Olivia — Dorothy Strachey / Olivia by Dorothy Strachey

La novela cuenta el despertar al primer amor de Olivia, una adolescente inglesa interna en una residencia francesa. El primer amor de Olivia es su profesora Mlle Julie, a la que ella cree su alma gemela. Tambien se cuenta la relación entre las dos directoras, Mademoiselle Julie y Mademoiselle Cara y cómo afecta a sus vidas y al colegio.
Un romance sutil es un alivio ante tantas novelas de pasión explícita y esta se lee mayoritariamente entre líneas, con pistas, detalles, como si el estilo imitara los susurros de las relaciones prohibidas de antaño que incluso hoy a veces es necesario mantener en silencio.
Este es un supuesto clásico de la ficción lésbica. Tuve que comprobarlo. A veces las novelas (o las películas para el caso) se denominan clásicos por su gran calidad, originalidad y grandiosidad épica, a veces se debe a que sus contenidos son revolucionarios para su época o por ser pioneros en un nuevo territorio o género. Con Olivia podría haber sido lo último. Es una historia bien escrita del enamoramiento ardiente e increíblemente casto de una estudiante por su maestra. Como característica de su época, las sensibilidades victorianas de la época hacen que esto sea principalmente la pasión de la mente y no una feliz en eso. El objeto de los afectos se muestra emocionalmente manipulador y cruel, el personaje epónimo es demasiado ingenuo y reservado y toda la novela está algo sobrecargada de ornamentaciones sentimentales. Es muy posible que simplemente tenga un impacto menor que otros clásicos gays y lesbianas de su tiempo porque, aunque está inspirado en ciertos hechos reales, este es un trabajo escrito por una mujer heterosexual que ha negado constantemente que Olivia se basara en ella. Ninguna lucha personal ha inspirado esto, es simplemente una especie de fantasía trágica, una excelente lectura con un uso de lenguaje encantador, pero lejos de ser excelente.

Cuando contaba unos trece años, mi madre me mandó a un internado de notable reputación en aquella época, situado cerca de donde vivíamos, en un barrio londinense que todavía conservaba el encanto de las casas georgianas, jardines espaciosos, espléndidos cedros y arbustos con flores. Dicha escuela estaba dirigida por una mujer eminente, que pertenecía a la secta metodista de John Wesley. Antes de mandarme a esta escuela, mi madre expuso claramente nuestras ideas ateas y exigió a Miss Stock su palabra de no intentar convertirme. Miss Stock se la dio y la cumplió celosamente. Nunca me habló de religión en privado; pero yo vivía en una atmósfera religiosa muy rígida. Experimentaba la opresiva sensación de ser una marginada, una paria; cuando, heroicamente, me acostaba sin antes arrodillarme junto a la cama y pronunciar, o simular pronunciar, mis oraciones, percibía el asombro y la censura de mis tres compañeras de dormitorio.
Tenía poco más de dieciséis años cuando mi madre decidió sacarme del internado de Miss Stock y mandarme a Francia para «terminar mis estudios» en un colegio.

El oyente entra súbitamente en posesión de una ciudad a cuyas puertas jamás hubiera soñado llamar. Puede penetrar en recintos prohibidos. Puede comulgar en los más sagrados altares con un alma que jamás le ha permitido, jamás le permitirá, acercarse. Puede contemplar sin temor ni vergüenza a un espíritu que se entrega, desarmado, despojado de velos, de recelos y reservas. Quien no es amado puede contemplar y escuchar y aprender por fin lo que nunca le será revelado por otros medios y quiere conocer aunque le cueste la vida: cómo el rostro amado se ve alterado por la pasión, cómo el desdén, la cólera y el amor se adueñan de sus facciones. Cómo se dulcifica y tiembla de ternura la voz amada, y cómo se quiebra con la angustia de los celos y la desesperación… Pero es demasiado pronto para decir todo esto. Se trata de reflexiones formuladas posteriormente.
He oído a muchos lectores de Racine…

Había otras alumnas que no me gustaban; las consideraba mediocres, tontas, afectadas e irritantes. Pero no las trataba. ¿Por qué iba a hacerlo? Que cada cual viviera su vida. No las necesitaba: tenía con que llenar mi corazón y mi mente.
Pero ahora debo hablar de Laura. Había esperado su llegada con sumo recelo, lo confieso.

Mademoiselle Julie y Mademoiselle Cara (así me lo contó Signorina) llevaban viviendo juntas unos quince años. Cuando se conocieron eran ambas jóvenes, hermosas e inteligentes, y acordaron asociarse para crear un pensionado femenino. Julie poseía el capital inicial, tenía amigos influyentes, energía, inteligencia y una personalidad emprendedora. Cara estaba dotada del encanto necesario para ganarse el corazón de las madres, y tenía los títulos académicos requeridos para llevar a cabo el proyecto. Cara había superado todos los exámenes; Julie, ninguno. Empezaron modestamente, pero pronto alcanzaron un éxito sorprendente: aumentaron el número de alumnas, ampliaron su círculo de amistades, se trasladaron a una casa más grande, construyeron una biblioteca y un salón de música. Entre determinados grupos de intelectuales parisinos, Julie y Cara eran una especie de institución. Julie era hija de un escritor famoso…

Me resulta absolutamente imposible: Sólo puedo recordar que yo estaba arrodillada a sus pies, que sentía el contacto de su vestido de lana en mis mejillas, el contacto de sus manos, la suavidad y el calor de sus manos en mis labios, la dureza de sus anillos. No sé cómo salí de la estancia. Pasé el resto de la jornada en una especie de delirio, soñando con aquellas manos, con aquellos besos.
Fue entonces cuando algo cambió en mí. La deliciosa sensación de alegría, de ligereza, de floreciente vitalidad, la conciencia de juventud, de fuerza y energía, la sensación de que algún poder divino me había otorgado una dicha jamás soñada y la libertad de vagar por ilimitados reinos, entre tesoros indescriptibles, todo se desvaneció tan misteriosamente como se había manifestado en mí, y le sucedió una situación muy distinta. Ahora, toda yo era malhumor y melancolía; vivía con el corazón oprimido y el cuerpo me pesaba como si fuera de plomo. No lograba interesarme por el trabajo; imposible concentrarme en lo que hacía.

Estoy cansada; no puedo más —murmuró.
Y entonces, con vehemencia pero en voz baja, exclamó:
—Todas mis ilusiones, aún las más inocentes, se han hecho añicos. También mis sueños. Incluso yo misma, lo que soy en lo más recóndito de mi ser, ha quedado destrozado. Ya no tengo ilusiones. Tengo que renunciar a todo cuanto he amado. A ti también, Olivia; a ti también.
Inclinó la cabeza para besarme y sentí sus lágrimas en mi mejilla.
Estuve unos instantes entre sus brazos, con la cabeza apoyada en su hombro. Yo también lloraba.
Fueron sólo unos instantes. Se desprendió suavemente. Y, mientras me aferraba desesperadamente a sus manos, que apretaba contra mi pecho, dijo, casi con sequedad:
—Deja que me vaya, Olivia.

Ninguna de mis dudas se resolvió con total certeza. Aún hoy hago conjeturas. Y sigo sumida en la confusión. Objeciones psicológicas o materiales parecen cerrar el paso a cualquier solución. Sin embargo, la solución, lo sabemos, existe: está ahí, como una joya perdida, quizá al alcance de la mano, en espera de una mirada capaz de descubrirla.

Creía que ella había sentido afecto hacia mí. A veces, incluso me atrevía a pensar que me había querido. ¿Por qué, pues, me trató de aquel modo al final? ¿La ofendí? ¿Cambió de sentimientos? Era lo más probable. Recordó que la única persona a la que había amado en su vida era la mujer que yacía muerta en la cama. Me odiaba por haberme atrevido a penetrar en su intimidad, por haberle suscitado un sentimiento del que se arrepentía. Sin embargo, ¿por qué?, ¿por qué? ¿Acaso no me comporté con prudencia? ¿Le pedí algo más que cariño?…
Yo no era nada para ella. Nada. Y así, en amor y en resentimiento, se consumía mi corazón, y mis ojos en lágrimas ardientes y silenciosas.
Un día, de repente, oí su voz, como si me hablara. Y recordé una frase que había olvidado. La voz, grave y solemne, dijo:
—Créeme, Olivia, créeme. No quiero hacerte daño.

———–

The novel tells of the awakening of Olivia’s first love, an English teenager interned in a French residence. Olivia’s first love is her teacher Mlle Julie, whom she believes to be her soul mate. The relationship between the two directors, Mademoiselle Julie and Mademoiselle Cara and how it affects their lives and the school is also told.
A subtle romance is a relief from so many novels of explicit passion and this is mostly read between the lines, with clues, details, as if the style imitates the whispers of the forbidden relationships of yesteryear that even today is sometimes necessary to keep silent.
This is a supposed classic of lesbian fiction. I had to check it out. Sometimes novels (or movies for that matter) are named classics due to their sheer quality, originality and epic grandness, sometimes it is due to their contents being revolutionary for its day or for pioneering a new territory or genre. With Olivia it might have been the latter. It is a well written story of a student’s ardent and incredibly chaste crush on her schoolmistress. As characteristic of its time, the Victorian sensibilities of the era make this primarily the passion of the mind and not a happy one at that. The object of affections comes across as emotionally manipulative and cruel, the eponymous character is much too naïve and reserved and the entire novel is somewhat overwrought with sentimental ornamentations. It is entirely possible that it simply packs a lesser punch that other gay and lesbian classics of its time because, although inspired by certain real facts, this is a work written by a heterosexual woman who has consistently denied that Olivia was based on her. No personal struggle has inspired this, it is merely a sort of tragic fantasy, a fine read with some lovely language usage, but far from a great one.

When I was about thirteen, my mother sent me to a boarding school of notable repute at the time, located near where we lived, in a London neighborhood that still retained the charm of Georgian houses, spacious gardens, splendid cedars, and flowering shrubs. Said school was directed by an eminent woman, who belonged to the Methodist sect of John Wesley. Before sending me to this school, my mother made clear our atheistic ideas and demanded Miss Stock’s word not to try to convert me. Miss Stock gave it to him and he complied jealously. She never spoke to me about religion in private; but I lived in a very rigid religious atmosphere. She had the oppressive sensation of being an outcast, an outcast; when, heroically, I went to bed without first kneeling by the bed and saying, or pretending to say, my prayers, I felt the amazement and censure of my three roommates.
I was just over sixteen when my mother decided to remove me from Miss Stock’s boarding school and send me to France to “finish my studies” at a college.

The listener suddenly comes into possession of a city at whose doors he would never have dreamed of knocking. It can enter prohibited areas. She can commune on the most sacred altars with a soul that has never allowed her, will never allow her, to approach. You can contemplate without fear or shame a spirit that surrenders, disarmed, stripped of veils, suspicions and reservations. Those who are not loved can finally contemplate and listen and learn what will never be revealed to them by other means and wants to know even if it costs their life: how the loved face is altered by passion, how disdain, anger and love they take over your features. How the beloved voice softens and trembles with tenderness, and how it breaks with the anguish of jealousy and despair… But it is too early to say all this. These are reflections formulated later.
I’ve heard from many Racine readers …

There were other students that I didn’t like; He considered them mediocre, silly, affected and irritating. But she did not treat them. Why should she? Let each one live her life. I didn’t need them: I had to fill my heart and mind with it.
But now I must talk about Laura. I had waited for their arrival with great suspicion, I confess.

Mademoiselle Julie and Mademoiselle Cara (as Signorina told me) had lived together for about fifteen years. When they met they were both young, beautiful and intelligent, and they agreed to partner to create a female boarding school. Julie had the startup capital, had influential friends, energy, intelligence, and an entrepreneurial personality. Cara was endowed with the charm necessary to win the hearts of mothers, and she had the academic degrees required to carry out the project. Cara had passed all the exams; Julie, none. They started out modestly, but soon achieved surprising success: they increased the number of students, expanded their circle of friends, moved to a larger house, built a library and a music room. Among certain groups of Parisian intellectuals, Julie and Cara were something of an institution. Julie was the daughter of a famous writer …

It is absolutely impossible for me: I can only remember that I was kneeling at her feet, that I felt the contact of her woolen dress on my cheeks, the contact of her hands, the softness and warmth of her hands on my lips, the hardness of their rings. I don’t know how I got out of the room. I spent the rest of the day in a kind of delirium, dreaming of those hands, of those kisses.
It was then that something changed in me. The delicious feeling of joy, lightness, flourishing vitality, the awareness of youth, strength and energy, the feeling that some divine power had given me a bliss never dreamed of and the freedom to roam limitless realms, among unspeakable treasures, everything vanished as mysteriously as it had manifested in me, and a very different situation happened to him. Now, all of me was moody and melancholy; I lived with a heavy heart and my body weighed like lead. I couldn’t get interested in the job; impossible to concentrate on what I was doing.

I’m tired; I can’t take it anymore, ”she muttered.
And then, vehemently but quietly, she exclaimed:
“All my illusions, even the most innocent ones, have been shattered.” Also my dreams. Even myself, what I am in the deepest recesses of my being, has been shattered. I no longer have illusions. I have to give up everything I have loved. You too, Olivia; you too.
She bent her head to kiss me and I felt her tears on my cheek.
I was in her arms for a few moments, with my head resting on her shoulder. I was crying too.
It was only a few moments. It came off gently. And, as I clung desperately to her hands, which I pressed against my chest, she said, almost dryly:
“Let me go, Olivia”.

None of my doubts were resolved with complete certainty. Even today I guess. And I am still in confusion. Psychological or material objections seem to block the way to any solution. However, the solution, we know, exists: it is there, like a lost jewel, perhaps at hand, waiting for a glance capable of discovering it.

I thought she had been fond of me. Sometimes I even dared to think that she had loved me. So why did she treat me that way in the end? Did I offend her? Have you changed your feelings? It was most likely. She remembered that the only person she had ever loved in her life was the woman lying dead in bed. She hated me for having dared to penetrate her privacy, for having given her a feeling she regretted. Yet why, why? Did I not behave wisely? Did I ask for something more than love? …
I was nothing to her. Nothing. And so, in love and in resentment, my heart was consumed, and my eyes in burning and silent tears.
One day, suddenly, I heard her voice, as if she were speaking to me. And I remembered a phrase that I had forgotten. The voice, grave and solemn, said:
“Believe me, Olivia, believe me.” I do not want to hurt you.

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