Dioses Contra Microbios. Los Griegos Y La Covid-19 — Alejandro Gándara / Gods Against Microbes. The Greeks And Covid-19 by Alejandro Gándara (spanish book edition)

Ha sido una grata lectura donde la nostalgia por las sociedades integradas de la Antigüedad clásica y la cosmovisión que aseguraba dicha integración se postulan como ideales para nuestro mundo sin que se tenga en cuenta todo lo que, desde entonces, hemos perdido, pero sin valorar pertinentemente aquello que hemos logrado. La forma en que pensamos la realidad y la forma en que nos concebimos a nosotros mismos en el mundo es reducida a elementos mínimos y simples, aunque destinados a reforzar las posiciones ideológicas y existenciales con las que venimos viviendo. De este empobrecimiento radical del pensamiento, encaramado siempre en la misma ola que las crisis, participa la comunicación política, científica y de los medios, proyectándose con el mismo sistema de contagio que la Covid-19 en la comunicación personal y civil.
Es decir, nos contagiamos por partida doble. La ética de la metamorfosis; la curación y la enfermedad por la palabra; la cuantificación como forma de integración social; las relaciones entre miedo y comunidad; y las relaciones entre confinamiento y biopolítica es sobre lo que habla este libro.

Ocultan un daño insensible: niegan la realidad del presente, niegan lo que es real, niegan que todo ha cambiado y afirman que un confinamiento es la misma vida pero por otros medios. Al hacerlo, muestran el horizonte del delirio y de la desconexión con los otros y con las cosas.
Resumiendo, no se trata de un cambio de circunstancias. Se trata de que es otra vida.
Los occidentales del primer cuarto del siglo XXI quieren ser de una sola manera y con un solo carácter, de principio a fin de sus vidas (mientras se convencen de que no hay final para sus vidas: ¿no son los deseos esencialmente imperecederos?). Puede que ahí resida el motivo de que tengamos tan alto concepto de nuestras metas y logros: que mientras los perseguimos seguimos siendo los mismos. Y este es el verdadero objeto, volverse inalterable, no aquel al que perseguimos o decimos perseguir. Por eso, si nos hacemos ricos y famosos nunca estamos satisfechos, porque deseamos más riqueza y más fama, aunque no por la riqueza y la fama. Es para poder seguir siendo los que quieren riqueza y fama. Ser los de antes, los de siempre, los eternos.

Las palabras y el campo semántico sobre la proliferación, el peligro de los otros, el sufrimiento que nos espera y la esperanza que late en la reclusión —la única que depende de nosotros y la única al alcance— se comportan víricamente, alcanzando todas las vías posibles de comunicación en una cultura que las tiene innumerables y expeditas. Una cultura de masas con una comunicación de masas en un mundo global. Quién no teme al virus. (A veces llaman globalización a lo que es masivo, confundiendo universal —todo— con uniforme —masa—. También habría que discutir sobre si el único fenómeno a escala planetaria no es la comunicación de masas, por encima incluso de la economía de mercado.)
Virus, el de las palabras, solo puede vivir si se aloja en un organismo, igual que el otro. A medio camino entre la vida y la muerte, depende para su supervivencia de la gentileza y de la generosidad del huésped. De su disposición o de sus reservas para aceptarle.
Ahora soñamos demasiado, porque la experiencia del confinamiento ha aumentado la intensidad y ocupación del tiempo, a la vez que nos ha despojado de muchas otras experiencias que entretenían o divertían, superficiales, gratas y vacuas. Nuestro silencio ha aumentado. Nuestra dieta ha variado para bien o para mal. Hay demasiados huecos, demasiadas ausencias. Y sobre todo hay demasiadas incertidumbres y miedos. La imaginación viene a compensarlo. Y si no puede durante la vigilia, entonces lo hará durante el sueño. Pedimos a gritos a un iatrómantis de Agrigento, con el asclepeíon bañado por el aire salado del mar siciliano.
Hay que prestar atención a los sueños, porque no paran de hablar, aparte de que quieren que les hablemos.
En la soledad del mundo, las palabras no están atrapadas en el callejón del significado. Son palabras libres, una especie de música, como pensaba Sócrates. Alguien las dijo por primera vez y luego las hemos usado de muchas y diferentes maneras. Son como espíritu tallado en el tiempo. Con toda seguridad, cualquiera de ellas ha estado antes en un conjuro, en un mito o en una tragedia.
Es bueno tenerlas, es bueno que lleguen a uno. Nos las envían del pasado y, si somos diligentes, nosotros las enviaremos al futuro.

Insistamos, es fácil mentir con los números y más difícil con las palabras. Sin embargo, las palabras que se unen al número (música) son semillas, buscan luz y cuerpos en los que hacer brotar el enramado del sentido. La simple cifra dice poco y hace callar. Luego, con una orden sorda, separa. Ya ha sido dicho todo. Cada uno a su casa, nada de tertulias.
Los números no tienen memoria. Las palabras, sí. He ahí la otra gran diferencia. ¿También hay que arrebatar la memoria? No solo matan lo que era, lo que pudo ser, sino también lo que ha sido.
Para el pensamiento matemático árabe el significado literal de cifra era cero . Sin el cero, no había matemática. Para el pensamiento místico sufí el cero era un «cero mágico», un «cero irreal», pero presuponía una verdad esencial: que cuando nos extinguiéramos, regresaríamos a la nada, donde se demostraría que antes de la nada también fuimos algo, un pensamiento de Dios, una imagen disolviéndose en el humo anterior a lo creado.
Como meditaba uno de los sabios, sería magnífico contemplar nuestra imagen antes de que fuera creada, ver cómo éramos en el pensamiento de Dios antes de que nos hiciera con sus manos. Y enfrentarnos a ella, hablar con ella, observar nuestro ser reflejado en la imagen que teníamos cuando aún no existíamos. Pero el sabio se arrepentía de sus deseos, porque esa intimidad con Dios sería blasfema.
Yo creo, en cambio, que la idea es consoladora. Vernos fuera del tiempo, fuera del cuerpo, fuera del miedo. En ese encuentro con lo que fuimos en la nada, la muerte sería banal, una circunstancia sin significado. A través del cero, la fuerza que nos empuja fuera del tiempo de la existencia. Así que esta era mi imagen antes de que Dios me creara. Cuando desaparezca, ya no estaré tan solo.

¿Y si nos preguntamos por el miedo? ¿Las sociedades integradas tienen más o menos miedo que nosotros? Aquí sí podemos ser concluyentes: nosotros tenemos más miedo. No es solo que lo soportemos peor. Tenemos más, lo tenemos más tiempo, olemos a miedo, al doblar cualquier esquina el miedo nos hace una seña. Está en la conversación más trivial, se distribuye por los canales de información, por los chats, en las cenas con amigos, y cuando los ojos se abren en plena noche, es porque la oscuridad nos ha susurrado en el oído una amenaza saliendo de fauces negras.
Las menciones al miedo en la literatura antigua son descriptivas, objetivas. Así como la tristeza es recurrente, adornada con todo tipo de barroquismos y aliñada con toda clase de llantos, el miedo aparece como un correlato de la acción humana.
Los griegos sabían que necesitaban la comunidad para sobrevivir, una comunidad integrada, una comunidad como un cuerpo. Si el poeta era el sabio, el trágico era el sacerdote de la nueva religión civil, de la religión de los ciudadanos de la polis. La tragedia ática se dedicó a exponer, dentro del marco general de la paideía , los conflictos que atravesaban la convivencia y a subrayar la ambigüedad de eso que llamamos soluciones cuando nos enfrentamos a los grandes dilemas de la vida. ¿Qué lugar ocuparían los dioses en las nuevas instituciones ciudadanas? ¿Y los viejos héroes del mito? ¿Era conveniente que los ciudadanos creyeran en héroes y dioses? ¿Qué sucede cuando una ley civil se enfrenta a una ley natural, cuál predomina? ¿Se sentían culpables por haber abandonado la religión y las creencias de los padres, de los antepasados? Preguntas con más de una respuesta, contrarias y verdaderas a la vez, ambiguas. La ambigüedad no es blanco o negro, o blanco y negro, sino que el blanco es a la vez negro y el negro, blanco. Los seres y las situaciones ambiguas son lo que son a la vez, no ahora esto y luego lo otro, sino ahora esto con lo otro.

Desde hace unos días, estamos en lo que han llamado oficialmente «desescalada». Al parecer, en vez de bajar a los infiernos, habíamos subido. Así que lo anterior fue una escalada. Puede ser. Los pitagóricos consideraban que la entrada al Hades estaba en la boca de los volcanes, como el Etna, en Sicilia, un trecho para arriba. El año en que subimos a los infiernos, dirán nuestras memorias.
Volviendo al presente, se diría que durante la etapa de confinamiento no fue únicamente interrumpido el amor, sino también el conocimiento del amor y el conocimiento en general. Era un aislamiento y, por tanto, un atentado contra la forma en que los seres humanos conciben el crecimiento y la experiencia. Se dirá que muchos se quedaron en casa con sus parejas o cónyuges. Y a eso puede contestarse que ese amor también sufre de la falta de campos de experiencia, de la ausencia de relaciones con otros, de los campos de acción que han sido restringidos. De ese modo, la vida en pareja o en familia puede convertirse en un tormento, en un encierro psicológico, si no se toman medidas. Paradójicamente, para centrarse en un único objeto necesitamos un universo de objetos. Para amar a un ser humano necesitamos muchos seres humanos, para poder mirarle con amor necesitamos poder extender nuestra mirada sobre un mundo dispar. Necesitamos movernos para quedarnos quietos. Necesitamos paisaje para saber dónde vamos a construir nuestra casa.
En el confinamiento se habían decidido que el cuerpo individual de los ciudadanos no era suyo, que los ciudadanos no eran autoridad competente en esa materia. El confinamiento era pues la medida adecuada para quienes no eran dueños de su cuerpo ni tenían autoridad sobre él. Del mismo modo en que tampoco la tienen sobre la forma de morir, sobre su sexo y sobre otras cosas en las que el cuerpo propio aparece implicado, ya pertenezcan al tiempo o al espacio.
Este control había ido endureciéndose a lo largo del siglo pasado, aunque ha supuesto una lenta marcha de nuestra civilización. Las instituciones políticas y civiles comenzaron por establecer y sancionar los vínculos familiares y matrimoniales —de origen privado hasta una época bastante reciente de nuestra Historia— y ha terminado por presidir y dominar la vida y la muerte de los ciudadanos.
Ni en Grecia ni más tarde en Roma estaban generalizadas esta clase de intervenciones públicas sobre el ser de las personas. Ni el matrimonio ni las prácticas sexuales estaban regulados de manera alguna.

Es indudable que para otros el confinamiento ha sido restaurador. La presión laboral o escolar, las tensiones, la mirada ajena cuando se siente como una condena, la competencia feroz se han suavizado o han podido suavizarse —en otros casos, la inestabilidad del puesto de trabajo o la necesidad de justificarlo han multiplicado los males. Muchos han empleado este periodo en lavar las heridas y tomar aliento. Y han sentido el aislamiento como un caparazón contra el peligro exterior que acechaba en cada nueva jornada.
Ahora bien, no se puede ser mariposa con caparazón.
Lo que sucede es siempre un misterio, el ahora es enigmático más que fugitivo. Sabes poco o nada de este instante, poco o nada de lo que estamos viviendo. Los adivinos griegos se ocupaban sobre todo del presente, como mucho de lo inminente, lo más difícil de diagnosticar. El tiempo, las líneas maestras del tiempo, les preocupaban apenas. La historia, nada en absoluto. Suponían que cada época y cada sociedad lo hicieron lo mejor que pudieron, pero que ellos tenían que escribir la vida que les había tocado y encontrar su significado. Para ello se servían, cómo no, de materiales heredados, como los trágicos heredaron los mitos. Pero los usaban con un sentido propio, para una existencia y un universo distintos. Para gentes distintas.

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It has been a pleasant reading where nostalgia for the integrated societies of classical antiquity and the worldview that ensured such integration are postulated as ideals for our world without taking into account everything that we have lost since then, but without appropriately valuing what we have achieved. The way in which we think about reality and the way in which we conceive ourselves in the world is reduced to minimal and simple elements, although intended to reinforce the ideological and existential positions with which we have been living. Political, scientific and media communication participates in this radical impoverishment of thought, always perched on the same wave as crises, projecting itself with the same contagion system as Covid-19 in personal and civil communication.
That is to say, we are infected twice. The ethics of metamorphosis; healing and sickness through the word; quantification as a form of social integration; the relationships between fear and community; and the relationships between confinement and biopolitics is what this book talks about.

They hide insensitive damage: they deny the reality of the present, they deny what is real, they deny that everything has changed and they affirm that confinement is the same life but by other means. In doing so, they show the horizon of delirium and disconnection with others and with things.
In short, it is not a change of circumstances. It’s about it’s another life.
Westerners in the first quarter of the 21st century want to be one way and one character, from beginning to end of their lives (while convincing themselves that there is no end to their lives: aren’t desires essentially imperishable?). That may be why we think so highly of our goals and achievements: that while we pursue them, we remain the same. And this is the true object, to become unalterable, not the one we chase or say we chase. So if we get rich and famous we are never satisfied, because we want more wealth and more fame, although not for wealth and fame. It is to be able to remain the ones who want wealth and fame. Be the old ones, the old ones, the eternal ones.

Words and the semantic field about proliferation, the danger of others, the suffering that awaits us and the hope that beats in seclusion – the only one that depends on us and the only one within our reach – behave virally, reaching all avenues communication possibilities in a culture that has them innumerable and expeditious. A mass culture with mass communication in a global world. Who is not afraid of the virus. (Sometimes they call globalization what is massive, confusing universal – everything – with uniform – mass. It would also be necessary to discuss whether the only phenomenon on a planetary scale is not mass communication, even above the market economy. )
Virus, the word virus, can only live if it lodges in one organism, just like the other. Halfway between life and death, it depends for its survival on the kindness and generosity of the host. At your disposal or your reservations to accept you.
Now we dream too much, because the experience of confinement has increased the intensity and occupation of time, at the same time that it has stripped us of many other experiences that were entertaining or amusing, superficial, pleasant and empty. Our silence has increased. Our diet has changed for better or for worse. There are too many gaps, too many absences. And above all there are too many uncertainties and fears. Imagination comes to make up for it. And if it can’t during wakefulness, then it will during sleep. We shouted for an Agrigento iatromantis, with the asclepeion bathed in the salty air of the Sicilian sea.
You have to pay attention to dreams, because they don’t stop talking, apart from the fact that they want us to talk to them.
In the loneliness of the world, words are not trapped in the alley of meaning. They are free words, a kind of music, as Socrates thought. Someone said them for the first time and then we have used them in many different ways. They are like spirit carved in time. Surely any of them have been in a spell, a myth, or a tragedy before.
It is good to have them, it is good that they reach one. They send them to us from the past and, if we are diligent, we will send them to the future.

Let us insist, it is easy to lie with numbers and more difficult with words. However, the words that join the number (music) are seeds, they look for light and bodies in which to make the web of meaning sprout. The simple figure says little and makes silence. Then, with a muffled command, separate. Everything has already been said. Each to his house, no social gatherings.
Numbers have no memory. The words, yes. This is the other big difference. Do you also have to snatch the memory? They not only kill what was, what could have been, but also what has been.
For the Arab mathematical thought the literal meaning of figure was zero. Without the zero, there was no math. For Sufi mystical thought, zero was a «magic zero», an «unreal zero,» but it presupposed an essential truth: that when we were extinguished, we would return to nothingness, where it would be shown that before nothingness we were also something, a thought of God, an image dissolving in the smoke before creation.
As one of the sages mused, it would be magnificent to contemplate our image before it was created, to see how we were in God’s thought before he made us with his hands. And face it, talk to it, observe our being reflected in the image we had when we did not yet exist. But the wise man regretted his wishes, because such intimacy with God would be blasphemous.
I think, instead, that the idea is comforting. See ourselves out of time, out of body, out of fear. In that encounter with what we were in nothingness, death would be banal, a circumstance without meaning. Through zero, the force that pushes us out of the time of existence. So this was my image before God created me. When it disappears, I will no longer be so alone.

What if we wonder about fear? Are integrated societies more or less afraid than us? Here we can be conclusive: we are more afraid. It’s not just that we endure it worse. We have more, we have more time, we smell of fear, when turning any corner fear signals us. It is in the most trivial conversation, it is distributed through information channels, through chats, at dinners with friends, and when the eyes open in the middle of the night, it is because the darkness has whispered in our ears a threat coming from the jaws black.
Mentions of fear in ancient literature are descriptive, objective. Just as sadness is recurrent, adorned with all kinds of baroque and seasoned with all kinds of tears, fear appears as a correlate of human action.
The Greeks knew that they needed community to survive, an integrated community, a community as a body. If the poet was the wise man, the tragic man was the priest of the new civil religion, of the religion of the citizens of the polis. The Attic tragedy was dedicated to exposing, within the general framework of paideia, the conflicts that lived through coexistence and to underline the ambiguity of what we call solutions when we are faced with the great dilemmas of life. What place would the gods occupy in the new citizen institutions? And the old heroes of the myth? Was it convenient for citizens to believe in heroes and gods? What happens when a civil law faces a natural law, which one predominates? Did they feel guilty for having abandoned the religion and beliefs of their parents, of their ancestors? Questions with more than one answer, contrary and true at the same time, ambiguous. The ambiguity is not black or white, or black and white, but white is both black and black white. Ambiguous beings and situations are what they are at the same time, not now this and then the other, but now this with the other.

For a few days, we have been in what has been officially called «de-escalation.» Apparently, instead of going down to hell, we had gone up. So the above was an escalation. Can be. The Pythagoreans considered that the entrance to Hades was at the mouth of volcanoes, such as Etna, in Sicily, a little way up. The year we ascended to hell, our memories will say.
Returning to the present, it would be said that during the confinement stage not only love was interrupted, but also the knowledge of love and knowledge in general. It was an isolation and, therefore, an attack on the way in which human beings conceive of growth and experience. It will be said that many stayed at home with their partners or spouses. And to that it can be answered that this love also suffers from the lack of fields of experience, from the absence of relationships with others, from the fields of action that have been restricted. In this way, life as a couple or family can become a torment, a psychological confinement, if measures are not taken. Paradoxically, to focus on a single object we need a universe of objects. To love a human being we need many human beings, in order to look at him with love we need to be able to extend our gaze over a disparate world. We need to move to stay still. We need landscape to know where we are going to build our house.
In the confinement they had decided that the individual body of the citizens was not theirs, that the citizens were not competent authority in this matter. Confinement was therefore the appropriate measure for those who did not own their body or have authority over it. In the same way that they do not have it about the way of dying, about their sex and about other things in which their own body is involved, whether they belong to time or space.
This control had been tightening over the past century, although it has meant a slow march of our civilization. Political and civil institutions began by establishing and sanctioning family and marital ties – of private origin until quite recently in our history – and have ended up presiding over and dominating the life and death of citizens.
Neither in Greece nor later in Rome was this kind of public intervention on the being of people widespread. Neither marriage nor sexual practices were regulated in any way.

There is no doubt that for others the confinement has been restorative. Work or school pressure, tensions, the gaze of others when it feels like a condemnation, fierce competition have been softened or have been able to soften — in other cases, job instability or the need to justify it have multiplied the evils. Many have used this period to wash the wounds and take breath. And they have felt the isolation like a shell against the external danger that lurked in each new day.
Now, you cannot be a butterfly with a shell.
What happens is always a mystery, the now is enigmatic rather than fugitive. You know little or nothing of this moment, little or nothing of what we are living. The Greek fortune-tellers were concerned above all with the present, as much of the imminent, the most difficult to diagnose. Time, the outlines of time, hardly bothered them. The story, nothing at all. They assumed that each era and each society did the best they could, but that they had to write the life that had touched them and find its meaning. For this they used, of course, inherited materials, as the tragic inherited the myths. But they used them with their own meaning, for a different existence and universe. For different people.

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