Una Mujer Sin Importancia. La Historia De Virginia Hall, La Espía Más Buscada Por La Gestapo — Sonia Purnell / A Woman of No Importance: The Untold Story of the American Spy Who Helped Win World War II by Sonia Purnell

Esta fue una historia absolutamente fascinante, y me encantaría volver atrás en el tiempo y cenar con Virginia Hall y simplemente animarla a contar historias porque maldita sea. Tendría buenas historias.
Sin embargo, la razón por la que baje la opinión fue la escritura. Si bien terminé el libro en solo unos días. Y es muy interesante mientras estás leyendo, se siente muy superficial. Me hubiera gustado tener más tiempo para desarrollar personajes secundarios además de dos o tres que reciben una atención especial. Hacia el final, se lanzaron muchos nombres que el lector ya había visto, y tuve que buscar realmente en mi memoria para recordar cómo habían ayudado u obstaculizado a Virginia. También hubiera apreciado más tácticas, ¿cómo encajaba toda la misión de Virginia en el esquema más amplio de la guerra? La mayoría de las veces, la escritura se sentía como si estuviera hojeando su historia porque se movía muy rápido. Pasaría un mes y nos dirían que Virginia había trabajado mucho, pero no hubo una discusión real sobre qué era ese trabajo.
Pero realmente, deseo que la autora y el editor hubieran elegido integrar las fuentes de manera diferente en la narrativa. Se utilizan como notas a pie de página y no hay ninguna referencia en el texto sobre cómo el autor adquirió la información. Para detalles como números y movimientos de tropas, no importa tanto, no lo creo, porque asumí que lo tomó de un informe u otra información (aunque hubiera sido bueno si el autor los integrara en también, con fechas y lugares; creo que eso habría hecho que la narrativa se sintiera aún más arraigada).
Lo que realmente importaba era cuando la autora atribuía pensamientos y sentimientos a Virginia. Esto no funcionó para mí porque, como dijo la autora, Virginia casi NUNCA habló de su trabajo como espía. Era muy reservada y no le gustaba volver a visitar esas partes de su vida, ya sea porque eran malos recuerdos o porque no quería tomar la gloria por algo que no era tan glorioso. Toda la información del autor sobre ella era de segunda mano, lo cual tiene sentido porque Virginia no dejó mucho rastro en papel y también está muerta, por lo que no pudo ser entrevistada. Cuando lee los agradecimientos, se le hace suponer que muchos de los detalles más personales provienen de las extensas entrevistas del autor con la sobrina de Virginia. Eso está totalmente bien, es una excelente fuente de información. Solo desearía que en la narrativa hubiera habido un poco de distanciamiento, incluso algo como: «Es probable, basado en discusiones con su sobrina, que la conocía bien, que Virginia [sintió / pensó / etc.] …» La narración está escrita actualmente como si la autora supiera, a ciencia cierta, así pensaba y se sentía Virginia en ese preciso momento, como si lo hubiera escrito en un diario. Pero no lo hizo, y en los capítulos posteriores, cuando se menciona específicamente a la sobrina, dice que Virginia casi nunca le hablaba de su trabajo. Entonces, ¿por qué la autora lo expresa así?
Es cierto que es una cosa muy pequeña, pero salí con la clara impresión de que la autora estaba poniendo palabras y sentimientos en la boca de Virginia.

Virginia era una persona con los mismos defectos, miedos e inseguridades que tenemos todos —quizá incluso más—, pero eso precisamente la ayudó a entender a sus enemigos. Su intuición la defraudó solo en una ocasión, y eso tuvo consecuencias catastróficas. No obstante, la mayoría de las veces venció a sus demonios y se ganó la confianza, admiración y gratitud de miles de personas. Conocer a Virginia significaba claramente no olvidarla jamás. Hasta el momento en que se retiró de su carrera en la CIA en los sesenta, fue una mujer adelantada a su tiempo que tiene mucho que decirnos ahora.
El hecho de que las mujeres peleen junto a los hombres en la línea de combate aún genera mucha controversia. Sin embargo, hace casi ocho décadas Virginia ya dirigía a hombres en las profundidades del territorio enemigo. Experimentó seis años de la guerra europea de una manera en que muy pocos estadounidenses lo hicieron. Arriesgó su vida una y otra vez, pero no empujada por un nacionalismo ferviente, sino por el amor y el respeto a la libertad de los demás. Dinamitó puentes y túneles; engañó, negoció y, como el agente 007, tuvo licencia para matar. Ella buscaba una forma de guerra muy moderna basada en la propaganda, la mentira y la creación de un enemigo interno, técnicas cada vez más familiares para nosotros, pero sus objetivos eran nobles: quería proteger en vez de destruir, restaurar la libertad más que eliminarla. No persiguió la gloria o la fama, ni le fueron concedidas.

Virginia empezó a organizar expediciones de caza a las marismas con sus amigos. El viernes 8 de diciembre amaneció despejado y templado; mientras ella se preparaba para otro día de deporte, tomó la escopeta del calibre 12 que había heredado de su difunto padre. En esa ocasión, en las lagunas había muchos zarapitos de pico largo y el grupo de cazadores estaba emocionado, aunque ese tipo de aves eran difíciles de cazar por su patrón errático de vuelo. Siempre competitiva, probablemente Virginia querría ser la primera en obtener una pieza, y llevada por la impaciencia se olvidó de poner el cierre de seguridad. De cualquier forma, mientras trepaba por una valla cubierta de juncos tropezó, y, al caer, su escopeta se le resbaló del hombro y quedó atrapada en el abrigo largo que le cubría hasta los tobillos. Trató de recogerla, pero al hacerlo se disparó en el pie izquierdo a quemarropa.
Una creciente mancha de sangre tiñó las aguas cenagosas de las marismas alrededor de Virginia, al tiempo que ella se desvanecía, inconsciente. La herida era seria, el cartucho que había disparado era de gran calibre, y los perdigones se encontraban ahora profundamente incrustados en su pie.
Justo antes de Navidad, el estado de la joven empezó a deteriorarse con rapidez y el jefe del hospital estadounidense en Estambul fue requerido con urgencia, junto con dos enfermeras compatriotas suyas. Para el momento en que llegaron, después de veinticuatro horas de viaje en tren, el pie de Virginia estaba hinchado y ennegrecido, el tejido putrefacto empezaba a oler mal y su cuerpo entero se retorcía con los espasmos de un dolor feroz. El equipo estadounidense advirtió de inmediato que se trataba del peor escenario posible: la gangrena se estaba propagando y se extendía rápidamente por la parte inferior de su pierna. En aquella época en la que los antibióticos aún no existían no había un tratamiento médico efectivo y los órganos de Virginia estaban en riesgo de dejar de funcionar. Estaba al borde de la muerte cuando, en Navidad, los cirujanos le cortaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla, en un intento desesperado por salvarla. Tenía veintisiete años.
La amputación había salido bien, dadas las circunstancias, pero cuando volvió en sí nada podía consolar a Virginia por la pérdida de su antigua vida.
Once días después, saltaron de nuevo todas las alarmas. Virginia padecía una nueva infección que parecía septicemia, un envenenamiento de la sangre potencialmente letal. Los médicos del hospital de Esmirna lucharon desesperadamente por salvar su vida una vez más. Consultaban a diario con los especialistas estadounidenses de Estambul, y le inyectaron unos sueros misteriosos en la rodilla con la esperanza de que funcionaran. En aquel entonces sus posibilidades de curarse eran muy bajas; incluso ahora, con la medicina moderna, su condición se consideraría crítica. El dolor que sufría a diario cuando las enfermeras cambiaban las vendas de su muñón bañadas en pus era casi insoportable, y a menudo, su corazón se desbocaba.
Pocos días después, Virginia viajaba en un barco de regreso a Estados Unidos, y un mes más tarde, el 21 de junio, llegó a Nueva York, donde se encontró con su familia en el muelle viéndola cojear cautelosamente hacia ellos. Fue admitida en el hospital para hacerle una serie de «operaciones de reparación», lo que probablemente implicó el corte de un poco más de su pierna para evitar infecciones y ponerle una nueva prótesis. Aun siendo moderna para los estándares de 1930, la prótesis era bastante burda y eran necesarias unas correas de cuero y un corsé para mantenerla en su lugar. Cuando hacía calor, el cuero irritaba su piel y el muñón se llenaba de ampollas y sangraba. A pesar de estar hueca, la pierna de madera con pie de aluminio pesaba unos considerables cuatro kilos. El solo hecho de desplazarse era una prueba de resistencia, y practicar sus amados deportes al aire libre quedó fuera de su alcance. El dolor sería su compañero incansable durante el resto de sus días.

Para formar parte de la SOE, Churchill consideraba que era imprescindible tener un carácter capaz de perseguir una causa noble con una osadía de pirata. Sin embargo, como era de esperar, la SOE tenía dificultades para encontrar operativos con la astucia y las agallas necesarias para infiltrarse secretamente en Francia y sin apoyo en caso de que las cosas salieran mal. En realidad, ninguno de sus altos cargos había considerado a las mujeres para llevar a cabo esta labor potencialmente suicida… Excepto Bellows, que estaba convencido de que la estadounidense que había encontrado en la estación de Irún podía ser exactamente lo que la SOE buscaba.
Virginia, sin embargo, no llamó al número que le habían dado. Al llegar a Londres el 1 de septiembre, había cambiado de opinión, algo poco común en ella. No quería someter a su madre a más angustia, y además dudaba de que pudiera ser útil trabajando con los británicos, así que se presentó en la embajada de Estados Unidos en Londres como una exempleada del Departamento de Estado y solicitó un trabajo temporal mientras esperaba su repatriación de vuelta a casa.
Tal era su confianza en las posibilidades de Virginia como agente encubierta que Bodington ya había ordenado al capitán Strong del MI5 (el servicio de inteligencia y seguridad interna británico) que investigaran los antecedentes de Virginia y la sometieran a un riguroso proceso de cribado y control, que en aquel entonces llamaban PTC (putting her through the cards, en inglés). Este proceso implicaba la búsqueda de conexiones alemanas en las vastas criptas de archivos con referencias cruzadas acerca de indeseables de todo tipo. Se trataba sin embargo de un proceso lento y meticuloso, y F coincidió en que Virginia era tan buena candidata que no podían esperar. Mucho antes de que el veredicto que garantizaba su «limpieza» llegara (prácticamente un mes después, el 17 de febrero), ya le habían ofrecido un trabajo. En esta ocasión nadie se planteó ponerla detrás de una máquina de escribir.
Como era de esperar en la vida de Virginia, hubo más obstáculos. El gabinete de Churchill había prohibido que las mujeres sirvieran en el frente de cualquier forma. Los abogados del gobierno señalaron que las mujeres eran especialmente vulnerables si las atrapaban, pues no se las reconocería como combatientes y, por lo tanto, las leyes internacionales de guerra no las protegerían. Dentro de la SOE, las actitudes conservadoras también estaban a la orden del día. En todos los niveles había una «hostilidad considerable» a la idea de que las mujeres desempeñaran otros trabajos que no fueran de apoyo, como decodificadoras, mecanógrafas o mensajeras. Además, había otro problema: Virginia era estadounidense, ¿era posible confiar en ella? Una política de inteligencia estándar era contratar solo a ciudadanos británicos.

La necesidad de Virginia de replantear por completo las operaciones en Francia no podía ser más acuciante. No había una hora del día, ni un día de la semana, en que no estuviera trabajando para recuperar el terreno perdido. La brutalidad alemana y de Vichy aumentaba día a día, y eso hacía que más y más personas quisieran unirse a la Resistencia, lo que aumentaba también el peligro de que los borraran del mapa. Envalentonados por victorias como la de Villa des Bois, las autoridades de Vichy y sus amos alemanes se abalanzaban sobre cualquier sospechoso de albergar ideas en favor de la Resistencia. Algunos disidentes les facilitaban mucho las cosas. A Virginia le aterraba que se reunieran en público, que hablaran en voz alta y con orgullo, que no verificaran a sus nuevos reclutas, que usaran sus propios nombres y se pelearan con grupos rivales. A pesar de lo que había pasado en Nantes, continuaban manifestándose inútilmente, y esas manifestaciones se traducían a menudo en represalias terribles. Como una mera agente de enlace, Virginia no tenía control sobre las acciones de otros grupos, pero en lo relacionado con el reclutamiento de su gente buscaba crear un sistema más seguro.
En circunstancias como aquellas, Virginia lo tenía muy difícil para construir una red de disidencia controlada desde Londres, pero tuvo un golpe de suerte cuando, en el consulado estadounidense, George Whittinghill le presentó a un piloto de la Real Fuerza Aérea británica (RAF, por sus siglas en inglés) que lo visitaba casi todos los días. William Simpson había sufrido graves quemaduras al ser derribado con su cazabombardero cuando sobrevolaba Bélgica durante el primer día del blitzkrieg alemán, en mayo de 1940. Había pasado meses en el hospital, envuelto en venas grasientas, y ahora estaba a la espera de su repatriación a Gran Bretaña, pues Francia aún permitía ese tipo de gestiones humanitarias.

Fascinada con la operación de Mauzac, la cúpula de la SOE postuló a Virginia para obtener uno de los más grandes honores civiles en Gran Bretaña, solo un escalafón por debajo del nombramiento de Dama. De hecho, quizás ella fue la única agente de la Sección F en ser considerada candidata a la Excelentísima Orden del Imperio Británico (CBE, por sus sigla en inglés), mientras seguía activa en territorio enemigo. Como tal notificación no podía incluir detalles operativos, estuvo lejos de hacerle justicia: «Ella se ha dedicado a trabajar para nosotros en cuerpo y alma, desestimando la peligrosa posición en que sus actividades la pondrían si era descubierta por las autoridades de Vichy. Ha sido infatigable en su apoyo y ayuda constantes a nuestros agentes, al combinar un alto grado de habilidad organizativa y una valoración clara de nuestras necesidades. […] Ningún elogio por los servicios que nos ha brindado puede ser suficiente». La candidatura fue rechazada.
Más adelante, después de que Francia fuera liberada, la oficina de la calle Baker reconoció finalmente el verdadero alcance de su contribución en «un gran número» de fugas, pero en especial la de Mauzac. Un memorando interno de la Sección F escrito el 21 de noviembre de 1944, registró para la posteridad: «Muchos de nuestros hombres le deben su libertad e incluso su vida». A pesar de todo, el mundo exterior nunca lo supo.
La osada evasión de los «terroristas» de Mauzac planeada por Virginia causó conmoción en los altos mandos nazis y provocó que Hitler pusiera en marcha una brutal represión en Francia. Había quedado claro que la Resistencia era ahora una amenaza significativa y que el gobierno semiautónomo francés de la zona sur ya no era sostenible. Los constantes ataques a fábricas, vagones de tren, vehículos alemanes, líneas de alta tensión e incluso a una oficina de reclutamiento en Lyon también le demostraban a Berlín que la administración de Pétain, a pesar de todas sus promesas, no estaba capacitada para destruir al enemigo interno. Así que el Tercer Reich sentaría las bases para una ocupación total, y le ordenaría a Vichy la expedición de quinientos identificaciones francesas para que la Gestapo pudiera infiltrarse en las redes secretas de los aliados en toda la zona libre. En la Operación Donar, nombrada así por el dios germánico del trueno, los nazis planearon distribuir agentes dobles en las ciudades del sur para extirpar y eliminar a células terroristas que pudiera haber en la zona. Los términos del armisticio de 1940 establecían que la Gestapo podía intervenir solo en presencia de la policía francesa ahora los alemanes arrestaban y torturaban prácticamente a voluntad. Lyon era su blanco principal.

Como miembros de la muy temida fuerza policial paramilitar (La Guardia Civil), registraron la estación minuciosamente, y no les costó mucho encontrar a Virginia y a sus acompañantes, que estaban al borde de la extenuación. Apenas capaces de hablar, los dos hombres tartamudearon algunas excusas, pero Virginia, más cómoda al hablar español, explicó que era estadounidense y que solo estaba disfrutando de las montañas. La Guardia Civil miró sus ropas sucias y los consideró muy sospechosos, así que los arrestaron en calidad de «indocumentados y refugiados indigentes»21 y los metieron en el coche patrulla y los llevaron al cuartel, y de ahí a la prisión de Figueres. Luego transfirieron a Guttman y Alibert al famoso campo de concentración de Miranda de Ebro.
Virginia había escapado de Francia, de la Gestapo y de la Abwehr; había luchado contra la nieve y el viento por un paso de montaña de 2.500 metros; había ayudado a innumerables personas a escapar de las detenciones y estaba a apenas una hora de tomar un tren hacia la seguridad, un baño y una comida caliente, pero ahora se encontraba tras las rejas.

Las operaciones de Virginia, que se revisaron cuidadosamente en varias expediciones de reconocimiento, ciertamente estuvieron entre las más exitosas del momento, cuando el fracaso era muy común. Desde su oficina en el nuevo SFHQ, Maurice Buckmaster quedó maravillado ante la manera experta en que los grupos de Virginia «se ensañaban violentamente con el enemigo», aprovechando por completo el terreno boscoso y rocoso para maximizar el elemento sorpresa y desaparecer sin dejar huella. Uno de esos ataques llegó de las zonas boscosas del Loira en Lavôute, justo al norte de Le Puy. Dieciocho hombres de Virginia ocuparon sus posiciones camuflados entre los árboles para atacar con éxito a un convoy de 135 soldados alemanes, en el que murieron catorce, y destruyeron varios camiones, sin una sola baja del lado francés.
Gracias a Virginia, los franceses se habían salvado a sí mismos. Los maestros, granjeros, estudiantes y obreros a los que ella financió, organizó, armó, y a menudo dirigió, liberaron el Alto Loira sin ayuda militar profesional. Derrotaron a los alemanes dos días antes de que el Ejército aliado llegara a París, y mucho antes que el resto de Francia, donde la batalla seguía en su apogeo. Envió un telegrama a Londres con las noticias y solicitó nuevas órdenes. Por primera vez, al registrar de manera oficial su «sorprendente actividad» en la región, los archivos de la SOE mencionaron la prótesis que usaba como pierna.

En toda su vida profesional, Virginia jamás había sido tan solicitada como en el otoño de 1944. Aunque ya habían pasado dos años desde su creación, la OSS siempre tenía que justificar todos sus gastos e incluso su existencia ante el establishment de Washington, hostil ante los militares. Los éxitos que Virginia había tenido en el frente se consideraban una respuesta persuasiva ante los cuestionamientos inevitables en torno a los logros del servicio. Durante mucho tiempo, la OSS había necesitado un héroe; ahora tenía una.
La propia Virginia estaba ansiosa por volver a trabajar y, en París, Paul van der Stricht, quien supervisaba las operaciones en Europa occidental, estaba realmente entusiasmado ante la idea de trabajar con ella. Así, cuando la llamaron para que regresara a París a finales de octubre con el nombre secreto de Marcelle Montagne,36 dejó de lado toda intención de regresar a su casa de Baltimore. Las esperanzas de que la guerra terminara en invierno quedaron hechas añicos con los retrocesos militares en Bélgica y Holanda. En septiembre, el intento de la ofensiva británica de abrirse camino en el Rin hacia Alemania, desde los Países Bajos, fracasó estrepitosamente. Tres meses después, cerca de la Navidad de 1944, el Ejército estadounidense sufrió el mayor número de bajas en la guerra en las Ardenas, región de Bélgica, cuando la última gran contraofensiva alemana los tomó por sorpresa en el frente del oeste. Después de la liberación triunfal de Francia, los aliados se enfrentaban a la amarga certeza de que el camino de la lucha contra Hitler aún sería muy largo.
Wild Bill Donovan estaba decidido a montar una misión espectacular, un paso definitivo que silenciaría a sus críticos de una vez por todas. Con este propósito seleccionaron a Virginia, de entre decenas de los agentes mejor evaluados de la OSS, para llevar a cabo una expedición ultrasecreta que podía tener una injerencia importante en los meses finales del conflicto. Fue elegida por encima de muchos hombres fuertes, testimonio de su gran éxito para cambiar las opiniones sobre las mujeres en la guerra, y los archivos sugieren que su minusvalía ni siquiera se consideró una desventaja. De hecho, su valor, ingenio, operaciones «impecables» en Francia, «personalidad excelente», extensa red de contactos, habilidad para hablar alemán y conocimiento profundo de Austria por el tiempo en que había estudiado en Viena la habían convertido en la opción obvia.
En París, Virginia recibió su evaluación de la OSS antes de regresar a Estados Unidos. Su valoración no pudo haber sido más brillante. En las condiciones más adversas, su motivación e inteligencia práctica (así como la velocidad y precisión de su juicio) habían demostrado ser, una y otra vez, «superiores». Los años de lucha en el frente enemigo le habían enseñado a ser eminentemente estable, impasible, valiente y capaz de liderar y trabajar con los demás. Juzgaron sus habilidades físicas, que incluían su agilidad, resistencia, fortaleza y temeridad, como «muy satisfactorias». El informe declaraba que «la señorita Hall había logrado resultados extremadamente buenos en cada una de sus funciones» y seguiría siendo una excelente agente. Los entusiastas comentarios se sumaron a la larga lista de elogios que reconocían a Virginia como la agente secreta aliada del género femenino más exitosa del conflicto europeo y una de las principales pioneras en el ámbito de la guerra clandestina. Su futuro estaba asegurado.

Virginia siempre había amado a Francia y siempre había querido vivir en el extranjero, así que ¿por qué regresó a casa? Tal vez para descansar, seguramente para olvidar y también para complacer a Paul, quien albergaba la esperanza de dejar atrás las enemistades del Viejo Mundo y empezar una nueva vida como estadounidense.
Virginia no recibió el reconocimiento que merecía durante su carrera en la CIA, pero hacia el final de su vida hubo señales de que su legado empezaba a comprenderse mejor. Eloise Randolph Page, quien se convertiría en la primera mujer con el cargo de jefa de estación en la CIA, en la década de 1970, habló de cómo las mujeres de la OSS (Virginia era el ejemplo más importante) prepararon el terreno para «sus hermanas que llegaron después».
Hoy en día, la CIA reconoce oficialmente a Virginia como una heroína de guerra indiscutible, cuya carrera en la agencia se vio entorpecida por «frustraciones con sus superiores, que no aprovecharon bien su talento».1
El 1 de junio de 1988, el teniente general Parker agregó el nombre de Virginia, de manera póstuma, al Salón de la Fama del Cuerpo de Inteligencia Militar. Fue una de las primeras personas en recibir este honor.

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This was an absolutely fascinating story, and I would love to go back in time and have dinner with Virginia Hall and just pump her for stories because damn. She would have some good stories.
However, the reason I took off was the writing. While I finished the book in just a few days and it’s very engaging while you’re reading, it feels very surface level. I would have appreciated more time developing side characters besides two or three who get particular attention. Towards the end, a lot of names were thrown around that the reader has already seen, and I had to really, really search my memory to remember how they had helped or hindered Virginia. I also would have appreciated more tactics, how did all of Virginia’s mission fit into the larger scheme of the war. A lot of the time, the writing felt like it was skimming her story because it moved so quickly. A month would pass, and we would be told that Virginia had done a lot of work, but there was no real discussion of what that work was.
But I really, really wish the author and editor would have chosen to integrate sources differently into the narrative. They’re used as footnotes, and there’s no reference in the text as to how the author acquired the information. For details such as numbers and troop movements, it doesn’t matter as much, I don’t think, because I assumed she took it from a report or other piece of information (though it would have been nice if the author integrated those in as well, with dates and places; I believe that would have made the narrative feel even more grounded).
Where it really mattered was when the author attributed thoughts and feelings to Virginia. This didn’t work for me because, as the author said, Virginia almost NEVER talked about her work as a spy. She was very private and she didn’t like revisiting those parts of her life, either because it was bad memories or she didn’t want to take glory for something that wasn’t all that glorious. All of the author’s information about her was secondhand, which makes sense because Virginia didn’t leave much of a paper trail and she’s also dead, so she couldn’t be interviewed. When you read the acknowledgements, you’re led to assume that a lot of the more personal details came from the author’s extensive interviews with Virginia’s niece. That’s totally fine, she’s an excellent source of information. I just wish that in the narrative there would have been a little distancing, even something like: «It’s likely, based on discussions with her niece, who knew her well, that Virginia [felt/thought/etc.]…» The narrative is currently written as if the author knows, for sure, this is how Virginia was thinking and feeling at that exact moment, as if she had written it in a diary. But she didn’t, and in the later chapters, when the niece is specifically mentioned, she says that Virginia almost never talked to her about her work. So why does the author phrase it like that?
It is, admittedly, a very small thing, but I came away with the distinct impression that the author was putting words and feelings into Virginia’s mouth.

Virginia was a person with the same flaws, fears, and insecurities that we all have — perhaps even more — but that precisely helped her understand her enemies. Her intuition disappointed her only once, and that had catastrophic consequences. However, most of the time, she defeated her demons and earned the trust, admiration and gratitude of thousands of people. Meeting Virginia clearly meant never forgetting her. Until the moment she retired from her CIA career in the 1960s, she was a woman ahead of her time who has a lot to tell us now.
The fact that women fight alongside men on the front line still generates much controversy. Yet nearly eight decades ago Virginia was already leading men deep into enemy territory. She experienced six years of the European war in a way that very few Americans did. She risked her life over and over again, but not driven by fervent nationalism, but by love and respect for the freedom of others. It dynamited bridges and tunnels; she cheated, negotiated, and, like agent 007, had a license to kill. She was looking for a very modern form of war based on propaganda, lies and the creation of an internal enemy, techniques increasingly familiar to us, but her goals were noble: she wanted to protect rather than destroy, restore freedom rather than eliminate it. . He did not pursue glory or fame, nor were they bestowed upon him.

Virginia began organizing hunting expeditions to the marshes with her friends. Friday, December 8, dawned clear and mild; As she prepared for another day of sports, she took the 12-gauge shotgun she had inherited from her late father. On that occasion, in the lagoons there were many long-billed curlews and the group of hunters was excited, although these types of birds were difficult to hunt because of their erratic flight pattern. Always competitive, Virginia probably wanted to be the first to get a part, and in impatience she forgot to put the safety lock on. However, while climbing a reed-covered fence, she tripped, and as she fell, her shotgun slipped from her shoulder and was caught in the long coat that covered her ankles. She tried to pick it up, but in doing so she shot herself in the left foot at point-blank range.
A growing stain of blood stained the muddy waters of the marshes around Virginia as she fainted, unconscious. The wound was serious, the cartridge she had fired was a large caliber, and the pellets were now deeply embedded in her foot.
Just before Christmas, the young woman’s condition began to deteriorate rapidly and the head of the American hospital in Istanbul was urgently summoned, along with two of his compatriots nurses. By the time they arrived, after a twenty-four hour train ride, Virginia’s foot was swollen and blackened, the putrid tissue was beginning to smell bad, and her entire body was twisting in spasms of fierce pain. The American team immediately realized that this was a worst-case scenario: the gangrene was spreading and was rapidly spreading down her lower leg. At that time when antibiotics did not yet exist, there was no effective medical treatment and Virginia’s organs were at risk of stopping working. She was on the brink of death when surgeons cut her left leg below the knee at Christmas in a desperate attempt to save her. She was twenty-seven years old.
The amputation had gone well under the circumstances, but when she came to, nothing could comfort Virginia for the loss of her old life.
Eleven days later, all the alarms went off again. Virginia was suffering from a new infection that looked like septicemia, a potentially fatal blood poisoning. Doctors at Smyrna Hospital desperately fought to save her life once again. They consulted American specialists in Istanbul on a daily basis, and mysterious serums were injected into his knee in the hope that they would work. Back then her chances of being cured were very low; even now, with modern medicine, her condition would be considered critical. The pain she suffered daily when the nurses changed the bandages on her pus-soaked stump was almost unbearable, and her heart often raced.
A few days later, Virginia was traveling on a ship back to the United States, and a month later, on June 21, she arrived in New York, where she met her family on the dock watching her hobble cautiously towards them. She was admitted to the hospital for a series of «repair operations,» which probably involved cutting off a bit more of her leg to prevent infection and fitting a new prosthesis. Although modern by 1930s standards, the prosthesis was quite crude and leather straps and a corset were required to hold it in place. In hot weather, the leather irritated her skin and the stump blistered and bled. Despite being hollow, the wooden leg with aluminum foot weighed a considerable four kilos. Just moving around was a test of endurance, and playing her beloved outdoor sports was out of reach. Pain would be her tireless companion for the rest of her days.

To join the SOE, Churchill considered it essential to have a character capable of pursuing a noble cause with the audacity of a pirate. However, unsurprisingly, the SOE had a hard time finding operatives with the cunning and guts to secretly infiltrate France and without support should things go wrong. In reality, none of his senior officials had considered women to carry out this potentially suicidal work … Except Bellows, who was convinced that the American he had found at the Irún station could be exactly what the SOE was looking for .
Virginia, however, did not call the number she had been given. When she arrived in London on September 1, she had changed her mind, something unusual for her. She did not want to subject her mother to further distress, and also doubted that she could be of any use working with the British, so she reported to the US embassy in London as a former State Department employee and applied for a temporary job while waiting for her repatriation back home.
Such was his confidence in Virginia’s potential as an undercover agent that Bodington had already ordered Captain Strong of MI5 (the British intelligence and internal security service) to vet Virginia’s background and put her through a rigorous screening and control process. that at that time they called PTC (putting her through the cards, in English). This process involved searching the vast file vaults for German connections with cross-referenced undesirables of all kinds. It was, however, a slow and meticulous process, and F agreed that Virginia was such a good candidate that they couldn’t wait. Long before the verdict guaranteeing her «cleanliness» came (almost a month later, on February 17), she had already been offered a job. This time nobody considered putting it behind a typewriter.
As was to be expected in Virginia’s life, there were more obstacles. Churchill’s cabinet had prohibited women from serving on the front lines in any way. Government attorneys pointed out that women were especially vulnerable if caught, as they would not be recognized as combatants and therefore would not be protected by international laws of war. Within the SOE, conservative attitudes were also the order of the day. At all levels, there was «considerable hostility» to the idea of women doing other than supportive jobs, such as decoders, typists or messengers. Besides, there was another problem: Virginia was an American, could she be trusted? A standard intelligence policy was to hire only British citizens.

Virginia’s need to completely rethink operations in France couldn’t be more pressing. There wasn’t an hour of the day, not a day of the week, when she wasn’t working to make up lost ground. German and Vichy brutality increased by the day, and this made more and more people want to join the Resistance, which also increased the danger of being wiped off the map. Emboldened by victories like that of Villa des Bois, the Vichy authorities and their German masters pounced on anyone suspected of harboring pro-Resistance ideas. Some dissidents made things much easier for them. Virginia was terrified that they would meet in public, speak loudly and proudly, fail to check on their new recruits, use their own names, and fight rival groups. Despite what had happened in Nantes, they continued to demonstrate in vain, and those demonstrations often resulted in terrible reprisals. As a mere liaison agent, Virginia had no control over the actions of other groups, but when it came to recruiting her people she sought to create a more secure system.
In circumstances like these, it was very difficult for Virginia to build a network of dissent controlled from London, but she had a stroke of luck when, at the American consulate, George Whittinghill introduced her to a pilot of the British Royal Air Force (RAF, for its acronym in English) who visited him almost every day. William Simpson had suffered severe burns when he was shot down with his fighter-bomber while flying over Belgium on the first day of the German blitzkrieg in May 1940. He had spent months in hospital, wrapped in greasy veins, and was now awaiting repatriation to Great Britain, because France still allowed such humanitarian efforts.

Fascinated by the Mauzac operation, the SOE leadership nominated Virginia for one of the greatest civilian honors in Britain, just one notch short of Dama’s appointment. In fact, she was perhaps the only Section F agent to be considered a candidate for the Most Excellent Order of the British Empire (CBE), while she was still active in enemy territory. As such notice could not include operational details, it was far from doing her justice: “She has dedicated herself to working for us body and soul, dismissing the dangerous position her activities would put her in if discovered by the Vichy authorities. She has been tireless in her constant support and assistance to our agents, combining a high degree of organizational skill and a clear assessment of our needs. […] No praise for the services you have provided can be enough». The candidacy was rejected.
Later, after France was liberated, the Baker Street office fi nally recognized the true extent of its contribution in «a large number» of escapes, but especially that of Mauzac. An internal memorandum from Section F written on November 21, 1944, recorded for posterity: «Many of our men owe you their freedom and even their lives.» Despite everything, the outside world never knew.
Virginia’s daring evasion of the Mauzac «terrorists» planned to shock the Nazi high command and prompted Hitler to launch a brutal crackdown in France. It had become clear that the Resistance was now a significant threat and that the French semi-autonomous government in the southern area was no longer sustainable. The constant attacks on factories, train cars, German vehicles, high-voltage power lines, and even a recruiting office in Lyon also showed Berlin that the Pétain administration, despite all its promises, was incapable of destroying the internal enemy. So the Third Reich would lay the groundwork for a total occupation, and order the Vichy to issue five hundred French IDs so that the Gestapo could infiltrate the secret networks of the allies throughout the free zone. In Operation Donar, named after the Germanic god of thunder, the Nazis planned to distribute double agents in southern cities to extirpate and eliminate terrorist cells that might be in the area. The terms of the armistice of 1940 established that the Gestapo could intervene only in the presence of the French police, now the Germans arrested and tortured practically at will. Lyon was their main target.

As members of the much-feared paramilitary police force (La Guardia Civil), they searched the station thoroughly, and it didn’t take them long to find Virginia and her companions, who were on the brink of exhaustion. Barely able to speak, the two men stuttered some excuses, but Virginia, more comfortable speaking Spanish, explained that she was American and was just enjoying the mountains. The Civil Guard looked at their dirty clothes and considered them very suspicious, so they arrested them as «undocumented and destitute refugees» 21 and put them in the patrol car and took them to the barracks, and from there to the Figueres prison. They then transferred Guttman and Alibert to the famous Miranda de Ebro concentration camp.
Virginia had escaped from France, the Gestapo, and the Abwehr; she had fought the snow and the wind over a 2,500 meter mountain pass; She had helped countless people escape arrest and was just an hour away from catching a train to safety, a bath, and a hot meal, but now she was behind bars.

The Virginia operations, which were carefully reviewed on several reconnaissance expeditions, were certainly among the most successful of the time, when failure was very common. From his office in the new SFHQ, Maurice Buckmaster marveled at the expert way in which the Virginia groups «took out the enemy violently», taking full advantage of the wooded and rocky terrain to maximize the element of surprise and disappear without a trace. One such attack came from the wooded areas of the Loire at Lavôute, just north of Le Puy. Eighteen Virginia men took up their camouflaged positions among the trees to successfully attack a convoy of 135 German soldiers, in which fourteen were killed, and destroyed several trucks, without a single casualty on the French side.
Thanks to Virginia, the French had saved themselves. The teachers, farmers, students and workers whom she financed, organized, armed, and often led liberated the Haute-Loire without professional military aid. They defeated the Germans two days before the Allied Army reached Paris, and long before the rest of France, where the battle was still raging. She sent a telegram to London with the news and requested new orders. For the first time, when officially recording her «surprising activity» in the region, the SOE archives mentioned the prosthesis she used as a leg.

In her entire professional life, Virginia had never been in such high demand as in the fall of 1944. Although two years had passed since its inception, the OSS always had to justify all its expenses and even its existence to the hostile Washington establishment. the military. Virginia’s successes on the front line were seen as a persuasive response to the inevitable questions surrounding the accomplishments of the service. For a long time, the OSS had needed a hero; now she had one.
Virginia herself was eager to get back to work, and in Paris, Paul van der Stricht, who was overseeing operations in Western Europe, was genuinely excited about the idea of working with her. Thus, when she was called back to Paris at the end of October under the secret name of Marcelle Montagne, 36 she put aside any intention of returning to her home in Baltimore. Hopes that the war would end in winter were shattered by military setbacks in Belgium and the Netherlands. In September, the British offensive attempt to break through the Rhine towards Germany from the Netherlands failed miserably. Three months later, around Christmas 1944, the US Army suffered the highest number of casualties in the war in the Ardennes, Belgium region, when the last major German counteroffensive caught them by surprise on the western front. After the triumphant liberation of France, the Allies faced the bitter certainty that the road to fight against Hitler would still be a long one.
Wild Bill Donovan was determined to mount a spectacular mission, a definitive step that would silence his critics once and for all. For this purpose, they selected Virginia, from among dozens of the best-evaluated OSS agents, to carry out a top-secret expedition that could have a significant influence in the final months of the con fl ict. She was chosen over many strong men, a testament to her great success in changing views of women in war, and records suggest that her handicap was not even considered a handicap. In fact, her courage, resourcefulness, ‘flawless’ operations in France, ‘excellent personality’, extensive network of contacts, ability to speak German, and deep knowledge of Austria from the time she had studied in Vienna had made her the obvious choice.
In Paris, Virginia received her evaluation from the OSS before returning to the United States. Her assessment could not have been more brilliant. Under the most adverse conditions, her motivation and practical intelligence (as well as the speed and precision of her judgment) had proven, time and again, to be «superior.» Years of fighting on the enemy front had taught him to be eminently stable, impassive, courageous, and capable of leading and working with others. They judged her physical abilities, which included her agility, endurance, fortitude and fearlessness, as «very satisfactory.» The report stated that «Miss Hall had achieved extremely good results in every one of her duties» and would remain an excellent agent. The enthusiastic comments added to the long list of accolades that recognized Virginia as the most successful female allied secret agent in the European con fl ict and one of the leading pioneers in the field of underground warfare. Her future was assured.
Virginia had always loved France and had always wanted to live abroad, so why did she return home? Perhaps to rest, surely to forget, and also to please Paul, who hoped to leave the enmities of the Old World behind and start a new life as an American.

Virginia had always loved France and had always wanted to live abroad, so why did she return home? Perhaps to rest, surely to forget, and also to please Paul, who hoped to leave the enmities of the Old World behind and start a new life as an American.
Virginia did not receive the recognition she deserved during her CIA career, but toward the end of her life there were signs that her legacy was beginning to be better understood. Eloise Randolph Page, who would become the first female CIA station chief in the 1970s, spoke of how the women of the OSS (Virginia was the most important example) paved the way for ‘their sisters who came later.
Today, Virginia is officially recognized by the CIA as an undisputed war hero, whose career at the agency was hampered by «frustrations with her superiors, who did not use her talents well.»
On June 1, 1988, Lt. Gen. Parker added Virginia’s name, posthumously, to the Military Intelligence Corps Hall of Fame. She was one of the first people to receive this honor.

2 pensamientos en “Una Mujer Sin Importancia. La Historia De Virginia Hall, La Espía Más Buscada Por La Gestapo — Sonia Purnell / A Woman of No Importance: The Untold Story of the American Spy Who Helped Win World War II by Sonia Purnell

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