Escoria Blanca: Los Ignorados 400 Años De Historia De Las Clases Sociales Estadounidenses — Nancy Isenberg / White Trash: The 400-Year Untold History of Class in America by Nancy Isenberg

El libro de Nancy Isenberg sobre la historia de los blancos pobres en Estados Unidos es extenso y completo. Comenzando con los primeros colonos y progresando hasta la América moderna, ilumina la historia un tanto oculta de las familias blancas pobres en sus muchas encarnaciones durante los últimos cuatro siglos. Alerta de spoiler: los hombres blancos ricos siempre han odiado a los hombres blancos pobres solo un poco menos de lo que odian a los morenos.
Si bien debo respetar la investigación y el esfuerzo que se realizaron en este volumen, admito que a veces fue muy difícil de leer. Isenberg no tiene la habilidad de, digamos, Jill Lepore o James Loewen, cuando se trata de hacer que la historia potencialmente seca sea más agradable, pero todavía hay muchas anécdotas y exploraciones interesantes que me ayudaron hasta el final. Pasó demasiado tiempo en la era colonial y no lo suficiente en los últimos 100-150 años. Ella podría haber escrito un libro completo sobre el conflicto y la manipulación de clases de la era de la Guerra Civil, y yo hubiera cambiado con mucho gusto la mayor parte de la discusión sobre la sociedad precolonial de Jamestown por más investigación de los blancos pobres inmediatamente antes, durante e inmediatamente después de la Guerra Civil. Además, encontré interesante su discusión sobre Elvis y su influencia duradera en Bill Clinton, así como sus cavilaciones sobre «Here Comes Honey Boo Boo» y Sarah Palin, pero sentí que se perdió algo al no mencionar la enorme popularidad de Eminem. que tiene mucho más en común con Elvis de lo que quizás le gustaría admitir. Para mí, la conclusión más valiosa es cómo informa el fenómeno Trump 2016 / el incendio del contenedor de basura que nuestra nación está soportando actualmente.

De lo bueno: Isenberg sostiene que no le damos a la historia de los blancos pobres casi lo que se merece, y hace un llamamiento llamativo a la centralidad de esa historia para cualquier comprensión de los Estados Unidos. Es una posición provocativa, y una con la que ella hace bien: siguiendo su línea de pensamiento desde el período colonial hasta el día de hoy, está claro que somos una nación obsesionada con las distinciones de clases, vendiendo una mitología de exactamente lo contrario.
De lo no tan bueno: Isenberg no nos da las voces de los pobres en este texto. En cambio, leemos lo que la gente de clase media y alta piensa sobre la clase y la pobreza. Eso es importante, particularmente porque pocas personas pobres tenían acceso al poder y pocas personas pobres establecían políticas; necesitamos comprender la gimnasia mental de los políticos y pensadores culturales sobre este tema. Pero es una rareza decidida que a los pobres mismos nunca se les pregunte qué piensan o qué quieren, y deja al lector con la impresión de que los pobres no tienen necesidades o soluciones que puedan articular. Me parece difícil de creer.
Además, faltan muchas cosas en este libro. Isenberg se salta las prácticas de inmigración en el norte durante el siglo XIX; se salta la Segunda Guerra Mundial; ella se salta la presidencia de George W.Bush. No se menciona el trabajo infantil ni los esfuerzos de reforma para cambiar esa práctica, limitar la jornada laboral o permitir que las personas se sindicalicen. ¿Seguramente estos también tienen que ver con la clase? Y la raza no es reconocida como compañera de clase en casi suficientes casos; no se mencionan prácticas como el linchamiento generalizado de hombres afroamericanos por parte de blancos (incluidos los blancos trabajadores y pobres). Eso parece una extraña omisión.
Disfruté del libro y aprendí mucho. Pero estoy listo para los libros que vienen después de este, en el que las omisiones de Isenberg se convierten en tema de conversación continua.

En Estados Unidos, el lenguaje y el pensamiento de clase encuentran su punto de partida en la obligada huella dejada en su suelo por la colonización inglesa. El vocabulario que emplearon las generaciones británicas de los siglos XVI y XVII que concibieron por primera vez la explotación a gran escala de los recursos naturales de Norteamérica se hallaba a medio camino entre la descripción útil y la cruda imaginería. No se paraban en barras ni se permitían lindezas conceptuales. La idea de la colonización debía venderse a los inversores, siempre recelosos, de modo que la implantación de las colonias americanas del Nuevo Mundo debía contribuir a materializar las metas del Viejo. Apostando a lo grande, los promotores de aquel proyecto prefirieron no imaginar América como un Edén de oportunidades, sino como un gigantesco montón de escombros susceptible de ser transformado en un solar productivo. Se procedería a descargar en el Nuevo Mundo el sobrante de Inglaterra, es decir, sus gentes fungibles (su morralla humana). Su fuerza de trabajo produciría sus frutos en un remoto terreno baldío. Por duro que parezca, la población pobre condenada a la apatía, la hez de la sociedad.
Para resituar la realidad de las clases sociales en el relato que atestigua lo que sucedió en verdad, hemos de imaginar un panorama completamente distinto. Norteamérica no fue una tierra presidida por la igualdad de oportunidades, sino un territorio mucho menos atractivo en el que lo que aguardaba a la mayoría de los inmigrantes era en unos casos la muerte y en otros unas condiciones de trabajo durísimas. Una ideología británica sólidamente arraigada justificaba la existencia de unas posiciones de clase sumamente rígidas, sin promesa alguna de movilidad social. Desde luego, la fe religiosa puritana tampoco contribuyó a arrumbar la jerarquía de clases. La primera generación de habitantes de Nueva Inglaterra no movió un dedo para reducir, y mucho menos condenar, el hecho de que se funcionara de manera rutinaria a base de criados o esclavos. La tierra era la principal fuente de riqueza, y quienes carecían de ella apenas tenían posibilidad alguna de esquivar la esclavitud. Lo que dejó una marca indeleble en la escoria blanca fue siempre, desde el mismo principio, el estigma de la carencia de bienes raíces, y la situación ha continuado perpetuándose.

En 1584, al redactar Hakluyt el borrador de su «Discourse of Western Planting», era habitual que la condición de los indigentes fuese atribuida a su carácter «despilfarrador» y a su tendencia a la «holgazanería», y que se insistiese en la idea de que se trataba de individuos portadores de enfermedades cuya movilidad resultaba peligrosa (tanto más por tratarse de gentes sin vinculaciones familiares que se dedicaban a corretear «de un lado a otro por todo el reino»). Se les solía comparar con los enjambres de los insectos dañinos, colgándoles el sambenito de ser una «desbordante muchedumbre», y los giros lingüísticos los imaginaban idénticos a las aguas residuales, pues al igual que ellas comprometían con su contaminación la salud económica de Inglaterra, lastrada por su presencia.
Londres estaba rodeado de arrabales de chabolas. Como señaló en 1608 un observador, la fuerte concentración de menesterosos había acabado por crear una colonia subterránea de «monstruos» sucios y desfigurados, proclives a vivir en «cuevas». Se les acusaba de procrear con gran rapidez y de infligir a la ciudad la infecciosa «plaga» de la pobreza, un sentido figurado con el que se tildaba de dolencia contagiosa al desempleo.
Por más ríos de tinta que hicieran correr y por muchos discursos que pronunciaran para proclamar su amor a la tierra, lo cierto es que los virginianos practicaban el arte de la administración agrícola con menor pericia que sus homólogos ingleses. En la Virginia del siglo XVII se usaban muy pocos arados. En los cultivos de tabaco, la principal herramienta de trabajo era el simple azadón, un apero de labranza que exigía un considerable esfuerzo físico a los seres humanos. En la mayoría de los casos, la vida de las personas que desembarcaron en las costas de Norteamérica no fue lo suficientemente larga como para permitirles auparse a la condición de terratenientes, y mucho menos para dominar las técnicas de su adecuada explotación. Por consiguiente, la esclavitud resultó ser una consecuencia naturalmente derivada de la lógica del sistema colonial de clases que Hakluyt había imaginado. De hecho, la esclavización surgió de la interrelación de tres fenómenos: las duras condiciones laborales, la circunstancia de que se tratara como simples mercancías a los sirvientes atados por contratos de cláusulas abusivas y, sobre todo, el propósito deliberado de criar a los chiquillos para constituir con ellos una especie de contingente de trabajadores expuestos a una fácil explotación.

Carolina del Norte, a la que acabaría conociéndose por el mal nombre de «la Carolina Pobre», tomó un camino distinto al de su hermana meridional. No consiguió alumbrar una clase de colonos de élite. Se transformó en un territorio renegado del Imperio, empezando por el mismísimo condado de Albemarle, en un pantanoso refugio para los pobres y los desposeídos. Cogida en tenaza entre los orgullosos virginianos y los advenedizos habitantes de Carolina del Sur, Carolina del Norte quedó convertida en el problemático «sumidero de América», por reproducir aquí el lamento de un gran número de comentaristas de la época. Era un erial fronterizo que se resistía (o esa impresión daba) a las fuerzas del comercio y la civilización. Poblada por una masa de individuos despachados por su condición de «inútiles palurdos» (expresión con la que se evocaba la idea de unos hombres soñolientos y mentecatos cuya única actividad consistía en deambular de un lado a otro sin hacer nada), Carolina del Norte se ganó una reputación negativa llamada a perdurar, o dicho de otro modo: adquirió fama de no ser más que la primera colonia habitada por miembros de la escoria blanca , por así decirlo. Pese a ser ingleses, a haber reivindicado para sí los derechos inherentes a todo británico libre, los perezosos patanes de la Carolina Pobre parecían poblar un peligroso refugio repleto de morralla humana, un espacio para el desove de una raza de norteamericanos degenerada.
Pero la rivalidad entre esas dos Carolinas decididas a mantener un duelo no es más que uno de los aspectos de la cuestión. La cédula en la que se había concedido originalmente el fuero a Carolina acabó dividiéndose en tres trozos, ya que en 1732 Georgia fue segregada de ese territorio de ultramar. Esta última colonia meridional fue en realidad uno de los más insólitos vástagos que produjo Gran Bretaña. Su elemento impulsor había sido un antiguo militar llamado James Oglethorpe.

Franklin era consciente de que no todos los colonos que tenían previsto asentarse en los límites de los terrenos explorados procederían de las mejores familias británicas. No tardó en calificar de «residuos» de Norteamérica a cuantos vivían en las zonas rurales de Pensilvania. Sin embargo, también abrigaba al mismo tiempo la esperanza de que las fuerzas de la naturaleza salieran vencedoras, de que los rigores de la supervivencia acabaran con los haraganes, y de que los individuos más prolíficos consiguieran sustituir a la morralla humana. Ese era al menos su deseo.
A los ojos de Paine, la cuestión crucial que debía ocupar a los norteamericanos de 1776 no consistía en determinar si el nuevo régimen independiente conseguiría avanzar o no en pos de su estrella y elevarse al rango de nación primera y principal, sino en averiguar con qué rapidez alcanzaría a materializar ese destino prácticamente ineluctable. Paine daba por supuesto que las poderosas fuerzas del comercio y la expansión continental bastarían para eliminar la ociosidad y corregir los desequilibrios sociales. Y lo cierto es que nada había de malo en avivar los instintos mercantiles anglonorteamericanos y promover el establecimiento de un conjunto de alianzas comerciales pacíficas y transnacionales con Gran Bretaña. Sin embargo, Paine abrigaba la esperanza de que, en otros terrenos, el modo de ver y escuchar el mundo que caracterizaba a los británicos terminara por desaparecer de Norteamérica. Y esa sería la razón de que supusiera —de un modo totalmente errado, como se ha podido comprobar— que las clases sociales acabarían por ajustarse y equilibrarse por sí solas.

Por más que Jefferson, movido por sus esperanzas, creyera haber asistido a la desaparición de esta vieja Virginia, la realidad era bastante más compleja. La morralla humana se resistía a dejar de existir, y lo mismo cabía decir de los capataces. Se estaba asistiendo a un doble ascenso, ya que, por un lado, los hijos de los aristócratas —y más específicamente, los que habían caído al plano de los individuos mezclados—, junto con la nueva clase que Jefferson llamaba de los «seudoaristócratas», por otro, habían empezado a sustituir a los anteriores amos de Virginia. Sin embargo, por mucho que hubiera variado la composición de los estratos geológicos que Jefferson comparaba con las diferentes clases sociales, el proceso destinado a distinguir a las más ricas y fértiles margas de la superficie de las capas casi estériles del fondo seguía plenamente vigente.
Las clases eran una característica fija de Norteamérica. Si el propietario rural miraba con recelo a los individuos situados por encima de él, los granjeros pobres que emigraban al oeste iban a tener que enfrentarse a una nueva casta de aristócratas integrada por astutos especuladores agrícolas y grandes plantadores de algodón y caña de azúcar. John Adams, cuya postura social adolecía de un cinismo mayor que la de Jefferson, recordará en 1813 a nuestro autor que el continente iba a acabar en manos de los «acaparadores de tierras» y de una clase inédita formada por los dueños de las grandes casas solariegas.

Además de designar la acción de ocupar ilegalmente una propiedad y a la persona que lo lleva a cabo, las palabras inglesas squat y squatter poseen, en sentido propio, una amplia gama de connotaciones y significados desdeñosos. Se trata de términos que sugieren la idea de «agacharse», «ponerse en cuclillas», «echarse al suelo» o «desmoralizarse», de vocablos que evocan la imagen de un grupo que huye y se dispersa, que pierde el control y sale disparado o que se desperdiga por el campo. Los que concibieron la acepción que ahora nos ocupa recurrieron a esta voz porque reactivaba la vieja y vulgar noción de la deyección humana, como ejemplifica la grosera expresión de «acuclillarse para plantar un zurullo pastoso». A finales del siglo XVIII , en la época del prestigioso e influyente Buffon, la posición acuclillada se asociaba invariablemente con los pueblos de poca monta, como los hotentotes.
Las mujeres y los niños eran importantes símbolos de civilización (o de ausencia de la misma). Los funcionarios destinados en la Florida en la década de 1830 sostienen que «las chicas mascamazorcas» tienen un aspecto brutal, y sus modales no son mejores que los de un rudo marinero. Es fácil sorprenderlas fumando en pipa, mascando tabaco y escupiéndolo y jurando en arameo. Estupefacto ante el descuidado atuendo de estas muchachas de pies mugrientos, cabellos sucios y tiznados rostros, un teniente del Noreste las descalifica en bloque, convencido de que no eran mejores que las rameras. Según sus propias palabras, todas las que pertenecían a la clase de los mascamazorcas eran «¡unas furcias malhabladas, perezosas y dejadas!».
La personalidad de esos pobladores asilvestrados llegó a permear por todas partes, ya fuera en zonas situadas muy al norte, como es el caso de Maine, o en regiones tan meridionales como la de Florida, y desde luego se expandió por el conjunto de los territorios del Noroeste y el Suroeste. Sus variantes recibirían en cada localidad un nombre diferente. En Misisipi se les llamaba «aulladores» (screamers ), bien por el grito de guerra que proferían, similar al de los indios aunque con su particular toque mascamazorcas, bien por su afición a dar alaridos. En Kentucky serán específicamente «partemazorcas» (corn crackers ) debido a su pobre alimentación, siempre a base de maíz. Y a los pobres de Indiana se les conocía como hoosiers . No hay un solo erudito en cuestiones lingüísticas que alcance a definir con precisión el significado de la voz inglesa hoosier . En cualquier caso, como descriptor de clase funcionaba perfectamente bien.
Todo «hoosier » hablaba por los codos, era aficionado a la mentira, se conducía como un fanfarrón y estaba invariablemente dispuesto a agredir a cualquiera que se atreviese a insultar a su poco agraciada esposa. Además tenían la misma propensión que los mascamazorcas del sur a enzarzarse en sucias y encarnizadas peleas. Las chicas hoosier tampoco mostraban mayor refinamiento que sus hermanas de Florida.

Uno de los efectos de las guerras en general, y más aún de los enfrentamientos civiles, es la exacerbación de las tensiones de clase. Esto se debe a que los sacrificios de la contienda se reparten siempre de manera desigual: son invariablemente los pobres quienes han de encajar los golpes más duros. El norte y el sur habían hecho una apuesta fortísima al fundamentar la condición de nación en su particular definición de las clases sociales. Tanto es así que no resulta exagerado decir que, desde una perspectiva general, los líderes unionistas y confederados veían en la guerra un choque entre sistemas de clase del que habría de salir triunfante aquel de los dos que más revelara concordar con un grado de civilización superior.
Los hombres de la Unión encontraron la forma de identificar la «escoria blanca» con el doble espantajo de la pobreza sureña y la hipocresía de las élites. Juzgaban que la secesión era un fraude perpetrado en perjuicio de los desventurados blancos pobres. Un periodista de Filadelfia tendría el dudoso honor de concebir la mejor (o cuando menos la más original) humillación para el engreído sistema social de la Confederación al sugerir al Gobierno de Jefferson Davis que estampara la imagen de un esclavo en su sello postal de cinco centavos, ya que solo entonces, argumentaba el articulista, se hallaría «la escoria blanca pobre» en condiciones de «adquirir a módico precio su cabaña de esclavos». No obstante, con sus comentarios, el escritor tampoco deja totalmente al margen de la crítica a sus compatriotas norteños. Era poco lo que separaba a los pies de barro del norte de la basura blanca del sur. Ninguna de las dos clases salió bien parada, pues ambas se vieron reducidas a simple carne de cañón.

En la década de 1930, el hombre y la mujer olvidados se convertirían en un formidable símbolo de la lucha económica que vibraba en todo Estados Unidos. Un buen número de voces estaban empezando a prestar una especial atención a los blancos pobres que angustiaban al sur. El problema no era: «Nadie sabe qué hacer con él», sino: «Nadie quiere verle como lo que realmente es: uno de nosotros, un estadounidense».

Al erigirse definitivamente la política identitaria como una fuerza irremediable en las últimas décadas del siglo XX , la única forma de alcanzar la autenticidad pasó a consistir en registrar, y escuchar después, las voces de los estadounidenses que hasta entonces habían permanecido marginados. Los blancos dejaron de poder hablar en nombre de las gentes de color. Los hombres no pudieron seguir siendo portavoces de las mujeres. Aunque en los años sesenta los movimientos de la Nueva Izquierda, los derechos civiles y el Poder Negro hubieran contribuido a dar un decisivo empujón a la segunda oleada de la corriente feminista, lo cierto es que la política identitaria no pertenecía en exclusiva a las esferas progresistas. Richard Nixon se aupó al poder en 1968 tras proclamarse representante de los intereses de la «mayoría silenciosa», es decir, de los estadounidenses que se consideraban esforzados trabajadores de clase media, propietarios de una casa y contribuyentes poco dados a plantear exigencias al Gobierno federal.
El factor de clase presente en Raíces se hallaba por consiguiente tan desvirtuado en su rama norteamericana como en su parte africana. Tampoco había una sola prueba que respaldara la tesis de que los olvidados predecesores de Haley pertenecieran a un linaje de élite, o de que Toby/Kunta Kinte fuese de una casta y una clase social superior a la de los peones afroamericanos a quienes se asignaban mayoritariamente las tareas más penosas en el sur de Estados Unidos. Y, sin embargo, desde la óptica de Haley, era preciso que Kunta Kinte, al ser trasplantado a Norteamérica, fuera alguien capaz de honrar la memoria de sus orgullosos antepasados africanos. De hecho, tanto él como sus familiares tenían que distinguirse de sus parientes mascamazorcas de baja estofa (a pesar de la condición de esclavo del iniciador de la saga).
Las supuestas «raíces» de escoria blanca eran de todo menos puras, cuando no un mero artificio. Sus pestañas de pega y su grueso maquillaje formaban parte de una extraña mascarada centrada en una renegociación de la identidad de clase surgida al calor de la expansión que experimentaron los medios de comunicación en las décadas de 1980 y 1990. Faye aseguraba que la inspiración de sus pestañas se la habían dado Lucille Ball… ¡y Minnie Mouse! Como sostuvo el periodista y crítico cinematográfico Roger Ebert: «Es posible que Faye haya sido la persona que más porción de su existencia ha vivido ante las cámaras de toda la historia (y además en directo)». Su yo público era una mezcolanza de malos estereotipos, de modo que su imagen no transmitía mayor autenticidad que la de los personajes de Los nuevos ricos . Tammy Faye se comportó siempre con amanerada exageración (aunque accidentalmente, en la mayoría de los casos), y fue sobre todo una criatura del universo surrealista de la televisión que tanto amaba.

El marcado acento de Sarah Palin —muy del estilo de Fargo — hacía que la tortuosa prosopopeya de sus discursos sonara aún peor. Dick Cavett, el expresentador de programas televisivos de entrevistas escribió un feroz artículo satírico en el que llamaba a Palin «asesina en serie de la sintaxis» y clamaba que el departamento de Lengua de su instituto debería vestir de luto. Sus extasiadas admiradoras la adoraban por ser una «mamá como yo», o se manifestaban impresionadas al verla matar lobos a tiros, y Cavett quería saber qué las inducía a pensar que esas características podrían ayudarla a gobernar correctamente.
A partir de 2008, comenzó a surgir una nueva cosecha de programas de televisión, en esta ocasión decididos a jugar con el tema de la escoria blanca. Estos son algunos ejemplos de esa próspera industria: Swamp People, Here Comes Honey Boo Boo, Hillbilly Handfishin’, Redneck Island, Duck Dynasty, Moonshiners y Appalachian Outlaws , por citar solo unos cuantos. Si en los tiempos de la Gran Depresión a la gente le daba por visitar las «Hoovervilles», es decir, los barrios de chabolas, para contemplar a los sintecho como quien acude al zoo, lo que hizo la televisión fue meter las barracas de feria en el cuarto de estar. El moderno impulso del slumming , de ese regodeo de ánimo compensatorio en la privación ajena, también ha hallado expresión en los personajes vodevilescos de la vieja escuela. En referencia al tremendo éxito de Duck Dynasty , el programa de telerrealidad «montañesa» ambientado en Luisiana, un comentarista ha señalado: «Todos sus protagonistas masculinos parecen directamente salidos del conflicto entre los Hatfield y los McCoy, como si simplemente se estuvieran tomando un descanso en la pelea para fumarse una pipa de maíz».

Hay toda una legión de eruditos que temen a las clases bajas, y esta circunstancia les ha empujado a afirmar que la influencia del perverso malcriado —sea blanco o negro— está paralizando y corrompiendo a la sociedad estadounidense. Estos estudiosos niegan que la estructura económica de la nación tenga alguna relación causal con el fenómeno social que ellos mismos destacan. Niegan la historia. Si no fuera así, reconocerían que los más potentes motores de la economía estadounidense —los plantadores que poseían esclavos y los especuladores de tierras de épocas pasadas, y la banca, la política fiscal, las gigantescas multinacionales, los políticos despiadados y los encolerizados votantes de nuestros días— tienen una considerable responsabilidad en las duraderas causas que mantienen tanto la situación de la escoria blanca como la de la población a la que se le endosa la hipócrita etiqueta de «paletos negros», o aun la de los trabajadores pobres en general. La triste realidad es que, si no procedemos a un análisis de clase, seguiremos quedando conmocionados al observar la gran cantidad de morralla humana que habita en esa tierra que los autoproclamados patriotas dan en llamar hermosamente «la mayor y más grande civilización de la historia del mundo».

Por molesto que resulte, la escoria blanca es uno de los hilos narrativos que integran el núcleo del relato nacional. La sola existencia de estas personas —tanto en su visibilidad como en su invisibilidad— prueba que a la sociedad estadounidense le obsesionan las mutantes etiquetas que asignamos a los vecinos que deseamos ignorar. «No son como nosotros». Pero sí que lo son; es más, nos guste o no, constituyen una parte fundamental de nuestra historia.

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Nancy Isenberg’s tome on the history of poor whites in America is expansive and thorough. Starting with the earliest colonists and progressing to modern day America, she illuminates the somewhat hidden history of poor white families in their many incarnations over the past four centuries. Spoiler alert: rich white men have always hated poor white men only slightly less than they hate brown people.
While I must respect the research and effort that went into this volume, I admit that it was very hard to read at times. Isenberg doesn’t have the skill of, say, Jill Lepore or James Loewen, when it comes to making potentially dry history more palatable, but there were still plenty of interesting anecdotes and explorations to keep me going until the end. She spent far too much time in the colonial era and not nearly enough time in the most recent 100-150 years. She could have written an entire book about Civil War-era class conflict and manipulation, and I would have gladly traded most of the discussion about pre-colonial Jamestown society for more investigation of poor whites immediately before, during, and immediately after the Civil War. Additionally, I found her discussion of Elvis and his lasting influence on Bill Clinton interesting, as well as her ruminations on «Here Comes Honey Boo Boo» and Sarah Palin, but felt that she missed something by not even mentioning the runaway popularity of Eminem, who has much more in common with Elvis that he’d perhaps like to admit. For me the most valuable takeaway is how it informs the Trump 2016 phenomenon/dumpster fire that our nation is currently enduring.

Of the good: Isenberg argues that we do not give the history of poor whites nearly the due it deserves, and makes a striking claim for the centrality of that history to any understanding of the United States. It’s a provocative position, and one that she makes good with – following her train of thought from the colonial period to the present day, it’s clear that we are a nation obsessed with class distinctions, peddling a mythology of the exact opposite.
Of the not-so good: Isenberg does not give us the voices of the poor in this text. Instead we read what middle- and upper-class people think about class and poverty. That’s important, particularly as few poor people had access to power and few poor people were setting policies; we need to understand the mental gymnastics of politicians and cultural thinkers on this subject. But it is a decided oddity that the poor themselves are never asked what they think or what they want, and leaves the reader with the impression that the poor have no needs or solutions they can articulate. I find that hard to believe.
In addition, there’s a lot missing from this book. Isenberg skips over immigration practices in the north during the 19th century; she skips World War II; she skips over the George W. Bush presidency. There’s no mention of child labor, or of reform efforts to change that practice, limit the workday, or allow people to unionize. Surely these, too, are to do with class? And race is not recognized as the bedfellow of class in nearly enough instances – practices like the widespread lynching of African American men by whites (including working and poor whites) are not mentioned. That seems a strange omission.
I enjoyed the book and I learned a great deal. But I’m ready for the books that come after this one, in which Isenberg’s omissions become the stuff of continuing conversation.

In the United States, language and class thought find their starting point in the obligatory mark left on their soil by English colonization. The vocabulary used by the 16th and 17th century British generations who first conceived of the large-scale exploitation of North America’s natural resources was somewhere between useful description and crude imagery. They did not stand on bars or conceptual niceties were allowed. The idea of colonization had to be sold to investors, always suspicious, so that the implantation of the American colonies of the New World had to contribute to realizing the goals of the Old. Betting big, the promoters of that project preferred not to imagine America as an Eden of opportunities, but rather as a gigantic pile of rubble that could be transformed into a productive site. The surplus of England, that is, its expendable people (its human trash), would be unloaded in the New World. His labor force would bear fruit in a remote wasteland. As harsh as it may seem, the poor population condemned to apathy, the dregs of society.
To reposition the reality of social classes in the story that testifies to what really happened, we have to imagine a completely different panorama. North America was not a land presided over by equal opportunities, but a much less attractive territory in which what awaited most immigrants was in some cases death and in others harsh working conditions. A solidly entrenched British ideology justified extremely rigid class positions, with no promise of social mobility. Of course, the Puritan religious faith did not help to ruin the class hierarchy either. The first generation of New Englanders did not lift a finger to reduce, much less condemn, the fact that it was routinely operated on the basis of servants or slaves. Land was the main source of wealth, and those without it had little chance of escaping slavery. What left an indelible mark on the white scum was always, from the very beginning, the stigma of the lack of real estate, and the situation has continued to perpetuate itself.

In 1584, when Hakluyt drew up the draft of his «Discourse of Western Planting,» it was common for the condition of the destitute to be attributed to their «wasteful» character and their tendency to «laziness,» and to insist on the idea of that they were individuals with diseases whose mobility was dangerous (all the more so because they were people without family ties who were dedicated to running «from one place to another throughout the kingdom»). They used to be compared to swarms of harmful insects, hanging on them the sanbenito of being an «overflowing crowd», and the linguistic twists imagined them identical to sewage, because just as they compromised the economic health of England with its contamination, weighed down by their presence.
London was surrounded by shantytowns. As one observer noted in 1608, the heavy concentration of the needy had eventually created an underground colony of dirty and disfigured «monsters» prone to living in «caves.» They were accused of procreating with great rapidity and of inflicting the infectious «plague» of poverty on the city, a figurative sense in which unemployment was called a contagious disease.
No matter how many rivers of ink they ran and how many speeches they made to proclaim their love of the land, the truth is that Virginians practiced the art of farm management with less skill than their English counterparts. Very few plows were used in seventeenth-century Virginia. In tobacco crops, the main work tool was the simple hoe, a farm implement that required considerable physical effort from human beings. In most cases, the life of the people who landed on the shores of North America was not long enough to allow them to rise to the status of landowners, much less to master the techniques of their proper exploitation. Consequently, slavery turned out to be a naturally derived consequence of the logic of the colonial class system that Hakluyt had envisioned. In fact, enslavement arose from the interrelation of three phenomena: harsh working conditions, the fact that servants bound by abusive clause contracts were treated as mere commodities, and, above all, the deliberate purpose of raising children to constitute with them a kind of contingent of workers exposed to easy exploitation.

North Carolina, which would come to be known by the bad name «Poor Carolina,» took a different path from its southern sister. It failed to bring forth an elite class of settlers. It was transformed into a renegade territory of the Empire, beginning with Albemarle County itself, a swampy haven for the poor and dispossessed. Caught in the grip between proud Virginians and upstart South Carolinians, North Carolina became the troublesome «sinkhole of America,» to reproduce here the lament of a great number of commentators of the time. It was a frontier wasteland that resisted (or so gave) the forces of commerce and civilization. Populated by a mass of individuals dismissed for their status as «useless yokels» (an expression that evoked the idea of sleepy and goofy men whose only activity was to wander from one place to another doing nothing), North Carolina is it gained a negative reputation destined to endure, or to put it another way: it acquired the reputation of being no more than the first colony inhabited by members of the white scum, so to speak. Despite being English, having claimed for themselves the rights inherent to all free Britons, the lazy louts of Poor Carolina seemed to populate a dangerous refuge full of human trash, a spawning space for a degenerate race of Americans.
But the rivalry between those two Carolinas determined to have a duel is only one aspect of the matter. The certificate in which the charter had originally been granted to Carolina ended up being divided into three pieces, since in 1732 Georgia was segregated from that overseas territory. This last southern colony was actually one of the most unusual offshoots that Great Britain produced. Her driving force had been a former military man named James Oglethorpe.

Franklin was aware that not all the settlers who planned to settle on the boundaries of the explored lands would come from the best British families. It didn’t take him long to label those who lived in rural Pennsylvania as the «waste» of North America. Yet he also hoped at the same time that the forces of nature would win out, that the rigors of survival would wipe out the lazy, and that the most prolific individuals would succeed in replacing the human trash. That was at least his wish.
In Paine’s eyes, the crucial question for the Americans of 1776 was not whether or not the new independent regime would succeed in advancing in pursuit of its star and rise to the rank of first and foremost nation, but rather with what He would quickly achieve that practically ineluctable destiny. Paine assumed that the powerful forces of commerce and continental expansion would suffice to eliminate idleness and correct social imbalances. And the truth is that there was nothing wrong with stoking Anglo-American mercantile instincts and promoting the establishment of a set of peaceful and transnational commercial alliances with Great Britain. However, Paine hoped that, in other areas, the way of seeing and hearing the world that characterized the British would eventually disappear from North America. And that would be the reason why he assumed – in a totally wrong way, as has been shown – that social classes would end up adjusting and balancing themselves.

As much as Jefferson, moved by his hopes, believed he had witnessed the disappearance of this old Virginia, the reality was much more complex. The human trash was reluctant to cease to exist, and the same was true of the foremen. A double rise was being witnessed, since, on the one hand, the sons of aristocrats – and more specifically, those who had fallen to the plane of mixed individuals – along with the new class that Jefferson called the «pseudo-aristocrats» On the other hand, they had begun to replace the previous masters of Virginia. However, no matter how much the composition of the geological strata that Jefferson compared to different social classes might have varied, the process of distinguishing the richest and most fertile marls on the surface from the almost sterile layers at the bottom was still fully in force.
Classes were a fixed feature of North America. If the landowner looked askance at the individuals above him, the poor farmers migrating west would have to face a new breed of aristocrats made up of astute agricultural speculators and large cotton and sugar cane planters. John Adams, whose social position suffered from a greater cynicism than that of Jefferson, will remind our author in 1813 that the continent was going to end up in the hands of the «land grabbers» and an unprecedented class made up of the owners of the great houses. ancestral homes.

In addition to designating the act of illegally occupying property and the person who carries it out, the English words squat and squatter have, in their own sense, a wide range of disparaging connotations and meanings. These are terms that suggest the idea of «crouching», «squatting», «lying down» or «demoralized», words that evoke the image of a group fleeing and dispersing, losing control and leaving fired or scattered across the field. Those who conceived the meaning we are dealing with now resorted to this voice because it reactivated the old and vulgar notion of human excretion, as exemplified by the rude expression of «squatting down to plant a doughy turd.» In the late 18th century, at the time of the prestigious and influential Buffon, the squatting position was invariably associated with small-time peoples, such as the Hottentots.
Women and children were important symbols of civilization (or lack thereof). Officials posted in Florida in the 1830s claim that «the chew girls» look brutal, and their manners are no better than that of a tough sailor. It is easy to catch them smoking a pipe, chewing tobacco, and spitting it out and swearing in Aramaic. Dumbfounded at the careless attire of these girls with grimy feet, dirty hair and grimy faces, a lieutenant from the Northeast disqualifies them en bloc, convinced that they were no better than whores. In his own words, all those who belonged to the mascamazorcas class were «foul-mouthed, lazy, sloppy whores!»
The personality of these feral settlers came to permeate everywhere, either in areas far to the north, such as Maine, or in regions as southern as Florida, and of course it spread throughout the territories as a whole. Northwest and Southwest. Its variants would receive a different name in each locality. In Mississippi they were called «howlers» (screamers), either because of the war cry they uttered, similar to that of the Indians but with their particular mascamazorcas touch, or because of their fondness for screaming. In Kentucky they will be specifically «corn crackers» due to their poor diet, always based on corn. And the poor of Indiana were known as hoosiers. There is not a single linguistic scholar who can accurately define the meaning of the English voice hoosier. In any case, as a class descriptor it worked perfectly fine.
Every hoosier spoke up, was fond of lies, behaved like a braggart, and was invariably ready to attack anyone who dared insult his unattractive wife. They also had the same propensity as the southern cheeks to get into dirty and fierce fights. The hoosier girls also showed no greater refinement than their Florida sisters.

One of the effects of wars in general, and even more so of civil strife, is the exacerbation of class tensions. This is because the sacrifices of the war are always unevenly distributed: it is invariably the poor who have to take the hardest blows. The north and the south had made a very strong bet to base the condition of nation in their particular definition of social classes. So much so that it is not an exaggeration to say that, from a general perspective, the unionist and confederate leaders saw in the war a clash between class systems from which the one of the two that most revealed agreement with a higher degree of civilization would emerge triumphant.
Union men found a way to identify «white scum» with the double bogeyman of southern poverty and the hypocrisy of the elites. They judged the secession to be a fraud perpetrated to the detriment of the hapless poor whites. A Philadelphia journalist would have the dubious honor of devising the best (or at least the most original) humiliation for the cocky Confederate social system by suggesting to the Jefferson Davis government that it stamp the image of a slave on its five-cent postage stamp. For only then, argued the writer, would «the poor white scum» be found in a position to «acquire its slave cabin cheaply.» However, with his comments, the writer also does not completely leave his northern compatriots out of criticism. Little separated the muddy feet of the north from the white trash of the south. Neither class was successful, as both were reduced to mere cannon fodder.

In the 1930s, the forgotten man and woman would become a formidable symbol of the economic struggle that vibrated across America. A good number of voices were beginning to pay special attention to the poor whites who distressed the south. The problem was not: «Nobody knows what to do with him,» but: «Nobody wants to see him for what he really is: one of us, an American».

As identity politics finally emerged as an irremediable force in the last decades of the twentieth century, the only way to achieve authenticity was to record, and then listen to, the voices of Americans who until then had remained marginalized. Whites stopped being able to speak for people of color. Men could not continue to be spokespersons for women. Although in the sixties the movements of the New Left, civil rights and the Black Power had contributed to give a decisive boost to the second wave of the feminist current, the truth is that identity politics did not belong exclusively to progressive spheres . Richard Nixon came to power in 1968 after proclaiming himself to represent the interests of the «silent majority,» that is, Americans who saw themselves as hardworking middle-class workers, homeowners, and taxpayers who were unlikely to make demands on the federal government. .
The class factor present in Roots was therefore as distorted in its North American branch as in its African part. Nor was there a single piece of evidence to support the thesis that Haley’s forgotten predecessors belonged to an elite lineage, or that Toby / Kunta Kinte were of a higher caste and social class than the African-American pawns to whom they were mostly assigned the hardest tasks in the American South. And yet, from Haley’s point of view, Kunta Kinte, when transplanted to North America, needed to be someone capable of honoring the memory of her proud African ancestors. In fact, both he and his family members had to distinguish themselves from their low-status chewing kin (despite the saga’s initiator’s slave status).
The so-called white scum «roots» were anything but pure, if not mere artifice. Her sticky eyelashes and thick makeup were part of a strange masquerade centered on a renegotiation of class identity that emerged in the heat of the expansion experienced by the media in the 1980s and 1990s. Faye claimed that the inspiration of her lashes had been given to her by Lucille Ball… and Minnie Mouse! As the journalist and film critic Roger Ebert put it: «It is possible that Faye has been the person who has lived the most portion of her life before the cameras of all history (and also live).» Her public self was a hodgepodge of bad stereotypes, so her image conveyed no more authenticity than that of the characters in The New Rich. Tammy Faye was always mannerly exaggeration (albeit accidentally, in most cases), and was above all a creature of the surreal universe of television that she loved so much.

Sarah Palin’s thick accent – very Fargo-like – made the devious prosopopoeia of her speeches sound even worse. Dick Cavett, the former television talk show host, wrote a fierce satirical article calling Palin a «serial killer of syntax» and claiming that the language department of her high school should wear mourning. Her ecstatic admirers adored her for being a «mommy like me,» or were shocked to see her shoot wolves killed, and Cavett wanted to know what led them to think that those traits might help her rule properly.
Beginning in 2008, a new crop of television shows began to emerge, this time determined to play on the white scum theme. Here are just a few examples from that thriving industry: Swamp People, Here Comes Honey Boo Boo, Hillbilly Handfishin ‘, Redneck Island, Duck Dynasty, Moonshiners, and Appalachian Outlaws, to name just a few. If at the time of the Great Depression people decided to visit the «Hoovervilles», that is, the shanty towns, to contemplate the homeless as if they went to the zoo, what television did was put the fairgrounds in the living room. The modern impulse of slumming, of that compensatory delight in the deprivation of others, has also found expression in the old-school vaudeville characters. Referring to the tremendous success of Duck Dynasty, the Louisiana-set ‘mountain’ reality show, one commentator noted: ‘All of its male leads seem straight out of the conflict between the Hatfields and the McCoys, like they’re just taking a break. in the fight to smoke a corn pipe».

There is a whole legion of scholars who fear the lower classes, and this circumstance has led them to assert that the influence of the evil spoiled – black or white – is paralyzing and corrupting American society. These scholars deny that the economic structure of the nation has any causal relationship with the social phenomenon that they themselves highlight. They deny the story. If not, they would recognize that the most powerful engines of the American economy – the slave-owning planters and land speculators of bygone eras, and the banking, tax policy, giant multinationals, ruthless politicians, and angry voters of today — bear considerable responsibility for the long-standing causes that maintain both the white scum and the population endorsed by the hypocritical label of «black hick,» or even the working poor in general. The sad reality is that, if we do not proceed to a class analysis, we will continue to be shocked to observe the large number of human trash that inhabits that land that the self-proclaimed patriots beautifully call «the greatest and greatest civilization in the history of the world».

As annoying as it is, the white scum is one of the narrative threads that make up the core of the national story. The very existence of these people — both in their visibility and invisibility — proves that American society is obsessed with the mutant labels we assign to neighbors that we wish to ignore. They are not like us. But they are; What’s more, whether we like it or not, they are a fundamental part of our history.

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