Matar Al Huésped: Cómo La Deuda Y Los Parásitos Financieros Destruyen La Economía Global — Michael Hudson / Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Bondage Destroy the Global Economy by Michael Hudson

«Matar al huésped» es una obra notable de alguien con amplios conocimientos (con los detalles para respaldar) y propuestas audaces. Aunque la gran cantidad de detalles concretos de la crisis de la eurozona de 2008 // surgidos de una vez en las partes II y III obstruyen el flujo de ideas de vez en cuando (en realidad, mi única crítica), los puntos destacados nunca se pierden. ¿El punto principal? Nuestras deudas no se pagarán. La pregunta es, * ¿cómo * no se pagarán nuestras deudas?
A partir de la teoría económica clásica, Hudson distingue la inversión dirigida a empresas industriales de los intereses y la especulación obtenidos de los activos. Esencialmente, esto distingue los ingresos productivos de los ingresos improductivos que prácticamente solo se proponen aumentar los precios de los activos y acciones ya existentes. La ortodoxia de las finanzas globales nos golpea en la cabeza con la idea de que necesitamos liberar capital para que los principales actores puedan tener suficiente para reinvertir en crecimiento; la clave es que existe una diferencia entre crecimiento productivo y crecimiento financiero . En nuestro sistema actual, es mucho más rentable (es decir, para los administradores de finanzas) subir los precios de los activos existentes o despojar a los servicios públicos de sus activos para hacer una matanza.
El costo para el resto de nosotros, no hace falta decirlo, es enorme dado que, mientras tanto, el desempleo / subempleo aumenta debido a la falta de inversión en la economía real, y los precios en el sector FIRE continúan aumentando ya que los precios siempre aumentarán a cualquier punto que el «mercado soportará» (Hudson llama a este fenómeno «inflación del precio de los activos»). Debido al énfasis en las ganancias corporativas para recomprar acciones o pagar dividendos más altos a los accionistas, muchas empresas se someten a una reducción (o «racionalización», como les gusta llamarlo) simplemente para aumentar las ganancias a cualquier costo cualitativo para la comunidad, o incluso para la empresa. sí mismo. Estas ganancias suelen ser sólo a corto plazo, los beneficios obtenidos por las clases de activos. Los efectos a largo plazo para el resto de nosotros son más desempleo (lo que significa menos ingresos fiscales) y un debilitamiento del trabajo, junto con la canción y el baile de austeridad sobre el aumento de los impuestos sobre el trabajo y los consumidores para reducir el déficit público. Mientras tanto, las horrendas cantidades de deuda contraídas por las clases deudores hacen que se consuman menos bienes, lo que finalmente asfixia la economía real y productiva. Que se diga en términos inequívocos:

“La riqueza se redistribuye a los apostantes ganadores, * no se crea *. De hecho, «producto» es un conjunto de hipotecas tóxicas. La sincronización en dichos mercados se basa en los vientos temperamentales de los pisos de negociación de Nueva York y Chicago. Este es el horizonte temporal de los ladrones de bancos y de los ladrones de bancos «.

Mientras tanto, nos alimentan con esta absoluta mierda de que los mercados necesitan una mayor desregulación para que la competencia haga bajar los precios. ¡El resultado es más monopolios y una mayor desigualdad de ingresos!
Esto está creando un escenario para la guerra de clases entre deudores y tenedores de activos. Hudson nos recuerda con razón que a pesar del grito de las clases media y alta de que la redistribución del ingreso es una práctica injusta, existe una * increíble * cantidad de redistribución del ingreso * ya * en marcha en la medida en que todo el dinero está flotando hacia la cima. Luego, este dinero se vuelve a apostar en el mercado en lugar de invertirlo en empresas productivas que crearían empleos bien remunerados. Como resultado, los indicadores de “crecimiento” carecen relativamente de sentido, ya que todo el crecimiento se está produciendo en el sector FIRE, que es totalmente improductivo.
Aparte, yo, por mi parte, estoy cansado de escuchar a los conservadores denunciar las prácticas de “ingeniería social” de la izquierda cuando la derecha está constantemente diseñando el sistema para su beneficio. Y seguirán haciéndolo mientras se lo permitamos. Por mucho que la derecha denuncia la regulación gubernamental como «socialismo» (como si eso fuera algo tan malo), el rescate de 2008 fue, en las propias palabras de Hudson, «socializar las pérdidas, privatizar las ganancias».
Todo esto va en contra del objetivo inicial de la economía clásica de liberarse del legado de una clase aristocrática * rentista *. En el sentido de la economía clásica, «mercados libres» no significaba libertad para realizar negocios sin la intervención del gobierno, sino libertad * de * explotación por parte de una clase propietaria de la tierra.
En su forma actual, el gobierno existe para redimir activos tóxicos y apoyar las burbujas financieras con el mantra de que simplemente no hay otra alternativa. ¡Basura!
Pero lo que hace que este libro sea tan grandioso es que Hudson ofrece al lector una alternativa a la austeridad. Para decirlo en términos generales, los sistemas financieros deben establecerse para abordar los intereses a largo plazo de la economía. Las empresas a corto plazo, como el crédito predatorio, que exceda los términos razonables de pago, serían anuladas a costa del acreedor. En lugar de rescatar a los bancos y la flexibilización cuantitativa (que en última instancia no es solo un respaldo a las finanzas delictivas, sino que no intenta abordar los problemas que llevaron a la crisis), Hudson pide una amortización de la deuda de los hogares y las hipotecas basura del tipo que vamos a la caída de 2008. Se deben gravar las ganancias de capital, así como la renta económica, para que no se capitalicen en pagos de intereses.
Hudson critica las «soluciones» populares al fracaso del capital para producir ganancias productivas, como el impuesto sugerido por Thomas Piketty sobre las propiedades heredadas y el impuesto sobre la renta progresivo, ya que no abordan la raíz del problema: si las ganancias se obtuvieron de manera productiva o mediante actividades extractivas o explotadoras. * prácticas rentistas *. En cambio, las recomendaciones de Hudson van en la línea de crear servicios públicos como establecer una opción de banca pública para la banca minorista, también como hacer públicos todos los monopolios naturales para evitar la extracción de rentas predatorias. Además, todos los déficits públicos serían financiados por los bancos centrales.

En biología, la palabra parásito se emplea como una metáfora tomada de la antigua Grecia. Los funcionarios encargados de la recogida del grano para los festivales comunales iban acompañados en sus rondas por sus ayudantes. Estos acompañantes, que se unían a las comidas a las que se invitaba a los funcionarios con cargo al erario público, eran conocidos como parásitos, un término no peyorativo que significa «compañero de comida», de las raíces para («al lado») y sitos («comida»).
En época romana la palabra terminó adoptando el significado de «aprovechado superfluo». El parásito bajó de estatus: de ser una persona que ayuda a realizar una función pública, pasó a convertirse en un huésped no invitado que aparece en una cena privada, un personaje recurrente en las comedias que se va abriendo camino, como un gusano, mediante la pretensión y la adulación.
La idea del parasitismo como una simbiosis positiva se resume a la perfección en la expresión «economía huésped» [host economy ], que da la bienvenida a la inversión extranjera. Los Gobiernos invitan a banqueros e inversores a comprar o a financiar infraestructura, recursos naturales e industria. Por lo general, las élites locales y los funcionarios públicos de estas economías son enviados al núcleo imperial o financiero para su educación y adoctrinamiento ideológico, a fin de que asuman este sistema de dependencia como algo mutuamente beneficioso y natural. El aparato educativo-ideológico del país anfitrión se moldea para reflejar esta relación acreedor/deudor como si se tratara de una relación de ganancia mutua.
En la naturaleza, los parásitos raramente sobreviven simplemente tomando de su huésped. En este caso la supervivencia del más apto no puede significar la del parásito en solitario. Los parásitos necesitan huéspedes y a menudo lo que resulta es una simbiosis mutuamente beneficiosa. Algunos parásitos ayudan a sobrevivir a su huésped buscando alimentos suplementarios, y otros lo protegen de la enfermedad, sabiendo que terminarán siendo los beneficiarios de su crecimiento.
Una analogía financiera de este fenómeno se dio en el siglo XIX , cuando las altas finanzas y el Estado se unieron para financiar los servicios públicos, las infraestructuras y la manufactura intensiva en capital, especialmente en el sector de los armamentos, el servicio de correos y la industria pesada. La banca fue evolucionando desde la usura depredadora y pasó a tomar la iniciativa en la organización de la industria conforme a directrices más eficientes. Esta fusión positiva arraigó con más éxito en Alemania y países colindantes de Europa Central bajo el patrocinio público.

La gran cuestión política que hay que enfrentar en lo que queda del siglo XXI es qué sector recibirá ingresos suficientes para sobrevivir, evitando las pérdidas que degradan su posición: ¿la economía industrial receptora o sus acreedores?
Para la economía en general, una recuperación real y duradera pasa por obligar al sector financiero a que no sea tan miope que con su egoísmo provoque un colapso de todo el sistema. Hace un siglo, la lógica para evitar esto era hacer de la banca una función pública. La tarea se hace hoy más difícil, porque los bancos han pasado a ser conglomerados casi impenetrables que han ligado el casino de Wall Street, con sus actividades de arbitraje especulativo y sus apuestas con derivados, a los servicios comerciales básicos, como son las cuentas ordinarias de ahorro y los préstamos a empresas. Esto los ha convertido en bancos «demasiado grandes para quebrar» (TBTF, en sus siglas en inglés).
Los bancos de hoy en día tratan de evitar el debate en torno a la cuestión de cómo el exceso de préstamos y la deflación de la deuda causan austeridad y contracción económica. La negativa a afrontar las limitaciones de la economía en lo que respecta a su capacidad de pago amenaza con sumergir la mano de obra y la industria en el caos.

El objetivo principal de la economía política durante los últimos tres siglos ha sido el de recuperar el flujo de la renta de las tierras y recursos naturales privatizados que los reyes medievales habían perdido. La dimensión política de este esfuerzo conllevaba la reforma constitucional democrática para superar la resistencia de la clase arrendadora. A finales del siglo XIX aumentaba la presión política para gravar a los propietarios de tierras en Gran Bretaña, Estados Unidos y otros países. En Gran Bretaña la crisis constitucional sobre tributación de la tierra que estalló en 1910 terminó con la potestad de que venía disfrutando la aristocracia terrateniente en la Cámara de los Lores para bloquear la política tributaria de los Comunes. En China la revolución de Sun Yat-Sen de 1911 para derrocar a la dinastía Qing fue impulsada por las demandas de que la tributación de la tierra sirviera de base fiscal. Y cuando Estados Unidos instituyó el impuesto sobre la renta en 1913, este recayó principalmente sobre los ingresos rentistas provenientes del sector inmobiliario, de los recursos naturales y de las ganancias financieras. Similares reformas tributarias de carácter democrático se fueron extendiendo por todo el mundo.
Al comenzar el siglo XX la tierra estaba saliendo de las manos de la nobleza para ser democratizada —a crédito—.
El resultado de «democratizar» los bienes raíces a crédito ha sido que la mayor parte del valor del alquiler, que hasta ahora se pagaba a una clase de propietarios, ahora se le paga a los bancos como intereses hipotecarios, y no al Estado, que es lo que la doctrina clásica había instado a hacer. Por lo tanto, el sector financiero de nuestros días ha asumido el papel que jugó la aristocracia rural en la Europa feudal. Por mucho que la renta ya no sirva para mantener a una aristocracia propietaria, tampoco hace las veces de base tributaria: se paga a los bancos en forma de interés hipotecario. Los compradores de vivienda, los inversores comerciales y los especuladores inmobiliarios están obligados a pagar a los banqueros el coste de la renta de la propiedad, que es el precio de adquisición de la misma. El comprador que asuma la mayor hipoteca para pagar más al banco se queda con el activo. De esta manera, un inmueble termina valiendo lo que los bancos estén dispuestos a prestar tomando dicho inmueble como aval.

La actual monopolización de la riqueza por parte de una clase rentista que elude los impuestos y la regulación pública porque es capaz de comprar el control del Gobierno es el mismo problema que hubieron de confrontar los economistas clásicos. Su lucha por crear una economía más justa produjo las herramientas más adecuadas para comprender cómo las economías actuales se están polarizando, al tiempo que son cada vez menos productivas. Los fisiócratas, Adam Smith, David Ricardo y sus sucesores refinaron el análisis de cómo la búsqueda de rentas desvía ingresos del flujo de gasto de la economía.
“El sector financiero actual está atacando aquello que hace un siglo se esperaba que se convirtiera en las funciones sociales del capital. El objetivo de la mayoría de los préstamos consiste en extraer recargos por intereses vinculando la deuda a la renta inmobiliaria, a los beneficios empresariales y a las corrientes de ingreso personal, convirtiendo todo ello en un flujo de pagos de intereses. La economía «real» se ralentiza ante estas demandas financieras exponencialmente crecientes (préstamos bancarios, acciones y bonos), que enriquecen principalmente al Uno por ciento . Las finanzas no se han industrializado, sino que en lugar de ello es la industria la que se ha financiarizado. Los mercados de acciones y bonos se han convertido en espacios para hacer compras con deuda apalancada y liquidaciones de activos. La filosofía fiscal y financiera de los neoliberales actuales es corrosiva y destructiva, no productiva. En lugar de promover la industria, la formación de capital y de infraestructura, las finanzas han evolucionado hasta hacer una simbiosis con los otros sectores rentistas: los bienes raíces, la extracción de recursos naturales y los monopolios naturales. La adquisición a crédito de privilegios generadores de renta (o simplemente las operaciones con información privilegiada y las maniobras legales) no requiere la inversión de capital fijo que sí implica la fabricación.
Hoy en día, la banca ha encontrado su principal mercado de crédito en los sectores inmobiliario y monopolístico, añadiendo recargos financieros a la renta estructural de la tierra y los monopolios. La contrapartida financiera a los rendimientos decrecientes que elevan los costes de la vida y de hacer negocios toma dos formas. Los tipos de interés aumentan para cubrir los riesgos crecientes de los préstamos a economías atadas por la deuda. Y la «magia del interés compuesto» extrae una expansión exponencial del servicio de la deuda, a medida que los acreedores reciclan los ingresos que perciben por los intereses en forma de nuevos préstamos. El resultado es que las deudas crecen rápida e inexorablemente, desbordando la capacidad de la economía receptora para pagar.

La práctica de endeudar a las empresas para pagar a los tenedores de bonos que financian adquisiciones corporativas, o simplemente para recomprar acciones corporativas, está siendo respaldada por teóricos académicos. Esta liquidación de activos está ocurriendo dentro de las empresas: la están acometiendo sus propios gestores, siguiendo tácticas que se enseñan en las escuelas de negocios más importantes de Estados Unidos.
El mundo financiero de nuestros días está atacando lo que hace un siglo se esperaba que fueran las funciones sociales del capital: ampliar la producción y el empleo. Las economías se están desacelerando ante unas reclamaciones financieras (préstamos bancarios, acciones y bonos) exponencialmente crecientes, que enriquecen al Uno por ciento a expensas del 99 por ciento. Esta polarización conduce al desempleo y también a una inversión corporativa bajo mínimos, que deja a las compañías sin dinero suficiente para nuevos gastos de capital con que aumentar la productividad.
Aunque los beneficios empresariales se han disparado en los últimos años, no están dando lugar a nuevas inversiones tangibles, ya sea en producción o en empleo. La explicación de esta desconexión está en la financiarización. Alrededor del 40 por ciento de los beneficios los registran hoy en día los sectores bancario y financiero, no la industria. En el sector manufacturero, los gestores incrementan las ganancias reportadas recortando los gastos básicos, dejando que su inversión física decaiga y reemplazando a trabajadores cualificados a largo plazo por contratos nuevos y peor pagados, mientras utilizan cada vez más los beneficios corporativos restantes para recomprar acciones y pagar dividendos más altos.
Estas prácticas han desvinculado la gestión financiera de la inversión en nuevos medios de producción. La idea de que las economías se pueden enriquecer principalmente del debe del balance nacional refleja el grado en que los intereses de los acreedores se han apoderado del cerebro de la economía. El capitalismo financiero se basa en unas deudas exponencialmente crecientes contraídas con los acreedores. En cambio, el fundamento del capitalismo industrial es la expansión de la inversión de capital tangible, del empleo y de los mercados. Cuando los ingresos personales y de los negocios desvían de la producción y el consumo para pagar el servicio de la deuda y/o aumentar los precios de los activos, la economía «real» no puede expandirse. Y cuando la carga de la burbuja de deuda crece hasta un punto en que la economía ya no puede pagar más, el sector financiero exige el pago de las deudas contraídas, imponiendo la austeridad.
El problema político es que los banqueros y los tenedores de bonos no quieren perder lo que tienen, aun cuando sus ganancias no puedan mantenerse sin hundir las economías en la austeridad (ya que esa es la única manera en que pueden cobrar las deudas que han promovido).

Se hicieron fortunas apostando contra la capacidad de los deudores para pagar —y cobrando las apuestas gracias a rescates públicos en favor de determinados insiders con información privilegiada—. Este dinero se podría haber reunido con la misma facilidad para salvar del impago a los propietarios de viviendas. Pero se le dio a los bancos, a los que además se permitió ejecutar unas hipotecas que eran defectuosas desde el principio. La economía —excepto la del Uno por ciento — no se ha recuperado.
No hay ningún tribunal internacional competente para poner las deudas soberanas en línea con la capacidad de pago, ni para establecer quién debe absorber las pérdidas ante refinanciaciones o impagos de la deuda pública. Una jurisdicción de ese tipo definiría un conjunto de principios jurídicos que reconocerían la injusticia de los tenedores de bonos o de los fondos buitre, que compran bonos quebrados baratos y a continuación amenazan con perturbar los sistemas financieros nacionales y causar el caos, con el fin de apoderarse de sus activos si sus demandas de pago del total no se cumplen.
El objetivo de ciertos países, junto con el de Argentina e Irán, es aislarse de la política económica neoliberal, la coacción de la deuda, las privatizaciones forzosas y las incautaciones de activos. En las circunstancias actuales esto implicará reducciones de deuda, respaldadas por un cuerpo teórico que analice la capacidad de cada economía para pagar a sus acreedores, en moneda nacional y extranjera.

La mitología antigua se preguntó cómo el rey Midas habría de sobrevivir, sin nada que llevarse a la boca salvo su oro. Esta puede acabar siendo la metáfora del capitalismo financiero de nuestros días: el sueño de que se puede vivir solo de dinero, sin medios de producción y sin trabajo vivo. Para evitar este destino, los remedios tendrán que añadir la reforma financiera a la revolución inconclusa del siglo XIX , con vistas a desterrar las desigualdades supervivientes del acaparamiento de tierras de la era postfeudal, de la incautación de los bienes comunes y de la creación de privilegios de monopolio. Estos son los vestigios de apropiaciones pasadas y de operaciones con información privilegiada que subyacen a la búsqueda de rentas y que alimentaron un sistema financiero que sigue operando conforme a parámetros neofeudales, en lugar de invertir en la industria y en el bienestar humano.

Diez reformas para restaurar la prosperidad industrial:
01. Cancelar las deudas para hacer «borrón y cuenta nueva» o, al menos, rebajarlas de acuerdo con la capacidad de pago.
02. Gravar la renta económica para impedir que sea capitalizada como pago de intereses.
03. Hacer que los intereses dejen de ser fiscalmente deducibles, para dejar de subsidiar el apalancamiento de la deuda.
04. Crear una opción de banca pública.
05. Financiar los déficits públicos a través de los bancos centrales, en vez de subir los impuestos para pagar a los tenedores de bonos.
06. Pagar la Seguridad Social y la sanidad con cargo a los presupuestos generales del Estado.
07. Mantener los monopolios naturales en el sector público para evitar la extracción de renta.
08. Gravar las ganancias de capital con los tipos impositivos más altos de entre los que se apliquen a los ingresos ganados.
09. Desalentar los préstamos irresponsables, imponiendo un principio de «deuda odiosa» o de «transferencia fraudulenta».
10. Revivir la teoría clásica del valor y de la renta (y sus categorías estadísticas).

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‘Killing the Host’ is a remarkable piece of work by someone with breadth of knowledge (with the details to back in up) and bold propositions. Though the sheer volume of concrete details from the 2008//Eurozone crisis brought forth all at once in parts II and III clog the stream of ideas from time to time (really, my only criticism) the salient points are never lost. The major point? Our debts will not be paid. The question is, *how* will our debts not be paid?
Drawing from classical economic theory, Hudson distinguishes investment geared towards industrial enterprises from interest and speculation gained from assets. Essentially, this distinguishes productive income from unproductive income which pretty much just sets out to bid up prices on already existing assets and shares. The orthodoxy of global finance beats us over the head with the idea that we need to free up capital so that major players are able to have enough left over to reinvest in growth—the key is, there is a difference between productive growth and financial growth. In our current system, it is much more cost-effective (for the managers of finance, that is) to bid up prices of existing assets or strip public services of their assets in order to make a killing.
The cost for the rest of us, needless to say, is massive given the fact that in the meantime unemployment/underemployment increases due to lack of investment in the real economy, and prices in the FIRE sector continue to rise since prices will always increase to whatever point that the “market will bear” (Hudson calls this phenomenon “asset price inflation”). Due to the emphasis on corporate profits for stock buybacks or paying higher dividends to shareholders, many companies undergo downsizing (or “streamlining” as they like to call it) simply to increase earnings at whatever the qualitative cost to the community, or even the company itself. These gains are most often short term only, the benefits reaped by the asset classes. The long term effects for the rest of us are more unemployment (which means less tax revenue) and a weakening of labor, coupled with the austerity song and dance about increasing taxes on labor and consumers to shrink public deficits. In the mean time, the horrendous amounts of debt taken on by the debtor classes leads to less goods being consumed, ultimately rendering a smothering of the real, productive economy. Let it be said in no uncertain terms:

“Wealth is redistributed to winning bettors, *not created*. Indeed, ‘product’ is a pool of toxic mortgages. Timing in such markets is based on the moody winds of the trading floors of New York and Chicago. This is the time horizon of bank robbers—and of robber banks.”

Meanwhile, we are fed this utter crap that markets need further deregulation so that competition will bring prices down. The result is more monopolies and greater income inequality!
This is creating a scenario for class warfare between debtors and asset holders. Hudson rightly reminds us that despite the cry of the middle and upper classes that income redistribution is an unfair practice, there is an *incredible* amount of income redistribution *already* going on insofar as all the money is floating to the top. This money is then gambled again on the market instead of being invested in productive enterprises which would create good paying jobs. As a result, indicators of “growth” are relatively meaningless since all of the growth is taking place in the FIRE sector—which is entirely unproductive.
As an aside, I, for one, am tired of hearing conservatives denounce “social engineering” practices of the left when the right is constantly engineering the system to its benefit. And they will keep doing so as long as we let them. As much as the right denounces government regulation as “socialism” (as if that were such a bad thing) the 2008 bailout was, in Hudson’s own words, “socializing the losses, privatizing the profits.»
All of this flies in the face of the initial aim of classical economics to free itself from the legacy of an aristocratic *rentier* class. In the sense of classical economics, ‘free markets’ did not mean freedom to conduct business without government intervention, but freedom *from* exploitation by a land owning class.
As it stands, government exists to redeem toxic assets and support financial bubbles with the mantra that there is simply no other alternative. Rubbish!
But what makes this book so great is that Hudson provides the reader with an alternative to austerity. To put it broadly, financial systems must be set up to address the economy’s long term interests. Short term enterprise like predatory credit that exceeds reasonable terms of payment would be annulled at the cost of the creditor. Instead of bailing out banks and Quantitative Easing (which ultimately is not only an endorsement of criminal finance but does not attempt to address the problems that led to the crisis), Hudson calls for a writedown of household debt and the junk mortgages of the kind that let to the 2008 crash. Capital gains should be taxed, as well as economic rent so that it may not be capitalized into interest payments.
Hudson criticizes popular “solutions” to the failure of capital to produce productive gains such as Thomas Piketty’s suggested tax on inherited estates and progressive income taxation since they do not address the root of the problem—whether gains were earned productively, or by extractive, exploitative *rentier* practices. Instead, Hudson’s recommendations run along the lines of creating public utilities like setting up a public banking option for retail banking, as well as making all naturally occurring monopolies public to prevent predatory rent extraction. Additionally, all government deficits would be funded by central banks.

In biology, the word parasite is used as a metaphor borrowed from ancient Greece. The officials in charge of collecting the grain for the communal festivals were accompanied on their rounds by their assistants. These companions, who joined the meals to which officials were invited from the public purse, were known as parasites, a non-pejorative term that means «food companion», from the roots for («next to») and sitos («food»).
In Roman times the word ended up adopting the meaning of «superfluous profiteer.» The parasite lowered its status: from being a person who helps perform a public function, it went on to become an uninvited guest who appears at a private dinner, a recurring character in comedies that makes its way, like a worm, through pretense and flattery.
The idea of parasitism as a positive symbiosis is perfectly summed up in the expression «host economy», which welcomes foreign investment. Governments invite bankers and investors to buy or finance infrastructure, natural resources and industry. Generally, the local elites and public officials of these economies are sent to the imperial or financial nucleus for their education and ideological indoctrination, so that they take this dependency system as something mutually beneficial and natural. The educational-ideological apparatus of the host country is molded to reflect this creditor / debtor relationship as if it were a win-win relationship.
In nature, parasites rarely survive simply by taking from their host. In this case, the survival of the fittest cannot mean that of the parasite alone. Parasites need hosts and often what results is a mutually beneficial symbiosis. Some parasites help their host survive by looking for supplemental food, and others protect it from disease, knowing that they will end up being the beneficiaries of its growth.
A financial analogy for this phenomenon occurred in the 19th century, when high finance and the state came together to finance public services, infrastructure, and capital-intensive manufacturing, especially in the armaments, postal and service sectors. heavy industry. Banking evolved from predatory usury and began to take the lead in organizing the industry according to more efficient guidelines. This positive fusion took root more successfully in Germany and neighboring countries of Central Europe under public patronage.

The big political question to be faced in the remainder of the 21st century is which sector will receive sufficient income to survive, avoiding losses that degrade its position: the host industrial economy or its creditors?
For the economy in general, a real and lasting recovery involves forcing the financial sector not to be so shortsighted that with its selfishness it causes the entire system to collapse. A century ago, the logic to avoid this was to make banking a public function. The task is becoming more difficult today, because the banks have become almost impenetrable conglomerates that have linked the Wall Street casino, with its speculative arbitrage activities and its derivatives bets, to basic commercial services, such as ordinary accounts. savings and business loans. This has made them «too big to fail» (TBTF) banks.
Today’s banks try to avoid debate around the question of how excess lending and deflation of debt cause austerity and economic contraction. The refusal to face the economy’s limitations in terms of its ability to pay threatens to plunge the workforce and industry into chaos.

The main goal of political economy for the past three centuries has been to regain the flow of rent from privatized lands and natural resources that medieval kings had lost. The political dimension of this effort entailed democratic constitutional reform to overcome the resistance of the landlord class. In the late 19th century, political pressure to tax landowners in Britain, the United States, and other countries was mounting. In Great Britain the constitutional crisis over land taxation that broke out in 1910 ended the power that the landed aristocracy had enjoyed in the House of Lords to block the tax policy of the Commons. In China, Sun Yat-Sen’s 1911 revolution to overthrow the Qing dynasty was driven by demands that land taxation serve as a tax base. And when the United States instituted the income tax in 1913, it fell primarily on rentier income from real estate, natural resources, and financial gains. Similar democratic tax reforms spread throughout the world.
At the beginning of the 20th century, the land was leaving the hands of the nobility to be democratized – on credit.
The result of «democratizing» real estate on credit has been that most of the rental value, which until now was paid to a class of landlords, is now paid to the banks as mortgage interest, and not to the state, which it is what classical doctrine had urged to do. Thus, the financial sector of our day has assumed the role that the rural aristocracy played in feudal Europe. As much as the rent no longer serves to support a proprietary aristocracy, it also does not serve as a tax base: it is paid to the banks in the form of mortgage interest. Home buyers, commercial investors, and real estate speculators are required to pay bankers the cost of renting the property, which is the purchase price of the property. The buyer who takes on the largest mortgage to pay more to the bank keeps the asset. In this way, a property ends up being worth what the banks are willing to lend, taking said property as collateral.

The current monopolization of wealth by a rentier class that evades taxes and public regulation because it is able to buy control of the government is the same problem that classical economists had to confront. Their struggle to create a fairer economy produced the most appropriate tools to understand how today’s economies are polarizing, while becoming less and less productive. The Physiocrats, Adam Smith, David Ricardo, and their successors refined the analysis of how rent seeking diverts income from the economy’s spending stream.
“Today’s financial sector is attacking what a century ago was expected to become the social functions of capital. The goal of most loans is to extract interest charges by linking debt to real estate income, business profits, and personal income streams, turning all of this into a stream of interest payments. The «real» economy slows down in the face of these exponentially growing financial demands (bank loans, stocks, and bonds), which make the main one percent wealthier. Finance has not been industrialized, but instead it is industry that has become financialized. Stock and bond markets have become venues for leveraged debt purchases and asset liquidations. The fiscal and financial philosophy of today’s neoliberals is corrosive and destructive, not productive. Instead of promoting industry, capital formation, and infrastructure, finance has evolved into symbiosis with the other rentier sectors: real estate, natural resource extraction, and natural monopolies. Acquiring income-generating privileges on credit (or simply insider dealing and legal maneuvering) does not require the fixed capital investment that manufacturing does.
Today, banks have found their main credit market in the real estate and monopoly sectors, adding financial surcharges to the structural rent of land and monopolies. The financial counterpart to diminishing returns that raise the costs of living and doing business takes two forms. Interest rates rise to cover the growing risks of lending to debt-tied economies. And the «magic of compound interest» extracts an exponential expansion in debt service, as creditors recycle their interest income into new loans. The result is that debts grow rapidly and inexorably, overwhelming the host economy’s ability to pay.

The practice of borrowing companies to pay bondholders financing corporate acquisitions, or simply to buy back corporate stocks, is being endorsed by academic theorists. This liquidation of assets is happening within companies: it is being undertaken by their own managers, following tactics taught in the most important business schools in the United States.
Today’s financial world is attacking what a century ago was expected to be the social functions of capital: expanding production and employment. Economies are slowing in the face of exponentially growing financial claims (bank loans, stocks and bonds), making the One percent rich at the expense of the 99 percent. This polarization leads to unemployment and also low corporate investment, which leaves companies without enough money for new capital expenditures to increase productivity.
Although corporate profits have exploded in recent years, they are not leading to new tangible investments, either in production or employment. The explanation for this disconnect lies in financialization. Around 40 percent of profits are made today by the banking and financial sectors, not by industry. In manufacturing, managers increase reported earnings by cutting basic expenses, letting their physical investment decline, and replacing long-term skilled workers with new, lower-paid contracts, while increasingly using remaining corporate profits to buy back stocks and shares. pay higher dividends.
These practices have decoupled financial management from investment in new means of production. The idea that economies can be enriched primarily by the debit of the national balance sheet reflects the degree to which the interests of creditors have taken over the brain of the economy. Financial capitalism is based on exponentially growing debts owed to creditors. Instead, the foundation of industrial capitalism is the expansion of tangible capital investment, employment, and markets. When personal and business income is diverted from production and consumption to pay debt service and / or increase asset prices, the «real» economy cannot expand. And when the burden of the debt bubble grows to a point where the economy can no longer pay more, the financial sector demands payment of the debts incurred, imposing austerity.
The political problem is that bankers and bondholders do not want to lose what they have, even though their profits cannot be sustained without plunging economies into austerity (since that is the only way they can collect on the debts they have promoted).

Fortunes were made by gambling against debtors’ ability to pay – and cashing the bets thanks to public bailouts in favor of certain insiders. This money could just as easily have been raised to save homeowners from default. But it was given to banks, which were also allowed to foreclose on mortgages that were faulty from the start. The economy – except the one percent – has not recovered.
There is no competent international court to bring sovereign debts in line with the ability to pay, nor to establish who should absorb losses from refinancing or defaults on public debt. Such a jurisdiction would define a set of legal principles that would recognize the injustice of bondholders or vulture funds, who buy cheap bankrupt bonds and then threaten to disrupt national financial systems and cause chaos, in order to seize of your assets if your demands for payment of the total are not met.
The goal of certain countries, along with Argentina and Iran, is to insulate themselves from neoliberal economic policy, debt coercion, forced privatizations, and asset seizures. In current circumstances this will imply debt reductions, backed by a theoretical body that analyzes the capacity of each economy to pay its creditors, in national and foreign currency.

Ancient mythology wondered how King Midas was to survive, with nothing to put in his mouth but his gold. This may end up being the metaphor of financial capitalism today: the dream that one can live only on money, without means of production and without living work. To avoid this fate, remedies will have to add financial reform to the unfinished revolution of the nineteenth century, with a view to banishing the surviving inequalities of post-feudal land grabbing, the seizure of commons, and the creation of privileges. monopoly. These are the vestiges of past appropriations and insider trading that underlie rent seeking and that fueled a financial system that continues to operate on neo-feudal parameters, rather than investing in industry and human welfare.

Ten reforms to restore industrial prosperity:
01. Cancel debts to make a «clean slate» or, at least, reduce them according to the ability to pay.
02. Tax economic income to prevent it from being capitalized as an interest payment.
03. Make the interest stop being tax deductible, to stop subsidizing the debt leverage.
04. Create a public banking option.
05. Finance public deficits through central banks, instead of raising taxes to pay bondholders.
06. Pay Social Security and health from the general state budget.
07. Maintain natural monopolies in the public sector to avoid the extraction of income.
08. Tax capital gains at the highest rates of income applicable to earned income.
09. Discourage irresponsible lending by imposing an «odious debt» or «fraudulent transfer» principle.
10. Revive the classical theory of value and income (and its statistical categories).

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