El Mundo A Través De Sus Cárceles — Fernando Gómez Hernández / The World Through Its Prisons by Fernando Gómez Hernández (spanish book edition)

Los libros del autor me parecen interesantes, primero fueron los cementerios y ahora las cárceles, un libro didáctico y como en el declos cementerios, comentado en el blog me ha recordado mis viajes porcel mundo. Recomendado

El interior de la Torre de Londres ejerció uno de los más infames torturadores que Londres ha criado, su nombre era Richard Topcliffe. Según su propio relato, sabemos que ingresó al servicio de la reina Isabel en 1570 a la tardía edad de treinta y nueve años. Conservado entre los manuscritos del obispo de Southwark, se puede encontrar uno que nos facilita noticias del arresto del jesuita Robert Southwell para después informarnos que Topcliffe lo torturó en su casa al tener autoridad eclesiástica para dar tormento a los sacerdotes en su propio domicilio, remarcando que tenía la autorización de hacerlo de la manera como a él se le antojara. En el cuarto de trabajo de su casa, Topcliffe tenía habilitado un potro de tortura de mayor categoría que los que utilizaba en la Torre de Londres. Tan orgulloso estaba de ese instrumento y de su habilidad al utilizarlo, que se decidió a transcribirlo en papel, para dejar como legado a la humanidad el modo en que aplicó el cruel tratamiento al jesuita.
La primera ejecución ocurrida en Holloway tuvo lugar en febrero de 1903, Amelia Sach y Annie Walters fueron ejecutadas por ser partícipes en un indigno negocio. Se dedicaban a adoptar niños, en su mayoría hijos de sirvientas que habían quedado embarazadas de sus señores. Esos burgueses que habían abusado de sus jóvenes empleadas estaban interesados en que el asunto se resolviera con discreción y recurrían a Amelia y a Annie para que se llevaran a los bebés. Por cada una de estas adopciones cobraban entre 25 y 30 libras esterlinas. Posteriormente, y ahí estaba lo despreciable, envenenaban a los bebés con una solución que contenía una alta dosis de morfina. Al salir a la luz su negocio, se descubrió que la cifra de niños que habían tenido ese final superaba la docena, según la cantidad de ropa de bebé encontrada en el piso. Amelia y Annie fueron las primeras mujeres en ser ahorcadas en Holloway, en la única doble ejecución de mujeres que se ha llevado a cabo en los tiempos modernos. Sus cuerpos fueron enterrados en tumbas anónimas dentro de la prisión.
La cárcel no funcionaba desde el año 2006 y que el terreno había sido vendido por 81 millones y medio de libras esterlinas para construir en su espacio mil viviendas.
Ruth Ellis fue enterrada en el interior de los muros de la prisión en una tumba en la que no se puso nombre, como era costumbre para los prisioneros ejecutados. Su cuerpo estuvo allí enterrado hasta que a principios de la década de los setenta la prisión fue reconstruida. En esa fecha los cuerpos de todas las mujeres ejecutadas y enterradas fueron exhumados para su traslado a otros lugares. El cuerpo de Ellis se sepultó a 50 kilómetros de Londres en el cementerio de la iglesia de Santa María, en Amersahm. En 1982, su hijo Andy, hijo del soldado canadiense que la dejó embarazada a los diecisiete años, destruyó la lápida poco antes de suicidarse.
Esas fueron las cinco mujeres ejecutadas en Holloway. Una de las cosas que descubrí mirando los muros de la prisión es que la cárcel no es igual para todos, y me confirmó esa impresión una de sus prisioneras distinguidas. Se llamaba Diana Mitford y era una nazi convencida casada con el jefe de la Unión Fascista Británica. Si ve alguna foto suya, comprobará que era muy hermosa, con un cierto aire sofisticado que recuerda a Greta Garbo.

La cárcel de Reading fue construida en 1844. Cuando se inauguró fue un centro modelo basándose en la Prisión de Nuevos Modelos de Londres, construida veintiocho años antes en Pentonville. De esa cárcel se encargó de copiar la forma de cruz de su arquitectura y desarrolló el novedoso régimen de aislamiento de los reos, que entre otras cosas tenían prohibido hablar entre ellos e incluso intercambiar miradas.
El patio por el que en aquel momento estaba pasando sirvió como espacio para ejecuciones públicas. Ese patio, de piedra burda y altos muros, lo cruzó con grilletes, y así lo explicaba en su libro La balada de la cárcel de Reading, el personaje conocido como preso C.3-3. Ese prisionero no era otro que uno de los escritores más importantes que ha dado la lengua inglesa, Oscar Wilde.
La celda era un diminuto espacio que debía de rondar los 3 × 2 metros. Ese tamaño nos obligó a entrar en grupos de cuatro personas. Una celda sencilla que contaba con una ventana al fondo, un escritorio rudimentario donde no es difícil imaginar a Wilde encorvado escribiendo alguna frase genial, y un camastro de tablones de madera desprovisto de colchón. En la soledad de ese habitáculo, cuántos demonios debieron de ir a su encuentro. Por primera vez en su vida se siente solo, abandonado sin que nadie lo adule, y, mientras escribe en ese escritorio, suelta veneno reprochando a Alfred, a su querido «Bosie», que nunca se haya acercado hasta la prisión de Reading para verlo. Dolor más grande que el encierro es el olvido.

La prisión de Kilmainham sirvió de encierro de sufragistas. Una de las huéspedes más notables fue Constance Gore-Booth, más conocida como la condesa Markievicz, título adquirido al estar casada con un conde polaco que ostentaba ese tratamiento. Muchas son las cárceles que se enorgullecen de haberla tenido encerrada, por ejemplo, la que había visitado días atrás, la londinense de Holloway.
La lucha femenina por el voto fue solo el principio de una activa militancia política por la independencia de Irlanda. Constance fue una de las organizadoras del Levantamiento de Pascua. Integrada en el Ejército Ciudadano Irlandés, se encargó de diseñar sus uniformes, pero su labor fue más allá de la intendencia. Dirigió la defensa del parque de St. Stephens Green, donde mató a un policía.
El interior de la prisión había servido de plató cinematográfico en un sinnúmero de conocidas películas interpretadas por importantes actores, como The Italian Job, con Michael Caine, El hombre de Mackintosh, con Paul Newman, En el nombre del padre, con Daniel Day Lewis, o Michael Collins, con Liam Nesson. Esa explicación me dejó más tranquilo.

Hay dos formas de acceder a la cárcel Mamertina: por un lado, directamente desde la nave del templo y, por otro, que fue por el que me decidí, por una entrada que se encuentra a pie de calle. Si alguna vez pasa por ese lugar, no dude en detenerse y entrar. Al ser pequeña solo le deparará la pérdida de unos pocos minutos recorrerla. Poco es lo que se tiene que ver, aunque su valor histórico es incalculable. Si el cristianismo tiene el poder que tiene actualmente es gracias a la labor de esos dos santos, que asentaron los cimientos sobre los que se sustenta la Iglesia cristiana actual.
Después de descender una empinada escalera me encontraba en una sala trapezoidal de piedra de toba. Era una habitación libre de ornamentación a excepción de dos bustos más o menos de tamaño original que se hallaban dentro de una celosía que presidía un altar sin demasiada relevancia.
Siguiendo la ruta por la cárcel Mamertina, si se presta atención a la cámara superior de las dos con las que cuenta, se puede ver un agujero que por precaución se encuentra protegido por un enrejado para evitar accidentes. Ese boquete era el lugar por donde arrojaban a los presos al calabozo inferior. Por esa abertura debieron de lanzar, según se cuenta, a san Pedro y a san Pablo. Ahora, para la comodidad de los visitantes, hay construida una escalera por la que se puede acceder a esa mazmorra inferior que recibe el nombre de Tullianum, posiblemente por el nombre de su constructor, Servio Tulio, que vivió en el siglo VI a. de C.
El Tullianum era el espacio más recóndito y secreto del complejo, y servía no solo como lugar en el que aplicar castigos o torturas, sino también para la reclusión y ejecución de los criminales condenados. El historiador Cayo Salustio escribió que estaba doce pies bajo tierra, alrededor de los tres metros y medio, y describió su apariencia de una manera precisa catalogándola como repulsiva e infame por causa de la inmundicia, la oscuridad y el hedor.

La expresión “de los suspiros” fue acuñada en el siglo XVII, cuando se decía que los convictos en el camino que llevaba a las celdas suspiraban al mirar por las celosías de piedra el pequeño trozo de laguna veneciana que desde allí se puede divisar, y ese era el modo en que se despedían de la ciudad con la incertidumbre de si volverían a verla. Theophile Gautier apunta, en su libro Impresiones de un viaje a Italia, que el Puente de los Suspiros tiene forma de cenotafio. Si lo miramos con detenimiento, no podemos dejar de dar la razón al escritor francés por describirlo con tanto acierto.
La antigua cárcel de Venecia recibe el nombre de Los Plomos y se halla situada en el imponente conjunto del Palacio Ducal. Los prisioneros eran encerrados en su interior por orden del Consejo de los Diez, que, desde el siglo XIV hasta los estertores del XVIII, fue el máximo órgano de gobierno de la República de Venecia. Los prisioneros que iban a parar a sus mazmorras lo eran exclusivamente por delitos políticos o porque estaban a la espera de juicio. En su cautiverio se les permitía la ligera libertad de caminar durante las horas diurnas por el corredor que conectaba las diversas celdas.

La prisión de Ebrat está situada en el centro de Teherán. Actualmente es un museo en el que se rinde homenaje al suplicio que padecieron quienes se opusieron al régimen de Mohammad Reza Pahleví.

Australia, en la prisión de Fannie Bay.
Desde principios del siglo XVII, las metrópolis europeas comenzaron a transportar a sus reclusos a los nuevos territorios. Francia eligió como destino la isla del Diablo, mientras que Inglaterra se decantaba por las colonias que poseía al otro lado del Atlántico, lo que hoy conocemos como Estados Unidos. La tasa de criminalidad fue en aumento en el siglo XVIII en Gran Bretaña, y en 1718 entró en vigor el Acta de Transporte, que era una manera legal de evitar ahorcamientos y enviar lejos a los delincuentes para que trabajasen en las colonias como mano de obra barata. Una vez más, los prisioneros se convertían en herramientas.
El envío de presidiarios se detuvo en 1775, año en que Inglaterra dejó de mandar reclusos a América a raíz del inicio de los movimientos independentistas que se producían.
El día de 1890 en que Rodney Claude Spencer fue enviado a la cárcel de Fannie Bay, la población de Darwin salió enfurecida a la calle. Ese encarcelamiento causó indignación en parte de la comunidad de la ciudad. Lo que la ley había sentenciado les resultaba ofensivo, una provocación insultante que no cabía en la cabeza de ningún ser sensato ni civilizado. No se podía comprender ni admitir la decisión tomada por el tribunal, una decisión indignante que condenaba a muerte a Spencer por un delito tan insignificante como el que había cometido. El veredicto del jurado no podía ser más inusual, se trataba del primer caso en la historia del territorio del norte de Australia en que un europeo era condenado por matar a un aborigen. Era inaudito para aquella población elevar a un aborigen a la categoría de un blanco.
La cárcel de Fannie Bay que me disponía a abandonar operó desde 1883 hasta 1979. Sus muros encerraron más historias…

Port Arthur fue fundada en el año 1830 como colonia penitenciaria, uno de los once presidios históricos de los que ya he hablado. Era el lugar donde acababan las personas reincidentes en delitos que habían cometido en Australia después de haber sido deportadas de Gran Bretaña. Si se optaba por enviarlos a Port Arthur, era por las fuertes medidas de seguridad que hacían imposible la fuga, al estar situado en una península rodeada de agua infestada de tiburones y con un único acceso fuertemente custodiado por soldados y perros.
Incluso con esas medidas de control, muchos fueron los prisioneros que se aventuraron a escapar, pero sin alcanzar el éxito. Quizá una de las historias más originales fue la vivida por el preso George Hunt. No sabemos por qué medios Hunt consiguió aprovisionarse de la piel de un canguro, cosa por otro lado nada difícil al ser un animal común en la zona. Llegado el momento, y con la huida perfectamente ideada, se colocó la piel por encima del cuerpo disfrazándose del animal. El siguiente paso se podía considerar sencillo, iría dando saltos al modo en que suelen hacerlo los canguros y de esa manera no haría sospechar a los vigilantes que se trataba de una fuga de uno de los presos sino de un canguro más.
La prisión de Port Arthur tiene el discutible privilegio de haber sido el primer penal en implantar el castigo psicológico. Se pensaba que el duro castigo corporal como los latigazos, utilizados en otros penales, solo servía para endurecer a los delincuentes. Por esa causa, los presos eran encerrados con la cabeza cubierta por una capucha, y eran obligados a permanecer en silencio durante días llegando, en algunos casos, hasta meses. Esa medida ocasionaba que muchos desarrollaran problemas psiquiátricos. La comida se utilizaba como método de recompensa, los prisioneros que tenían buen comportamiento recibían alimentos y hasta artículos de lujo, entre los que se encontraban tabaco, azúcar o una ración de té. Los que no seguían las normas o mostraban síntomas de rebeldía eran castigados a recibir pequeñas raciones de pan y agua, las justas para sobrevivir.

La penitenciaría de Filadelfia costó 780.000 dólares de la época y se convirtió en uno de los edificios más caros de Estados Unidos.
La prisión se halla en una zona amplia, céntrica y con muchos espacios verdes que animan al paseo. Se encuentra a solo tres manzanas del Museo de Arte de Filadelfia, ese edificio en el que se halla la escalinata que asciende al trote Sylvester Stallone convertido en Rocky Balboa mientras suena la famosa música de fanfarrias.
Cuando se ve desde el exterior la edificación de la penitenciaría, lo primero que se distingue es su estructura compacta, como suele ser la de la mayoría de las prisiones, pero resalta el estilo neogótico de su fachada, con dos torres almenadas en las que, si nos fijamos, en lo alto distinguimos unas gárgolas. Una imagen de lo más inusual en Estados Unidos.
El 12 de agosto de 1924, Pep fue condenado por asesinato a cadena perpetua. ¿Quién era Pep para que se haya comercializado hasta su imagen?
La suya es de esas historias mágicas que de vez en cuando se nos aparecen en el camino y por las cuales merece la pena realizar cualquier vuelta alrededor del mundo. ¿Qué tiene de original la historia de Pep para ser diferente a la de otros cientos de reclusos? Lo primero, y debe quedar claro, es que era inocente del delito que se le imputó, está demostrado que no había asesinado a nadie; lo segundo, que a pesar de las apariencias no tuvo un juicio justo, ya que no existió jurado ni juez imparcial, y lo tercero, algo tan sorprendente como que era un perro de la raza labrador retriever.
El delito por el que se le había condenado era el de asesinar al gato de la mujer del gobernador de Pensilvania. El gobernador, Gifford Pinchot, no mostró ningún sentimiento de compasión hacia el animal y no dudó en condenarle sin miramientos a cadena perpetua.

Entre los grandes huéspedes de Alcatraz se encuentra un conocido del que le pude hablar cuando le conté mi estancia en la penitenciaría de Filadelfia, Al Capone. Quería ver el lugar donde había estado encerrado. Imaginaba que su celda estaría a la altura de la que había visto en Filadelfia o quizá fuera algo más lujosa, porque cuando el 24 de octubre de 1931 fue condenado a once años de prisión y al pago de 50.000 dólares de multa por fraude fiscal, Al Capone era uno de los personajes con más poder de la nación.
Después de recorrer varios pasillos acabé encontrando la celda, y fue tan grande la desilusión que sentí que me entraron ganas de no continuar, dar media vuelta y abandonar allí mismo Alcatraz. La celda era una más, la típica con una reja del techo al suelo que permite ver el interior con un catre y una mesa baja.

En la cárcel de Lecumberri había siete galerías, que en México también reciben el nombre de crujías. Los presos estaban alojados en cada una de ellas dependiendo de los delitos que habían cometido. Los políticos estaban confinados junto a políticos, los ladrones acompañaban a ladrones y los asesinos convivían con asesinos. Entre esas galerías resaltaba aquella a la que eran enviados los homosexuales; esa galería o crujía era la «J» y de ahí nació el término despectivo con que en México se designa a los homosexuales: «jotos». Ellos eran los encargados de lavar y de planchar la ropa del resto de los presos. Por su parte, se les permitía vestir con blusas floreadas, maquillarse y si lo deseaban incluso les dejaban vestirse de mujer.
Durante sus primeros años, el Palacio Negro de Lecumberri funcionó conforme a lo que se había planeado, que no era otra cosa que ser una prisión modélica en lo referente a la humanización hacia los reclusos; sin embargo, el orden y el control que se pretendía en la distribución de los espacios previstos para conseguir ese trato humano a los presos duró muy poco.

El más famoso de los prisioneros en la Isla del Diablo fue Henri Charrière, alias Papillon. Recibía ese apodo por la gran mariposa que llevaba tatuada en el pecho. Llegó a la Guayana después de haber sido sentenciado por el asesinato de un proxeneta, cargo que siempre negó.
Papillon intentó escapar, sin éxito, media docena de veces. Cada vez que era capturado su condena iba alargándose. La fuga definitiva fue cuando lo enviaron, según cuenta en su novela, a la Isla del Diablo, de la que logró escapar en 1941 dirigiéndose a Venezuela, donde le fue concedida la nacionalidad.
En 1938 el presidente de la República francesa, Albert Lebrun, firmó un decreto prohibiendo que fueran impuestas sentencias que tuvieran como resolución enviar reclusos a la Isla del Diablo, y añadía que quienes estuvieran bajo la pena de trabajos forzados en la isla la cumpliesen en las penitenciarías normales. Esa normativa no pudo ponerse en práctica por culpa de la Segunda Guerra Mundial.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/06/19/la-vuelta-al-mundo-en-80-cementerios-fernando-gomez-hernandez-the-return-to-the-world-in-80-cemeteries-by-fernando-gomez-hernandez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/05/25/el-mundo-a-traves-de-sus-carceles-fernando-gomez-hernandez-the-world-through-its-prisons-by-fernando-gomez-hernandez-spanish-book-edition/

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The author’s books are interesting to me, first it was the cemeteries and now the prisons, a didactic book and, as in the cemeteries, commented on the blog, it reminded me of my travels around the world. Recommended books.

Inside the Tower of London was one of the most infamous torturers that London has raised, his name was Richard Topcliffe. From his own account, we know that he entered the service of Queen Elizabeth in 1570 at the late age of thirty-nine. Preserved among the manuscripts of the Bishop of Southwark, one can be found that provides us with news of the arrest of the Jesuit Robert Southwell and later informs us that Topcliffe tortured him at home by having ecclesiastical authority to torment priests in his own home, noting that he was authorized to do it any way he wanted. In the workroom of his home, Topcliffe had fitted a torture rack of a higher standard than the ones he used in the Tower of London. So proud was he of this instrument and of his skill in using it that he decided to transcribe it on paper, to leave as a legacy to humanity the way in which he applied the cruel treatment of the Jesuit.
The first execution in Holloway took place in February 1903, Amelia Sach and Annie Walters were executed for being participants in an unworthy business. They were dedicated to adopting children, mostly the children of servants who had become pregnant by their masters. Those bourgeois who had abused their young employees were interested in having the matter solved discreetly and turned to Amelia and Annie to take the babies. For each of these adoptions they charged between 25 and 30 pounds sterling. Later, and there was the despicable thing, they poisoned the babies with a solution that contained a high dose of morphine. When his business came to light, it was discovered that the number of children who had had that end exceeded a dozen, according to the amount of baby clothes found on the floor. Amelia and Annie were the first women to be hanged in Holloway, in the only double execution of women to be carried out in modern times. Their bodies were buried in anonymous graves inside the prison.
The jail had not been in operation since 2006 and the land had been sold for 81.5 million pounds sterling to build a thousand homes in its space.
Ruth Ellis was buried within the prison walls in an unnamed grave, as was customary for executed prisoners. Her body was buried there until the prison was rebuilt in the early 1970s. On that date, the bodies of all the executed and buried women were exhumed for transfer to other places. Ellis’s body was buried 50 kilometers from London in St Mary’s Church Cemetery in Amersahm. In 1982, her son Andy, the son of the Canadian soldier who made her pregnant at seventeen, destroyed the tombstone shortly before committing suicide.
Those were the five women executed in Holloway. One of the things I discovered by looking at the prison walls is that prison is not the same for everyone, and that impression was confirmed to me by one of its distinguished prisoners. Her name was Diana Mitford and she was a convinced Nazi married to the head of the British Fascist Union. If you see a photo of her, you will see that she was very beautiful, with a certain sophisticated air reminiscent of Greta Garbo.

Reading Jail was built in 1844. When it opened it was a model facility based on the London New Models Prison, built twenty-eight years earlier in Pentonville. From that prison, he was in charge of copying the cross-shaped architecture of its architecture and developed the new isolation regime for inmates, who among other things were forbidden to speak to each other and even exchange glances.
The courtyard through which he was passing at that time served as a space for public executions. That courtyard, made of coarse stone and high walls, was crossed with shackles, and this was explained in his book The Ballad of Reading Jail by the character known as prisoner C.3-3. That prisoner was none other than one of the most important writers the English language has produced, Oscar Wilde.
The cell was a tiny space that must have been around 3 × 2 meters. That size forced us to enter groups of four. A simple cell that had a window at the back, a rudimentary desk where it is not difficult to imagine Wilde hunched over writing some great phrase, and a wooden plank bunk without a mattress. In the solitude of that cabin, how many demons must have gone to meet him. For the first time in his life he feels alone, abandoned without being flattered by anyone, and, as he writes on that desk, he releases venom, reproaching Alfred, his beloved «Bosie», for never coming to Reading prison to see him. . A bigger pain than confinement is forgetfulness.

Kilmainham Prison served as a lockdown for suffragettes. One of the most notable guests was Constance Gore-Booth, better known as Countess Markievicz, a title acquired by being married to a Polish earl who held that treatment. Many are the prisons that are proud to have kept her locked up, for example, the one she had visited days ago, the Londoner Holloway.
The female struggle for the vote was only the beginning of an active political militancy for the independence of Ireland. Constance was one of the organizers of the Easter Rising. Integrated in the Irish Citizen Army, she was in charge of designing their uniforms, but her work went beyond the quartermaster. She led the defense of St. Stephens Green park, where she killed a policeman.
The interior of the prison had served as a film set in countless well-known films performed by leading actors, including The Italian Job, with Michael Caine, The Man from Mackintosh, with Paul Newman, In the Name of the Father, with Daniel Day Lewis, or Michael Collins, with Liam Nesson. That explanation left me calmer.

There are two ways to access the Mamertine prison: on the one hand, directly from the nave of the temple and, on the other, which was the one I decided on, through an entrance that is at street level. If you ever pass by that place, feel free to stop and enter. Being small will only mean the loss of a few minutes going through it. There is little to see, although its historical value is incalculable. If Christianity has the power that it currently has, it is thanks to the work of those two saints, who laid the foundations on which the current Christian Church is based.
After descending a steep staircase I found myself in a trapezoidal tuff stone room. It was a room free of ornamentation except for two busts more or less of the original size that were inside a lattice that presided over an altar without much relevance.
Following the route through the Mamertine prison, if you pay attention to the upper chamber of the two that it has, you can see a hole that as a precaution is protected by a grating to avoid accidents. That hole was the place where the prisoners were thrown into the lower cell. Through that opening they must have thrown, according to what is said, Saint Peter and Saint Paul. Now, for the convenience of visitors, a staircase has been built through which you can access this lower dungeon that is called Tullianum, possibly after the name of its builder, Servio Tulio, who lived in the 6th century BC. by C.
The Tullianum was the most secluded and secret space of the complex, and served not only as a place in which to apply punishment or torture, but also for the confinement and execution of convicted criminals. The historian Gaius Salustio wrote that it was twelve feet underground, about three and a half meters, and described its appearance in a precise way, classifying it as repulsive and infamous because of filth, darkness and stench.

The expression «of the sighs» was coined in the seventeenth century, when it was said that the convicts on the road that led to the cells sighed when looking through the stone lattices at the small piece of Venetian lagoon that can be seen from there, and that was the way they said goodbye to the city with the uncertainty of whether they would see it again. Theophile Gautier notes, in his book Impressions from a trip to Italy, that the Bridge of Sighs is shaped like a cenotaph. If we look at it carefully, we cannot fail to agree with the French writer for describing him so accurately.
The old Venice jail is called Los Plomos and is located in the imposing complex of the Doge’s Palace. The prisoners were locked inside by order of the Council of Ten, which, from the 14th century to the death throes of the 18th, was the highest governing body of the Republic of Venice. The prisoners who went to their dungeons were so exclusively for political crimes or because they were awaiting trial. In their captivity they were allowed the slight freedom to walk during the daytime through the corridor that connected the various cells.

Ebrat Prison is located in the center of Tehran. Today it is a museum that pays tribute to the torture suffered by those who opposed the regime of Mohammad Reza Pahleví.

Australia, in Fannie Bay Prison.
From the beginning of the 17th century, the European metropolises began to transport their inmates to the new territories. France chose Devil’s Island as its destination, while England opted for the colonies it had on the other side of the Atlantic, what we now know as the United States. The crime rate was on the rise in the 18th century in Britain, and in 1718 the Transport Act came into force, which was a legal way to avoid hangings and send criminals away to work in the colonies as labor. cheap. Once again, the prisoners became tools.
The sending of convicts stopped in 1775, the year in which England stopped sending inmates to America as a result of the beginning of the independence movements that were taking place.
On the day in 1890 that Rodney Claude Spencer was sent to Fannie Bay Jail, the people of Darwin took to the streets in a rage. That imprisonment caused outrage in part of the city community. What the law had ruled was offensive to them, an insulting provocation that could not fit in the head of any sensible or civilized being. The decision made by the court could not be understood or accepted, an outrageous decision that sentenced Spencer to death for a crime as insignificant as the one he had committed. The jury’s verdict could not be more unusual, it was the first case in the history of the northern territory of Australia in which a European was convicted of killing an Aboriginal. It was unheard of for that population to elevate an aborigine to the status of a white.
The Fannie Bay jail that I was about to leave operated from 1883 to 1979. Its walls held more stories …

Port Arthur was founded in 1830 as a penal colony, one of the eleven historic prisons I have already discussed. It was the place where repeat offenders in Australia ended up after being deported from Great Britain. If they were sent to Port Arthur, it was because of the strong security measures that made escape impossible, being located on a peninsula surrounded by shark-infested water and with a single access heavily guarded by soldiers and dogs.
Even with these control measures, many were the prisoners who ventured to escape, but without achieving success. Perhaps one of the most original stories was that lived by prisoner George Hunt. We do not know by what means Hunt managed to stock up on the skin of a kangaroo, which on the other hand is not difficult as it is a common animal in the area. When the moment came, and with the escape perfectly planned, the skin was placed over the body, disguising itself as the animal. The next step could be considered simple, it would take leaps in the way kangaroos usually do and in that way it would not make the guards suspect that it was an escape of one of the prisoners but of one more kangaroo.
Port Arthur Prison has the debatable privilege of having been the first prison to impose psychological punishment. Harsh corporal punishment such as whipping, used in other prisons, was thought to only serve to toughen offenders. For this reason, the prisoners were locked up with their heads covered by a hood, and were forced to remain silent for days, in some cases even months. This measure caused many to develop psychiatric problems. Food was used as a method of reward, well-behaved prisoners received food and even luxury items, including tobacco, sugar, or a ration of tea. Those who did not follow the rules or showed signs of rebellion were punished to receive small rations of bread and water, just enough to survive.

The Philadelphia Penitentiary cost $ 780,000 at the time and became one of the most expensive buildings in America.
The prison is located in a large, central area with many green spaces that encourage the walk. It is located just three blocks from the Philadelphia Museum of Art, that building in which the staircase that jogs up Sylvester Stallone turned into Rocky Balboa while the famous fanfare music plays.
When the penitentiary building is viewed from the outside, the first thing that is distinguished is its compact structure, as is usually that of most prisons, but the neo-Gothic style of its façade stands out, with two crenellated towers in which, if we look at it, at the top we can see some gargoyles. An image of the most unusual in the United States.
On August 12, 1924, Pep was convicted of murder to life imprisonment. Who was Pep so that his image has been marketed?
His is one of those magical stories that appear to us from time to time on the road and for which it is worth making any trip around the world. What is original about Pep’s story to be different from that of hundreds of other inmates? The first thing, and it should be clear, is that he was innocent of the crime he was charged with, it is proven that he had not murdered anyone; the second, that despite appearances he did not have a fair trial, since there was no jury or impartial judge, and the third, something as surprising as that it was a Labrador retriever dog.
The crime for which he had been convicted was murdering the cat of the Pennsylvania governor’s wife. The governor, Gifford Pinchot, did not show any compassion for the animal and did not hesitate to condemn him unceremoniously to life in prison.

Among the great guests of Alcatraz is an acquaintance I was able to tell him about when I told him about my stay at the Philadelphia Penitentiary, Al Capone. He wanted to see the place where he had been locked up. He imagined that his cell would be at the same level as the one he had seen in Philadelphia or perhaps something more luxurious, because when on October 24, 1931 he was sentenced to eleven years in prison and a $ 50,000 fine for tax fraud, Al Capone was one of the most powerful characters in the nation.
After going through several corridors I ended up finding the cell, and the disappointment was so great that I felt that I wanted to not continue, turn around and leave Alcatraz right there. The cell was one more, the typical one with a grid from ceiling to floor that allows you to see the interior with a cot and a low table.

In the Lecumberri jail there were seven galleries, which in Mexico are also called bays. The prisoners were housed in each of them depending on the crimes they had committed. Politicians were confined alongside politicians, thieves accompanied thieves, and murderers lived with murderers. Among those galleries the one to which homosexuals were sent stood out; that gallery or bay was the «J» and from there was born the derogatory term used to designate homosexuals in Mexico: «jotos.» They were in charge of washing and ironing the clothes of the rest of the prisoners. For their part, they were allowed to wear flowery blouses, put on makeup, and if they wished, they were even allowed to dress as women.
During its first years, the Black Palace of Lecumberri functioned according to what had been planned, which was nothing more than being a model prison in terms of humanization towards inmates; However, the order and control that was intended in the distribution of the spaces provided to achieve that humane treatment of the prisoners did not last long.

The most famous of the prisoners on Devil’s Island was Henri Charrière, alias Papillon. He got that nickname for the large butterfly tattooed on his chest. He arrived in Guyana after being sentenced for the murder of a pimp, a charge he always denied.
Papillon tried to escape, unsuccessfully, half a dozen times. Every time he was captured his sentence was lengthening. The final escape was when he was sent, according to his novel, to Isla del Diablo, from which he managed to escape in 1941 heading to Venezuela, where he was granted nationality.
In 1938, the President of the French Republic, Albert Lebrun, signed a decree prohibiting the imposition of sentences that had as a resolution to send inmates to Devil’s Island, and added that those who were under the penalty of forced labor on the island should comply with it in the normal penitentiaries. This regulation could not be put into practice because of the Second World War.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/06/19/la-vuelta-al-mundo-en-80-cementerios-fernando-gomez-hernandez-the-return-to-the-world-in-80-cemeteries-by-fernando-gomez-hernandez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/05/25/el-mundo-a-traves-de-sus-carceles-fernando-gomez-hernandez-the-world-through-its-prisons-by-fernando-gomez-hernandez-spanish-book-edition/

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