A Tres Versos Del Final. Filosofía Y Literatura — David Sánchez Usanos / Three Verses From The End. Philosophy and Literature by David Sánchez Usanos (spanish book edition)

Libro ligero donde se citan obras de Hemingway, Kafka y Nietszche en sus diferentes etapas. Simbiótico, conciso y bien referenciado.
Con Nietzsche cobra una importancia decisiva la forma de exposición, el modo con el que se presenta la teoría, las metáforas que se emplean, el estilo con el que se escribe. El lenguaje se convierte en uno de los problemas decisivos para el pensamiento contemporáneo, no sólo porque aparece como uno de los principales temas o asuntos sobre los que reflexionar, sino porque el propio lenguaje ya no se concibe como una herramienta al servicio de la transmisión de un determinado contenido sino que, como sucede en la literatura cuando es eficaz, ‘forma’ y ‘contenido’ se remiten mutuamente”.
“La combinación entre irracionalidad de las partes e irracionalidad del todo traduce bien el tipo de mundo en el que se desenvuelven los personajes de Kafka. Un mundo en el que el poder no está del todo localizado, en el que las instituciones, protocolos, disposiciones, órdenes y contraórdenes no parecen obedecer a una lógica clara, ni siquiera a la de la manipulación o el control.” ..
“En Hemingway encontramos una pasión desmedida por la verdad, una verdad que parece ya no esquiva sino ausente en el modo de vida contemporáneo: urbanita, superficial, sometido al cálculo económico, adulterado. En un primer momento cabría pensar que en su obre has dos fuentes principales donde encontrar esa verdad: el conocimiento y la acción”.

Para no tener que escoger entre filosofía y literatura nos llega este ensayo que en su tesis misma une esas dos disciplinas. Muy interesante ensayo.

Posiblemente Nietzsche no aspirase a otra cosa que a disfrutar de esa calma y serenidad de espíritu de la que habla Berkeley, pero en él esa forma de sosiego siempre tiene que ver con alguna forma de exilio: quería imponer cierta distancia aristocrática respecto al mundo, alejarse emocional y fisiológicamente de todo, también de sí mismo; por su escritura circula una especie de ideal regulativo del carácter que guarda un parentesco con el estoicismo. Esa distancia anhelada por Nietzsche lleva la marca de la risa y, sobre todo, del baile: bailar, bailar siempre, sobre todo cuando se sabe que todo está perdido.
¿Qué es la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en una palabra, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen y que ahora ya no se consideran como monedas, sino como metal.

Estamos notando que esa «verdad de las cosas», en la literatura contemporánea en general, y en la propuesta kafkiana en particular, al parecer tiene mucho que ver con el aislamiento, con la indiferencia y con ciertas formas de locura. No deja de resultar paradójico –o poético– leer estas líneas y pensar en la forma en la que murió Walser, en esa fotografía tan comentada en la que aparece tumbado boca arriba en la nieve, no lejos del sanatorio mental donde estaba internado, con las huellas de su último paseo difuminadas, culminando de un modo rotundo y fatal esa estrategia general de desaparición que llevó a cabo en su vida y en su escritura.
Para hacernos cargo de esa extrañeza tan característica de los ambientes kafkianos creemos útil subrayar algunos aspectos relativos a lo artificial y al movimiento, para ello acudiremos fugazmente a uno de los textos que contribuyeron de una manera más determinante a fijar el sentido de esas nociones. La Física de Aristóteles (siglo IV a.C.) es un tratado sobre la naturaleza, pero era también una propuesta metafísica y en parte psicológica, una obra en todo caso que configuró la experiencia de Occidente como pocas, además de conservar su vigencia durante siglos. En ella Aristóteles se preocupó fundamentalmente de tratar de entender el movimiento, un fenómeno a sus ojos tan evidente como inexplicable desde una concepción del ser como la que proponía Parménides, ligada a lo permanente y a lo estático. Nociones como «materia», «forma», «privación», «potencia» y «acto» y su idea de que el ser se puede decir de varios modos son algunos de los elementos centrales de una propuesta teórica que intentaba sortear esa dificultad y someter a concepto el movimiento y el cambio.
Puede que Kafka encarne el tipo de escritor contemporáneo por antonomasia: alguien de aspecto engañosamente inofensivo y de biografía equívoca, especialmente proclive al encasillamiento y al malentendido, alguien que ya no escribe historias propiamente dichas, sino que codifica una ontología que se parece a una conjura anónima. Kafka el escritor-funcionario al que casi había que obligarle a publicar lo que escribía, que pidió que todos sus papeles inéditos fuesen quemados a su muerte, el tipo enfermizo y de judaísmo reticente, con dificultades para las relaciones sociales y que busca infructuosamente la aprobación paterna, pero Kafka también el hombre que soñaba con bailarinas de apellido majestuoso y que pasaba delante de los burdeles como se pasa por delante de la casa de una amante. Ernest Hemingway dijo una vez que no hay mejor entrenamiento para un escritor que una infancia desdichada y juraría que Kafka también fue uno de esos niños que, en cierto modo, comienzan a sentir nostalgia de su propia infancia de manera anticipatoria.

Me interesa leer a Hemingway de modo análogo a como proponía hacerlo con Nietzsche y con Kafka, es decir, también como síntoma de lo que le sucede a la disciplina a la que pertenece. Si hacemos esto vemos que, con la excepción de Fiesta, sus mejores libros no son novelas, sino reportajes más o menos novelados con interpolaciones autobiográficas y excursos de crítica literaria (Muerte en la tarde), memorias donde se tematiza la literatura y lo literario (París era una fiesta) o cuentos excepcionales que a veces se parecen al guion de una película de gánsteres (Los asesinos). Con Hemingway se pone de manifiesto la crisis de la hegemonía de la «forma novela» en el campo literario para dejar paso al cuento o a un género aún más extraño y mestizo que la propia novela, algo, como veíamos, a medio camino entre la crónica periodística, el apunte etnográfico, la crítica literaria y la autobiografía apócrifa. Lo esencial de Heming­way no es que hablase de toros, de caza, de pesca o de boxeo sino que estos eran escenarios en los que siempre había un escritor siendo testigo de algo, buscándose a sí mismo o tratando de escapar de sus demonios disparando aquí y allá frases con vocación de ser citadas.
Hemos venido sugiriendo que la obra de Hemingway –y su vida, en la medida en que se filtra y confunde con su ficción– cabe interpretarla como una huida, como un intento de escapar de los postulados de una modernidad tan frívola como sofocante buscando refugio en lugares y conductas donde encontrar heroísmo, dignidad y también esa dosis de tragedia a la que nunca quiso renunciar. Esa fuga sin fin supone también un deseo de huir de uno mismo y de los demonios de siempre: la soledad, la muerte, la locura, el paso del tiempo. Hay una señal inequívoca que tiene que ver con el envejecimiento: cuando tus héroes deportivos empiezan a ser más jóvenes que tú, cuando te descubres sintiendo una extraña empatía por el veterano del equipo. Luego los signos se multiplican y también las estrategias para camuflar la evidencia y supongo que también habrá un momento en que la evidencia se imponga y no puedas seguir haciendo la vista gorda. La conciencia de estar en el momento a partir del cual las cosas, al menos desde el punto de vista físico, sólo pueden ir a peor requiere una delicada gestión que pasa por fijarse otras metas. La escritura quizá sea una de las mejores maneras de seguir manteniendo viva esa tensión competitiva, pues, en principio, se trata de un ámbito en el que el rendimiento no está relacionado con la edad, en el que el mejor momento puede llegar después de los veintisiete años. Hemingway, que tenía esa concepción deportiva de la existencia, supongo que encontró en la literatura un campo en el que seguir ejerciendo esas virtudes guerreras cuando el vigor físico hacía mucho que le había abandonado.

La filosofía aspiraba a ofrecer descripciones con el mismo nivel de amplitud que las de la religión pero sin el recurso a lo divino, amparándose en lo exclusivamente racional (aunque con frecuentes interpolaciones teológicas o pseudoteológicas). Los filósofos querían, asimismo, regular ciertas conductas que también caían dentro de la esfera de control de lo religioso, como pueden ser las relaciones de poder o las normas morales (debido a esta competencia de jurisdicciones, no es extraño que Sócrates, una de las figuras fundacionales de la disciplina filosófica, fuese condenado a muerte por impiedad –por faltar a los dioses de la ciudad– y por corromper a la juventud infundiéndole ideas raras).
Creo que todos incurrimos en este tipo de juicios hacia «los demás» como fuente de problemas y pantalla donde proyectar lo que no nos gusta –la cosificación contemporánea, la vileza, la estupidez–, que en demasiados momentos nos consideramos más interesantes o más especiales de lo que realmente somos elevándonos por encima de «la gente». Y olvidamos que los libros, las canciones o las películas con las que nos sentimos redimidos también son obra de la gente. En este sentido, Nietzsche, Kafka y Hemingway –y la filosofía y la literatura, y los libros, que en cierto modo siempre están hechos por y para solitarios– también pueden ser tomados como bombas de relojería, como pruebas de que hubo, hay y habrá otros como tú, como ocasiones para pensar de otro modo, como contraseñas para reconocernos en los demás, como formas de robar tiempo al tiempo. La única forma de sobrevivir a lo que sabemos es actuar como tahúres, hacer trampas para sortear esa ecuación que nos dice que, si pensamos a fondo las cosas, nada tiene sentido.

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Light book where works by Hemingway, Kafka and Nietszche are cited in their different stages. Symbiotic, concise and well referenced.
With Nietzsche, the form of exposition, the way the theory is presented, the metaphors used, the style in which it is written, takes on decisive importance. Language becomes one of the decisive problems for contemporary thought, not only because it appears as one of the main themes or issues on which to reflect, but because language itself is no longer conceived as a tool at the service of the transmission of a certain content but, as happens in literature when it is effective, ‘form’ and ‘content’ refer to each other “.
“The combination of irrationality of the parts and irrationality of the whole translates well the kind of world in which Kafka’s characters develop. A world in which power is not completely localized, in which institutions, protocols, provisions, orders and counter-orders do not seem to obey a clear logic, not even that of manipulation or control. ” ..
“In Hemingway we find an inordinate passion for the truth, a truth that seems no longer elusive but absent in the contemporary way of life: urban, superficial, subjected to economic calculation, adulterated. At first one might think that in his work you have two main sources where to find that truth: knowledge and action “.

In order not to have to choose between philosophy and literature, this essay comes to us, which in its thesis itself unites these two disciplines. Very interesting essay.

Possibly Nietzsche did not aspire to anything other than to enjoy that calm and serenity of spirit of which Berkeley speaks, but in him that form of calm always has to do with some form of exile: he wanted to impose a certain aristocratic distance from the world, to move away emotionally and physiologically from everything, also from himself; a sort of regulative ideal of character circulates in his writing that is related to Stoicism. That distance longed for by Nietzsche bears the mark of laughter and, above all, of dancing: dancing, always dancing, especially when it is known that all is lost.
What is the truth? A mobile army of metaphors, metonymies, anthropomorphisms, in a word, a sum of human relationships that have been enhanced, extrapolated, poetically and rhetorically adorned and that, after prolonged use, seem to a people fixed, canonical, obligatory: Truths are illusions that have been forgotten, metaphors that have become worn and without sensible force, coins that have lost their image and that now are no longer considered as coins, but as metal.

We are noticing that this “truth of things”, in contemporary literature in general, and in the Kafkaesque proposal in particular, apparently has a lot to do with isolation, indifference, and certain forms of madness. It is still paradoxical –or poetic– to read these lines and think about the way in which Walser died, in that much-talked-about photograph in which he appears lying on his back in the snow, not far from the mental hospital where he was hospitalized, with the traces of his last walk blurred, culminating in a resounding and fatal way that general strategy of disappearance that he carried out in his life and in his writing.
To take charge of that strangeness so characteristic of Kafkaesque environments, we believe it useful to underline some aspects related to the artificial and movement, for this we will briefly turn to one of the texts that contributed in a more decisive way to fix the meaning of these notions. Aristotle’s Physics (4th century BC) is a treatise on nature, but it was also a metaphysical and partly psychological proposal, a work in any case that shaped the experience of the West like few others, in addition to maintaining its validity for centuries. In it Aristotle was primarily concerned with trying to understand movement, a phenomenon in his eyes as evident as it is inexplicable from a conception of being such as that proposed by Parmenides, linked to the permanent and the static. Notions such as “matter”, “form”, “deprivation”, “potency” and “act” and his idea that being can be said in various ways are some of the central elements of a theoretical proposal that tried to overcome this difficulty and concept movement and change.
Kafka may embody the quintessential contemporary type of writer: someone deceptively inoffensive-looking and with a misleading biography, especially prone to typecasting and misunderstanding, someone who no longer writes proper stories, but encodes an ontology that resembles a conspiracy. anonymous. Kafka the writer-official who almost had to be forced to publish what he wrote, who asked that all his unpublished papers be burned to his death, the sickly and reluctant Judaism type, with difficulties for social relations and who seeks approval unsuccessfully paternal, but Kafka also the man who dreamed of dancers with a majestic surname and who passed in front of brothels as one passes in front of a lover’s house. Ernest Hemingway once said that there is no better training for a writer than an unhappy childhood and I would swear that Kafka was also one of those children who, in a way, begin to nostalgia for his own childhood in anticipation.

I am interested in reading Hemingway in a way analogous to how he proposed to do it with Nietzsche and Kafka, that is, also as a symptom of what happens to the discipline to which he belongs. If we do this we see that, with the exception of Fiesta, his best books are not novels, but rather fictionalized reports with autobiographical interpolations and literary critic excursions (Death in the afternoon), memoirs where literature and the literary are themed ( Paris was a party) or exceptional stories that sometimes resemble the script of a gangster movie (The Assassins). With Hemingway, the crisis of the hegemony of the “novel form” in the literary field is revealed to give way to the story or to a genre even more strange and mestizo than the novel itself, something, as we saw, halfway between the chronicle. journalism, the ethnographic note, literary criticism and apocryphal autobiography. The essential thing about Hemingway is not that he spoke of bulls, hunting, fishing or boxing but that these were scenarios in which there was always a writer witnessing something, searching for himself or trying to escape from his demons by shooting here and there. there phrases with a vocation to be cited.
We have been suggesting that Hemingway’s work – and his life, to the extent that it is filtered and confused with his fiction – can be interpreted as a flight, as an attempt to escape the postulates of a modernity as frivolous as it is suffocating, seeking refuge in places and behaviors where to find heroism, dignity and also that dose of tragedy that he never wanted to give up. This endless flight also supposes a desire to flee from oneself and from the demons of always: loneliness, death, madness, the passage of time. There is an unmistakable sign that has to do with aging: when your sports heroes start to be younger than you, when you find yourself feeling a strange empathy for the veteran of the team. Then the signs multiply and so do the strategies to camouflage the evidence and I suppose there will also be a moment when the evidence prevails and you cannot continue to turn a blind eye. The awareness of being in the moment from which things, at least from the physical point of view, can only get worse requires a delicate management that goes through setting other goals. Writing is perhaps one of the best ways to keep that competitive tension alive, since, in principle, it is an area in which performance is not related to age, in which the best moment may come after the twenty seven years old. Hemingway, who had that sporting conception of existence, I suppose that he found in literature a field in which to continue exercising those warrior virtues when physical vigor had long since abandoned him.

Philosophy aspired to offer descriptions with the same level of breadth as those of religion but without recourse to the divine, relying on the exclusively rational (although with frequent theological or pseudotheological interpolations). The philosophers also wanted to regulate certain behaviors that also fell within the sphere of control of religion, such as power relations or moral norms (due to this competition of jurisdictions, it is not surprising that Socrates, one of the founding figures of the philosophical discipline, was condemned to death for impiety – for missing the gods of the city – and for corrupting the youth by infusing them with strange ideas).
I think that we all incur in this type of judgment towards “others” as a source of problems and a screen on which to project what we do not like – contemporary reification, vileness, stupidity – that in too many moments we consider ourselves more interesting or more special of who we really are by rising above “the people.” And we forget that the books, songs, or movies with which we feel redeemed are also the work of people. In this sense, Nietzsche, Kafka and Hemingway – and philosophy and literature, and books, which in a way are always made by and for lonely people – can also be taken as time bombs, as evidence that there were, are and are there will be others like you, as occasions to think differently, as passwords to recognize ourselves in others, as ways of stealing time from time. The only way to survive what we know is to act like gamblers, cheat to get around that equation that tells us that, if we think things through, nothing makes sense.

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