La Guerra De Inge: Una Mujer Alemana, Secretos De Familia Y Supervivencia En La Alemania De Hitler — Svenja O’Donnell / Inge’s War: A German Woman’s Story of Family, Secrets, and Survival Under Hitler by Svenja O’Donnell

Svenja O’Donnell sabe poco del pasado de su distante abuela, y no es hasta que O’Donnell le dice a Inga que viajó a Konigsberg, el hogar de la infancia de Inga, que Inga se siente obligada a contar su historia. Gradualmente, O’Donnell descubre el pasado de su abuela y los secretos que Inge guardó durante más de sesenta años.
Inge es una mujer reservada, algo egoísta y distante que ocasionalmente hablaba de una infancia idílica con sus padres, así como de sus estudios en Berlín. Pero Inge nunca habló de su maldita historia de amor con el abuelo biológico de O’Donnell, un hombre que nadie en la familia conoce. ¿Qué causó el final de la relación? ¿Qué pasó con el amor de Inge? ¿Por qué no terminaron juntos, como estaba planeado, después de la guerra? Cuanto más revela Inge, más preguntas tiene su nieta sobre las mentiras, la traición, el abuso y el sacrificio que Inge sufrió durante y después de la guerra.
O’Donnell utiliza sus habilidades como periodista para investigar y completar los espacios en blanco de la compleja y cautivadora historia de Inge. Mientras realiza su investigación, la autora encuentra fotografías familiares, documentos, cartas e incluso una receta, que incluyó en el libro, proporcionando una mayor aclaración y contexto visual a la historia.
O’Donnell, al relatar la historia de Inge, dice que ella pensaba que la gente durante la guerra estaba «dividida en los buenos, que resistieron, o los malos, los perpetradores». Ella nunca consideró realmente a las personas «cuyo desacuerdo era silencioso o tácito, aquellos que, por falta de heroísmo o incluso de simple coraje, optaron por mirar hacia otro lado…» Este concepto me pareció interesante, ya que los libros a menudo se centran en los héroes y los villanos pero no las personas intermedias: gente común que vive con miedo e impotencia, pero que no tiene el poder ni el coraje para invocar el cambio.
«Aunque la suya fue una historia de violencia y desplazamiento, fue una que compartieron muchas mujeres que se convirtieron en daños colaterales en los escombros del colapso de Europa». La guerra de Inge examina los horrores a los que las mujeres, en particular, son sometidas durante la guerra, incluida la violencia, la violación, el abandono y más. También muestra la resiliencia de personas como Inge y su familia que hacen lo que deben para sobrevivir, lo que en su caso significa huir del único hogar que han conocido para reconstruir sus vidas en otro país más seguro.
Este es un libro poderoso, conmovedor y que invita a la reflexión que ofrece una perspectiva fresca y única.

La rapidez con que el nazismo se adueñó del panorama político de Prusia Oriental nos enseña con cuánta facilidad arraiga la ideología fascista cuando nadie se opone a ella. Es un ejemplo de manual de cómo aquel movimiento sedujo a toda Alemania. Como la mayoría de las ideologías extremistas, el nazismo explotaba la debilidad y el miedo, rasgos que Koch, tan hábil en lo político, enseguida identificó y aprendió a utilizar en Prusia Oriental, con resultados catastróficos. La región constituía el más oriental de los territorios alemanes, lo cual desde siempre le había conferido un estatuto especial entre los nacionalistas, que la veían como una tierra fronteriza y asediada. Königsberg era un crisol de culturas con raíces en Europa del Este; en sus calles era habitual oír hablar letón, lituano, polaco y yidis. A comienzos de la segunda guerra mundial, trescientos mil polacos vivían en el sur de Prusia Oriental y cincuenta mil lituanos residían en el este de la región. Las familias como los Wiegandt tendían a definir su identidad a partir de referentes orientales, como Königsberg.
El nazismo floreció gracias a la apatía de los sectores moderados, que le permitieron avanzar sin trabas. La intuición de Koch había resultado ser cierta. En 1928, el partido nazi solo tenía ocho afiliados en Königsberg y 249 en toda Prusia Oriental. En las elecciones de marzo de 1933, en las que Hitler consiguió una victoria arrolladora, el partido nazi obtuvo el 56,5 por ciento de los sufragios de la región, el porcentaje más alto de toda Alemania y un 12,6 por ciento superior a la media nacional. No por azar, los tres territorios donde los nazis obtuvieron mayor proporción de votos lindaban con Polonia.
Pero esa no era la Königsberg de la que hablaba mi abuela durante los primeros años que siguieron a mi descubrimiento del pequeño álbum negro. La memoria es tramposa cuando se trata de recordar sucesos y lugares de la infancia; el pasado que nos coloca delante está idealizado y distorsionado por el paso del tiempo. La pérdida es la más potente de estas lentes emocionales, pues dota a los lugares a los que jamás volveremos de una luz mágica que magnifica lo bueno y atenúa lo malo.

Desde 1933, los nazis habían tratado de prohibir el jazz , sobre todo en su versión más reciente, el swing , en el que veían la encarnación de la decadencia estadounidense y sus influencias afroamericanas y judías. Hitler lo detestaba, y en las cadenas de radio se recomendaba no emitirlo; algunas, como la Berliner Funkstunde, llegaron al extremo de vetarlo a partir de la llegada de Hitler al poder. Ninguna de estas medidas consiguió minar la popularidad del jazz y del swing ; al contrario, los alemanes empezaron a sintonizar emisoras extranjeras, como Radio Luxembourg o la francesa Poste Parisien, que seguían retransmitiendo lo último de la música de baile norteamericana. Nada ilustra mejor el fracaso del Reich en este sentido que la popularidad de la canción que Inge y su madre oyeron aquel día nada más llegar a la pensión. En Alemania, el tema se había hecho famoso gracias a la cantante y actriz sueca Zarah Leander, que la cantaba en yidis, como en la versión original de Broadway.
Inge pasó sus primeras semanas en Berlín en lo que ella misma describía como un estado de fascinación constante. En ninguna otra ciudad de Alemania habría sido mayor el contraste con la familiaridad provinciana y conservadora de Königsberg. En los años veinte, Berlín había sido el epicentro de la vanguardia europea, un crisol cultural, religioso, sexual y político conocido como «la ciudad más roja después de Moscú». Se había labrado una identidad basada en el rechazo de la Alemania tradicional a la que aspiraban autoritarios y nacionalistas, a diferencia de Múnich y otras ciudades más conservadoras, donde los grupos de extrema derecha florecieron sin impedimentos. En 1928, solo el 1,6 por ciento de los berlineses votaba al partido nazi.

La salvación llegó de forma inesperada. Les encontraron una casa en Apenrade, donde una residente local se había prestado a acoger a una familia en la que hubiera algún menor. La mujer fue a conocerlos. Era una viuda danesa de rostro amable, de edad madura y con el pelo gris. Dijo que se llamaba Hanne. Su difunto marido era de origen alemán, aunque su familia siempre había vivido en Dinamarca; ella se había ofrecido a acoger a alguna familia nada más empezar la avalancha de refugiados. Sus ojos pardos eran la viva imagen de la compasión y el consuelo.

Las violaciones cesaron a medida que la situación en Alemania iba estabilizándose, pero la explotación sexual continuó cuando la necesidad reemplazó a la violencia. El mercado negro estaba a la orden del día y, a falta de medios para procurarse su sustento o el de sus seres queridos, muchas mujeres recurrieron a su cuerpo como moneda de cambio. Sobrevivir en una sociedad como esa requería ingenio y no pocas agallas. A falta de otra protección, el silencio se convirtió en una estrategia de supervivencia.

A principios de septiembre de 2017, mientras me encontraba de vacaciones en Francia, recibí la llamada que tanto había temido y esperado. «Se ha ido —dijo mi madre con la voz entorpecida por las lágrimas—. Ha muerto mientras dormía.» Yo estaba doblando una blusa en el momento que descolgué el teléfono. Al colgar, miré por la ventana hacia el patio donde crecía el tilo a cuya sombra tantas veces nos habíamos sentado juntas a charlar. Sentí una tristeza teñida de culpa. Me hubiera gustado ir a visitarla, pero el trabajo y los compromisos me habían obligado a postergar los planes una y otra vez. Ahora ya era tarde.
Tuvo, como se suele decir, una buena muerte. Una muerte dulce tras varios meses de creciente fragilidad. De algún modo, era como si hubiera fallecido hacía meses. A sus noventa y tres años, aguardaba la muerte sin miedo, pero era más que eso.

La vida de mi abuela no es el epítome de la inocencia o de la culpabilidad. Es más bien una vida llena de acontecimientos extraordinarios, un ejemplo de las cosas que las personas hacemos para sobrevivir y la manera en que estas moldean nuestras vidas. ¿Qué habría hecho yo en tiempos de guerra? Al haber crecido en una Europa en paz, siempre creí conocer la respuesta y me imaginaba en el bando de quienes se habrían significado. Solo ahora entiendo lo que quería decir Thomas Nagel al hablar de la «fortuna moral», un concepto que arroja dudas acerca de si es posible juzgar los actos cometidos bajo la influencia de acontecimientos que escapan al control individual.
Nada podrá excusar nunca la complicidad de un pueblo con los crímenes que se cometen en su nombre. Pero en toda guerra hay distintas capas de sufrimiento, y solo si admitimos la existencia de todas ellas conseguiremos que algún día el odio deje de dividir a las personas.
La historia de mi abuela me enseñó una lección que no olvidaré mientras viva: que el imperativo de la supervivencia puede entrañar decisiones delicadas que luego cuesta justificar; que para seguir adelante hay que examinar, comprender y aceptar dichas decisiones; que la memoria no puede enterrarse para siempre, sino que hay que darle espacio para que evolucione con el tiempo, pues el pasado es un blanco en movimiento.
El silencio es un amigo traicionero. Para mi abuela fue a la vez una coraza y un tormento. Le permitió escudarse del juicio ajeno, pero también le arrebató la posibilidad de hallar consuelo en el amor. Durante los turbulentos años que siguieron al fin de la guerra, el silencio pasó a ser el único lugar donde halló seguridad. Y aunque la suya fue una historia de violencia y exilio, su suerte no fue distinta a la de otras muchas mujeres que se convirtieron en daños colaterales del hundimiento de Europa.

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Svenja O’Donnell knows little of her aloof grandmother’s past, and it isn’t until O’Donnell tells Inga that she traveled to Konigsberg, Inga’s childhood home, that Inga feels compelled to tell her story. Gradually, O’Donnell learns of her grandmother’s past and the secrets that Inge kept for over sixty years.
Inge is a private, somewhat selfish, and distant woman who occasionally spoke of an idyllic childhood with her parents as well as her schooling in Berlin. But Inge never spoke of her doomed love affair with O’Donnell’s biological grandfather, a man no one in the family knows. What caused the relationship to end? What happened to Inge’s love? Why didn’t they end up together, as planned, after the war? The more that Inge reveals, the more questions her granddaughter has about the lies, betrayal, abuse, and sacrifice Inge suffered during and after the war.
O’Donnell uses her skills as a journalist to research and fill in the blanks of Inge’s complex and captivating story. While conducting her research, the author finds family photographs, documents, letters, and even a recipe, which she included in the book, providing added clarification and visual context to the story.
O’Donnell, when recounting Inge’s story, says that she thought people during the war were “divided into either the good, who resisted, or the bad, the perpetrators.” She never really considered the people “whose disagreement was quiet or unspoken, those who, for want of heroism or even simple courage, chose to look the other way…” I found this concept interesting, as books often focus on the heroes and the villains but not the people in between – ordinary people who live in fear and helplessness but don’t have the power or courage to invoke change.
“Though hers was a story of violence and displacement, it was one shared by many women who became collateral damage in the wreckage of Europe’s collapse.” Inge’s War examines the horrors that women, in particular, are subjected to during war including violence, rape, abandonment, and more. It also shows the resilience of people like Inge and her family who do what they must to survive, which in their case means fleeing the only home they’ve ever known to rebuild their lives in another, safer country.
This is a powerful, poignant, and thought-provoking book that offers a fresh and unique perspective.

The rapidity with which Nazism seized the political landscape of East Prussia shows us how easily fascist ideology takes hold when no one opposes it. It is a textbook example of how that movement seduced all of Germany. Like most extremist ideologies, Nazism exploited weakness and fear, traits that the politically skilled Koch quickly identified and learned to use in East Prussia, with catastrophic results. The region was the easternmost of the German territories, which had always conferred a special status among the nationalists, who saw it as a borderland and besieged. Königsberg was a melting pot of cultures with roots in Eastern Europe; in its streets it was common to hear Latvian, Lithuanian, Polish and Yiddish spoken. At the beginning of the Second World War, three hundred thousand Poles lived in the south of East Prussia and fifty thousand Lithuanians resided in the east of the region. Families like the Wiegandts tended to define their identity from oriental references, such as Königsberg.
Nazism flourished thanks to the apathy of the moderate sectors, which allowed it to advance unhindered. Koch’s intuition had turned out to be true. In 1928, the Nazi party had only eight affiliates in Königsberg and 249 in all of East Prussia. In the March 1933 elections, in which Hitler won a landslide victory, the Nazi party won 56.5 percent of the votes in the region, the highest percentage in all of Germany and 12.6 percent higher than the national average. Not by chance, the three territories where the Nazis obtained the highest proportion of votes bordered on Poland.
But that was not the Königsberg my grandmother talked about in the first few years that followed my discovery of the little black album. Memory is tricky when it comes to remembering events and places from childhood; the past that places us before us is idealized and distorted by the passage of time. Loss is the most powerful of these emotional lenses, endowing the places we will never return with a magical light that magnifies the good and attenuates the bad.

Since 1933, the Nazis had tried to ban jazz, especially its more recent version, swing, in which they saw the embodiment of American decadence and its African-American and Jewish influences. Hitler hated it, and the radio stations recommended not broadcasting it; some, such as the Berliner Funkstunde, went so far as to veto it after Hitler came to power. None of these measures succeeded in undermining the popularity of jazz and swing; on the contrary, the Germans began to tune into foreign stations, such as Radio Luxembourg or the French Poste Parisien, which continued to broadcast the latest in American dance music. Nothing better illustrates the failure of the Reich in this regard than the popularity of the song that Inge and her mother heard that day as soon as they arrived at the boarding house. In Germany, the song had become famous thanks to the Swedish singer and actress Zarah Leander, who sang it in Yiddish, as in the original Broadway version.
Inge spent her first weeks in Berlin in what she described as a constant state of fascination. In no other city in Germany would the contrast with Königsberg’s provincial and conservative familiarity have been greater. In the 1920s, Berlin had been the epicenter of the European avant-garde, a cultural, religious, sexual and political melting pot known as «the reddest city after Moscow.» It had forged an identity based on the rejection of the traditional Germany to which authoritarians and nationalists aspired, unlike Munich and other more conservative cities, where far-right groups flourished without hindrance. In 1928, only 1.6 percent of Berliners voted for the Nazi party.

Salvation came unexpectedly. They found them a house in Apenrade, where a local resident had offered to take in a family with a minor. The woman went to meet them. She was a kind-faced, middle-aged Danish widow with gray hair. He said her name was Hanne. Her late husband was of German origin, although her family had always lived in Denmark; she had offered to host a family as soon as the flood of refugees began. Her brown eyes were the picture of compassion and comfort.

Rapes stopped as the situation in Germany stabilized, but sexual exploitation continued when necessity replaced violence. The black market was the order of the day and, lacking the means to support themselves or their loved ones, many women turned to their bodies as a bargaining chip. Surviving in such a society required ingenuity and no small amount of guts. In the absence of other protection, silence became a survival strategy.

At the beginning of September 2017, while on vacation in France, I received the call that I had feared and waited for. «He’s gone,» my mother said, her voice choked with tears. She died in her sleep. » I was folding a blouse by the time I picked up the phone. As I hung up, I looked out the window to the patio where the linden tree grew in whose shade we had so often sat together talking. I felt a sadness tinged with guilt. I would have liked to visit her, but work and commitments had forced me to put off plans over and over again. Now it was too late.
She had, as they say, a good death. A sweet death after several months of increasing fragility. Somehow, it was as if she had passed away months ago. At ninety-three years old, she awaited death without fear, but it was more than that.

My grandmother’s life is not the epitome of innocence or guilt. Rather, it is a life full of extraordinary events, an example of the things that people do to survive and the way they shape our lives. What would I have done in times of war? Having grown up in a Europe in peace, I always believed I knew the answer and imagined myself on the side of those who would have meant themselves. Only now do I understand what Thomas Nagel meant when he spoke of «moral fortune,» a concept that casts doubt on whether it is possible to judge acts committed under the influence of events beyond individual control.
Nothing can ever excuse the complicity of a people with the crimes committed in its name. But in every war there are different layers of suffering, and only if we admit the existence of all of them will we achieve that one day hatred stops dividing people.
My grandmother’s story taught me a lesson that I will not forget as long as I live: that the imperative of survival can involve delicate decisions that are later difficult to justify; that to move forward one must examine, understand and accept these decisions; that memory cannot be buried forever, but must be given space to evolve over time, since the past is a moving target.
Silence is a treacherous friend. For my grandmother it was both a shell and a torment. It allowed her to shield herself from the judgment of others, but it also robbed her of the possibility of finding comfort in love. During the turbulent years that followed the end of the war, silence became the only place where he found safety. And although hers was a story of violence and exile, her fate was no different from that of many other women who became collateral damage to the collapse of Europe.

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