Enfermos, Gordos Y Pobres: Por qué Los Contaminantes Químicos Amenazan Nuestra Salud Y Cómo Combatirlos — Leonardo Trasande / Sicker, Fatter, Poorer: The Urgent Threat of Hormone-Disrupting Chemicals to Our Health and Future . . . and What We Can Do About It by Leonardo Trasande

Buen título. Algunas páginas de consejos de precaución probablemente razonables, p. Ej. no microondas en plástico. Desafortunadamente, no mucho más. El autor es pediatra y experto en disruptores endocrinos, pero no parece tener el material sólido de un libro. Sigue contando dramáticas anécdotas de pacientes seguidas de descripciones de estudios cargadas de jerga, pero luego las conclusiones son variaciones de «Nadie sabe realmente» si las enfermedades de los pacientes fueron causadas por sustancias químicas. Esto es mucho mejor que mentir, pero no me pareció una buena lectura.
Simplificando demasiado, tiene un montón de banderas rojas de estudios en animales y algunos estudios en humanos sugerentes pero débiles. Y da algunos saltos lógicos basados en la fisiología. Las cosas que recomienda parecen inofensivas (aunque caras), así que ¿por qué no hacerlo si puede pagarlas y por qué no cambiar la política para que sea más barata? Está bien, pero ¿por qué no decirlo así?
Apéndice Nerd …
En general, hubo una oportunidad aquí para explicar cómo determinamos la causalidad lo suficientemente bien como para justificar la acción, incluso si no podemos tener una certeza perfecta. Él menciona a Austin Bradford Hill, pero la referencia me confundió. Trasande parece estar diciendo que no se pueden utilizar estudios que midan la exposición en el momento de la enfermedad porque uno de los criterios de Hill es que la causa debe preceder al efecto. Es cierto que la causa debe preceder al efecto, pero eso no excluye el uso de estudios que tengan lugar después de que se haya manifestado el efecto (caso-control, cohorte retrospectiva, etc.) siempre que haya alguna buena razón para suponer que el riesgo medido factor refleja la exposición en el pasado. Si está viendo una enfermedad crónica y la exposición medida solo refleja lo que sucedió hoy, entonces sí, eso no es útil, pero ¿por qué siquiera mencionarlo?

Una de las revelaciones públicas más importantes de que el uso generalizado de sustancias químicas sintéticas puede resultar dañino —y no solo proporcionar beneficios— tuvo lugar en 1962 cuando Rachel Carson publicó su libro Primavera silenciosa. Aunque los científicos llevaban desde la Primera Guerra Mundial cuestionando e investigando los efectos perjudiciales de las sustancias químicas sintéticas artificiales, el público general apenas empezaba a abrir los ojos ante los peligros que las sustancias químicas como el DDT, utilizado para rociar campos de cultivo, humedales e incluso nuestros vecindarios, suponían para nuestro hábitat natural. Medio siglo después, la apasionada exploración de Carson de los efectos nocivos de los pesticidas no solo sigue siendo relevante, sino que es un trágico recordatorio de que todavía no hemos resuelto del todo los problemas que señaló hace más de cinco décadas; en realidad, tanto nuestro entorno como la salud y la supervivencia humanas están más amenazados que nunca.

En este libro se explica:
– cómo entran en nuestros cuerpos las sustancias de disrupción endocrina;
– cómo pueden imitar el comportamiento de nuestras hormonas y qué ocurre cuando lo hacen;
– de qué forma la disrupción endocrina puede contribuir a desarrollar un gran abanico de enfermedades, entre ellas trastornos cerebrales, disrupciones metabólicas como la diabetes de tipo 2 y la obesidad, así como enfermedades reproductivas;
– qué impacto tiene la creciente incidencia de estas enfermedades en los individuos y en la sociedad en general;
– cómo podemos limitar nuestra exposición a las sustancias más preocupantes mientras mantenemos el estilo de vida urbano, suburbano o rural que hayamos elegido;
– cuáles fueron las fuerzas —políticas, económicas y legislativas— que condujeron a la epidemia a la que nos enfrentamos actualmente, cuáles son los defectos del marco regulador y cómo tu poder como consumidor-comprador puede llegar a contrarrestar la carencia de cambios en las políticas, como ocurrió con la eliminación del plomo de la pintura, del bisfenol A (BPA) de los biberones y del Alar del zumo de manzana, entre muchos otros ejemplos.

Muchas de estas enfermedades se han atribuido a los estilos de vida sedentarios, a los enormemente apetecibles alimentos procesados repletos de azúcar, a la falta de ejercicio, y a la falta de acceso a frutas y verduras frescas. La secuenciación del genoma humano ha permitido identificar algunos de los orígenes de enfermedades crónicas como la diabetes y la obesidad, de trastornos cerebrales como el TDAH y el autismo, y de problemas reproductivos que incluyen la endometriosis, el bajo recuento de espermatozoides y la infertilidad, tanto femenina como masculina. Sin embargo, cuanto más acercamos la lupa, más compleja se vuelve la situación. Hay estudios que demuestran que las exposiciones ambientales pueden modificar la expresión génica (sin cambiar la secuencia codificadora) y conducir a enfermedades y disfunciones. Esto sugiere que hay otros factores, escondidos en lo más recóndito, que desencadenan este tremendo aumento de las llamadas enfermedades asociadas al estilo de vida.
Lo que ahora sabemos, gracias a la riqueza y variedad de los estudios llevados a cabo en todo el mundo, es que entre estos factores ocultos se encuentran las exposiciones ambientales a sustancias químicas que han penetrado el suelo, las granjas y los alimentos; los cosméticos, los productos de higiene y los muebles de nuestras casas; y los espacios abiertos tales como jardines, céspedes, campos y parques de ocio. Las evidencias más sólidas que relacionan las causas y los efectos están vinculadas a cuatro grandes categorías de sustancias químicas, pero se conocen al menos mil sustancias más que constituyen disruptores endocrinos. Y es un cálculo a la baja, ya que muchas sustancias no han sido examinadas y, por lo tanto, se libran del escrutinio de los científicos y de la comunidad médica.

En 2016, veintiocho estados de Estados Unidos estaban considerando aprobar o habían aprobado ya leyes para limitar el uso de sustancias químicas sintéticas en productos de consumo. Estas acciones estatales promovieron el trabajo conjunto de la industria química con defensores del medio ambiente y miembros del Congreso para consensuar las actualizaciones de la legislación principal que establece las reglas sobre cómo la Agencia de Protección Ambiental debe revisar y evaluar las sustancias químicas.

Los niveles inadecuados de yodo siguen siendo la causa más común de la insuficiencia tiroidea, pero también hay otros factores. Las mujeres con enfermedades autoinmunes como el lupus pueden presentar glándulas tiroides hipofuncionantes, y también se ha demostrado que la exposición a disruptores endocrinos altera la función tiroidea. Los estudios de laboratorio han revelado que la exposición a estas sustancias químicas puede provocar los mismos patrones celulares y la misma arquitectura en el cerebro que se derivan de una insuficiencia de yodo en la dieta y reducciones en la hormona tiroidea.

¿Qué son exactamente los PBDE?
El uso de este tipo de sustancias, derivadas en gran parte del bromo —un veneno—, ha aumentado desde que California aprobó una legislación en los años setenta para protegerse contra los incendios domésticos.43 Los PBDE se pueden encontrar en los plásticos que se utilizan en los muebles (sofás, sillas y colchones), en los dispositivos electrónicos, los aislantes de los cables, la espuma de los asientos de los coches y las moquetas. Los PBDE y otros retardantes de llama químicos también se utilizan en los juguetes y las prendas de ropa para niños, entre otros productos infantiles.

En la sociedad de hoy, que vive preocupada por la salud, somos muchos —yo incluido— los que hacemos lo que podemos para comer bien, mantenernos en forma y llevar un estilo de vida saludable. Y, aun así, muchas personas que desarrollan diabetes de tipo 2 y obesidad no son en absoluto responsables de sus situaciones.

Puede parecer una obviedad, pero una forma sencilla de reducir la exposición a los ftalatos es alimentarse de productos frescos. Un estudio que explicó claramente este punto siguió de cerca a cinco familias mientras cambiaban una dieta ordinaria por otra «especial» que no contenía alimentos enlatados y que se preparaba casi exclusivamente sin entrar en contacto con ningún plástico. Los niveles de los metabolitos de los ftalatos, específicamente del DEHP, se redujeron entre un 53 y un 56%. Cuando los participantes volvieron a su alimentación original, dichos niveles se dispararon de inmediato.
Utilizar recipientes de cristal evita todas estas preocupaciones, pero esta opción no siempre es factible.
– Si el recipiente de plástico en cuestión está pensado para ser de un solo uso, no lo reutilices. Además de los riesgos relacionados con los disruptores endocrinos, reutilizarlos aumenta la posibilidad de una contaminación bacteriana.
– Fíjate en el número de reciclaje que aparece en la base del recipiente de plástico. El número tres corresponde a los ftalatos, lo que aumenta la posibilidad de contaminación del líquido o de los alimentos.
– Jamás metas un recipiente de plástico en el microondas, porque estarás invitándolo a que se derrita a escala microscópica y sus componentes contaminen los alimentos.
– Jamás metas un recipiente de plástico en el lavavajillas. Es mejor lavarlos con un jabón suave y agua. Los detergentes fuertes arañan el plástico y aumentan su absorción en los líquidos y los alimentos.

Limitar exposición al BPA.
Para los humanos, existen dos grandes vías de exposición al BPA: las bebidas y alimentos enlatados y los recibos de papel térmico. De los dos, la alimentación es la vía de exposición más problemática, especialmente en el caso de los niños, para quienes representa el 99% de la exposición. Este hecho cuenta con el respaldo adicional de un estudio del que ya he hablado, en el que un grupo de familias cambió su alimentación por alimentos frescos, lo que dio como resultado una reducción de los niveles de BPA de un 66%. Otro estudio hizo lo contrario y pidió a los participantes que consumieran sopa de lata varias veces al día: los niveles se dispararon en más de un 1.200%. Dejar de consumir alimentos enlatados puede reducir drásticamente los niveles de BPA en la orina, en un 90% o más. Aunque ciertos niveles de acidez pueden aumentar o reducir la exudación del BPA, se le da muy bien introducirse en todos nuestros alimentos, por mucho que se trate de refrescos o verduras enlatadas.
Existen algunas opciones y alternativas más sanas a las latas que contienen BPA.

– Cambia cualquier mueble antiguo que tenga espuma expuesta, o cúbrelo con una funda.
– Compra productos hechos de fibras naturales (como la lana), que son menos inflamables por naturaleza.
– ¡Abre las ventanas! El aire del exterior contiene concentraciones menores de sustancias retardantes de llama, y ventilar durante unos minutos cada día también te ayudará a deshacerte de otros residuos químicos.
– Aspira frecuentemente con un filtro HEPA y pasa una fregona mojada por el suelo para evitar que se acumule el polvo contaminado que se origina tanto en el interior de tu casa, procedente de los dispositivos electrónicos, las moquetas y los muebles, como en el exterior.
– No dejes que los niños toquen objetos retardantes de llama o que se los metan en la boca.
– Asegúrate de seguir una alimentación saludable rica en yodo. En 2007, la Organización Mundial de la Salud informó de que dos mil millones de personas en todo el mundo no toman suficiente yodo, el cual es fundamental para la función tiroidea. Las algas son una de las mejores fuentes de yodo, y el marisco, los lácteos, los arándanos rojos y las fresas también son ricos en yodo.

La escala del cambio que necesitamos para abordar el problema de los disruptores endocrinos es amplia, y lo ideal sería que los cambios en las políticas lo resolvieran por completo. Pero, para lograrlo, es necesario que todos alcemos la voz y actuemos en nuestros hogares y lugares de trabajo, con nuestras familias, amigos y compañeros. Como pacientes, debemos empoderarnos y preguntar acerca de los disruptores endocrinos. Como médicos y científicos, todos debemos hacernos cargo de nuestras responsabilidades y aceptar que puede que debamos ajustar nuestro enfoque y nuestra mentalidad para afrontar los nuevos retos y realidades que nos plantea la ciencia.

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Good title. A few pages of probably reasonable precautionary tips, e.g. don’t microwave in plastic. Unfortunately, not much more. The author is a pediatrician and expert on endocrine disruptors, but he doesn’t seem to have a book’s worth of solid material. He keeps telling dramatic patient anecdotes followed by jargon-laden descriptions of studies, but then the conclusions are variations on «Nobody really knows» for whether the patients’ diseases were caused by chemicals. This is much better than lying, but I didn’t find it to be good reading.
Oversimplifying, he has a bunch of red flags from animal studies, and some suggestive but weak human studies. And he makes some logic leaps based on physiology. The stuff he recommends seems harmless (albeit expensive) so why not do it if you can afford it, and why not change policy to make it cheaper? OK, but then why not just say it like that?
Nerd addendum…
Overall, there was an opportunity here to explain how we determine causality well enough to justify action even if we can’t have perfect certainty. He mentions Austin Bradford Hill, but I was confused by the reference. Trasande seems to be saying that you can’t use studies that measure exposure at the time of disease because one of the Hill criteria is that the cause must precede the effect. It’s true that the cause must precede the effect, but that doesn’t preclude using studies that take place after the effect has manifested (case-control, retrospective cohort, etc.) as long as there’s some good reason to assume that the measured risk factor reflects exposure in the past. If you’re looking at a chronic disease and the measured exposure only reflects what happened today, then yeah that’s not useful, but then why even mention it?

One of the most important public revelations that the widespread use of synthetic chemicals can be harmful — and not just beneficial — came in 1962 when Rachel Carson published her book Silent Spring. Although scientists have been questioning and investigating the damaging effects of man-made synthetic chemicals since World War I, the general public was just beginning to open their eyes to the dangers that chemicals such as DDT, used to spray farm fields, wetlands and even our neighborhoods, they meant for our natural habitat. Half a century later, Carson’s passionate exploration of the harmful effects of pesticides is not only still relevant, but is a tragic reminder that we still haven’t fully resolved the problems that he pointed out more than five decades ago; in reality, both our environment and human health and survival are more threatened than ever.

This book explains:
– how endocrine disrupting substances enter our bodies;
– how they can mimic the behavior of our hormones and what happens when they do;
– how endocrine disruption can contribute to the development of a wide range of diseases, including brain disorders, metabolic disruptions such as type 2 diabetes and obesity, as well as reproductive diseases;
– what impact the increasing incidence of these diseases has on individuals and on society in general;
– how we can limit our exposure to the substances of greatest concern while maintaining the urban, suburban or rural lifestyle that we have chosen;
– what were the forces – political, economic and legislative – that led to the epidemic we are currently facing, what are the shortcomings of the regulatory framework, and how your power as a consumer-buyer can counter the lack of policy change As happened with the removal of lead from paint, bisphenol A (BPA) from baby bottles and Alar from apple juice, among many other examples.

Many of these illnesses have been attributed to sedentary lifestyles, hugely palatable processed foods packed with sugar, lack of exercise, and lack of access to fresh fruits and vegetables. Human genome sequencing has identified some of the origins of chronic diseases such as diabetes and obesity, of brain disorders such as ADHD and autism, and of reproductive problems including endometriosis, low sperm count, and infertility. both female and male. However, the closer we bring the magnifying glass, the more complex the situation becomes. Studies show that environmental exposures can modify gene expression (without changing the coding sequence) and lead to disease and dysfunction. This suggests that there are other factors, hidden in the depths, that trigger this tremendous increase in so-called lifestyle diseases.
What we now know, thanks to the wealth and variety of studies carried out around the world, is that among these hidden factors are environmental exposures to chemicals that have penetrated the soil, farms, and food; cosmetics, hygiene products and furniture in our homes; and open spaces such as gardens, lawns, fields, and amusement parks. The strongest evidence linking causes and effects is linked to four broad categories of chemicals, but at least 1,000 more substances are known to be endocrine disruptors. And it’s a downward calculation, as many substances have not been tested and are therefore spared the scrutiny of scientists and the medical community.

In 2016, 28 states in the United States were considering or had already passed laws to limit the use of synthetic chemicals in consumer products. These state actions promoted the joint work of the chemical industry with environmental defenders and members of Congress to agree on the updates of the main legislation that establishes the rules on how the Environmental Protection Agency should review and evaluate chemical substances.

Inadequate iodine levels are still the most common cause of thyroid insufficiency, but there are other factors as well. Women with autoimmune diseases such as lupus can have underactive thyroid glands, and exposure to endocrine disruptors has also been shown to alter thyroid function. Laboratory studies have revealed that exposure to these chemicals can cause the same cell patterns and architecture in the brain that result from insufficient dietary iodine and reductions in thyroid hormone.

What exactly are PBDEs?
The use of these types of substances, derived largely from bromine, a poison, has increased since California passed legislation in the 1970s to protect against household fires.43 PBDEs can be found in the plastics used on furniture (sofas, chairs and mattresses), on electronic devices, cable insulators, foam from car seats and carpets. PBDEs and other chemical flame retardants are also used in toys and children’s clothing, among other children’s products.

In today’s health-conscious society, there are many of us — myself included — who do what we can to eat well, stay fit, and lead a healthy lifestyle. And yet, many people who develop type 2 diabetes and obesity are not at all responsible for their situations.

It may seem like a no-brainer, but a simple way to reduce your exposure to phthalates is to eat fresh produce. A study that clearly explained this point closely followed five families as they switched from an ordinary diet to a «special» one that did not contain canned food and was prepared almost exclusively without coming into contact with any plastic. Levels of phthalate metabolites, specifically DEHP, were reduced by between 53 and 56%. When the participants returned to their original diet, those levels skyrocketed immediately.
Using glass containers avoids all these concerns, but this option is not always feasible.
– If the plastic container in question is intended for single use, do not reuse it. In addition to the risks associated with endocrine disruptors, reusing them increases the possibility of bacterial contamination.
– Look at the recycling number on the bottom of the plastic container. The number three corresponds to phthalates, which increases the possibility of contamination of the liquid or food.
– Never put a plastic container in the microwave, because you will be inviting it to melt on a microscopic scale and its components to contaminate food.
– Never put a plastic container in the dishwasher. It is best to wash them with mild soap and water. Strong detergents scratch plastic and increase its absorption in liquids and food.

Limit exposure to BPA.
For humans, there are two major routes of exposure to BPA: canned foods and beverages, and thermal paper receipts. Of the two, diet is the most problematic route of exposure, especially in the case of children, for whom it accounts for 99% of exposure. This is further supported by a study I have already discussed, in which a group of families switched their diet to fresh foods, resulting in a 66% reduction in BPA levels. Another study did the opposite, asking participants to consume canned soup several times a day – levels skyrocketed by more than 1,200%. Stopping canned food can dramatically reduce urine BPA levels by 90% or more. Although certain levels of acidity can increase or reduce the exudation of BPA, it is very good at getting into all of our foods, no matter how much it is soda or canned vegetables.
There are some healthier options and alternatives to cans that contain BPA.

– Replace any old furniture that has exposed foam, or cover it with a slipcover.
– Buy products made from natural fibers (like wool), which are naturally less flammable.
– Open the windows! Outdoor air contains lower concentrations of flame retardant substances, and ventilating for a few minutes each day will also help get rid of other chemical residues.
– Vacuum frequently with a HEPA filter and wipe the floor with a wet mop to prevent the accumulation of contaminated dust that originates both inside your home, from electronic devices, carpets and furniture, and outside .
– Do not let children touch flame retardant objects or put them in their mouths.
– Make sure you follow a healthy diet rich in iodine. In 2007, the World Health Organization reported that two billion people worldwide do not get enough iodine, which is critical for thyroid function. Seaweed is one of the best sources of iodine, and seafood, dairy, lingonberries, and strawberries are also rich in iodine.

The scale of change we need to address the problem of endocrine disruptors is vast, and ideally, policy changes should fully solve it. But to achieve this, we all need to speak out and take action in our homes and workplaces, with our families, friends and colleagues. As patients, we must empower ourselves and ask about endocrine disruptors. As physicians and scientists, we must all shoulder our responsibilities and accept that we may need to adjust our approach and mindset to meet the new challenges and realities that science presents us.

2 pensamientos en “Enfermos, Gordos Y Pobres: Por qué Los Contaminantes Químicos Amenazan Nuestra Salud Y Cómo Combatirlos — Leonardo Trasande / Sicker, Fatter, Poorer: The Urgent Threat of Hormone-Disrupting Chemicals to Our Health and Future . . . and What We Can Do About It by Leonardo Trasande

  1. Respecto al autismo o TDAH, al menos en mis conocimientos actuales, que se hayan identificado algunos genes no ha servido para mucho, ya que son trastornos poligenéticos que necesitan de la interacción de muchos y esto es bastante desconocido aún, además de un componente ambiental para su desarrollo. Los genes implicados no aportan información de por qué se produce el trastorno, qué desarrollo tiene o cómo modula el sistema nervioso y por supuesto tampoco permiten atisbar una cura. Vivimos en una época aún mecánica, donde las enfermedades del sistema nervioso se intervienen quitando y poniendo, algo muy simple para realidades de una complejidad infinita; lo que ha conllevado también a emplear neurotransmisores y hormonas que si bien pueden mejorar algo, a su vez trastocan otras cosas inevitablemente.
    Saludos!!

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