our future. Popular disaffection with capitalism is generalized, despite the lack of confidence in the viability of an alternative system. Everywhere we can see flexible efforts to escape the depredations of corporate capitalism by building new ways of organizing our economic life. And there are serious efforts to create new political formations, sometimes within traditional parties of the left, sometimes in the form of new parties.

We live in a capitalist ecosystem made up of a variety of capitalist and non-capitalist organizations and institutions. Capitalist relations dominate the ecosystem, but they do not monopolize it. The transition to a democratic socialism implies deepening the non-capitalist elements and turning them into anti-capitalist elements that include the already known list: universal basic income that creates space for other forms of production (the solidarity economy and the cooperative economy); democratization of the company and creation of public banks to reduce the power of capital; non-commercialized economic organizations such as the provision of goods and services by the State and collaborative production among equals.
This strategy of erosion, this rearticulation of the different components of the capitalist ecosystem, necessarily involves the State, as it is the cement of the entire social formation. Here too Erik departs from Marxist orthodoxy, which treats the state as a coherent object brandished by the capitalist class or a coherent subject that somehow always acts in the interests of capitalism. On the contrary, it presents the capitalist state as a heterogeneous and internally contradictory entity that reflects the diversity of the capitalist ecosystem.
Unlike the Communist Manifesto, it does not prophesy or prefigure who will make a better world – more equal, more democratic, more supportive – but, on the contrary, the book itself will shape and inspire activists to forge that new socialism. The concrete utopias that Erik points out will create their own agents of fulfillment.
Erik’s latest book reminds me of classical sociology. Émile Durkheim finished his defining text on sociology, The Division of Social Labor (1893) with the following words:
In short, our first duty at present is to model a morality for ourselves. This task cannot be improvised in the silence of the office. It can only arise out of its own volition, gradually, and under the pressure of internal causes that make it necessary. What reflection can and should do is prescribe the goal to be achieved. That is what we have striven to achieve.

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